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Historia de América

HERNÁN CORTÉS Y LA BATALLA DE LA PROPAGANDA

HERNÁN CORTÉS Y LA BATALLA DE LA PROPAGANDA

Aunque parezca increíble ya en el siglo XVI, el mundo se encontraba en un avanzado estado de globalización. Miles de personas emigraban de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, al tiempo que numerosos indígenas americanos llegaban a territorio europeo. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

En este mundo globalizado la propaganda jugaba ya un papel esencial, similar al que pueden representar hoy en día las redes sociales. Sobre este aspecto quiero llamar la atención, centrándome en el caso llamativo del metellinense Hernán Cortés. Éste fue un personaje hábil y calculador que se encargó personalmente de crear toda una literatura en torno a su persona, utilizando su oratoria, sus dotes de escritor y rodeándose de biógrafos oficiales de la talla de Francisco López de Gómara o de Francisco Cervantes de Salazar. Forjó su propia leyenda y, como buen político, tuvo una capacidad excepcional para tergiversar los hechos a su antojo, para presentar como éxitos sus propios fracasos, y para culpar a otros de sus males. Sus propias Cartas de Relación pasan por ser el primer gran best seller de la historia, los ejemplares se vendieron por miles y se tradujo en pocos años a cinco idiomas. Ahí comenzó la leyenda de Cortés que en parte continúa en pleno siglo XXI.

El resultado fue la perpetuación hasta mediados del siglo XX de dos leyendas infundadas en torno a su principal rival, Francisco Pizarro: una, la del porquero bastardo, analfabeto y cruel despreciado por todos y otra, la idea de que fue un vulgar imitador de las estrategias cortesianas.

Empezando por la leyenda porcina diremos que fue creada y divulgada por Francisco López de Gómara, quien no dudó en atacar y ridiculizar a todo aquel que pudiera hacerle sombra a su héroe. Según su testimonio, no sólo se pasó su infancia y juventud rodeado de piaras a las que cuidaba sino que en el momento de su nacimiento fue amamantado por una cerda. Aquello guardaba parentescos con el origen legendario de Rómulo y Remo pero obviamente no eran exactamente equivalentes la leyenda lupina y la porcina. La primera trataba de ensalzar a sus protagonistas y la segunda justo de lo contrario. Pero lo peor de todo es que esta leyenda se ha perpetuado hasta el mismísimo siglo XXI.

La segunda leyenda perpetuada por el mismísimo Hernán Cortés, decía que el trujillano fue un mero imitador de las estrategias de su sobrino. Efectivamente, la literatura se ha encargado de vincular la conquista del Perú con la de México y de convertir a aquella en deudora de ésta. Desde el mismo siglo XVI se generalizó la idea de que el trujillano lo tuvo presente en todo momento, entre otras cosas por la mayor antigüedad de la obra cortesiana que, desde mediados de los años veinte del siglo XVI, todo el mundo conocía. Y se aducía que el trujillano admiraba tanto al Gran Capitán como a su pariente Hernán Cortés, pues además de usar zapatos y sobreros blancos como el primero, en ocasiones especiales, como en su entrada en Cusco tras la ejecución de Almagro, le gustaba ponerse un ropaje de martas que le había regalado el segundo.

En las siguientes páginas trataré de demostrar que esta supuesta deuda no es más que otro apartado de la leyenda cortesiana. Una leyenda que se encargó de situar en un primer plano a Hernán Cortés y la conquista de México y a la sombra de éste, en un velado segundo plano, a Francisco Pizarro y la conquista del Perú. Pero desmontemos el mito paso a paso.

Hay quien dice que coincidieron en España, según unos en La Rábida, mientras que otros afirman que en Toledo o en Sevilla. Las fechas no coinciden ni para La Rábida ni para Toledo ni tan siquiera para Sevilla, en los primeros meses de 1530 cuando ambos gestionaban su reembarcarse, uno para Nueva España y el otro para Nueva Castilla. Por tanto, todo parece indicar que no coincidieron personalmente lo que no es óbice para que después de la caída de Tenochtitlán todos soñaran con encontrar un gran imperio y emular las hazañas del metellinense. Y el trujillano era el primero que no quería ser menos, soñando con encontrar un monarca lo suficientemente poderoso para conquistar la gloria. Pudo haber marchado mucho antes a España a pedir una gobernación en cualquier lugar de Tierra Firme, pero no quería ser como Pedrarias Dávila, Cristóbal de Olid o Diego Velázquez sino como Hernán Cortés. Por ello, en cuanto tuvo la certeza de la existencia del riquísimo y poderoso estado supo que había llegado su oportunidad, marchando con toda presteza a la Corte, con el objetivo de obtener una capitulación.

Es cierto que en el proceso de conquista se observan paralelismos que han llevado a pensar a la historiografía que el trujillano se inspiró continuamente en las estrategias de su sobrino. Sin embargo, como ha recordado Matthew Restall, existía una forma de hacer la guerra indiana que comenzó en La Española en 1493 y que se basaba en tres premisas: primero, en el uso de la caballería, arma contra la que sus oponentes tenían pocos recursos defensivos. Segundo, la guerra psicológica, impresionando a las tropas indígenas con prácticas aterrorizantes. Y tercero, la captura del jefe local para conseguir el sometimiento del resto de la población. Estas estrategias se usaron ya en 1493 con la captura de Caonabo que fue apresado, torturado y ejecutado para someter a su cacicazgo. Esta misma estrategia fue usada por los españoles de forma reiterada hasta el final de la conquista.

Así por ejemplo se ha dicho que los sucesos de la isla del Gallo, en plena segunda empresa del Levante, estuvieron inspirados en el casi legendario desguace de los barcos en Veracruz. Sin embargo, es obvio que ambos hechos ocurrieron en circunstancias muy diferentes y cualquier paralelismo es mera coincidencia. De vuelta en el Perú, en su tercera y definitiva expedición, lo primero que hizo fue fundar la ciudad de San Miguel, en la retaguardia, para dejar a los enfermos. Y nuevamente se dice que emuló a su pariente pues San Miguel fue algo así como el Veracruz peruano, pues el motivo de ser de sus respetivas fundaciones fue el mismo. Sin embargo, nuevamente hay que decir que la fundación de un campamento o núcleo poblacional en la retaguardia era una estrategia ampliamente usada en la guerra desde la antigüedad.

Los tratos con Atahualpa y el intento de apresarlo sin disparar ni un solo tiro, también se han vinculado con los hechos de Nueva España, como destacara ya en siglo XIX William Prescott y en la centuria siguiente otros muchos historiadores. Incluso, Guillermo Lohmann Villena le parece indubitable que en la captura de Atahualpa, Pizarro tuvo presente la forma en la que Cortés aprisionó a Moctezuma. Y ello a pesar de las diferencias, pues mientras el inca ofreció resistencia a su captura el mexica prácticamente se entregó. Sin embargo, ya hemos dicho que esta estrategia de captura del jefe local la había usado el propio trujillano en sus correrías por el istmo de Panamá.

        Otra idea mil veces repetida y no por ello cierta, es la que afirma que su afán por conseguir adhesiones dentro de los indígenas fue inspirado igualmente por el proceso de conquista de Nueva España. Y obviamente tenía antecedentes cortesianos, como no podía ser de otra forma, porque sucedió una década antes. Así, el trujillano se encargó de establecer alianzas con pueblos indígenas que habían sido sometidos tan solo unas décadas antes por los incas y que añoraban su antigua libertad. Es conocida la alianza con Martín Cajacimcim, curaca del valle de Moche, en el corazón del antiguo reino Chimú. Este reino había sido sometido entre los años 1460 y 1470 y vieron en la llegada de los extranjeros una oportunidad para recuperar una parte del poder perdido. El trujillano estableció con ellos lazos fraternales que le ayudaron en la conquista y a los que, a cambio, concedió cierta autonomía y algunos privilegios. Así, pues, tanto la conquista de México como la del incario fueron en buena parte una guerra entre indios, aunque eso sí, premeditada, dirigida y planeada por los hispanos.

        Pizarro fue un experimentado guerrero, un hombre de armas que se había curtido a sí mismo. Cuando Francisco Pizarro inicia su campaña conquistadora tenía una gran baza a su favor: conocía específicamente la forma de guerrear de los nativos. Era lo que entonces se llamaba un baquiano, es decir, un veterano en la guerra indiana, aclimatado a la tierra, frente al chapetón que era el recién llegado. Hay que descartar rotundamente la idea de que fue un simple imitador de las tácticas de su sobrino. En realidad, su capacidad estratégica en la guerra indiana era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que empiezan quizás en Italia y se continúan en el Caribe, Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias no pudo ser más letal para los desdichados quechuas. El propio Francisco Pizarro confesó al padre fray Vicente de Valverde que, por su experiencia de dos décadas de lucha con los nativos, sabía que la clave de la victoria era prender al señor principal. Bastaba con identificar al líder, que solía estar en un lugar muy visible, acometerlo y prenderlo para que su ejército se sintiese derrotado. Fernández de Oviedo le preguntó a un hidalgo de la hueste de Hernando de Soto que por qué prendían siempre a los curacas a lo que respondió que lo hacían para que sus súbditos se quedasen quietos y no estorbasen sus robos.

Con posterioridad a la conquista, mantuvo algún contacto muy esporádico. Precisamente, envió una misiva a su sobrino pidiéndole su ayuda, con motivo de la rebelión de Manco Cápac que a punto estuvo de recuperar el Tahuantinsuyu.

Pero lo más sorprendente es que en pleno siglo XX, escritores como Carlos Pereyra, han continuado ensalzando tanto al de Medellín como ridiculizando y difamando hasta extremos insospechados al trujillano. Defiende que Francisco Pizarro nunca pasó de ser un vulgar imitador del talento cortesiano, pues en toda la conquista del Perú no hubo ningún episodio comparable al de la Noche Triste o a los del sitio de la Gran Tenochtitlán. Caso aparte, es el de Antonio S. de Larragoiti que en su biografía de Núñez de Balboa, responsabiliza de su muerte a Francisco Pizarro a quien califica de traidor, usurpador, granuja, asesino y mentiroso. Para él, su asesinato en Acla fue fruto de la conjura del trujillano, quien le usurpó el mérito del descubrimiento del Perú. Pero digo que es un caso aparte, porque equivocó la diana, pues el responsable directo y único fue el segoviano Pedrarias Dávila, sin que aquél tuviese la más mínima capacidad decisoria. Además, hablar de usurpación del descubrimiento del Tahuantinsuyu parece anacrónico, pues cuando el jerezano fue ajusticiado en Acla todavía faltaba más de una década para que ese hecho se produjese.

Incluso biógrafos más o menos asépticos, como Rosa Arciniegas, persuadida por los biógrafos cortesianos, se refirió a él como un miserable trujillano, sin la genialidad militar o política de Hernán Cortés. Toda esta prensa antipizarrista pone de manifiesto una vez más el poder de manipulación que ya por aquel entonces tenía la imprenta. Tanto Cortés como Pizarro ganaron un imperio, pero el primero ganó también la batalla de la retorica, cuyas consecuencias todavía se aprecian en pleno siglo XXI.

 

PARA SABER MÁS

 

GRUZINSKI, Serge: “Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización”. México, Fondo de Cultura Económica, 2010

 

LARRAGOITI, Antonio S.: “Vasco Núñez de Balboa”. Madrid, Talleres Gráficos Victoria, 1958.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010.

 

------ “Francisco Pizarro: una biografía para el siglo XXI”. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

PEREYRA, Carlos: “Francisco Pizarro y el tesoro de Atahualpa”. Madrid, Editorial América, s.a. (h. 1915).

 

 RESTALL, Matthew: “Los siete mitos de la conquista española”. Barcelona, Paidós, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

EN BUSCA DE LA PIEDRA FILOSOFAL: LA COMERCIALIZACIÓN DE PLANTAS Y ELIXIRES AMERICANOS (SIGLO XVI)

EN BUSCA DE LA PIEDRA FILOSOFAL: LA COMERCIALIZACIÓN DE PLANTAS Y ELIXIRES AMERICANOS (SIGLO XVI)

Desde el descubrimiento de América el interés y el conocimiento de la herborística experimentaron una verdadera revolución. Los europeos se interesaron por las virtudes médicas de la naturaleza del Nuevo Mundo, intentando extraer licores y elixires mágicos. De la noche a la mañana se rompieron las fronteras de la herborística latina, ampliando enormemente el repertorio de remedios naturales. La obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, fue pionera en ese sentido, y abrió el camino al excepcional catálogo de plantas medicinales que el médico sevillano Nicolás Monardes publicó en 1565. No tardaron en comercializar algunas de ellas, unas con un fin ornamental y, las más, con un objetivo medicinal. En algunos casos, se atribuyeron propiedades curativas a determinadas plantas –como el tabaco- que después se verificaron inciertas. Otras drogas, como el bálsamo o la cañafístula, sí que poseían un fundamento curativo real.

Probablemente el elixir que más ampliamente se comercializó en la primera mitad del siglo XVI fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boní, planta que abundaba en la isla, especialmente en la región de Higüey. Sus propiedades curativas fueron exaltadas como si de un elixir mágico se tratara, pues, no sólo cicatrizaba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc. Incluso, usado con reiteración, “refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres”.

Antonio de Villasante o de Villasanta, a mediados de los años veinte, pidió al Emperador la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón. En 1526 la Corona fijó los derechos de explotación por Villasante: obtendría la décima parte de lo que se sacara siempre que dicha renta no excediese de 200.000 maravedís. Sin embargo, debió parecerle muy poco al asentista por lo que obtuvo una ampliación del privilegio en 1528, aumentando su participación al tercio, y la renta hasta un máximo de 8.000 ducados anuales, unos tres millones de maravedís.

La infraestructura creada por Villasante estaba muy clara: él lo fabricaba en Santo Domingo, consignándolo a dos mercaderes genoveses residentes en Sevilla. Estos se encargaban no sólo de la distribución sino también del marketing. Para ello, realizaban tres acciones: primero, envasaban el producto en vasijas de distintos tamaños, dependiendo de la cantidad solicitada. Segundo, preparaban un impreso a modo de prospecto, que fue redactado por el doctor Morales, médico avecindado en Sevilla, en el que se explicaban tanto sus cualidades como la forma de uso. Y tercero, establecían obligaciones con cirujanos y mercaderes para que lo distribuyesen por los hospitales de Castilla. De hecho, los dos genoveses se concertaron con el maestre Juan de Peralta, cirujano, para que fuese “por Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir” el bálsamo.

En 1530, se aplicó experimentalmente en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe. Igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados al parecer exitosos, según se desprende de las felicitaciones que Carlos V les remitió. El éxito fue tal que el 4 de abril de 1531 se expidió una nueva Real Cédula para que se enviase una muestra del licor a la propia corte.

En cuanto a cifras concretas sabemos que hasta 1532 Antonio de Villasante consignó al puerto de Sevilla a nombre de los genoveses Benito de Basinana y Franco Leardo 29,5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad.

El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que poseía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún momento de la década de los treinta, pues, en estos años perdemos totalmente su rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona, tras su muerte, eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio.

Desde ese momento, la cañafístula sería la planta medicinal más ampliamente comercializada. Se trata de un árbol originario de Asia, que luego se extendió hasta Egipto desde donde a su vez se trasplantó a Europa. Podía llegar a alcanzar hasta los diez metros de altura y daba un fruto de pulpa negruzca y dulce. Fue introducida en los primeros años del siglo XVI, aclimatándose de tal manera que pronto se hizo muy abundante en las Antillas y en Centroamérica. Al parecer se utilizaba desde la antigüedad como purgante y laxante, manteniéndose su uso en la Edad Media y en la Moderna.

        En La Española comenzó su explotación comercial en la segunda década del siglo XVI. En 1517 los Jerónimos enviaron una caja de cañafístula al cardenal Cisneros, probablemente para que analizara su utilidad y las posibilidades de explotarla comercialmente. Inmediatamente después, en torno a 1518 o a 1519, cuando la economía de oro estaba prácticamente arruinada y los vecinos buscaban alternativas económicas, pusieron en la cañafístula toda su esperanza sembrando grandes extensiones de arboledas especialmente en la zona de La Vega. Efectivamente, el bachiller Álvaro de Castro, deán de la catedral de Concepción de la Vega, poseía una heredad de 10.000 pies de cañafístula en la que había invertido mucho capital. Sin embargo, estas primeras perspectivas se frustraron por dos razones: primero, por una plaga de hormigas que destruyó una buena parte de estos sembrados. Y segundo, porque el mal estado de la red viaria de la isla, hacía dificultoso su transporte hasta los puertos donde se debía reembarcar con destino al mercado peninsular.

Pese a todo, su explotación continuó pues, dado que todavía no existía una competencia seria de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Centroamérica, el género seguía alcanzando un buen precio de venta en Sevilla. De hecho, entre 1522 y 1523 el quintal se cotizó a 50 ducados por lo que mercaderes, como Pedro de Cifuentes, consiguieron obtener unos beneficios de nada menos que 800 ducados. Poco después era Diego Méndez, alguacil mayor de la isla, el que remitió a Sevilla cierta cantidad de pulpa que, finalmente, por diversos motivos, le fue confiscada.

Sin embargo, la situación tardó poco en cambiar debido a dos problemas: uno, a las crecientes dificultades para encontrar barcos donde fletar la mercancía. Y otro, porque como cada cual enviaba lo que quería y lo vendía como podía había una guerra de precios que terminó perjudicando a los productores. Para colmo, la cañafístula dominicana comenzó a coger fama de ser de mala calidad lo que disminuía aún más su cotización. En 1528 informó la audiencia que seguían analizando con los oficiales reales, con los regidores y con los principales productores, una posible solución para así no dejarla perder como ya se comenzaba a hacer.

El resultado de esas negociaciones y deliberaciones fue el gran pacto suscrito ante escribano público el 7 de mayo de 1529, por el que se estableció su monopolio, lo cual en teoría debía beneficiar a todos los productores. El acuerdo estaba encabezado por el mismísimo presidente de la audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, los oidores, los oficiales reales y los regidores del cabildo que, con acuerdo de los principales hacendados, formalizaron una escritura por la que se estableció el estanco de la exportación. Básicamente se establecía que todo el comercio se canalizaría a través de Juan de la Serna, mercader burgalés residente en Santo Domingo, quien a su vez lo enviaría consignado a Sevilla a nombre de Melchor Carrión. Estos factores cobrarían el 6% de los beneficios de su venta. Existía la posibilidad de enviar la producción de la mitad norte de la isla desde Puerto Plata, Puerto Real y La Yaguana, siempre y cuando desde allí se remitiese un detallado registro a Juan de la Serna y se consignase, por supuesto, a Melchor de Carrión. La cañafístula se enviaría en pipas de 2,5 quintales o en vasijas que debían entregar los productores y envasar el factor de Santo Domingo, vendiéndose toda ella al precio de 6.000 maravedís el quintal. Se preveía también que se incorporasen al monopolio los productores de San Juan, Cuba y Jamaica, quienes deberían remitir el producto desde sus respectivas islas al citado mercader afincado en Sevilla. Los beneficios, descontado el porcentaje de los dos mercaderes, se invertiría en productos europeos de los que tanta necesidad había en las Antillas, es decir: vinos, harinas, aceite, jabón y productos textiles. Ahora bien, aquel productor que reclamase el dinero de la venta de su cañafístula lo podía solicitar a Melchor Carrión, como de hecho ocurrió en varias ocasiones. El acuerdo se pregonó por Francisco de Roa tanto en la iglesia mayor, el domingo nueve de mayo de 1529, como en la plaza mayor, trece días después.

A finales de ese año de 1529 ya estaba funcionando el monopolio, pues, Francisco de Jerez, mercader sevillano, esperaba recibir veinte quintales de cañafístola que vendrían consignadas desde Santo Domingo a nombre de Melchor de Carrión. El hecho de formalizarse un traslado de la escritura en Sevilla el 4 de abril de 1531 nos está indicando su uso por parte del interesado. El 10 de diciembre de 1532 se compelió a un tal Juan Sánchez de las Perlas a que pagase a Melchor de Carrión el valor de 80 quintales del producto que le había vendido. Nuevamente, en 1533, encontramos al citado Carrión vendiendo el producto en Sevilla y manteniendo algunos pleitos por la cobranza de distintos quintales vendidos. Sin embargo, todo parece indicar que el monopolio no funcionó correctamente por lo que apenas tuvo repercusiones económicas de significación. Álvaro Caballero, contador de La Española, atribuyó este fracaso a tres causas: primero, a la pronta marcha de su patrocinador el licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado presidente de la audiencia de Nueva España el 11 de abril de 1530. Segundo, al hecho de que algunos no respetaron el monopolio y comercializaron por cuenta propia su producción. Y tercero, al bajo precio en que se fijó su venta, exactamente 16 ducados el quintal cuando, según Álvaro Caballero, cuando se traía de Alejandría se vendía a 35 o 40 ducados el quintal. Pero había dos causas más que no citó el contador: una, los altos fletes que se pagaban por su embarque, según denunció en 1545 el cabildo de Santo Domingo. Y otra, la fuerte oposición mostrada por los mercaderes sevillanos que veían con malos ojos un monopolio que sólo beneficiaba a los productores dominicanos, en detrimento de sus intereses. Lo cierto es que, antes de la formalización de la compañía, el bajo precio tenía arruinado el negocio y, tras el breve paréntesis monopolístico, en el que las cosas no fueron mucho mejor, volvió a hundirse su comercio, por los altos fletes y por los bajos precios a los que se cotizaba el quintal, ¡a un ridículo peso de oro! Y es que, en torno a 1540, su precio de venta era una décima parte de la cotización que alcanzó dos décadas antes.

Por todo ello, en 1541, Álvaro Caballero, contador de la isla, solicitó la renovación de la antigua compañía por seis años, pues si no se remedia en breve tiempo no habrá arboleda alguna de la dicha cañafístula. No obstante, no parece que dicha petición tuviese efecto porque, en adelante, la venta de la cañafístula se practicó libremente por productores y comerciantes. De hecho, en 1542, se estableció una compañía por la cual Francisco Beltrán enviaría el citado fruto al mercader Juan Rodríguez para que lo vendiese en la ciudad del Guadalquivir.

Hacia 1561 se produjo un nuevo intento de las autoridades locales de renovar el monopolio. Todo el producto de la isla y el de Jamaica, Puerto Rico y Cuba se debía mandar a Santo Domingo desde donde se remitiría a un factor en Sevilla. No obstante, desconocemos totalmente el alcance y los resultados de este nuevo estanco.

Entre 1568 y 1596 se registraron en Sevilla 3.865 quintales de cañafístula, un 39,24% procedente de La Española. El monto global de las exportaciones fue relativamente modesto. Suponiendo que se hubiesen vendido a 6.000 maravedís el quintal, precio en el que se mantuvo durante buena parte del siglo XVI, produjeron unos beneficios brutos de unos 62.000 ducados, de los que unos 24.000 pertenecían a productores dominicanos. Descontados los gastos de su elaboración, fletes, comercialización e impuestos, tendríamos unos beneficios anuales para la isla de menos de 500 ducados anuales. A juzgar por estos datos parece claro que la cañafístula pudo suponer un complemento económico para la precaria economía de la isla pero desde luego su rentabilidad fue muy inferior a otros productos como el azúcar o el cuero. No obstante, más allá de su rentabilidad económica, esta planta medicinal junto a otras que también se comercializaron, dieron una merecida fama a la isla de ser un auténtico vergel botánico.

En cuanto al jengibre, era una planta de origen oriental que se introdujo en la isla en el segundo cuarto del siglo XVI, pues ya en una carta del cabildo de Santo Domingo, fechada en 1533 se hablaba de este cultivo. Se le atribuían cualidades para aliviar los dolores de estómago además de utilizarse como especia en la cocina. En 1538, se firmó un asiento con Juan de Oribe para cultivar en exclusiva en La Española, y otras islas y Tierra Firme, jengibre, pimienta, malagueta, clavo, canela, nuez moscada y otras especias. A cambio, de tributar la mitad de los beneficios, el Emperador se comprometía a no permitir la entrada de especias desde fuera del Imperio. Desconocemos, si este asiento llegó a tener consecuencias prácticas. Probablemente el silencio de la documentación posterior nos esté indicando un fracaso prematuro. Lo cierto es que su explotación no adquirió un carácter intensivo hasta los años setenta. Ya en 1572 la audiencia informó que, pese a que era un cultivo muy apto para aquellos territorios, los vecinos no se empleaban en ello porque la competencia del género procedente de otros reinos había provocado que “no tuviese salida”. Las circunstancias debieron mejorar cuando, pocos años después, algunos vecinos de la isla, como los hermanos Rodrigo y Hernando Peláez, naturales ambos de Martos (Jaén) y Juan Sánchez Bueno, se dedicaron de lleno a dicho cultivo. En octubre de 1578 el guardián del convento de San Francisco recibió una caja con azúcar y jengibre dominicano que pesó 22 arrobas y cinco libras y que trajo a Sevilla un navío de que fue maestre Antonio Beloso. Había algunas compañías dedicadas a su exportación; así por ejemplo, Diego de Monroy, clérigo, natural de Zafra y residente por esos años en Santo Domingo, se dedicaba al envío de jengibre consignado al doctor Simón de Tovar, residente en Sevilla. En la última década del siglo también funcionaba una compañía entre Jerónimo Pedrálvarez, vecino de Santo Domingo y Pedro Díaz de Abreu, mercader residente en Sevilla. El primero mandaba jengibre y dinero en efectivo al segundo y éste enviaba pipas y botijas de vino.

Una buena parte del jengibre que llegó a Sevilla entre 1576 y 1597 procedía de La Española, mientras que el resto era de Puerto Rico y de Cuba. Concretamente, del jengibre que conocemos su origen, el 79,26% era dominicano, por lo que aplicando ese porcentaje a la suma total obtenemos que en el último cuarto del siglo XVI llegaron procedentes de la isla más de 28.364 quintales, a una media de 1.350 quintales anuales. Una cantidad nada despreciable, teniendo en cuenta que en 1584 se pagaba la libra de jengibre entre 48 y 52 maravedís. Y es que esta especia representó en los años 80 más del 40 % del valor de todas las exportaciones registradas en Sevilla, solo por detrás de los cueros vacunos. Los propios cultivadores dominicanos tasaron en 1580 el valor anual de la cosecha de jengibre en torno a los 200.000 ducados. Sin embargo, pese a su explotación masiva, a corto y medio plazo padeció los mismos problemas que el resto de las producciones agropecuarias de la isla, a saber:

Primero, los fletes, pues la cargazón no sólo era cara sino que había un desfase entre la fecha de la recolección y la del envío. Al parecer, los barcos debían estar en La Habana cargados a lo largo del mes de abril o a principios de mayo. Sin embargo, dado que la cosecha no quedaba preparada hasta finales de mayo debían embarcar en abril la producción del año anterior, ya deteriorada por el transcurso de los meses.

Y segundo, el precio de venta del género experimentó un progresivo descenso, básicamente por el aumento de la oferta. Así, en 1587 y 1588 se estimaba que se pagaba a un precio tres veces inferior al que alcanzó a comienzos de esa década. Por estos dos motivos su cultivo redujo ostensiblemente el margen de beneficio de los productores dominicanos. En reiteradas ocasiones, el cabildo de Santo Domingo pidió que, dado que fue en esta isla donde se sembró por primera vez, se prohibiese su cultivo en cualquier otro territorio. El celo monopolístico de los productores de Santo Domingo, les llevó incluso a prohibir su cultivo en el obispado de Concepción de la Vega, lo que provocó, con razón, protestas de los vegueros. Lo cierto, es que la Corona no aceptó semejante monopolio que a fin de cuentas sólo beneficiaba a los productores dominicanos. Todos estos problemas hicieron que el cultivo terminara a medio plazo colapsado. Todavía en el censo de 1606 se contabilizaron nada menos que 85 propietarios de estancias de jengibre en Santo Domingo, sin embargo, tres décadas después había dejado de ser uno de los artículos de la exportación dominicana.

Mucha menos importancia tuvo el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que entonces se valoraba más por sus supuestos beneficios para la salud. Al parecer, los indios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis, mientras que su resina se utilizaba como sudorífico. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente las virtudes del Guayacán para remediar la sífilis que por aquel entonces azotaba Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades.

La explotación continuó en los años sucesivos, pues, entre 1561 y 1596 se remitieron otros 13.092 quintales de los que el 87% procedía de La Española y Cuba. Incluso, algún cargamento se reexportó fuera de España. Así, el 22 de junio de 1581, Nicolás Lambertengo y Rigardo Siardo, mercaderes lombardos, remitieron para su venta en Venecia 102 quintales de palo de guayacán así como tres cajas de cortezas del mismo árbol, con un peso de 42 arrobas, por un valor de 164.197 maravedís. Sin embargo, esta exportación fue excepcional, y a juzgar por las cifras globales, no parece que el guayacán jugara un papel significativo dentro de la economía de la isla.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

LORENZO SANZ, Eufemio: “La producción y el comercio de las plantas medicinales, alimenticias, maderas preciosas, cueros vacunos y productos diversos recibidos de Indias en el reinado de Felipe II”, Boletín Americanista. Barcelona, 1978.

 

-------- Comercio de España con América en la época de Felipe II, T. I. Valladolid, Institución Cultural Simancas, 1986.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Sanidad e instituciones hospitalarias en las Antillas (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, Col. XLVI. Madrid, 1994.

 

--------- La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

VILCABAMBA LA VIEJA, EL SUEÑO DEL ÚLTIMO REDUCTO INCA

VILCABAMBA LA VIEJA, EL SUEÑO DEL  ÚLTIMO REDUCTO INCA

El último bastión de resistencia incaica se concentró en la zona de Vilcabamba, situada en el Antisuyu, concretamente en los andes orientales, junto al barranco de Urubamba. No era exactamente un núcleo urbano sino un conjunto de construcciones más o menos dispersas unas de otras, cuyo centro principal era Vitcos. La elección no fue casual, primero porque era un lugar sagrado de los Incas y, segundo, porque estaba en una zona bastante inaccesible para los europeos. Se trataba de un territorio muy diferente al andino, de clima tropical, se adaptaron sin demasiada dificultad, reimplantando su microcosmos y su antigua forma de vida. No faltó una soterrada resistencia, bajo la forma de mitos milenaristas que proponían la vuelta a un pasado que ahora sí, se recordaba como idílico. La zona estaba escasamente incaizada pero las tribus del entorno, los pilcosuni, manari y optari, mantuvieron la sumisión que tenían desde la era prehispánica.

La situación ya no era ofensiva sino meramente defensiva, un último intento por salvar su mundo. De vez en cuando los rebeldes organizaban pequeñas razias no solo contra los hispanos sino también contra los indios de paz. El propio Hernando Pizarro escribía, en 1541, que los alzados quedaron cansados y amedrentados y que el Inca, aunque no se había reducido al servicio real, tenía poca gente, aunque los curacas de la tierra lo ayudaban secretamente. Sea como fuere, lo cierto es que allí mantuvo vivo el espíritu y la religión incaica, exhortando continuamente a los suyos a que renegasen del cristianismo. La pervivencia del incario se prolongó de esta forma hasta la captura del último inca, Túpac Amaru en 1572 y su posterior decapitación por orden del virrey Toledo. A partir de este año desapareció virtualmente, aunque la resistencia continuase a través de otros cauces, como el sincretismo religioso.

Manco Cápac estuvo al frente de los alzados hasta finales de 1544 o principios de 1545, en que fue traicionado por un grupo de siete españoles que se hicieron pasar por amigos y lo hirieron gravemente por la espalda, sin darle tiempo a reaccionar. Al parecer, el autor material de los hechos fue Diego Méndez de Sotomayor, lo que provocó la ira de los naturales. Fueron perseguidos por los naturales, quienes les dieron alcance y los asesinaron. Poco antes de morir, con poco más de 30 años de edad, tuvo tiempo de encomendar a sus hijos que prosiguiesen la guerra y que jamás se fiasen de los hispanos.

Su sucesor, Sayri Túpac, hijo de Manco, tenía diez años cuando murió su progenitor, por lo que gobernó provisionalmente un tío suyo. Alcanzada la mayoría de edad, reinó en Vilcabamba, firmando un pacto con los españoles para convivir en paz, favorecido por la imposibilidad de estos de lanzar un ataque definitivo contra el último reducto inca. Fue un período de hispanización, pues fueron incorporando algunos avances técnicos de los europeos, como armas de acero, utensilios de labranza y ganado europeo. En los años finales de su vida, invitado por los españoles, abandonó Vitcos, la capital de Vilcabamba, para irse a vivir a un vasto señorío que le fue concedido en Yucay. Pero los vilcabambinos interpretaron que se trataba de una renuncia al trono por lo que la mascapaicha pasó a su hermano Titu Cusi Yupanqui. El hispanizado Sayri Túpac murió repentinamente en 1561, se sospecha que envenenado por el cañarí Francisco Chilche, curaca de Yucay y enemigo confeso de los incas.

Tito Cusi Yupanqui, hijo ilegítimo de Manco Cápac, fue designado como Inca por la minoría de edad del vástago legítimo, Túpac Amaru, porque éste era menor de edad. Como ya hemos comentado, a diferencia de las dinastías europeas, los incas daban poca importancia a la legitimidad y a la primogenitura y en cambio valoraban mucho más la capacidad. Tito Cusi fue elegido porque dada la minoría de edad de Túpac Amaru, era el más capaz y no por el hecho de ser el primogénito.

El nuevo Inca, reactivó la lucha, realizando incursiones hasta las encomiendas de los ríos Urubamba y Apurímac. La situación alarmó al virrey conde de Nieva, quien volvió a entablar conversaciones con el Inca para buscar una salida diplomática. Sin embargo, nunca aceptó, por lo que tras la muerte del virrey en 1564 su sucesor, el licenciado Lope García de Castro, comenzó una ofensiva militar, al tiempo que reiteraba su oferta de paz. Consciente el Inca de que era imposible frenar al ejército virreinal decidió llegar a un acuerdo. Finalmente, el 14 de octubre de 1566 se alcanzó un acuerdo en Acobamba, por el que el Inca reconocía la superioridad del virrey, a cambio de la coexistencia pacífica de Vilcabamba y de la apertura de sus fronteras a la entrada de misioneros. Este acuerdo fue en realidad la perdición para la soñada ciudad de Vilcabamba. La entrada de los misiones, llegados en 1568, terminaron por desenmascarar el mito de aquel bastión teóricamente inexpugnable. Los religiosos informaron que en realidad era un pequeño poblacho sin más defensas que unos pocos hombres y su aislamiento geográfico, es decir, una cordillera nevada y dos ríos caudalosos, el Urubamba y el Apurímac. Desde ese mismo momento, su caída era cuestión de tiempo. En 1570 un minero, llamado Romero, encontró una mina de oro en Vilcabamba y, cuando se supo que había encontrado una mina de oro, fue decapitado inmediatamente por orden del Inca. Según el agustino Antonio de la Calancha, lo hizo por temor a que la noticia despertase la codicia de los hispanos e invadiesen Vilcabamba. Fue el único español asesinado por orden directa del Inca, pero estaba acertado en su percepción, si se difundía que en Vilcabamba había oro, todo estaría perdido.

En junio de 1571 falleció el Inca de muerte natural, sucediéndole un hermano de padre, Túpac Amaru, quien se vio obligado a proseguir la guerra, por las presiones continuas de los hispanos. La llegada del nuevo virrey Francisco de Toledo a finales de 1569 había cambiado sustancialmente las cosas, sobre todo porque éste estaba decidido a acabar con el último reducto inca, por muy pacífico que fuese. La ruptura diplomática fue inevitable, abocando al conflicto a una solución militar. Obviamente, el enfrentamiento entre el virrey Francisco de Toledo y el Inca Túpac Amaru era tremendamente desigual y lo racional era que Goliat acabase con David como de hecho ocurrió. Pero, el enfrentamiento no lo provocó el nuevo Inca, pues cuando éste accedió a la mascapaicha ya el virrey Toledo había recibido instrucciones muy precisas para acabar definitivamente con el reino de Vilcabamba. Siguiendo dichas instrucciones el eficiente virrey envió un gran ejército a las órdenes del capitán Martín Hurtado de Arbieto que se dirigió a la selva en busca de la capital incaica. Sus ejércitos no era gran cosa, poco más de medio millar de hombres, incluyendo a 250 españoles y 273 indígenas, pero más que suficientes para acabar con el pequeño reducto incaico.

Túpac Amaru ordenó la guerra sin cuartel a todos sus hombres, realizando una defensa tan heroica como suicida de su territorio. Para evitar la huida, los hispanos plantearon un ataque simultáneo por tres sitios diferentes: Luis de Toledo Pimentel atacaría desde el puente de Osambre, el capitán Gaspar de Sotelo por el puente de Lacco y el grueso de las tropas, al mando del propio Hurtado de Arbieto por el puente principal de Chuquichaca.

Pero evidentemente, la contienda estaba perdida de antemano, porque en Vilcabamba no existía nada parecido a un ejército. Varios centenares de nativos, dirigidos por el Inca y por sus capitanes Aucaylli y Quispe Yupanqui, que ni siquiera se molestaron en destruir los puentes, a sabiendas de que la acometida era imparable. Inicialmente, las tropas hispanas al mando de Martín García de Loyola fueron rechazadas en una escaramuza de Cayaochaca. Sin embargo, los hispanos no tardaron en reorganizarse y contratacar, pasando sin oposición por el desfiladero de Chuquisaca, el único sitio donde todavía era posible frenar a los españoles. Vilcabamba estaba perdida desde ese mismo instante. El 24 de junio de 1572, lo que quedaba de la ciudad fue ocupado, porque poco antes, el Inca había incendiado los palacios y los depósitos de alimentos. En un desesperado intento por salvar su vida, se internó en la selva con un grupo de leales, en territorio de los manaríes, quienes colaboraron con los hispanos, indicándoles por dónde habían huido. Una vez más, en el último aliento de la resistencia incaica, se volvió a demostrar la clave del fracaso: la división interna, pues nunca llegó a existir ni remotamente una conciencia de indianidad.

Perseguido por el capitán Martín García de Loyola, fue finalmente capturado, junto a varios de sus caudillos, su mujer y el más pequeño de sus hijos. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo del sol, fueron llevados a Cusco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Tras un juicio breve y sumarísimo, en el que se le acusó de atacar el Perú y de tolerar prácticas paganas, el 1 de octubre de 1572 fue ejecutado, en la plaza pública. Obviamente, el lugar elegido fue el más público posible, ante cientos de llorosos indios que lo seguían teniendo por su señor. Cuentan las crónicas, que el joven Inca, de tan sólo 28 años, nunca perdió su altivez y asumió con gran entereza su inminente ejecución. También fueron ejecutados sus principales capitanes, mientras que a una buena parte de su familia se le perdonó la vida a cambio de que abandonasen el Perú. Efectivamente, las autoridades virreinales estimaron que era necesario acabar con todos los descendientes del linaje Real incaico por lo que, el 4 de octubre de 1572 se insistió en la necesidad de que se sacase a todos ellos del Perú. Llegados a este punto debemos dar respuesta a una pregunta: ¿estos asesinatos de miembros de la realeza indígena respondieron realmente a una política sistemática y premeditada? Sin duda alguna, y Las Casas en este sentido no puede ser más claro, cuando afirmó que la intención de los españoles era que no quedase señor en toda la tierra. Era necesario hacer desaparecer a sus legítimos gobernantes para a continuación colocar en su lugar a un nuevo líder ya deudo y tributario de los españoles. Los regicidios de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y Túpac Amaru no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana.

El orden inca desaparecía definitivamente. Vilcabamba, el casi legendario reducto inca, se mantuvo unos años ocupado por una pequeña guarnición española pero después fue abandonado y la vegetación la ocultó hasta su descubrimiento en el siglo pasado. Pero sigue habiendo una cuestión pendiente: ¿con la caída de Vilcabamba acabó la resistencia incaica? No, ya en el siglo XVIII se van a suceder una serie de levantamientos indígenas como los de Túpac Amaru, primero, y la de Tomás Catari después que acabaron fracasando por la negativa de la oligarquía criolla a sumarse a una revolución que consideraban ajena. Ahora bien, aunque la resistencia continuó hasta el siglo XX y hasta el XXI parece obvio que han fracasado una y otra vez en su intento de recuperar el poder. Los vencedores y los vencidos no han variado desde la Conquista, de ahí que llevemos ya cinco siglos de dominio blanco en el Perú. Ocurrió lo que en la historia real siempre ocurre, que Goliat acabó con David.

 

PARA SABER MÁS:

 

LEE, Vicent R.: “Forgotten Vilcabamba”. Wyoming, Empire-Sixpac, 2000.

 

PARDO, Luis: “El imperio de Vilcabamba: el reinado de los cuatro últimos incas”. Cusco, Editorial Garcilaso, 1972.

 

REGALADO DE HURTADO, Liliana: “Religión y evangelización en Vilcabamba 1572-1602”. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992.

 

WACHTEL, Nathan: “Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570)”. Madrid, Alianza Universidad, 1976.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA EXCLUSIÓN DE LOS ARAGONESES DE LA EMIGRACIÓN A LAS INDIAS: TEORÍA Y PRAXIS

LA EXCLUSIÓN DE LOS ARAGONESES DE LA  EMIGRACIÓN A LAS INDIAS: TEORÍA Y PRAXIS

No ha aparecido ningún documento oficial en el que se prohibiese la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia. Sin embargo, pensamos que tal documento no se expidió expresamente, al darse por supuesta que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla, de la misma manera que tampoco han aparecido en los primeros momentos de la colonización reales cédulas vedando la entrada de genoveses o de ingleses y, sin embargo, les estuvo igualmente prohibida. Además, la presencia de aragoneses desde los primeros años de la colonización, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, el planteamiento que nosotros sostenemos. Primero, porque el hecho de que oficialmente estuviesen excluidos no significa que de hecho no pasasen al igual que en los primeros tiempos encontramos multitud de genoveses o portugueses pese a que no les estaba permitido el paso. Y Segundo, pensamos de acuerdo con Juan José Andreu, que en general no hubo una intención de impedir el paso de aquellos aragoneses que puntualmente mostrasen su interés por viajar a las Indias siempre y cuando aceptasen y se integrasen dentro de la normativa castellana.

Tampoco estamos totalmente de acuerdo con el cronista Fernández de Oviedo cuando afirmó que los privilegios de los súbditos de la Corona de Castilla acabaron cuando la Reina Isabel la Católica falleció en 1504. Sin embargo, en el propio testamento de la Reina se decía lo siguiente:

 

        “Por cuanto las Islas y Tierra Firme del Mar Océano e islas de Canaria fueron descubiertas y conquistadas a costa de estos mis Reinos y con los naturales de ellos, y por esto es razón que el trato y provecho de ellas se haya y trate y negocie de estos mis Reinos de Castilla y de León y en ellos y a ellos venga todo lo que de ellas se trajere: por ende ordeno y mando que así se cumpla así en las que hasta aquí sean descubiertas como en las que se descubrirán de aquí adelante en otra parte alguna”.

 

Estaba claro a tenor de lo dictado por la Reina en su testamento que los privilegios de los castellanos no se acababan con su muerte. Por desgracia, una de las escasas licencias con las que contamos se otorgó dos meses antes de morir la Reina Isabel de Castilla, es decir, en septiembre de 1504, por lo que no es demasiado útil, aunque confirma que al menos hasta 1504 sí que estuvo cerrado el tráfico a los aragoneses. En este documento regio se le otorgó permiso al aragonés Juan Sánchez para ir a la Española a comerciar, pese a “no ser de estos reinos”. Para nosotros la prohibición al paso de aragoneses estuvo vigente hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación sólo había permitido ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla. Dado el interés del texto lo reproducimos a continuación:

 

Y consultado fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón e nos tuvímoslo por bien, por lo cual damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la forma y manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León, con tanto que los que son súbditos, solamente por la razón del Imperio, y no de patrimonio, puedan ir a poblar y tratar siendo casados y llevando sus mujeres allá o casándose dentro de un año que allá llegare o dar seguridad de estar y permanecer en las dichas Indias diez años...".

 

Al año siguiente fue ratificada esta apertura a los súbditos del Imperio por una Real Cédula dirigida a prelados, Condes, Marqueses, etcétera y que por su importancia la transcribimos parcialmente en las líneas siguientes:

 

Damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales de todos los nuestros reinos y señoríos y así mismo a todos los súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos de Castilla y León...”

 

El término de "súbditos patrimoniales" al que se alude en la Real Cédula de 1525, parece referirse a los vasallos del reino de Aragón, que desde este mismo momento  y no antes  tuvieron permiso para emigrar a las Indias y establecerse allí como lo hacían los súbditos de Castilla y León. No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de "mercadear" o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización, en 1526, para ir “con nuestros navíos a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno...” Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias “a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias...”

        Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. Este suceso lo describió el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo con gran agudeza, como se puede observar en las líneas siguientes:

 

Y que no querían ser mandados de un aragonés. Y a este propósito había otras palabras mal dichas y desacatadas; porque los soldados de cuan grande o pequeña calidad que sean, no han de dejar de obedecer al capitán que el Príncipe y su Rey y Señor natural les daba, porque sea aragonés, ni escocés, ni de otra cualquiera nación...”

 

En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, “como quiera  dice Fernández de Oviedo  que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico...”

Con el paso de los años el paso de los súbditos del reino de Aragón se normalizó totalmente equiparándose en privilegios a los naturales de Castilla. Así, en 1568 en los capítulos que se expidieron para la reforma de la Carrera de Indias se afirmó que muchos extranjeros pasaban libremente a las Indias “diciendo que son gallegos y otros diciendo que son catalanes...” Por ello está claro que cuando en las Cortes de Monzón de 1595 se estableció definitivamente la total igualdad entre los castellanos y los aragoneses en el paso a las Indias ya era un hecho consumado desde hacía varias décadas.

A continuación vamos a intentar dar una explicación a los motivos que llevaron a los Reyes Católicos a incorporar los nuevos reinos descubiertos al otro lado del Atlántico exclusivamente a la Corona de Castilla. Realmente, la controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

En el mismo siglo XVI Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En abierta contradicción con esta postura, Veitia Linaje y Antúnez y Acevedo sostuvieron la igualdad de ambas Coronas en relación al Nuevo Mundo desde el primer momento de la colonización.

En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo, pues, mientras para Juan Manzano tan sólo se incorporó a Castilla, con el fin de eludir el ordenamiento normativo aragonés, sus fueros y su sistema pactista, para Demetrio Ramos, la exclusión fue sólo aparente sin mostrar en ningún momento una intención real de apartarlos de la emigración a las Indias.

Para nosotros la exclusión se debió, de acuerdo con Manzano, a un intento de los monarcas de evitar el sistema pactista aragonés y en definitiva los privilegios que mermaban el poder de la realeza. No en vano algo parecido había ocurrido años antes con la conquista de Navarra que se incorporó a Castilla en vez de a Aragón con el expreso fin, según el padre Mariana, de que no se “aprovechasen de las libertades de los naturales de este último reino, muy odiosas siempre a los reyes de todas las épocas...” Evidentemente con la incorporación de los reinos indianos a Castilla se evitó la implantación en esos territorios de los fueros de Aragón, y de todas las limitaciones para la autoridad real que eso hubiera conllevado.

En general y como veremos en las páginas posteriores la exclusión se extendió a todos el reino de Aragón, incluyendo, pues, a Cataluña, Valencia y Mallorca. En realidad, no hubo causas específicas como se han pretendido buscar para excluir a estas otras regiones sino que simplemente como territorios vinculados a la Corona de Aragón quedaron también sometidos a la exclusión.

Pese a que, como hemos afirmado en líneas precedentes, fueron los castellanos los que gozaron del privilegio legal para aprovecharse de las riquezas que ofrecía el Nuevo Mundo, lo cierto es que desde el mismo Descubrimiento se produjo un goteo constante de extranjeros que llegaron a América. Estos extranjeros consiguieron llegar a las Indias, bien a través de las numerosas licencias reales que se concedieron -como las de Leonardo Rotulor de Bravante, Nicolás Grimaldo, Jácome de Brujas, Dirit de Bruselas, etcétera-, o bien, a través de infiltraciones ilegales, las cuales, como ya hemos mencionado en páginas anteriores, alcanzaron grandes proporciones.

        Así, pues, pese a la ya citada legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídica- mente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación, que para unos autores, fue del 15 o el 20 por ciento del total, mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su Historia de las Indias, del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Esta emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”.

Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Por todos los motivos mencionados podemos decir que desde los primeros momentos encontramos a numerosos aragoneses vinculados a la empresa indiana. Incluso algunos de ellos de una gran influencia como Pedro de Margarit, que fue en el segundo viaje del primer Almirante, el ya mencionado fray Bernardo Boyl o el obispo fray Julián Garcés O.P. Estaba claro que, en primer lugar, América necesitaba pobladores y para ello se abrió frecuentemente la mano no sólo a aragoneses sino a genoveses, portugueses, florentinos, etc. Y en segundo lugar, porque como ya hemos afirmado a la Corona no le importaba el paso de aragoneses individuales a las Indias sino sobre todo que aceptasen la legislación castellana en esos nuevos territorios. En los registros de la Casa de la Contratación que están siendo publicados aún en la actualidad se encuentran asentados algunos de los aragoneses que cruzaron el atlántico. Su reducido número no debemos explicarlo tanto en las trabas legales que nunca fueron un impedimento serio sino más bien al escaso interés en esos primeros tiempos del aragonés por el Nuevo Mundo. Así, se explica además la nula oposición presentada en el Reino de Aragón a su teórica exclusión de los beneficios que el Nuevo Mundo podría reportar.

 

 

PARA SABER MÁS

 

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Adolfo L. y Esteban MIRA CABALLOS: “Legislación en torno a la emigración de aragoneses a América en el siglo XVI”, Actas del VII Congreso Internacional de Historia de América. Zaragoza, 1998, pp. 391-398.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MITO Y REALIDAD DE LA EMIGRACIÓN DE CONVERSOS A AMÉRICA EN EL SIGLO XVI

MITO Y REALIDAD DE LA EMIGRACIÓN  DE CONVERSOS A AMÉRICA EN EL SIGLO XVI

Desde los primeros momentos, la Corona quiso establecer un férreo control sobre todo lo concerniente al Nuevo Mundo con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas, centralizando dicho monopolio en la ciudad de Sevilla que pronto se convirtió en “puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un privilegio sevillano que se justificó en dos puntos básicamente: primero, en la exclusividad de los beneficios americanos para los súbditos castellanos, y, segundo, en la prerrogativa como único puerto de salida y entrada de todo el tráfico entre España y América.

En relación a la emigración, que es lo que ahora nos interesa, la Corona practicó una política migratoria a todas luces selectiva, dictándose multitud de prohibiciones que se repitieron sin cesar desde las mismísimas instrucciones dadas al gobernador, frey Nicolás de Ovando, en las que expresamente se prohibió la entrada de extranjeros en las nuevas tierras Descubiertas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio y, como es bien sabido, por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias “asentando que es cada uno y de que oficio y manera ha vivido” y enviando esta información al gobernador o oficiales de las Indias para que vigilasen que estos pasajeros continuaban allá ejerciendo el oficio que tradicionalmente habían practicado en la Península.

Antes de proseguir con el análisis conviene dejar bien claro que pese a toda esta legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídicamente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación que para unos autores, fue del15 o el 20 por ciento del total", mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su "Historia de las Indias", del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Sin embargo, la emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”. Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Uno de los grupos que estuvieron afectados por las restricciones a la emigración fueron los relacionados con la heterodoxia cristiana. La Corona quiso extender en el Nuevo Mundo la religión Católica, pues, no en vano, la donación papal estuvo condicionada por la evangelización que se debía llevar a cabo sobre los aborígenes. Sin ir más lejos, las Leyes de Indias sintetizan bien ese sentido de la colonización como medio de que sus habitantes progresaran “al máximo en cristiandad y policía”. Por tanto, desde la época de la reina Isabel de Castilla, que por algo se apodaba “la Católica”, se intentó evitar que los conversos y perseguidos por la Santa Inquisición pasasen al Nuevo Mundo, pues el estado casticista pensaba que podían hacer gran daño en la evangelización de los amerindios.

Sin embargo, en relación a estos contingentes, perseguidos por cuestiones de fe, se produjo una separación más acentuada que en otros casos entre legislación y realidad indiana. En lo que concierne a la legislación fue radicalmente prohibitiva desde los primeros momentos con tan sólo unas excepciones muy concretas que veremos luego. Las razones de tal prohibición las expuso el propio Emperador Carlos V, en 1526, con una sorprende claridad, según podemos ver en las líneas siguientes:

 

"Porque he oído decir que está proveído y mandado que ningún sospechoso en la fe o infame o públicamente por esta causa penitenciado o los deudos cercanos de ellos, no pasen allá; es cosa muy razonable que así se guarde, “porque es tierra nueva e iglesia nueva y muy tierna y como siempre entre cristianos haya contiendas podría de aquí nacer escándalos” a los nuevos y tiernos en la fe que son vivísimos y tendrían causa de dudar y otras causas que hay, por donde me parece provisión santa...”

 

Las prohibiciones dirigidas hacia estos conversos se repitieron a lo largo de la primera mitad del siglo XVI en numerosas ocasiones, a saber; 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Sin embargo, dentro de esta legislación prohibitiva que pesó sobre los judeoconversos hubo una sola excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513, aunque se siguió usando al menos hasta 1518. Lo que se concedió no fue una habilitación total en las mismas condiciones que las del resto de los vecinos castellanos, como algunos historiadores habían creído, sino un permiso con enormes restricciones, como veremos seguidamente. En 1511 lo que se autorizó fue a que los recién convertidos pudiesen permanecer por un máximo de dos años según se refleja claramente en el texto que mostramos en las líneas que vienen a continuación:

 

        "Que podáis ir y tratar a las Indias y estar en ellas por espacio de dos años desde el día que llegaredes y que no estéis más en cada viaje, y asimismo, podáis ir y tratar por mar y por tierra a cualquier parte de cristianos y usar de otras cualesquiera cosas que han sido vedadas según que los otros fieles y católicos cristianos las usan y viven y tratan, todo lo cual que de suso y en esta mi carta se contiene, quiero y es mí voluntad y merced que de hoy día de la fecha de esta mi carta en adelante podáis usar y ejecutar bien y cumplidamente sin que vos sea puesto embargo ni impedimento alguno...”.

 

        Por otra Real Cédula, al parecer complementaria, otorgada unos meses después se señalaba la principal vejación a la que estarían sometidos estos judeoconversos, es decir, que no podrían usar oficios en las Indias, alegando que así está "prohibido y vedado por leyes y pragmáticas de estos Reinos...”. La prohibición fue aplicada a todos los perseguidos por la Santa Inquisición, al menos en lo que hemos podido ver en esta primera mitad del siglo XVI, y muy a pesar de que Hevia Bolaños afirmó que sólo afectaba a los recién convertidos y no a los viejos descendientes de musulmanes y judíos. Otra de las inhabilitaciones a las que estuvieron sometidos fue la de la posesión de encomienda tal y como se muestra en un auto llevado a cabo, en 1529, contra un encomendero descendiente de judíos'^ en el que le fueron, finalmente, arrebatados sus indios. Por tanto, tenemos en lo que a legislación se refiere, una prohibición al paso de los perseguidos por la Santa Inquisición que tan sólo se quiebra brevemente en 1511 y con múltiples inhabilitaciones.

Sin embargo, vamos a ver a continuación como la realidad de la emigración de este grupo marginado va a ser bien distinta. Podemos afirmar que desde los primeros momentos tenemos registrada la presencia de judeoconversos en América, hasta el punto de que se ha afirmado, con cierto fundamento, que el mismo Cristóbal Colón era de esta condición"". Efectivamente, desde los primeros momentos América se convirtió en refugio para aquellas personas perseguidas en España por la Santa Inquisición, constituyendo el Nuevo Mundo una auténtica válvula de escape, como confirman además las reiteradas prohibiciones en este sentido.

Ya en una carta de los Jerónimos, fechada en 1517 y dirigida al Cardenal Cisneros, decían que “acá se dice que hay muchos confesos y herejes que vienen huyendo de la Inquisición, y hemos sido informados que hiciésemos de ellos información a vuestra Reverendísima Señoría para que lo remediase...”. Estas informaciones debieron de llegar a oídos del Rey que no tardó en ordenar a los oficiales de la Casa de la Contratación que cuidasen especialmente de que no pasasen conversos, pues, por culpa “de cierta habilitación y composición” que hizo el Rey Católico, están entrando muchos convertidos. Poco efecto tuvieron, en realidad, las medidas establecidas de ahí que la prohibición se reiterara en tantas ocasiones como dijimos antes. Es más, en 1526 se llevó a cabo un proceso en la Española contra ciertos escribanos y procuradores que, siendo conversos, habían ejercidos esos oficios. En el mismo pleito se advirtió además que los inculpados no eran los únicos conversos sino que “'asimismo han pasado a esas partes otras personas a quien toca la dicha prohibición y usan de oficios públicos y reales de que no pueden usar...”.

Finalmente, vamos a relatar el caso de un judeoconverso llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva), aunque natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos dijeron que su padre fue judío “y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición” y murió con “sanbenito”. Este hombre parece ser que siendo mayordomo del señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con gran cantidad de maravedíes a Sevilla donde sin ningún tipo de problemas pudo embarcar para las Indias, viviendo largos años en Panamá con una encomienda de indios, hasta que fue procesado. Se trata de un caso interesante ya que ilustra perfectamente la facilidad que podía tener un “prohibido” para emigrar rumbo al Nuevo Mundo. La situación de libertad con que circulaban los judeoconversos fue tal que, en 1534, el Emperador decidió volver a pregonar tal prohibición en las gradas de la ciudad de Sevilla, amenazando con la pérdida de sus bienes tanto al infractor como al posible encubridor.

Por tanto, queda claro que una cosa fue la teoría y otra la práctica. Lo que queda todavía por hacer es tratar de individualizar y concretar miles de casos de conversos, de origen judío o musulmán que consiguieron eludir los controles y llevar una vida más o menos tranquila en la nueva frontera indiana.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias, 1492-1550”, Revista de Historia social y económica de América. Alcalá de Henares, Nº 12, 1995, pp. 37-53.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DE VISITADORES, CURAS DOCTRINEROS Y PROTECTORES DE INDIOS CORRUPTOS

DE VISITADORES, CURAS DOCTRINEROS Y  PROTECTORES DE INDIOS CORRUPTOS

La legislación española trató de crear unas instituciones y leyes para proteger a la población amerindia que en teoría eran vasallos de la Corona de Castilla. Para ello, crearon una serie de cargos administrativos, cuya eficacia se vio lastrada por la corrupción de muchos de los que la ostentaron, en muchos casos clérigos.

         El primer cargo creado y el más generalizado fue el de visitador. La institución fue establecida en La Española, a partir de 1503, por el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, frey Nicolás de Ovando. Los elegidos solían ser personas honradas, asalariados y, por motivos obvios, no pertenecientes a la clase encomendera. Su labor consistió básicamente en servir de enlace entre los españoles y los amerindios. Posteriormente, esta figura quedó regulada en las Leyes de Burgos de 1512. En ese corpus legal se establecieron dos visitadores en cada villa (Art. 29), elegidos de entre los vecinos más antiguos (Art. 30) que debían cumplimentar, al menos, dos inspecciones al año a los pueblos de indios de su jurisdicción. Su facultad fundamental era la de quitar las encomiendas a aquellos que no cumpliesen adecuadamente con sus indios y depositarlos en personas honradas (Art. 32). Debían visitar juntos los pueblos porque sepa el uno lo que hace el otro, reduciendo al mínimo las posibilidades de prevaricación. No era imposible el fraude pero para que éste se produjera tenía que darse la lamentable coincidencia de dos corruptos. Al parecer, estos visitadores instruían y fallaban los casos en primera instancia, mientras que en segunda instancia eran fallados por la audiencia.

Ahora, bien, en la práctica, como siempre, las cosas no fueron tan perfectas. Fray Bernardino de Manzanedo denunció, en una misiva al rey, fechada en 1518, que a falta de dinero, a muchos visitadores se les remuneraban con repartimientos, pidiendo que se sustituyesen por un salario conveniente. Y no le faltaba razón al religioso porque el hecho de que algunos visitadores disfrutasen de grandes encomiendas parecía bastante incompatible con las funciones que debían desempeñar. La situación debió cambiar en alguna medida porque, en 1520, informó Rodrigo de Figueroa que, desde tiempos de los tres reformadores Jerónimos, los nativos acudían a los visitadores cuando se sentían agraviados. No obstante, es posible que Rodrigo de Figueroa exagerara porque cuesta creer que, de la noche a la mañana, todos los naturales conociesen sus derechos. Realmente, debieron ser muy pocos los que se atrevieron a denunciar a sus encomenderos, temiendo las posibles represalias.

Otra de las obligaciones que tenía el encomendero era la de pagar a un cura doctrinero que instruyese a sus encomendados en la doctrina cristiana. Formaba parte de la contrapartida que el encomendero debía prestar a sus indios. En las primeras décadas muy pocas encomiendas dispusieron de estos curas doctrineros, entre otras cosas porque el personal religioso era tan escaso que apenas llegaba para que hubiese unos cuantos en las principales villas. Además era un puesto poco atractivo, primero por su escasa remuneración, y segundo porque obligaba al religioso a vivir en lugares bastante apartados y en condiciones bastante precarias. Cuando, por fin, se fue generalizando su figura, sobre todo en Nueva España y en el Perú, tampoco cumplieron con su función todo lo eficaz que hubiera cabido esperar. Al ser elegidos por los propios encomenderos, estos nombraban a deudos y amigos que velaban más por sus intereses que por los de los nativos.

Pero el cargo más importante de los creados a favor del indio fue sin duda el de protector de indios. Fue instaurado por el cardenal Cisneros, influido y convencido por Las Casas, quien fue nombrado el primer protector de América. Se ha ensalzado esta institución como el remache de oro de la perfección de la legislatura de un pueblo. Sin embargo, su figura con ser importante, no fue todo lo útil que hubiera sido menester, básicamente por dos motivos: primero, porque no siempre se nombró a las personas más adecuadas para el cargo. Y segundo, porque sus limitados poderes lo convirtieron en un mero informador. Por ello, aunque el protector mostrara un celo encomiable, era muy poco lo que podía hacer en favor de los más desfavorecidos.

Con respecto a lo primero tenemos que reconocer que algunos de los protectores sí que cumplieron con honestidad su cometido. Sin embargo, otros no fueron tan diligentes y primaron sus propios intereses económicos o los de la élite encomendera. Por ejemplo, el 24 de enero de 1528, recayó la protectoría de la isla de Cuba en el Obispo, fray Pedro Ramírez, quien se mostró como una persona sin escrúpulos que no dudó en anteponer en todo momento sus intereses personales. En una carta del tesorero Lope Hurtado de Mendoza, escrita a Su Majestad en 1528, explicaba que el Obispo es muy aficionado a tener tesoro y con todo el oro que hay en esta isla no se contentará. ¿Cómo iba a denunciar a los explotadores si la lista la encabezaba él mismo?

Más sorprendente aún es el caso del protector de Santa Marta, fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que una persona que se había distinguido por su odio hacia los indígenas, en particular hacia los cumanagotos y que, además, estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, llegara a ostentar dicho puesto. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de la Orden de Predicadores, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba o el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveró el primero de ellos. De todas formas, el padre Ortiz tan pronto denigraba a los naturales como levantaba falsos testimonios contra conquistadores como Hernán Cortés o insultaba gravemente a miembros de su propia Orden.

Fray Tomás Ortiz era natural del pequeño pueblo cacereño de Calzadilla de Coria y profesó en el convento de San Pablo de Sevilla. Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido enviadas por fray Pedro de Córdoba y por el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El mismísimo fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, estuviese casualmente ausente. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe, atribuyendo a los cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar su ira. De hecho, calificó a los indios de caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser más contundente: éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades.

Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que, en defensa de los naturales, habían sostenido otros correligionarios suyos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos. El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas, quien nunca le perdonó estas palabras. Pero, el odio hacia los indios no era el único rasgo sobresaliente del fraile extremeño. También fue un gran empresario, con una capacidad excepcional para los negocios. Según Bernal Díaz del Castillo, cuando llegó a México en 1526, como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía. Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de gran predicador parece evidente que el religioso extremeño no era el mejor de los candidatos para ocupar una protectoría. Un puesto creado para proteger a unas personas a las que fray Tomás Ortiz no parecía profesar un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente. No mucho mejor lo hizo fray Tomás Casillas, obispo de Guatemala, quien pidió en 1556 que se autorizara la esclavitud de los alzados en Chiapas porque, de no ser así, nadie querría ir a someterlos. Por fortuna, la Corona hizo caso omiso a la siniestra petición del prelado.

El segundo de los problemas lo constituía su escaso y difuso poder. Para empezar, ni siquiera los mismos protectores tenían claro cuáles eran exactamente sus atribuciones. Ni fray Pedro Ramírez las conocía ni tan siquiera el primer protector, fray Bartolomé de Las Casas. Tras varias peticiones, por parte del Obispo Ramírez, se le otorgó una instrucción, en mayo de 1531, en la cual, por fin, se le especificó con detalle los poderes concretos que el cargo conllevaba. Entre estos, figuraba la posibilidad de nombrar visitadores para cualquier parte de la isla, con poder tan sólo para poner penas de hasta 50 pesos y 10 días de privación de libertad. Por lo demás, para las sanciones de mayor cuantía, el visitador se limitaría a informar al gobernador -no al protector- para que éste determinase el castigo correspondiente. Por tanto, en delitos de sangre tan sólo entendía el gobernador junto con las justicias, limitándose el protector a informarle para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictara sentencia. No menos claras fueron las instrucciones que se le dieron al protector fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536:

 

        "Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación".

 

Por su parte, el protector de Nicaragua, Diego Álvarez Osorio, inhabilitó al encomendero extremeño Rodrigo Núñez porque ilegalmente pedía esclavos a los caciques de su encomienda. Al parecer se paseaba por los bohíos o casas indígenas, tomando como esclavos a quien les parecía. El caso llegó a oídos del protector, quien procedió de manera sorprendente, no sólo instruyendo el caso sino también dictando sentencia condenatoria. Obviamente, el extremeño apeló, esgrimiendo dos argumentos: uno, que contra lo dispuesto en las leyes, se habían utilizado testigos indios en el juicio, y dos, que el protector no tenía facultad para dictar sentencias. La justicia debió darle parcialmente la razón pues, aunque perdió el pueblo de Guaçama, recibió en compensación otros indios, continuando como encomendero hasta su muerte.

Por tanto, como hemos visto, los pleitos de indios eran todo un cúmulo de despropósitos. Ni podían declarar los propios afectados, ni el protector tenía poderes suficientes. La mayor parte de los nativos, o no conocían sus derechos o no se atrevían a emprender acciones legales por miedo a sus amos. Al principio, juzgaban los casos los oidores o el gobernador sin posibilidad de apelación, sin embargo, luego se decidió lo contrario, es decir, que todos los pleitos cuyas penas se estimasen en más de 10.000 pesos se remitiesen al Consejo de Indias. Se pretendían evitar las influencias que recibían los oidores pero, a cambio, provocó que los fallos de demoraran varios años. Una tardanza que se hacía insufrible para los desdichados aborígenes, quienes padecían todo tipo de presiones, abusos y reprimendas.

En los pocos casos en los que se condenó a algún español por asesinar indios la pena consistió en una multa, o en el peor de los casos en el destierro de la gobernación. Esta última era la sentencia máxima que le podía caer a un español, aunque hubiese asesinado a decenas de amerindios. Como puede observarse, la vida de estos valía muy poco y, por ello, matarlos salía extremadamente barato. En definitiva, queda claro que la protectoría tuvo una escasa eficacia, como lo demuestran los cientos de casos que quedaron totalmente impunes.

Finalmente, hemos de hablar de la figura del corregidor de indios, institución creada en la segunda mitad del siglo XVI. En teoría, su misión era llevar un recuento de los naturales, cobrar los tributos y velar por ellos. Para ello contaba en cada comunidad indígena con un administrador de bienes comunales que iba a soldada. Se suponía que el corregidor de indios debía controlar la integridad moral del administrador. Sin embargo, uno y otro se lucraban mutuamente, convirtiéndose de esta forma en dos cargos muy codiciados por los españoles.

En la práctica tanto el corregidor de indios como el administrador se convirtieron en dos figuras perniciosas para las comunidades indígenas. En realidad fueron sendas figuras administrativa que velaban más por los intereses de la Corona que por la de los nativos. Según Lohmann Villena su verdadero objetivo no era tanto cuidar de los indios como limitar el sistema señorial ejercido por los encomenderos y de esta forma proteger los intereses regios. Muchos indios preferían sufrir a sus encomenderos que a estos corregidores.

En 1565 el obispo de Charcas se lamentó de los agravios que estos cometían sobre los indios, pidiendo que se seleccionase para el cargo a personas de probada caridad cristiana. Casi dos décadas después, concretamente en 1584, el cacique Diego de Torres presentó un memorial denunciando a estos corregidores y pidiendo su sustitución por un protector cristiano que de verdad se preocupase por ellos.

En España y en sus colonias pudo haber –y hubo- una discusión teológica y una legislación encomiable en defensa de los más desfavorecidos, pero la praxis generalizada fue el arrasamiento del mundo indígena. Y ello en buena parte provocado por la prevaricación de los que en teoría debían haber velado por el buen trato de la población aborigen.

 

PARA SABER MÁS


BAYLE, Constantino: El protector de indios. Sevilla, CSIC, 1945.

 

FRIEDE, Juan: Vida y luchas de don Juan del Valle, primer obispo de Popayán y Protector de indios. Popayán, 1961.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CONQUISTADORES Y CREYENTES: EL CRISTIANISMO INTRANSIGENTE DEL SIGLO XVI

CONQUISTADORES Y CREYENTES: EL CRISTIANISMO INTRANSIGENTE DEL SIGLO XVI

Ahora nos lamentamos con los horrores espeluznantes que cometen los integristas islámicos, estados terroristas que amenazan a todos y que sufren en primera persona los propios musulmanes. Sin embargo, hay que recordar que también el cristianismo tuvo una fase integrista que se parecía a la barbarie del integrismo islámico actual. Las cruzadas medievales fueron fruto de ese integrismo y también la última cruzada protagonizada por los conquistadores.

Estos siempre se jactaban de su profunda fe. Pero cabría preguntarse si realmente era sincera, o si estaba motivada por la presión de una sociedad confesional, que no admitía otra alternativa. Muchos historiadores desde Menéndez Pelayo a Joseph Höffner han destacado el sincero y convencido fervor religioso de la España del siglo XVI en general y de los conquistadores en particular. Yo comparto esta opinión y creo que sí fueron profundamente religiosos y en su mayor parte estuvieron convencidos de que el mismísimo Dios aprobaba sus actos y estaba con ellos. Por poner un ejemplo, es bien sabido que Pedro de Valdivia nunca se separaba de una talla pequeña de la Inmaculada. Con ella luchó en las guerras de Italia y Flandes, y tras cruzar el charco, también lo hizo en la Conquista del incario. Está claro que eran profundamente creyentes y, por extensión, tremendamente intransigentes. Su codicia era, al menos en teoría, pecaminosa a los ojos de Dios, y así queda reflejado en varios pasajes evangélicos. Por ejemplo, en el evangelio de Mateo se dice textualmente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6, 24). Pero eso sería en tiempos de Jesucristo porque desde la Edad Media, al menos en la praxis se toleraba. Ya en el siglo XIV escribió en este sentido el Arcipreste de Hita lo siguiente:

 

"Si tuvieres dinero tendrás consolación, alegría y placer y del Papa ración: comprarás Paraíso, ganarás salvación; donde hay mucho dinero hay mucha bendición".

 

La Iglesia de finales del medievo era tan intolerante en cuestiones de dogma como tolerante en asuntos materiales. Esto permitió a las huestes compatibilizar su firmeza dogmática con sus desbordadas ansias por obtener riquezas a cualquier precio. No olvidemos que tanto las cruzadas como las guerras de religión ligaron siempre lo terrenal y lo espiritual. Como ya hemos dicho, sin grandes promesas de compensaciones económicas ni había caballeros cruzados, ni guerra santa ni afán alguno por llevar el evangelio a tierras ignotas.

La Conquista estuvo plagada de violencia y de pillaje pero, en eso, no se diferenció en nada de las cruzadas medievales ni de la guerra santa. En definitiva, el concepto de guerra santa es absolutamente compatible con el de saqueo porque todas estas iniciativas tuvieron siempre un fuerte incentivo económico. Los conquistadores supieron trasladar la guerra santa de la Reconquista a la Conquista, llevando implícito en el propio concepto la posibilidad de enriquecimiento.

Hernán Cortés en su testamento, atormentado por los remordimientos, reconoció la posibilidad de haber cobrado más tributos de los debidos a sus encomendados y de tener esclavos de dudosa legalidad. Por ello dispuso a sus herederos que, si en algún momento se confirmaban esos abusos, fuesen inmediatamente reparados. No menos clara fue la muestra de fe dada por Francisco Pizarro en el último suspiro de su vida; herido de muerte, pidió infructuosamente un sacerdote, aunque al menos le dio tiempo a trazar una cruz con su propia sangre. Había asesinado a decenas de amerindios pero murió confiado porque creía firmemente que, de paso que se enriqueció, había servido a los designios de Dios, llevando la luz a los infieles. La mayoría –si no, todos- eran creyentes y practicantes, lo cual nunca había sido incompatible con la rapiña sobre aquéllos a los que –sin serlo- tildaban de infieles. De hecho, ya los grandes sabios de la Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, habían escrito que, igual que Israel emprendió la guerra contra los paganos, los cristianos podían emprender batallas por mandato divino para castigar a los infieles. En definitiva, la Iglesia podía asumir crueles matanzas siempre que éstas sirvieran para expandir el Cristianismo o para castigar los errores o las impiedades de los paganos. Esta idea fue recogida por muchos pensadores religiosos y seglares de la España mesiánica del siglo XVI. Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

Queda claro, pues, que la idea de la expansión misional y el lucro económico fueron juntas; lo temporal y lo espiritual de la mano como ha ocurrido a lo largo de buena parte de la Historia. Por eso, alguien pudo escribir con razón que el día que faltase el oro, ni habría muchedumbre de hombres civiles, ni de sacerdotes.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

RIDAO, José María: “La paz sin excusas. Sobre la legitimación de la violencia”. Barcelona, Tusquets Editores, 2004.

 

ROJAS, José María: “La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552”. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL ENCUENTRO EUROPA-AMÉRICA: LA MAYOR HECATOMBE DEMOGRÁFICA DE LA HISTORIA

EL ENCUENTRO EUROPA-AMÉRICA: LA MAYOR HECATOMBE DEMOGRÁFICA DE LA HISTORIA

Los extremos sobre la población indígena existente en la América Prehispánica los marcaron por defecto Ángel Rosenblat, quien defendió la escasa cifra de 13 millones, y por exceso Standard y Dobyns, quienes sostuvieron respectivamente las excesivas cifras de 100 y 116 millones. La mayor parte de los demógrafos se mueven en cifras intermedias que van de los 60 a los 80 millones, que quedaron reducidos, en torno a 1550, a unos 10 millones. Teniendo en cuenta que, en esos momentos, el mundo podría sostener a unos 400 millones de seres humanos hemos de deducir que murió, por causas diversas, entre la octava y la sexta parte de la población mundial.

La mayor concentración humana se localizaba en México Central, seguida del área andina. En Nueva Granada, América Central y en el área antillana había densidades poblacionales bastante menores, siendo su presencia casi marginal en las amplias zonas selváticas.

         Saber cuántos indios murieron exactamente es otra empresa igual de imposible. El padre Las Casas dijo que, entre 1492 y 1560, perdieron la vida 40 millones, despoblándose 4.000 leguas, cosa jamás oída, ni acaecida, ni soñada. En el México Central había entre 25 y 30 millones antes del encuentro y, en 1568, quedaban 2,6 millones mientras que, en 1608, apenas un millón. Concretamente, en el Valle de México se estimaba la población en 1,5 millones, cifra que se vio reducida en 1570 a 325.000 y, a mediados del siglo XVII, a unos 70.000. En Centroamérica, vivían 5,5 millones de los que entre 225.000 y 2 millones se concentraban en el actual Panamá. Y finalmente, en el área andina, los extremos oscilan entre los 4,5 millones que defienden unos y los 32 que sostienen otros, aunque la mayor parte de los demógrafos se quedan con una cifra intermedia de entre 7 y 15 millones. Pues, bien, lo que sí sabemos es que a finales del siglo XVIII el virrey Gil de Taboada y Lemos hizo un minucioso recuento y tan sólo pudo censar a 608.712 indígenas. El porcentaje del descenso tampoco fue uniforme, pues, en los 30 años posteriores a su conquista, en las Antillas Mayores desapareció el 95 % de la población, al igual que en Panamá donde en 1533 sólo sobrevivían unos 300 naturales. En cambio, en México ese porcentaje se redujo al 75 % mientras que en la tribu de los Quimbayas, en la actual Colombia, rondó el 80 %.

Queda claro, pues, que es imposible cifrar exactamente el descenso sobre todo porque no sabemos la población inicial. Las posiciones son, en palabras de Nicolás Sánchez Albornoz, irreductibles. Lo que es seguro es que hubo un descenso brutal que prácticamente no se frenó hasta finales del quinientos. Según la población de partida que defienden unos y otros, el descenso pudo ser de 40, de 80, de 100 o de 120 millones. Pero en lo que sí hay acuerdo es en el hecho de que, hacia 1650, apenas sobrevivían en condiciones muy precarias unos 5 millones. Un descenso que en términos porcentuales pudo oscilar entre el 87,8 %, si tomamos la primera cifra, y el 95,84 % si tomamos la última. Lo cierto es que, en uno u otro caso, hubo una espeluznante catástrofe demográfica, una destrucción física sin precedentes en la historia de la humanidad.

         Pero los fallecidos debieron ser muchos más. Es cierto que hubo un descenso de la natalidad, quizás con la excepción del área andina, pero aunque el crecimiento vegetativo hubiese sido escaso habría que sumar los que fueron naciendo en esas décadas y murieron, en su mayoría, prematuramente. Y eso, por supuesto, sin contar los miles de niños que hubieran nacido si sus progenitores no hubiesen muerto.

 

LAS CAUSAS

         Casi todos los cronistas que vivieron en primera persona la destrucción de las Indias se plantearon sus causas. Y en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de La Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las epidemias. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. El padre Las Casas fue mucho más explícito al señalar, como primera causa, los malos tratos y las matanzas de amerindios. Concretamente decía:


         "Desde hace más de cuarenta años que los españoles están allí, no han hecho otra cosa que asesinar indios, hacerles sufrir, afligirlos, atormentarlos y destruirlos… La causa por la que han muerto y destruido a tantas personas ha sido por tener el oro y henchirse de riquezas en muy breves días."

 

         Está claro que el dominico, o no percibió la importancia de las epidemias, o interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos. Lo cierto es que, a nuestro juicio, fue el único gran error que cometió, al situar equivocadamente las enfermedades en un segundo lugar.

         Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando como primera y principal las epidemias. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

         Para el germano Nicolás Féderman, el descenso estuvo motivado por tres causas que citó por este orden: la viruela, la guerra y la explotación. Como podemos ver este conquistador y cronista, que dicho sea de paso masacró indiscriminadamente a cientos de amerindios, lo tenía tan claro que cinco siglos después los máximos especialistas en demografía no han hecho sino concluir con sus mismas palabras.

Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a sus oponentes. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: el primero porque, debido a su aislamiento durante milenios, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y el segundo, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris, citando a Kevin Scrimshaw, han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

En Europa se cebaron con los más desfavorecidos, pues, cuando las plagas llegaban a ciudades populosas, perecían entre un tercio y la mitad de la población. Eso fue lo que ocurrió en el Viejo Mundo entre 1360 y 1460, o más de un siglo después en Venecia, donde perdieron la vida nada menos que 50.000 personas entre 1575 y 1577. También en América pasaron a mejor vida muchísimos colonos, víctimas de las citadas epidemias, sobre todo en los primeros años, debido a la falta de infraestructuras sanitarias y a la escasez de alimentos. Por ejemplo, cuando Pedrarias Dávila arribó a Tierra Firme hubo una gran carestía de víveres y la viruela, que traía incubada un esclavo, se ensañó con los hombres de la expedición, matando a varios cientos de ellos. No obstante, nadie se ha ocupado aún de cuantificar el número de españoles fallecidos en estas plagas y de ofrecer cifras comparativas con la mortalidad indígena.

Como hemos visto, en Europa el aspecto social de las epidemias es bien conocido; los escasos avances médicos solamente alcanzaban a las clases privilegiadas. Sin embargo, en pocas ocasiones se ha aplicado estas mismas concepciones al caso de los amerindios. En el Nuevo Mundo, al igual que en el Viejo Mundo, los microbios se volvieron a cebar con los más desfavorecidos. De hecho, el padre Las Casas escribió que los sanos iban a trabajar a las minas mientras que los viejos y enfermos quedaban desamparados en los pueblos, por lo que perecían todos de angustia y enfermedad sobre la rabiosa hambre. Es conocido el dramático lamento de los indios de Chiametla, al acusar a los hispanos de servirse de ellos cuando estaban sanos y de abandonarlos a su suerte cuando enfermaron. Por su parte, Antonio de Herrera fue más allá, al vincular directamente hambre y epidemias. De hecho, cuenta que, en 1539, los nativos de Popayán dejaron de sembrar la tierra para intentar echar a los españoles. A continuación, pasaron una gran hambruna que vino sucedida de una no menos rigurosa pestilencia. Y es que en algunos casos está bien demostrada la relación entre miseria y enfermedad, como ocurre con el tifus que se contagiaba a través de los piojos. Pero, es más, disponemos de algunos testimonios indígenas en los que se puede comprobar que también ellos vincularon las epidemias con la explotación laboral. Por ejemplo, los caciques del repartimiento de Pacomarca, en Huamanga, escribieron al virrey, advirtiéndole que muchas de las muertes por enfermedades que habían padecido estaban provocadas por la excesiva tributación y la dureza de la mita.

Es cierto que su aislamiento secular aumentó la virulencia de las epidemias pero también que la situación de desamparo, de desatención sanitaria y de carestía alimenticia acentuaron sus efectos. De alguna forma hubo, como ha escrito Massimo Livi- Bacci, una confiscación de energías que provocó una reducción notable de su capacidad de supervivencia. Además, los aborígenes no contaban con ningún tipo de infraestructura sanitaria, pues ni disponían de hospicios propios, ni sus familias tenían posibilidades de atenderlos y alimentarlos en casa. En amplias zonas de América era frecuente que a los enfermos se les dejase comida y bebida y se los abandonase a su suerte, si lo comía bien, si no, que se muriese…

Por otro lado, la brutal destrucción de sus ecosistema locales, provocó a corto plazo una disminución de la producción de alimentos que afectó a los españoles –en las primeras décadas cientos de ellos murieron de pura inanición- pero de manera mucho más brutal a los amerindios. En el área andina la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias que, según Vives Azancot, pudieron ser tan graves como el drama bacteriano.

También debió influir la misma mentalidad de los vencedores y de los vencidos. Unos, porque no movieron ni un ápice para evitar la propagación de estas enfermedades infecciosas, pensando que se trataba de un castigo divino por las idolatrías pasadas. En ese sentido se refería Fernández de Oviedo a la despoblación de la isla de Cuba:


"...E así, casi se despobló la isla de Cuba, e acabose de destruir en se morir los indios, por las mismas causas que faltaron en esta isla Española, y porque la dolencia pestilencial de las viruelas que tengo dicho, fue universal en todas estas islas. Y así, los ha casi acabado Dios, por sus vicios y delitos e idolatrías".

 

Otros muchos cronistas lo interpretaron de la misma forma. Por ejemplo, fray Bernardino de Sahagún consideró que la epidemia que asoló Tenochtitlán, antes de su asedio por Cortés, fue un milagro de Dios para favorecer a los cristianos frente a los infieles. El franciscano fray Gerónimo de Mendieta también explicó las dolencias como un castigo divino pero no contra los indios sino contra los españoles. Su opinión es sin duda muy peculiar: él dice que los nativos no perdían nada porque para ellos la muerte significaba salir del drama de la esclavitud para unirse con sus seres celestiales. En cambio, para los españoles suponía un gran quebranto económico porque perdían los beneficios de la mano de obra y de los tributos. Era el justo castigo que Dios les enviaba por sus comportamientos poco piadosos.

Y otros, porque se hundieron psicológicamente, y aceptaron ese trágico destino. Muchos pensaron que se trataba de un escarmiento que les daban sus propios dioses por haberlos derribado y traicionado. De hecho, cuando Cortés pidió a los tlaxcaltecas que derribaran sus ídolos estos se negaron, diciendo que los enojarían y enviarían hambres, pestilencias y otros desastres.

La política de reducción a pueblos acentuó el daño. Casi todos los hispanos, eran partidarios de ello, unos para utilizarlos mejor como mano de obra, y otros –los religiosos- para evangelizarlos. Por ejemplo, en 1538 se ordenó que los guatemaltecos que vivían dispersos por las sierras, en casas muy alejadas unas de otras, se concentrasen en aldeas para facilitar su adoctrinamiento. La disposición se reiteró, de forma similar, el 10 de junio de 1540. Sin duda, esta política de reducción, puesta en práctica en muy diversos rincones del continente americano, además de ser etnocida favoreció enormemente el contagio. Probablemente, las enfermedades hubiesen tenido un menor efecto en el marco de un poblamiento disperso en el que vivían muchas tribus seminómadas, por la mayor dificultad para provocar contagios masivos.

¿Habría disminuido la morbilidad si los españoles se hubiesen preocupado más por ellos? Rotundamente sí. Ya en la misma época de la Conquista, Motolinia escribió que, en 1529, con motivo de la epidemia de sarampión, se prohibió a los mexicas bañarse en agua fría y se cuidó en alguna medida a los enfermos, disminuyendo de esta forma los índices de mortalidad. Tampoco debe ser casualidad el hecho de que las epidemias afectaran mucho menos a los aliados de Cortés, como los tlaxcaltecas y los huejotzingos. Unos guatiaos que, dicho sea de paso, fueron bastante mejor tratados y tuvieron ciertos privilegios hasta bien avanzada la época colonial.

         Lo cierto es que las epidemias fueron llegando en grandes oleadas, provocando un daño irreversible en las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo(1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

Una de las más letales fue la viruela que causó estragos en La Española desde 1518, luego pasó a las demás Antillas Mayores y, finalmente, de Cuba viajó a Nueva España, América Central y Perú. Según los propios cronistas, en la mayor parte de las provincias indianas murió más de la mitad de la población, pues, como uno de ellos escribió, morían como chinches, a montones. Sorprendentemente, los virus viajaban en ocasiones más rápidos que los propios conquistadores, preparando el camino de estos. De hecho, Huayna Cápac murió de viruelas varios años antes de la llegada de Francisco Pizarro, desencadenando una guerra civil por el control del incario, entre los hermanastros Huáscar y Atahualpa. La viruela mató a decenas de miles de indios en toda América. Según Remesal, con la irresistible sensación de ardor que las viruelas les provocaban, se bañaban en agua fría, y fallecían poco después.

El sarampión llegó a La Española en 1495, sumándose a los estragos provocados por la influenza. Poco a poco se fue difundiendo a las demás Antillas, a Panamá (1523), a México (1531), y de ahí a Guatemala, Honduras y Nicaragua. El tifus exantemático o tabardillo hizo su aparición en Nueva España en 1526, extendiéndose por otras áreas y rebrotando nuevamente en 1545. Muchos de los que se salvaron de la viruela y del sarampión, cayeron con el tifus. Fray Bernardino de Sahagún reconoció haber enterrado en México hasta 10.000 personas, víctimas del tifus.

Las epidemias facilitaron enormemente la conquista y se tuvo una clara consciencia de ello. El cronistas Suárez de Peralta llegó a reconocer que fue mucha la ayuda que éstas les prestaron. Ahora bien, nunca existió una logística sanitaria porque los hispanos jamás utilizaron intencionadamente contra sus oponentes el arma más letal que poseían, la de los virus. Y eso que existían bastantes antecedentes históricos, al menos desde la Baja Edad Media.

         La segunda de las causas fue, sin duda, el maltrato que recibieron, incluido su uso hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos, su explotación en las minas y los asesinatos sistemáticos de caciques, curacas y reyezuelos. Las Casas lo denunció, sin embargo, también reconoció que las matanzas no las hicieron por odio sino por su afán de obtener el máximo beneficio, en el menor tiempo posible. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. Alonso de Zuazo en una carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo en 1518 le decía lo siguiente:


         "Como los dichos repartimientos se hicieron en junta general de todos los caciques e indios, los indios que eran de la provincia de Higüey hacían ir a Xaragua y a la Sabana que son lugares que distan de Higüey al pie cien leguas, y así por consiguiente en todos los otros lugares de manera que momo muchos de estos indios estaban acostumbrados a los aires de su tierra y a beber aguas de jagüeyes, que así llaman las balsas de agua llovedizas, y otras aguas gruesas, mudábanlos a donde había aguas delgadas y de fuentes y ríos fríos, y lugares destemplados, y como andan desnudos hanse muerto casi infinito número de indios, dejados aparte los que han fallecido del muy inmenso trabajo y fatiga que les han dado, tratándoles mal".

 

Decenas de miles de lucayos fueron sacados de las Bahamas y llevados a las Antillas Mayores, muriendo en breve plazo. Luego, cuando se fue conquistando Nueva España, otros tantos fueron desplazados de un lugar a otro, atados en colleras. Ejemplos los hay por decenas. Cuando el despiadado Nuño Beltrán de Guzmán fue a la conquista de la región de Pánuco (Nueva España) llevó consiguió entre 15.000 y 20.000 porteadores de los que, según Las Casas, no regresaron 200 con vida. Otros tantos utilizó Hernando de Soto en su aventura por La Florida o Hernán Pérez de Quesada en su descabellada expedición al Dorado. Y no menos dramático fue el destino que vivieron los 10.000 naturales de Tierra Firmen que fueron reclutados forzosamente, como porteadores o auxiliares de guerra, en la conquista del incario. ¡Hasta 1548 no cayeron en la cuenta de permitir el retorno desde el Perú a aquellos indios guatemaltecos y nicaragüenses que así lo solicitasen! Pocos lo hicieron, entre otras cosas porque a esas alturas la mayoría o habían muerto o estaban ya totalmente desarraigados.

         El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas de La Española que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. En una carta de los dominicos al Cardenal Cisneros, fechada en 1515, le explicaban la penosa situación que sufrían en estas explotaciones auríferas:

 

         "Con los que traían en las minas se habían muy mal porque antes que fuese el día los sacaban a trabajar y los tenían cavando, rodeados de unas piedras muy grandes, lavando oro; y habiendo así trabajado hasta medio día sin comer y sin beber cosa alguna, les daban a comer grano, y su les daban de comer algún cazabe era tan poco que no era nada, y con el grano bebían agua llena de tierra y de lodo, y tornábanlos luego al trabajo hasta la noche oscura, sin alzar la cabeza al cielo. Y a la noche, dábanles a comer y a cenar lo mismo, y dormían en el suelo, y que a esta causa enfermaban muchos y morían…"

 

Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en La Española en los primeros años, extensible por supuesto al que realizaban en las demás Antillas Mayores. Pero, si penoso era el trabajo en los placeres auríferos antillanos mucho más lo fueron en las minas de plata de los virreinatos novohispano y peruano. Las minas de Zacatecas, las de Potosí o las de mercurio de Huancavelica se convirtieron en un dantesco suplicio para los aborígenes. De estas últimas se decía que antes de partir los indios de sus comunidades les rezaban solemnemente una misa de difuntos porque ninguno sobrevivía más de dos años. Los pobres obreros dormían en las mismas galerías de los pozos, los descansos no se respetaban porque la alta mortalidad provocó una carencia crónica de mano de obra, y el trabajo era estimulado a base de latigazos y palos. Y cuando se trataba del dinero de la Corona ni había Leyes de Indias, ni vasallaje, ni cristiandad, ni dignidad, ni moral, ni cargo de conciencia.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. De hecho, los mexicas, además de recolectar bayas silvestres, ingerían todo tipo de animales vivos, desde anfibios a reptiles, pasando, por supuesto, por mamíferos e insectos. Así conseguían una dieta calórica suficiente y equilibrada. Sin embargo, las actividades cazadoras y recolectoras fueron prácticamente abandonadas en la época colonial, básicamente porque apenas sí disponían de tiempo libre. Fray Bernardino de Sahagún afirmó que la mayoría de los naturales de Nueva España murieron de la viruela, pero otros simplemente por el hambre porque nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otro se preocupaba.

Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias mesoamericanas y andinas quedaron paralizadas tras la irrupción. La desaparición de los grandes estados implicó la destrucción de las unidades de recolección, de almacenamiento y de redistribución, tan típicos de las sociedades indígenas más avanzadas del continente. Si esto era una realidad prácticamente todo el año, la situación se agravaba especialmente en durante la Cuaresma en la que apenas se les proporcionaba un poco de cazabe. Ello provocó que, en 1541, solicitaran al embajador en Roma su exención para evitar que muriesen en las minas por hambre y extenuación, como lo estaban haciendo.

Para colmo, fue frecuente durante las primeras décadas del siglo XVI que los naturales quemasen sus propios cultivos. Su idea era, precisamente, provocar la escasez para así conseguir que los extranjeros se marchasen de sus tierras. La resistencia se canalizó en muchas ocasiones a través de la estrategia de la tierra quemada. Una táctica bien conocida desde la antigüedad y que los indios también practicaban. En La Española está bien descrita la destrucción de cultivos de yuca lo que paradójicamente, afirma Anglería, provocó la muerte por inanición de nada menos que 50.000 taínos. No menos claros fueron los frailes dominicos en su carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo, el 4 de junio de 1516:


"Viéndose los indios por estas maneras afligidos de los castellanos qusiéronlos echar de la isla y tomaron por medio no sembrar para comer porque, faltando los mantenimientos, ellos tuviesen por bien de se ir; pero los castellanos gastaron las labranza que ellos tenían para sí; comiendo y destruyendo, de forma que les fue forzado a los indios morir de hambre, de la cual murieron tantos que no había quien anduviese por los campos de hedor…"

 

Claro está que esta escasez de alimentos, con la querían ahuyentar a los españoles, los terminó afectando más a ellos porque aquéllos se comían la poca comida que estos obtenían. Y es que, según Las Casas, comía más un tragón español en un día que diez indios en un mes.

Pero, acabada la Conquista, la penuria continuó porque todos los jóvenes iban a trabajar a las minas y, en los pueblos, tan sólo permanecían los ancianos, las mujeres y los niños hambrientos. No en vano, Las Casas afirmó que vio morir de hambre a más de 7.000 en Cuba y que, en Nicaragua, los españoles robaron el maíz, falleciendo de hambre entre 20.000 y 30.000 nativos.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Como escribió Nicolás Sánchez-Albornoz, la gran mortalidad no fue contrarrestada por una amplia fecundidad. Muchas mujeres tomaron hierbas para abortar, pues no querían parir esclavos. De hecho, está bien documentado el dramático descenso de la tasa de fecundidad en las Antillas Mayores, Nueva España y Nueva Granada. En cambio, en Perú no parece que bajara sustancialmente, al menos antes de 1570. No obstante, en líneas generales sí que podemos afirmar que el aumento dramático de la mortalidad se sumó a un descenso notable de la natalidad, cayendo el crecimiento vegetativo hasta cifras que llevaron a los nativos al borde de su propia extinción. ¿A qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Según fray Diego de Landa, la audiencia de Guatemala envió a un oidor a Yucatán para obligar a algunos españoles a casarse con sus indias, quitando las casas que tenían llenas de mujeres. Igualmente en una Real Cédula dirigida a la justicia de Cubagua, en 1545 se decía:


"Que algunos casados tienen indias libres en sus casas y las toman por sus mancebas y que a esta causa no hacen vida maridable con sus mujeres".

 

Y en esto de los harenes la ciudad de Asunción del Paraguay se llevó la palma, siendo conocida durante años como el paraíso de Mahoma. En tiempos de Irala, todos los españoles los poseían, unos compuestos por entre 50 y 70 nativas, otros entre 15 y 40, y hasta los pobres de solemnidad disfrutaban de entre 5 y 10 barraganas. Unas cifras dignas de los mejores harenes persas.

En Quito, hacia 1569, una india escapó de su dueño y se marchó a casa del obispo porque se quería casar con otro indio. Allí se presentó su encomendero, con la espada desenvainada y la cara desencajada, afirmando que de no estar con el prelado hiciera desatino. La pobre mujer se vio forzada a renunciar a su matrimonio por amor, regresando de inmediato a casa de su señor. Una década después, el protector de indios de Guatemala informó al Consejo de Indias de la perniciosa costumbre que tenían los encomenderos de sacar cantidad de indias jóvenes para el servicio doméstico, y luego, para evitar que se las quitasen, las casaban ficticiamente con sus esclavos negros. De una forma u otra, lo cierto es que muchas nativas fueron desligadas de su mundo, limitando aún más la capacidad de regeneración a la población indígena. Evidentemente, los casos inversos, es decir, de indios que secuestraron a españolas son absolutamente excepcionales. Y lo son por circunstancias obvias: primero, porque sobre todo en los primeros tiempos de la Conquista eran un bien escasísimo y cotizadísimo. Y segundo, porque los vencedores no podían consentir semejante agravio.

Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas. Todo ello dramáticamente reforzado por una desgana vital ante la situación servil a la que se vieron sometidos, sin apenas contraprestaciones, y a la muerte de decenas de miles de congéneres. No en vano, entre los grupos primitivos era frecuente la creencia de que la muerte era contagiosa. Todo ello provocó depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Fue, en palabras del cubano Fernando Ortiz, una huelga de hambre colectiva, una huelga de brazos caídos, una huelga revolucionaria. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unas religiones que estaban adaptadas a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Por otro lado, cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el holocausto del fin del mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían. Años después, refería Antonio de Herrera, que los indios de Nicaragua hacía varios años que no mantenían relaciones sexuales con sus mujeres, porque no pariesen esclavos para los castellanos.

También se produjeron innumerables suicidios individuales y colectivos, de los que nos han quedado decenas de testimonios. No podemos olvidar que en las sociedades indígenas primaba lo colectivo sobre lo individual. Como escribió Lucien Lévy-Bruhl, sus actuaciones siempre se realizaban en el marco de la familia, del clan o de la tribu, nunca a nivel individual. El sujeto no era importante, lo realmente trascendental era la supervivencia de la comunidad. Además, para la mayor parte de ellos la muerte no era una puerta infranqueable sino que había una comunicación regular entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Las religiones indígenas, como la mayoría de los credos, hablaban de un triple proceso: generación, muerte y regeneración. Como explicó lúcidamente Mircea Eliade, la creencia en una vida después de la muerte es casi un universal y era plenamente aceptada por todas las religiones indígenas. Según Las Casas, todos los naturales de estas Indias tienen opinión de las almas no morir. Cieza de León, en este mismo sentido decía que en el Perú cuando moría un gran señor lo enterraban con sus ropas, sus armas, su oro y su comida por lo que le resultaba obvio que creían en la otra vida. La muerte conllevaba, pues, la regeneración, por lo que el suicidio se podía entender como una manera de reunirse de nuevo con la colectividad. Cuando murieron sus dioses, muchos se quisieron ir con ellos. En este sentido, unos mexicas respondieron a los franciscanos que pretendían convertirlos de manera muy significativa: que se nos deje morir/ que se nos deje perecer/pues nuestros dioses han muerto.

Casos de inmolaciones se cuentan por centenares, de los que expondremos algunos de ellos. En La Española hubo suicidios casi masivos y lo hicieron de diversas formas, a saber: tomando jugo de yuca, ingiriendo hierbas venenosas, inhalando el humo de las semillas de ají, arrojándose a precipicios, ahorcándose o haciéndose matar por otros compañeros. En resumidas cuentas, envenenándose o lesionándose, pues de ambas formas, como decía Las Casas, perecieron en la isla muchas gentes. No menos claro fue Gonzalo Fernández de Oviedo cuando narró episodios de suicidios colectivos en La Española, pues, de 50 en 50 se convidaban a suicidarse por no trabajar, ni servir. Unos tomando zumo de yuca y, otros, ahorcándose con sus propias manos. Asimismo, contaba Pedro Mártir de Anglería, que un tal Madroño, natural de Albacete, trataba tan mal a sus haitianos que nada menos que 94 de ellos decidieron juntarse y suicidarse a la par que decían:


"¿Para qué queremos vivir más tiempo en semejante esclavitud?, ¡Hay que irse ya a las moradas perpetuas de nuestros antepasados!"

 

En 1517, cuando los taínos de La Española supieron que se planeaba reducirlos a pueblos, muchos decidieron suicidarse, y según Lucas Vázquez de Ayllón, si no los sosegaran diciéndoles que no se haría, todos o los más de ellos hicieran lo mismo.

Pero estos suicidios en masa están descritos en otros muchos lugares de las Indias. En la vecina isla de Cuba se ahorcaron familias enteras, por no sufrir la tiranía de los españoles. En Nueva España, cuando el virrey Mendoza sitió a los chichimecas en Cuiná, viéndose perdidos, se suicidaron en masa, al parecer ¡en torno a 4.000!, entre hombres, mujeres y niños. También en el virreinato peruano se produjeron inmolaciones individuales y colectivas. En 1549, en una misiva del virrey Pedro de La Gasca al Consejo de Indias le informó que, debido a los malos tratos y a las extorsiones, muchos naturales habían muerto mientras que otros se han ahorcado de desesperados. Todavía en la tardía fecha de 1582, cuando la colonización estaba más que asentada, se reconocía que en el virreinato peruano se sucedían numerosos suicidios, por ahorcamiento o por envenenamiento con hierbas, así como abortos provocados para eludir de esta manera la servidumbre de sus hijos.

 

LOS INDIOS DE LA ESPAÑOLA

         La evolución de la población taína en La Española es una de las muestras más crudas de la extinción de un pueblo en poco más de medio siglo. Mientras que en otras zonas de América el descenso fluctuó entre el 80 y el 90 %, en el área antillana el descenso fue cercano al 100 %, llevándolos prácticamente a su extinción.

El descenso de la población comenzó desde la misma arribada a sus costas del primer Almirante, Cristóbal Colón. Y ello, provocado por las sucesivas y desconocidas epidemias que azotaron la isla desde esos primeros años y por la falta de una legislación protectora. Es bien sabido que las enfermedades infecciosas atacaban con mayor virulencia en las áreas confinadas, como era el caso de las islas del Caribe. Éstas, además, se encontraban en una total virginidad inmunológica.

La primera gran epidemia asoló la isla en 1493, aunque se discute si se trato de un brote de influenza suina o de viruela. Todo parece apuntar a que sus consecuencias fueron muy virulentas, matando a algunos españoles y a miles de indios. Por desgracia desconocemos las cifras exactas de mortalidad, aunque se estima que en sólo cuatro años perdió una cuarta parte de su población. Entre 1496 y 1508 el declive, sin embargo, se ralentizó, pues son años en los que, debido a los graves problemas internos en la factoría colombina, se produjo una menor presión sobre el indígena.

Pese a todo, la época del gobernador Ovando (1502-1509) tampoco debió ser fácil para los taínos. De hecho, al carecer de animales de tracción suficientes, se convirtieron en auténticas bestias de carga. De hecho, años más tardes, reconoció el propio Fernando el Católico que muchos habían perecido en los primeros años porque las personas que los tenían les hacían llevar a cuestas algunas cargas y cosas de mucho peso y los quebrantaban.

        Nuevamente, entre 1508 y 1519, se produjo un acusado descenso poblacional, al pasar su número de 60.000 a 3.000. Este declive estuvo motivado por su explotación intensiva en las minas que culminó dramáticamente con la epidemia de viruela que se inició a finales de 1518. Así, el comienzo de este nuevo ciclo coincide exactamente con la llegada del nuevo gobernador, Diego Colón, que traía instrucciones muy precisas para intensificar el trabajo indígena y procurar un aumento de la producción aurífera. También el bilbilitano Miguel de Pasamonte, tesorero Real de la isla, recibió instrucciones para que desembargara las minas e introdujese todos los efectivos que fuesen necesarios para aumentar la producción.

El trabajo indígena en estos años fue tan duro que, según escribieron los dominicos en 1516, cada año moría un tercio de su población. Además, el aumento del tiempo de la demora acarreó un grave problema a las comunidades indígenas, ya que no quedaban en ellas más que viejos, niños y mujeres preñadas de manera que nadie podía levantar un terrón del suelo, perjudicando el trabajo en la tierra, pues, ante la ausencia de los varones, nadie la sembraba. Con razón, en el Interrogatorio de los Jerónimos fechado, como es bien sabido, en 1517, testigos como Gonzalo de Ocampo, afirmaron lo siguiente:


"Que es muy manifiesto que cuando los indios van a servir van gordos y bien tratados y cuando vuelven vienen flacos, así por los mantenimientos que no tienen, como por sus desconciertos con mujeres y juegos de pelota y otras liviandades en que se ocupan en sus tierras que los fatigan más que el trabajo que acá tendrían".

 

De todas formas, y a pesar de lo comentado en las líneas anteriores, en estos años la principal causa de su descenso fue la epidemia de viruela que se desató en 1518 tras ser introducida por un navío negrero. La mortandad fue tal que, a principios de 1519, informaron los frailes Jerónimos a Su Majestad que, si duraba dos meses más, no quedaría ningún indio con que sacar oro en toda la isla.

Con todo, no podemos precisar el porcentaje exacto de víctimas, pues, mientras en unas fuentes se habla de las tres cuartas partes de la población aborigen, en otras se reduce a la mitad. En cualquier caso, sólo los más fuertes escaparon a la viruela y en un estado tal que, según informó el cabildo de Santo Domingo, en 1519, hasta mucho tiempo no serán de provecho.

En los años siguientes hubo sucesivas oleadas de plagas: sarampión, gripe, romadizo, etcétera que continuaron diezmando irreversiblemente a la población. En este sentido, en un pleito llevado a cabo entre 1527 y 1532, el testigo Juan Mosquera declaró que, después de la viruela, se habían desatado otras enfermedades de las que habían muerto casi todos los naturales y se mueren de cada día, aunque bien los traten.

        A partir de este último año, la mortalidad se redujo bastante por diversas circunstancias: primero, por los efectos de la política proteccionista de los Jerónimos, continuada con no demasiada fortuna por Rodrigo de Figueroa. Y segundo, porque progresivamente el indio dejó de tener interés económico, sustituyéndose su fuerza laboral por la del esclavo negro. Pese a todo, ya en 1529, estaba en claras vías de extinción, de manera que en los ingenios y en las haciendas de esta isla trabajaban, en 1533, más de 2.000 negros y tan solo varios centenares de indios, la mayoría de ellos esclavos, capturados en las armadas de rescate. Por último, en 1547 informaba el doctor Montaño que no había en toda la isla ni siquiera 150 indios, incluida la ciudad de Santo Domingo donde no llegaban a treinta pese a tener la mayor concentración de ellos.

 

PARA SABER MÁS



FERRO, Marc (dir.): El libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Nicolás: La población de América Latina, desde los tiempos precolombinos al 2025. Madrid, Alianza Universidad, 1994.

 

------------- (Coord.): “¿Epidemias o explotaciones? La catástrofe demográfica del Nuevo Mundo”, Dossier de la Revista de Indias, Vol. LXIII, N. 227. Madrid, 2003.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS