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          Es posible que los imperios hayan sido víctimas de una mala prensa, pero también que todos los imperios como cualquier estado han narrado también su historia oficial. Leyenda Negra y Leyenda Rosa han sido siempre parte de la misma moneda.  El libro de Elvira Roca, “Imperiofobia y Leyenda Negra” (Siruela, 2016), es un ejemplo de publicación en servicio de la historia oficial. Y para ello, no duda en tergiversar los datos a su antojo para seleccionar el más favorable a sus intereses. Cojamos un solo ejemplo, que me parece muy representativo. El del declive de la población amerindia a la llegada de los europeos. Primer objetivo, establecer cifras muy bajas de población. Escudándose en los desacuerdos entre los demógrafos cita solo dos cifras las de José Vasconcelos de 6 millones y la de Ángel Rosenblat que sitúa la población a la llegada de Cristóbal Colón en 12 millones. El dato de Vasconcelos es meramente anecdótico ya que el historiador mexicano no hizo un estudio sobre la temática y simplemente hizo una estimación a vuelapluma. Tiene el mismo valor que si yo digo ahora que en América no vivían más de 50.000 personas. Más plausibles parecen las cifras de Ángel Rosenblat que yo he defendido siempre frente a la opinión alcista de otros demógrafos. En cualquier caso aplicando una densidad razonable para la zona de economía agrícola de 4 habitantes por km2 y de 0,5 habitantes por Km2 en las zonas marginales, donde predominaba la caza y la recolección, daría una población para todo el continente de más de 20 millones de personas.

           Lo cierto es que el posicionamiento de la profesora Roca en cifras tan bajas es una constante en la historiografía hispanista. Dado que el descenso de la población indígena se situó entre el 80 y el 90 por ciento, no era baladí situar la población inicial en 6 millones que en 40. Porque, aunque la autora va a defender a continuación que la causa del descenso se debió fundamentalmente a las enfermedades y el mestizaje, por si acaso es conveniente afirmar que la hecatombe fue solo de cuatro millones y no de 38.

Pero, a la cifra más reducida posible de población aborigen había que unir las causas menos lesivas posibles para el imperio. La profesora Roca tiene muy claro que fueron dos las causas de la debacle de la población indígena: una, a las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, y continuando por la viruela, la gripe, el sarampión, etc. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, producían niños mestizos, no indios, es decir, pura y simple matemática. Todo lo demás, asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra.

Sin embargo, las causas del descenso indígena han sido bien analizados, desde el mismo siglo XVI, pues los mismos cronistas de la época se las plantearon. Y, en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

          Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de la Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las plagas. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. Parece obvio que el cenobita, bien no percibió la importancia de las epidemias, o bien, interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos.

           Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando entre las primeras las epidemias, empezando por la de la viruela. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

           Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a las poblaciones sometidas. Estas enfermedades nuevas (influenza, viruela, gripe, sarampión, varicela, peste bubónica, etc.) se sumaron a otras endémicas que ya padecían ellos, como la sífilis, la tuberculosis o la disentería. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: uno, su aislamiento durante milenios, es decir, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y otro, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

La segunda de las causas fue el trabajo forzado al que fueron sometidos. Trabajaron hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos y su explotación en las minas. La política de reducir a los nativos a pueblos para poder utilizarlos mejor laboralmente acentuó el daño. Se trataba de auténticos campos de concentración donde se imponía un trabajo forzado, que destruía su estructura social y que facilitaba la propagación de las enfermedades. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en la isla en las primeras décadas de la colonización.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias quedaron paralizadas tras la irrupción. Como ha demostrado Massimo Livi mientras las sustracciones en Mesoamérica y el Área Andina se hicieron sobre los excedentes, en el área antillana se produjo sobre la subsistencia. No eran economías excedentarias, por lo que la ocupación de los agricultores en faenas mineras, y el consumo excesivo de los españoles, que ingerían cada uno, de media, el triple que los nativos, provocó una gran carestía de alimentos. Sin duda, la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias no menos devastadoras que el drama bacteriano.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Hoy está claro que la extinción se produjo no solo por un aumento de la mortalidad por las epidemias sino también por un descenso brusco de la Tasa de Natalidad. El descenso poblacional fue tan brutal porque las altísimas tasas de mortalidad no fueron contrarrestadas por una amplia natalidad. Y ¿a qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores, y la tasa de fecundidad de cualquier grupo humano está directamente relacionada con la disponibilidad de féminas en edad de procrear. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas.

Y la quinta, el propio desgano vital que terminó provocando depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unos credos que estaban adaptados a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Y cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el fin de su mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían.

Con este primer post “reformare deformata”, pretendo corregir algunos aspectos que la autora ha manipulado en su obra para supuestamente favorecer la buena imagen de la historia del Imperio. Aunque, frente a la opinión de la autora, no creo que la mejor forma de luchar contra la Leyenda Negra sea manipulando la historia.



PARA SABER MÁS

Cook, Noble David. La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo. Madrid, Siglo XXI, 2005

 

Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América. Barcelona, Crítica, 2006

 

Moya Pons, Frank y Rosario Flores Paz (eds.). Los taínos en 1492. El debate demográfico. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013.

 

Rosenblat, Ángel. La población de América en 1492. Viejos y nuevos cálculos. México, El Colegio de México, 1976





ESTEBAN MIRA CABALLOS

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La edición de esta obra de María Elvira Roca Barea (Madrid, Siruela, 2016) ha tenido un gran éxito editorial y un considerable impacto mediático. Y ello por las hipótesis novedosas que plantea con un amplio aparato bibliográfico y con un tono a veces poco cordial y hasta despectivo con una parte de la historiografía. Me ha resultado imposible comentar todos los aspectos del libro por lo que apenas aludiré a las leyendas negras romana, rusa o estadounidense, centrándome en la española. Una decisión que no es aleatoria ya que, aunque la autora se detenga ampliamente en otros imperios y en otras imperiofobias, el objetivo del libro está bien claro desde la primera página: desenmascarar la leyenda negra y limpiar el buen nombre de España y de los españoles. Quiero empezar reconociendo que sus ideas fundamentales están bien documentadas y magníficamente argumentadas. Básicamente defiende tres aspectos:

Uno, que la leyenda negra es por antonomasia española pues, de hecho, para referirse a otras hay que ponerle el adjetivo de rusa, francesa o estadounidense. Los que mandan siempre han gozado de mala prensa, especialmente los imperios. Eso sí, a su juicio hay imperios coloniales como el belga, cuya mala prensa, el holocausto generado en el Congo, no es leyenda sino historia, pero no es el caso del español. Empieza explicando la Imperiofobia aplicada a Roma, para después establecer comparaciones con otras leyendas negras aplicadas al imperio español, a Rusia y a los Estados Unidos. Por cierto, que Elvira Roca omite un trabajo de un doctor en filología, al igual que ella, que le hubiera resultado de gran utilidad. Se trata de la obra de José Luis Conde, "La lengua del Imperio", que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación y que fue editado en el año 2008. En este último estudio se compara, con una excelente erudición, la retórica del imperialismo romano con el estadounidense. El Dr. Conde establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Dentro del propio imperio romano hubo críticos como Salustio, una especie como de padre Las Casas de la antigüedad.

Dos, que la leyenda negra no es una cuestión del pasado sino que sigue existiendo en pleno siglo XXI con gran vitalidad, a través de los textos y de la filmoteca. Niega la idea repetida por algunos historiadores actuales, como Henry Kamen o Ricardo García Cárcel, de que la leyenda negra ha desaparecido hace mucho tiempo. Y se ensaña con ambos, primero con Kamen a quien considera justo al contrario de lo que él mismo afirma, es decir, de ser uno los agentes perpetuadores de la imperiofobia. Y ello precisamente por negar la leyenda y respaldar la teoría del Imperio Inconsciente cuando afirma que España no construyó su imperio sino que "le cayó encima de manera circunstancial", fruto de herencias. Y segundo con García Cárcel a quien corrige con dureza pues le parece inadmisible su tesis de que nunca ha existido una leyenda negra al no darse una crítica sistemática y premeditada frente a España y a los españoles. Y la autora llega tan lejos en su idea que sostiene que la crisis económica actual y el incremento de la deuda pública española no se ha debido tanto a la crisis internacional o a la mala gestión de los sucesivos gobiernos españoles como a ¡la Leyenda Negra!, al incrementar sin causa aparente la prima de riesgo.

Y tres, que esta leyenda ha terminando calando en la propia intelectualidad española hasta el punto que todos ellos deben entrar en mayor o menor medida en la crítica a su propia nación "¡si quieren conseguir algún respeto!" Y dice más, en general, el intelectual español es desde siempre "autocrítico y flagelante" y estima que "negar la leyenda negra es ser un español moderno y no un periférico acomplejado". Según parece todos estábamos equivocados, ensimismados en nuestra propia paranoia flagelante, hasta que hemos tenido la suerte de gozar de su redención.

La Leyenda Negra empezó en Italia y la terminó asumiendo la élite ilustrada española. En cambio, el concepto sí que surgió en la España decimonónica para popularizarse en la siguiente centuria a partir del libro de Julián Juderías, un cantor de las glorias de la patria hispana. Quede claro que el término parte no de los enemigos de España sino de los defensores. Pero, contra la opinión del propio Kamen, de Pierre Chaunu o de Carmen Iglesias, esta leyenda no solo existe en la conciencia de los españoles sino que sigue fuertemente implantada en toda la intelectualidad de los países de nuestro entorno, especialmente de los protestantes.

Creo que su tesis principal, es decir, que hubo –y en algunos aspectos pervive- una Leyenda Negra, al tiempo que está en plena vigencia una Imperiofobia frente a los Estados Unidos, es correcta. Hace algunos siglos, los españoles encarnaban el mal, la perniciosa mezcla racial y el engendro de todos los males como en la actualidad lo encarnan los estadounidenses. Hasta ahí podemos estar más o menos de acuerdo, pasemos ahora a analizar los desacuerdos.

         Se lamenta la autora de que la interpretación de la historia siempre se ha realizado desde la ideología, especialmente por los historiadores de izquierda. Y en parte lleva razón, pues todo historiador tiene su ideología y ello influye en su forma de interpretar la historia. El problema es que su texto también está preñado de ideología, por lo que en cualquier caso peca de lo mismo que con tanto énfasis critica. E incluso le llega a traicionar el subconsciente cuando sorprendentemente afirma –p. 359- que una de las constantes de los imperios ha sido el autocuestionamiento y la inadecuación de la respuesta. Dice que ante la propaganda orangista Felipe II respondió convocando una auditoría internacional y frente a los grabados de De Bry con la sesuda obra de Solorzano Pereira. Un verdadero fiasco porque, según Elvira Roca, la respuesta ¡no puede ni debe ser científica sino que a los ataques propagandísticos, solo se puede responder "de la misma manera, a ser posible de forma más ofensiva y más falsa!" Pues ¡vaya!, esta idea suya no dice mucho a favor del cientifismo de sus argumentos que tratan de responder a la Leyenda Negra.

Pero a mi juicio, el mayor error de su obra consiste en confundir leyenda negra con historia negra, de forma que al final trata de reescribir toda la historia, bordeando, omitiendo o directamente eliminando los aspectos más escabrosos que, según ella, son falsedades atribuibles a la citada Imperiofobia. La autora tergiversa infinidad de hechos, unos de manera intencionada y otros quiero creer que por desconocimiento, para tratar de meter con calzador su particular visión de la historia.

Empieza ironizando sobre la afirmación de Marvin Harris de que la aparición del estado llegó ligada a la de la esclavitud. La autora dice jocosamente que "por eso el hombre preneolítico, con una esperanza de vida de unos veinte años, era el más libre del planeta". Pues, mire usted, pese a su ironía, es posible que el hombre del Paleolítico viviese más libre aunque padeciese el azote de la enfermedad y de la muerte.

           Con respecto a la historia de España interpreta, siguiendo su propia línea argumental, que ha estado fuertemente influida por la Leyenda Negra. De ahí que analice uno a uno muchos aspectos de nuestra historia haciendo una revisión crítica, siempre aminorando o directamente eliminando los aspectos más negativos o polémicos. Obviamente, entra de lleno en los asuntos más controvertidos de nuestro pasado: genocidio americano, casticismo, inquisición, militarismo, racismo, etc. El famoso saco de Roma de 1527 fue usado ampliamente por los hispanófobos pese a que los soldados españoles eran minoría y que hubo otros saqueos mucho más gravosos. Igualmente las guerras de religión que se generaron en Europa, fueron verdaderas guerras civiles entre católicos y las distintas ramas del protestantismo. Incluso la victoria en la batalla de Mühlberg (1547) fue atribuida a los españoles cuando en realidad estos eran una minoría. Y es que lo mismo las guerras de religión que la de Flandes fueron sendas guerras civiles en las que España participó de manera muy marginal, pese a los diretes de la Leyenda Negra. Y ofrece un dato: de los 54.300 que comandaba en Flandes el duque de Alba en 1573, solo 7.900 eran españoles. Y en parte lleva razón, aunque supongo que alguna responsabilidad tendría el Imperio.

           A la Inquisición le dedica un capítulo de veintisiete páginas para tratar de demostrar que toda la información ha sido manipulada por los historiadores detractores de la patria. Se ceba especialmente con la antropóloga belga Christiane Stallaert, a quien considera "inoculada del complejo psíquico de la leyenda negra" al comparar la Inquisición con el holocausto nazi. Sin embargo yo, que sigo con gran interés los textos de la profesora belga, diré en su descargo que ella trabaja dentro de una metodología comparativista constructiva e hizo la asimilación explicando muy bien las diferencias tanto cuantitativas como cualitativas entre ambos acontecimientos. Elvira Roca nos recuerda con insistencia varios aspectos del Santo Tribunal que la mayoría sabíamos: que apenas ajustició a unas 3.000 personas, que la tortura fue una práctica excepcional y que las persecuciones religiosas en Europa causaron muchas más víctimas. En este caso sigue a Henry Kamen y le tocan las críticas a Joseph Pérez por advertir que tampoco hay que abusar de la atenuación de los horrores inquisitoriales tan de moda en las investigaciones actuales. Y ya puestos a destacar las excelencias del Santo Tribunal destaca que fue pionero en la defensa de los derechos humanos, al prohibir la tortura un siglo antes de que esta misma medida se generalizara en Europa. Bueno, supongo que la doctora Roca podrá disculpar que me posicione y solidarice con el gran Joseph Pérez; ni tanto ni tan calvo.

En relación a las expulsiones de minorías étnicas o religiosas, la autora obviamente las minimiza. En relación al cadalso de los sefardíes en 1492, afirma que ha formado parte esencial de la Leyenda Negra, al difundirse que fue un problema exclusivamente hispánico. Sin embargo, ella cree haber descubierto algo todos sabemos desde siempre, que las expulsiones de judíos fueron una constante en toda la Europa bajomedieval, pues empezaron con la expulsión de semitas ingleses en 1290. Y dice más, los expulsados fueron pocos numéricamente hablando e irrelevantes desde el punto de vista económico, como prueba el hecho de que España se mantuviera como primera potencia mundial. La expulsión de los moriscos tampoco se debió a la xenofobia sino que había un problema de seguridad nacional. Y añade un dato: ya en la rebelión de las Alpujarras hubo que traer a los tercios de Flandes porque se temió un desembarco turco que ayudase a los moriscos a recuperar España para el Islam. Pues bien, en España hay una larguísima trayectoria en estudios sobre los moriscos y ha quedado bien demostrado que los moriscos no poseían armas ni posibilidad de reconquistar España y que ese argumento fue un intento de justificación pensado a posteriori. Por otro lado, salieron 300.000 personas en medio de todo tipo de calamidades y penalidades, pues fueron asaltados durante el trayecto a los puertos de embarque. En algunos casos, se les arrebataba a sus propios hijos antes de embarcar, pues en teoría habían quedado al margen de la expulsión. Un verdadero drama para aquellas familias, forzadas a marchar al exilio, expoliadas y maltratadas. Y la cosa no acababa ahí, pues el embarque se hacía en condiciones de hacinamiento y a su llegada, incluso en territorio magrebí, no siempre eran bien aceptados. Un drama que no comparece en las páginas del libro de Elvira Roca. Sería muy largo seguir insistiendo.

La derrota de la Armada Invencible es otro de los temas favoritos de la Leyenda Negra que a su juicio ha exagerado hasta rozar el "ridículo", por dos motivos: primero porque el objetivo nunca fue invadir Inglaterra sino deponer a Isabel I y, segundo, porque España mantuvo el dominio de los mares durante más de medio siglo más. En fin, no es que no sea cierto lo que afirma sino que no conozco a ningún autor español ni inglés que afirme lo contrario. Y añade un argumento que a mi juicio no puede ser más parcial: todo el mundo –"eruditos y semianalfabetos", puntualiza- conoce el desastre de la Invencible en Inglaterra, pero casi nadie sabe que los ingleses fracasaron cinco veces en su intento de invadir el Imperio: Veracruz (1568), España (1589), Cartagena de Indias (1740) y Argentina (1804 y 1806). Un par de matices: uno, dado que la autora no cree que los territorios americanos fuesen colonias sino solar patrio, claro, incluye los asaltos a los territorios ultramarinos. Y otro, puestos a sumar dichos territorios hay que añadir que fueron muchísimos más, algunos exitosos, como el perpetrado contra Jamaica. Siguiendo su misma argumentación, el propio desembarco de los puritanos en Norteamérica no dejaba de ser una invasión en tanto en cuanto dichos territorios habían sido donados a España en las bulas Inter Caetera. Y enlazando con la defensa de Cartagena de Indias en 1740 por el gran Blas de Lezo, se lamenta de que nadie hable de él, cosa que no es cierta y me remito a lo mismo que suele hacer la autora, es decir, a buscar Blas de Lezo en Google para comprobar que goza de cientos de entradas. Y en relación al rechazo al almirante dice que en 2016 hubo una consulta popular para poner nombre a un buque de la armada inglesa y, al salir Lezo en primer lugar, fue eliminado directamente por las autoridades británicas. El comentario no puede ser más desafortunado, está claro que no le iban a poner a un buque de la armada inglesa el nombre de la persona que la humilló. Sería igual de ilógico que ponerle a un buque de la armada española el nombre de Francis Drake; creo que empatizar un poco no es tan difícil, solo hay que intentarlo.

Asimismo, trata el asunto de la venalidad en el imperio español, para añadir que nunca alcanzó la extensión y la intensidad que en otros países de Europa. Pues por las referencias que cita, Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, da la impresión que no conoce los recientes trabajos de Francisco Andújar Castillo, María del Mar Felices de la Fuente, Ángel Sanz Tapia o Antonio Jiménez Estrella, por citar solo a algunos. En dichos estudios se sitúa la venalidad en el Imperio al mismo nivel que en Francia y en cotas muy superiores al de otros países de nuestro entorno, como Portugal. Desgraciadamente, la venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

           Otro capítulo completo, de más de cincuenta páginas, le dedica a la conquista y colonización de América, otro de los grandes mitos de la Leyenda Negra. Quiero señalar que el primer error está en el comentario de la propia portada, que pone "Lienzo de Tlaxcala, 1522". Bueno, es cierto que es un fragmento del citado lienzo pero no del año 1522. Los tres oríginales que se confeccionaron eran de 1552, pero dado que se perdieron solo se conserva una copia de Manuel de Yáñez de 1773. Quede constancia de este pequeño desliz. Pero siguiendo con nuestro argumento, como no podía ser de otra forma, empieza la parte americana desacreditando al "panfletista" paranoico del padre Las Casas, siguiendo sin citarlo a Méndez Pidal, que no fue más que un mero imitador de fray Antonio de Montesinos. Una vez más, el buen nombre del dominico, del querido protector de los indios, uno de los personajes más fascinantes de nuestro pasado, tirado por los suelos por dar pábulo a nuestra Leyenda Negra. Como ella suele decir, no insistiré; solo una cosa, dice que alentó la introducción de esclavos negros para proteger al indígena, idea que está rebatida ya por decenas de historiadores desde hace décadas. Lo escribió en una ocasión y se retractó varias veces a lo largo de su vida. Quede constancia.

Como dijimos anteriormente, insiste muy especialmente en el hecho de que los territorios americanos nunca fueron colonias sino reinos, suelo patrio en igualdad de condiciones con el resto de entidades peninsulares. Le parece incomprensible que profesionales de la historia, entre los que me cita, usen el concepto de colonia, esgrimiendo que las Leyes de Indias dejan muy claro que no eran tal cosa. Y ya que me cita a mí personalmente, aunque somos cientos los americanistas que usamos el término colonia, trataré de rebatirla. Es cierto que las Leyes de Indias hablan de reinos y de virreyes, pero cualquier americanista sabe, esos mismos a los que ella trata de ridiculizar, que en la práctica el estatus de aquellos territorios fue colonial. Da igual como aparezcan denominados en la documentación, lo realmente importante es que lo mismo la expansión inglesa, que la holandesa, francesa, estadounidense o española pretendía obtener unos réditos de la explotación de aquellos territorios. Los criollos lo tenían clarísimo, tan claro que desde la segunda mitad del siglo XVI se configuraron como clase para defender, con éxito por cierto, sus propios intereses frente a los metropolitanos. Y la propia Independencia, ya en el siglo XIX, la llevaron a cabo no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades metropolitanas. Y no cito autoridades que afirman esto mismo por no extenderme en exceso.

           Alude extensamente, citando de nuevo un libro de mi autoría, al extremeño Nicolás de Ovando, el primer gobernador de las Indias, con el que comete el error clásico de convertirlo en "fray" cuando en realidad era "frey", es decir, freire de la Orden de Alcántara y no fraile de una Orden religiosa. Pero, entrando en el fondo de la cuestión, destaca sus excelencias como poblador, fundador de ciudades y organizador de cabildos. Eso sí, omite cualquier tema relacionado con las brutales matanzas de Higüey y Xaragua o el ajusticiamiento de la bella cacica Anacaona. Asimismo, prescinde de un dato muy relevante: que fue él precisamente el introductor en el Nuevo Mundo de las encomiendas de indios que a la postre se convirtieron en una forma encubierta de esclavitud. Supongo que la autora interpreta que todo eso se trata de fabulas, de invenciones introducidas por mí que estoy abducido por la Leyenda Negra.

           Por lo demás destaca la red de caminos, la preocupación por los hospitales públicos, la introducción del protomedicato en Indias y de las Universidades. Afirma que solo en la primera mitad del siglo XVI se erigieron veinticinco hospitales grandes, al estilo del gran hospital de San Nicolás de Bari, fundado en Santo Domingo por Nicolás de Ovando. Y puedo dar por válido el número total de hospitales pero no el calificativo de "grandes". Parece ignorar que ese gran edificio de San Nicolás al que ella se refiere y cuyas ruinas se pueden visitar todavía hoy, fue construido en estilo tardogótico, mucho después, y que en tiempos de Ovando no era más que un pequeño habitáculo vernáculo con camas para seis enfermos.

           Por supuesto, el declive de la población indígena es uno de los temas favoritos de la Leyenda Negra que Elvira Roca trata de de aclarar. Empieza aludiendo, cómo no, a estimaciones extremadamente bajas, más aún que las de Ángel Rosenblat, como las de José Vasconcelos que sitúa la población total de América en 6 millones de habitantes. No conozco a ningún americanista ni demógrafo actual que defienda cifras tan bajas. De hecho, las estimaciones sobre la población en el continente fluctúan entre los 8 millones y los 112, aunque lo más común es aceptar cifras intermedias, comprendidas entre los 30 y los 50 millones. Pero dado que el descenso se situó entre el 80 y el 90 por ciento el posicionamiento de situarla en seis millones no es baladí. No es lo mismo un descenso de cuatro millones que de 28. Pero en cualquier caso; y ¿por qué descendió la población hasta situarse a finales del siglo XVI en poco más de dos millones? La autora tiene muy claras las dos causas: una, debió a las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, citando los estudios de Francisco Guerra e ignorando que Noble David Cook ha demostrado que en realidad fue un brote temprano de viruela. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, "producían niños mestizos", no indios, es decir, pura y simple "matemática". Todo lo demás, asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra. Ni una palabra de la encomienda, aunque sí dedica unas líneas a la mita para decir que los españoles se limitaron a mantener en el tiempo una institución incaica y que solo había hombres asalariados, y ¡mejor pagados por cierto que muchos de los trabajadores europeos! Pues bueno, no sé de dónde saca esas informaciones, pues los únicos asalariados en las minas hispanas eran los llamados "faltriqueras", que eran habas contadas. De nuevo, tergiversación pura y dura y sin ningún tipo de pudor; la mita incaica implicaba unos servicios en obras públicas muy llevaderos y los españoles la modificaron, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas cuatro mil quinientos efectivos por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a trece mil quinientos mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en los yacimientos de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo y que omite totalmente Elvira Roca.

           La conquista española, a diferencia de la expansión de otros imperios, fue pactista, y la autora destaca la necesidad de hacer una gran monografía destacando este singular aspecto. Aunque no lo dice explícitamente se suma a la tesis de que la conquista de América fue poco menos que una guerra civil entre indios. En cambio en la expansión anglosajona no hubo pactos, según la autora, no porque no fuera posible sino porque nunca hubo voluntad de alcanzarlos. Sería largo rebatir este punto, pero me limitaré a decir que todos los pueblos conquistadores a lo largo de la historia, macedonios, cartagineses, romanos, godos, islámicos, etc., etc., han tratado siempre de alcanzar pactos con las poblaciones nativas. Ningún guerrero quería señorear un territorio vacío; allí donde existía la posibilidad de pacto se hacía, donde no, se eliminaba a la élite dirigente y se colocaba en su lugar a otra sumisa a los deseos de los vencedores. Y esto, como digo, ha sido una constante a lo largo de la historia, incluso en Norteamérica, donde sí hubo acuerdos hasta la brutal conquista del oeste del siglo XIX. En cualquier caso, por si alguien piensa lo contrario, aclara, siguiendo a Inga Clendinnen, que lamentar la desaparición de un imperio sangriento, antropófago y totalitario como el azteca es como sentir pena por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Creo que no es necesario refutar semejante barbaridad.

No podía faltar la comparación entre la colonización puritana de Norteamérica y la española. Se ensaña con el hispanista inglés John Elliott, a quien dicho sea de paso cita reiteradamente como Elliot, sin la segunda "t" final. Le acusa de "ceguera intelectual", al comparar ambas realidades como si se tratase dos imperios que en realidad no fueron simultáneos sino sucesivos. Y efectivamente, como explica Elvira Roca y desarrolla con mucha más amplitud Jorge Fernández-Armesto, la América Hispana era mucho más rica que la anglosajona y que la súbita divergencia solo ocurrió tras la Independencia, y no por la actitud ante el trabajo de los puritanos como una parte de la historiografía ha defendido. Asimismo, trata de rebatir la idea del hispanista de que en Norteamérica se exterminó al aborigen no por racismo sino porque era imposible de integrar en la cadena productiva. Elvira Roca lo desmiente argumentando que en Norteamérica había pueblos civilizados como los iroqueses, algonquinos o sioux y tampoco fueron integrados. Y que en Hispanoamérica había grupos seminómadas que sí fueron integrados por los misioneros jesuitas y franciscanos. Sin embargo, por mucho que se empeñe, pueblos como los algonquinos o los sioux fueron siempre seminómadas y se asentaban solo temporalmente en las zonas donde cazaban o pescaban; nada parecido a pueblos estatalizados como los mexicas o los incas. En cuanto a las reducciones jesuíticas y franciscanas fueron un verdadero hito, una de esas luces que todavía nos hacen creer en el ser humano. Pero no fue la norma; cuando los españoles se encontraron pueblos nómadas o seminómadas o los exterminaron o simplemente no colonizaron dicho territorio. Si hubiese leído el magnífico libro de Jorge Cañizares-Esguerra, "Católicos y puritanos en la colonización de América" (Marcial Pons, 2008), hubiese podido concluir, de acuerdo con dicho autor, que ambos, puritanos y católicos, "veían el mundo de la colonización en términos bastante similares".

Actualmente, está en plena efervescencia el antiamericanismo, pues se le atribuyen a los Estados Unidos todos los tópicos de la Leyenda Negra: el hecho de ser "una versión degenerada de Europa" y racialmente impuros. Y, como le ha ocurrido a la hispanofobia, también tienen el antiamericanismo dentro de casa, cuya cabeza visible es Noam Chomsky, quien "con sus medias verdades y medias mentiras… no es más que una máquina expendedora de antiamericanismocuyo producto tiene mucha demanda porque proporciona confort y autocomplacencia casi gratis". Y es que, según Elvira Roca, la Imperiofobia encuentra "su acomodo en una clase letrada, con capacidad de captar y manipular el malestar del pueblo". Y ya puestos, todas las críticas al actual Imperio, los Estados Unidos, se deben a la leyenda negra, siendo, a juicio de la autora, una pura invención interesada. Se le critica por lo que son –un imperio- y no por lo que hacen. Por eso está generalizada la idea de que los estadounidenses, "además de medio tontos, son unos ignorantes". Y toda esta crítica a las actuaciones descomedidas del imperio, lo mismo de George Bush que de Clinton o del actual Donald Trump, es negligente por definición "porque vender irresponsabilidad ha sido siempre muy lucrativo. Que la culpa sea de otro es descansado. Alivia el alma y nos evita muchos quebraderos de cabeza y mucho esfuerzo". ¡Increíble que esto lo haya podido escribir una persona medianamente sensata!

           Para concluir, creo que estamos ante un libro inteligente y bien trabajado, pero al servicio de una ideología y de unos valores muy concretos. Además tiene el aliciente de generar debate, algo que puede hacernos avanzar desde el punto de vista historiográfico. Su tesis fundamental está bien demostrada y contrastada, que la Leyenda Negra ha existido y en parte perdura hasta nuestros días. Los imperios siempre han sido criticados e incluso se ha fabulado contra ellos, eso queda bien claro en este libro. Como aspectos más negativos encuentro dos: uno, que impugna muy críticamente los trabajos de grandes maestros, como John Elliott, Henry Kamen, Christiane Stallaert, Joseph Pérez o Marvin Harris. Todos pueden haber planteado ideas discutibles en algún momento pero es injusto y muy atrevido refutar la totalidad de su excelencia académica e investigadora. Y el otro me parece aún más grave; confunde leyenda negra con historia negra. Está claro que eso de los españoles latinos, anti-semitas y comedores de carne cruda es pura Leyenda Negra, pero no es menos cierto que existió un Santo Tribunal de la Inquisición, que no defendía precisamente los Derechos Humanos, que Atahualpa murió ajusticiado después de pagar su rescate y que los moriscos fueron dramáticamente expulsados. Hubo Leyenda Negra y también historia negra, y es muy importante no confundir una cosa con la otra ni olvidarla, especialmente la segunda.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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El Imperio Hispánico configurado en época de los Austrias Mayores, se convirtió en el mayor dominio territorial de la Historia hasta esos momentos. Con razón, se llegó a afirmar que en los dominios de Felipe II el sol no nacía ni se ponía. Para defenderlo, en unos momentos en los que los medios de comunicación terrestres eran muy lentos, se estructuró un complejo entramado naval que permitió mantener unas comunicaciones más o menos fluidas.

Casi nadie discute ya que España fue, al menos hasta la paz de Westfalia de 1648, la primera potencia mundial. Pese a ello, la historiografía y sobre todo la filmoteca anglosajona se han empeñado en desvirtuar la realidad histórica. Comúnmente se nos presenta a los corsarios y a los almirantes ingleses –que con frecuencia eran los mismos- como personajes nobles, astutos y carismáticos, frente a los inoperantes comandantes españoles, a los que se representa con peluca y golilla. Además, igual que España ha sobrevalorado su victoria en Lepanto frente a los turcos, los ingleses han hecho lo propio con sus victorias ante la Invencible y en Trafalgar. Y en este sentido, se ha destacado la derrota de la Invencible como el inicio del dominio inglés de los mares. Pero, no olvidemos que ésta se produjo más por un cúmulo de despropósitos que por méritos de los ingleses. La repentina muerte del mejor marino de su época, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, y peor aún, la fatal decisión de nombrar como su sustituto al Duque de Medina-Sidonia, cambió probablemente el sino de esta batalla. Pero, así como Lepanto no supuso el dominio español en el Mediterráneo, la derrota de la Invencible no significó el fin de la superioridad española en el Atlántico. Incluso, todavía a principios del siglo XIX, hasta el desastre de Trafalgar, nuestro poderío naval era muy respetado. Fue precisamente el prestigio de nuestras armadas y de nuestros marinos lo que incitó a los franceses a buscar a toda costa una alianza con España.

        Y nuevamente, en el caso de la derrota de Trafalgar debemos decir que se debió en gran parte a la decisión del alto mando francés que desatendió reiteradamente los consejos de los marinos españoles. Por su victoria, el Almirante Nelson, muerto en la contienda, es considerado en su país como un héroe nacional. Pero, pocos ingleses recuerdan que su héroe fue derrotado de forma humillante ocho años antes, exactamente el 25 de julio de 1797, cuando intentó asaltar la plaza de Santa Cruz de Tenerife. Nada menos que 589 ingleses murieron en la contienda, frente a tan solo 23 españoles, resultando herida casi toda la oficialidad enemiga, incluido el propio Nelson que perdió un brazo. Al valiente Almirante inglés le salió caro su heroísmo frente a España, pues, mientras en Tenerife quedó malherido y mutilado, en Trafalgar perdió la vida.

        Aunque hace mucho tiempo que España no tiene por costumbre ensalzar a sus hombres de mar, nadie debe olvidar que los grandes marinos del siglo XVI o fueron españoles o estuvieron al servicio de España. Basta recordar nombres de talla universal como los de Álvaro de Bazán -padre e hijo, Señor y Marqués de Santa Cruz respectivamente-, Bernardino de Mendoza, Rodrigo de Portuondo, don Juan de Austria, -vencedor en Lepanto-, o los genoveses, los Almirantes Cristóbal Colón, Andrea Doria y su sobrino Juan Andrea Doria, estos últimos detentadores del principado de Melfi.

 

EL CORSARIO: ENTRE TRAFICANTE Y BANDIDO

 

Ante la imposibilidad de enfrentarse de manera directa al poderío naval español, franceses, holandeses e ingleses en el Atlántico, berberiscos y turcos en el Mediterráneo optaron por hacerlo a través del corsarismo. Como escribió Bernal Braudel, el corsarismo fue a lo largo de la historia la forma que tuvieron los pueblos más pobres de participar en el comercio de las naciones más ricas. Es por ello por lo que, después del Descubrimiento de América, los países que quedaron al margen del reparto colonial se lanzaron al pillaje en las rutas indianas. Si bien existió el corsarismo en el medievo fue en la Edad Moderna cuando se convirtió en una verdadera plaga. Ni que decir tiene que la mayor parte de los ataques navales sufridos por los puertos y por las flotas españolas no fueron llevados a cabo por escuadras nacionales sino por corsarios.

        Pero se tiene la errónea concepción de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto, éste utilizaba cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según le convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucrarse eran óptimas, actuaba como un mero comerciante ilegal, vendiendo mercancías a bajo precio con el consentimiento de las autoridades españolas. Y otras, si las posibilidades de éxito eran grandes, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias. Los hermanos Barbarroja, Hawkins, Dragut, Francis Drake y otros muchos afamados corsarios igual comerciaban pacíficamente que se convertían en crueles bandidos o que encabezaban el mando de sus respectivas armadas nacionales.

        Ante la nula presencia española en el Mar Caribe, a mediados del siglo XVI, los corsarios se hicieron con su control. Y utilizaron su dominio tanto para atacar buques españoles que hacían la ruta de las Indias como para comerciar ilegalmente con las principales islas, contando al parecer con la connivencia de la élite política y económica. Según recientes estudios de Genaro Rodríguez, este comercio era mucho más ventajoso para las élites locales ya que los corsarios pagaban más por las mercancías de la tierra y vendían su género a menor precio. Así, pues, también para la élite este tráfico suponía romper con el monopolio comercial impuesto por los grandes mercaderes sevillanos.

El cuartel general lo ubicaron en la pequeña isla de la Tortuga, donde establecieron una colonia permanente. De esta forma un buen número de ellos pasaron a convertirse en bucaneros, algo así como un corsario en tierra. La citada isla pasó a ser un importante núcleo comercial, un área libre de impuestos; lo que en terminología actual llamaríamos un paraíso fiscal.

En cualquier caso, como ya hemos afirmado, el contrabando era una actividad que compaginaban con los ataques navales sobre aquellos puertos o flotas que sabían estaban más desprotegidos. Conocemos centenares de ataques navales, en todos los confines del Imperio, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico y en el Pacífico.

 

ATAQUES EN EL MEDITERRÁNEO


De entre las decenas de asaltos corsarios ocurridos en el denominado Mare Nostrum destacaremos especialmente el de 1540 contra Gibraltar, por una escuadra al mando del turco Alí Bajá. Lo que nos llama la atención de este episodio es la solidaridad que despertó desde muchos lugares de España, desde donde mandaron socorro para rechazar a los bandidos. Sobre dichos acontecimientos disponemos de una gráfica descripción que nos ofrece el cronista del Emperador Carlos V, Francisco López de Gómara, y que por su interés reproducimos a continuación:

 


         “Y no fue tanto el daño cuanto el temor, viendo los turcos dentro del lugar, ni cuanto fue el rebato que hubieron los pueblos comarcanos y toda el Andalucía y reino de Granada. Porque luego fue al socorro gente mucha de Jimena, Jerez, Ronda, Marbella y de otros pueblos; y don Preafán de Ribera, Marqués de Tarifa, no pudiendo ir por estar malo, envió sus hombres a pie y a caballo; Sevilla, Córdoba y el Duque de Sesa, don Gonzalo Hernández de Córdoba, el Conde de Feria, don Pedro Hernández de Córdoba y Figueroa, y otros señores y lugares que caminaban ya para Gibraltar lo dejaron sabiendo que los turcos eran embarcados. Don Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar y virrey de Granada, iba como capitán general derecho a Gibraltar, con Gutiérrez López de Padilla, más como en el camino supo la ida de los corsarios se fue a Málaga, donde gastó algunos días proveyendo gente y armas y otras cosas…”.

 

         Pero no tardaron en regresar, pues, en 1543, nada menos que cincuenta velas corsarias asolaron las costas valencianas y las islas Baleares; Palamós, Denia, Valencia, las islas de Ibiza y Formentera, fueron robadas, saqueadas e incendiadas durante semanas casi con total impunidad. Y el impacto de todo este clima de inseguridad fue tal que, en Valencia, donde habitaban más de sesenta mil vecinos moriscos, muchos habitantes “desampararon los pueblos y han pasado las mujeres y niños a los lugares de las fronteras dentro en Castilla”. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular. López de Gómara insiste reiteradamente en su crónica de la “inteligencia” y comunicación que había entre moriscos y corsarios berberiscos. Y en este sentido, cita un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco peninsular hizo de guía. Está bien claro que los moriscos fueron expulsados de España 1609 no solo por la intransigencia religiosa sino también el miedo, fundado o no, que tenía la población sobre el apoyo que estos podían prestar a los corsarios árabes, turcos y berberiscos.

        Es más, según Fernand Braudel, en la costa catalana, en torno al delta del Ebro, donde la población era escasa, llegaron a establecerse, en diversas etapas del quinientos, corsarios argelinos de forma más o menos permanente. Ello, nos puede dar una idea aproximada de la magnitud que adquirió el fenómeno corsario en el siglo XVI. Los ataques del Emperador a Túnez, hacia 1535 y a Argel, seis años después, no pudieron evitar una realidad y es que el peligro berberisco y turco en el Mediterráneo durante la primera mitad de la centuria no solo no disminuyó sino que se acrecentó. Lepanto, con ser una batalla gloriosamente ganada para España por don Juan de Austria y don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, no supuso más que una momentánea disminución del corso en el Mediterráneo. De hecho, tras tomar don Juan de Austria Túnez en 1573, al año siguiente en una ofensiva turca, se apoderaron de nuevo de la plaza y de La Goleta.

 

ATAQUES EN EL ATLÁNTICO


         Pero si tradicional era el corsarismo en el Mediterráneo no menos lo era en el Atlántico. Desde el siglo XIII se habían venido produciendo ataques en el Mar del Norte, en el Canal de la Mancha y en el noroeste de la Península Ibérica. Ya en las Cortes de Toledo de 1436 se recomendó que la navegación a Flandes se hiciese en pequeñas flotas para evitar los daños que hacían los corsarios.

         Cristóbal Colón, cuando aún no se conocía la magnitud de sus descubrimientos, avistó corsarios rondando las islas Canarias en sus dos primeros viajes, mientras que en su tercera travesía, pocos días después de salir de Sanlúcar, debió modificar su ruta hasta las islas Madeiras para evitar un encuentro desigual con ellos. A continuación, se dirigió a la Gomera donde nuevamente volvió a toparse con enemigos galos a los que, por fin, logró reducir. Pero, fue en 1521 cuando se comenzó a tomar conciencia del problema, coincidiendo con el gran éxito de Juan Florín que robó a una flotilla española una buena parte de los tesoros de la cámara de Moctezuma que Cortés remitía a Carlos V. Tal desastre dio lugar, por un lado, a un profundo pesar entre los españoles y, por el otro, despertó las imaginaciones de muchos europeos ansiosos de fortuna. La noticia corrió por toda Europa, intensificando de esta forma el fenómeno corsario. Desde entonces el cabo de San Vicente se comenzó a conocer, entre la gente de mar, como "el cabo de las sorpresas" porque era precisamente en esa zona donde los franceses solían esperar a los navíos españoles.

         En las primeras décadas del siglo XVI estos corsarios permanecieron, por lo general, en torno al ya mencionado cabo de San Vicente, cruzando el océano en muy raras ocasiones. De hecho, los primeros ataques navales de cierta consideración librados en el Nuevo Mundo no se produjeron hasta finales de la década de los veinte, cuando un traidor español al servicio de Francia, Diego Ingenios, sitió la villa de Nueva Cádiz de Cubagua. Pero, no fue el único español que se alistó en las filas corsarias. Juan de Castellanos en sus “Elegías de Varones de Indias” nos relató las andanzas de un tal Diego Pérez, natural de Utrera, quien huyendo de la justicia se embarcó rumbo a las Indias. Allí, entró en contacto con el corsario francés Jacques de Sore, quien lo convenció para que saquease, junto a él, las costas caribeñas. Hacia 1555, con cinco naves, se hicieron a la mar, yendo el utrerano en calidad de práctico o guía. Recalaron primero en la isla Margarita, donde, haciéndose pasar por comerciantes españoles, esperaron a la noche para saquear la isla. Luego continuaron sus pillerías por el cabo de la Vela, Santa Marta y el río Hacha. Aquí, obtuvieron cuatro mil quinientos pesos de oro de recate, sin embargo, el utrerano cometió el error de escapar con parte del botín y adentrarse en el interior. El corsario francés, encolerizado por no haber obtenido todo lo deseado se llevó a una de las autoridades del lugar, Francisco Velázquez, y lo soltó en alta mar en un barco sin agua ni víveres. Cuentan los cronistas que la providencia se mostró más indulgente que el cruel corsario francés y lo devolvió con vida a la costa. Desde su llegada se empeñó en encontrar al malvado Diego Pérez, que finalmente fue capturado y colgado de un madero.

         Desde la década de los treinta la presencia de corsarios en aguas del Caribe se hizo frecuente. Y dadas las escasas defensas navales indianas estos saqueadores hicieron grandes daños. Y en este sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que, en 1537, dos buques corsarios –una nao y una carabela- atacaran la villa de Nombre de Dios con total impunidad. La población huyó al interior, mientras que los corsarios se apoderaban de ochenta mil pesos de oro, pidiendo luego un rescate por dejar la localidad que, tras no ser atendido, provocó el incendio de la misma. Los corsarios tuvieron tiempo de liberar en la costa a varias decenas de españoles cautivos y de marcharse tranquilamente del lugar.

         Uno de los asaltos más sorprendentes y devastadores sobre las colonias americanas fue el que encabezó sir Francis Drake sobre Santo Domingo en 1586. Éste partió del puerto inglés de Plymouth, el 15 de septiembre de 1585, recorriendo las costas occidentales peninsulares antes de poner rumbo al Mar Caribe. Efectivamente, en enero de 1586 varias decenas de velas enemigas asediaron Santo Domingo, mientras las autoridades y toda su población, huyeron al interior de la isla que “fue grandísima lástima ver las mujeres y niños, monjas y frailes y personas impedidas descarriadas por los dichos montes y los caminos”. El daño causado en la capital primada de América fue absolutamente devastador como se evidencia en un documento de la época, conservado en el Archivo de Indias y que extractamos a continuación:

 

 

         “Destruyeron imágenes, hicieron vituperios en los templos y no contentos de esto, abrían sepulturas de los muertos y en ellas echaban mil inmundicias y despojos de reses que mataban dentro de las iglesias, de que hicieron matadero, y se sirvieron para más infames ministerios. Saquearon todas las casas y poco se escapó de sus manos; quemaron todos los navíos que estaban en el puerto. Pidieron un millón de ducados; era imposible. Bajaron a cien mil ducados; tampoco. Comenzaron a quemar casas. Garci Fernández concertó el rescate en veinticinco mil ducados que se juntaron con gran dificultad entre todos los vecinos, arzobispo e iglesias, y con tanto, después de haber estado en la ciudad cinco semanas salieron de ella a los nueve de febrero, llevándose todo nuestro caudal, hasta las campanas de las iglesias, la artillería de la fortaleza y navíos y otras menudencias de todo género, y los cuartos, moneda que corre en esta ciudad, de ellos llevaron y mucha parte fundieron y desperdiciaron; llevaron asimismo forzados de la galera que se había desherrado para que nos ayudasen y después se levantaron contra nosotros y saquearon más que los ingleses; fuéronse con ellos voluntariamente muchos negros de particulares, que son el servicio de esta tierra”.


 

         El citado texto nos muestra claramente el odio y la crueldad con la que estos malhechores actuaban, pues, no conformes con robar, procuraban hacer el máximo daño posible. Santo Domingo, tardó años, quizás décadas, en recuperarse plenamente de este asalto corsario.

         Pero donde el corsarismo se cebó fue en las áreas marginales de las Indias que España no podía ni tenía voluntad de defender. Incluso, la fortificación de esos territorios tan escasamente poblados podía ser un inconveniente; si caía en manos enemigas, su reconquista podría ser muy costosa. Con este simple pero quizás práctico razonamiento se dejaron de proteger amplios territorios americanos, muchos de los cuales terminaron siendo controlados y poblados por franceses, ingleses y holandeses.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

A.-Sobre las armadas españolas:

 

-FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón. Madrid, Museo Naval, 1972. (9 vols).

 

-HARING, Clarence H.: Comercio y navegación entre España y las Indias. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

 

-MIRA CABALLOS, Esteban: La Armada Guardacostas de Andalucía y la Defensa de la Carrera de Indias. 1521-1550. Sevilla. 1998.

 

--------Las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La esfera de los libros, 2005.

 

-PÉREZ TURRADO, Gaspar: Armadas españolas de Indias. Madrid, Mapfre, 1992.

 

 

B.-Sobre el corsarismo:

 

-GOSSE, Philip: Los corsarios berberiscos. Los piratas del norte. Madrid, Austral, 1973.

 

------- Quién es quién en la piratería. Sevilla: Librería Renacimiento, 2003.

 

-HARING, C. H.: Los Bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2003.

 

-LUCENA SALMORAL, Manuel: Piratas, Bucaneros, Filibusteros y Corsarios en América. Madrid, Editorial Mapfre. 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


 

(Este artículo lo publiqué en la revista La Aventura de la Historia N. 88 de 2005, pp. 64-69).

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Nicolás Maduro ha ganado las elecciones, aunque me temo que la oposición -nacional y sobre todo internacional- no se va a conformar con el resultado. Aún no se habían celebrado los comicios y ya se hablaba de fraude electoral. Y es que existen demasiados recursos mineros y energéticos en el país como para que el capitalismo internacional acepte una revolución de cualquier tipo, bolivariana, china o leninista.

A nivel internacional se habla del desabastecimiento intolerable del pueblo y de la lucha armada que se vive en las calles. Pero solo dos matices: el desabastecimiento se debe en gran parte al bloqueo internacional y a la bajada del precio del petróleo, base de la economía del país. Y en cuanto a la violencia, solamente mencionaré un dato: en México son asesinadas diez o doce veces más personas al año que en Venezuela y nadie por ello cuestiona la viabilidad del gobierno mexicano.

Venezuela, siempre Venezuela, pobre Venezuela. Tierra de promisión donde Cristóbal Colón ubicara el paraíso terrenal y después los españoles el mito del Dorado. Uno de los países más ricos del mundo, con metales preciosos, grandísimas plantaciones de cacao y las mayores reservas petrolíferas de América Latina. Esa ha sido precisamente la cruz de Venezuela, sus riquezas que han destrozado el territorio desde el mismo siglo XVI cuando los banqueros alemanes obtuvieron una gobernación para saquearlo. Efectivamente los despropósitos comenzaron cuando Carlos V entregó el territorio a unos banqueros alemanes para saldar deudas. Entre 1528 y 1546 Venezuela estuvo regida por estos empresarios teutones. La búsqueda de metal precioso alimentó las grandes expediciones de los alemanes encabezadas sucesivamente por Ambrosio Alfinger, Jorge Espira, Nicolás Federman y Felipe de Hutten. En su demencia áurea llegaron a vadear las altísimas cadenas montañosas de los Andes, las intransitables selvas tropicales y las infinitas sabanas. Asimismo, se enfrentaron a naturales hostiles que lanzaban sobre ellos flechas envenenadas, a caimanes, insectos y a prolongadas hambrunas. Como no podía ser de otra forma, todas acabaron fracasando, dejando eso sí, un reguero de muerte y destrucción por todos los lugares por donde pasaron. Varios millares de europeos fallecidos y el mundo indígena asolado, muriendo unos en enfrentamientos bélicos y otros por hambrunas y enfermedades.

A finales de la época colonia Venezuela se especializó en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio solo se beneficiaba la élite, pues el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del país.

Esta oligarquía criolla cacaotera mantuvo el poder político y económico tras la Independencia. Simón Bolívar ofreció la libertad a los esclavos para ganar apoyos, librándose la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, el resto de las tropas realistas fueron evacuadas de la zona. Una vez más, tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de la Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

           Como ha afirmado el profesor Miquel Izard, el egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países, como Inglaterra o los Estados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social.

Y ¿qué paso con la población indígena tras la Independencia? Pues desgraciadamente hay que hablar de una nueva hecatombe. Hay que tener en cuenta, siguiendo de nuevo al Prof. Izard, que durante la colonia solo se ocupó realmente el veinte por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de los Llanos en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Y es que en el fondo los criollos estaban convencidos de que los indígenas representaban un lastre para el desarrollo por lo que estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

           El triunfo de la Revolución Bolivariana, especialmente a partir de la aprobación de la Constitución de 1999 supuso un hito en la historia de este país. Como ha escrito Hans-Jürgen Burchardt, la prioridad de este régimen ha sido siempre la universalización de los derechos sociales y el fomento de la participación económica y política de toda la ciudadanía. Y además con la idea de servir de referente, es decir, de locomotora para otros países que se quieran sumar al movimiento bolivariano. Ha habido grandes avances en la lucha contra la pobreza, la política social y la participación política de la ciudadanía que se combinan con aspectos menos positivos, como el clientelismo y el paternalismo político, tan típicos, por otro lado, de la cultura política venezolana en particular y latinoamericana en general.

Ahora bien, la República Bolivariana ha sido y es una de las pocas alternativas serias al capitalismo, hasta el punto que algunos la denominan ya como el “socialismo del siglo XXI”. Por ello, lo que empezó siendo una aventura aislada y aparentemente pasajera de un militar se ha convertido en una seria opción política que incomoda al capitalismo, a las multinacionales y a los poderes imperialistas. Los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador están liderando, con resultados dispares, una ruptura con la democracia liberal y con el tradicional monopolio de los altos cargos políticos por parte de la oligarquía.

           Actualmente, Venezuela sufre una crisis económica brutal, favorecida por el descenso notable del precio del petróleo, que es la base de la economía del país, y por el bloqueo internacional. Nicolás Maduro ha cometido grandes errores en el fondo y en las formas, como casi cualquier dirigente político. La República Bolivariana tiene sus miserias; eso lo sabemos todos. Sigue habiendo graves problemas sociales y económicos. Pero, y ¿cómo era Venezuela en la época pre-bolivariana?, ¿Era un edén perdido que arruinó la Revolución? Pues francamente no; una élite, incluyendo a la clase media-alta, vivía en la abundancia, mientras que el sesenta por ciento de la población vivía no solo en los umbrales de la miseria sino apartada incluso de la participación política. Sirvan de ejemplo estas palabras con las que Eduardo Galeano describía la Venezuela pre-chavista, allá por los años ochenta:

 

“Venezuela es uno de los países más ricos del planeta, y también uno de los más pobres y uno de los más violentos… En las laderas de los cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de basura, el derroche ajeno…Un sesenta por ciento del país vive marginado de todo. En las ciudades prospera una atolondrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente… En la pasada fiesta electoral, el censo de inscritos arrojó un millón de analfabetos entre los dieciocho y los cincuenta años de edad”.

 


          Pero por si alguien duda de la objetivida del citado historiador, citemos las palabras de otro gran estudioso como Guillermo Morón que describía la situación del país allá por 1979 con las siguientes palabras:

 

          "Todavía somos una república petrolera que aspira a la diversificación industrial...Los problemas principales que aquejan al país: alto costo de la vida, pobreza masiva, delincuencia, desempleo, niñez abandonada. Un estado multimillonario y un pueblo empobrecido..."


 

          Da la impresión que el origen de las dramática situación que vive el pueblo venezolano es más antigua de lo que algunos creen.

 

 

 

PARA SABER MÁS


 

BÜSCHGES, Christian/ Olaf Kaltmeier/ Sebastián Thies (eds.): “Culturas políticas en la región andina”. Madrid: Iberoamericana, 2011.

 

CAVA MESA, Begoña (Coord.): “Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010”. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010.

 

GALEANO, Eduardo: “Las venas abiertas de América Latina”. Madrid, Siglo XXI, 1980.

 

IZARD, Miquel: “El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830”. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

----- La colonización de Venezuela: El fiasco de los banqueros alemanes, “La Aventura de la Historia”, Nº 226. Madrid, agosto de 2017.

 

MORÓN, Guillermo: Breve historia de Venezuela. Madrid, Austral, 1979.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS



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Preparando una ponencia para noviembre de este año en Santo Domingo sobre la libertad y el libertinaje sexual, uno se sorprende no tanto de los excesos que se cometieron como de la impunidad. Adelantaré un par de casos tangenciales que no afectan al fondo de mi ponencia para que el lector se haga una idea.

           América se convirtió en una especie de paraíso de Mahoma, donde muchos conquistadores y colonizadores practicaron la barraganía y el concubinato. En España había muchos casos de transgresiones, pero había una diferencia notabilísima, un control mucho mayor lo que hacía que pocos casos quedasen impunes, máxime si eran de la magnitud de los que vamos a relatar a continuación. No hay que olvidar en este sentido que las autoridades hispanas apenas controlaban un veinte por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos venezolanos. Baste ofrecer un dato referente a la Inquisición: en la Península Ibérica había dieciséis tribunales inquisitoriales para una extensión de medio millón de km2 mientras que un único tribunal novohispano debía ocuparse de una extensión seis veces superior.

           Algunos mantuvieron relaciones con niñas de siete u ocho años, sin el más mínimo problema legal ni social. Así, el 15 de febrero de 1578, el doctor Gregorio González de Cuenca en una carta dirigida al rey narró el comportamiento indecoroso del licenciado Paredes. Al parecer, éste había condenado un alcalde llamado Baltasar Rodríguez por haber ejecutado la sentencia de muerte sobre un cacique que había quemado en la hoguera a tres indios inocentes. Le dijo que si quería evitar la pena de muerte le debía entregar su hija de ocho o nueve años para casarla con hijo suyo de año y medio. Baltasar Rodríguez accedió al casamiento, pero poco después falleció en circunstancias extrañas. Y el suceso fue aprovechado por el licenciado Paredes para llevarse a la niña a su casa, donde la tiene a la fuerza dando clamores a Dios. Solicitaba que tan gran delito no quedase sin castigo, pero no sabemos mucho más del caso. Todo parece indicar que se trata de un abuso sobre la menor aunque en el documento en cuestión no se especifican los abusos o las intenciones exactas del licenciado Peralta.

           No era el único que llevaba una vida escandalosa; el oidor de la audiencia, licenciado Esteban de Quero, llevó una vida absolutamente desordenada sin que nadie hiciese o pudiese hacer nada para remediarlo. Vivía amancebado con una mujer, que era hermana de una monja del convento de Regina Angelorum; y realizó todo tipo de presiones a las religiosas para que la nombrasen priora. Finalmente no ocurrió por la intervención del provincial fray Juan de Manzanillo y del presidente de la audiencia doctor González de Cuenca. Pero además, mantenía relaciones con muchas otras mujeres; así por ejemplo, llegó a la isla la gobernadora de la isla de La Margarita, doña Marcela Manrique y fue público que se encerró en casa con dicha señora, y no acudía ni a las sesiones de la audiencia. Pero tampoco sus excesos se limitaban a la vida privada, era frecuente verlo por las noches con una o varias mujeres de compañía, ofreciendo escandalosos espectáculos. El doctor Cuenca, presidente de la audiencia, se sentía incapaz de solucionar los problemas, dado que vivía atemorizado por los oidores que lo amenazaban de muerte. Él se limitaba a informar en un tono verdaderamente dramático:

 

            "Si hubiere de referir los clamores de los vecinos de esta ciudad por los malos tratamientos que estos dos oidores les hacen y por ver deshonradas las más principales mujeres de esta ciudad sería no acabar".

 

 

           Una vez más se evidencia la incapacidad de las autoridades peninsulares, frente al poder de la oligarquía local. En una ocasión pretendió embarcar para España a una de las mujeres que traía perdido al licenciado Quero y descasados a muchos otros vecinos de Santo Domingo. Sin embargo, al tiempo de la partida de los navíos la escondieron y no se pudo cumplimentar los deseos del presidente de la audiencia. En otros casos tomó la decisión de enviar a La Habana a algunos casados para que regresasen a España a por sus mujeres. Pero unos se fugaban y evitaban el embarque y otros iban a La Habana y luego regresaban a la isla sin haberse embarcado para España.

           Más llamativos aún son los abusos que algunos frailes cometían sobre las monjas en los conventos de Santo Domingo. Fray Lucas de Santa María O.F.M., vicario de los franciscanos, tenía una fama ganada a pulso de ser un potro desbocado y depredador de monjas. No era el único, pues el provincial de la misma orden, fray Alonso de Las Casas, había convertido el convento de clarisas en su mancebía, y allí acudía a regocijarse con ellas y a realizar tocamientos a las más jóvenes y guapas. Y hasta tal punto se extralimitó que “desvirgó” a doce de ellas, dejando embarazada a una, aunque éste no llegó a término. Hay una carta que el guardián del convento de San Francisco y los demás religiosos del mismo escribieron a su superior en 1584 que es absolutamente demoledora, pese a ser un correligionario. Merece la pena extractarla en sus partes más importantes. Afirma que no tenía de religioso más que el nombre y que se impidiese su vuelta a la isla, pues después del infierno no les podía venir mayor calamidad, así a nosotros como a estas pobres monjas, cuya casa violó y profanó. Al parecer acudía al cenobio en compañía de su compañero de tropelías fray Francisco Pizarro, y se iban a algunas celdas con la monja que más le gustaba y se echaba con ella, le ponía las manos atrás y el desvergonzado le alzaba las faldas y le miraba su honestidad. Y a una tal sor Isabel Peraza la llevaba a su celda en el convento de San Francisco y en una ocasión los vieron juntos en la ermita de San Antón. Y a un criado suyo de color, que lo tenía de alcahueta para pasar los mensajes a sus amantes, habló públicamente de sus deshonestidades y le dio tal castigo que estuvo al borde de la muerte. Menciona el guardián en su carta que el arzobispo de Santo Domingo procedió contra él por vía inquisitorial, pero no parece que llegara a buen puerto su sentencia pues de hecho, el religioso se disponía a volver a su convento. Sorprenden estos hechos tan graves y que quedasen totalmente impunes. ¿Cómo podía ocurrir esto? El guardián del cenobio lo deja muy claro: porque nuestros prelados mayores están tan remotos que no es posible acudir a ellos.

           En España también había infinidad de casos de amancebamientos, de estupros y de violaciones, pero había dos diferencias con respecto a La Española y en general a las colonias: uno, cuantitativamente eran menos los casos, ya que la presión de las autoridades era mucho mayor, por la cercanía del poder. Los párrocos y los familiares de la inquisición establecían a veces una presión insufrible, lo que servía como elemento disuasorio. Y dos, la impunidad en España se limitaba a las esclavas y a aquellas mujeres libres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras o viudas y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular.

           Una vez más la historia nos enseña la bajeza moral de muchos seres humanos, no muy diferente en el siglo XVI que en el XXI.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DEIVE, Carlos Esteban: “La mala vida. Delincuencia y picaresca en la Colonia Española de Santo Domingo”. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1988.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conductas sexuales en el Santo Domingo del siglo XVI: la violación de doña Juana de Oviedo”, en La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1578-1587). Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2016

 

SCHWARTZ, Stuart N.: “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico”. Madrid, Akal, 2010.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Un 26 de junio de 1541, hace justo 476 años, era asesinado en su palacio de Lima el conquistador trujillano Francisco Pizarro. Aunque parezca increíble todavía hoy casi quinientos años después siguen existiendo incógnitas sobre el mismo.

En la mañana del domingo, 26 de junio de 1541, al grito de ¡viva el Rey y mueran los tiranos! , un grupo de unas veinte personas encabezadas por Juan de Rada, entraron en el reciento palaciego con la intención de asesinarle. Tras el sacrificio de la misa el marqués se había retirado a su palacio, lugar al que no tardaron en llegar los atacantes. Encabezados por el ya citado Juan de Rada, atravesaron la plaza gritando ¡Viva el rey! ¡muerte al tirano!, entrando en el interior de la casa

Aunque recibió cinco heridas en la cabeza, seis en la columna vertebral y tres en las extremidades superiores, el autor material de la estocada mortal fue un tal Martín de Bilbao. Mientras los demás huían sólo una voz -femenina por cierto- se atrevió a acusarlos de traidores; se trataba de Inés Muñoz, esposa de Francisco Martín de Alcántara.

Hay una cuestión que siempre me he planteado: ¿hubo traición por parte del entorno más próximo del gobernador? Vayamos por partes; sorprende que estuviese dentro del palacio Juan Ortiz de Zárate, que había luchado junto a Diego de Almagro en la rota de las Salinas, allá por 1538. Bien es cierto que resultó herido en el asalto al palacio, pero bien pudieron haberlo matado por traicionar su causa y, como escribe Antonio de Herrera, no quisieron. También estaba allí Alonso Manjarrés quien, poco antes de la batalla de las Salinas, se cambió de bando pero que había sido durante años un almagrista incondicional. Otros de los presentes fueron Juan Sánchez Copín y Ramirillo de Valdés; este último se comprometió a dar la señal desde el balcón con un pañuelo blanco en el momento que le pareciese más oportuno. Es decir, no lo olvidemos, la señal de inicio del asalto partió desde dentro del palacio. Asimismo, se contaban entre los traidores dos vizcaínos: el padre Domingo Ruiz de la Durana y Jerónimo Zurbano. El primero era ¡el capellán privado del trujillano!, que ofició la misa en el palacio el día de su asesinato. Su traición era tanto más flagrante cuanto que estaba consagrado in sacris y disponía de información confidencial que obtenía por medio del sacramento de la confesión. El segundo, según Raúl Porras, era otro de los espías, pues mantenía a los disidentes permanentemente informados de todos sus movimientos. Entre los asaltantes estaba también Cristóbal de Sosa, que era caballerizo del gobernador. Es decir, junto al marqués había un núcleo de incondicionales, algunos de los cuales murieron en su defensa, pero también había personas de su entorno que habían estado vinculados en uno u otro momento al bando almagrista o incluso, como Sosa, Ruiz de la Durana o Ramirillo de Valdés, mantenían en secreto su compromiso con éste

No parece que hubiese defección por parte de los propios pizarristas, pero sí una cierta pasividad. Una actitud que en la propia época levantó la suspicacia de algunos cronistas. Sin embargo, está claro que no tuvieron ningún tipo de implicación, pues terminaron siendo víctimas de dicha revuelta. No hubo traición, aunque sí un error de apreciación y una cobardía flagrante que costaron muy caras. Fueron muchos los que en vez de enfrentarse a los almagristas decidieron huir de manera vergonzosa, escondiéndose o escapando por las ventanas. Este fue el caso tanto del doctor Juan Blázquez como del oportunista de Francisco Ampuero, casado con la antigua concubina del marqués. Y digo que era un oportunista porque lo mismo que salvó su vida saltando por la ventana, en 1546, tras la batalla de Añaquito, anticipándose a un fatal desenlace se cambió de bando, traicionando a Gonzalo Pizarro y obteniendo en compensación cargos como el de regidor, alguacil mayor, alcalde de la Santa Hermandad y alcalde de Lima.

Los almagristas después de ver la señal salieron de varias casas del entorno, portando arcabuces, ballestas, espadas, alabardas y otras armas defensivas y ofensivas. Una vez en el patio del palacio, Francisco de Chávez cometió otra nueva imprudencia que le terminó costando su propia vida. La puerta de la sala era recia y fue enviado a cerrarla, pero en vez de hacerlo salió fuera a hablar con los asaltantes. Sabemos que estaba resentido con Francisco Pizarro por el desplazamiento que estaba sufriendo en favor de Antonio Picado, un oportunista que en pocos años había acaparado muchísimo poder. Lo cierto es que tenía buenos amigos entre los insurrectos, entre ellos un deudo suyo llamado igual que él. Las palabras que les dirigió antes de caer herido de muerte no pudieron ser más inquietantes: Señores, ¿qué es esto?, no se entienda conmigo el enojo que traéis con el marqués, pues yo siempre fui amigo. José Antonio del Busto ve aquí un cierto entendimiento con los asaltantes, que era ostensible desde años atrás. Otros cronistas lo ven simplemente como una imprudencia, pues pensó que se trataba de una simple “pendencia”. ¿Es posible que fuese otro de los topos almagristas dentro del palacio? Es difícil afirmarlo, pero parece obvio que mantenía una cierta amistad con ellos, hasta el punto que alojó durante mucho tiempo en su casa a Diego de Almagro el Mozo tras la muerte de su padre. Su amistad era lo suficientemente sólida como para pensar que a él no lo matarían, de ahí su actitud. Lo cierto, es que su errónea decisión le costó la vida casi instantáneamente, poniendo en bandeja la de su paisano Francisco Pizarro. Insisto que de haber permanecido la puerta cerrada, muy probablemente se hubiese truncado el intento de asesinato, bien reorganizando la defensa desde dentro, o bien, esperando refuerzos de fuera.

El asesinato estuvo poco planificado, tratándose casi de un arranque espontáneo, y de no haberse concatenado toda una sucesión de errores por parte del marqués y su entorno pudo haberse desbaratado con facilidad. Pero entre ausentes, cobardes y traidores habían dejado al marqués prácticamente solo. Junto a él, perdieron la vida otras siete personas, a saber: el ya mencionado Francisco de Chávez, los criados de éste Francisco Mendo y un tal Pedro, los pajes del gobernador Juan de Vargas, hijo de Gómez de Tordoya, Alonso García de Escandón y Francisco Gaitán, y Francisco Martín de Alcántara. Otros resultaron gravemente heridos pero se terminaron recuperando, como Gonzalo Fernández, el alguacil Juan de Vergara y Gómez de Luna.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FERNÁNDEZ DÁVILA, Guillermo: El asesinato de Francisco Pizarro: estudio histórico y médico-legal. Lima, 1945.

 

LUDEÑA, Hugo: Don Francisco Pizarro. Un estudio arqueológico e histórico. Lima, Editorial Los Pinos, 1980.

 

----- “Versiones tempranas sobre la muerte de don Francisco Pizarro”, Boletín de Lima Nº 37. Lima, 1985.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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América del Norte fue recorrida por expediciones que dieron comienzo con Juan Ponce de León, Pánfilo de Narváez y Lucas Vázquez de Ayllón, Hernando de Soto y Alvar Núñez Cabeza de Vaca. La exploración errante del sur de los Estados Unidos lo mismo por Alvar Núñez que por Hernando de Soto fueron empresas tan arriesgadas como suicidas.

Juan Ponce de León, se dirigió a la Florida en marzo de 1513 buscando la fuente de la eterna juventud, alcanzando la costa de La Florida. Años después volvió por segunda vez con más hombres pero fue herido de gravedad en una algarada indígena y murió pocos días después.

El antiguo oidor de la audiencia de Santo Domingo, Lucas Vázquez de Ayllón fue el siguiente en arribar a la costa este norteamericana, obteniendo su capitulación en 1523. Llegó hasta el estado de Carolina, fundando San Miguel de Guadalupe. Pero el frío, el hambre y los ataques indígenas hicieron mella en la población, falleciendo la mayoría de ellos, incluyendo el adelantado Ayllón, el 18 de octubre de 1526.

El fracaso no desanimó a otros expedicionarios de manera que en 1528 fue Pánfilo de Narváez el que recorrió buena parte del Golfo de México, adentrándose en el interior de Norteamérica siguiendo el cauce del Río Grande del Norte. Nuevamente, todo acabó en un fracaso, regresando a México tan solo un puñado de supervivientes, entre ellos Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que nos dejaría un valioso relato de la jornada.

El último de los grandes expedicionarios fue el barcarroteño Hernando de Soto que no aprendió de los fracasos de sus antecesores por lo que su aventura estuvo condenada al fracaso desde su propia génesis. La caminata nunca tuvo un rumbo fijo, y lo mismo se dirigía al norte que giraba al oeste o retornaba al sur, dependiendo de las informaciones que sobre el terreno iban obteniendo de los propios nativos. Y ello por el ansia voraz de metal áureo; siempre soñaron con que en algún paraje les saliera al encuentro un gran monarca, como Moctezuma o Atahualpa, con un importante tesoro estatal que saquear y así retornar ricos a su patria. Y es que la imaginación de estos conquistadores no tenía límites, desde la leyenda de Jauja al Dorado, pasando por las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o la fuente de la eterna juventud que con tanto empeño buscara precisamente Ponce de León. Y en la búsqueda suicida de esos mitos, empeñaron sus vidas y las de los pobres indios que tuvieron la desventura de toparse con ellos.

¿Hubo alguna posibilidad de éxito? A esta pregunta respondió magistralmente Luis de Villanueva hace más de un siglo: si el objetivo hubiese sido poblar los fértiles campos de la Florida, aprovechando las mejores tierras para el cultivo y los pastos para el ganado, es posible que el resultado hubiese sido otro. Todos los cronistas coinciden en la riqueza agrícola de muchos de esos territorios, especialmente de zonas como la de Apalache, donde abundaban los cultivos de maíz, frijoles y calabazas. Poseía un clima templado que guardaba muchas similitudes con el Mediterráneo y allí hubiesen sido viables, en aquellos momentos, colonias de agricultores y ganaderos, como lo fueron un siglo después. Y de haberse realizado, probablemente la historia de aquellos territorios hubiese sido muy diferente. Pero, es obvio, que por la cabeza de esa primera generación de conquistadores rondaban otras ideas. Como hemos dicho reiteradamente, buscaban esencialmente oro, y los indios se los quitaban de encima siempre señalando más al norte o más al oeste. Y ellos, siempre crédulos, recorrieron varios miles de kilómetros buscando lo que sólo existía en su imaginación.

Además, tuvieron que enfrentarse a la enemistad y a la envidia de otros conquistadores, como Nuño de Guzmán o el virrey Antonio de Mendoza. Estando en La Habana, antes de partir para la Florida, ya envió el adelantado una advertencia al virrey de Nueva España, pidiéndole que no enviase expediciones al norte del Río Grande. Algún tiempo después, exactamente el 12 de julio de 1540, Juan de Barrutia, en nombre de Hernando de Soto, presentó un escrito ante el Consejo de Indias, quejándose del virrey de Nueva España. Al parecer, contraviniendo la capitulación, se entrometió en su demarcación, mandando incluso expediciones a la Florida. Y es que, unos meses antes, había llegado un franciscano, llamado fray Marcos, que había dicho que a 500 leguas de México, en tierras de la Florida, había grandes pueblos y la tierra era muy rica en metales preciosos. En una información, llevada a cabo en noviembre de 1539, varios testigos se refirieron a esta historia del fraile. Concretamente García Navarro declaró lo siguiente:


"Que había venido un fraile nuevamente de una tierra nuevamente descubierta que dicen que es quinientas leguas de México en la tierra de la Florida que dicen que es hacía la parte del norte de la dicha tierra en la cual dicen que es tierra rica de oro y plata y otros rescates y grandes pueblos, que las casas son de piedra y terrados a la manera de México y que tienen peso y medida y que no casan más de una vez y que visten albornoces y que andan cabalgando en unos animales que no sabe como se llaman y que públicamente arma para la dicha tierra el visorrey haberles puestos para hacer gente y capitanes Pedro de Tovar y Hernando Alarcón y Francisco Coronado por general…"


 

Pese al fracaso global, y aunque parezca un tópico, sí es cierto que supuso un salto cuantitativo en el conocimiento geográfico, ampliando enormemente las fronteras del virreinato novohispano. Sin embargo, el fiasco de la empresa colonizadora tuvo graves consecuencias para el Imperio. Esta expedición fue el tercer y último intento por someter la Florida por parte de los conquistadores. Con razón se ha escrito que con la muerte del barcarroteño se cerró la era de los conquistadores en Norteamérica.

Con posterioridad, llegaron algunos grupos de religiosos, con intención evangelizadora. Pero desde luego no hubo un intento serio de conquista y colonización, lo cual fue aprovechado por un contingente de franceses, liderados por Jean Ribault, para establecer una colonia permanente en la Florida.

Sin embargo, la Corona reaccionó nombrando a Pedro Menéndez de Avilés, gobernador y capitán general de Cuba y adelantado de la Florida, con la intención expresa de expulsar a los galos. El 20 de marzo de 1565, siendo ya caballero de la Orden de Santiago, firmó una capitulación para el descubrimiento y colonización de aquel territorio. Bien es cierto que se trataba de una empresa muy diferente a la emprendida por Hernando de Soto. El avilense tenía otros objetivos: primero, derrotar y expulsar a los franceses. Y segundo, establecer una colonia permanente en algún punto de la costa. Dado que era tan buen soldado como marino, tardó poco en derrotar a los francos, fundando a continuación la villa y el fuerte de San Agustín. Cuentan los cronistas que no tuvo piedad con los galos, pues, degolló y ahorcó a varios centenares, incluyendo al propio Ribault. Según noticias de Cesáreo Fernández Duro, colocó un letrero en los cadáveres en los que ponía: ahorcados, no por franceses, sino por herejes luteranos.

        Sin embargo, la presencia hispana en Norteamérica estaba a punto de desaparecer, con la excepción de las misiones de la Baja California y del norte del entonces virreinato novohispano.

 

 

PARA SABER MÁS

 

BANNON, J. F.: “The Spanish Borderlands Frontier, 1513-1821”. New York, University Press, 1970.

 

BRAVO, Concepción: “Hernando de Soto”. Madrid, Historia 16 Quorum, 1987.

 

KEEGAN, Gregory Joseph y Leandro TORMO SANZ: “Experiencia Misionera en la Florida”. Madrid, C.S.I.C., 1957.

 

LARKIN, Tanya: “Hernando de Soto”. New York, the Rosen Publishing Group, 2001.

 

MARTÍNEZ-SHAW, Carlos M.: “Presencia española en los Estados Unidos”. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1972.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernando de Soto. El conquistador de las Tres Américas”. Barcarrota, Excmo. Ayuntamiento, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2017, 367 pp. I.S.B.N.: 9788461799664

 

Este libro debía ser simplemente una edición de bolsillo de mi libro Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010). Sin embargo, al final ha sido mucho más que una reedición, pues hemos corregido errores detectados en la primera edición, ampliado aspectos poco tratados e incorporado bibliografía reciente y hasta documentos nuevos que hemos localizado entre 2010 y 2016. Por ello, dado que se trata de una obra esencialmente diferente, nos hemos permitido titularla como Hernán Cortés: mitos y leyendas del conquistador de Nueva España, usando el título de la Conferencia inaugural de los Coloquios Históricos de Extremadura que impartí en Trujillo en el año 2015.

La historiografía tradicional entendía la expansión occidental como una gesta protagonizada por unos hombres que ampliaron la frontera del mundo civilizado y de la cristiandad. España era vista como un prodigio de espiritualidad, como la gran abanderada del catolicismo, luchando contra los bereberes, los árabes, los turcos, los protestantes europeos y, cómo no, contra los paganos amerindios. Según esta línea historiográfica los conquistadores fueron unos instrumentos de la providencia para hacer llegar la palabra de Dios a los rincones más ignotos. Se trataba de forjar la historia patria en torno a símbolos imaginarios que aglutinaran al colectivo. Esta leyenda apologética y legitimadora se ha mantenido vigente hasta el siglo XXI, pues es posible rastrearla sin solución de continuidad desde la misma época de los descubrimientos hasta la actualidad. Sin embargo, desgraciadamente la historia no fue tan heroica; aquello fue una guerra en la que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, cualquier tipo de reacción de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos contemplarlas como legítimas.

El caso de Hernán Cortés es muy particular porque se ha escrito tanto de él y durante tanto tiempo que no resulta fácil separar la historia de la leyenda, es decir, la realidad de la ficción. Además, ocurre una curiosa paradoja; pese a la extensísima historiografía siguen existiendo muchísimas sombras, infinidad de aspectos que nos son total o parcialmente desconocidos. Y ello debido a dos causas fundamentalmente: primera, a los silencios del propio conquistador que, aunque escribió muchísimo, apenas se refirió a los aspectos más íntimos de su biografía y, menos aún, a sus orígenes en su Extremadura natal. De hecho, abundan los documentos oficiales o judiciales pero escasean los escritos personales, tales como cartas privadas, diarios o anotaciones personales. Por culpa de ese silencio, provocado por él mismo, han quedado muchos huecos que la historiografía se ha encargado de rellenar como buenamente ha podido. Y es que los historiadores siempre han mostrado una cierta intolerancia a los vacíos que suelen cubrirlos simple y llanamente con imaginación o con altas dosis de invención. Y segunda, a las tergiversaciones de unos y de otros que han tendido más a imaginar su figura que a investigarla. No en vano, abunda más la novela histórica que el trabajo científico. Además, se ha primado el hecho mismo de la Conquista, en detrimento de la propia vida de sus protagonistas.

Durante siglos la historiografía cortesiana ha estado polarizada en dos extremos opuestos, los defensores y los detractores. Obviamente, los primeros lo presentaban como un héroe civilizador, la reencarnación del Cid Campeador, mientras que los segundos lo tildaban de ser un precoz genocida del quinientos. No obstante, conviene aclarar que las historias hagiográficas son infinitamente más numerosas, entre otras cosas porque nadie dedica varios años a investigar a un personaje al que no admira. Reiteradamente se han mostrado actuaciones comunes como hechos excepcionales y hasta sobrenaturales. Su figura ha sido fuente de inspiración de poetas, dramaturgos, novelistas, historiadores, teólogos, visionarios y patriotas. Pero la verdad es que la conquista del imperio mexica fue excepcional en el sentido que un puñado de hombres en muy poco tiempo ocupó un amplio territorio pero, en lo demás, fue un capítulo más en la imposición del más fuerte sobre el más débil. Había un sinnúmero de precedentes de imperios similares al mexica, y aun mayores, que habían caído en manos de un puñado de invasores. Baste con citar el caso del Imperio Romano de Occidente, aniquilado por un grupo de desorganizadas hordas germánicas. Y dentro del contexto del siglo XVI, la actuación de Cortés no fue muy diferente a la de otros conquistadores. Sus comportamientos, sus estrategias, sus sentimientos, sus actitudes y sus pensamientos fueron similares al del resto de sus compañeros. Quizás lo más particular de su caso es que conquistase todo un imperio con un número tan limitado de efectivos. Pero, no fue el único pues Francisco Pizarro dispuso de tres veces menos fuerzas frente a un imperio no menos poderoso que el mexica. En cualquier caso, creo que la metodología utilizada hasta ahora no ha sido la adecuada. Urge investigar su figura a partir de fuentes primarias y anteponiendo la razón a la pasión.

De sus orígenes familiares, de su vida hasta 1519, y de su etapa final en España, hasta su muerte en Castilleja de la Cuesta, apenas si disponemos de unos pocos datos documentales. Hacia 1940 escribió F. A. Kirkpatrick que de la Conquista de México sabíamos mucho porque disponíamos de centenares de testimonios de primera mano pero, en cambio, de su infancia y juventud en Extremadura apenas teníamos unos pocos datos fiables. Se trata de unas palabras que no han perdido todavía vigencia. De hecho, dos de los máximos estudiosos actuales, como los mexicanos Juan Miralles y José Luis Martínez se han manifestado en este mismo sentido. Es obvio, pues, que de su infancia y juventud en tierras hispanas, entre 1484 y 1504, median dos décadas de las que no tenemos noticias. Asimismo, desde su primera llegada a La Española, en 1504, hasta 1519 median otros tres lustros en los tampoco disponemos de fuentes documentales. En definitiva, estamos hablando de una etapa comprendida entre 1484 y 1519, es decir de ¡35 años! en los que apenas nos constan dos o tres datos fiables. En cambio, la conquista de México se conoce tan bien que casi se podrían secuenciar sus actuaciones día a día. Contrasta, pues, con las pocas noticias que existen para reconstruir su vida antes y después de la Conquista. Ante estos vacíos, los cronistas recurrieron a la erudición y a la leyenda, perpetuando en el tiempo meras conjeturas que a base de repetirlas han llegado a nuestros días como verdades absolutas.

Llegados a este punto, cabría preguntarse ¿por qué sabemos tan poco sobre sus orígenes? Hay que empezar diciendo que se trata de una constante en otros muchos personajes de la historia, incluidos numerosos descubridores y conquistadores, como Cristóbal Colón, Hernando de Soto, Francisco Pizarro o Diego de Almagro. Unos trataban de ocultar un pasado semita y otros su baja cuna, que no favorecía nada su nuevo estatus de personas afamadas y ricas. En el caso concreto del metellinense, el silencio es más llamativo porque nos dejó cientos de folios redactados de su puño y letra, entre ellos sus famosísimas Cartas de Relación. Sin embargo, apenas se refirió a su vida antes de la Conquista. ¿Por qué lo omitió? Lo desconocemos, pero probablemente su engrandecimiento tras la Conquista así como sus aspiraciones por entroncar con lo más granado de la nobleza hispana, le hicieron dejar de lado sus verdaderos orígenes familiares que, sin ser plebeyos, no estaban a la altura de sus nuevas circunstancias.

Además, dispuso de cronistas propios, como Francisco López de Gómara, o muy influidos por él, Francisco Cervantes de Salazar, que le permitieron difundir su versión personal de los hechos. Y consiguió su objetivo, pues la mayor parte de los historiadores que han escrito sobre él y su conquista han tomado casi a pie juntillas todo lo que afirmó López de Gómara. Éste, al parecer se fundamentó en lo que el propio conquistador le contó, es decir, en lo que éste quiso que supiera. Sin embargo, todos los vacíos los rellenó como mejor pudo, intentando acercarlo lo más posible al ideal que imponían los héroes de las novelas de caballería. El resto de los datos los aportan otros cronistas, como el padre Las Casas, nada afecto al metellinense, quien contradice algunas de las afirmaciones de Gómara. Bernal Díaz del Castillo, miembro de la hueste de Cortés y algún que otro cronista, aportan algunas informaciones adicionales.

Como puede apreciarse en esta obra, sigue existiendo documentación inédita sobre el tema en los archivos españoles. Es más su propio juicio de residencia, iniciado por el licenciado Luis Ponce de León, aunque inconcluso, no ha sido estudiado en su integridad.

En este trabajo tratamos de arrojar luz precisamente sobre los aspectos más desconocidos de su biografía, es decir, de su infancia y juventud hasta 1519 y de los últimos años de su vida en la Península Ibérica. Concretamente, sobre sus orígenes familiares, nos remontaremos incluso a su bisabuelo paterno, Nuño Cortés, pasando por su abuelo, por sus padres y por su vida en tierras de Medellín. Intentaremos reconstruir, con nueva documentación, su infancia y su juventud, su paso por Salamanca –que no por la Universidad- y por Valladolid, su embarque para La Española y su vida hasta su gran aventura conquistadora iniciada, como es bien sabido, en 1519. Hemos localizado más de una treintena de documentos inéditos aunque, por desgracia, sigue habiendo un problema de fuentes. Gran parte de la documentación que se custodiaba en los archivos de su terruño natal, y que hubiese resultado fundamental para reconstruir sus orígenes, fue destruida en la Edad Contemporánea, primero en la Guerra de la Independencia y, luego, en la Guerra Civil. En Medellín no se conserva prácticamente ningún documento de los siglos XV y XVI. Sí los hay, en cambio, en la vecina localidad de Don Benito, tan vinculada también a la familia Cortés.

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La conquista de América se llevó a cabo con una dramática violencia. Se utilizaron técnicas terroristas de forma sistemática para amedrentar a los indios que eran muy superiores en número, hubo matanzas sistemáticas de caciques y no pocos casos de extrema crueldad. Pero nadie debe rasgarse las vestiduras. Desde la antigüedad clásica hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos “superiores” sobre los “inferiores” se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial.

        E. G. Bourne comparó la actuación de Roma con Hispania, a la de los españoles con América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Y es que el “colonialismo Imperialista”, utilizando terminología de Max Weber, ni lo inventó España ni empezó con la conquista y colonización de América, sino en la Antigüedad.

        Pero, incluso, mucho antes, en el Neolítico, se dio lo que Marshall D. Sahlins ha llamado la “ley del predominio cultural”. En realidad era más bien una praxis. Ésta provocó que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares inhóspitos y aislados, abocando a muchos de ellos a su extinción.

        Así, pues, llamémosle “ley de predomino cultural”, “capitalismo imperialista” o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia. Y por si fuera poco, el siglo XX ha sido el más genocida de la historia de la Humanidad. Aún hoy, algunos gobiernos de países Hispanoamericanos practican políticas cuanto menos etnocidas con sus comunidades indígenas. Las violaciones de mujeres han sido un fenómeno recurrente en todas las guerras de conquista hasta el mismísimo siglo XX. Conocidas son las violaciones de alemanas por los soldados soviéticos en la II Guerra Mundial o las del ejército servio en los Balcanes en tiempos mucho más recientes. Y ello, porque en medio del horror de la guerra el hombre puede ser capaz de lo peor.

En este trabajo vamos a analizar un documento inédito, localizado en el Archivo General de Simancas, fuente inagotable de información al igual que el de Indias. Dicho manuscrito nos aporta bastantes datos sobre el cacereño Alonso de Cáceres, caso prototípico del conquistador y, sobre todo nos permite aportar más luz a la cuestión del etnocidio indígena. Sale a relucir también la figura del protector fray Tomás Ortiz, un extremeño no menos controvertido que el propio Cáceres.

El litigio tiene tanto más interés cuanto que no abundan entre la documentación española los juicios específicos a españoles por el asesinato de indios. Y ello muy a pesar de que fue la propia Reina Isabel “La Católica” la que los convirtió, hacia 1500 en vasallos de la Corona de Castilla.

Hace algunos años estudiamos el primer proceso específico por malos tratos a los indios instruido en el continente americano y nos quedaron no pocas interrogantes sobre la evolución posterior de este tipo de pleitos. Por eso, este juicio de 1531 nos permite analizar la evolución de estos litigios entre 1509 y 1531. Preguntas como ¿se continuaron utilizando testigos indios en los juicios?, ¿qué autoridad fue la competente para juzgar los casos de indios?, ¿se siguieron apelando estos casos a instancias superiores en el reino de Castilla?. Son preguntas a las que intentaremos dar respuesta en las páginas que siguen.

 

¿POR QUÉ SE JUZGÓ EL ASESINATO DE ESTE INDIO?

        Una de las primeras cuestiones que se nos plantean en este momento es por qué en plena vorágine conquistadora, donde perecieron directa o indirectamente miles de indios, se planteó una cuestión tan puntual como la muerte de un aborigen. Un desgraciado indígena del que ni tan siquiera salió a relucir su nombre, tan sólo un par de testigos mencionaron que creían que era propiedad de un español llamado Saavedra o de San Martín. Y todo ello en un entorno tan difícil como ese, donde la resistencia de los indios y la rivalidad entre los propios españoles desdibujaban la sutil línea que separaba lo legal de lo ilegal. Asesinatos de indios, saqueos, pillajes y violación de derechos humanos se daban continuamente en esos momentos en todas las gobernaciones de Tierra Firme, en Santa Marta, en el golfo de Urabá, en el río Grande y en Cartagena, donde las entradas de saqueos de los españoles eran continuas.

        Para empezar, debemos establecer una doble división, entre indios de paz o guatiaos e indios de guerra, que los primeros colonos indianos tuvieron muy clara. Aunque el concepto “guatiao”, de origen taíno, implicaba un compadrazgo entre dos indios o entre un español y un indio lo cierto es que, pasados unos años tras la conquista, los españoles atribuyeron al término una conceptualización más amplia. Sencillamente, se utilizó como sinónimo de indios de paz en contraposición al indio Caribe o de guerra.

        Pues, bien, supuestamente era a estos indios de paz a los que afectó durante las primeras décadas de la colonización toda la legislación protectora. Desde 1503 se podían combatir y capturar indios Caribes y, desde 1506 esclavizar a aquellos nativos que hubiesen sido rescatados a los propios aborígenes. Y todo esto se mantuvo así hasta las Leyes Nuevas de 1542 en que se dispuso que los indígenas no se pudiesen esclavizar bajo ningún concepto, ni siquiera por guerra o rebelión. Asimismo, a los que estuviesen sometidos a esclavitud con anterioridad se compelió a sus propietarios a que mostrasen título de legítima propiedad.

        Pero, en plena vorágine conquistadora, que supuso la muerte de infinidad de aborígenes, muchos de ellos por enfermedades pero no pocos también por las atrocidades del grupo dominante habría que preguntarse: ¿por qué en esta ocasión si fue juzgado y condenado el español que los cometió?

        Pues, bien, nos ha bastado indagar un poco en el contexto histórico de Santa Marta para comprender la realidad. La costa de Tierra Firme fue descubierta por el sevillano Rodrigo de Bastidas quien, hacia 1525, fundó la localidad de Santa Marta. Tras la muerte violenta de Bastidas hubo varios gobiernos interinos y de poca duración hasta que el 20 de diciembre de 1527 el burgalés García de Lerma firmó una capitulación que le confería la gobernación y la capitanía general de Santa Marta. La situación era crítica tanto por la belicosidad de los indios –buena parte de ellos alzados- como por las rivalidades entre los propios españoles que provocaron la muerte del mismísimo Bastidas. En este contexto la Corona decidió asignar al gobernador burgalés unos poderes excepcionales para restablecer el orden en dicha demarcación territorial. Lerma tuvo siempre dos obsesiones: una, expulsar de su gobernación a posibles rivales españoles, y otra, enriquecerse, él y sus deudos, con razias para capturar esclavos en el golfo de Urabá y en los límites de la vecina gobernación de Cartagena. Incluso, llegó a pedir en 1532 que no nombrase gobernador de Cartagena idea que obviamente fue rechazada por la Corona, cuando Pedro de Heredia fue nombrado para dicha gobernación.

        Y curiosamente el encausado, Alonso de Cáceres, era regidor de Santa Marta, miembro de la élite local y mantenía una agria enemistad con García de Lerma. La oportunidad le debió parecer única al burgalés para quitarse del medio a un poderoso rival. El acusado, un despiadado esclavista con muchos asesinatos de indios a sus espaldas igual que el propio Lerma, se defendió inútilmente afirmando que el indio acuchillado no era un guatiao sino un esclavo capturado en buena guerra. Y probablemente no le faltaba razón, pero de guerra o de paz, este crimen en particular –uno entre cientos- sí iba a ser juzgado y todo el peso de la ley –que hacía muy esporádicas apariciones- caería sobre él.

 

3.-EL PROTECTOR DE INDIOS FRAY TOMÁS ORTIZ

        Las diligencias las inició, a primero de abril de 1531, el protector de indios de Santa Marta, que era nada más y nada menos que el extremeño fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que un religioso que se había distinguido por su odio hacia los indios, en particular hacia los cumanagotos, y que además estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, ostentara el cargo de protector. Incluso, se da la circunstancia de que varios testigos declararon que el protector había azotado a este indio con anterioridad por alzarse contra los españoles. Miguel Zapata, testigo presentado en su defensa por Alonso de Cáceres, afirmó que, siendo informado el protector de lo que el indio había hecho contra los españoles “le dio muchos palos con una macana que si no le rogaran que no le diera más lo acabara de matar”. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de su Orden, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba y el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveraba el propio Montesinos.

        Fray Tomás Ortiz era un dominico profeso en el convento de San Pablo de Sevilla y natural de Calzadilla de Coria (Cáceres). Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento de los indios en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido mandadas establecer por fray Pedro de Córdoba y el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El propio fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, no se encontrase en dicho cenobio. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe atribuyendo a los indios cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar los ánimos exaltados del dominico que utilizó contra los indios calificativos como caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser mas contundente: “Éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades”. Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que en defensa de los indios habían sostenido otros dominicos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos.

        El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas que nunca le perdonó estas palabras, y en tiempos recientes por la historiografía lascasista. Efectivamente, ya en nuestro siglo Giménez Fernández aportó datos para demostrar las actividades económicas del dominico extremeño. Incluso, utilizando una cita de Bernal Díaz del Castillo, llega a decir que cuando llegó a México en 1526 como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que “era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía”.

        Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de “gran predicador” parece evidente que fray Tomás Ortiz no era el mejor de los candidatos para ocupar la protectoría, cargo que ostentara por primera vez su gran enemigo Las casas. Un puesto creado para proteger a unos indios a los que fray Tomás Ortiz no parecía profesarles un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente.

        Según Giménez Fernández, el 25 de enero de 1531 fray Tomás Ortiz fue revocado del cargo de protector de Santa Marta, pero lo cierto es que hasta abril de ese mismo año estuvo entendiendo en el pleito, en calidad de protector. Desconocemos hasta que año ejerció el cargo de protector en Santa Marta, porque la única referencia que tenemos es que en enero de 1540 desempeñaba ese puesto un tal Juan de Angulo.

Pese a lo dicho, debemos reconocer que en este pleito concreto el dominico se atuvo a la legalidad vigente. Por ello, instruyó el caso y, una vez que supo que se trataba de una causa penal –cumpliendo la legalidad vigente- lo dejó en manos del gobernador. Las atribuciones del protector de indios eran justo las mismas que por aquel entonces tenía el protector de Cuba, fray Pedro Ramírez, es decir: la facultad para nombrar visitadores y la instrucción y fallo de procesos por una cuantía inferior a los cincuenta pesas de oro y diez días de privación de libertad. En causas merecedoras de una multa de menor cuantía o en delitos de sangre el protector se debía limitar a informar al gobernador para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictaran sentencia.

 

EL ENCAUSADO: EL CONQUISTADOR ALONSO DE CÁCERES

        Si particular era el acusador no menos especial era la figura del encausado. Un extremeño que pasa por ser un prototipo del conquistador de primera generación. Un tipo ambicioso que, como tantos otros –Pizarro, Cortés, Balboa, Soto, etc.- llegó a enfrentarse violentamente con otros Adelantados y Conquistadores que tenían objetivos similares a los suyos. Ello provocó que, en apenas dos décadas, fuera participando sucesivamente en la conquista de Santa Marta, Cartagena de Indias, Honduras y Perú, acabando sus días en la región de Arequipa, a varios miles de kilómetros de donde empezaron sus ambiciones expansionistas. Pero, si entre los españoles destacó por su ambición, con respecto a los desdichados aborígenes se mostró cruel y despiadado, lo cual se puede verificar en las múltiples y dramáticas jornadas de saqueos y pillaje que protagonizó.

Sabemos muy poco de sus orígenes, ni de su vida en su Cáceres natal antes de su partida a América. El problema radica en que su nombre es tan común que al menos tres homónimos partieron de Cáceres rumbo al Nuevo Mundo en el primer cuarto del siglo XVI.

En cambio, sí que sabemos la fecha de su nacimiento que debió ocurrir en 1506 o en 1507, pues, en 1533 declaró tener 26 años, mientras que tres años después, es decir, en 1536, manifestó tener 30.

Queda claro, pues, que no tiene nada que ver con el encomendero y miembro de la elite local que encontramos desde principios del quinientos asentado en la villa de Lares de Guahaba en la Española, ni con el contador de Panamá que murió en la década de los treinta. En 1515 tenemos constancia de que un Alonso de Cáceres fue a las órdenes de Pedrarias Dávila, a la conquista de Castilla del Oro, y nada tiene de particular que fuese el regidor ya citado de Lares de Guahaba. Por ello, sospechamos que los dos homónimos de la Española y de Panamá sean la misma persona

Retomando el hilo de nuestro conquistador, es decir, del reo Alonso de Cáceres, lo encontramos en Santa Marta, participando con el gobernador García de Lerma en numerosas entradas en la zona del Río Grande. Al final, la codicia de ambos les llevó a un duro enfrentamiento entre ellos que terminó, tras este juicio que ahora analizamos, con la expropiación de sus bienes y el destierro del primero.

Tras su expulsión de Santa Marta decidió ir a la vecina gobernación de Cartagena de Indias. Allí, se hizo amigo del gobernador, Pedro de Heredia, con quien participó activamente en las entradas de Abreva y en el descubrimiento y sometimiento de la zona del río del Cenú. En esta gobernación volvió a tener un papel muy activo en su conquista, derrotando al belicoso cacique Yapel. Luego, tras descubrir el río Cauca, se dirigió en compañía del hijo del gobernador, a la zona del río Catarapá, donde fundaron la ciudad de Tolú, en la actual Colombia.

Pese a sus éxitos bajo las órdenes de Pedro de Heredia, nuestro funesto y ambicioso personaje no olvidó su odio hacia su antiguo jefe. Por ello, allí fraguó su venganza contra García de Lerma al remitir al Rey una información en la que le acusaba de hacer entradas hasta el río Magdalena que pertenecía a Cartagena, capturando esclavos, haciendo malos tratamientos a los indios y provocando el alzamiento del resto. Resulta cuanto menos curioso que Alonso de Cáceres que había ayudado activamente a Lerma en esas mismas entradas pocos años atrás y que tenía a sus espaldas una condena por un delito de sangre con un indio lo acusase de lo mismo por lo que él había sido juzgado. Era la manifestación clara del odio y del desprecio que sentía por la persona que consintió y avaló su desterró. Pese a ello, es obvio que García de Lerma tenía más o menos los mismos valores que su enemigo Cáceres por lo que hizo oídos sordos a todas estas quejas y continuó sometiendo a sangre y fuego los territorios colindantes a su gobernación, pues nunca renunció a su expansión.

        En Cartagena de Indias el cacereño consiguió amasar otra fortuna, y ello a pesar de que, tras la expropiación de sus bienes en Santa Marta, tuvo que empezar de cero. Este nuevo enriquecimiento se debió en gran parte a la gran cantidad de oro que obtuvo del saqueo del cementerio indígena del Cenú. De esta forma, tardó muy poco en encumbrase de nuevo entre la élite económica y política de la gobernación. De hecho, en 1537, lo encontramos nada menos que de regidor del cabildo de Cartagena de Indias, junto a Alonso de Montalbán y Gonzalo Bernardo de Somonte, mientras que poco después figuraba como titular de la encomienda de Tameme. Pero, sus ansias de poder y de dinero eran tales que terminó nuevamente enfrentado con el gobernador, en esta ocasión con Pedro de Heredia. Así, el 6 de marzo de 1539 Pedro de Heredia presentó una probanza en la que lo incluía entre sus enemigos capitales. Y ello, en respuesta a unos testimonios en su contra que él y otros conquistadores habían alegado en su juicio de residencia. El gobernador intentó demostrar que esas acusaciones vertidas contra él se debieron a la promesa del licenciado vadillo de repartir entre todos ellos 200.000 pesos de oro.

        Pero, cuando todo este cruce de acusaciones ocurría en Cartagena ya no debía estar allí Alonso de Cáceres, pues, desde finales de 1537, lo tenemos localizado en la conquista de la gobernación de Honduras, en compañía del conquistador salmantino Francisco de Montejo. Como es bien sabido, el salmantino había firmado una capitulación con el Rey en 1537 por la que se le nombraba gobernador de esta demarcación centroamericana. Convencido Montejo de las dotes bélicas de Alonso de Cáceres, le encomendó la pacificación del Valle de Comayagua, donde fundó en ese mismo año el pueblo de Santa María. Al parecer, en recompensa por los eficaces servicios prestados se le otorgaron las encomiendas de los cacicazgos de Arquín, Inserquin y Tomatepec.

        Pero tampoco estas prebendas fueron suficientes para asentar al intrépido conquistador que, pocos años después, lo volvemos a encontrar luchando en otra lejana región. Nada menos que en territorios del antiguo imperio Inca, luchando primero contra Almagro, y posteriormente, contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. En recompensa por sus servicios, hacia 1541, recibió la encomienda de los indios Arones Yanaquihua, asentados en los pueblos de Granada, Antequera y Porto. Ocho años después, concretamente en 1549, le fueron entregados en encomienda los indios del poblado de San Francisco de Pocsi que, en 1561, tributaban anualmente la nada despreciable cifra de 3.600 pesos. En Arequipa ostentó el cargo de Corregidor pero, según Publio Hurtado, poco después fue nombrado Adelantado de Yucatán extremo que de momento no hemos podido verificar por ninguna fuente primaria.

        Así, pues, en Arequipa perdemos el rastro de nuestro intrépido y despiadado conquistador. Probablemente, uno más de tantos otros españoles que se vieron implicados en la vorágine de la conquista.

 

EL PROCESO

        El proceso tuvo dos partes bien diferenciadas: la primera en que inició las pesquisas el protector de indios fray Tomás Ortiz y, cuando tuvo la certeza de que era una causa penal, acatando la legislación, pasó el proceso al gobernador, iniciándose así la segunda parte del juicio.

        Los hechos se desencadenaron en enero o febrero de 1531 cuando, en una entrada que los españoles hicieron a la provincia del Río Grande, en la gobernación de Santa Marta, Alonso de Cáceres mató a un indio supuestamente de paz. La fecha exacta de la campaña y del asesinato no la conocemos, pues, lo más que concretan algunos testigos es que ocurrió “en un día de los meses de enero o febrero”. Una vez que el protector de indios tuvo noticia de la muerte de un indio por Alonso de Cáceres comenzó las gestiones para juzgar los delitos.

Hacia primero de abril de 1531, recibió juramento de cuatro testigos españoles que estuvieron presentes en la citada campaña. Curiosamente, y aunque hubo también múltiples testigos indios, el protector tan solo interrogó a cuatro españoles. Y es que, aunque en un pleito similar ocurrido en 1509 sí hubo testigos indios, lo cierto es que en años posteriores desgraciadamente se suprimió esta costumbre. Y aunque, según Lewis Hanke, los Jerónimos de la Española recibieron órdenes para que el testimonio de un indio valiese como el de un español, salvo que "un juez real ordenase lo contrario", todo parece indicar que esta medida no llegó a tener aplicación práctica. Ya en el juicio de residencia tomado al licenciado Altamirano en Cuba hacia 1525 se afirmaba que no era costumbre tomar juramento a los indios en los juicios porque eran “incapaces” y no sabían “qué cosa es juramento”. De todas formas, encontramos pleitos posteriores en los que aparecían algunos testigos indios: en 1555 en el pleito por la libertad de una india llamada Isabel, propiedad de Beatriz Peláez, vecina de Jerez de la Frontera, declararon nada menos que tres indios: Juan, propiedad de Benito de Baena, María Rodríguez, india libre desposada con Juan Rodríguez y Esteban de Cabrera, de 84 años que servía en una casa de la collación de San Julián. También en un pleito similar, llevado a cabo en Sevilla en 1575 se utilizó como testigo a un indio llamado Juan.

Sea como fuere, lo cierto es que en los pleitos dirimidos en América o no se utilizaron o se hizo pero con muchas limitaciones. De hecho, el 26 de abril de 1563, la audiencia de Lima dispuso que el testimonio de dos indios varones o de tres indias valiese como el de un español mientras que, poco más de una década después, el virrey Toledo dispuso que el testimonio de seis indios equivaliese al de un español.

         Los entrevistados fueron García de Setiel, Juan Tafur, Diego Pizarro y Lope de Tavira, todos ellos testigos presenciales de lo ocurrido. Sus testimonios fueron bastante similares, puesto que se plantean los hechos desde el mismo punto de vista. La entrada, al parecer, se dirigió exactamente a un pueblo de indios que, según Juan Tafur, los españoles bautizaron como Pueblo del Río Deseado.

         Según afirmaron todos ellos, en esa expedición padecieron mucha escasez de agua. Del desdichado indio en cuestión ya hemos dicho que ningún testigo supo decir ni tan siquiera su nombre español. Tan sólo, López de Tavira acertó a decir que era propiedad de un español llamado “San Martín”, extremo que repitió un testigo llamado Gómez de Carvajal al aseverar que era un nativo que se había dado “a San Martín o a Saavedra”.

Al parecer, el indio portaba “una arroba de carga y más una cadena con su candado de hierro, que pesara a su parecer hasta ocho o diez libras, al pescuezo”. Tras caminar cinco o seis leguas sin encontrar el tan ansiado elemento líquido el desventurado indio comenzó a “desmayar”, cosa que le ocurrió al menos en dos ocasiones. Con la mala suerte de que la segunda vez no fue capaz de incorporarse, acudiendo García de Setiel con una caña delgada para darle “ciertos azotes”. Seguidamente el indio se incorporó y cogió un palo para atacarle. En ese momento, Alonso de Cáceres, que estaba viendo todo lo sucedido desde la retaguardia, acudió con su caballo, se bajó de él, y le cortó la mano primero para acuchillarlo hasta la muerte después.

López de Tavira tan solo introduce un matiz con respecto a los otros testigos: afirma que cuando llegó Alonso de Cáceres junto al indio le empezó a dar “con el regatón de la lanza” y que, tras ello, el indio atacó a Cáceres con el palo y entonces fue cuando se bajo del caballo el español y cometió el atentado. Sea de una forma u otra, lo cierto es que, como resultado de esas brutales heridas el pobre indio murió pocos minutos después.

        El protector de indios, comprobando el dramático calado de los hechos, traspasó el caso, mediante escribano público, al gobernador, “descargando su conciencia” y objetando su carácter de religioso. Ahora, bien, tuvo la precaución de dejar encarcelado al reo pese a las quejas de éste, una situación en la que continuó cuando asumió el caso el gobernador.

Es importante destacar que se verifica nuevamente algo de lo que ya teníamos constancia, es decir, que los protectores no podían juzgar causas criminales. Y así, por ejemplo, en el nombramiento como protector de fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536 se afirmaba lo siguiente:

 

 

        “Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación”.

 

 

        Lerma, tras verificar los hechos entrevistando a dos testigos, Gómez de Carvajal y García de Lerma, que dijeron prácticamente lo mismo que los interrogados por el protector, tomó la decisión de delegar el caso en su teniente, Francisco de Arbolancha, alegando que estaba muy ocupado “en muchas cosas tocantes a Su Majestad”. Se le hizo saber por medio de escritura notarial en la que se le dieron todos los poderes para que fallara el proceso con la máxima brevedad posible.

        Y ante Arbolancha comparecieron de inmediato dos buenos amigos de Cáceres, Diego de Carranza y Gonzalo Cerón que dieron fianzas de que Alonso de Cáceres permanecería recluido en las casas de morada del último. Realizados todos los trámites, a partir del 20 de junio de ese mismo año de 1531, el teniente de gobernador con la ayuda del alcalde mayor, Vasco Hernández de la Gama, y del fiscal general, Alonso Gallego, prosiguió el proceso.

        El fiscal solicitó ese mismo día, a la vista de los hechos, la pena de muerte para el reo y pidió asimismo la vuelta del presunto asesino a la cárcel Real “hasta tanto que la causa se determine”.

        Y ese mismo día comenzó la defensa del encausado Alonso de Cáceres. Para ello, se le tomó declaración a él mismo y a varios amigos suyos que el mismo propuso, a saber: Hernando de Santa Cruz, Hernando Páez, Miguel Zapata y Pedro Cortés. El acusado, obviamente, no negó el asesinato, su defensa se basó en intentar demostrar que el indio en cuestión no era guatiao, sino un indio esclavizado en buena guerra. De hecho, afirmó que llevaba “una cadena al pescuezo porque era de un pueblo donde mataron el caballo de Carvajal y, cuando lo tomaron, el mismo protector le dio muchos palos, (que) casi lo mató…” Y probablemente tenía razón en esta alegación, pues todos los testigos comentaron lo de la cadena en el cuello y, algunos, incluso, aseveraron que estaba marcado con el hierro de Su Majestad. Se trataba probablemente de un indio esclavo, porque ni la fiscalía ni los testigos negaron este extremo.

        El segundo de los argumentos esgrimidos por Cáceres en su defensa resultó mucho menos creíble. Él decía que lo mató “para no dejarlo ir a su pueblo que estaba de guerra con los cristianos”. Las justicias no creyeron esta alegación, pues, era evidente, que el indio encadenado y debilitado por el excesivo trabajo no suponía ningún peligro para sus verdugos.

        El pleito fue ágil y rápido, pues, el 11 de julio de 1531 el alguacil mayor estaba ya haciendo el inventario de los bienes de la casa de Alonso de Cáceres, que fueron depositados en la de Diego de Carranza.

        La sentencia de la justicia de Santa Marta no se hizo esperar y fue dictada el viernes 12 de julio de 1531. Después de relatar públicamente los capítulos enviados por Su Majestad a García de Lerma en relación al buen trato que se debía dispensar a los indios “como vasallos libres”, se dictó el veredicto. Al final se le perdonó la pena capital, como era de esperar, pero se le condenó a lo siguiente:

        Primero, al destierro de Santa Marta y su provincia “por todos los días de su vida”. Segundo, a la pérdida de su oficio de regidor. Tercero, a la pérdida de todos los indios esclavos y de repartimiento que tuviese en Santa Marta, y también del oro “y otras cosas” que le hubiesen rendido”. Y cuarto y último, a la confiscación de todos sus bienes, que una vez liquidados se reintegraría la mitad para el fisco, una cuarta parte para la iglesia, y la cuarta parte restante para gastos y reparos públicos.

        El condenado intentó apelar a la audiencia de Santo Domingo pero no se le permitió. Al parecer desde la segunda década del quinientos se decretó que los pleitos de indios no se apelasen a castilla. Los resultados parecen evidentes, en tan solo cincuenta días se había instruido y fallado un pleito de estas características. Todo un éxito para la larga y tediosa administración de justicia.

 

CONCLUSIÓN

         Este proceso nos permite conocer muchos detalles sobre la dureza y la brutalidad extrema vivida en la Conquista de América. La Conquista pudo ser una gesta en cuanto a que un puñado de españoles exploraron y conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados. Pero no es menos cierto que para el mundo indígena en general fue un verdadero drama. Un drama que la bienintencionada legislación propiciada desde la Corona no pudo frenar.

        De todas formas, nadie debe alarmarse por esto, pues, se trata de un capítulo más en la historia universal, donde el más fuerte siempre se impuso sobre el débil. Y hay un caso muy significativo: tras la llegada de los españoles, los taínos antillanos fueron exterminados en apenas cincuenta años. Pero si los españoles no llegan a Descubrir América, muy probablemente los indios Caribes, más belicosos que los taínos, hubiesen acabado con ellos en pocas décadas.

        Por lo demás este caso nos ha permitido verificar algunos aspectos que no teníamos claros, a saber: en primer lugar, que las leyes de protección de los indios se cumplían de forma muy puntual y excepcional. Aunque, es cierto que las epidemias causaron el mayor número de bajas, no lo es menos que miles de indios fueron esclavizados y asesinados en la Conquista de América. Así, pese a que Isabel la Católica los consideró legalmente “súbditos de la Corona de Castilla”, tan solo un puñado de españoles fueron condenados por tales crímenes.

        En segundo lugar, queda nuevamente verificado que las atribuciones del protector de indios eran muy limitadas y se restringían prácticamente a una labor de vigilancia y de información a las autoridades civiles, gobernadores y audiencias. Por tanto, que se hiciese o no justicia dependía exclusivamente de la buena voluntad de las autoridades civiles –oidores, alcaldes mayores, gobernadores o, en su caso, capitanes generales-. Y no solían hacerlo porque, obviamente, solían estar implicados en el proceso de la conquista, que no era otra cosa que la imposición violenta de unos sobre los otros. Además, como hemos podido comprobar en el caso de fray Tomás Ortiz O.P. o en el de otros protectores, como fray Miguel Ramírez en Cuba, no siempre se nombraba a las personas más adecuadas para dicho cargo.

        Y en tercer y último lugar, se vuelve a verificar que los pleitos de indios desde muy temprano se fallaban en primera y última instancia en las Indias sin posibilidad de apelarlos a la Península. No era gran cosa, pero la medida dio algunos frutos, permitiendo instruir y fallar en menos de dos meses algunos delitos de sangre con los infelices indígenas.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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-ANGLERÍA, Pedro Mártir: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Ediciones Polifemo, 1989.

 

-ARROM, José: Aportaciones lingüísticas al conocimiento de la cosmovisión taína. Santo Domingo, Fundación García-Arévalo, 1974.

 

-BORREGO PLA, María del Carmen: Cartagena de Indias en el siglo XVI. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1983.

 

-EUGENIO MARTÍNEZ, María Ángeles: “La esclavitud indígena, impulsora de las pesquerías de perlas. Nuestra Señora de los Remedios”, Real Academia de la Historia, T. III. Madrid, 1992.

 

-FERNÁNDEZ DE OVIEDO; Gonzalo: Historia General y Natural de las Indias, T. IV. Madrid, Atlas, 1992.

 

-GIMÉNEZ FERNÁNDEZ, Manuel: Bartolomé de Las casas, T. II. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1984.

 

-GÓMEZ PÉREZ, María del Carmen: Pedro de Heredia y Cartagena de Indias. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1984.

 

-GÓNGORA, Mario: Los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Santiago, Universidad de Chile, 1962.

 

-HANKE, Lewis: La lucha por la justicia en la conquista de América. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1949.

 

-KONETZKE, Richard: Colección de documentos para la Historia de la formación social de Hispanoamérica (1493-1810). Madrid, CSIC, 1953.

 

-MARSHALL, D. Sahlins: Las sociedades tribales. Barcelona, Labor, 1984

 

-MENA GARCÍA, María del Carmen: La sociedad de Panamá en el siglo XVI. Sevilla, Diputación Provincial, 1984.

 

-MENDIETA, fray Gerónimo de: Historia eclesiástica Indiana. México, Editorial Porrua, 1980.

 

-MIRA CABALLOS, Esteban: “El pleito Diego Colón-Francisco de Solís: el primer proceso por malos tratos a los indios de la Española (1509)”, Anuario de Estudios Americanos, T. L, N. 2. Sevilla, 1993, (págs. 309-343).

 

-------------Las Antillas Mayores, 1492-1550. Ensayos y documentos. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-------------“Isabel La Católica y el indio americano”, XXXIII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2004 (en prensa).

 

MIRANDA VÁZQUEZ, Trinidad: La gobernación de Santa Marta (1570-1670). Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1976.

 

MORALES PADRÓN, Francisco: Teoría y leyes de la Conquista. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1979.

 

NAVARRO DEL CASTILLO, Vicente: La epopeya de la raza extremeña en Indias. Mérida, autoedición, 1978.

 

PUENTE BRUNKE, José de la: Encomienda y encomenderos en el Perú. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

TEJERA, Emiliano: Palabras indígenas de la isla de Santo Domingo. Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1951, pág. 245.

 

 

 

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Aunque las flotas estaban obligadas a llevar fármacos para curar a los enfermos, era muy poco lo que se podía hacer por ellos de forma que enfermar equivalía a tener todos los boletos para que aquello desembocara en un óbito. Ocurrido el fatal desenlace no quedaba más remedio que tirar el cadáver por la borda. Previamente se cosía el cadáver con un serón o tela basta y se añadía el lastre para que se fuera al fondo y no lo devorasen los depredadores. Como lastre se solían utilizar piedras -si las había-, botijas de barro o bolaños de las lombardas. El clérigo que preceptivamente debía ir a bordo dirigía un acto fúnebre antes de lanzar el cuerpo al mar. Fue el caso del pobre de Diego Pérez Machado que murió cuando se dirigía a Perú y que nunca consiguió su objetivo de pisar tierras americanas. Otros muchos perdieron la vida justo en los años posteriores a su llegada a las Indias. Se trataba de momentos muy delicados, cuando las perspectivas de supervivencia eran escasas. Así, Juan Hidalgo, que viajó hasta Cartagena de Indias asalariado en una nao, propiedad de Gerónimo de Porras, en conserva de la Armada de Tierra Firme, debió perder la vida bien en el trayecto, o bien, al poco de arribar. No mucha más suerte tuvo Pedro Barahona que con sólo veinticinco años viajó asalariado en la nao San Cristóbal de la armada del general Diego Flores de Valdés y que murió justo al regreso de la misma, por lo que su cuerpo fue sepultado en Coria del Río.

         Pero quizás uno de los casos más dramáticos que hemos documentado sea el de Miguel Vázquez, el único hijo de Jacinto Vázquez y de María Ramírez. En torno a 1654 era sólo un adolescente de quince años y su padre apenas traía dinero a casa mientras que su madre estaba muy enferma. Los tres vivían en la extrema pobreza por lo que el joven tomó la decisión de marchar a América. Su progenitor le entregó lo poco que tenía para que el arriero local Juan Sánchez lo llevase hasta Sevilla. En concreto lo debía encaminar al convento de San Pablo de Sevilla, donde residía un fraile profeso que era tío del muchacho quien a su vez debía encargarse de embarcarlo para las Indias. Según el testimonio de Juan Sánchez, arriero que lo llevó a Sevilla, los motivos del muchacho para marcharse fueron así de claros:

 

 

         "Dijo a dichos sus padres, viéndolos pobres, se quería ir a las Indias de su Majestad a ver si Dios le daba dicha de que los pudiese socorrer y con efecto el dicho Jacinto Vázquez, su padre se lo encargó a este testigo y pagó el porte porque lo llevase a la ciudad de Sevilla".

 

 

        Desgraciadamente su destino sería trágico; a los pocos días de partir de Zafra, su madre murió, hecho del que debió tener noticias antes de embarcar. Pero lejos de desistir, la necesidad de socorrer a su apenado padre lo debió espolear. Dado que no tenía dinero para pagarse la licencia ni el pasaje se embarcó de la única manera que pudo, es decir, enrolándose como grumete en uno de los navíos de la Carrera. En 1660, viniendo desde Campeche en la nao de nombre tan sonoro como El Sol de la Esperanza de que era maestre el capitán Bernardo de la Cruz, estando cerca de Gibraltar, sufrieron un encontronazo con corsarios, muriendo en dicho combate.

         Tenía veintiún años, ahí quedaron truncadas definitivamente todas sus expectativas vitales. Su padre, pese al duro trance que debió suponer la pérdida de su único hijo, solicitó que se le abonase, como único heredero, el salario que se debía a su hijo de los días que sirvió como grumete. Al parecer, se demostró que se había concertado en ese viaje por un salario total de cien pesos de a ocho reales. El 27 de julio de 1660 los oficiales de la Casa de la Contratación apremiaron al capitán Bernardo de la Cruz para que los abonase a Jacinto Vázquez. Un dinero que finalmente cobró el progenitor del infortunado muchacho y que a corto plazo le debió servir para mitigar su extrema pobreza, aunque probablemente jamás curaría el amargor de su soledad.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La vida y la muerte a bordo de un navío del siglo XVI”, Revista de Historia Naval. Madrid, 2010, pp. 39-57.

 

----- “Zafra: puerta de Extremadura a las Indias”, Cuadernos de Çafra Nº 10. Zafra, 2012-2013, pp. 57-155.

 

PÉREZ MALLAÍNA, Pablo Emilio: “El hombre frente al mar”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

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En el virreinato peruano se extorsionaba gravemente a los aborígenes con tributos y servicios. Es cierto que en ya en época prehispánica el Inca solicitaba tributos y también servicios, entre ellos la mita. Pero afectaba a pocas personas, el trabajo era moderado y, además, se les proporcionaba una adecuada alimentación. Había una reciprocidad procurada por una producción colectivista que fue destruida por los españoles sin reemplazarla adecuadamente. Como ya hemos afirmado, a partir de la Conquista se quebró ese sistema colectivista y la reciprocidad vigente en la época prehispánica. El rey de España ocupó el papel del Inca pero ya no aseguraba, como hacía éste, la redistribución en servicio de toda la comunidad. En 1549 se denunciaba que seguían utilizándose los encomendados peor que si fueran esclavos, y por un salario irrisorio por lo que se pedía que al menos se les proporcionase la manutención. Al año siguiente, el dominico fray Domingo de Santo Tomás escribió al Emperador planteando un panorama absolutamente desesperanzador. Concretamente incidió en dos problemas que por desgracia ni eran nuevos ni, por supuesto, exclusivos del Perú:

El primero, que los encomenderos trataban a sus indios peor que a los asnos en Castilla porque si éste se moría perdían ocho ducados pero si el fallecido era un indio no les costaba nada porque siempre encontraban a otro.

Y el segundo, los excesivos tributos que les reclamaban y que eran tasados según el capricho de cada encomendero. En 1538 se escribió al teniente de gobernador de la provincia de Quito y al protector de indios para que tasasen urgentemente los tributos, pues, los encomenderos cobraban lo que les parecía, abusando gravemente de los pobres indios. Y si los caciques no colaboraban los aperreaban o los mataban sin ningún miramiento:

 

 

Hasta ahora no ha habido más regla ni medida en los tributos que a esta pobre gente se le pide que la voluntad desordenada y codiciosa del encomendero, por manera que si les pedían mil, mil daban y si ciento, ciento, y sobre esto quemaban a los caciques y los echaban a los perros y otros muchos malos tratamientos, y les quitaban el señorío y mando y lo daban a quien les parecía que sería buen verdugo…"

 

 

La mita incaica era llevadera, en cambio, los españoles modificaron la institución, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas 4.500 indios por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a 13.500 mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en las minas de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo. Todavía, el 6 de diciembre de 1669 el virrey Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, recordaba unas palabras pronunciadas décadas antes por fray Domingo de Santo Tomás, al decir:

 

 

Yo descargo mi conciencia con informar a Vuestra Majestad con esta claridad: no es plata la que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios

 

 

Pero, la pregunta que nos hacemos, ¿mejoró con el tiempo su situación laboral? Desgraciadamente los documentos del último cuarto del siglo XVI no son mucho más alentadores al respecto. La explotación laboral de los nativos no mejoró sustancialmente ni a corto ni a medio plazo, por lo menos en muchas de las gobernaciones indianas. Tanto la encomienda como la mita no fueron más que sendas formas encubiertas de esclavitud. En teoría no tenía por qué haber sido así, pero prácticamente nadie se encargó en serio de obligar a los encomenderos a cumplir con sus obligaciones.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

PUENTE BRUNKE, José de la: “Encomienda y encomenderos en el Perú“. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

RUIZ RIVERA, Julián Bautista: “Encomienda y mita en Nueva Granada en el siglo XVII”. Sevilla, E.E.H.A., 1975.

 

 

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Incluimos en este apéndice un listado con todas las personas que tuvieron alguna relación con la conquista del Perú, y que estuvieron por tanto en algún momento de la década de los treinta. Hemos excluido del listado a todos aquellos que llegaron con posterioridad, y que participaron exclusivamente en la guerra civil entre pizarristas y realistas.

De la extensa lista, solo tenemos constancia cierta de su origen en 349 casos, pero la muestra es suficientemente amplia como para hacer algunos cálculos sobre el origen de las personas que llegaron a Nueva Castilla, en los años en los que se fraguó su conquista.

 

Origen

Nº absoluto

%

Extremeño

141

40,40

Andaluz

72

20,63

Castilla-León

67

19,19

Castilla-La Mancha

25

7,16

Vasco

14

4,01

Riojano

5

1,43

Navarro

4

1,14

Madrileño

4

1,14

Extranjeros

9

2,57

Otros

8

2,29

Totales

349

100,00

 

 

Llama la atención la extraordinaria presencia de extremeños, más del 40 por ciento, provocado en buena parte por el tirón que la familia Pizarro tuvo en Trujillo y en todo su entorno. Ya James Lockhart, en su estudio sobre los de Cajamarca, advirtió la mayor presencia de extremeños -27,5%- con respecto a los andaluces -25,9-1. Sin embargo, las diferencias se vieron ampliadas en los años posteriores, quizás a raíz del primer viaje de retorno de Hernando Pizarro en 1534. Le siguen en importancia los castellanos-leoneses y los de Castilla-La Mancha, mientras que el resto de orígenes peninsulares son muy marginales. Los extranjeros son obviamente pocos: tres italianos, dos portugueses, dos flamencos y dos griegos.

 

 

NOMBRE

ORIGEN

CARGO

Acosta, Juan de (capitán)

Barcarrota (Badajoz)

Llegó al Perú bastante después de su conquista, siendo alférez de Gonzalo Pizarro a quien acompañó en su expedición a la tierra de la Canela. Años después, pagó 1.000 castellanos al alférez Francisco de Olmedo por un caballo morcillo. Fue decapitado en abril de 1548 junto a Gonzalo Pizarro.

Agüero, Antón de

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Agüero y Sandoval, Diego de

Deleitosa (Cáceres)

Caballero, reclutado por Pizarro en 1529 a su paso por su tierra natal. Tenía en esos momentos 18 años de edad y tomó parte en la tercera expedición, estando en abril de 1531en Coaque, cuando recibió una india que se apreció en cinco pesos de oro. Luego estuvo presente en la celada de Cajamarca y en el reparto de su botín. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. El 5 de noviembre de 1534 se le asignaron los curacas del pueblo de Lunas en encomienda. En enero de 1535 fue designado regidor del cabildo de Lima. En 1536 llegó a la ciudad Diego de Agüero a la Ciudad de los Reyes, huyendo de su encomienda y dando noticias tan alarmantes como que todos los naturales estaban alzados y que se aproximaba un gran ejército. Desde agosto de ese año participó activamente en la defensa del cerco de Lima y, tras levantarlo, encabezó una persecución contra los indios huidos. El 5 de diciembre de 1537 se le concedió un escudo de armas. En 1538 estuvo junto a Hernando Pizarro en la toma de la sierra de Guiatara poco antes de la batalla de las Salinas. Poco después del asesinato del marqués acudió a su palacio para defenderlo pero ya era tarde. Fue apresado y estuvo a punto de ser degollado. Salvó su vida in extremis, muriendo en 1544.

Aguilar, Alonso

 

Presente en el palacio del marqués cuando éste fue asesinado.

Aguilar, Bartolomé de

Trujillo (Cáceres)

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. Estando en Coaque lo envió el gobernador a Nicaragua con 30.000 castellanos de oro para que consiguiese refuerzos y provisiones. Cumplió fielmente su cometido y regresó con Hernando de Soto. Fue alguacil mayor de San Miguel, ciudad en la que permanecía en 1558.

Aguilar, García de

 

Ayudó al Emperador en 1534 con 30.000 pesos de oro y 35.000 marcos de plata. El 4 de agosto de 1534 estaba avecindado en Cusco. Posteriormente, residió en La Plata, regresando después a Lima. El 11 de febrero de 1564 fue presentado como testigo en un proceso presentado en Lima.

Aguilar, Gonzalo de

Segovia

No estuvo presente en la celada de Cajamarca, pues se encontraba junto a Almagro. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 800 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 18 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 362.775 maravedís y plata apreciada en 33 marcos y 2 onzas. Se desposó con Luisa Rodríguez, con la que tuvo dos hijos, Gonzalo y María de Aguilar.

Aguilar, Rodrigo

 

Nacido en 1503, fue soldado de Hernando Pizarro en la defensa del cerco de Cusco. En 1538 estaba avecindado en dicha ciudad.

Aguilera, Diego de

 

Llegó al Perú procedente de Nicaragua con Gabriel de Rojas. En 1536 fue uno de los primeros pobladores de Trujillo, participando, años después en la batalla de Chupas a las órdenes de García Holguín. Retornó a España, residiendo en el entorno para reclamar mercedes que nunca llegaron. Debió morir empobrecido en torno a 1555, pues su nombre desaparece de la documentación.

Aguirre, Francisco de

Talavera de la Reina (Toledo)

El 12 de febrero de 1541 fue nombrado alcalde ordinario de la ciudad de Santiago de Chile.

Aguirre, Juan de

Arrigorriaga (Vizcaya)

Pasó al Perú en 1535 con Hernando Pizarro. Defendió Cusco del cerco de Manco Cápac. Luego luchó junto a Pizarro en la batalla de las Salinas. Al parecer, en 1540 regresó a su villa natal.

Aguirre el tuerto

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Aguirre, Pedro de

Vizcaya

Caballero, participó como tal en el reparto del botín de Cajamarca. Regresó a España en 1533, avecindándose en Málaga, aunque con frecuencia visitaba su tierra natal.

Alarcón, Juan de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Alarcón, Lope de

 

Actuó de fiscal en el proceso que condenó a muerte a Diego de Almagro el Viejo.

Alba, Juan de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Albacete, Francisco de

 

Llegó al Perú con Almagro, no participando en la celada de Cajamarca. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco.

Albacete, Juan de

 

Quizás hermano del anterior, el 4 de agosto de 1534 figura como vecino de Cusco.

Albornoz

 

Una persona de este apellido aparece entre los almagristas encausados por Vaca de Castro en 1542.

Albornoz, Alonso de

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Alburquerque, Alonso de

 

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín.

Alcántara, Francisco Luis

 

En 1537 era vecino de la ciudad peruana de Trujillo.

Alconchel, Pedro de

Garganta de Campos, cerca de Béjar (Salamanca)

Participó como hombre de a pie y trompeta en Coaque, Puerto Viejo, isla de la Puná, Túmbez así como en la fundación de San Miguel de Tangarara. Luego tomó parte en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, dos meses después registró cinco esmeraldas por valor de 72.000 maravedís. Permaneció en Perú, dejando dos hijas legítimas, habidas con su esposa Ana María de Aliaga y un hijo ilegítimo mestizo, llamado Juan de Alconchel.

Aldana, Alonso de

 

Nacido en 1510, se halló en 1536 en la defensa del cerco de Cusco, a las órdenes de Pedro del Barco. En 1540 seguía avecindado en la capital incaica.

Aldana, Hernando de

Valencia de Alcántara (Cáceres)

Nacido en 1481, llegó con Pizarro en 1530. Se ofreció voluntario para ir a apremiar a Atahualpa en la tarde del 15 de noviembre de 1532, y el Inca estuvo a punto de asesinarle. Avisó a Francisco Pizarro del talante soberbio que traía el Inca. Luego participó en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Se avecindó en 1534 en la ciudad del Cusco. El 20 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco 620 marcos de plata. Fue ejecutado por hombres de Gonzalo Pizarro en 1546, acusado de conspiración contra él.

Aldana, Lorenzo de

Cáceres

Nació en Cáceres en 1508 y representa un prototipo de conquistador, pues puso su espada siempre al servicio del señor que más le pagase. Fue un verdadero condotiero indiano. Desde 1523 estuvo junto a Pedro de Alvarado en Guatemala, pasando luego al servicio del gobernador de Santa Marta, García de Lerma. Con este último colaboró activamente en el sometimiento de los indios de su gobernación. Sin embargo, tras unas desavenencias entre García de Lerma y su sobrino Pedro de Lerma, éste decidió marchar a la gobernación de Nueva Castilla, siguiéndole su amigo Lorenzo de Aldana. Cruzaron todo el incario hasta llegar, después de varias semanas, a la Ciudad de los Reyes. Corría el año de 1534. Una vez en el Perú, el cacereño se enroló en las huestes de Diego de Almagro, con quien partió en 1535 a la conquista de Chile. En tan solo una década recorrió miles de kilómetros, desde Guatemala a Chile. Regresó con éste en 1537, siendo uno de los que apresó en Cusco a Hernando Pizarro. Luego, por ciertas desavenencias con Almagro, se pasó al bando pizarrista. El 16 de noviembre de 1537 fue testigo en el Tambo de Mala de una carta otorgada por Francisco Pizarro. Fue uno de los primeros que entró en Cusco para liberar a Hernando Pizarro, un 23 de septiembre de 1537. Poco después, el 13 de enero de 1538, fue designado teniente de gobernador y capitán general de Quito. Hacia 1540 regresó a Lima, donde fue recompensado con el cargo de capitán general de las tropas de dicha ciudad. En 1541, cuando el asesinato del marqués, se encontraba por orden de éste, pacificando Popayán. Cuando supo lo ocurrido acudió a Vaca de Castro, informándole de la traición de los Chile y fabulando que se querían alzar con la tierra. Luchó junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas y desde 1544 estuvo junto a Gonzalo Pizarro. Desde entonces militó en el bando del trujillano, cayendo prisionero del virrey Blasco Núñez de Vela. Sin embargo, Aldana recobró su libertad, mientras el virrey era derrotado en la batalla de Añaquito, el 18 de enero de 1546. En recompensa por los servicios prestados, Gonzalo Pizarro lo nombró Gobernador de la ciudad de los Reyes, asignándole asimismo una encomienda de indios en Arequipa con una renta anual de 50.000 pesos de oro. En el mismo año de 1546, Gonzalo decidió enviar a su amigo a España con el objetivo de que obtuviese de la Corona su confirmación como gobernador del Perú. Sin embargo, fue interceptado en Panamá por el presidente Pedro de La Gasca y apresado. Éste último, que se caracterizó siempre por sus hábiles dotes diplomáticas, en vez de aplicar el peso de la justicia sobre él lo convenció para que se pasase al bando Real. Y el cacereño, tan oportuno como siempre, no dudó en aceptar. La Gasca lo envió a mediar con su antiguo jefe, pero todo fue inútil porque Gonzalo Pizarro, lo consideró un traidor a su causa. Obedeciendo órdenes de La Gasca, entró en Lima en abril de 1547. Justo un año después, estuvo presente en la batalla de Jaquijahuana que acabó con la derrota definitiva de su antiguo amigo y jefe. Pedro de La Gasca lo nombró corregidor de Lima. Sin embargo, en 1559 residía como encomendero en la provincia de Charcas, pasando unos años después a la ciudad de Arequipa. En esta ciudad le sorprendió la muerte en 1571.

Alderete, capitán Gerónimo de

 

El 12 de febrero de 1541 fue nombrado regidor de la ciudad de Santiago de Chile, pero pocos años después lo encontramos avecindado en Potosí. De hecho, el 18 de marzo de 1554 se concedió escudo de armas a la ciudad Imperial, a petición de éste, en nombre de los demás vecinos.

Alemán, Juan

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Aliaga, Jerónimo de

Segovia

Nacido en la ciudad del acueducto, en 1508 pasó a Castilla del Oro. Era caballero y escribano de profesión, estuvo en toda la jornada descubridora, en Coaque y luego en Cajamarca, recibiendo una parte del botín. El 15 de mayo de 1533 adquirió dos esmeraldas valoradas en 58.500 maravedís. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. Entre marzo y julio de 1534 hizo de veedor en la fundición de Jauja y Cusco, por ausencia temporal de su titular García de Salcedo. Asimismo, entre agosto de 1534 y 1536 fue contador, por ausencia en Castilla del titular Antonio Navarro. Poco después del asesinato del marqués acudió a su palacio para defenderlo pero ya era tarde. Unos meses después se le otorgó una encomienda en el pueblo de Chuquirecuay. Tomó parte, junto al licenciado Vaca de Castro, en la batalla de Chupas. Regresó a España en 1550, declarando al año siguiente en Valladolid, como testigo en la probanza de Hernán Mejía. Y aunque poco antes de su muerte intentaba regresar al Perú, su enfermedad se lo impidió. Falleció en la localidad de Villapalacios el 21 de abril de 1569.

Aliaga, Lorenzo de

Segovia

Hermano del anterior, estuvo presente en 1534 en la defensa del cerco de Cusco. Desempeñó el cargo de regidor de Lima así como otros oficios reales.

Aller, Diego de

Villa de Laguna de Negrillos, en tierras de la ciudad de León

Había luchado en el bando del virrey Blasco Núñez de Vela. En 1549 estaba en Lima cuando fue testigo en un proceso.

Almagro, Antón de

 

Perteneció al bando almagrista, pues debía tener algún parentesco con el mariscal del mismo apellido. Fue uno de los derrotados en la batalla de las Salinas, siendo su casa cusqueña saqueada por los pizarristas. Diego de Almagro le dejó en su codicilo de 1538, 1.000 pesos de oro. En 1539 era vecino de Lima, aunque vivía con extrema pobreza. En 1541 estuvo entre el grupo de hombres conjurados para acabar con la vida del marqués por lo que fue procesado por el licenciado Vaca de Castro.

Almagro, Diego de El Viejo

Almagro (Ciudad Real)

Era natural de Almagro, aunque se crio durante los primeros años en la vecina localidad de Bolaños de Calatrava. Y ello, porque al ser ilegítimo fue entregado por su familia a Sancha López del Peral, vecina de Bolaños de Calatrava. El cronista Gutiérrez de Santa Clara lo hace natural de Trujillo, al confundirlo con una saga de personas de ese apellido que estaba avecindada en la collación de San Martín de dicha localidad. Marchó a Castilla del Oro en la armada de Pedrarias Dávila. Miembro de la compañía del Levante, estuvo presente en los principales lances de la conquista, aunque no en la celada de Cajamarca. Entre mayo y agosto de 1533 estuvo en Cajamarca fundiendo una buena cantidad de oro que había rescatado de los indios. El 23 de marzo de 1534 se radicó oficialmente en la ciudad de Cusco y, un mes después, en Jauja. Sin embargo, el 28 de agosto de ese mismo año estuvo presente en la fundación, por delegación de Pizarro, de la villa de San Francisco de Quito. Entre el 8 y el 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro procedente de rescates por valor de 16.232.485 maravedís. El 6 de julio de 1535 se encontraba en Cusco, cuando entró a fundir la enorme cifra de 19.357 marcos y cuatro onzas de plata. Tras la derrota en la batalla de las Salinas, en 1538, fue apresado y ajusticiado por Hernando Pizarro.

Almagro, Diego de el Mozo

 

Hijo mestizo e ilegítimo del mariscal, nacido en 1522 en la ciudad de Panamá. En 1535 aparece en Lima junto a su padre, participando en la campaña descubridora de Chile. Tras el asesinato de su padre quedó bajo la tutela de los Pizarro, esperando recibir en herencia la gobernación de Nueva Toledo. Organizó la conspiración que acabó con la vida del marqués, y luego fue nombrado gobernador del Perú. Fue derrotado en la batalla de Chupas y degollado en la ciudad de Cusco.

Almagro, Gerónimo de

 

Almagrista, fue uno de los que tomó parte en el asesinato de Francisco Pizarro. Vencido en la batalla de Chupas, fue condenado a pena de muerte por Vaca de Castro.

Almagro, Isabel de

 

Mestiza, hija de Diego de Almagro y de la india Mencía. Su padre le dejó 1.000 pesos de oro en su testamento para pagar su dote de monja o su casamiento.

Almagro, Juan de

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Almansa, fray Antonio de

 

El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 22.215 maravedís.

Almazán, Nicolás

 

El 14 de mayo de 1542 era vecino de Arequipa cuando se le concedió escudo de armas por sus servicios realizados junto al marqués en la defensa del sitio de Lima.

Almendras, Diego de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de La Plata y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Almendras, Francisco de

Plasencia (Cáceres)

Nacido en 1509, era pariente lejano de los Pizarro y, al igual que ellos, de ascendencia hidalga. Presente como hombre de a pie en la celada de Cajamarca y en el reparto de su botín. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en Cusco, entregando en ese mismo año a Hernando Pizarro 260 pesos de oro para el servicio del Emperador. Entre el 18 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 544.800 maravedís y plata apreciada en 20 marcos. Estuvo siempre ligado a la familia Pizarro, luchando en la guerra civil junto a Gonzalo Pizarro. Cayó en manos de Diego Centeno quien en 1545 lo condenó a muerte.

Almendras, Martín

 

Había llegado al Perú en 1535 acompañando a Hernando Pizarro. Era hermano de Diego de Almendras, luchó igualmente en el bando de Gonzalo Pizarro durante la guerra civil. En 1551 era vecino de La Plata y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. Se casó con Constanza Holguín, hija de Pero Álvarez Holguín, con quien tuvo varios hijos legítimos.

Alonso, Gonzalo

 

El 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco plata por valor de 7 marcos y 4 onzas.

Alonso, Gregorio

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Alonso, Hernando

 

Entre abril y agosto de 1531, estando en Coaque, recibió dos indias esclavas que se tasaron las dos en ocho pesos de oro. No sabemos si es el almagrista del mismo nombre que perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Alonso, Juan

 

Entre el 18 y el 21 de julio de 1535 fundió en Cusco oro por valor de 152.520 maravedís y plata apreciada en 1.320 marcos. John Hemming incluye a un Juan Alonso entre los españoles muertos en la emboscada de Vilcaconga de 1533.

Alonso, Pedro (o Pero)

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 27.660 maravedís.

Alonso, Tristán

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Altamirano, Antonio o Antón

Hontiveros (Ávila)

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en Cusco. En ese año entregó a Hernando Pizarro 400 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 695.575 maravedís. Alonso Borregán lo menciona en su crónica como uno de los testigos de los malos tratos que propinó Hernando Pizarro a Manco Cápac. Luchó contra los almagristas en la batalla de Chupas, tras la cual fue destacado junto a otros para perseguir al huido Diego de Almagro el Mozo. El 20 de enero de 1543 firmó la carta que el cabildo de Cusco envió a su Majestad.

Alvarado, Alonso de

Secadura (Cantabria)

De origen Cántabro, hijo de Juan Sánchez de Alvarado y de María González de Agüero. En 1535 fue nombrado regidor de la villa de Trujillo (Perú). A mediados de ese año, reclutó hombres y fue a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas, Concedida por Francisco Pizarro. En 1536, meses después del alzamiento del Inca, fue avisado para que regresase con sus hombres a Lima. Entre el 25 de octubre y el 24 de noviembre de 1537 fue uno de los pizarristas que trataron de llegar a un acuerdo diplomático sobre la partición de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. En la batalla de las Salinas fue capitán de toda la caballería, mientras que Gonzalo Pizarro lo fue de la infantería. El 28 de junio de 1538 fue designado gobernador y capitán general de Chachapoyas, al norte de Cajamarca, ciudad que el mismo había fundado. En 1541 seguía ostentando dicho cargo, obteniendo un hábito de Santiago. Participó en la batalla de Chupas el 16 de septiembre de 1542. Tras dicha contienda, se embarcó rumbo a España para hacer relación a su Majestad y reclamar mercedes. Tres años estuvo en España, obteniendo un hábito de caballería de Santiago así como el título de mariscal. También sacó tiempo para desposarse con una noble castellana, llamada Ana de Velasco. Pero, en 1546 se embarcó junto al presidente La Gasca rumbo al Perú. En 1554 volvió a luchar contra los rebeldes encabezados por Francisco Hernández Girón, siendo herido en la batalla y muriendo el 18 de diciembre de 1555, tras una vida dedicada a la guerra en servicio de la causa real. Dejó seis hijos, tres legítimos y otros tantos ilegítimos, que corrieron distinta suerte.

Alvarado, Diego de

Zafra (Badajoz)

Capitán que en 1537 fue uno de los que entraron en el palacio de Hernando Pizarro en el Cusco y lo apresaron. Sin embargo, fue uno de los que se opuso a su ejecución. El 13 de noviembre de 1537 acudió al encuentro de Mala junto a Diego de Almagro. En 1538 estuvo presente en la batalla de las Salinas, tras la cual fue apresado. Diego de Almagro el Viejo lo nombró albacea testamentario y teniente de gobernador de Nueva Toledo hasta la mayoría de edad de su hijo, Diego de Almagro el Mozo. Luego, regresó a España para informar al Emperador de los atropellos cometidos por los pizarristas. Murió poco después en la corte de Valladolid.

Alvarado, García de

 

Fue otro de los conjurados para matar al marqués. Cuando Diego de Almagro el Mozo, supo de la llegada de Vaca de Castro a Quito, envió a García de Alvarado al mando de un contingente de hombres con la intención de asesinarlo. Luego, en Cusco, liquidó a otro almagrista, el capitán Cristóbal de Sotelo. En represalia fue ejecutado por Diego de Almagro el Mozo y el capitán Juan Balça.

Alvarado, Gómez de

Zafra (Badajoz)

Otro de los capitanes almagristas que, en 1537, apresaron en Cusco a Hernando Pizarro. Sin embargo, también él se opuso a su ejecución. En 1538 estuvo presente en la batalla de las Salinas, después de la cual fue apresado. Tras pasar poco más de un año en Chile, regresó al Perú, fundando en 1539 la ciudad de León de Huánuco –hoy Huánuco a

secas-, en nombre de Francisco Pizarro. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas, y luego luchó junto a Gonzalo Pizarro. En 1551 era vecino de La Plata y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. A mediados de siglo desempeñaba el cargo de corregidor en la ciudad de la Frontera, en la región de Chachapoyas, al nordeste de Cajamarca, sorprendiéndole la muerte en 1556

Alvarado, Hernando de

Zafra

(Badajoz)

Natural de Zafra, al igual de que Gómez y Diego. El 13 de noviembre de 1539 fue nombrado regidor perpetuo del cabildo de San Juan de la Frontera en Chachapoyas.

Alvarado de Mirandilla, Hernando de

Mirandilla, tierra de Mérida (Badajoz)

Nació en torno a 1517, llegando a Guatemala en 1530 cuando aún era un muchacho. Poco después marchó al Perú en la hueste de Pedro de Alvarado, uniéndose luego a Diego de Almagro en su expedición a Chile. Fue uno de los capitanes de infantería de los almagristas en la batalla de las Salinas. Dice López de Gómara que murió en dicha contienda pero no parece que fuese exactamente así. Tras ser herido en una pierna huyó, ayudado por una india de su servicio, siendo asesinado poco después de un arcabuzazo en la cabeza por le propinó un criado de Hernando Pizarro. Su madre, Leonor de Becerra, viuda de Juan de Alvarado, interpuso pleito contra el trujillano en 1540.

Álvarez (licenciado)

 

Había sido oidor de la audiencia de Valladolid y en 1542 fue destinado a la audiencia de Lima.

Álvarez, Gonzalo

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Álvarez, Juan

 

Testigo en una carta otorgada en Cusco el 29 de enero de 1540.

Álvarez de Almendral, Diego

Zafra (Badajoz)

Sirvió en las guerras civiles a las órdenes de Diego Centeno, en la facción oficial. Gonzalo Fernández de Oviedo, alude a él en su crónica. Fue alférez mayor de las tropas de Centeno y murió de un arcabuzazo en la batalla de Huarina.

Álvarez Holguín, Pedro

Cáceres

Lucho inicialmente en el bando pizarrista, pues acompañó a Alonso de Alvarado, que fue enviado por Francisco Pizarro para socorrer a su hermano en el Cusco. Sin embargo, debió pasarse al otro bando, pues en 1538 luchó junto a los de Almagro en la batalla de las Salinas. Sobrevivió, y el marqués lo envió a descubrir y poblar. En 1541, cuando murió el marqués estaba en dicha jornada. Al parecer, agradecido por el trato del marqués, no quiso unirse a Diego de Almagro el Mozo pese a que éste le ofreció una capitanía, además de dineros, armas y caballos. No solo no aceptó sino que fue nombrado justicia mayor del Cusco y comenzó el juicio contra los almagristas. Después salió de Cusco con 150 hombres para unirse a las tropas de Vaca de Castro. Perdió la vida en la batalla de Chupas el 16 de septiembre de 1542, siendo maestre de campo del real de Su Majestad. Fue enterrado en la iglesia de la cercana ciudad de Huamanga.

Álvarez de Pinedo, Alonso

Aldea Centenera (Extremadura)

Tradicionalmente se le ha confundido con el marino y cartógrafo que navegó por el golfo de México, y descubrió el carácter peninsular de la Florida. Éste murió en un naufragio de su propia armada en 1520, mientras que el personaje de que hablamos fue alcalde ordinario de Cusco. En 1537 figura como pizarrista en el Cusco un Alonso Álvarez que probablemente sea la misma persona.

Ampuero y Cocas, Francisco de

Santo Domingo de la Calzada (La Rioja)

Nacido en torno a 1515, era hijo de Martín Alonso Ampuero y de Isabel de Cocas. Llegó a Perú en 1535 junto a Hernando Pizarro. Regidor en Lima desde el 16 de abril de 1536, Se desposó en 1538 con Inés Huaylas Yupanqui que había sido la concubina de Francisco Pizarro y madre de dos de sus hijos, entre ellas Francisca, heredera del patrimonio familiar. En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado. Salvó la vida descolgándose por una ventana. Estuvo en la batalla de Chupas junto a Vaca de Castro, y luego militó en el bando de Gonzalo Pizarro. En 1551, dado que estaba casado con la madre de los hijos del difunto marqués, Francisca y Francisco Pizarro, recibió la orden de la audiencia de llevarlos a España. Se embarcó junto a ellos, su esposa y su hijo. De vuelta en Perú, luchó junto a Gonzalo Pizarro pero, tras la batalla de Añaquito, cambió de bando, encontrándose entre las tropas de la Gasca cuando se ganó definitivamente la contienda. El estar en el bando ganador le permitió desempeñar cargos como el de regidor, alguacil mayor, alcalde de la Santa Hermandad y alcalde de Lima. Tuvo una vida longeva, falleciendo en Lima el 23 de marzo de 1578. Dejó un hijo, don Martín de Ampuero Yupanqui que fue regidor perpetuo del cabildo de Lima.

Anadel, Pedro de

San Sebastián (Guipúzcoa)

Marinero y carpintero, participó a caballo en la jornada de Cajamarca. Regresó a su localidad natal.

Anaya, Bernardino de

 

En 1538 fue designado regidor de la recién fundada ciudad de la Frontera, en la provincia de Chachapoyas, cargo para el que volvió a ser nombrado en abril de 1541.

Andrada, Nuño de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Andrés, Manuel (maese)

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. Entre el 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 95.235 maravedís y plata apreciada en 28 marcos y 1 onza. El 24 de septiembre de 1537 fue testigo en el otorgamiento en Lima de un poder por parte del gobernador y del mariscal.

Andueza, Martín de

 

Participó como hombre de a caballo en el bando pizarrista en la batalla de las Salinas.

Ansúrez, Pedro de

Sahagún (León)

Fue enviado a España cuando Almagro marchó a Chile, para que solicitase que ni Almagro, gobernador de Nueva Toledo, ni Pedro de Mendoza, gobernador del Río de la Plata, entrasen en tierras de la gobernación de Nueva Castilla. En 1538 estaba de vuelta en el Perú y tomó, junto a los hombres de Hernando Pizarro, la sierra Guiatara, cerca de Cusco. En la batalla de las Salinas fue capitán de caballería. Cuando el marqués fue asesinado se encontraba en la provincia de Charcas. Al saberlo se fue a buscar a Vaca de Castro, resultando herido en la contienda de Chupas, el 16 de septiembre de 1542. Al año siguiente se embarcó rumbo a España, pero en el trayecto, a la altura de la isla Española el navío en el que viajaba tuvo un encontronazo con los corsarios y murió. Se hizo inventario de sus bienes en el Puerto de Santa María y figuraba una enorme relación de barras y de objetos de oro y plata procedentes del Perú. Lo heredó su hijo Diego Ansúrez, habido con Ana de Mercado, quien en 1555 pasó a Nueva España.

Antón, Gonzalo

 

Almagrista, murió en la cárcel. En 1542 era finado.

Añasco, Gerónimo de

 

Paje de Francisco Pizarro, a quien éste cita en su testamento, dejándole cien pesos de oro por cada año que lo sirvió.

Añasco, Pedro de

 

El 28 de agosto de 1534 estuvo presente en la fundación de la villa de San Francisco de Quito.

Arauz

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Arbieto, Diego de

 

En 1537 era regidor del cabildo de Lima y tenedor de los bienes de los difuntos, junto a Sebastián de Torres.

Arbolancha, Bartolomé de

 

En 1541 estuvo entre el grupo de hombres conjurados para acabar con la vida del marqués. Murió en la batalla de Chupas, aunque después el licenciado Vaca de Castro lo incluyó en el proceso y mandó simbólicamente descuartizar su cuerpo.

Ardaya, Gómez

 

Acudió con gente de Arequipa y Charcas para sumarse a las tropas del licenciado Vaca de Castro.

Arévalo, Francisco de

Ávila

En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en dos pesos de oro. No sabemos si se trata de la persona de este nombre que luchó e ñas Guerras Civiles en el bando Real y que en 1562 era vecino de Lima.

Argama, Juan de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huánuco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Argote, Juan de

 

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro.

Armenta, Gonzalo

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Arribas, Juan de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Nuestra Señora de la Paz y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Astudillo, Rodrigo de

 

En 1534 era vecino del Cusco, cuando Rodrigo de Herrera entregó a Hernando Pizarro 150 pesos de oro en su nombre, supuestamente para el servicio del Emperador. El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 350.460 maravedís. Adscrito al bando almagrista, fue apresado tras la batalla de las Salinas (1538) y trasladado a Cusco.

Atienza, Blas de

Segovia

En 1511, cuando tenía 22 años, llegó al Darién. Estuvo en Tierra Firme y en Panamá. Fue uno de los capitanes subordinados de Pizarro. En Coaque, el 14 de abril de 1531, fue nombrado contador interino por ausencia del titular Antonio Navarro. Poco después compró en almoneda algunos marcos de plata de su majestad por 12 pesos de oro. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara y alcalde ordinario en 1531. El 30 de julio de 1533 estaba en Cajamarca cuando entró a fundir oro que le había dado su cacique y por el que pagó 48.565 de quinto. En 1535 fue nombrado alcalde ordinario de la villa de Trujillo (Perú), siendo después regidor perpetuo. A finales de 1537 le encargó el gobernador la custodia del quinto real de los de Chile que estaba depositado en el valle de Chincha. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 seguía avecindado en Trujillo y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. Al año siguiente, seguía viviendo en dicha localidad pero decía estar casi ciego.

Ávalos (o Dávalos), Francisco de

Guareña (Badajoz)

En abril de 1531, estando en Coaque, recibió una india y un indio que se tasaron en diez pesos de oro. Luego participó en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto de su botín, como hombre de a pie. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, aunque al año siguiente el marqués lo nombró regidor del cabildo de Lima. En ese mismo año regresó a España en cuatro naos con el dinero del Emperador y de los Pizarro, para que los entregara a Inés Rodríguez de Aguilar, pero en la Casa de la Contratación le secuestró parte de ello. En total, 2.200.173 maravedís en oro y plata, a cambio de un juro a perpetuidad de 73.340 maravedís anuales. Aún así pudo entregar a la hermana del marqués 4.552.500 maravedís. Entre el 14 y el 20 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 208.100 maravedís y plata que se apreció en 252 marcos y 4 onzas. El 24 de septiembre de 1537 estuvo en una probanza sobre la toma de Cusco auspiciada por Francisco Pizarro en la que aparecía como alcalde ordinario de Lima. En 1537 fue impuesto por Francisco Pizarro como alcalde ordinario de Lima, pese a obtener un voto menos que Hernando de Montenegro. Poco después, el 2 de noviembre de 1537 fue testigo de la carta que expidió fray Francisco de Bobadilla por la que sentenciaba que Cusco caía dentro de la gobernación de Nueva Castilla. El 9 de julio de 1538 otorga una escritura de poder en Sevilla y declara ser vecino de Medellín, aunque también mantuvo su residencia de Guareña.

Avendaño, Pedro de

 

Nació en 1508, llegando a Perú en 1538. Desempeñó interinamente el cargo de contador interino entre 1537 y finales de 1539. El 12 de octubre de 1541, declaró ser vecino de Lima cuando figuró como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. Entre 1542 y 1544 ejerció interinamente el cargo de contador. Desde 1559 lo encontramos como secretario mayor de la audiencia de Lima. Tuvo una vida longeva, pues murió en Lima en 1598.

Ávila

 

El nombre de un Ávila jugador, aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Ávila, Alonso de

 

Era escribano en la villa de Trujillo, en Nueva Castilla, el 30 de julio de 1538 estuvo presente como testigo en el traslado de una escritura notarial.

Ávila, Luis de

 

En 1534 regresó a la Península con cierta fortuna, pero le fue confiscado por el Emperador- Por dicho motivo, en marzo de 1535, solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital.

Azpeitia, Nicolás

Azpeitia (Vizcaya)

Caballero vasco nacido en 1517, presente en Panamá en 1529. Participó a caballo en la celada de Cajamarca, estando en el reparto del botín. Regresó con una estimable fortuna a su villa natal en 1534, donde aún vivía en 1541.

Bachicao (o Machicao), Hernando de

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

Estuvo en Honduras y de allí pasó al Perú, luchando en el bando pizarrista. Se significó en la batalla de las Salinas, por lo que fue nombrado regidor de la ciudad de Cusco. Advirtió por carta secreta al gobernador de que los de Chile estaban preparando una conspiración para asesinarlo. El 20 de enero de 1543 firmó la carta que el cabildo de Cusco envió a su Majestad. En los años 40 luchó en el bando de Gonzalo Pizarro, como capitán de Piqueros. Estuvo presente en la batalla de Iñaquito, pero desertó en la de Huarina, por lo que luego fue apresado y decapitado por orden de Gonzalo Pizarro.

Badajoz, Hernando de

 

En 1534 residía en Cusco cuando entregó 1.500 pesos de oro a Hernando Pizarro, supuestamente para el servicio de Su Majestad. En 1545 estaba de regreso en España, concretamente en la ciudad de Valladolid.

Badajoz, Juan Alonso de

Badajoz

Nació en Badajoz en torno a 1487, y en 1531 se encontraba en Panamá, cuando se enroló en la expedición al Levante. Desde un primer momento sirvió a las órdenes de Diego de Almagro. No estuvo presente en la batalla de Cajamarca pero sí en las fundaciones de Jauja y de la Ciudad de los Reyes. Le correspondieron 671 pesos de oro. El 20 de junio de 1534 registró en Jauja quince esmeraldas, valoradas en 74.250 maravedís. El 16 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 205. 305 maravedís. En esta última ciudad obtuvo en recompensa un solar para construir su casa. Poco después, fundió en Cusco más de 3.355 pesos de oro que le cupo como repartimiento del botín de guerra. Cuando comenzaron las discordias entre almagristas y pizarristas se mantuvo siempre fiel a su jefe. Después del asesinato del trujillano Francisco Pizarro, en 1541, Diego de Almagro el Mozo lo nombró teniente de gobernador de la Ciudad de los Reyes. También recibió la cuantiosa encomienda de Lucanas Laramate que todavía en 1577, cuando su poseedor era Pedro de Córdoba Guzmán, tenía nada menos que 2.811 tributarios, repartidos en 18 pueblos. Pero, poco tiempo estuvieron los almagristas en el poder. El 8 de julio de 1540, el Emperador nombró a Cristóbal Vaca de Castro como oidor de la audiencia de Panamá, llevando órdenes expresas para pacificar el Perú. Tras formar un amplio ejército fue a por Diego de Almagro, asesino de Francisco Pizarro, y lo derrotó en la batalla de Chupas, el 18 de septiembre de 1542. Juan Alonso fue depuesto de su cargo. En cambio, parece que conservó su encomienda, pues, nos consta que en 1561 el Conde de Nieva se la entregó a Pedro de Avendaño, escribano de cámara de la audiencia de los Reyes, por muerte del conquistador badajocense. Por tanto, Juan Alonso, aunque privado de todo poder político, mantuvo su rango económico y probablemente social. Tras el cambio político se marchó de la capital y se fue a vivir a la ciudad de Huamanga. En 1554, cuando contaba nada menos que con 67 años de edad, fue llamado por su amigo, el cacereño Francisco Hernández Girón, para que se incorporase a su rebelión. Sin dudarlo ni un momento, juntó toda la gente que pudo, se puso su armadura, montó en su caballo y se unió a él en Vilcas. El insurrecto lo nombró su maestre de campo. Pero poco duró en su puesto, pues, en la batalla de Chuquinga, librada en mayo de 1554, confundido con el propio Hernández Girón, fue herido de muerte.

Baena, Francisco de

Madrid

Caballero de origen hidalgo, estuvo en la conquista de Nicaragua y llegó al Perú en la hueste de Hernando de Soto. Participó como tal en la celada de Cajamarca y en el reparto de su botín. Acompañó a Hernando Pizarro en la expedición que saqueó del templo sagrado de Pachacamac. En 1533, solicitó al gobernador licencia para regresar a España, siéndole concedida, por lo que al año siguiente estaba en la ciudad de Toledo, y al menos desde 1540 en la de Madrid.

Baeza, Juan de

 

Había estado en la expedición a Chile de Diego de Almagro el Viejo y luego se encontró entre los supervivientes de la batalla de las Salinas. El 13 de octubre de 1541, siendo vecino de Lima, figuró como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven.

Balboa, Bernardino de

 

Pasó al Perú con Diego de Almagro por lo que no estuvo presente en la celada de Cajamarca, aunque sí en la fundación de Jauja y en la toma de Cusco. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco, por lo que se halló entre los defensores del cerco. Luego se avecindó en La Plata, desconociéndose la fecha de su óbito.

Balboa, Francisco de

 

No estuvo en la celada de Cajamarca pero sí en la fundación de Jauja y en la toma de Cusco. Se halló asimismo en el cerco de esta ciudad, y posteriormente en la batalla de las Salinas. Sirvió en el bando Real en la batalla de Chupas y, aunque leal a Gonzalo Pizarro, parece que se estableció en San Juan de la Frontera, siendo alcalde ordinario de su cabildo. Murió en mayo de 1549.

Balboa, Juan de

 

Estuvo presente en la refundación del Cusco del 23 de marzo de 1534. El 29 de junio de 1534 estaba en Jauja cuando entró a fundir un vaso de oro, cuyo quinto ascendió a 34.425 maravedís.

Balsa, Juan (capitán)

 

Estuvo con Diego de Almagro el Viejo, en calidad de criado y contador. Lo acompañó en su jornada por Chile y en la batalla de las Salinas. Fue albacea testamentario de Diego de Almagro, y, por tanto, curador de su hijo, Diego de Almagro el Mozo. El 15 de mayo de 1539 se impidió su salida del Perú. Éste lo envió a Trujillo para que informase puntualmente de la llegada de Vaca de Castro. En 1541, estuvo en el grupo que asesinó al marqués y luego, junto a Diego de Almagro participó en el asesinato de García de Alvarado quien a su vez había matado a Cristóbal de Sotelo. Fue el capitán general de las tropas almagristas en la batalla de Chupas. Consiguió huir con vida, junto a ocho o diez hombres, pero fueron asesinados todos ellos por los indios.

Baltasar, maese

 

Barbero, volvió a Panamá desde la isla del Gallo con Juan Tafur.

Ballesteros

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Baño, Diego del

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Barahona, Francisco

 

Amigo personal de Hernando Pizarro, luchó en la batalla de las Salinas, en el bando pizarrista, como hombre de a caballo, resultando muerto en el enfrentamiento.

Barahona, Juan de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Loja y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Barba, Francisco

 

Había participado en la pacificación de la región de Bracamoros, fijando su residencia inicialmente en la villa de Jaén. En el codicilo de Diego de Almagro lo cita como su criado y dispone que se le den 1.000 pesos de oro, en atención a que era pobre y lo había servido fielmente.

Barba, Pedro

 

Fue uno de los conjurados para matar al marqués, figurando, en 1542, entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro.

Barba Cabeza de Vaca, Cristóbal

Sevilla

De origen hidalgo, pasó a las Indias en 1529, estando en la fundación de Cartagena de Indias. Luego pasó a Perú estando junto a Martín Estete en la fundación de Trujillo. Estuvo con Diego de Almagro en la expedición a Chile. Con posterioridad sabemos que luchó en el bando Real en la batalla de Jaquijahuana. Fue vecino y alcalde ordinario de La Plata, viéndose implicado también en la revuelta gironista. Murió en un asedio indígena a la recién fundada villa de San Francisco de Jujuy.

Barba Cabeza de Vaca, Ruy

Sevilla

Desde su llegada al Perú, acompañó siempre al mariscal Alonso de Alvarado. Estuvo con él en la pacificación de la provincia de Chachapoyas, y luego en la expedición que desde Lima fue enviada al socorro de Cusco. Estuvo entre los derrotados en el puente de Abancay, aunque sobrevivió. En 1541 estaba en Lima cuando fue asesinado el marqués. Junto a Vaca de Castro luchó en la batalla de Chupas. Fue regidor varios años en Lima y murió de muerte natural el 11 de marzo de 1589.

Barbarán, Juan de

Illescas (Toledo)

Era un baquiano que había estado presente en la conquista de la Española, Nicaragua y Tierra Firme. Participó como hombre de a caballo en la celada de Cajamarca, siendo uno de los beneficiarios del reparto del botín. En 1538 recibió una buena encomienda en la provincia de Vilcas y además fue elegido alcalde ordinario de Lima. En 1541 llegó junto al marqués justo después de su asesinato. Fue uno de los que retiró el cuerpo de la picota pública, colaboró en su amortajamiento y lo enterró. El 13 de octubre de 1541, siendo vecino de Lima, figuró como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. Sin embargo, poco después debió marchar al encuentro del licenciado Vaca de Castro, tomando parte en la batalla de Chupas. El 8 de marzo de 1543 fue compensado su esfuerzo con una encomienda en término de Trujillo de indios que habían sido de Diego Verdejo. Dictó su testamento el 10 de julio de 1539 y un codicilo el 12 de junio de 1542, aunque sobrevivió bastantes años más. Se desposó con María de Lezcano, con quien tuvo cuatro hijos. Debió fallecer en los primeros meses de 1549, pues el 10 de julio de 1549 el virrey La Gasca otorgó carta de sucesión de su encomienda a favor de su hijo Pedro de Barbarán.

Barco, Pedro del

Montijo (Badajoz)

Natural de Montijo, aunque el Inca Garcilaso lo hacía erróneamente de Lobón. No estuvo en el reparto del botín de Cajamarca, aunque es conocido que fue uno de los que se encargaron de la custodia de Atahualpa, durante el tiempo que permaneció preso. El 23 de marzo de 1534 fue nombrado oficialmente regidor del primer cabildo del Cusco. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 600 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Amigo de Hernando de Soto, fue con él en la avanzadilla que se dirigía desde Cajamarca al Cusco. Entre el 9 y el 18 de julio de 1535 entró a fundir en la capital inca oro de rescate por valor de 1.829.405 maravedís así como 77 marcos y 4 onzas de plata. Un mes después, concretamente a primeros de agosto de ese año, seguía en la ciudad imperial inca cuando registró una esmeralda que se valoró en 24.750 maravedís. En ese mismo año fue en compañía de Francisco de Villafuerte y de Juan Flores a tomar un peñón que estaba en manos de los indios rebeldes. Según Juan Gómez de Malaver, que se entrevistó con el alzado Manco Cápac, éste se quejó de él, diciendo que le infringía malos tratos. También Diego de Almagro el Mozo, lo incluyó entre los que infringieron malos tratamientos al Inca. En 1537 estaba en Cusco a las órdenes de Hernando Pizarro. Posteriormente, luchó junto a Gonzalo Pizarro, pasándose después al bando de La Gasca. El 20 de junio de 1543, siendo vecino de Cusco, recibió escudo de armas. Cayó en poder de Francisco de Carvajal, lugarteniente de Gonzalo Pizarro y fue ajusticiado.

Barragán, Rodrigo

 

Almagrista, lucho en la batalla de Chupas, siendo ejecutado después en Huamanga.

Barrantes, Pedro de

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú con los hermanos Pizarro en 1530, estando presente en Túmbez y en la toma de Cajamarca. En el reparto del botín de Cajamarca, figura entre los caballeros, recibiendo 8.880 pesos de oro y 362 marcos de plata. En 1534 regresó rico a su ciudad natal, comprando el señorío de La Cumbre. El 26 de junio de 1535 se encontraba en Sevilla, reclamando el oro suyo y de otros compañeros que le habían confiscado los oficiales de la Casa de la Contratación. Fue regidor del cabildo de Trujillo, cargo que seguía ostentando en 1550. Tuvo varios hijos legítimos, heredando el mayor, Juan de Barrantes, el señorío de la Cumbre.

Barrasa, Pedro

 

Llegó al Perú con Diego de Almagro, no tomando parte en la celada de Cajamarca pero sí en la fundación de Jauja, ciudad en la que se avecindó oficialmente el 20 de abril de 1534.

Barrera, Pedro de la

Madrid

Caballero, participó como tal en la celada de Cajamarca y en el reparto del botín. El 20 de junio de 1534 estaba en Jauja cuando registró catorce esmeraldas por un valor de 130.500 maravedís. Sin embargo, poco después debió regresar a su localidad natal, concediéndosele el 14 de enero de 1537, un escudo de armas.

Barrientos, Alonso de

Valencia de las Torres (Badajoz)

Pasó al Perú en 1534, luchando junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. Fue apresado y condenado a destierro a galeras de por vida. Pero nunca se ejecutó la sentencia o se conmutó con su salida a Chile, donde estaba en 1549. Sin embargo, retornó, pues en 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Barrientos, Cristóbal de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Trujillo y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Barrientos, Cristóbal de

Ciudad Rodrigo (Salamanca)

Llegó a Perú en 1534 en la hueste de Pedro de Alvarado, afincándose en Cusco, donde sufrió el cerco de los hombres de Manco Cápac. Con Vaca de Castro luchó en la batalla de Chupas. En 1547 estaba en su localidad natal, pero debió regresar a Perú, pues en 1562 está documentado en Lima.

Barrientos, Juan de

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. El 18 de junio de 1534, Luis Hernández, en Jauja, fundió cierto oro en su nombre.

Barrionuevo Parra, Francisco de

Soria

Había estado en la conquista de Puerto Rico y luego en la represión de la rebelión de Enriquillo en la Española. En 1540 estaba en el Perú, y se vinculó desde el primer momento a los pizarristas, motivo por el cual tuvo que huir tras el asesinato del marqués. Vivió en Lima y luego en la Plata. Su hija, Ana de Mena, le sucedió en su encomienda. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Loja y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Barrios, Juan de

 

Estuvo en el golfo de las Higueras y en Nicaragua, llegando después a Panamá. Pasó a Perú en la hueste de Diego de Almagro, afincándose oficialmente en Jauja el 20 de abril de 1534. Cuatro meses después se le asignó una encomienda en Ica. En 1538 fue enviado por Francisco Peces a informar a Almagro de la liberación de Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado. Se le recompensó su fidelidad al bando pizarrista con una hacienda que había sido propiedad de Almagro, mientras que el 23 de octubre de 1540, se le concedió el repartimiento de Aquimixena en el valle de Ica. En 1541 salió electo como alcalde ordinario de Lima, pero fue depuesto poco después por los almagristas. Murió poco después heredando sus bienes su hijo Juan de Barrios el Mozo, habido con su esposa Teresa de Salazar.

Barrios, Pedro de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Barrios, Pedro de

 

Capitán, murió en la batalla de Huarina.

Bazán, Diego de

 

El 23 de marzo de 1534 fue nombrado regidor del primer cabildo del Cusco. En ese mismo año entregó a Hernando Pizarro 500 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 19 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 2.125.810 maravedís y plata apreciada en 1.282 marcos y 4 onzas. Tenía una compañía con Gonzalo Gutiérrez. Se terminó enemistando con Hernando Pizarro, motivo por el cual luchó en el bando almagrista en la batalla de las Salinas.

Bazán, Juan de

Segura de León (Badajoz)

En 1534 regresó a la Península con cierta fortuna, pero le fue confiscado por el Emperador. Por dicho motivo, en marzo de 1535, solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital.

Bebero, Marcos

 

Testigo en una carta otorgada en Lima el 6 de abril de 1546.

Becerril, Antonio

 

El 19 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescate por valor de 288.150 maravedís. Al parecer, lo mataron poco después sus propios indios de encomienda.

Bejarano, Álvaro

Trujillo (Cáceres)

Hijo de Pedro Gutiérrez y de Inés Durán. Sabemos que era vecino de Cusco, ciudad en la que testó el 7 de octubre de 1567, mandando construir una capilla y una capellanía en la iglesia de San Martín de su ciudad natal.

Bejarano, Juan

Trujillo (Cáceres)

Había nacido en 1525 y pese a su origen luchó junto al bando Real en la batalla de Iñaquito, donde fue apresado. Al parecer, en 1561 el Virrey Conde de Nieva lo nombró Gentilhombre Lanza del Reino.

Bejasino, Alonso

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Belalcázar, Sebastián de

Belalcázar (Córdoba)

Llegado en la armada de Pedrarias Dávila. Se incorporó a la expedición pizarrista poco después de salir de Coaque, tras llegar con la gente de Nicaragua. El 31 de diciembre de 1532 fundió en la isla de la Puná cierto oro que rescató en la costa y que se apreció en 231.155 maravedís. Participó como capitán de caballería en la celada de Cajamarca y en el reparto de su botín. El 28 de agosto de 1534 estuvo presente en la fundación de la villa de San Francisco de Quito y posteriormente en la de Santiago de Guayaquil. Ostentó el cargo de teniente de gobernador y capitán general de Quito. En 1536, meses después del alzamiento del Inca, fue avisado para que regresase con sus hombres a Lima

Beltrán, Alonso

 

Llegó de Nicaragua con Sebastián de Belalcázar, incorporándose a la expedición pizarrista poco después de la salida de Coaque.

Beltrán, Hernando

Triana, Sevilla

Marinero de oficio, nació en 1496 y pasó al Perú con Hernando de Soto, participando a caballo en la jornada de Cajamarca. Fue de los que regresó, probablemente junto a Hernando Pizarro. Desde 1535 lo encontramos residiendo en Triana, Sevilla, solicitando y recibiendo un blasón de armas. Debió tener una vida longeva, pues en 1546 aún vivía, mientras que en 1572 se decía que era difunto.

Beltrán, Ventura

Medina del Campo (Valladolid)

Hidalgo nacido en torno a 1509, llegó después de la conquista del incario, a comienzos de la década de los 40. Luchó en el bando de Gonzalo Pizarro y aún vivía en Lima en 1551.

Beltrán de Castro, Nuño (capitán)

 

Vivía en Panamá en 1532 cuando llegó al Perú como veedor de Diego de Almagro. No estuvo presente en la celada de Cajamarca, a donde llegó después, fundiendo oro en nombre de Diego de Almagro, en dicha ciudad el 13 de mayo de 1533. Participó en la hueste que realizó el trayecto entre Cajamarca y Cusco, entrando en la capital incaica, donde se avecindó. Al año siguiente fue nombrado alcalde ordinario de dicha urbe, disfrutando además de un buen repartimiento de indios. El 14 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 565.810 maravedís, así como plata apreciada en 185 marcos. A mediados de 1537, el gobernador lo puso al frente de 40 hombres en un cañaveral, cerca de Mala, para emboscar a Almagro si fuese necesario. Al año siguiente estuvo con Pedro de Valdivia en la toma de la sierra Guiatara, poco antes de la batalla de las Salinas. Luego fue capitán de arcabucería de la hueste de Francisco Pizarro.

Bellosillo, Andrés de

Sepúlveda (Segovia)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro. Es posible que muriese prematuramente, pues su nombre desaparece de la documentación.

Benavente, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Benavente, Hernando de

Zamora

Estaba en 1530 en Panamá, llegando al Perú en la hueste de Diego de Almagro. Se estableció en San Miguel y poco después acompañó a Sebastián de Belalcázar a la conquista de Quito. Luchó en el bando Real, estando en la batalla de Iñaquito, y luego regresando al norte de Quito, para su pacificación.

Benavides

 

En 1537 fue uno de los almagristas que iba en la vanguardia cuando entraron en Cusco.

Benavides, Ana de

 

Mujer de Hernando de Sepúlveda. La nombra Diego de Almagro en su testamento para que ella y su esposo se encarguen de su hija Isabel de Almagro.

Benítez, Pedro

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Berlanga, Juan de

Aldea de Ballesteros, merindad de Trasmiera (Cantabria)

Presente como hombre de a pie en Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. Falleció en 1536 a manos de los indígenas. Su viuda, en su nombre y en el de sus dos hijos menores, reclamó sus bienes.

Bermeo, Martín (o Machín) de

 

El 25 de junio de 1534 estaba en Jauja cuando fundió dos vasos de oro que le había dado el gobernador. El 20 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco 37 marcos y 4 onzas de plata.

Bermúdez, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Bernal, Cristóbal

 

El 26 de julio de 1540 era vecino de San Miguel de Tangarara cuando se le concedió escudo de armas.

Bernal, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Bernal, Rodrigo

Cantalapiedra (Salamanca)

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. Luego pasó a Chile con Almagro, y sobrevivió a las batallas de las Salinas y de Chupas. Luego tomó parte en la batalla de Jaquijahuana, en el bando de Pedro de La Gasca. Pese a su participación, esta vez en el bando vencedor, no obtuvo ninguna merced de significación. A finales de 1568 se le documenta por última vez en Lima.

Bernaldo de Quirós, Francisco

 

Había estado desde 1527 en Nueva España, pasando luego a Centroamérica y finalmente a Perú. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. En su casa alojó a Núñez de Vela por cuyo motivo Gonzalo Pizarro lo desterró de nuevo a Nueva España. Pero no cumplió la condena, luchando junto a La Gasca en la batalla de Jaquijahuana. Murió hacia 1562 y dejó como heredera a su hja Mariana de Quirós que se desposó con Sancho de Paz.

Berrío, Francisco de

Villa de Ugíjar en las Alpujarras (Granada)

Hermano de Juan de Berrío, se contó entre los derrotados en el puente de Abancay. Pero debió cambiar de bando, pues luchó con los almagristas tanto en las Salinas como en Chupas. Curiosamente, estuvo en el bando Real en la batalla de Iñaquito pero tras ser apresado cambió de nuevo de bando y se pasó al pizarrista. Sin embargo poco antes de la batalla de Jaquijahuana volvió a pasarse al bando Real y estuvo entre los vencedores. En 1572 aún vivía en Perú cuando el virrey Toledo le otorgó 300 pesos de renta sobre los indios de Cayaotambo.

Berrío, Juan de (capitán)

Villa de Ugíjar en las Alpujarras (Granada)

Hijo de Ruy Díaz de Berrío y de Francisca de Esquivel, hasta 1536 estuvo en Santa Marta, junto a García de Lerma. Cuando los indios de Manco Cápac sitiaban Lima llegó al Perú. Pizarro lo reenvió a Panamá a por refuerzos. El 5 de junio de 1537 fue testigo en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro. El 22 de diciembre de 1537 su madre, ya viuda, reclamaba en la Casa de la Contratación 205 pesos de oro que le había enviado su hijo desde el Perú. Su nombre aparece entre los encausados por la muerte del marqués, ya que siendo alcalde de Huamanga acataron al nuevo gobernador Diego de Almagro el Mozo. El granadino vivió bastantes años Huamanga, pasando la última época de su vida en Cusco. Allí se desposó con Isabel de Orozco y en segundas nupcias con María Manrique, teniendo hijos con ambas que perpetuaron su estirpe en el Perú. En 1571, seguía vivo pues declaró en un juicio.

Betanzos, Juan de

¿Valladolid?

En su vida sigue habiendo numerosas incógnitas. Se llamaba Juan Díez de Betanzos, pero, al parecer él usaba solo el segundo de sus apellidos. En Valladolid había una familia de este apellido, Francisco de Betanzos, procurador, y sus hermanas María López de Betanzos y Ana López de Betanzos. Esta última estaba casada con el ensayador Pedro de Espina, que pasó a México a ejercer su oficio. Por lo demás, sabemos que estuvo en La Española algunos años, ejerciendo en la década de los treinta el oficio de escribano. Quizás llegase al Perú en 1537 enrolado en el navío que envió la audiencia de la isla, a cargo de Diego de Fuenmayor. El 12 de octubre de 1541, lo documentamos por primera vez en Perú, cuando declaró como testigo en Lima en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. Al año siguiente está documentado en Cusco, y además como un experto en quechua, por lo que participó como tal en las pesquisas del gobernador Vaca de Castro. Por aquellas fechas se desposó con doña Angelina, prima de Huáscar y Atahualpa, que había sido la amante de Francisco Pizarro, con la que éste procreó a dos de sus hijos. Gozó de una posición de privilegio, disfrutando de una encomienda de indios y de las rentas de su noble esposa. Estuvo en el bando de Gonzalo Pizarro, pero poco antes de la batalla de Jaquijahuana, fue apresado por La Gasca y decidió cambiar de bando. Ello le garantizó una situación airosa al final de la contienda. En 1565 el virrey Antonio de Mendoza le encargó la redacción de una historia de los incas con la que a la postre pasó a la historia.

Biedma, Diego de

Baeza (Jaén)

Diego de Almagro en su codicilo de 1538 afirma que éste era su camarero y que le debía algún dinero de un objeto que compró para él en almoneda. Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

Bilbao, Martín de

 

Soldado llegado al Perú en 1534 entre la hueste de Pedro de Alvarado. Militó en el bando almagrista, sufriendo la gran derrota de 1538 en las Salinas. Al parecer, fue él quien le dio la estocada mortal en la garganta a Francisco Pizarro en 1541. Murió en la batalla de Chupas y su cuerpo fue mandado descuartizar por Vaca de Castro.

Blázquez, Juan, doctor

¿Trujillo? (Cáceres)

Es posible que llegase al Perú en 1535 junto a Hernando Pizarro. En pocos años se ganó la confianza del gobernador. En 1538 era asesor del cabildo de Lima y poseía una buena encomienda. Con motivo de la muerte de la emperatriz, el almagrista Manuel del Espinal se puso de luto y éste lo apresó por ese motivo. En 1541, cuando el asesinato del marqués, era teniente general del gobernador. Fue apresado tras escapar al convento de Santo Domingo y su casa saqueada. Su mujer, hermana del obispo fray Vicente Valverde, y sus hijos, se salvaron porque el almagrista Diego Méndez los escondió en su casa. A primeros de noviembre de 1541, aprovechó un descuido de sus captores para fugarse en compañía del obispo, embarcándose en un navío que terminó aportando a Túmbez. De ahí pasaron en balsas a la isla de la Puná donde, a finales de ese mes de noviembre de 1541, fueron capturados, asesinados y comidos con ají, por los naturales.

Blázquez, Luis

 

El 25 de enero de 1550 fue testigo en una carta otorgada en Lima.

Bobadilla, fray Francisco de, O. de M.

 

Presente en el Perú desde 1536 procedente de Panamá. Fue uno de los intermediarios en la disputa entre Almagro y Pizarro.

Bocanegra, Andrés de

 

Marinero que iba a bordo del barco de Bartolomé Ruiz cuando éste fue a recoger a los hombres que permanecían en la isla del Gallo. En la tercera expedición, estando al mando de una de las balsas que trasladaba a la expedición desde la Puná a Túmbez, fue asesinado por los indios.

Bohón, Juan

 

El 12 de febrero de 1541 fue nombrado regidor de la ciudad de Santiago de Chile.

Bonilla, Juan

 

Presente en el reparto del botín de Cajamarca

Borrallo, Juan

Andaluz

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. En 1534 regresó a España, junto a Hernando Pizarro, encontrándose entre los damnificados por la confiscación del metal precioso por el emperador. No parece que regresará a Perú.

Borregán, Alonso

 

No estuvo presente en la primera conquista, pues llegó al Perú en 1535, avecindándose en la ciudad de Trujillo. En octubre de 1537 fue enviado en un barco, capitaneado por Francisco Martín de Alcántara, en persecución de una balsa regida por Luis García Samames que pretendía encontrar un barco e ir a informar a España de los agravios cometidos contra Almagro. Participó en las guerras civiles, simpatizando con el bando almagrista. Escribió una obra titulada la Conquista del Perú, que ha sido editada en varias ocasiones y que resulta de gran utilidad para reconstruir ese período histórico. Estuvo desposado con una hija de Juan de Osorno, propietario de un repartimiento en el valle de Tucome.

Boscán, Felipe

 

Llegó a Perú en la expedición de Diego de Almagro por lo que no estuvo en la celada de Cajamarca pero sí en la fundación de Jauja, donde se quedó de guarnición. El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. A finales de 1537 fue enviado por Hernando Pizarro al valle de Ica en busca de alimentos pero fueron atacados por los almagristas y debieron regresar al campamento. Pese a todo debió simpatizar con los de Chile, pues a principios de 1538 estaba en Cusco cuando fue enviado como mensajero por Francisco Peces a informar a Almagro. Fue detenido por los pizarristas y conducido a Lima. En 1540 vivía en San Juan de la Frontera, ostentando poco después el cargo de regidor .

Bravo, Diego

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Arequipa y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Bravo, Juan

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro. El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 15.445 maravedís.

Bravo, Pedro (Bachiller)

 

El 16 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 372.280 maravedís y plata apreciada en 27 marcos y 4 onzas.

Bravo, padre Rodrigo

 

En enero de 1540 fue testigo presencial de la fundación de la ciudad de Arequipa.

Briceño, Alonso de

Benavente (Zamora)

Llegó en torno a 1525 a Panamá, siendo uno de los Trece de la Fama. En la tercera expedición estuvo en Coaque, recibiendo en agosto de 1531 dos indias que se apreciaron las dos en seis pesos de oro. El 25 de agosto de 1532 estaba en San Miguel de Tangarara cuando registró dos anillos de oro que se apreciaron en 450 maravedís. Tomó parte, como jinete, en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto de su botín. En 1534 retornó a su villa natal con carácter definitivo.

Briones, Lázaro de

Marchena (Sevilla)

Lázaro de Briones, nacido en 1518 y natural de Marchena, era hijo de Alonso de Briones, estuvo en la defensa del cerco de Cusco, frente a las tropas de Manco Cápac. Luego tomó parte en la guerra civil entre pizarristas y realistas, siendo derrotado en la victoria de Huarina y ganando en la definitiva de Jaquijahuana, al mando del virrey Pedro de La Gasca. Por sus acciones en el Perú, el 10 de mayo de 1560 se le concedió un escudo de armas. Regresó a España, estableciéndose en Carmona e incorporándose a la élite local, a la que pertenecerían los Briones por espacio de varios siglos. En mayo 1569 se identificaba con el cargo de alférez mayor de Carmona. Con el tiempo compraron su capilla propia en la iglesia Prioral de Santa María y se vincularon a la nobiliaria cofradía del Dulce Nombre de Jesús, con sede en el convento de Santo Domingo. Dispusieron de varias propiedades rústicas y esclavos para el servicio de su casa.

Bueno, Martín

Moguer (Huelva)

Marchó al Perú con Belalcázar, participando como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 23 de junio de 1533 estaba en Cajamarca cuando metió en la fundición cuatro vasos de oro, cuyo quinto ascendió a 36.511 maravedís. El 2 de julio de 1534 estaba en Jauja cuando entró a fundir una prenda de lana con un poco de oro. Sin embargo, pocos meses después marchó a España, encontrándose entre los damnificados por la confiscación del metal precioso por el emperador. Se afincó en su villa natal

Burgalés, fray Alonso O.P.

 

Viajó desde Sevilla junto a Francisco Pizarro en 1529.

Burgos, Cristóbal de

Burgos

Llegó a Castilla del Oro en 1514 en la armada de Pedrarias Dávila, siendo menor de edad, pues había nacido en 1500. Fue a por hombres a Nicaragua de donde regresó con dos navíos, cuando Francisco Pizarro se encontraba en la isla de la Puná. Participó en los principales lances de la Conquista, pero no estuvo presente en el reparto de Cajamarca. Entre el 16 y el 18 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 1.379.020 maravedís y plata apreciada en 1.920 marcos. El 24 de noviembre de 1537 fue testigo en el acuerdo del Tambo de Lunahuaná, entre pizarristas y almagristas. En 1539 recibió una carta de recomendación de Francisco Pizarro ya que pretendía retornar a España. Y lo hizo, pues el 3 de octubre de 1539 recibió una ejecutoria por la que se le dio un escudo de armas que dentro de él estuviese una nao con sus velas blancas, sobre unas aguas de mar azules y blancas, junto a un desembarcadero, por el socorro que hicisteis con los dichos navíos al dicho marqués don Francisco Pizarro… El 3 de marzo de 1540 protocolizó una escritura de compra en Sevilla. En ella declaró ser vecino de la Ciudad de los Reyes y compró a Gaspar Mateo, vecino de Medina del Campo 40 camisas de Ruán y otros paños por valor de 118.812 maravedís que se comprometía a pagarlos en Sevilla en el plazo de dos años. Regresó a Lima, desempeñándose como regidor. Luchó en la batalla de Chupas contra los almagristas, perdiendo en el combate el brazo derecho. En Lima vivió un hijo suyo de su mismo nombre, desposado con Catalina de Arellano, que murió joven, pero dejaron un hijo llamado Cristóbal de Burgos Arellano, quien en 1627 estaba en España reclamando mercedes.

Bustillo, Miguel de

 

El 21 de julio de 1535 fundió en Cusco plata por valor de 180 marcos.

Caballero, Álvaro

 

Llegó a Perú en los refuerzos que trajo Diego de Fuenmayor. Estaba en la Ciudad de los Reyes el día de la muerte del marqués. Se acercó al grupo almagrista para preguntar qué pasaba y estos le respondieron que se fuera, pues, acababan de matar al gobernador y a Chávez. Luchó en el bando de Vaca de Castro en la batalla de Chupas, permaneciendo en Perú al menos hasta 1543.

Caballero, Francisco

 

Llegó al Perú en la armada de Pedro de Alvarado de 1534. Murió en la batalla de las Salinas (1538), luchando por la causa almagrista.

Caballos, Hernando de

 

El 7 de noviembre de 1537 se concedió escudo de armas a la ciudad de Lima, que había sido solicitado por Hernando de Caballos, en nombre de los demás vecinos. Justo un mes después hizo lo mismo pero con la ciudad de Trujillo. Una carta escrita al Emperador por Francisco Pizarro, en Cusco, el 28 de febrero de 1539, la llevó en su nombre Hernando de Caballos. El 16 de mayo de 1541 se le concedieron los curacas de Yapatera y Catacaos en el término de San Miguel de Piura.

Cabezas, maestre Juan

 

En abril de 1531, estando en Coaque, recibió una esclava que se tasó en cinco pesos de oro.

Cabezas, Pedro de

 

Almagrista, fue uno de los que tomó parte en el asesinato de Francisco Pizarro. Luchó en la batalla de Chupas, consiguiendo escapar. Pero poco después fue apresado y ejecutado en la plaza de Lima.

Cabrera, Alonso de

 

Mayordomo de Francisco Pizarro. Uno de los testigos en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro en Chivicapa el 22 de junio de 1539. Estaba en Huánuco, cuando después de la muerte del marqués, en 1541, llegó el almagrista por García de Alvarado y lo ejecutó. Quedó una hija menor de edad, Antonia de Cabrera, cuya curaduría tuvieron Catalina de Robles y Hernando de Rozas, que en 1543 reclamaban desde Valladolid los bienes dejados por Alonso de Cabrera.

Cáceres, Juan de

 

Desempeñó el oficio de contador interino tres meses en 1540 y luego entregó poderes a Francisco de Herrera quien lo ejerció en su nombre hasta junio de 1542. Con posterioridad a esta fecha volvió a ejercer el oficio personalmente hasta que se volvió a marchar y recayó en Pedro de Avendaño y desde junio a febrero de 1545 lo volvió a desempeñar Juan de Cáceres.

Cáceres, fray Francisco de O. de M.

 

El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. Dos años después, exactamente el 8 de julio de 1538 fue asimismo testigo en el codicilo otorgado por Diego de Almagro en Cusco. Éste dispuso que se le pagasen las misas que dijese por él.

Cáceres, Pedro de

 

El 15 de febrero de 1558 figura como testigo en una carta otorgada en San Juan de Chachapoyas. No sabemos si se trata del mismo Cáceres que fue degollado en 1541 por los almagristas.

Caldera (licenciado)

 

El 20 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro de rescate por un valor de 66.620 maravedís.

Calderón, Pedro

Trujillo (Cáceres)

De oficio herrero, participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Llegó a Sevilla en 1535, retornando a su ciudad natal. Según José Antonio del Busto permaneció en Trujillo, donde en 1545 aspiraba infructuosamente a una regiduría. Sin embargo, en 1538 figura un tal Calderón entre los pizarristas en la batalla de las Salinas, aunque es posible que se trate de otra persona.

Calvo, Gonzalo

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).8

Calvo, Juan

 

Participó en la defensa de Lima frente al cerco de Titu Yupanqui en 1536, cuando tenía tan sólo 13 años de edad. En 1560 aún vivía, morando en la ciudad de Cusco.

Calvo Barrientos, Pedro

Alcántara (Cáceres)

En 1533 o 1534 Francisco Pizarro y Diego de Almagro, mandaron cortarle las orejas por cierto hurto que cometió, se fugó al reino de Chile, y se indianizó viviendo entre los indios del valle de Copiapó.

Camargo Álvaro

Trujillo (Cáceres)

Reclutado por el gobernador en su ciudad natal, estuvo en la tercera expedición conquistadora. Se quedó de guarnición en San Miguel de Tangara pero en compensación por ello Pizarro le entregó 500 pesos de oro del rescate de Atahualpa.

Campo, Rodrigo de

 

El 16 de septiembre de 1542 fue testigo de la sentencia dada contra los almagristas por Vaca de Castro, tomando parte en la batalla de Chupas.

Candía El Griego, Pedro de

Badajoz

El caso de Pedro de Candía es singular por varios motivos: primero, porque es difícilmente clasificable ya que fue un hombre de confianza de Francisco Pizarro, en las guerras civiles se pasó al bando contrario, y finalmente fue ejecutado por los almagristas por no disparar contra las tropas realistas. Segundo, por la relevancia de su figura como artillero de la hueste conquistadora. Y tercero, porque se había considerado siempre griego, cuando en realidad eran tan badajocense como Garcilaso de la Vega, como trataré de demostrar en las líneas que vienen a continuación.

Efectivamente, Pedro de Candía había nacido en Badajoz en torno a 1494. Tradicionalmente casi toda la historiografía ha afirmado que le apodaban el Griego porque había nacido en la isla de Creta. Esta afirmación debe ser matizada; en realidad, como ha señalado José Luis Olaizola, sus progenitores eran naturales de la ciudad de Badajoz. Su padre, dada su ocupación militar, estuvo destinado en distintos puntos del Mediterráneo durante décadas, pero no está nada claro que naciera en Creta como se ha dicho. Bien pudo nacer en Badajoz, al amparo de su familia y, siendo ya un joven acudir junto a su progenitor a territorios griegos donde servía. Allí desde muy joven se curtió en el arte de la guerra, luchando en diversas campañas en el norte de África y en la península itálica.

Todo ello explicaría por qué tenía un nombre tan español como Pedro, y un apellido también de larga trayectoria peninsular como era el Candía. Asimismo, justificaría que se embarcase al menos en dos ocasiones a las Indias, sin ningún tipo de impedimento, y sin la licencia real que los extranjeros debían solicitar a la Corona. Y finalmente, que obtuviese en julio de 1529 una regiduría en la ciudad de Túmbez y el rango de capitán de artillería, con un salario de 60.000 maravedís anuales.

Por tanto, mi hipótesis, a falta de pruebas más contundentes, es que el artillero no nació en Creta sino en Badajoz, tierra natal de sus padres. El apelativo de El Griego se lo debieron poner no por su nacimiento en Creta, sino porque debía poseer un cierto dominio del griego y del italiano, algo que no era en absoluto usual en aquella época y que lo singularizaba.

En 1525, después de luchar varios años en las guerras de Italia, retornó a España, desposándose en Villalpando (Zamora), poco antes de embarcarse rumbo a Tierra Firme en la hueste del nuevo gobernador, sustituto de Pedrarias Dávila, Pedro de los Ríos. Una vez en Panamá, se unió a Francisco Pizarro que iniciaba en 1526 su segunda expedición descubridora al Levante, encontrándose entre los llamados Trece de la Fama. Efectivamente, fue uno de los que se quedó con Pizarro en la isla del Gallo cuando todos los demás abandonaron y regresaron a Panamá, obteniendo por tal hecho la condición de hidalgo.

Llegados los ansiados refuerzos, fue enviado por Francisco Pizarro para que verificase las noticias dadas por Alonso de Molina, ya que consideraba al badajocense como una persona de buen ingenio. Solicitó llevar consigo su culebrina, una pieza de artillería de pequeño calibre que la que nunca se separaba, y le fue negado, a lo que interpeló que, si le salían de guerra, cómo podría defenderse. A lo cual el trujillano le dijo de manera elocuente: entonces descuidad, que misas por vuestra alma no os han de faltar.

Lo cierto es que el badajocense ratificó la información de Molina, ensalzando la supuesta grandeza de la plaza. Pero eso sería en comparación con lo visto hasta entonces porque el pueblo no era gran cosa, más allá de un vistoso templo dedicado al sol. Y lo que era mejor aún, algunos tumbesinos le comunicaron que dependían de un señor mucho mayor que vivía a muchas jornadas de allí. Tomó algunas llamas e indios y retorno a donde estaba Francisco Pizarro, magnificando todo lo que había visto y oído. Ya que había sido testigo de vista de la supuesta magnificencia de la ciudad de Túmbez, el gobernador se lo llevó con él a España en 1529, portando una pintura de Túmbez y una relación escrita.

De vuelta en el Darién, figuró en la tercera y definitiva jornada como capitán de artillería, siendo de los pocos que llevaba un salario, al margen de los posibles beneficios del botín. Estuvo en la toma de Cajamarca como capitán de artillería, el disparo de una de las cuatro piezas de las que disponía, fue la señal convenida para el inicio de la cometida que acabó con el apresamiento de Atahualpa. Por su actuación al frente de la artillería recibió una importante cuantía de oro y plata en el reparto del botín del rescate del Inca. El 23 de marzo de 1534 asistió a la refundación de la ciudad de Cusco, al tiempo que se le designó alcalde ordinario de dicha ciudad. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 1.200 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. El 16 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 209.990 maravedís y plata apreciada en 435 marcos. Ocho días después, concretamente el 24 de julio de 1535, figuró como testigo en una probanza realizada en Cusco por Simón Suárez. Por aquellas fechas solicitó licencia para retornar a España a por su esposa e hijos. Sin embargo, todo parece indicar que la travesía nunca la llegó a hacer, enviando a su mujer y sus dos hijas, María y Catalina de Candía, vecinas de Villalpando (Zamora), algo más de un millón de maravedís que, junto a los demás caudales de la flota, fue secuestrado por el emperador y convertido en un juro de 38.600 maravedís.

Tras la batalla de las Salinas, el badajocense, a iniciativa propia, decidió organizar una empresa hacia la selva oriental, en dirección al lago Titicaca. Era una zona poco explorada en la que soñaba con encontrar grandes riquezas. Salió con unos doscientos expedicionarios, pero solo encontraron dificultades, hambre extrema, ataques indígenas y enfrentamientos, regresando con vida apenas la mitad. Hernando Pizarro se lo recriminó y le quitó el mando, por lo que, resentido, se pasó al bando de Diego de Almagro el Mozo. Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués. Sin embargo, con posterioridad debió llegar a algún pato secreto con el entorno realista, para boicotear la eficacia artillera. Así, en la batalla de Chupas, el 16 de septiembre de 1542, el mismísimo Almagro tras comprobar que disparaba por encima de los enemigos sin hacerles ni un rasguño, lo acusó de traidor y lo alanceó. Al parecer, dejó un hijo mestizo en el Perú, que fue amigo del Inca Garcilaso de la Vega.

 

Cansino

 

Fue uno de los conjurados para matar al marqués por lo que su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, en 1542.

Cantalapiedra, Alonso de

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Cantillana, Rodrigo de

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

Caballero, participó como tal en el reparto de la plata de Cajamarca, no estuvo en el reparto del oro. En 1533 se embarco rumbo a Sevilla, donde ostentó el cargo de jurado. En 1554 se le documenta por última vez en la ciudad del Guadalquivir.

Cantos, Pedro de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Cantos de Andrade, Rodrigo

Zafra (Badajoz)

Residía en Lima en los años 40 cuando luchó junto al gobernador Vaca de Castro en la batalla de Chupas. El 25 de noviembre de 1548 fue nombrado alguacil mayor del Cusco, cargo que no aceptó por su escasa remuneración. En 1555 estaba de regreso en Zafra, donde se volvió a deposar pese a estar casado en las Indias. Regresó al Perú, obteniendo su licencia de embarque el 11 de septiembre de 1565. El virrey Toledo le otorgó una encomienda que le rentaba 600 pesos anuales. Residió en Oropesa, en Lima y finalmente, en la Paz donde aún vivía en 1601 cuando debía tener 89 años de edad.

Caraballo, Juan

 

Fue como veedor en la primera expedición.

Carasa, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Caravantes de Mazuelas, Gómez

 

Según Raúl Porras, hermano de Rodrigo de Mazuelas. El 1 de agosto de 1535 se le concedió una estimable encomienda en la provincia de Chinchasuyo. El 5 de junio de 1537 fue testigo en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro. El 6 de marzo de 1540 se le concedió el pueblo de Quiçalla, cerca del Cusco. Vecino de Lima, desempeñó en varias ocasiones el cargo del alcalde ordinario de dicha ciudad.

Cárdenas, capitán Francisco de

 

Hijo de Alonso de Cárdenas, quien pagó los 12 ducados de su pasaje el 6 de octubre de 1534. Luchó a caballo en la defensa de Cusco frente a los indios alzados de Manco Cápac. Fue nombrado por los Pizarro teniente de capitán de la ciudad de Huamanga, así como regidor de su cabildo. Fue degollado en 1541 por los almagristas.

Cárdenas, Francisco de

 

Probablemente hijo del anterior, luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huamanga y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Cárdenas, Francisco de

 

A principios de 1538 vivía en Cusco cuando fue enviado como mensajero por Francisco Peces a informar a Almagro. Fue detenido por los pizarristas y conducido a Lima. No parece que trate de ninguno de las dos personas anteriores.

Cárdenas, García de

 

Uno de los testigos en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro en Chivicapa el 22 de junio de 1539.

Cárdenas, Juan de

 

Almagrista, sobrevivió a la batalla de Chupas pero fue procesado y ejecutado allí mismo por el licenciado Vaca de Castro.

Cárdenas y Zapata, Fernando de

Madrid

Su biografía aparece muy difusa porque los cronistas se refirieron a él de forma imprecisa. Fernández de Oviedo, desconocía su nombre de pila y aludía a él como “fulano Cárdenas”. Además, a veces ha habido confusiones con la vida del capitán, encomendero y ganadero Francisco de Cárdenas, con quien coincidió por aquellos tiempos en el Perú. En 1535, se enroló en la expedición del virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza. Sin embargo, permaneció en Nueva España un corto período de tiempo. Al año siguiente, cuando Hernán Cortés decidió enviar una expedición para ayudar al adelantado Francisco Pizarro, tras la sublevación de Manco Inca Yupanqui, marchó al Perú. Allí participó en la guerra frente a los indios que terminó finalmente con la derrota del Inca. Decidió quedarse en tierras sudamericanas. Cuando estalló la guerra entre almagristas y pizarristas luchó en este segundo bando. Gonzalo Fernández de Oviedo dijo de él que era un hombre vicioso en el hablar, pues, afirmaba cosas que no podía demostrar. Concretamente, le acusó de no poder probar el robo de “cierto oro y plata” que el madrileño dijo le habían robado los almagristas. Sin embargo, cuando ocurrió el alzamiento de Gonzalo Pizarro frente a la aplicación de las Leyes Nuevas por el virrey Blasco Núñez de Vela se posicionó al lado de éste. Desgraciadamente, corrió su misma suerte. Cuando, partiendo de Popayán, se enfrentaron a las fuerzas del trujillano en la batalla de Añaquito, el 18 de enero de 1546, fueron derrotados. Unos resultaron muertos mientras que otros, entre ellos el virrey y el madrileño fueron prendidos y, tras un sumarísimo juicio, ajusticiados. Gonzalo Fernández de Oviedo incluye al madrileño en la lista de las personas a las que se les dio tormento en la ciudad de Lima, tras la derrota de Añaquito.

Carranza, Ginés de

Granada

Caballero, participó como tal en el reparto del botín de Cajamarca. En 1533 regresó a su ciudad natal donde desempeñó el cargo de regidor.

Carrasco, Fernando o Hernando

 

Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. En abril de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en 2,5 pesos de oro. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Carrasco, Pedro Alonso

 

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 200 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. El 18 de enero de1541 se le concedieron varios curacas en el valle de Jayanca. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas.

Carreño

portugués

Un Carreño portugués aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Carreño, Francisco

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Carrera, Alonso de la

Fuentes de Ropel (Zamora)

Presente en el reparto del botín de Cajamarca como hombre de a pie. En 1534 se avecindó en Cusco. El 20 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco 110 marcos de plata. Murió poco antes de mediar la centuria.

Carrera, Sancho de la

 

El 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 279.480 maravedís.

Carrillo, Cristóbal

 

Su nombre aparece entre los encausados por la muerte del marqués.

Carrillo, Martín

 

Según López de Gómara se contó entre los conjurados que asaltaron el palacio del marqués y lo asesinaron. Lo cierto es que tras estos sucesos fue designado alcalde de la ciudad de Lima. Murió en la batalla de Chupas, aunque después el licenciado Vaca de Castro mandó descuartizar su cuerpo.

Carrillo de Albornoz, Antonio

Villa de Illescas (Toledo)

Había luchado en el bando del virrey Blasco Núñez de Vela. En 1549 estaba en Lima cuando fue testigo en un proceso.

Carrión, Antón de

Jerez de los Caballeros (Badajoz)

Vivía en Panamá al menos desde 1522. Tomó parte en la primera y en la segunda jornada de Francisco Pizarro al Perú, figurando como uno de los Trece de la Fama. En la segunda expedición fue alférez mayor, aunque no consta que participara en la tercera y definitiva jornada. Algunos creen que su apellido es toponímico y lo hacen de Carrión de los Condes, en Palencia. Sin embargo, no hay seguridad. Podría ser en realidad de Jerez de los Caballeros. El 22 de marzo de 1535, Francisco de Carrión, natural de esta ciudad pacense, concertó su pasaje y el de otras nueve personas más, rumbo a Nombre de Dios para pasar al Perú. Viajaba en la nao Santa María la Blanca de que era maestre el palermo Cristóbal Quintero.

Carrión, Pedro de

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 4 de agosto de ese año figura como vecino de esa misma ciudad. Entre el 5 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 290.070 maravedís y plata valorada en 1.412 marcos y 4 onzas.

Cartagena, Luis de

 

En febrero de 1541, fue designado escribano público de la recién fundada ciudad de Santiago de Chile.

Carvajal, Baltasar

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Carvajal, Benito de

 

Pertenecía al cabildo de Lima cuando fue asesinado el gobernador. Se opusieron a Diego de Almagro y estuvo a punto de ser degollado.

Carvajal, Diego de

 

En 1539 fue nombrado alcalde ordinario de Huánuco.

Carvajal, Diego de

Trujillo (Cáceres)

Vivía en Cusco como criado de Juan Pizarro. En 1536 fue enviado a Lima a comprar dos caballos para éste. Regresó a Trujillo, desposándose con Isabel de Soto, hermana de Gonzalo Pizarro. En 1549 declaró en un pleito ser de edad de 41 años por lo que había nacido en torno a 1508. El 14 de enero de 1561, Isabel de Soto redactó su testamento, mandándose enterrar en la iglesia de San Martín, en la sepultura de su marido.

Carvajal, Francisco de

 

En 1541 era alcalde de Cusco, junto a Diego de Silva, cuando Diego de Almagro el Mozo, les pidió que lo recibiesen como gobernador. Luchó como maestre de campo de Gonzalo Pizarro en las guerras civiles, siendo conocido como el Demonio de los Andes. Murió ejecutado el 10 de abril de 1548.

Carvajal, Juan de

 

El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. Perdió la vida en la batalla de Chupas el 16 de septiembre de 1542, luchando a favor del licenciado Vaca de Castro.

Carvajal, Garci Manuel de

Plasencia (Cáceres)

Uno de los hombres reclutados por el gobernador en 1529. Sin embargo, no aparece en la toma de Cajamarca ni en la entrada de Cusco. Lo documentamos a partir de 1538, tomando parte posiblemente en la batalla de las Salinas (1538). Fue enviado por el gobernador para fundar una ciudad al sur del Perú, lo que hizo en 1539, bautizándola con el nombre de Villa Hermosa. Sin embargo, al año siguiente se decidió trasladar su emplazamiento refundándola el 15 de agosto de 1540 con el nombre de Villa Hermosa de la Asunción del Valle de Arequipa.

Carvajal, fray Gaspar

 

Capellán de la expedición a la Canela de Gonzalo Pizarro. Se embarcó en el bergantín de Francisco de Orellana, afeándole la traición.

Carvajal, Nuño de

Trujillo (Cáceres)

Estaba a finales de los años treinta en el Perú. Participó en la guerra entre pizarristas y almagristas del lado de los primeros. Desterrado en 1548 a Chile murió en ese mismo año en el valle de Copiapó, en la Serena.

Castañeda, Francisco de

Trujillo (Cáceres)

Llegó a Perú con Almagro por lo que no estuvo en la celada de Cajamarca pero sí en la fundación de Jauja y en la entrada a Cusco. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año entregó a Hernando Pizarro 350 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 20 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 156.220 maravedís y plata apreciada en 32 marcos y 4 onzas. A primeros de agosto de 1535, estando en Cusco, vendió tres esmeraldas a Juan Rodríguez de Villalobos, por una cuantía total de 184.750 maravedís. Cuando Almagro ocupó Cusco y prendió a Hernando Pizarro, él huyó en busca de Alonso de Alvarado, pero fue alcanzado por Paulo Inca, enviado por Almagro, y lo decapitaron.

Castañeda, fray Sebastián de O. de M.

Trujillo (Cáceres)

Era pariente de Francisco Pizarro y llegó al Perú en 1534, fundando ese mismo años el convento de la Merced de Cusco.

Castaño, Pedro

 

En julio de 1534 estaba en Jauja cuando registró una partida considerable de oro cuyo quinto ascendió a más de seis millones de maravedís.

Castilla, Baltasar de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Castilla, Diego de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Nuestra Señora de la Paz y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Castillo, Diego del

Lerín (Navarra)

En 1535 era vecino del Cusco y criado del capitán Pedro de Candía, cuando entregó a Hernando Pizarro 200 pesos de oro, supuestamente para el servicio del Emperador. Defendió la ciudad del cerco de Maco Cápac. Luego estuvo con La Gasca en la batalla de Jaquijahuana, obteniendo en recompensa un repartimiento con una renta de 1.000 pesos de oro anual. En 1555 estaba en Sevilla, pero debió regresar a Cali, ciudad en la que vivió los últimos lustros de su vida. Su nombre aparece en una junta de dicho concejo del 1 de abril de 1558.

Castillo, Gonzalo del

Lebrija (Sevilla)

Hijo de Hernando del Castillo y de Isabel Sánchez. Pasó a Panamá con su progenitor, que fue escribano de aquella ciudad. Caballero, participó como tal en el reparto del botín de Cajamarca. Estuvo junto a Belalcázar y murió prematuramente en Perú antes de 1536.

Castillo, Hernando del

 

Testigo en la probanza que hizo Juan Rodríguez Barragán, en Lima, en diciembre de 1542.

Castro, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Castro, Antonio de

Valladolid

El 7 de agosto de 1566, su madre, María Daza, viuda de Antonio de Castro, declaró que su hijo Antonio de Castro había fallecido en la ciudad de Arequipa.

Castro, Nuño de

 

Testigo de la sentencia dada por Vaca de Castro contra los almagristas el 16 de septiembre de 1542 y en la batalla de Chupas.

Castro, Pedro de

 

Participó en la tercera jornada de Francisco Pizarro, pero no estuvo en Cajamarca porque se quedó de guarnición en San Miguel de Tangarara. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro, en su nombre y en el de socio Cristóbal Pérez, supuestamente para el servicio del Emperador. Luchó en el bando pizarrista en la contienda de las Salinas. También estuvo en la batalla de Chupas como capitán de arcabuceros.

Castroverde

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Catalán, Luis

 

El 14 de mayo de 1533 Alonso de Collantes fundió en Cajamarca cierto oro en su nombre.

Catalán, Pedro

Cataluña

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Murió en Lima en torno a 1536.

Catano o Cataneo, Pedro

Sevilla

Oriundo de Génova, pertenecía a una familia asentada desde el siglo XV en Sevilla. Había nacido en Sevilla en 1512, pasando en 1526 o 1527 a La Española primero y luego a Castilla del Oro. Luego entró al servicio de su paisano Hernán Ponce de León y de Hernando de Soto, pasando con ellos a la conquista del incario. Tomó parte como caballero en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. En 1534 regresó a la Península con cierta fortuna, pero le fue confiscado por el Emperador. Por dicho motivo, en marzo de 1535, solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital.

Cazalla, Sebastián de

Llerena (Badajoz)

Estuvo en Panamá y de ahí pasó a Arequipa, donde residía en 1545. Estuvo en el bando Real tanto en la batalla de Huarina como en la de Jaquijahuana. En 1566 era alcalde ordinario de Cusco, falleciendo en torno a 1571.

Cebico, Nuño

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Centeno, Diego

Ciudad Rodrigo (Salamanca)

No llegó al Perú hasta 1536, una vez acabada la primera fase de la conquista. En 1538 lucho en el bando pizarrista, como hombre de a caballo, en la batalla de las Salinas. Estuvo en la pacificación de los Chunchos y en la fundación de la villa de la Plata. También tomó parte, junto al licenciado Vaca de Castro, en la batalla de Chupas. Posteriormente, tuvo una participación decisiva en la ofensiva de La Gasca sobre Gonzalo Pizarro, especialmente en la batalla de Jaquijahuana. En recompensa por sus esfuerzos se le concedió la gobernación de Paraguay, que él no aceptó porque prefería explotar su mina en Potosí. Pero tuvo la mala fortuna de enfermar y morir el 9 de julio de 1549, con 33 años de edad. Dejó como herederos a su madre y a sus dos hijos mestizos, Gaspar y María Centeno.

Cepeda, Diego de

Tordesillas (Valladolid)

Había sido oidor de las islas Canarias y fue nombrado en 1542 oidor de la audiencia del Perú.

Cermeño, Cristóbal

 

Llegó con posterioridad a la celada de Cajamarca, estando sin embargo en la fundación de Jauja y en la entrada a Cusco. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en esta última ciudad. Entre el 9 y el 19 de julio de 1535 fundió en Cusco oro procedente de rescates y minas por valor de 1.002.910 maravedís, así como 451 marcos y 7 onzas de plata. A principios de agosto de 1535 registró una esmeralda que se valoró en 33.750 maravedís.

Cermeño, Pedro

 

El 24 de septiembre de 1537 fue testigo en el otorgamiento en Lima de un poder por parte del gobernador y del mariscal. Pizarrista, recibió un buen repartimiento de indios tras la derrota de los almagristas

Cerón, Antonio

 

En 1551 era escribano de número de la ciudad de Arequipa.

Cerón, Francisco

Sevilla

Presente en el palacio del marqués cuando éste fue asesinado. Posteriormente luchó en el bando Real en las guerras civiles, tomando parte en la batalla de Jaquijahuana. En octubre de 1556 se encontraba en Sevilla, probablemente su ciudad natal.

Cerón, Gonzalo

 

Luchó en la defensa del cerco de Cusco. Posteriormente se avecindó en San Juan de la Frontera, Huamanga, y el 7 de marzo de 1539 se le concedió en encomienda el curaca que hasta ese momento había disfrutado Juan de Berrío. Luchó contra Gonzalo Pizarro, tomando parte en las batallas de Huarina y Jaquijahuana.

Cerrada, Antón de

Badajoz

El 24 de noviembre de 1541 se le concedió escudo de armas en atención a los servicios prestados con el adelantado Diego de Almagro en Perú y Chile.

Cervantes, Melchor de

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro.

Cervera, Francisco

Trujillo (Cáceres)

Llegó en 1535, reclutado por Hernando Pizarro. Participó en las guerras civiles en el bando pizarrista.

Chacón, Andrés

 

Soldado en la primera expedición del Levante.

Chacón, Hernando (alférez)

Cáceres

Había luchado en el bando del virrey Blasco Núñez de Vela. En 1549 estaba en Lima cuando fue testigo en un proceso.

Chávez, Alonso de

 

A mediados de 1535 acompañó al capitán Alonso de Alvarado a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas. En 1538 era alcalde ordinario de la ciudad de San Juan de la Frontera en Chachapoyas, mientras que en 1541 fue designado regidor del mismo cabildo.

Chávez, Diego de

 

Conquistador, ha pasado a la historia por ser el marido de María de Escobar, introductora del trigo en el Perú.

Chávez, Francisco de

Trujillo (Cáceres)

Había nacido en Trujillo (Cáceres) en1484 y pertenecía, probablemente, a la misma familia de Martín de Chávez, maestre de campo de Gonzalo Pizarro en la guerra de Navarra y su albacea testamentario. No es seguro que se trate del Francisco de Chávez que recibió una vecindad en La Española el 10 de marzo de 1508. En 1519 se encontraba en la isla de Cuba. En 1520 marchó a México, probablemente en la expedición del vallisoletano Pánfilo de Narváez. Como tantos otros que llegaron con Narváez, se pasó al bando de Hernán Cortés, participando en la conquista de Tenochtitlán. En 1523 pasó a la conquista de Guatemala, donde terminó estableciéndose. En 1524 decía ser vecino de la localidad guatemalteca de Santiago. Poco después participó, junto a Diego de Mazariegos, en la fundación de Villarreal de Chiapas, siendo nombrado poco después regidor de dicho concejo. Pero, como tantos otros inquietos conquistadores, no se conformó con lo obtenido. Estando en Panamá, su paisano Francisco Pizarro lo convenció para que se enrolase en su hueste. Y así lo hizo, estando presente en la campaña de Cajamarca. Tenía el rango de capitán, había pasado al Perú en compañía de su mujer Antonia de Escobar y de su hijo Pedro de Chávez. Según Publio Hurtado, fue de los pocos consejeros de Pizarro que se opuso a que se ajusticiase a Atahualpa, recomendando por el contrario que se remitiese a España. En 1535 se enroló con Diego de Almagro el Viejo a la conquista de Chile, esperando encontrar grandes reinos. Al regreso de la campaña se enfrentaron almagristas y pizarristas por la posesión del Cusco. Chávez luchó el 26 de abril de 1538 en la famosa batalla de Salinas en las que los almagristas fueron derrotados. Sus bienes fueron confiscados. Ajusticiados los cabecillas, el grueso de las tropas almagristas fue indultada. Su paisano Francisco Pizarro volvió a confiar en él y lo envió a someter las provincias de Huaraz y Huaylas, pero fue derrotado. Los jefes indígenas, el Inca Tita Atando y el general Quizquiz, lo liberaron cuando supieron el esfuerzo que había hecho para evitar que Atahualpa fuese ajusticiado. Posteriormente, fue enviado a socorrer a Gonzalo Pizarro, luchando contra la belicosidad de los indios de Huánuco. Cuentan las crónicas que actuó de forma extremadamente cruel. Al parecer, un indio mató al español a quien servía y él lo persiguió hasta la sierra. En represalia, viendo que no lo podía alcanzar, juntó a 600 niños y niñas de corta edad y los ajustició. En 1536 recibió en encomienda los curacas Lurigancho y Chuquitanta y dos años después el curaca Xaquixa que había disfrutado Hernán Ponce de León. En 1539, teniente de gobernador en Lima. En el testamento de Francisco Pizarro, otorgado en Chivicapa, el 22 de junio 1539, éste lo nombró como uno de sus albaceas. El 26 de junio de 1541, estando almorzando con el Adelantado Francisco Pizarro, entraron en palacio Diego de Almagro el Joven y los suyos. Chávez intentó mediar pero fue acuchillado, muriendo en dicho asalto. Tenía en ese momento 57 años de edad.

Chávez, Francisco de

Trujillo (Cáceres)

Este homónimo era deudo del anterior, aunque militante en el bando almagrista. Según el Inca Garcilaso, estuvo al mando de una de las dos escuadrillas de caballería que dispuso Rodrigo Orgóñez en la batalla de las Salinas (1538). Después del asesinato del marqués fue nombrado capitán, sin embargo murió en la segunda mitad de 1541, ejecutado por conspirar contra Juan de Rada.

Chávez, Francisco de

Trujillo (Cáceres)

Ostentó el rango de capitán y era hijo de Diego de Chávez y de Pascuala González. Viajó al Perú, afincándose en la ciudad de Arequipa. Permaneció toda su vida en dicha ciudad, donde testó el 7 de diciembre de 1568, fundando una capellanía, con un altar a la Inmaculada en la iglesia de San Martín de su ciudad natal. Debió fallecer en 1574, pues, al año siguiente llegaron 2.000 pesos de oro para el cumplimiento de dicha manda.

Chávez, Gómez

 

El 20 de enero de 1543 firmó como escribano público y del concejo, la carta que el cabildo de Cusco envió a su Majestad.

Chávez, Nuño de

Trujillo (Cáceres)

En noviembre de 1537 tuvo una disputa con un tal Montenegro en la que ayudado por su primo Rodrigo de Chávez acabó acuchillado y decapitado. El gobernador simplemente los obligó a abandonar el real y marcharse a Lima. Luchó al lado de Gonzalo Pizarro en las Guerras Civiles del Perú. Pese a la desbandada generalizada en Jaquijahuana, él permaneció al lado de su paisano. Salvó su vida, pero fue desterrado a Nueva España.

Chávez, Rodrigo de

Ciudad Rodrigo (Salamanca)

De ascendencia noble, fue uno de los soldados que volvió a Panamá desde la isla del Gallo con Juan Tafur. Participó en la tercera expedición como caballero, estando presente en el reparto del botín de Cajamarca y en la expedición comandada por Hernando Pizarro al templo de Pachacamac. El 20 de junio de 1533 estaba en Cajamarca cuando fundió cierto oro en nombre de Juan Gutiérrez. En una carta escrita al Emperador, fechada el 5 de agosto de 1533, acusó a Pizarro de haber envenenado a la plana mayor de Atahualpa y de haber asesinado a éste sin causa justa. El 20 de junio de 1534 estaba en Jauja cuando registró treinta y tres esmeraldas y otras piedras preciosas. El 13 de noviembre de 1537 acudió al encuentro de Mala junto a Francisco Pizarro. En 1538 o 1539, tras una disputa asesinó a Francisco de Montenegro, sin que fuese castigado por el gobernador, pese a haber sido testigo presencial. Regresó a su villa natal, siendo regidor de su cabildo.

Chávez, Rodrigo

¿Trujillo?

Según Alonso Borregán, el 13 de noviembre de 1537 estaban con el gobernador en Mala dos hombres llamados Rodrigo de Chávez, uno de ellos su primo. Poco después, colaboró con su primo Nuño de Chávez en una disputa con un tal Montenegro que acabó con el asesinato de este último. El gobernador simplemente los obligó a abandonar el real y marcharse a Lima.

Chico, Juan

Sevilla

Sevillano, hijo del barbero Antón Chico y de Inés Hernández. En abril de 1531, estando en Coaque, recibió una esclava que se tasó en cinco pesos de oro. Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. En 1536 murió a manos de los indígenas. No tuvo hijos, pues el 19 de octubre de 1537, su hermana, Catalina Martín, desposada con el labrador sevillano Pedro Muñoz, otorgó poderes para cobrar la herencia su herencia.

Chinchilla, Alonso de

 

Diego de Almagro, declaró en su codicilo de 1538 que le debía ciertos pesos de oro.

Cid, Capitán

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro.

Cira, Juan de

 

Murió en la batalla de Huarina.

Cisneros, Antón o Antonio de

 

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 14 y el 21 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 158.145 maravedís y plata apreciada en 505 marcos. En 1536 figuraba como mayordomo del marqués en Cusco, cuando Diego de Almagro la ocupó y le arrebató algunas piezas de oro y plata que pertenecían al trujillano.

Clavo, Diego

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Clemente, Juan

 

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 350 pesos de oro en su nombre y en el de su socio Beltrán del Conde, supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 13 y el 20 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 198.195 maravedís, así como plata apreciada en 50 marcos. Estaba en la capital incaica cuando fue asediada por los hombres de Manco Cápac.

Collado, Alonso

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Collantes, Alonso de

 

El 14 de mayo de 1533 estaba en Cajamarca fundiendo cierto oro en nombre de Luis Catalán.

Conde, Beltrán del

 

El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. Por aquellas mismas fechas aparece como vecino de Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 350 pesos de oro, en su nombre y en el de su socio Juan Clemente, supuestamente para el servicio del Emperador. Luchó a caballo en la defesa de Cusco frente al alzado Manco Cápac.

Contreras, Baltasar de

Talavera de la Reina (Toledo)

En abril de 1531 estaba en Coaque cuando quintó dos marcos y medio de plata que se apreciaron en cinco pesos de oro. En agosto de ese año recibió dos indias viejas que se apreciaron en cinco pesos de oro las dos. Se le repartió su parte en Cajamarca pero era ya por entonces difunto.

Contreras, Diego

Triana (Sevilla)

En 1548 fue ahorcado por haberle vendido pólvora a Gonzalo Pizarro.

Contreras, García de

 

El 5 de marzo de 1535 fue designado regidor del cabildo de Trujillo (Perú).

Contreras, Pedro de

 

En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en 2,5 pesos de oro.

Corbera, Alonso de

¿Valladolid?

Había vivido en Cartagena de Indias, pues tenía allí propiedades que reclamaban sus herederos. Estaba en Lima cuando fue degollado por los hombres de Diego de Almagro el Mozo. En 1543, los tutores legales de su hija Antonia, residente en Valladolid, reclamaban su herencia.

Cordero, Rodrigo

 

Teniente de alguacil mayor de Lima en 1546.

Coria, Nuño de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Cornejo

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

Cornejo y Castañeda, Miguel

Salamanca

Pasó a Nicaragua con su tío Andrés de Cereceda, y luego marchó al Perú en la hueste de Hernando de Soto. Presente en el reparto del botín de Cajamarca, pues participó como hombre de a pie. En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. En 1535 fue uno de los hombres de a caballo que defendió la ciudad de Cusco. Llegó a ser maestre de campo y murió en Arequipa en 1544.

Coronado, Francisco

Badajoz

Uno de los que participaron en la conspiración almagrista que acabó con el asesinato del marqués, aunque no entró en su palacio. Sobrevivió a la batalla de Chupas pero fue ejecutado allí mismo por Vaca de Castro.

Cortés, Juan

Trujillo (Cáceres)

Hidalgo trujillano que pasó a las Indias, en 1530, como escudero de su paisano Hernando Pizarro. En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió un indio que se tasó en cinco pesos de oro. Tomó parte en el reparto del botín de Cajamarca. En 1534 regresó a España junto a Hernando Pizarro con 9.430 pesos de oro y 362 marcos de plata. Fue regidor del cabildo de Trujillo y apoderado de los hermanos Pizarro. Como albacea testamentario de Juan Pizarro dio poder en Trujillo, el 19 de marzo de 1551 a Juan de Uribe para que cobre en Sevilla 29.000 ducados que el finado envió a España y fueron secuestrados en Sevilla. En los últimos años de su vida alcanzó el cargo de regidor del cabildo de Trujillo.

Cortesía, Cristóbal

 

Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas.

Corzo, Hernando

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco.

Costilla, Gerónimo de

 

Fue uno de los almagristas que en 1537 entró en Cusco, prendiendo a los Hernando Pizarro. Fue de los que se opuso a su ejecución. Luego debió cambiar de bando, pues luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Cote, Martín

 

En 1537 fue uno de los almagristas que iba en la vanguardia cuando entraron en Cusco. Tras la batalla de Chupas fue apresado por el capitán Diego de Rojas en Huamanga, quien los remitió al licenciado de la Gama quien lo encausó y ahorcó.

Coto, Juan de

 

Criado del gobernador que el 14 de mayo de 1533 estaba en Cajamarca fundiendo oro en nombre de su señor, de Francisco Martín y de Rodrigo de Mazuelos. El 2 de junio de ese mismo año volvió a fundir oro en Cajamarca, pero en esta ocasión era suyo.

Crespo, Hernán

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 4 de agosto de ese año aparecía como vecino de esa misma ciudad.

Crespo, Juan

 

El 22 de enero de 1540, recibió una encomienda en la provincia de Condesuyo.

Cruz, fray Francisco de la O.F.M.

 

En enero de 1535 fue uno de los fundadores del convento de Lima. Tras huir declaró erróneamente que los españoles en Lima habían sido asesinados por los indios. Por dichas declaraciones fue deportado a Panamá por Francisco Pizarro.

Cruz, fray Pablo de la O.P.

 

Viajó desde Sevilla junto a Francisco Pizarro en 1529.

Cuadra

 

Criado de Diego Méndez, su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

Cuadrado, Antón

 

Pasó a Tierra Firme probablemente en la armada de Pedrarias Dávila. Estuvo en la primera y en la segunda jornada del trujillano. Estuvo en la isla del Gallo pero fue de los que no cruzó la línea. Pero volvió al Perú en 1534 como jinete de Pedro de Alvarado, participando en la conquista de la villa de Puerto Viejo. El 5 de marzo de 1535 se le concedieron la mitad de los indios de Huambacho que en 1561 rentaban más de 1.000 pesos de oro anuales.

Cuadrado, Gonzalo

Zafra (Badajoz)

En los años treinta había luchado en la conquista del Perú, junto a Hernando de Soto, conquistador al que sirvió. Regresó a España con el barcarroteño para enrolarse en la expedición a la Florida. Sobrevivió y sorprendentemente el 8 de julio de 1548 profesó como fraile en el convento de San Agustín de México.

Cuéllar, Francisco de

Torrejón de Velasco, cerca de Almagro

Un baquiano, pues llevaba varios años extrayendo oro en el Darién. Fue uno de los Trece de la Fama. Sabemos por un testimonio que sabía escribir. Después se le pierde la pista, aunque probablemente fue uno de los ajusticiados por Quizquiz en Cajamarca en 15332.

Cueto, Gaspar de

 

El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco.

Cueva, Catalina de

 

Criada de Inés Muñoz, esposa de Francisco Martín de Alcántara, mantuvo una relación muy estrecha con la hija del gobernador, especialmente tras la muerte de éste. Viajó a España en su compañía en 1551, vivió con ella en la Mota, muriendo en la casa de los Pizarro de La Zarza el abril de 1576.

Dávalos Jufré, Juan

 

El 12 de febrero de 1541 fue nombrado alcalde ordinario de la ciudad de Santiago de Chile.

Dávalos de Rivera, Luis

 

En 1538 lucho en el bando pizarrista, como hombre de a caballo, en la batalla de las Salinas.

Daza, Baltasar

 

A mediados del siglo XVI vivía en Arequipa cuando Antonio Cerón le entregó 130 ducados para que los trajese a España.

Daza, capitán Diego

 

Tras fundar Santiago de Guayaquil, Sebastián de Belalcázar lo dejó al mando de la ciudad.

Delgadillo, Diego

 

En mayo de 1531 estaba en Coaque cuando compró en almoneda algunas piezas del quinto de su majestad. En agosto de ese mismo año recibió una india vieja que se tasó en 2,5 pesos de oro.

Delgado Menzón, Juan

Salamanca

Cantero de oficio, en abril de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en 2,5 pesos de oro. Luego participó como hombre de a pie en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto de su botín. En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 20 y el 21 de julio de 1535 fundió en Cusco oro por valor de 139.570 maravedís y plata apreciada en 77 marcos y 4 onzas. Murió en esa misma ciudad en 1556. Dejó cuatro hijos ilegítimos que quedaron bajo la custodia de su hermana María Delgado.

Díaz, Agustín

 

A mediados de 1535 acompañó al capitán Alonso de Alvarado a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas.

Díaz, Diego

 

A mediados de 1535 acompañó al capitán Alonso de Alvarado a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas.

Díaz, Juan (ensayador)

 

Fue muy favorecido por el marqués, ya que lo tenía de fundidor personal. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Díaz, Pedro

 

Fue regidor del primer cabildo de San Juan de la Frontera.

Díaz, Ruy

 

El 19 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescate por valor de 221.720 maravedís. Fue enviado por Diego de Almagro para pedir a Manco Cápac que retornara a la obediencia del rey de Castilla. Fue retenido por el Inca, y meses después liberado en una ofensiva encabezada por Rodrigo Orgóñez. Participó como capitán de caballería en la batalla de las Salinas, en la que perdió la vida.

Díaz Arias, Garci (bachiller)

 

Era el capellán privado de Francisco Pizarro, presente en su palacio en el momento de su asesinato. Fue obispo electo de Quito.

Díaz Bonilla, Francisco

Bonilla de la Sierra (Ávila)

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín.

Díaz de Arias, García (bachiller)

 

Tras la derrota de los almagristas, fue nombrado obispo de Quito. En 1541 se encontraba junto al marqués cuando fue asesinado.

Díaz de Carrión, Alonso (Licenciado)

Jimena, cerca de Gibraltar (Cádiz)

Llegó a Cajamarca en la hueste de Diego Almagro, por lo que no participó en dicha celada. El 6 de agosto de 1533 estaba en Cajamarca cuando fundió una pequeña cantidad de oro de su propiedad. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese año, entregó 400 pesos de oro a Hernando Pizarro, supuestamente para el servicio de Su Majestad. El 20 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 407.720 maravedís. Su casa fue saqueada tras la batalla de las Salinas. A primeros de agosto de 1535 vendió en Cusco a Hernán Ponce diez esmeraldas por un precio total de 135.000 maravedís.

Díaz de Rojas, Pedro (fundidor)

 

Estuvo en Castilla del Oro con Pedrarias Dávila. Se incorporó a la expedición pizarrista en Coaque, pero quedó de guarnición en San Miguel de Tangarara. Sin embargo, el 9 de julio estaba de 1533 estaba en Cajamarca cuando adquirió perlas por valor de 405.000 maravedís. Diego de Almagro lo condujo a Cajamarca para que fundiese el rescate del Inca. En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Poco después, concretamente el 20 de abril de 1534, se avecindó oficialmente en Jauja. Murió en Huamanga en 1570, cuando tenía 63 años de edad.

Díaz de Pineda, capitán Gonzalo

 

Escribano de profesión, levantó fe de la fundación de Quito. El 12 de enero de 1538 fue proveído por teniente de gobernador de Quito, por ausencia de Pedro de Puelles. Militó en el bando almagrista, tomando parte en el asesinato de Francisco Pizarro. El 4 de marzo de 1542 era vecino de San Francisco de Quito cuando se le concedió un escudo de armas, por su labor en la conquista de aquel territorio y en el descubrimiento del valle de la Canela.

Díaz Hidalgo, Juan

 

Uno de los capitanes que estaban con Sebastián de Belalcázar en Quito.

Diente, Juan

Gibraltar

Fue uno de los conjurados en 1541 para matar al marqués. Tras la batalla de Chupas fue apresado por el capitán Diego de Rojas en Huamanga, quien los remitió al licenciado de la Gama quien lo encausó y ahorcó.

Domingo, Antón

 

Participó en la defensa de Cusco junto a Hernando Pizarro. El 14 de marzo de1539 presentó una probanza de meritos para conseguir alguna merced. El 18 de septiembre de 1550 se le concedió escudo de armas, considerando sus servicios, en la persecución de Manco Cápac cuando levantó el sitio de Cusco.

Dova, Alonso

 

El 1 de julio de 1534 estaba en Jauja cuando entró a fundir cierto oro que había rescatado en la costa cuando vino de San Miguel.

Durán, Alonso

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Durán, Andrés

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Enciso, Bartolomé de

 

Almagrista, fue uno de los que tomó parte en el asesinato de Francisco Pizarro.

Enríquez, bachiller

 

Su nombre aparece en el listado de acusados por la muerte del marqués, en agosto de 1542, aunque se cita como difunto. Fue ejecutado meses después por los propios almagristas cuando supieron que pretendía pasarse al bando de Vaca de Castro.

Enríquez, Alonso

 

El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. En 1537 era uno de los capitanes que a las órdenes de Hernando Pizarro permanecía en Cusco.

Enríquez, Álvaro

 

Pizarrista, su casa fue saqueada tras la batalla de las Salinas.

Enríquez, Andrés

 

Almagrista, murió en la batalla de las Salinas (1538).

Enríquez, Hernando

Barcarrota (Badajoz)

Apenas sabemos de él que marchó a Panamá en torno a 1535 y pocos años después se afincó como boticario en la ciudad de Cusco. Falleció en esta ciudad en torno a 1543.

Enríquez El Viejo, Juan

 

Fue testigo en una carta expedida por el marqués en el Tambo de Lunahuaná, el 19 de noviembre de 1537. Poco después, el 2 de diciembre de 1537, recibió un poder de Francisco Pizarro para que compareciese ante Diego de Almagro. En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado.

Enríquez de Guzmán, Alonso

Sevilla

Nació en Sevilla en 1499, en el seno de una familia de gran abolengo. Eran descendientes del rey Enrique II de Castilla y estaba emparentado con las casas de Medina- Sidonia y de Niebla. Sin embargo, su rama familiar se había empobrecido. Su vida fue muy azarosa y casi de novela. Durante años estuvo en Europa, participando en las guerras de Italia. En 1520, cuando contaba con 21 años de edad, se embarcó en Sicilia en la armada de Hugo de Moncada que atacó exitosamente la plaza de los Gelves. En 1523 luchó contra los rebeldes de las Germanías en Mallorca, enrolado en la tropa del Emperador. Posteriormente, se dedicó a viajar por Europa, pasando no pocas penurias. Él mismo relató que, estando en la ciudad de Colonia, tuvo tanta necesidad que se hizo pasar por judío para obtener la ayuda de sus supuestos correligionarios. De regreso en Castilla, Carlos V lo nombró contino o criado de su casa. Sin embargo, tuvo problemas con el Conde de Nassau y acabó preso por cuatro años en el presidio de Melilla. Después de cumplir su pena, fue rehabilitado como contino y se le nombró además gobernador de Mallorca. En 1534 decidió pasar a las Indias, cuando contaba con 35 años de edad. Al año siguiente lo encontramos en el Perú, con tan mala suerte que coincidió con el enfrentamiento entre almagristas y pizarristas. Tomó parte en el bando de los primeros, convirtiéndose en uno de los hombres de confianza de Diego de Almagro. Precisamente, éste lo envió a negociar con Alvarado y fue apresado y encadenado. En 1538, los almagristas fueron derrotados en la batalla de las Salinas, siendo condenado y encarcelado. En el codicilo del mariscal, dictado el día de su ejecución, es decir, el 8 de julio de 1538, lo designó como uno de sus albaceas. Consiguió en última instancia eludir la pena máxima, a cambio de su destierro a España. En 1540 se encontraba de nuevo en la Península, litigando por su libertad. Procedió judicialmente contra Hernando Pizarro, acusándolo del asesinato de Diego de Almagro y de haber provocado la rebelión de Manco Cápac. Pidió una indemnización de 126.000 ducados por haberle robado su hacienda, y 500.000 pesos para Diego de Almagro el Mozo. En enero de 1542 estaba en España cuando declaró contra Hernando Pizarro. A diferencia de Hernando Pizarro, que estuvo confinado casi toda su vida en el castillo de la Mota, Alonso Enríquez obtuvo en breve tiempo su libertad. Se destacó por la defensa de la memoria de Diego de Almagro, llegando a dedicarle baladas en octosílabos que se hicieron muy populares. Escribió una crónica de su vida y de sus vivencias que es considerada por muchos como una destacada novela picaresca. La tituló: Libro de la vida y costumbre de don Alonso Enríquez, caballero noble y desbaratado. Su manuscrito original se conserva en la Biblioteca Nacional y fue publicado por primera vez en 1862. Años después, se publicó en el Tomo 85 de la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España. En 1546 manifestaba estar enfermo, y al año siguiente lo encontramos en Alemania, buscando entrevistarse con el Emperador, fecha en la que se pierde toda pista sobre él, posiblemente porque falleció.

Enríquez de Guzmán. Luis

Sevilla

Hermano del anterior, se embarcó con él a las Indias en 1534, llegando al Perú al año siguiente. Probablemente se encontró en el cerco de Cusco por los hombres de Manco Cápac. No se sabe más, aunque probablemente regresó a su ciudad natal.

Enríquez de Herrera, Hernando

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Escacena, Martín de

Niebla (Huelva)

Llegó a Cusco después de la toma de Cajamarca, aunque probablemente estuvo en laa fundación de Jauja y en la entrada en Cusco. Luchó a caballo en la defensa del cerco de Cusco por Manco Cápac. Se afincó en Huamanga con tan mala fortuna que en una incursión de los hombres del Inca lo asesinaron, en torno a 1542. En la probanza de méritos de Gerónimo de Guevara se le cita como muerto en combate con los indios de Manco Cápac.

Escalante, Diego de

 

Figura como escribano público y del cabildo de Cusco al menos entre 1539 y 1542. Signo el proceso que levantó Vaca de Castro contra los almagristas por la muerte del marqués.

Escalante, Juan de

Escalante (Burgos)

Nacido en 1491, era carpintero de profesión. Llegó como soldado en la armada de Pedrarias de 1514, permaneciendo en Panamá. Participó en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín, en calidad de hombre de a pie. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja y luego estuvo presente en la entrada en Cusco y en la fundación de Lima. Tuvo un repartimiento de indios en esta última ciudad, pero en 1538 retornó a España. El último dato que se tiene de él es que en 1540 vivía en Cartagena (Murcia).

Escobar, Diego de

 

Llegó al Perú en 1534 y formó parte de la hueste de Sebastián de Belalcázar en la conquista de la región de Quito. Estuvo presente en la fundación de Guayaquil. En 1536 acudió al socorro de Lima, cercado por los naturales. Pasó gran parte de su vida en Lima, donde aún vivía en 1580.

Escobar, Juan de

 

Llegó a Castilla del Oro en la gran flota de Pedrarias Dávila de 1514. Estuvo presente en las tres jornadas descubridoras del Perú. Fue de los que no permanecieron en la isla del Gallo lo que no fue óbice para que volviese al Perú, como soldado, en la tercera expedición, quedándose de guarnición en San Miguel de Tangarara. Estaba en España en enero de 1534 cuando gestionó su pasaje de regreso en la nao San Juan. Luego figuró entre los almagristas derrotados en la batalla de las Salinas.

Escobar, María de

Trujillo (Cáceres)

Zarpó de Sevilla en enero de 1530 junto al ya gobernador de Nueva Castilla. Se casó en primeras nupcias con Martín Estete y en segundas con el también trujillano Francisco de Chaves. Vivió en Jauja primero después en Lima, y tras el asesinato de su marido pasó temporalmente a Cusco, aunque poco después regresó a Lima. Según Garcilaso de la Vega fue la primera persona que cultivó trigo en Perú, aunque bien es cierto que el padre Cobo atribuye tal logro a Inés Muñoz, la cuñada del gobernador.

Escobedo, Juan de

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Escudero, Diego

 

Llegó a Panamá procedente de Nicaragua en el barco de Bartolomé Ruiz. Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Falleció en 1533, quizás de muerte natural.

Espinal, Manuel de

 

Almagrista, desde 1537 desempeñaba el cargo de tesorero de su Majestad. El 25 de octubre de 1537 fue uno de los representantes de Diego de Almagro que pactaron con Francisco Pizarro la mediación del fray Francisco de Bobadilla. En el codicilo de Diego de Almagro, del 8 de julio de 1538 manifestó deberle ciertos pesos de oro. Luego uso luto por la muerte de la emperatriz y recibió ciertas recriminaciones de los pizarristas. El 13 de octubre de 1541, siendo vecino de Lima, figuró como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. Fue ejecutado por los gonzalistas en Cusco por haberse posicionado con el bando Real.

Espinosa, Cristóbal de

 

El 19 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescate por valor de 142.325 maravedís.

Espinosa, Gaspar de (licenciado)

 

Había llegado a Tierra Firme con Pedrarias Dávila a quien le unió siempre una gran amistad. No en vano, ambos compartían un origen converso. Encabezó numerosas expediciones de saqueo por Tierra Firme, en algunas de las cuales participó Francisco Pizarro. En 1537 el gobernador lo envió, junto con Fuenmayor, a entrevistarse con Diego de Almagro, con el objetivo de que entrase en razón y viniese de paz. Sin embargo, fue en vano porque insistía en incluir en Cusco su gobernación. Según Borregán, pocas semanas después enfermo de enojo, murió de enfermedad.

Espinosa, Juan de

 

Era hijo del anterior, el 28 de agosto de 1534 estuvo presente en la fundación de la villa de San Francisco de Quito, ostentando el cargo de alcalde mayor. Posteriormente, desempeñó el cargo de escribano del cabildo de Huamanga. En Lima, el 20 de enero de 1535, firmó a ruego de Almagro, una carta de poder, que evidencia las buenas relaciones entre ambos. Fue él quien trajo a Juan de Rada su nombramiento como gobernador de Nueva Toledo. El 20 de En 1538, Diego de Almagro lo cita como su criado. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Nuestra Señora de la Paz y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Espinosa, Pedro Antonio de

 

El 9 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco plata por valor de 55 marcos. Debió morir pocos días después, pues el 20 de julio de 1535 Juan de Valdivieso fundió en su nombre, oro de rescates valorado en 38.965 maravedís.

Estete, Martín

 

Participó como capitán en la conquista del incario, aunque no estuvo en la celada de Cajamarca ni en el reparto de su botín; en 1535 era teniente de gobernador en la villa de Trujillo, y poseía una estimable encomienda. Sin embargo debió morir poco después, pues en 1536 su mujer, María de Escobar, se declaraba viuda.

Estete, Miguel

Santo Domingo de la Calzada (La Rioja)

Escribano, secretario y hombre de a caballo, estuvo presente en la celada de Cajamarca.

Según el Inca Garcilaso fue el que hirió accidentalmente en la mano al gobernador, al tiempo que arrebató la mascapaicha a Atahualpa. Un atuendo real que según el mismo cronista restituyó al inca Sayri Túpac en 1557. Participó en una expedición comandada por Hernando Pizarro al templo de Pachacamac. Participó, asimismo, en el reparto del botín de Cajamarca. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, registrando dos meses después varias esmeraldas que adquirió en almoneda por valor de 31.500 maravedís. Poco después decidió regresar, estableciendo su residencia en Valladolid y escribiendo una crónica de sus vivencias en el Perú.

Estete de Santo Domingo, Miguel

Santo Domingo de la Calzada (La Rioja)

Lockhart lo llama el pariente pobre del cronista, aunque a juzgar por su testamento, disfrutó de buenas rentas y llevó una vida holgada. Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y estuvo presente en el reparto del botín. A diferencia del ilustre cronista, el Estete pobre se quedó en el Perú, viviendo en Huamanga toda su vida. Se desposó con Mencía Fernández y tuvo al menos tres hijos: Lorenzo, Francisco y Martín Estete. Por cierto que en 1554, siendo los tres vástagos menores de catorce años, los envió a su hermano Martín Estete, en Santo Domingo de la Calzada, junto a 3.806 ducados en barras de plata, para que se encargase de su curaduría. Pese a que redactó su testamento el 24 de septiembre de 1548, todavía vivía en Huamanga en 1561.

Esturiano o Asturiano, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Feria, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Farfán de los Godos, Gonzalo

Asturias

Soldado en la primera expedición al Levante. Volvió a Panamá desde la isla del Gallo con Juan Tafur. Luego se reincorporó en Coaque, siendo uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara y alcalde ordinario en 1531. El 19 de julio de 1540 seguía avecindado en esta ciudad, cuando recibió un escudo de armas por sus servicios en el poblamiento de Panamá y en la conquista de Nueva Castilla.

Feria, Alonso de la

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Fernández, Juan (piloto)

 

Fue designado como piloto de una embarcación para devolver a la gobernación de Guatemala a Pedro de Alvarado.

Fernández, Juan

 

Testigo en una carta de poder otorgada por Diego Velázquez, mayordomo de Hernando Pizarro, en Arequipa, el 17 de noviembre de 1552.

Fernández Alderete, Juan

 

El 12 de febrero de 1541 fue nombrado regidor de la ciudad de Santiago de Chile.

Fernández de Angulo, Juan

 

Trompeta, entre abril y agosto de 1531, estando en Coaque, recibió dos esclavas indias que se tasaron en total en 10 pesos de oro. En 1537 fue uno de los almagristas que iba en la vanguardia cuando entraron en Cusco. Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas. Tras la batalla de las Salinas fue apresado y, posteriormente liberado.

Fernández de Silva, Juan

 

Almagrista, murió en la batalla de las Salinas (1538).

Fernández de Trujillo, Lorenzo

Trujillo (Cáceres)

Amigo y soldado del marqués, fue herido en el asalto de los almagristas. Luego luchó junto a Vaca de Castro en la batalla de Chupas. En 1543 residía en la ciudad de Cusco.

Figueredo, Ruy de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Figueroa

 

Almagrista muerto en las semanas posteriores a la batalla de las Salinas (1538). Sufrió escarnio público, pues Diego de Gumiel, criado del marqués, le peló las barbas.

Figueroa, Cristóbal de (escribano)

 

El 5 de junio de 1537, en la ciudad de Lima, Francisco Pizarro protocolizó ante él su testamento, como escribano que era de la Ciudad de los Reyes.

Figueroa, Juan de

 

En 1538, tras la batalla de las Salinas fue enviado junto a otros capitanes a la conquista de la región del Collao y de Charcas. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas.

Florencia, Martín de

Barbastro (Aragón)

Ballestero primero y luego artillero, participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Se avecindó en Cusco en 1534 donde llegó a ser un rico encomendero. El 4 de agosto de ese año aparecía como vecino de esa misma ciudad. En ese año entregó 2.000 pesos de oro a Hernando Pizarro, supuestamente para el servicio de Su Majestad. Entre el l 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 459.540 maravedís y plata apreciada en 346 marcos y 7 onzas. El 28 de octubre de 1543, seguía en Cusco, cuando recibió un escudo de armas, pero lo disfrutó poco porque al año siguiente fue ahorcado por los pizarristas.

Flores, Juan

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro, en su nombre y en el de su socio Gonzalo Martín, supuestamente para el servicio del Emperador. El 18 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 379.665 maravedís y plata que se apreció en 170 marcos. Poco después, en ese mismo año, acompañó a un grupo de españoles a la toma de un peñón que estaba en manos de los indios rebeldes. El 20 de mayo de 1536 fue testigo en el otorgamiento del codicilo de Juan Pizarro en Cusco. El 14 de marzo de 1539 figuró como testigo en la probanza presentada en Cusco por Antón Domingo.

Franco, Esteban

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Franco, Neri

Florentino

Pertenecía a una familia de mercaderes florentinos. Se llamaba Nery Franceschi, aunque castellanizaba su firma como Neri Franco o Francisqui. Entre el 18 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 481.375 maravedís y plata apreciada en 955 marcos. A primeros de agosto de ese mismo año registró en Cusco dos esmeraldas, valoradas en 135.000 maravedís. En 1536 vino a España con un buen cargamento de esmeraldas. El navío aportó a Setúbal y los funcionarios lusos le quitaron 48 esmeraldas y una turquesa en concepto de diezmo al rey de Portugal. Lo cierto es que si esa cantidad era el diezmo debía llevar una gran cantidad de esmeraldas y algunas turquesas.

Frías

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Fuente, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Fuente, Francisco de la

 

Militó en el bando almagrista y estuvo entre los acusados en el proceso iniciado por Vaca de Castro en agosto de 1542.

Fuentes, Esteban

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Fuentes, Francisco de

¿Sevilla?

Caballero, llegó con Gil González Dávila al Darién en 1520. Cuando se enroló en la conquista del Perú era un baquiano. Estuvo presente en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Al parecer, fue de los soldados que más se opusieron al ajusticiamiento del Inca. En 1535 estaba en Cusco durante el asedio de los hombres de Manco Cápac. A mediados de 1535 acompañó al capitán Alonso de Alvarado a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas. Se estableció en Trujillo con una buena encomienda y ostentando diversos cargos de su cabildo. A finales de 1537 le encargó el gobernador la custodia del quinto real de los de Chile que estaba depositado en el valle de Chincha. Desposado con una hija de Gaspar de Espinosa, Bárbola de Espinosa, tuvo tres hijos, Francisco, Francisca y Juana de Fuentes, dejando amplia descendencia en el Perú. Probablemente fue el Fuentes, criado de Pizarro, que atravesó el corazón de Rodrigo Orgóñez con su daga, después de rendirse éste. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Trujillo y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. Murió con 53 años en 1560.

Fuentes, Gonzalo de

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Fuentes, Pedro de

 

Entre el 16 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 106.920 maravedís y plata apreciada en 15 marcos. El 22 de enero de 1540 recibió una encomienda en la provincia de Condesuyo.

Gabriel Félix

Sevilla

De origen sevillano era de oficio contador. Se enroló en la tercera eexpedición, tomando parte como hombre de a caballo en la celada de Cajamarca ye en el posterior reparto de su botín. El 19 de mayo de 1533 adquirió veinte esmeraldas por un importe total de 121.500 maravedís. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, pero poco después decidió retornar a su ciudad natal. En 1535 estaba en Sevilla, donde aún vivía en 1541.

Gaete, Baltasar de

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro. Al año siguiente, fue enviado a Cusco al frente de una expedición para socorrer a los sitiados pero lo interceptaron los nativos y lo mataron.

Gaitán, Francisco

 

Presente en el palacio del marqués cuando éste fue asesinado.

Galán, fray Juan

 

A finales de 1539 fue testigo en una probanza de Rodrigo de Herrera y declaró ser vecino de Cusco y tener más de 40 años por lo que había nacido en torno a 1498 o 1499. Llegó al Perú después de la conquista.

Galdo, Diego de

Sevilla

Nacido en 1518 lo encontramos por primera vez en la defensa del cerco de Lima en 1536. Cuando el marqués fue asesinado se encontraba en la pacificación del valle de Chincha. Se sumó al bando Real, luchando contra los almagrista en la batalla de Chupas. Varias décadas después volvió a Sevilla, donde se encontraba en 1558, pero no sabemos si regresó a Perú.

Gallego, Bernal

 

El 19 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescate por valor de 64.350 maravedís.

Gallego, Cristóbal

Sevilla

Caballero, participó como tal en el reparto de la plata de Cajamarca, aunque no estuvo en el del oro. El 19 de mayo de 1533 compró dos esmeraldas por 51.750 maravedís. El 6 de febrero de 1535 estaba de regreso en Sevilla, cuando recibió un escudo de armas. En 1554 todavía vivía en la capital hispalense.

Gallego, Esteban

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Gallego, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Gallegos, Francisco

Andaluz

Participó como hombre de a pie en el desembarco de Túmbez, en la fundación de San Miguel y en la campaña de Cajamarca, así como en el posterior reparto del botín. Después se halló presente en la toma de Cusco, avecindándose oficialmente en dicha ciudad el 23 de marzo de 1534. El 4 de agosto de ese mismo año vuelve a figurar en un documento como vecino de esa misma ciudad.

Gálvez, Diego de

 

Estuvo en el Perú, pero regresó a España, llegando a ser secretario en la corte.

Gama, Antonio de la (Licenciado)

 

Estaba titulado en leyes y estuvo en 1517 en Puerto Rico como juez de residencia. Luego pasó al Perú, entablando una gran amistad con Francisco Pizarro, de quien fue asesor jurídico y hombre de confianza. Fue testigo en la carta de concordia del 25 de octubre de 1537 por la que se aceptó la mediación de fray Francisco de Bobadilla, en las disputas entre Almagro y Pizarro. Estaba avecindado en Cusco donde dispuso, según el Inca Garcilaso de un buen repartimiento de indios. El 20 de enero de 1543 fue uno de los firmantes de una carta a Su Majestad. Estuvo junto a Gonzalo Pizarro en su alzamiento, pero poco antes de la derrota se cambio de bando, luchando con La Gasca en la batalla de Jaquijahuana. En 1561 era difunto.

Gama, Sebastián de la

 

Hermano del anterior, después de estar en la Española y Puerto Rico, pasó al Perú en 1533. El 14 de mayo de 1533 estuvo en Cajamarca fundiendo oro propio, por lo que pagó de quinto real 16.338 maravedís. En 1536 fue nombrado teniente de gobernador en San Miguel de Piura, puesto que desempeñó largo tiempo, aunque con algunas interrupciones.

Garay, Martín de

 

Testigo en una carta otorgada en Cusco el 29 de enero de 1540. Fue procurador del cabildo de Huamanga. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huamanga y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

García, Alonso

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

García, Antón Esteban

¿?

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín.

García, Cristóbal

 

El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja.

García, Diego (clérigo)

Trujillo (Cáceres)

Había nacido en 1513 o en 1514, pues en 1566 declaro tener 53 o 54 años. Dijo haber conocido a Francisca Pizarro en Perú en 1549, y luego mantuvo contacto con ella en España.

García, Esteban

¿?

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 29 de junio de 1533 compró perlas por valor de 21.150 maravedís. Después, debió permanecer en San Miguel de Tangarara junto a Belalcázar pues no aparece entre los hombres que entraron en Cusco.

García, Hernán

Zamora

Había luchado en el bando del virrey Blasco Núñez de Vela. En 1549 estaba en Lima cuando fue testigo en un proceso.

García de Alfaro, Diego

Moguer (Huelva)

Desde 1544 reclamaba 500 pesos de oro a los herederos de Francisco Pizarro. Tras obtener sentencia a su favor fue apelado al Consejo de Indias, presentándose ante el mismo el 17 de mayo de 1551. En 1549 estaba de regreso en su villa natal, por lo que pudo seguir el proceso desde España.

García Carrillo, Hernán

 

En mayo de 1540 fue nombrado alguacil menor de Huamanga.

García Clemente, Juan

Las Barcas de Albalá, junto a Jaraicejo (Cáceres)

Pregonero mulato, llegó en 1530 junto a los hermanos Pizarro, estando presente como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Fue pregonero en la ciudad de Cusco donde estuvo avecindado hasta su regreso a España. Lo curioso es que era analfabeto por lo que debía memorizar previamente sus pregones y luego aparentar su lectura. A finales de 1535 se embarcó rumbo a España, con una cierta cantidad de oro, afincándose en su localidad natal. En 1540 seguía vivo en su localidad natal y se estima que murió en 1545.

García Díez, Francisco (bachiller y capitán)

 

En el testamento de Francisco Pizarro, otorgado en Chivicapa, el 22 de junio 1539, éste lo nombró como uno de sus albaceas.

García de Escandón, Alonso

 

Paje de Pizarro, murió en su palacio en 1541, en el ataque de los almagristas.

García Ferrugos, Francisco

 

En mayo de 1531 estaba en Coaque cuando compró en almoneda algunas piezas del quinto de su majestad. Luego recibió dos indias que se apreciaron en 5,5 pesos de oro las dos.

García Gaitán, Juan

¿?

Escopetero, estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 4 de agosto de ese mismo año vuelve a figurar en un documento como vecino de esa misma ciudad. Un Juan García, almagrista, murió en la batalla de las Salinas, pero desconocemos si se trata de esta misma persona.

García de Paredes, Diego

Trujillo (Cáceres)

Era hijo natural del coronel Diego García de Paredes y de una señora de nombre desconocido de la familia de los Vargas. Había nacido en torno a 1507 y fue uno de los enrolados en Trujillo por el gobernador a su paso por Trujillo. Estuvo presente como hombre de a pie en Cajamarca y en el posterior reparto. En 1534 regresó a España, junto a Hernando Pizarro, encontrándose entre los damnificados por la confiscación del metal precioso por el emperador. Volvió a las Indias, pero no al Perú sino al Nuevo Reino de Granada, donde fue maestre de campo del gobernador Pablo Collado en su enfrentamiento con Lope de Aguirre. En compensación por sus esfuerzos por real cédula, dada en Madrid el 28 de junio de 1562 se le concedió la gobernación de Popayán, con tan mala fortuna que lo mataron los indios nada más arribar. No tuvo descendencia, un sobrino suyo, Luis de Paredes, vecino de Trujillo, reclamó su herencia.

García Samanes, Luis

 

En septiembre u octubre de 1537, Diego de Almagro lo envió en una balsa por la costa del Perú para que encontrase un barco en el que ir a Panamá y de ahí a España a informar al Emperador. Sin embargo, enterado el marqués fue perseguido y apresado y llevado a Lima. Tras la batalla de las Salinas, su casa de Cusco fue una de las saqueadas. En el codicilo de Diego de Almagro de 1538, reconoció deberle muchos pesos de oro. El 4 de julio de 1539 se le concedió una encomienda de indios. Sargento Mayor, fue ejecutado por Gonzalo Pizarro, tras la batalla de Huarina.

García de Santa Olalla, Juan

Santa Olalla del Cala (Huelva)

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. Entre el 19 y el 22 de julio de 1535 un Juan García entró a fundir en Cusco oro por valor de 550.465 maravedís y plata apreciada en 297 marcos y 4 onzas. El 4 de agosto de ese año aparecía como vecino de esa misma ciudad. Luchó fielmente junto a Gonzalo Pizarro, muriendo en 1548.

García Zamarrilla, Alonso

 

En 1536, cuando se dirigía a Cusco apresado por Manco Cápac. A los pocos días lo soltó y cuando acudió a Hernando Pizarro a contarle el asedio que los indios estaban preparando no fue creído. Luchó en la defensa del cerco de Cusco, encontrándose entre los primeros hombres que entraron en la fortaleza de Sacsahuamán. Estuvo en la fundación de Huamanga ciudad en la que se avecindó. Poco después fue apresado y ejecutado por Diego de Almagro el Mozo.

Garcilaso de la Vega, Sebastián

Badajoz

Natural de Badajoz, Luchó en la conquista de México y en Guatemala, pasando al Perú en la hueste de Pedro de Alvarado en 1534. Estuvo siempre del lado de los Pizarro, y acudió en su ayuda cuando éste se vio amenazado en 1536 por la insurrección del Inca. En 1537 tomó parte en la expedición que marchó a Cusco a las órdenes de Alonso de Alvarado. Tras ser derrotados fue apresado y conducido a la ciudad Imperial. En 1538, tras la batalla de las Salinas fue enviado junto a otros capitanes a la conquista de la región del Collao y de Charcas. Luego estuvo junto al licenciado Vaca de Castro. Fue herido en la batalla de Chupas recibiendo en compensación por sus servicios una encomienda en Chuquisaca. Una vez repuesto, fue enviado por Vaca de Castro a Cusco para que hiciera justicia, pasando días antes por la de San Juan de la Frontera, donde dictó numerosas penas de muerte a almagristas cautivos. También tomó parte en las batallas de Huarina y Jaquijahuana. En esta última tomó la decisión de pasarse al bando realista de La Gasca, salvando así su vida. Pese a los recelos de los vencedores, fue nombrado gobernador de Cusco. Se casó con una hija de Huayna Cápac, la princesa Isabel Chimpu Ocllo, con quien tuvo al célebre escritor y poeta el Inca Garcilaso de la Vega, nacido en Cusco el 12 de abril de 1539. El badajocense murió en la ciudad de Cusco en 1559. Su hijo regresó a España, afincándose por espacio de 30 años en Montilla (Córdoba), donde escribió sus Comentarios reales y la Historia General del Perú.

Gavilán, Diego

Guadalcanal (Sevilla)

Era natural de Guadalcanal, una villa sevillana, entonces perteneciente a la circunscripción extremeña. Mercader de profesión, llegó al Perú desde Nicaragua en la hueste de Hernando de Soto. Presente en el desembarco de Túmbez y en la fundación de San Miguel de Tangarara. Luego tomó parte en la celada de Cajamarca y en el reparto del botín. Estuvo presente en la fundación de Jauja. Entre el 18 y el 20 de julio de 1535 metió a fundir en Cusco oro por valor de 111.215 maravedís y plata apreciada en 990 marcos y 5 onzas. Luego estuvo en la fundación de Lima de cuyo cabildo fue regidor. De este último cabildo fue regidor. En 1537 compró en Lima dos caballos para Juan Pizarro, en parte con dinero de éste que tenía Juan de Herrera. Poco después del asesinato del marqués acudió a su palacio para defenderlo pero ya era tarde. El 4 de mayo de 1541 se le concedió una encomienda y poco después, el 22 de junio de 1541, recibió un escudo de armas. Pero siguió ligado a los Pizarro; de hecho, cuando, a partir de 1544, Gonzalo Pizarro se levantó contra el virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, que quería aplicar las Leyes Nuevas, Diego Gavilán se unió a él. Y con Gonzalo Pizarro se mantuvo hasta su derrota en la batalla de Jaquijahuana. La vida le fue perdonada pero a cambio se le condenó a servir tres años en galeras y a la confiscación de sus bienes.

No parece que llegara a cumplir dicha sentencia. Pero, sea como fuere, lo cierto es que no escarmentó, pues, unos años después del ajusticiamiento del trujillano lo encontramos implicado en un nuevo alzamiento frente al poder Real. Concretamente en el que protagonizó Hernández Girón entre 1553 y 1554. En ese momento perdemos su rastro.

Gaviria, el atambor

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Genovés, Esteban

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Gil de Montenegro, Juan

 

Había pertenecido a la hueste de Vasco Núñez de Balboa con posterioridad al descubrimiento del mar del Sur. Participó en la primera jornada de 1524 al Levante. Pizarro lo envió a por provisiones cometido que cumplió adecuadamente, salvando in extremis a los expedicionarios. Llegó a Cajamarca cuando el Inca estaba preso. El 14 de mayo de 1533 estaba en Cajamarca fundiendo cierto oro que declaró le había dado una india suya de Cueba, en Castilla del Oro. Siguió hasta Jauja y participando en la toma de Cusco. Ejerció de tesorero en el este último reparto por ausencia de Riquelme.

Girón, Francisco

 

Capitán, fue ahorcado en Lima en 1554.

Gozial, fray Pedro O.F.M.

Flamenco

Llegó a Perú en la flota de Pedro de Alvarado en febrero de 1534. Se dedicó a la evangelización de los indios.

Godínez, Juan

 

Clérigo; el 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja.

Godoy, Francisco de

Cáceres

No estuvo presente en la toma de Cajamarca ni en el reparto de su botín, pero sí entró en Cusco junto a Hernando Pizarro. El 23 de marzo de 1534 estuvo presente en la refundación del Cusco y un mes después se avecindó en Jauja. El 20 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescate por valor de 638.195 maravedís. En 1536 era alcaide de Lima, cuando fue enviado por Francisco Pizarro a socorrer la ciudad sitiada de Cusco. Sin embargo, con buen criterio, viendo imposible el acceso a la ciudad, decidió regresar a Lima. En noviembre de 1537 participó en el intento de acuerdo diplomático en Mala, entre almagristas y pizarristas, sobre la división de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. En 1541, cuando el marqués fue asesinado vivía en Lima, y luego luchó contra los almagristas en la batalla de Chupas. Posteriormente regresó a Cáceres donde fundó un mayorazgo, falleciendo en 1564.

Godoy, Sancho de

 

Poseía casa en la plaza mayor de Lima, muy cerca de la casa del marqués. Su casa no fue saqueada porque, pese a su condición de pizarrista, mantenía buenas relaciones con algunos de los almagristas.

Gómez, Alonso

 

El 15 de febrero de 1558 figura como testigo en una carta de poder otorgada en San Juan de Chachapoyas.

Gómez, Blas

 

Martín de Murúa afirma que éste se casó con una hija de Atahualpa.

Gómez, Diego

 

En 1551 era escribano en la ciudad de Potosí.

Gómez, Francisco

 

Luchó en el bando almagrista en la batalla de las Salinas. Luego lo desterró Hernando Pizarro a Chile, viajando en la expedición de Pedro de Candía.

Gómez, Hernán o Fernand

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año, entregó a Hernando Pizarro 1.000 pesos de oro, supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 9 y el 21 julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro de rescate por valor de 952.970 maravedís así como plata por valor de 1.003 marcos y 6 onzas.

Gómez de Malaver, Juan

 

Estaba avecindado en San Miguel de Piura. Estuvo con Diego de Almagro en la campaña de Chile. En 1536 recibió en encomienda los indios que había disfrutado Miguel de Salcedo en el valle de Jayanca. En 1537 lo envió Almagro a entrevistarse con Manco Cápac, que estaba en Tambo, y entregarle una carta suya. Pretendía congraciarse con el Inca, aunque la cosa salió mal entre otras cosas porque en ese mismo momento llegó otra carta de Hernando Pizarro en que avisaba al Inca de que los almagristas lo iban a traicionar. Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Gómez de Narváez, Baltasar

 

Era teniente de gobernador en la villa de Almagro, cuando fue apresado por los hombres del marqués en 1537 y llevado a Lima. Diego de Almagro lo cita en su codicilo en su codicilo de 1538. Participó directamente en el asesinato de Francisco Pizarro pero no pudo ser procesado porque en agosto de 1542 era finado.

González, Francisco

Zalamea de la Serena (Badajoz)

Llevaba varios años en Tierra Firme. Presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 4 de agosto de 1534 figuraba como vecino de Cusco, sin embargo en 1535 estaba de regreso en Sevilla, afincándose en su localidad natal. Debió regresar al Perú, pues, el 6 de junio de 1537, fue nombrado teniente de gobernador de Lima.

González, Gómez

¿?

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín.

González, Juan

 

El 21 de julio de 1535 fundió en Cusco oro de rescates por valor de 16.235 maravedís.

González, Nuño

¿Andalucía?

Era un baquiano y participó en el desembarco de Túmbez y en la fundación de San Miguel de Tangarara. Asimismo, estuvo en la celada de Cajamarca como hombre de a pie y en el reparto de la plata pero no del oro. Marchó a Jauja y a la toma de Cusco. Poco después retornó a España.

González, Simón

 

Llegó al Perú en la hueste de Diego de Almagro, tomando parte en la entrada en Cusco. Se avecindó allí, tomando parte en la defensa del cerco de dicha ciudad. El 16 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 862.515 maravedís y plata apreciada en 490 marcos. Uno de los testigos en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro en Chivicapa el 22 de junio de 1539. En 1540 se le documenta por última vez en la ciudad de Cusco.

González Altamirano, Diego

Trujillo (Cáceres)

Nacido en torno a 1514, tomó posesión de su plaza de oidor de la audiencia de Lima en junio de 1551 y estuvo en dicho puesto hasta el último día de abril de 1562 en que se embarcó rumbo a la Península. En 1566 declaro en el pleito que mantenía Francisca Pizarro con Antonio Rivero.

González de Prado, Pedro

Toledo

El 29 de mayo de 1560, recibió escudo de armas en consideración a sus servicios en ayuda del licenciado Vaca de Castro contra Diego de Almagro y en la lucha contra Gonzalo Pizarro, participando en las batallas de Huarina y Jaquijahuana.

González Renuesgo de la Torre, Hernán

Guadalcanal (Sevilla)

Participó en la conquista, pero no estuvo en la celada de Cajamarca ni en reparto de su botín. El 14 de abril de 1531 fue designado tesorero interino por el gobernador, en ausencia de Alonso Riquelme. El 22 de mayo de 1533 Francisco Pizarro lo nombró tenedor de bienes de difuntos. Al año siguiente estaba avecindado en Jauja. El 22 de junio de 1535 se le concedió una buena encomienda en la provincia de Jauja. En 1536 fue elegido alcalde ordinario de Lima, cargo para el que volvió a ser elegido en 1538. El 3 de febrero de 1537 recibió un escudo de armas, por sus servicios como tesorero real, veedor de fundiciones y tenedor de los bienes de difunto. En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado. El 25 de enero de 1550 fue testigo en una carta otorgada en Lima.

Gorducho, Francisco

San Martín de Trebejo (Cáceres)

Tomó parte en el desembarco de Túmbez y en la fundación de San Miguel de Tangarara. Luego estuvo presente en la celada de Cajamarca, como hombre de a pie, estando presente en el reparto del botín. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. Dos años después estaba en la defensa del cerco de Cusco. Luchó y murió en la batalla de las Salinas, entre las tropas almagristas.

Gorta, Domingo de

 

Fue testigo en el traslado del codicilo de Diego de Almagro, en Cusco el 31 de enero de 1539.

Grado, Antonio de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huánuco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Grajeda, Gonzalo de

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de San Miguel y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. En 1558 continuaba avecindado en la misma villa, rebautizada como San Miguel de Piura.

Griego, Jorge

Grecia

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. Un mes después lo hizo en la de Jauja. Regresó a España y en 1544 era vecino de Sevilla, concretamente en la collación de Triana.

Griego, Marco

Grecia

El 21 de junio de 1533 estaba en Cajamarca cuando metió a fundir cierto oro suyo y de Luis Catalán.

Guarda, Laso de la

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Guerra, Alonso

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Guerra, Juan

 

Viajó en la tercera jornada conquistadora, pero quedó en la guarnición de San Miguel de Tangarara. Al parecer murió varias décadas después a manos de los gonzalistas.

Guerrero, Álvaro

Zafra (Badajoz)

El 15 de octubre de 11538 se embarcó rumbo a Guatemala. Posteriormente, luchó en las guerras civiles del Perú, del lado de Gonzalo Pizarro, siendo desterrado a la gobernación de Popayán en 1548, tras la derrota. En 1551 estaba en Valladolid cuando fue presentado como testigo en una probanza.

Guerrero, Sancho

 

En 1538 lucho en el bando pizarrista, como hombre de a caballo, en la batalla de las Salinas.

Guevara, Vasco de

Toledo

Llegó al Perú procedente de Nicaragua, luchando como capitán de caballería en la batalla de las Salinas. Sobrevivió a la derrota, siendo apresado y, posteriormente liberado. Luego el marqués lo envió a la villa de San Juan de la Frontera a pacificarla, pues estaba acosada por Manco Cápac, cumpliendo bien con su cometido. El 24 de abril de 1539 fue nombrado teniente de gobernador y capitán de la provincia de Huamanga, donde se le asignó una encomienda de indios. En diciembre de ese mismo año se le encomendó la construcción de una iglesia en dicha ciudad. En 1540 se le concedieron en encomienda los indios de los Lucanas. Asesinado el marqués huyó hasta Piura, a más de 250 leguas, uniéndose al licenciado Vaca de Castro en su lucha contra Almagro. Tuvo al menos un hijo, Gerónimo de Guevara Manrique, vecino y procurador general de Lima

Guillén, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Gumiel, Diego de

 

Criado de Francisco Pizarro. Llegó al Cusco con el marqués, tras la muerte de Almagro.

Gutiérrez, Alonso

 

El 13 de noviembre de 1539 fue nombrado regidor perpetuo del cabildo de San Juan de la Frontera en Chachapoyas.

Gutiérrez, Antón

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Gutiérrez, Diego

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. En 1538 ejercía de escribano público en Lima.

Gutiérrez, Felipe

 

El 16 de noviembre de 1537 fue testigo en el Tambo de Mala de una carta otorgada por Francisco Pizarro. En 1538 luchó en el bando pizarrista, como hombre de a caballo, en la batalla de las Salinas. Era regidor en Cusco en 1541 cuando fue apresado por los almagristas, tras el asesinato del marqués.

Gutiérrez, Gonzalo

Granada

Llegó al Perú en la hueste de Diego de Almagro, encontrando al Inca preso en Cajamarca. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año entregó a Hernando Pizarro 500 pesos de oro, supuestamente para el servicio del Emperador. En 1539 estaba de regreso en España y en 1541 aparece avecindado en Granada, probablemente su ciudad natal.

Gutiérrez, Hernán

 

Viajó con Pizarro en la tercera expedición conquistadora, ejerciendo de tesorero hasta Coaque en que apareció, por fin, el titular Alonso de Riquelme. Era asimismo tesorero de la compañía de Francisco Pizarro y en su nombre fundió en San Miguel en agosto de 1532 oro por valor de más de un millón y medio de maravedís.

Gutiérrez Maraver, Juan

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

Gutiérrez de Mendoza, Diego

Zafra (Badajoz)

El 18 de julio de 1537 se embarcó rumbo a Nombre de Dios. Posteriormente pasó al Perú, estando presente en la fundación de la ciudad de Arequipa por el marqués en 1539. Se casó con Constanza Rodríguez y tuvo nueve hijos. Falleció en 1567 con testamento.

 

Gutiérrez de los Ríos, Diego

Córdoba

Lucho inicialmente en el bando pizarrista, pues acompañó a Alonso de Alvarado, que fue enviado por Francisco Pizarro para socorrer a su hermano en el Cusco. Luego debió pasarse al bando almagrista, estando presente en la batalla de las Salinas. Afirma que a él y a otros capitanes le comunicó Almagro su deseo de pactar con Hernando Pizarro y excusar la batalla y alborotos. Fue testigo de los desmanes de los pizarristas tras su victoria en las Salinas, pero regresó a España. En 1540 estaba en Madrid cuando declaró contra Hernando Pizarro en el pleito criminal que le interpuso Leonor de Becerra, madre de Hernando de Alvarado.

Gutiérrez de los Ríos, Pedro

 

Tomó parte en la tercera jornada conquistadora, aunque no estuvo en la celada de Cajamarca porque quedó de guarnición en San Miguel de Tangarara. Luchó junto a La Gasca en las batallas de Añaquito y Jaquijahuana, siendo recompensado con una encomienda que rentaba 300 pesos anuales.

Gutiérrez de Santa Clara, Pedro

México

Hijo mestizo de Bernardino de Santa Clara, salmantino de orígenes judeoconversos, que en 1543 pasó al Perú, escribiendo una crónica sobre las guerras civiles.

Gutiérrez de Valladolid, Juan

 

Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. Pero no sabemos mucho más sobre su participación en la misma, acaso porque murió prematuramente. El 20 de junio de 1533 Rodrigo de Chávez fundió cierto oro en nombre de Juan Gutiérrez al igual que hizo Luis Hernández en Jauja el 18 de junio de 1534. El 21 de julio de 1535 un Juan Gutiérrez entró a fundir en Cusco plata por valor de 7 marcos y 4 onzas. En ninguno de los casos sabemos si se trata de la misma persona.

Guzmán, Gonzalo de

 

En 1538 fue designado regidor de la recién fundada ciudad de la Frontera, en la provincia de Chachapoyas. En abril de 1541 fue designado alcalde ordinario de la misma ciudad.

Guzmán, Juan de

Villadiego (Burgos)

Estando en Coaque, en abril de 1531, adquirió cierta plata de su majestad en almoneda por 6 pesos de oro. El 31 de julio de 1533 Juan de Porras fundió en su nombre cierto oro por el que pagó de quinto 20.402 maravedís. Fue un decidido almagrista, desempeñando el cargo de contador que ostentó al menos entre en 1537 y 1541, cuando figuró como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. En 1537 fue uno de los que entró en el palacio de Hernando Pizarro en el Cusco y lo prendió. Luego lo envío Almagro para que dijese al marqués que pretendía volver a su antigua amistad con él. Entre el 25 de octubre y el 24 de noviembre de 1537 fue uno de los representantes de Diego de Almagro que pactaron con Francisco Pizarro la mediación del conflicto de términos entre las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. Tras la batalla de las Salinas fue apresado y, posteriormente liberado. En el codicilo de Diego de Almagro, dictado en julio de 1538 fue designado como uno de sus albaceas testamentarios. En 1541 estuvo entre el grupo de hombres conjurados para acabar con la vida del marqués. El 12 de octubre de 1541 fue testigo en una escritura otorgada en Lima por Diego de Almagro el Mozo. Fue procesado a partir de agosto de 1542 por el licenciado Vaca de Castro. Sin embargo, debió salvar la vida porque años después lo encontramos luchando en el bando del virrey Blasco Núñez de Vela. En 1549 estaba en Lima cuando fue testigo en una proceso.

Guzmán, Tello de

 

Entre el 9 y el 18 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro de rescate por valor de 303.515 maravedís así como 251 marcos y siete onzas de plata.

Halcón, Pedro

Cazalla de la Sierra (Sevilla)

Un baquiano, pues llevaba varios años en Tierra Firme, extrayendo oro. Fue uno de los Trece de la Fama. Al parecer, perdió la razón poco después, no permitiéndosele su embarque en la siguiente expedición conquistadora.

Halcón de la Cerda, Diego

 

El 14 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco plata por valor de 15 marcos.

Hariza, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Heredia, Nicolás de

Adamuz (Córdoba)

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 271.635 maravedís y plata apreciada en 275 marcos. Testigo en una carta otorgada en Cusco el 29 de enero de 1540. El 12 de octubre de 1541, declaró nuevamente ser vecino de Cusco cuando fue presentado como testigo en una probanza auspiciada por Diego de Almagro el Joven. Fue asesinado por Francisco de Carvajal.

Herencia, Francisco de

Trujillo (Cáceres)

Había nacido en Trujillo en 1511 o 1512. En 1541, posaba en casa de Sancho de Godoy, en Lima, cuando asesinaron al marqués, observando desde una ventana la algarada protagonizada por los asaltantes. Con posterioridad estuvo en Cusco, en la Paz y en Potosí, regresando finalmente a España. En su ciudad natal estaba en 1566 cuando fue testigo en una probanza.

Hernández, Alonso

 

El 28 de agosto de 1534 estuvo presente en la fundación de la villa de San Francisco de Quito. El 4 de marzo de 1542, seguía avecindado en esta misma localidad, cuando se le concedió escudo de armas, por sus servicios junto a Sebastián de Belalcázar en la guerra contra Quizquiz. Una persona de este mismo nombre otorgó un poder el 27 de mayo de 1551 en la ciudad de Potosí, pero no parece que se trate de la misma persona.

Hernández, Andrés

 

Fue uno de los conjurados para matar al marqués por lo que su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, en 1542.

Hernández, Antonio

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Hernández, Diego

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

De oficio sillero. Viajó en la tercera expedición pero no estuvo en la celada de Cajamarca porque quedó de guarnición en San Miguel de Tangarara. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese año entregó 400 pesos de oro a Hernando Pizarro, supuestamente para el servicio de Su Majestad. Luchó en la guerra contra Manco Cápac, estando en la defensa de Cusco, y en recompensa por sus servicios, el 22 de enero de 1540, se le entregaron encomiendas en Yarabaya, Tilumbaya, Copoata Puquina,Yumina, Tambopalla y Chule. En enero de 1540 fue testigo presencial de la fundación de la ciudad de Arequipa. El 4 de abril de 1542 seguía en esta última ciudad cuando se le concedió un escudo de armas.

Hernández, Diego

Talavera de la Reina (Toledo)

Llegó al Perú con Diego de Almagro, entrando en Cajamarca cuando el Inca estaba preso. Luego estuvo en la toma de Cusco y en su refundación. Luchó contra Almagro en la batalla de Chupas y contra Gonzalo Pizarro en la de Jaquijahuana. En recompensa por sus servicios el virrey la Gasca le otorgó una encomienda que rentaba 1.200 pesos de oro anuales en Huaynarima.

Hernández, Francisco

 

En 1538, se le quiso comisionar para entrevistarse con Hernando Pizarro y evitar la batalla de las Salinas, pero éste se negó, temiendo la represalia del trujillano. A finales de 1539 fue testigo en una probanza de Rodrigo de Herrera y declaró ser vecino de Cusco y tener unos 40 años por lo que había nacido en torno a 1499. Evitó el exilio de Cusco, tras prometerle a los Pizarro que los serviría.

Hernández, Francisco

 

El 10 de enero de 1557, Catalina Hernández, viuda de Diego Hernández, manifestó tener un hijo suyo, llamado Francisco Hernández, que era escribano en Lima.

Hernández, García

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huánuco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Hernández, Gaspar

 

Escribano público y del cabildo de Arequipa en 1552.

Hernández, Gonzalo

Sevilla

En 1534 se embarcó para Tierra Firme, llegando a Perú a comienzos de 1535. Fue un pizarrista confeso, en 1541 acudió a Jauja, junto al licenciado de la Gama.

Hernández, Gonzalo (clérigo)

 

Entre el 6 y el 20 de julio de 1535 se encontraba en Cusco, cuando entró a fundir oro de rescate por valor de 655.715 maravedís y plata apreciada en 4.790 marcos.

Hernández, Jorge

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

Hernández, Juan

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En 1540 fue elegido alcalde ordinario de Lima.

Hernández, Juana

 

Fue la primera mujer que viajó al Perú. Llegó con Hernando de Soto desde Nicaragua, incorporándose a la tercera expedición.

Hernández, Luis

 

El 18 de junio de 1534 estaba presente en Jauja cuando entró a fundir cierto oro en nombre de Juan Gutiérrez y de Juan de Barrientos.

Hernández, Pero

 

Entre el 18 y el 20 de julio de 1535 metió a fundir en Cusco oro por valor de 58.210 maravedís así como plata que se apreció en 10 marcos.

Hernández, Toribio

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Hernández Briceño, Ruy

Badajoz

Hidalgo nacido en Badajoz en 1503. Estuvo en Nicaragua y de allí pasó al Perú en la hueste de Hernando de Soto. Estuvo presente como hombre de a caballo en la celada de Cajamarca. Al parecer, se le encomendó la seguridad del Inca hasta su ejecución. Luego marchó a Jauja de donde fue vecino y a la toma de Cusco. Regresó a Badajoz en 1534 con varias cartas de recomendación de Francisco Pizarro bajo el brazo. En 1538 se enroló en la expedición de Hernando de Soto a la Florida.

Hernández Girón, Francisco

Cáceres

En su ciudad natal, sirvió al noble Garci Holguín Enríquez. Sin embargo, en 1535 decidió embarcarse para Veragua en la flota del capitán Felipe Gutiérrez. Persona infatigable, lucho activamente tanto contra los indios como contra los propios españoles, en las guerras civiles que se desarrollaron en el Perú. Fracasada, la expedición de Veragua decidió enrolarse junto a Lorenzo de Aldana, quien en 1538 acudió a Quito a expulsar a Sebastián de Belalcázar. A través de Aldana entró al servicio de Francisco Pizarro, quien le encargo la conquista y pacificación de la provincia de Cauta, cerca de Lima. Su actuación fue tan rápida como eficaz, por lo que el trujillano le recompensó con un buen repartimiento de indios. Pese a que las rentas ascendían a 9.000 castellanos de oro anuales, siempre consideró que no era suficiente para remunerar sus “muchos servicios”. Por ello, no dudó en aceptar la invitación de su antiguo adversario Sebastián de Belalcázar para unirse a él en la conquista de la provincia de Popayán. En dicha gobernación la resistencia indígena fue encarnizada pero, además, hubo duros enfrentamientos entre los propios españoles. Enfrentados con el gobernador de la vecina gobernación de Cartagena de Indias, terminó prendiendo al teniente de éste, el mariscal Jorge Robledo a quien decapitó, al parecer, por orden expresa de Belalcázar. Una vez muerto Francisco Pizarro, el cacereño decidió volver al Perú. Allí, sirvió primero a las órdenes de Gonzalo Pizarro y, posteriormente, se pasó del bando del virrey Blasco Núñez de Vela. Como teniente general del virrey, fue derrotado en la batalla de Añaquito que le costó la vida al virrey. Gonzalo de Ocampo le perdonó la vida. Un gesto que no agradeció, pues, tan pronto como le fue posible se tomó la revancha, participando activamente en la batalla de Jaquijahuana, en 1548, en la que fue derrotado definitivamente Gonzalo Pizarro. El Presidente Pedro de La Gasca en 1550, le entregó en recompensa por sus servicios la encomienda de Jaquijahuana que rentaba anualmente más de 9.000 castellanos de oro. Con ella pudo haber vivido holgadamente el resto de su vida. Pero, tan inquieto como siempre, en 1553 encabezó la llamada “rebelión de Girón”, contra la aplicación de las Leyes Nuevas. Dada la popularidad de su reivindicación entre los encomenderos del Perú, ganó muchos adeptos y no tuvo demasiadas dificultades para derrotar las tropas del virrey en la batalla de Villacuri. Sin embargo, fueron captados algunos de sus capitanes con sus gentes de guerra. No resultó difícil derrotarlo en la contienda de Pucará. Y aunque huyó, consiguieron darle alcance muy poco después en Jauja, concretamente el 24 de noviembre de 1554. Fue trasladado a Lima donde, tras un breve juicio, fue mandado degollar en la plaza. Era el 7 de diciembre de 1554. Su viuda, Mencía de Almaraz y Sosa, junto a su madre, fundaron el convento de la Encarnación de Lima, del que fueron las primeras prioras.

Hernández de la Torre, Gonzalo

 

En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado.

Hernández de Trujillo, Lorenzo

 

Se encargó de amortajar a Francisco Pizarro, una hora después de su asesinato.

Herrada, Juan de

 

Fue enviado por Hernán Cortés a Roma a dar relación al Papa Clemente VII, de la conquista y evangelización de los territorios novohispanos. Le entregó un rico presente y el Papa otorgó una bula de indulgencia, absolviéndolos de todos los pecados. El Papa le otorgó mercedes entre ellas una recomendación para que lo nombrasen conde palatino. Sin embargo, viendo que Hernán Cortés ya no tenía mando en Nueva España decidió marchar al Perú, según Bernal Díaz, en calidad de capitán. Sin embargo, tampoco en Nueva Castilla alcanzó gran fortuna, porque llegó después de la toma de Cajamarca y Cusco, no participando de sus repartos. Fue un gran amigo de Diego de Almagro, quien lo nombró su mayordomo. En 1535, cuando Almagro partió con sus huestes al reino de Chile lo dejó en Nueva Castilla con un doble cometido, que administrase su hacienda y que le enviase refuerzos y las informaciones que le llegasen de Castilla. En cuanto Juan de Espinosa le trabajo el nombramiento de Almagro como gobernador de Nueva Toledo acudió en su busca para entregársela personalmente. Tras la batalla de las Salinas fue encerrado en la misma celda que Diego de Almagro y su hijo. En su testamento, el de Almagro lo dejó como uno de sus albaceas testamentarios y como administrador de su hijo. El 15 de mayo de 1539 se le impidió su salida del Perú para evitar que llegase su versión de los hechos antes que la oficial defendida por los Pizarro. Según Fernández de Oviedo, muerto Diego de Almagro El Viejo, su hijo tenía a Herrada como otro padre. En 1541 estuvo entre el grupo de hombres que asesinó a Francisco Pizarro. En recompensa, Diego de Almagro el Mozo, le nombró capitán general. Sin embargo, falleció de muerte natural poco después, pues en agosto de 1542 era finado.

Herrera, Antonio de

Oviedo (Asturias)

Participó en el tercer viaje conquistador, asistiendo a la celada de Cajamarca y al reparto de su botín. Murió en Jauja en 1534.

Herrera, Francisco de

Trujillo

(Cáceres)

El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, y justo dos meses después, el 20 de junio, registró varias esmeraldas. En 1539 fue elegido como alcalde ordinario de Lima. También desempeñaría el oficio de mayordomo de esa ciudad. El doce de octubre de 1541 se le cita como encomendero en Lima. Después, regresó a su Trujillo natal, donde se desposó con Francisca de Tapia, hija de Hernando Pizarro y de Mari Sánchez de Tapia. Su esposa, el 16 de octubre de 1559 redactó su testamento, y se declaró viuda.

Herrera, Gonzalo de

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Herrera, Juan de

Trujillo (Cáceres)

Vino al Perú con los hermanos Pizarro, de quienes era pariente. Estuvo presente en la celada de Cajamarca y en el reparto del Botín. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 30 de junio de ese mismo año estaba en Jauja cuando entró a fundir cierto oro en nombre de Juan Vicioso. Regresó junto a Hernando Pizarro a España, trayendo consigo 29.000 ducados de la familia Pizarro que le fueron secuestrados en Sevilla. Suyo propio trajo algo más de medio millón de maravedís que también fueron confiscados por el Emperador. Volvió al Perú, y en 1536 se reembarcó para España trayendo 25.000 pesos de oro de Juan Pizarro. Se avecindó en su Trujillo natal ostentando una regiduría. Mantuvo un pleito con Hernando Pizarro, quien le reclamaba 1.300 castellanos de oro de su hermano Juan Pizarro. Sin embargo, la justicia en 1550 falló a favor de Juan de Herrera quien demostró que dicha cuantía la gastó en la compra de un caballo para Juan Pizarro.

Herrera, Juan de

 

El 31 de enero de 1539 figura un Juan de Herrera como testigo del traslado del codicilo de Diego de Almagro. Fue uno de los conjurados para matar al marqués por lo que, en 1542, figuró entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro.

Herrera, Rodrigo de

Lugar de las Lomas, jurisdicción de Carrión de los Condes (Palencia)

Escopetero llegado al Perú en 1530 con Francisco Pizarro. En abril de1531, estando en Coaque, recibió una esclava que se tasó en 2,5 pesos de oro. Luego estuvo en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de Cusco. Entre el 18 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 1.384.385 maravedís y plata apreciada en 832 marcos y 4 onzas. Luchó con dos caballos en la defensa del cerco de Cusco frente a Manco Inca. Luego se mantuvo al margen en la guerra entre almagristas y pizarristas. No estuvo en la batalla de las Salinas, pues Diego de Almagró lo encarceló en un Cubo en Cusco por no mostrarse favorable a él. El 30 de diciembre de 1539 estaba en Cusco, cuando realizó una probanza para el litigio que mantenía con Hernando Pizarro por 1.000 pesos de oro que le entregó de manera forzada para el servicio de su Majestad. Debió regresar a España en 1540. El 15 de febrero de 1544 estaba en Valladolid cuando otorgó poderes al doctor Francisco de Vargas para que prosiguiese el litigio.

Herrera Barrantes, Alonso de

Trujillo (Cáceres)

Estuvo en la isla de la Puná, en la celada de Cajamarca y en la entrada en Cusco. En 1541 regresó a España junto a su mujer y su hijo, muriendo en la villa de Alcántara al poco de llegar.

Hervás, Cristóbal de

 

Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas.

Hinojeros

 

López de Gómara lo cita entre los almagristas que entraron en el palacio del marqués y lo asesinaron. Murió en la batalla de Chupas, aunque después el licenciado Vaca de Castro mandó descuartizar su cuerpo.

Hinojosa, Francisco de

 

En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en cinco pesos de oro.

Hinojosa, Pedro Alonso de

Trujillo (Cáceres)

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro. Era pariente de los hermanos Pizarro. Se avecindó en Cusco. Fue apresado junto a Hernando Pizarro por Diego de Almagró. Una vez liberado participó con su caballo en la batalla de las Salinas. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas. Fue uno de los capitanes de confianza de Gonzalo Pizarro, pero se terminó pasando al bando del virrey La Gasca. Pese a ello, según el cronista Gutiérrez de Santa Clara, tras la ejecución de Gonzalo Pizarro se puso luto. Luego fue nombrado gobernador de Charcas, provincia que intentó apaciguar. Sin embargo fue asesinado el 5 de mayo de 1553.

 

Hoces, Diego de

 

Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas. Fue uno de los que tomó parte en el asesinato de Francisco Pizarro. Tras la batalla de Chupas fue apresado por el capitán Diego de Rojas en Huamanga, quien los remitió al licenciado de la Gama quien lo encausó y degolló.

Hontiveros, Crisóstomo

San Miguel de Serrezuela (Ávila)

Presente como hombre de a pie en el reparto del botín de Cajamarca. El 13 de mayo de 1533 fundió oro en Cajamarca como criado de Hernando Pizarro. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja, y estuvo presente en la fundición que se prolongo hasta el mes de julio de ese mismo año. En 1536 era regidor del cabildo de Lima.

Hoyos, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Hoz, Juan de la

Trujillo (Cáceres)

Fue uno de los hombres reclutados en Trujillo en 1530 por los hermanos Pizarro.

Hurtado

 

Fue asesinado por los indios en 1531 en la balsa que lo trasladaba desde la isla de Puná a la costa de Túmbez.

Hurtado de Hevia, Francisco

 

En 1531, viajaba como capitán en una de las balsas tumbesinas que pasó a las huestes a las costas de Túmbez, desde la isla de la Puná. En la batalla de las Salinas de 1538 iba como alférez portando el estandarte y desertó, pasándose en pleno combate al bando pizarrista. Posiblemente es el Hurtado, criado del Marqués, que estaba junto a él en 1541 cuando éste fue asesinado.

Hurtado de Valdivieso, Juan

Barcial, cerca de Toro (Zamora)

En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en 2,5 pesos de oro. Al mes siguiente compró en almoneda algunas piezas del quinto de su majestad. Presente como hombre de a pie en la celada de Cajamarca y en posterior reparto de su botín. En 1534 fue designado regidor del primer cabildo del Cusco, disfrutando asimismo de un buen repartimiento de indios. El 24 de julio de 1535 figuró como testigo en una probanza realizada por Simón Suárez, vecino asimismo de Cusco. En 1541 murió a manos de los indígenas.

Huidobro, Martín de

 

En 1537 fue uno de los almagristas que iba en la vanguardia cuando entraron en Cusco. Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas, siendo apresado tras la misma.

Ibáñez, Juan

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Idiáquez, Lope de

 

Participó a caballo en el bando almagrista en la batalla de las Salinas. Tras la contienda fue apresado y, posteriormente liberado. No participó en la conjura almagrista para asesinar a Francisco Pizarro. En 1542 fue enviado ante Diego de Almagro el Mozo para buscar una solución pactada, pero no obtuvo resultado positivo.

Illánez, Juan de (Capitán)

 

A mediados del siglo XVI vivía en la ciudad de Cusco. Cuando el alférez Francisco de Olmedo le prestó 500 castellanos.

Infante, fray Juan O. de M.

 

Mercedario del convento de Lima que el 6 de abril de 1546 tomó posesión de una estancia que en 1541 le donó el marqués. Poco después retornó a España donde se encontraba el 24 de septiembre de 1549.

Isasaga

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Isasaga, Francisco de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de La Plata y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Jaén, García de3

Utrera (Sevilla)

Era un mercader baquiano, que se había curtido en tierras de Nicaragua. Fue uno de los Trece de la Fama. En 1534 estaba en Sevilla, cuando compró fiadas mercaderías por valor de 111.000 maravedís, con las que se embarcó para Tierra Firme en la nao Victoria.

Jara, Gonzalo

 

En 1538, tras la batalla de las Salinas fue enviado junto a otros capitanes a la conquista de la región del Collao y de Charcas. A finales de 1539 fue testigo en una probanza de Rodrigo de Herrera y declaró ser vecino de Cusco y tener más de 25 años por lo que había nacido en 1513 o 1514. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas.

Jedoco, Fray Hernando de O.F.M.

Flamenco

Llegó de Nicaragua junto a Hernando de Soto, incorporándose a la tercera expedición de Pizarro. Estuvo en el reparto del botín de Cajamarca, cobrando como un soldado más

Jerez, Francisco de

Sevilla

Hijo de Pedro de Jerez, vecino de Sevilla, en la collación de la Magdalena, fue cronista y secretario de Francisco Pizarro. Estuvo presente como escribano en la primera expedición. Soldado que volvió a Panamá desde la isla del Gallo con Juan Tafur. Estuvo en el asalto de Cajamarca, rompiéndose una pierna. Regresó en 1534 a su ciudad natal y aunque pretendió regresar al Perú a mediados del siglo, no hay constancia de que llegase a ocurrir.

Jiménez de Santa Marta, Alonso

Miajadas (Cáceres)

De oficio espadero, en mayo de 1531 estaba en Coaque cuando compró en almoneda algunas piezas del quinto de su majestad. Estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. Entre el 12 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco plata por valor de 30 marcos y oro que se apreció en 274.435 maravedís. Murió en esa ciudad con anterioridad a 1539.

Jiménez, Andrés

Cazalla de la Sierra (Sevilla)

Participó como hombre de a pie en la batalla de Cajamarca estando presente en el reparto del botín. El 19 de mayo de 1533 adquirió cinco esmeraldas por un importe total de 81.000 maravedís. En 1534 regresó a España, junto a Hernando Pizarro, encontrándose entre los damnificados por la confiscación del metal precioso por el emperador. En 1538 estaba de vuelta en el Perú, ostentando una regiduría del cabildo de Lima. El 7 de julio de 1536 se le otorgó escudo de armas. Falleció en 1542 en la batalla de Chupas, cuando luchaba en el bando pizarrista.

Jiménez, Francisco

 

El 4 de abril de 1542 era vecino de Cusco cuando se le concedió un escudo de armas por sus servicios en la defensa del cerco de Lima, frente a los hombres del rebelde Manco Cápac.

Jiménez de Alcántara, Juan

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Jiménez de Consuegra, Juan

 

Probablemente se trate del mismo que viajó en la guardia personal de Pedrarias en 1514. Estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco.

Jiménez de Jamaica, Juan

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco.

Jiménez de Trujillo, Juan

 

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 50 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. El 22 de enero de 1540 se le concedió una encomienda de indios.

Joanes, sastre

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Juan, maestre

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. El 12 de julio de 1534 fundió oro de rescate por valor de 192.295 maravedís.

Juan Alonso

 

Escribano; el 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja.

Juárez

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Lara, Alonso de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lara, Gonzalo

 

Pizarrista, recibió parte de los indios arrebatados a Gabriel de Rojas. Asimismo, fue nombrado mayordomo en Cusco de los Pizarro.

Larinaga, Juan de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huamanga y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Laso, García

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Ledesma, Francisco de

 

Entre el 14 y el 20 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 2.964.595 maravedís y plata apreciada en 1.066 marcos y 2 onzas.

Leguizamo, Pedro de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lemos

portugués

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

León, Antón de

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

León, Francisco de

 

Luchó en el bando almagrista en la batalla de las Salinas. Luego lo desterró Hernando Pizarro a Chile, viajando en la expedición de Pedro de Candía.

León, Juan de

 

Entre 1537 y 1538 compaginó interinamente el oficio de contador con el de alguacil mayor de Nueva Castilla, cargo este último para el que fue designado en julio de 1537.

León, Gómez de (capitán)

 

El 24 de noviembre de 1537 fue testigo en el acuerdo del Tambo de Lunahuaná, entre pizarristas y almagristas.

León, Luis de

 

En enero de 1540 fue testigo presencial de la fundación de la ciudad de Arequipa.

León, Pedro de

Ciudad Real

Caballero, participó como tal en el reparto del botín de Cajamarca. En 1534 decidió regresar con la fortuna a su tierra natal. Fue uno de los damnificados por la confiscación del oro por el emperador. En ese año residía en Cusco, cuando entregó 400 pesos de oro a Hernando Pizarro, supuestamente para el servicio de Su Majestad. Entre el 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 47.620 maravedís y plata apreciada en162 marcos y 4 onzas. Defendió la ciudad frente a los hombres de Manco Cápac. Posteriormente estuvo con Pedro de Candía en el descubrimiento de los Chunchos y con Diego de Rojas en el descubrimiento de los Chiriguanos. El 19 de julio de 1566, siendo vecino de Santiago de Chile, recibió escudo de armas.

León, Pedro de

Medellín (Badajoz)

Era escribano en la ciudad de Cusco, pues escrituró el testamento de Juan Pizarro el 6 de mayo de 1536. Su padre, Rodrigo de León, declaró en 1540 en un pleito contra Hernando Pizarro, manifestando su enojo por la muerte de su hijo, que probablemente perdió la vida en la batalla de las Salinas o en las horas siguientes a la misma.

Lepe, Juan de

 

El 16 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco plata por valor de 17 marcos y 4 onzas.

Lerma, Felipe de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lerma, Pedro de

Burgos

Luchó inicialmente en el bando pizarrista, pues acompañaba a Alonso de Alvarado que fue enviado a Cusco por Francisco Pizarro. Tuvo una participación destacada en la defensa de Lima frente a los hombres enviados por Manco Cápac. No se sintió suficientemente recompensado por los Pizarro por lo que se pasó al bando almagrista, luchando en 1538 en la batalla de las Salinas. Cuentan las crónicas que, herido alcanzó su casa cusqueña pero entro un tal Samaniego y lo remató en la cama. Sin embargo, hay un Pedro de Lerma que el 19 de julio de 1566, era vecino de la ciudad de Santiago de Chile y recibió un escudo de armas. Posteriormente lo asesinaron en su cama unos soldados pizarristas. Desconocemos si es la misma persona que sobrevivió a las heridas recibidas en la batalla de las Salinas o si es otra persona del mismo nombre, acaso un hijo suyo.

Lezana

 

Maestresala de Francisco Pizarro, estaba en su palacio en 1541 cuando los rebeldes entraron para asesinarlo.

Loaysa

 

Un tal Loaysa figura entre los encausados por Vaca de Castro en 1542.

Loaysa, Alonso

Trujillo (Cáceres)

Según Garcilaso era hermano del arzobispo de los Reyes Jerónimo de Loaysa, y estuvo junto a Vaca de Castro en la batalla de Chupas.

Loaysa, Bernardino

 

El 25 de enero de 1550 fue testigo en una carta otorgada en Lima.

Loaysa, fray Jerónimo O.P.

Trujillo (Cáceres)

Hijo de Álvaro de Loaysa, un trujillano de linaje, optó, como tantos otros hijos segundones por hacer carrera eclesiástica. Fue elegido primer obispo de Lima, nombrado en 1541, ascendiendo al rango de arzobispo de la misma mitra hasta su muerte en 1575. Simpatizó con el bando de su paisano Gonzalo Pizarro.

Lobato, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lobo, Francisco

 

Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. En 1536 una importante encomienda en el valle de Jayanca.

Lobo, Juan

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

López, Alonso

 

En 1534 regresó a la Península con cierta fortuna, pero le fue confiscado por el Emperador. Por dicho motivo, en marzo de 1535, solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital.

López, Andrés

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

López, Cristóbal

 

El 16 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco plata por valor de 40 marcos.

López, Diego

¿?

En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió una india que se tasó en 2,5 pesos de oro. Presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja.

López, Francisco

Granja de Torrehermosa (Badajoz)

De oficio barbero, se incorporó a las tropas de Pizarro en Coaque. Vendió a los oficiales reales una caja de madera por ocho pesos de oro, estando en Coaque en mayo de 1531. Estuvo como jinete en la celada de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. El 26 de octubre de 1534 estaba todavía en esa ciudad que debió abandonar muy poco después, pues desde principios de 1535 lo encontramos de regreso en Sevilla.

López, Francisco

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

López, Gonzalo

 

El 19 de mayo de 1533, compró cuatro esmeraldas por valor de 141.750 maravedís.

López, Martín

 

El 22 de enero de 1540 se le concedió una encomienda de indios en la provincia de Omate.

López, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

López, Tomé

 

Entre el 20 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 336.915 maravedís, así como plata apreciada en 425 marcos.

López de Ayala, Pero

 

Su nombre aparece en la lista de acusados por la conjura que acabó con el asesinato del marqués. En 1542 figuró entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro.

López de Cazalla, Pedro

Llerena (Badajoz)

Presente en el palacio del marqués cuando éste fue asesinado. Era uno de sus secretarios, se encargó, junto a su mujer y a Inés Muñoz, de amortajarlo. Debe ser el mismo Pero López que aparece como escribano de Su Majestad, en el proceso contra los almagrista iniciado por Vaca de Castro el 16 de agosto de 1542.

López de Carvajal, Garci

Trujillo (Cáceres)

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. . En 1534 regresó a la Península con cierta fortuna, pero le fue confiscado por el Emperador. Por dicho motivo, en marzo de 1535, solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital.

López de Orihuela, Ruy

 

En 1538 luchó junto a Hernando Pizarro en la toma de la sierra de Guiatara, poco antes de la batalla de las Salinas.

López de Saucedo, Diego

 

Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara.

López de Zúñiga, Diego

Salamanca

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro. Murió en la batalla de Huarina.

López y Castañeda, Juan

 

Luchó a caballo en la defensa de Cusco frente a los indios de Manco Cápac. Después perdió la vida en una emboscada con estos mismos rebeldes.

Losa, Enrique de

 

Almagrista, fue uno de los que tomó parte en el asesinato de Francisco Pizarro.

Losada, Juan

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lozano ¿Mateo o Juan?

¿?

Presente en el reparto del botín de Cajamarca. Si se trata de Mateo Lozano, estuvo presente en 1513 en el descubrimiento del Mar del Sur junto a Núñez de Balboa. Si, en cambio, es Juan Lozano es probable que fuese el mismo que llegó en la hueste real de Pedrarias en 1514.

Lozano, Rodrigo

 

El 25 de agosto estaba en San Miguel de Tangarara cuando fundió una gargantilla y un collar por un valor total de 5.300 maravedís. En 1535 fue nombrado alcalde ordinario de la villa de Trujillo (Perú). En octubre de 1537 fue enviado en un barco, capitaneado por Francisco Martín de Alcántara, en persecución de una balsa regida por Luis García Samames que pretendía encontrar un barco e ir a informar a España de los agravios cometidos contra Almagro. En 538 seguía avecindado en dicha villa pues su nombre aparece en sendos documentos.

Lucena, Francisco de

 

Era un baquiano que había estado en la conquista del Darién. Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. En Coaque fue designado como veedor interino, a la espera de la llegada del oficial real. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. El 2 de junio de 1533 Cristóbal de Mena fundió en Cajamarca cierto oro en su nombre. El 18 de septiembre de 1540 recibió un escudo de armas, siendo vecino de San Miguel de Piura, por los servicios prestados en la conquista del pueblo Quemado en el Perú.

Lucena, Juan de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Lugones

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués, pese a ser difunto.

Luna, Gómez de

 

Era primo hermano de Garcilaso de la Vega. En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado. Tomó parte junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas.

Luque, Alonso de

 

Participó en la guerra contra Manco Cápac. En enero de 1540, siendo escribano público, levantó acta de la fundación de Arequipa, ciudad en la que fijó su residencia. Ayudó al licenciado Vaca de castro en su lucha contra el rebelde Diego de Almagro el Joven. El 20 de febrero de 1566 seguía avecindado en Arequipa cuando se le concedió un escudo de armas.

Luque, Hernando de

Porcuna (Jaén)

Maestreescuela de la iglesia de Panamá y socio de Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Se le concedió el obispado de Túmbez que jamás llegó a ostentar oficialmente. Debió morir en Panamá entre 1538 y 1539 pues en este último año sus herederos, vecinos casi todos ellos de Morón de la Frontera, reclamaban su herencia. No parece que les dejase una gran fortuna, pues, según Antonio de la Calancha murió empobrecido.

Llerena, Alonso

Zafra (Badajoz)

Participó en las guerras civiles del lado de Gonzalo Pizarro. Tras la derrota sufrió la pérdida de sus bienes y el destierro a Chile. En 1548, tras la derrota definitiva de Gonzalo Pizarro en el Perú, sufrió un proceso judicial. En 1549, murió a manos de los indios en el valle de Copiapó.

Llorente, Hernando

 

En 1558 era escribano en la ciudad de Jaén, provincia de Chuquimayo.

Magallón, Bartolomé

Cáceres

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro.

Magallón, Juan

Cáceres

Llegó al Perú en 1535, reclutado en España por Hernando Pizarro.

Málaga, Pedro de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Malaver, Francisco

Zafra (Badajoz)

Caballero, tras estar en Nicaragua llegó al Perú con Belalcázar, participando como tal en el reparto del botín de Cajamarca. En 1534 regresó a Sevilla con un cuantioso botín de 30.000 pesos de oro y 1750 marcos de plata, además de esmeraldas. Sin embargo, le fue confiscado por el Emperador, motivo por el cual en marzo de 1535 solicitaba que éste redimiese el juro y le devolviese su capital. Volvió a España en 1535 con una estimable fortuna y luego retornó al Perú, participando en la guerra civil. En 1547 luchó en la batalla de Huarina (Perú) en el bando de Diego Centeno frente a las tropas de Gonzalo Pizarro. Pese a que fueron derrotados, sobrevivió y se pasó a las filas del trujillano. Según James Lockhart, le impusieron un sinfín de pequeñas multas porque era bebedor, jugador y pendenciero.

Maldonado, Gonzalo

Astorga (León)

Participó a pie en la celada de Cajamarca. Luego fue vecino y alguacil mayor de Cusco. Entre el 9 y el 14 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 237.400 maravedís y plata apreciada en 1.737 marcos y 4 onzas. Pocos días después, exactamente el 24 de julio de 1535 figuró como testigo en una probanza realizada por Simón Suárez, vecino asimismo de Cusco. En 1536 regresó a su tierra natal. En Ponferrada estaba avecindado en 1541, cuando tenemos el último dato sobre él.

Maldonado, Pedro

 

El 5 de junio de 1537 fue testigo en el otorgamiento del testamento de Francisco Pizarro.

Maldonado Álamos, Diego de

Dueñas (Palencia)

Era un baquiano que llevaba bastantes años en el Darién. Participó a caballo en la celada de Cajamarca, estando presente en el reparto del botín. En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 1.000 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. En 1535 era alcalde ordinario de dicha ciudad, y ejercía el cargo de teniente de tesorero, en sustitución del ausente Alonso Riquelme. Entre el 9 y el 22 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 573.365 maravedís así como 435 marcos y 5 onzas de plata. Según Juan Gómez de Malaver, que se entrevistó con el alzado Manco Cápac, éste se quejó de él diciendo que le amenazaba para que le diese oro. También Diego de Almagro el Mozo lo señaló entre los que infringieron malos tratamientos al Inca. Posteriormente, defendió el sitio impuesto por las tropas de Manco Inca. Soltó de su prisión a Gonzalo Pizarro y a Alonso de Alvarado, siendo bien compensado después con un regimiento en la ciudad de Cusco. El 17 de marzo de 1538 estaba en España, enviado por el gobernador Francisco Pizarro, con el oro de Su Majestad. Pero en 1539 estaba de regreso en Perú, donde dispuso de una encomienda en la provincia de Andahuaylas. Luchó junto al licenciado Vaca de Castro en la batalla de Chupas, y luego de alineó junto a Gonzalo Pizarro. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. Tuvo una vida longeva, muriendo de enfermedad en 1570 en la villa de Valverde. Luego su hijo, Diego Maldonado Altamirano, trasladó su cuerpo a una capilla propia que mandó construir en la catedral de Cusco.

Maldonado Álamos, Rodrigo

Dueñas (Palencia)

Presumiblemente hermano del anterior, el 20 de enero de 1543 firmó la carta que el cabildo de Cusco envió a su Majestad.

Mallero, Juan Bautista

 

En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado.

Malpartida, Hernando Alonso

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huánuco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Mangas, Lázaro

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco.

Manjarrés, Alonso de

 

Tras la derrota de los almagristas en la sierra de Guiatara y poco antes de la batalla de las Salinas, abandonó al mariscal y se pasó al bando pizarrista. En 1541 se encontraba en el palacio del marqués en Lima cuando éste fue asesinado.

Manso, padre Diego

 

En enero de 1540 fue testigo presencial de la fundación de la ciudad de Arequipa.

Mañueco, Juan de

 

El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. Entre el 20 y el 22 de julio de 1535 fundió en Cusco oro por valor de 162.045 maravedís y plata apreciada en 588 marcos y 6 onzas.

Marbella, Pedro

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Marchena, Antonio de

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Marchena, Sancho de

 

Soldado que volvió a Panamá desde la isla del Gallo con Juan Tafur. En mayo de 1531 estaba en Coaque cuando compró en almoneda algunas piezas del quinto de su majestad.

Marchena

 

Una persona con este apellido aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro, por la muerte del marqués.

Marín, bachiller

 

Entre el 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 34.610 maravedís así como plata apreciada en 121 marcos y 2 onzas. Diego de Almagro lo cito en di codicilo, afirmando que tenía cuentas pendientes con él.

Márquez, Alonso

Vellotillo (Ávila)

Era clérigo y fue presentado en 1551 en la probanza de Hernán Mejía. Había estado en el Perú al menos desde principios de los años cuarenta.

Marquina, Gaspar de

Elgoibar (Guipúzcoa)

Participó en los sucesos de Cajamarca y estuvo presente en el reparto del botín. Murió en 1533 a manos de los indígenas cuando se dirigía con Hernando de Soto a Cusco.

Marquina, Martín de

Vizcaíno

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín.

Martel

 

Una persona con este apellido, aparece en el listado de acusados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués. Fue ejecutado en Huamanga, tras la batalla de Chupas.

Marticote

 

Tras el asesinato del marqués fue enviado como capitán de infantería a la ciudad de Cusco con el objetivo de someterla a la autoridad de Almagro. Luchó en la batalla de Chpas siendo ejecutado en Huamanga.

Martín, Diego

 

El 28 de agosto de 1534 estuvo presente en la fundación de la villa de San Francisco de Quito. En 1536 o 1537 murió a manos de los indios rebeldes de manco Cápac.

Martín, Diego

Trujillo (Cáceres)

Pizarrista, luchó como ballestero en la batalla de las Salinas. Al parecer, después de la misma se ordenó sacerdote.

Martín, fray Diego O. de M.

 

Testigo en el codicilo otorgado por Diego de Almagro en Cusco el 8 de julio de 1538.

Martín, Francisco

Alburquerque (Badajoz)

Presente en el reparto del botín de Cajamarca. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. En 1537 encontramos a una persona de este hombre como cautivo del Inca Manco Cápac, y fue liberado en una ofensiva encabezada por Rodrigo Orgóñez. Pero desconocemos si se trata de la misma persona.

Martín, García

¿?

Participó como hombre de a pie en la campaña de Cajamarca y en el posterior reparto del botín. Entre el 21 y el 22 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro por valor de 419.385 maravedís y plata apreciada en 455 marcos. En febrero de 1540 fue nombrado regidor de la villa de san Juan de la Frontera en Huamanga. Falleció en 1555.

Martín, Hernán

 

Almagrista, perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538).

Martín, Juan (herrero)

 

En su codicilo, Diego de Almagro afirma que es su criado y le da los indios de Nicaragua y la fragua con todas las herramientas, por los buenos servicios que tuvo de él.

Martín, Lope (capitán)

 

En 1538 estuvo junto a Hernando Pizarro en la toma de la sierra de Guiatara poco antes de la batalla de las Salinas. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Cusco y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Martín, Pedro

 

Testigo en una carta de poder otorgada por Diego Velázquez, mayordomo de Hernando Pizarro, en Arequipa, el 17 de noviembre de 1552.

Martín, Sancho

 

El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja.

Martín de Albarrán, Francisco

 

Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. Fue uno de los primeros pobladores de San Miguel de Tangarara. El 18 de junio de 1534, siendo vecino de San Miguel, se presentó en Jauja para fundir cierto oro, cuyo quinto ascendió a 13.500 maravedís.

Martín Bueno, maestre Pedro

Moguer (Huelva)

Nacido en 1496, se desempeñó como maestre de navío. En febrero de 1533 se ofreció voluntario para ir al Cusco con otros españoles a agilizar el envío de oro.

Martín de Alcántara, Francisco

Trujillo (Cáceres)

Capitán, permaneció junto a su hermano durante los principales de la Conquista. No estuvo en Cajamarca porque permaneció en San Miguel de Tangarara, al parecer con intención de regresar a Panamá a recoger a su esposa Inés Muñoz. El 2 de octubre de 1535, recibió en encomienda el curaca Vilcaguaxa, del pueblo de Manchay. En 1536, vendió en Lima un caballo por 1.300 castellanos de oro a Diego Gavilán que lo compró para Juan Pizarro. Estaba en la Ciudad de los Reyes, junto al gobernador, cuando fue cercada por los hombres de Manco Cápac. Su hermano lo envió a Trujillo con la intención de que reclutara hombres para la defensa de Lima. En octubre de 1537 fue enviado al frente de un barco para que apresara una balsa capitaneada por Luis García Samames que pretendía encontrar un barco e ir a informar a España de los agravios cometidos contra Almagro. En el testamento de Francisco Pizarro, otorgado en Chivicapa, el 22 de junio 1539, éste lo nombró como uno de sus albaceas. El 8 de octubre de 1540 recibió el curaca Collique, que antes había poseído Domingo de la Presa y al año siguiente los curacas Alaya, Guaca, Llapa, Chipana y Pomaxungo. El 18 de septiembre de 1540 se le concedido escudo de armas que apenas pudo disfrutar porque murió defendiendo a su hermano en 1541. Posteriormente su casa fue saqueada por los almagristas.

Martín Cetina, Francisco

 

En 1533, iba junto a Hernando de Soto en la vanguardia que se dirigía a Cusco, cuando murió junto a otros cuatro españoles en una emboscada cerca de Vilcaconga.

Martín de Don Benito, Alonso

Don Benito (Badajoz)

Era un baquiano del Darién al igual que Pizarro. Estuvo, al igual que Hernando de Soto, en la conquista de Nicaragua y en 1531 llegó al Perú, ayudando a Almagro en la conquista de Quito y estando presente en la fundación de Lima. Entre el 14 y el 20 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 35.935 maravedís y plata apreciada en 80 marcos. El 25 de noviembre de 1536, Francisco Pizarro le expidió carta de recomendación porque pretendía viajar a España. El 7 de diciembre del año siguiente seguía en Lima cuando se le concedió escudo de armas.

Martín de Don Benito, Pero

Don Benito (Badajoz)

El 7 de diciembre de 1537 residía en Lima cuando se le concedió un escudo de armas por los servicios pasados.

Martín de Moguer, Gonzalo

 

El 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco plata por valor de 80 marcos.

Martín de Moguer, Pedro

Moguer (Huelva)

Empezó como grumete, aunque luego se reconvirtió en soldado. En febrero de 1533 se ofreció voluntario para ir al Cusco, en compañía de Pero Martín Bueno, con la idea de agilizar el envío del preciado metal precioso. El 30 de mayo de 1535 fundió en Cusco oro procedente de rescates por valor de 759.665 maravedís. En 1536 murió a manos de los indios.

Martín Montanero, Pedro

 

El 28 de mayo de 1540 fue nombrado regidor perpetuo de Quito.

Martín de Sicilia, Pedro

Sicilia (Italia)

Defensor de Lima en el asedio de los hombres de Titu Cusi Yupanqui de 1536. Al parecer, fue él quien mató al inca de un certero lanzazo.

Martín de Trujillo, Gonzalo

Trujillo (Cáceres)

Obtuvo su licencia pasa pasar a las Indias el 13 de agosto de 1515. Fue uno de los Trece de la Fama. En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 300 pesos de oro, en su nombre y en el de su socio Juan Flores, supuestamente para el servicio del Emperador.

Martínez, Fernán

 

Almagrista muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Martínez, Francisco

 

De oficio sastre, estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. Al parecer, regresó a España en 1535.

Martínez, Francisco

 

De oficio sastre, estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. Al parecer, regresó a España en 1535.

Martínez, García

 

Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Huamanga y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña.

Martínez, Rodrigo

 

Su nombre aparece entre los encausados por el licenciado Vaca de Castro por la muerte del marqués.

Martínez Calero, Pedro (clérigo)

Trujillo (Cáceres)

Conoció al marqués, siendo de corta edad, cuando regresó a Trujillo antes de conquistar el Perú. Dado que había nacido en 1516 debía tener unos 14 o 15 años. En 1541 llegó a Lima, dos meses después de haber sido asesinado por los almagristas. Regresó a España poco antes que Francisca Pizarro. Y cuando ésta llegó a Sevilla se encontraba Pedro Martínez a Sevilla, quien se acercó a saludarla.

Martínez de Castañeda, Garci

 

Se enroló como soldado en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro. Luchó contra el Inca rebelde Manco Cápac, quedando tuerto por el impacto de una piedra. Fue alcalde ordinario del primer cabildo de San Juan de la Frontera, ciudad en la que continuaba residiendo el 19 de junio de 1540, cuando se le concedió un escudo de armas.

Martínez de Vegaso, Francisco

Trujillo (Cáceres)

Pasó a la conquista del Perú junto a Francisco Pizarro en 1530.

Martínez de Vegaso, Lucas

Trujillo (Cáceres)

Tomó parte de la celada de Cajamarca. Fue en la expedición comandada por Hernando Pizarro al templo de Pachacamac. A continuación, participó en el reparto del botín de Cajamarca, recibiendo su parte correspondiente como hombre de a pie. Con el dinero compró un buen caballo y participó en el resto de la conquista con él. El 23 de marzo de 1534 se avecindó oficialmente en la ciudad de El Cusco. En ese mismo año entregó a Hernando Pizarro 1.000 pesos de oro, en su nombre y en el de su socio Alonso Ruiz, supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 16 y el 22 de julio de 1535 entró en la fundición de Cusco oro por valor de 827.470 maravedís y plata apreciada en 840 marcos. En ese mismo año se le concedieron el curaca de los Yungas y los de Carumas y en 1540 el de Tarapacá entre otros. Luego perdió sus encomiendas por luchar en el bando de Gonzalo Pizarro pero las recuperó por intercesión de su suegro Nicolás de Ribera. A finales de 1539 fue testigo en una probanza de Rodrigo de Herrera y declaró ser vecino de Cusco y tener 28 años por lo que había nacido en 1511. Luchó junto a Gonzalo Pizarro en la guerra civil. En 1551 era vecino de Arequipa y figuraba entre los demandados por la viuda de Blasco Núñez, doña Brionda de Acuña. Falleció a finales de abril de 1567, diez días después de su boda con María de Ávalos.

Mato, Pedro

 

El 5 de marzo de 1535 fue designado regidor del cabildo de Trujillo (Perú).

Maza, Luis

¿Granada?

Caballero, estuvo presente en la celada de Cajamarca, yendo posteriormente, junto a Hernando Pizarro a la jornada del templo de Pachacamac. Estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca, e inmediatamente después retornó a España.

Mazariegos, Juan de

 

A finales de 1539 fue testigo en una probanza de Rodrigo de Herrera y declaró ser vecino de Cusco y tener 30 años por lo que había nacido en torno a 1509. Su nombre aparece entre los encausados por la conspiración que acabó con la vida del marqués.

Mazuelas, Gómez de

 

En 1534 era vecino del Cusco cuando entregó a Hernando Pizarro 200 pesos de oro supuestamente para el servicio del Emperador. Entre el 9 y el 22 de julio de 1535 se encontraba en Cusco, cuando entró a fundir oro de rescates por valor de 237.795 maravedís y plata apreciada en 216 marcos. Según Juan Gómez de Malaver, que se entrevistó con el alzado Manco Cápac, éste se quejó de él, diciendo que le infringía malos tratos. También Diego de Almagro el Mozo lo señaló entre los que infringieron malos tratamientos al Inca. El 29 de junio de 1539 se le concedieron en encomienda ciertos indios de Chinchasuyo y El Collao.

Mazuelas, Rodrigo de

Villaluenga de la Sagra (Toledo)

El 3 de febrero de 1532 recibió un poder de Francisco Pizarro para que se presentase ante su Majestad para reclamar la renovación del privilegio de exención del almojarifazgo, lo cual consiguió. El 20 de abril de 1534 se avecindó oficialmente en Jauja. En enero de 1535 fue designado regidor del cabildo de Lima. El 16 de julio de 1535 fundió oro de rescate por valor de 182.020 maravedís. Poco después del asesinato del marqués acudió a su palacio para defenderlo pero ya era tarde. El 12 de julio de 1541 estuvo presente en la apertura del testamento de Francisco Pizarro. Luego luchó en la batalla de Chupas contra los almagristas.

Medina, Alonso de

Badajoz

Caballero, estuvo presente en el reparto del botín de Cajamarca. Asimismo, el 19 de mayo de 1533 compró dos esmeraldas por valor de 81.000 maravedís. En 1534 regresó a España, trayendo junto a Gonzalo de Pineda, casi nueve millones de maravedís de Francisco Pizarro que finalmente fueron confiscados a cambio de un juro. Parece ser que se dirigió a su ciudad natal y nunca más regresó al Perú.

Medina, Alonso de

 

El 25 de agosto de 1532 estaba en San Miguel de Tangarara, cuando registró dos anillos de oro por un valor total de 300 maravedís. Probablemente se quedó en San Miguel, pues no aparece en la celada de Cajamarca ni en la ocupación de Cusco. El 29 de junio de 1534 estaba en Jauja cuando entró a fundir un anillo de oro cuyo quinto ascendió a 946 maravedís. Hay un almagrista de este nombre que perdió la vida en la batalla de las Salinas (1538), pero no podemos asegurar que se trate de la misma persona.

Medina, Gonzalo de

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Mejía o Mexía, Alonso

 

Almagrista, muerto en la batalla de las Salinas (1538).

Mejía o Mexía, Diego

Segura de León (Badajoz)

Hombre de a caballo de la hueste de Pizarro, llegado en su tercera jornada. En agosto de 1531, estando en Coaque, recibió dos indias que se tasaron las dos en cinco pesos de oro. Participó con su équido en la celada de Cajamarca, recibiendo 8.880 pesos de oro y 362 marcos de plata. Aunque era joven recibió autorización para volver a España, seguramente porque encontrarse achacoso. El 11 de diciembre de 1539 dictó su testamento, sin herederos forzosos, dejando su herencia a su padre Hernán Mexía. Fundó una capilla y una memoria de misas a perpetuidad en la iglesia de Santa María de su villa natal. Murió a principios de abril de 1540.

Mejía o Mexía, Francisco

Aracena (Huelva)

El 23 de marzo de 1534 fue nombrado regidor del primer cabildo del Cusco. Entre el 12 y el 21 de julio de 1535 entró a fundir en Cusco oro de rescate por valor de 424.055 así como 1.106 marcos y 2 onzas de plata. En 1536 estuvo en la defensa del cerco de Cusco, como uno de los hombres de caballo. Murió en uno de los primeros lances del asedio, pues fue prendido por los indios y le cortaron la cabeza tanto a él como