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Historia de América

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES: LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES:  LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

 

        Cuando hablamos del oro y la plata que las huestes se fueron repartiendo en las fundiciones de San Miguel de Tangarara, Coaque, Cajamarca, Jauja y Cuzco hay que pensar que no era metal precioso de minas, sino piezas de orfebrería incaica que acababan irremediablemente en el horno. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, de la que solo escapó una pequeñísima parte. Y todo para tratar de saciar la voracidad metalífera de los invasores.

        He transcrito y analizado todos los registros de las fundiciones realizadas en el Perú y, pese al fraude, salen a relucir numerosas piezas que debieron tener un enorme valor artístico. En los listados de piezas fundidas en la villa de San Miguel de Tangarara, entre el 19 y el 5 de agosto de 1532, se citan gargantillas, collares, anillos una corona y varios tejuelos, todos ellos de oro. En las funciones de Cajamarca, Jauja y Cuzco se fundieron decenas de esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, vajillas y hasta camisetas confeccionadas con hilo de oro. Llaman la atención dos piezas en particular fundidas en Cuzco: una, un hombre de oro que entró a fundir García de Salcedo. Y otra, una fuente de oro esmaltado, que el gobernador había salvado de la fundición de Cajamarca, convirtiéndola en lingotes en la de Cuzco. Y todo ello sin contar la plumería fina y las piezas textiles y cerámicas que fueron directamente desdeñadas por los europeos.

        El 9 de enero de 1534, el gobernador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando a España para llevar el quinto al emperador y de paso obtener mercedes. Pues bien, junto al quinto fundido en lingotes, valorado en ¡107.735 pesos de oro y 12.000 o marcos de plata!, traía varias piezas sin fundir para disfrute de los cortesanos: algunas vasijas, ollas y atambores así como varios ídolos macizos de oro y de plata. Desgraciadamente, todo eso también debió acabar hecho lingotes para pagar los ejércitos europeos.

El 23 de julio de 1538, Hernando de las Casas, vecino de Sevilla, volvía a entregar al Emperador en Valladolid un rico presente enviado por Francisco Pizarro. El listado es tan curioso y llamativo que me permito reproducirlo íntegro:

 

Cuadro I

Tesoro inca entregado en

Valladolid al emperador en 1538

 

Nº de piezas

Metal

Objeto

3

Oro

Carneros grandes

10

Oro

Mujeres

1

Oro

Inca orejón con su corona del mismo metal

892

Oro

Barras de ocho quilates, marcadas con la marca real y contramarcadas con una C y una estrella y todas con cabo y cola

215

Oro

Barras de diez quilates marcadas todas ellas de la dicha marca y de otra, las dos de ellas sin cabo

8

Plata

Mujeres de plata grandes

4

Plata

Mujeres de plata pequeñas

3

Plata

Carneros grandes

1

Plata

Cordero (sic)

 

 

        Una auténtica fortuna, de un valor incalculable y por el que en la actualidad cualquier museo del mundo suspiraría.

        Por si fuera poco, cuando varias décadas después los hispanos tomaron Vilcabamba, el último reducto de los incas, las pocas piezas que estos habían podido salvar corrieron la misma suerte. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo aurífero del sol, fueron llevados a Cuzco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Los Incas y su cultura material eran por aquel entonces historia.

 

 

 

 

FUENTE

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú. Barcelona, Crítica, 2018 (a la venta a partir del 30 de enero).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FRANCISCO PIZARRO: UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

FRANCISCO PIZARRO: UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

 

        Estamos ya en la recta final de la edición de mi nueva obra sobre el trujillano Francisco Pizarro, conquistador del imperio Inca, responsable de la desaparición de éste y del doloroso parto del Perú. Verá la luz a finales de enero de 2018 y he estado trabajando en ella desde el año 2010 en que publiqué mi biografía sobre Hernán Cortés.

        A mi juicio, siguiendo a Jorge Plejanov, los hilos de la historia los mueven los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comporten de un modo más o menos similar ante situaciones parecidas. Eran personas de su tiempo, por un lado cruzados medievales y, por el otro, guerreros modernos e individualistas que luchaban por ganar honra y fortuna. Creían en la escala de valores de la sociedad del quinientos que mantenía la antítesis caballero-valeroso frente a villano-cobarde, situando el ardor guerrero como una de las virtudes supremas. Aunaban altas dosis de intransigencia religiosa, con la valentía y con fuertes ansias personales de enriquecimiento, lo que les convirtió en armas casi indestructibles frente a sus enemigos. Estaban dispuestos a morir y a matar en nombre de Dios y del Emperador y eso les reportaba una extraordinaria fortaleza moral. Aunque en lo más profundo de su subconsciente sabían que muchas de sus acciones no eran éticamente correctas de ahí que al final de sus días, dispusiesen memorias y obras pías a favor de los naturales, los mismos a los que ellos se habían encargado de robar, someter y explotar.

         Ahora bien, aunque no sean las individualidades las que provocan los saltos hacia adelante, sí estoy convencido al menos de que existen personas con mucho más empuje y liderazgo que otras. Pues bien, uno de esos personajes singulares de la conquista fue Francisco Pizarro, que no era ningún héroe pero al menos sí, utilizando terminología de Max Weber, un individuo carismático.

         Como americanista he investigado la Conquista durante más de dos décadas, intentando desmitificar a los conquistadores. He escrito un libro revisando la conquista en su globalidad (2009), demostrando las estrategias violentas que se utilizaron y la ilegitimidad de la misma. No podemos olvidar que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, como ha escrito Antonio Espino, todas las reacciones de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos verlas como legítimas. Y ello a pesar, de que la mejor arma de la que dispuso el trujillano fue la de los pueblos escasamente incaizados que suministraron una tropa auxiliar muy leal. Asimismo, he escrito biografías de algunos de estos protagonistas de la conquista, a saber: Nicolás de Ovando (2000), primer gobernador de las Indias, Hernán Cortés (2010) y Hernando de Soto (2012). Ahora pretendo hacer lo mismo con Francisco Pizarro, actor necesario tanto del inevitable hundimiento del Tahuantinsuyu como del traumático alumbramiento del Perú.

        En pleno siglo XXI, la historiografía social española mantiene un cierto desfase con respecto a la europea. En las últimas décadas han aparecido algunos trabajos pioneros en materia social, sin embargo en lo concerniente a la historia de América la situación es aún más incipiente pues, durante buena parte del siglo XX, el pretérito patrio se fundamentó en los grandes mitos de la España Imperial. Y cómo no, uno de los pilares de esa historia pseudomítica, fueron los conquistadores, especialmente Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

        Centrándonos en el caso que ahora nos ocupa, la extensa historiografía contemporánea se ha polarizado, entre los que le atribuyen cualidades sobrehumanas y los que lo denigran, vertiendo sobre él los peores calificativos. La mayor parte de las biografías del trujillano, al igual que las de Hernán Cortés, son hagiográficas, es decir, se limitan a destacar las excelencias, la grandeza, las dotes militares y la extraordinaria personalidad del biografiado. Manuel José Quintana, a mediados del siglo XIX, propuso explicar vivamente a la juventud la figura de conquistadores como Francisco Pizarro para que sigan su ejemplo y magnifiquen e imiten sus obras. En 1929, con motivo de la inauguración de la estatua de Pizarro en Trujillo, el ministro peruano Eduardo S. Leguía afirmó que la figura de Pizarro representaba la voluntad de una raza en cuyos dominios espirituales nunca se pondrá el sol. Asimismo, en 1949, otro biógrafo, Luis Gregorio Mazorriaga, ensalzaba las excelencias del trujillano con las siguientes palabras:



         “Como representante genuino de las virtudes raciales, en el que los niños pueden ver un ejemplo de la reciedumbre del carácter y temperamento de los hijos de España, Pizarro ocupa lugar preferente entre las figuras más eminentes de nuestra historia”.



        No menos elogioso se mostró Clodoaldo Naranjo quien se pregunta si el trujillano no fue, al igual que otros héroes, un elegido por Dios para cumplir amplios fines evangélicos. No es el único, pues según Mallorquí Figuerola, las hazañas del trujillano le hacían pensar que “Dios debió de escogerle como flagelo destructor del imperio de los incas”. Todavía en pleno siglo XXI, se pueden encontrar historiadores que aluden a él como un héroe ante el que había que “inclinarse reverentemente”. Está claro que cada época posee una historiografía determinada, adecuada a los valores sociales imperantes. Francisco Pizarro, era un modelo de fuerza, tesón y energía, valores que han sido ensalzados largamente a lo largo de la historia.

        En cambio, otra parte de la literatura, sobre todo los hagiógrafos de Cortés y los almagristas, lo han denigrado, focalizando en él todos los males del conquistador: cruel, desagradecido, tirano, ambicioso, etc. Y no es que no tuviera todas o algunas de esas cualidades sino que se trata de calificativos que se pueden aplicar prácticamente a todos los conquistadores del siglo XVI.

        Afortunadamente, en la actualidad la mayoría compartimos otros valores o modelos completamente opuestos a los que exhibía el trujillano, como la humanidad, la inteligencia, la clemencia, la laboriosidad, el humanismo o el pacifismo. Urgía realizar una nueva biografía del trujillano desde una metodología propia del siglo XXI. En este sentido, ha escrito Benedetto Croce que toda historia es siempre contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde nuestro tiempo. Y efectivamente, cuando analizamos las construcciones del pasado que se hacen en cada época, nos damos cuenta de la imbricación permanente de este pasado-presente. Por tanto, se hace necesario trazar un nuevo perfil vital desde una técnica y una metodología actual. ¿Será una obra definitiva? Obviamente no, ningún libro de historia lo es porque cada generación plantea nuevas preguntas sobre el pasado y mira los hechos desde ópticas muy diferentes. ¿Cómo se verá a Francisco Pizarro en el siglo XXII o en el XXX? No lo podemos saber. En el presente trabajo hemos querido trazar una semblanza renovada, es decir, una biografía nueva para un lector de nuestro tiempo. Para ello, hemos considerado dos premisas:

        Una, la exhaustividad, es decir, el uso de todo el material manuscrito e impreso sobre la materia, lo que equivalía a contrastar decenas de crónicas de la época, varios centenares de historias, regestos documentales y manuscritos localizados en muy diversos repositorios. Pese a que los historicistas presumieron siempre de haber desempolvado y publicado miles de documentos, lo cierto es que no fueron exhaustivos pues todavía hoy es posible encontrar bastantes referencias documentales inéditas que nadie recopiló y que nos han servido para perfilar la vida del personaje.

        Y otra, el cotejo de todas y cada una de las versiones de los hechos. De Francisco Pizarro se han ofrecido visiones muy dispares y en ocasiones antagónicas. Dependía de que su autor hubiese prestado más atención a unos testimonios que a otros para sostener una cosa o la contraria. Hay varias decenas de crónicas e historias, la mayoría escritas por españoles pero otras por mestizos o por indios. Sin embargo, todos estos textos hay que leerlos de manera crítica porque todos encierran unos intereses muy personales y una visión de la historia condicionada por sus circunstancias personales. Después de pasar varios años revisando, transcribiendo e interpretando hechos, pude comprobar que había al menos tres visiones diferentes que era necesario identificar y contrastar para intentar acercarnos a la realidad.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

VENEZUELA, POBRE VENEZUELA

VENEZUELA, POBRE VENEZUELA

 

 

Nicolás Maduro ha ganado las elecciones, aunque me temo que la oposición -nacional y sobre todo internacional- no se va a conformar con el resultado. Aún no se habían celebrado los comicios y ya se hablaba de fraude electoral. Y es que existen demasiados recursos mineros y energéticos en el país como para que el capitalismo internacional acepte una revolución de cualquier tipo, bolivariana, china o leninista.

A nivel internacional se habla del desabastecimiento intolerable del pueblo y de la lucha armada que se vive en las calles. Pero solo dos matices: el desabastecimiento se debe en gran parte al bloqueo internacional y a la bajada del precio del petróleo, base de la economía del país. Y en cuanto a la violencia, solamente mencionaré un dato: en México son asesinadas diez o doce veces más personas al año que en Venezuela y nadie por ello cuestiona la viabilidad del gobierno mexicano.

Venezuela, siempre Venezuela, pobre Venezuela. Tierra de promisión donde Cristóbal Colón ubicara el paraíso terrenal y después los españoles el mito del Dorado. Uno de los países más ricos del mundo, con metales preciosos, grandísimas plantaciones de cacao y las mayores reservas petrolíferas de América Latina. Esa ha sido precisamente la cruz de Venezuela, sus riquezas que han destrozado el territorio desde el mismo siglo XVI cuando los banqueros alemanes obtuvieron una gobernación para saquearlo. Efectivamente los despropósitos comenzaron cuando Carlos V entregó el territorio a unos banqueros alemanes para saldar deudas. Entre 1528 y 1546 Venezuela estuvo regida por estos empresarios teutones. La búsqueda de metal precioso alimentó las grandes expediciones de los alemanes encabezadas sucesivamente por Ambrosio Alfinger, Jorge Espira, Nicolás Federman y Felipe de Hutten. En su demencia áurea llegaron a vadear las altísimas cadenas montañosas de los Andes, las intransitables selvas tropicales y las infinitas sabanas. Asimismo, se enfrentaron a naturales hostiles que lanzaban sobre ellos flechas envenenadas, a caimanes, insectos y a prolongadas hambrunas. Como no podía ser de otra forma, todas acabaron fracasando, dejando eso sí, un reguero de muerte y destrucción por todos los lugares por donde pasaron. Varios millares de europeos fallecidos y el mundo indígena asolado, muriendo unos en enfrentamientos bélicos y otros por hambrunas y enfermedades.

A finales de la época colonia Venezuela se especializó en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio solo se beneficiaba la élite, pues el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del país.

Esta oligarquía criolla cacaotera mantuvo el poder político y económico tras la Independencia. Simón Bolívar ofreció la libertad a los esclavos para ganar apoyos, librándose la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, el resto de las tropas realistas fueron evacuadas de la zona. Una vez más, tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de la Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

           Como ha afirmado el profesor Miquel Izard, el egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países, como Inglaterra o los Estados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social.

Y ¿qué paso con la población indígena tras la Independencia? Pues desgraciadamente hay que hablar de una nueva hecatombe. Hay que tener en cuenta, siguiendo de nuevo al Prof. Izard, que durante la colonia solo se ocupó realmente el veinte por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de los Llanos en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Y es que en el fondo los criollos estaban convencidos de que los indígenas representaban un lastre para el desarrollo por lo que estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

           El triunfo de la Revolución Bolivariana, especialmente a partir de la aprobación de la Constitución de 1999 supuso un hito en la historia de este país. Como ha escrito Hans-Jürgen Burchardt, la prioridad de este régimen ha sido siempre la universalización de los derechos sociales y el fomento de la participación económica y política de toda la ciudadanía. Y además con la idea de servir de referente, es decir, de locomotora para otros países que se quieran sumar al movimiento bolivariano. Ha habido grandes avances en la lucha contra la pobreza, la política social y la participación política de la ciudadanía que se combinan con aspectos menos positivos, como el clientelismo y el paternalismo político, tan típicos, por otro lado, de la cultura política venezolana en particular y latinoamericana en general.

Ahora bien, la República Bolivariana ha sido y es una de las pocas alternativas serias al capitalismo, hasta el punto que algunos la denominan ya como el “socialismo del siglo XXI”. Por ello, lo que empezó siendo una aventura aislada y aparentemente pasajera de un militar se ha convertido en una seria opción política que incomoda al capitalismo, a las multinacionales y a los poderes imperialistas. Los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador están liderando, con resultados dispares, una ruptura con la democracia liberal y con el tradicional monopolio de los altos cargos políticos por parte de la oligarquía.

           Actualmente, Venezuela sufre una crisis económica brutal, favorecida por el descenso notable del precio del petróleo, que es la base de la economía del país, y por el bloqueo internacional. Nicolás Maduro ha cometido grandes errores en el fondo y en las formas, como casi cualquier dirigente político. La República Bolivariana tiene sus miserias; eso lo sabemos todos. Sigue habiendo graves problemas sociales y económicos. Pero, y ¿cómo era Venezuela en la época pre-bolivariana?, ¿Era un edén perdido que arruinó la Revolución? Pues francamente no; una élite, incluyendo a la clase media-alta, vivía en la abundancia, mientras que el sesenta por ciento de la población vivía no solo en los umbrales de la miseria sino apartada incluso de la participación política. Sirvan de ejemplo estas palabras con las que Eduardo Galeano describía la Venezuela pre-chavista, allá por los años ochenta:

 

“Venezuela es uno de los países más ricos del planeta, y también uno de los más pobres y uno de los más violentos… En las laderas de los cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de basura, el derroche ajeno…Un sesenta por ciento del país vive marginado de todo. En las ciudades prospera una atolondrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente… En la pasada fiesta electoral, el censo de inscritos arrojó un millón de analfabetos entre los dieciocho y los cincuenta años de edad”.

 


          Pero por si alguien duda de la objetivida del citado historiador, citemos las palabras de otro gran estudioso como Guillermo Morón que describía la situación del país allá por 1979 con las siguientes palabras:

 

          "Todavía somos una república petrolera que aspira a la diversificación industrial...Los problemas principales que aquejan al país: alto costo de la vida, pobreza masiva, delincuencia, desempleo, niñez abandonada. Un estado multimillonario y un pueblo empobrecido..."


 

          Da la impresión que el origen de las dramática situación que vive el pueblo venezolano es más antigua de lo que algunos creen.

 

 

 

PARA SABER MÁS


 

BÜSCHGES, Christian/ Olaf Kaltmeier/ Sebastián Thies (eds.): “Culturas políticas en la región andina”. Madrid: Iberoamericana, 2011.

 

CAVA MESA, Begoña (Coord.): “Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010”. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010.

 

GALEANO, Eduardo: “Las venas abiertas de América Latina”. Madrid, Siglo XXI, 1980.

 

IZARD, Miquel: “El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830”. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

----- La colonización de Venezuela: El fiasco de los banqueros alemanes, “La Aventura de la Historia”, Nº 226. Madrid, agosto de 2017.

 

MORÓN, Guillermo: Breve historia de Venezuela. Madrid, Austral, 1979.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS



EXCESOS SEXUALES EN EL SANTO DOMINGO COLONIAL

EXCESOS SEXUALES EN EL SANTO DOMINGO COLONIAL

Preparando una ponencia para noviembre de este año en Santo Domingo sobre la libertad y el libertinaje sexual, uno se sorprende no tanto de los excesos que se cometieron como de la impunidad. Adelantaré un par de casos tangenciales que no afectan al fondo de mi ponencia para que el lector se haga una idea.

           América se convirtió en una especie de paraíso de Mahoma, donde muchos conquistadores y colonizadores practicaron la barraganía y el concubinato. En España había muchos casos de transgresiones, pero había una diferencia notabilísima, un control mucho mayor lo que hacía que pocos casos quedasen impunes, máxime si eran de la magnitud de los que vamos a relatar a continuación. No hay que olvidar en este sentido que las autoridades hispanas apenas controlaban un veinte por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos venezolanos. Baste ofrecer un dato referente a la Inquisición: en la Península Ibérica había dieciséis tribunales inquisitoriales para una extensión de medio millón de km2 mientras que un único tribunal novohispano debía ocuparse de una extensión seis veces superior.

           Algunos mantuvieron relaciones con niñas de siete u ocho años, sin el más mínimo problema legal ni social. Así, el 15 de febrero de 1578, el doctor Gregorio González de Cuenca en una carta dirigida al rey narró el comportamiento indecoroso del licenciado Paredes. Al parecer, éste había condenado un alcalde llamado Baltasar Rodríguez por haber ejecutado la sentencia de muerte sobre un cacique que había quemado en la hoguera a tres indios inocentes. Le dijo que si quería evitar la pena de muerte le debía entregar su hija de ocho o nueve años para casarla con hijo suyo de año y medio. Baltasar Rodríguez accedió al casamiento, pero poco después falleció en circunstancias extrañas. Y el suceso fue aprovechado por el licenciado Paredes para llevarse a la niña a su casa, donde la tiene a la fuerza dando clamores a Dios. Solicitaba que tan gran delito no quedase sin castigo, pero no sabemos mucho más del caso. Todo parece indicar que se trata de un abuso sobre la menor aunque en el documento en cuestión no se especifican los abusos o las intenciones exactas del licenciado Peralta.

           No era el único que llevaba una vida escandalosa; el oidor de la audiencia, licenciado Esteban de Quero, llevó una vida absolutamente desordenada sin que nadie hiciese o pudiese hacer nada para remediarlo. Vivía amancebado con una mujer, que era hermana de una monja del convento de Regina Angelorum; y realizó todo tipo de presiones a las religiosas para que la nombrasen priora. Finalmente no ocurrió por la intervención del provincial fray Juan de Manzanillo y del presidente de la audiencia doctor González de Cuenca. Pero además, mantenía relaciones con muchas otras mujeres; así por ejemplo, llegó a la isla la gobernadora de la isla de La Margarita, doña Marcela Manrique y fue público que se encerró en casa con dicha señora, y no acudía ni a las sesiones de la audiencia. Pero tampoco sus excesos se limitaban a la vida privada, era frecuente verlo por las noches con una o varias mujeres de compañía, ofreciendo escandalosos espectáculos. El doctor Cuenca, presidente de la audiencia, se sentía incapaz de solucionar los problemas, dado que vivía atemorizado por los oidores que lo amenazaban de muerte. Él se limitaba a informar en un tono verdaderamente dramático:

 

            "Si hubiere de referir los clamores de los vecinos de esta ciudad por los malos tratamientos que estos dos oidores les hacen y por ver deshonradas las más principales mujeres de esta ciudad sería no acabar".

 

 

           Una vez más se evidencia la incapacidad de las autoridades peninsulares, frente al poder de la oligarquía local. En una ocasión pretendió embarcar para España a una de las mujeres que traía perdido al licenciado Quero y descasados a muchos otros vecinos de Santo Domingo. Sin embargo, al tiempo de la partida de los navíos la escondieron y no se pudo cumplimentar los deseos del presidente de la audiencia. En otros casos tomó la decisión de enviar a La Habana a algunos casados para que regresasen a España a por sus mujeres. Pero unos se fugaban y evitaban el embarque y otros iban a La Habana y luego regresaban a la isla sin haberse embarcado para España.

           Más llamativos aún son los abusos que algunos frailes cometían sobre las monjas en los conventos de Santo Domingo. Fray Lucas de Santa María O.F.M., vicario de los franciscanos, tenía una fama ganada a pulso de ser un potro desbocado y depredador de monjas. No era el único, pues el provincial de la misma orden, fray Alonso de Las Casas, había convertido el convento de clarisas en su mancebía, y allí acudía a regocijarse con ellas y a realizar tocamientos a las más jóvenes y guapas. Y hasta tal punto se extralimitó que “desvirgó” a doce de ellas, dejando embarazada a una, aunque éste no llegó a término. Hay una carta que el guardián del convento de San Francisco y los demás religiosos del mismo escribieron a su superior en 1584 que es absolutamente demoledora, pese a ser un correligionario. Merece la pena extractarla en sus partes más importantes. Afirma que no tenía de religioso más que el nombre y que se impidiese su vuelta a la isla, pues después del infierno no les podía venir mayor calamidad, así a nosotros como a estas pobres monjas, cuya casa violó y profanó. Al parecer acudía al cenobio en compañía de su compañero de tropelías fray Francisco Pizarro, y se iban a algunas celdas con la monja que más le gustaba y se echaba con ella, le ponía las manos atrás y el desvergonzado le alzaba las faldas y le miraba su honestidad. Y a una tal sor Isabel Peraza la llevaba a su celda en el convento de San Francisco y en una ocasión los vieron juntos en la ermita de San Antón. Y a un criado suyo de color, que lo tenía de alcahueta para pasar los mensajes a sus amantes, habló públicamente de sus deshonestidades y le dio tal castigo que estuvo al borde de la muerte. Menciona el guardián en su carta que el arzobispo de Santo Domingo procedió contra él por vía inquisitorial, pero no parece que llegara a buen puerto su sentencia pues de hecho, el religioso se disponía a volver a su convento. Sorprenden estos hechos tan graves y que quedasen totalmente impunes. ¿Cómo podía ocurrir esto? El guardián del cenobio lo deja muy claro: porque nuestros prelados mayores están tan remotos que no es posible acudir a ellos.

           En España también había infinidad de casos de amancebamientos, de estupros y de violaciones, pero había dos diferencias con respecto a La Española y en general a las colonias: uno, cuantitativamente eran menos los casos, ya que la presión de las autoridades era mucho mayor, por la cercanía del poder. Los párrocos y los familiares de la inquisición establecían a veces una presión insufrible, lo que servía como elemento disuasorio. Y dos, la impunidad en España se limitaba a las esclavas y a aquellas mujeres libres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras o viudas y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular.

           Una vez más la historia nos enseña la bajeza moral de muchos seres humanos, no muy diferente en el siglo XVI que en el XXI.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DEIVE, Carlos Esteban: “La mala vida. Delincuencia y picaresca en la Colonia Española de Santo Domingo”. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1988.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conductas sexuales en el Santo Domingo del siglo XVI: la violación de doña Juana de Oviedo”, en La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1578-1587). Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2016

 

SCHWARTZ, Stuart N.: “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico”. Madrid, Akal, 2010.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2017, 367 pp. I.S.B.N.: 9788461799664

 

Este libro debía ser simplemente una edición de bolsillo de mi libro Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010). Sin embargo, al final ha sido mucho más que una reedición, pues hemos corregido errores detectados en la primera edición, ampliado aspectos poco tratados e incorporado bibliografía reciente y hasta documentos nuevos que hemos localizado entre 2010 y 2016. Por ello, dado que se trata de una obra esencialmente diferente, nos hemos permitido titularla como Hernán Cortés: mitos y leyendas del conquistador de Nueva España, usando el título de la Conferencia inaugural de los Coloquios Históricos de Extremadura que impartí en Trujillo en el año 2015.

La historiografía tradicional entendía la expansión occidental como una gesta protagonizada por unos hombres que ampliaron la frontera del mundo civilizado y de la cristiandad. España era vista como un prodigio de espiritualidad, como la gran abanderada del catolicismo, luchando contra los bereberes, los árabes, los turcos, los protestantes europeos y, cómo no, contra los paganos amerindios. Según esta línea historiográfica los conquistadores fueron unos instrumentos de la providencia para hacer llegar la palabra de Dios a los rincones más ignotos. Se trataba de forjar la historia patria en torno a símbolos imaginarios que aglutinaran al colectivo. Esta leyenda apologética y legitimadora se ha mantenido vigente hasta el siglo XXI, pues es posible rastrearla sin solución de continuidad desde la misma época de los descubrimientos hasta la actualidad. Sin embargo, desgraciadamente la historia no fue tan heroica; aquello fue una guerra en la que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, cualquier tipo de reacción de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos contemplarlas como legítimas.

El caso de Hernán Cortés es muy particular porque se ha escrito tanto de él y durante tanto tiempo que no resulta fácil separar la historia de la leyenda, es decir, la realidad de la ficción. Además, ocurre una curiosa paradoja; pese a la extensísima historiografía siguen existiendo muchísimas sombras, infinidad de aspectos que nos son total o parcialmente desconocidos. Y ello debido a dos causas fundamentalmente: primera, a los silencios del propio conquistador que, aunque escribió muchísimo, apenas se refirió a los aspectos más íntimos de su biografía y, menos aún, a sus orígenes en su Extremadura natal. De hecho, abundan los documentos oficiales o judiciales pero escasean los escritos personales, tales como cartas privadas, diarios o anotaciones personales. Por culpa de ese silencio, provocado por él mismo, han quedado muchos huecos que la historiografía se ha encargado de rellenar como buenamente ha podido. Y es que los historiadores siempre han mostrado una cierta intolerancia a los vacíos que suelen cubrirlos simple y llanamente con imaginación o con altas dosis de invención. Y segunda, a las tergiversaciones de unos y de otros que han tendido más a imaginar su figura que a investigarla. No en vano, abunda más la novela histórica que el trabajo científico. Además, se ha primado el hecho mismo de la Conquista, en detrimento de la propia vida de sus protagonistas.

Durante siglos la historiografía cortesiana ha estado polarizada en dos extremos opuestos, los defensores y los detractores. Obviamente, los primeros lo presentaban como un héroe civilizador, la reencarnación del Cid Campeador, mientras que los segundos lo tildaban de ser un precoz genocida del quinientos. No obstante, conviene aclarar que las historias hagiográficas son infinitamente más numerosas, entre otras cosas porque nadie dedica varios años a investigar a un personaje al que no admira. Reiteradamente se han mostrado actuaciones comunes como hechos excepcionales y hasta sobrenaturales. Su figura ha sido fuente de inspiración de poetas, dramaturgos, novelistas, historiadores, teólogos, visionarios y patriotas. Pero la verdad es que la conquista del imperio mexica fue excepcional en el sentido que un puñado de hombres en muy poco tiempo ocupó un amplio territorio pero, en lo demás, fue un capítulo más en la imposición del más fuerte sobre el más débil. Había un sinnúmero de precedentes de imperios similares al mexica, y aun mayores, que habían caído en manos de un puñado de invasores. Baste con citar el caso del Imperio Romano de Occidente, aniquilado por un grupo de desorganizadas hordas germánicas. Y dentro del contexto del siglo XVI, la actuación de Cortés no fue muy diferente a la de otros conquistadores. Sus comportamientos, sus estrategias, sus sentimientos, sus actitudes y sus pensamientos fueron similares al del resto de sus compañeros. Quizás lo más particular de su caso es que conquistase todo un imperio con un número tan limitado de efectivos. Pero, no fue el único pues Francisco Pizarro dispuso de tres veces menos fuerzas frente a un imperio no menos poderoso que el mexica. En cualquier caso, creo que la metodología utilizada hasta ahora no ha sido la adecuada. Urge investigar su figura a partir de fuentes primarias y anteponiendo la razón a la pasión.

De sus orígenes familiares, de su vida hasta 1519, y de su etapa final en España, hasta su muerte en Castilleja de la Cuesta, apenas si disponemos de unos pocos datos documentales. Hacia 1940 escribió F. A. Kirkpatrick que de la Conquista de México sabíamos mucho porque disponíamos de centenares de testimonios de primera mano pero, en cambio, de su infancia y juventud en Extremadura apenas teníamos unos pocos datos fiables. Se trata de unas palabras que no han perdido todavía vigencia. De hecho, dos de los máximos estudiosos actuales, como los mexicanos Juan Miralles y José Luis Martínez se han manifestado en este mismo sentido. Es obvio, pues, que de su infancia y juventud en tierras hispanas, entre 1484 y 1504, median dos décadas de las que no tenemos noticias. Asimismo, desde su primera llegada a La Española, en 1504, hasta 1519 median otros tres lustros en los tampoco disponemos de fuentes documentales. En definitiva, estamos hablando de una etapa comprendida entre 1484 y 1519, es decir de ¡35 años! en los que apenas nos constan dos o tres datos fiables. En cambio, la conquista de México se conoce tan bien que casi se podrían secuenciar sus actuaciones día a día. Contrasta, pues, con las pocas noticias que existen para reconstruir su vida antes y después de la Conquista. Ante estos vacíos, los cronistas recurrieron a la erudición y a la leyenda, perpetuando en el tiempo meras conjeturas que a base de repetirlas han llegado a nuestros días como verdades absolutas.

Llegados a este punto, cabría preguntarse ¿por qué sabemos tan poco sobre sus orígenes? Hay que empezar diciendo que se trata de una constante en otros muchos personajes de la historia, incluidos numerosos descubridores y conquistadores, como Cristóbal Colón, Hernando de Soto, Francisco Pizarro o Diego de Almagro. Unos trataban de ocultar un pasado semita y otros su baja cuna, que no favorecía nada su nuevo estatus de personas afamadas y ricas. En el caso concreto del metellinense, el silencio es más llamativo porque nos dejó cientos de folios redactados de su puño y letra, entre ellos sus famosísimas Cartas de Relación. Sin embargo, apenas se refirió a su vida antes de la Conquista. ¿Por qué lo omitió? Lo desconocemos, pero probablemente su engrandecimiento tras la Conquista así como sus aspiraciones por entroncar con lo más granado de la nobleza hispana, le hicieron dejar de lado sus verdaderos orígenes familiares que, sin ser plebeyos, no estaban a la altura de sus nuevas circunstancias.

Además, dispuso de cronistas propios, como Francisco López de Gómara, o muy influidos por él, Francisco Cervantes de Salazar, que le permitieron difundir su versión personal de los hechos. Y consiguió su objetivo, pues la mayor parte de los historiadores que han escrito sobre él y su conquista han tomado casi a pie juntillas todo lo que afirmó López de Gómara. Éste, al parecer se fundamentó en lo que el propio conquistador le contó, es decir, en lo que éste quiso que supiera. Sin embargo, todos los vacíos los rellenó como mejor pudo, intentando acercarlo lo más posible al ideal que imponían los héroes de las novelas de caballería. El resto de los datos los aportan otros cronistas, como el padre Las Casas, nada afecto al metellinense, quien contradice algunas de las afirmaciones de Gómara. Bernal Díaz del Castillo, miembro de la hueste de Cortés y algún que otro cronista, aportan algunas informaciones adicionales.

Como puede apreciarse en esta obra, sigue existiendo documentación inédita sobre el tema en los archivos españoles. Es más su propio juicio de residencia, iniciado por el licenciado Luis Ponce de León, aunque inconcluso, no ha sido estudiado en su integridad.

En este trabajo tratamos de arrojar luz precisamente sobre los aspectos más desconocidos de su biografía, es decir, de su infancia y juventud hasta 1519 y de los últimos años de su vida en la Península Ibérica. Concretamente, sobre sus orígenes familiares, nos remontaremos incluso a su bisabuelo paterno, Nuño Cortés, pasando por su abuelo, por sus padres y por su vida en tierras de Medellín. Intentaremos reconstruir, con nueva documentación, su infancia y su juventud, su paso por Salamanca –que no por la Universidad- y por Valladolid, su embarque para La Española y su vida hasta su gran aventura conquistadora iniciada, como es bien sabido, en 1519. Hemos localizado más de una treintena de documentos inéditos aunque, por desgracia, sigue habiendo un problema de fuentes. Gran parte de la documentación que se custodiaba en los archivos de su terruño natal, y que hubiese resultado fundamental para reconstruir sus orígenes, fue destruida en la Edad Contemporánea, primero en la Guerra de la Independencia y, luego, en la Guerra Civil. En Medellín no se conserva prácticamente ningún documento de los siglos XV y XVI. Sí los hay, en cambio, en la vecina localidad de Don Benito, tan vinculada también a la familia Cortés.

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LA SINGULAR CONDENA DEL CONQUISTADOR ALONSO DE CÁCERES POR EL ASESINATO DE UN INDÍGENA

LA SINGULAR CONDENA DEL CONQUISTADOR  ALONSO DE CÁCERES POR EL ASESINATO DE UN INDÍGENA

La conquista de América se llevó a cabo con una dramática violencia. Se utilizaron técnicas terroristas de forma sistemática para amedrentar a los indios que eran muy superiores en número, hubo matanzas sistemáticas de caciques y no pocos casos de extrema crueldad. Pero nadie debe rasgarse las vestiduras. Desde la antigüedad clásica hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos “superiores” sobre los “inferiores” se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial.

        E. G. Bourne comparó la actuación de Roma con Hispania, a la de los españoles con América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Y es que el “colonialismo Imperialista”, utilizando terminología de Max Weber, ni lo inventó España ni empezó con la conquista y colonización de América, sino en la Antigüedad.

        Pero, incluso, mucho antes, en el Neolítico, se dio lo que Marshall D. Sahlins ha llamado la “ley del predominio cultural”. En realidad era más bien una praxis. Ésta provocó que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares inhóspitos y aislados, abocando a muchos de ellos a su extinción.

        Así, pues, llamémosle “ley de predomino cultural”, “capitalismo imperialista” o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia. Y por si fuera poco, el siglo XX ha sido el más genocida de la historia de la Humanidad. Aún hoy, algunos gobiernos de países Hispanoamericanos practican políticas cuanto menos etnocidas con sus comunidades indígenas. Las violaciones de mujeres han sido un fenómeno recurrente en todas las guerras de conquista hasta el mismísimo siglo XX. Conocidas son las violaciones de alemanas por los soldados soviéticos en la II Guerra Mundial o las del ejército servio en los Balcanes en tiempos mucho más recientes. Y ello, porque en medio del horror de la guerra el hombre puede ser capaz de lo peor.

En este trabajo vamos a analizar un documento inédito, localizado en el Archivo General de Simancas, fuente inagotable de información al igual que el de Indias. Dicho manuscrito nos aporta bastantes datos sobre el cacereño Alonso de Cáceres, caso prototípico del conquistador y, sobre todo nos permite aportar más luz a la cuestión del etnocidio indígena. Sale a relucir también la figura del protector fray Tomás Ortiz, un extremeño no menos controvertido que el propio Cáceres.

El litigio tiene tanto más interés cuanto que no abundan entre la documentación española los juicios específicos a españoles por el asesinato de indios. Y ello muy a pesar de que fue la propia Reina Isabel “La Católica” la que los convirtió, hacia 1500 en vasallos de la Corona de Castilla.

Hace algunos años estudiamos el primer proceso específico por malos tratos a los indios instruido en el continente americano y nos quedaron no pocas interrogantes sobre la evolución posterior de este tipo de pleitos. Por eso, este juicio de 1531 nos permite analizar la evolución de estos litigios entre 1509 y 1531. Preguntas como ¿se continuaron utilizando testigos indios en los juicios?, ¿qué autoridad fue la competente para juzgar los casos de indios?, ¿se siguieron apelando estos casos a instancias superiores en el reino de Castilla?. Son preguntas a las que intentaremos dar respuesta en las páginas que siguen.

 

¿POR QUÉ SE JUZGÓ EL ASESINATO DE ESTE INDIO?

        Una de las primeras cuestiones que se nos plantean en este momento es por qué en plena vorágine conquistadora, donde perecieron directa o indirectamente miles de indios, se planteó una cuestión tan puntual como la muerte de un aborigen. Un desgraciado indígena del que ni tan siquiera salió a relucir su nombre, tan sólo un par de testigos mencionaron que creían que era propiedad de un español llamado Saavedra o de San Martín. Y todo ello en un entorno tan difícil como ese, donde la resistencia de los indios y la rivalidad entre los propios españoles desdibujaban la sutil línea que separaba lo legal de lo ilegal. Asesinatos de indios, saqueos, pillajes y violación de derechos humanos se daban continuamente en esos momentos en todas las gobernaciones de Tierra Firme, en Santa Marta, en el golfo de Urabá, en el río Grande y en Cartagena, donde las entradas de saqueos de los españoles eran continuas.

        Para empezar, debemos establecer una doble división, entre indios de paz o guatiaos e indios de guerra, que los primeros colonos indianos tuvieron muy clara. Aunque el concepto “guatiao”, de origen taíno, implicaba un compadrazgo entre dos indios o entre un español y un indio lo cierto es que, pasados unos años tras la conquista, los españoles atribuyeron al término una conceptualización más amplia. Sencillamente, se utilizó como sinónimo de indios de paz en contraposición al indio Caribe o de guerra.

        Pues, bien, supuestamente era a estos indios de paz a los que afectó durante las primeras décadas de la colonización toda la legislación protectora. Desde 1503 se podían combatir y capturar indios Caribes y, desde 1506 esclavizar a aquellos nativos que hubiesen sido rescatados a los propios aborígenes. Y todo esto se mantuvo así hasta las Leyes Nuevas de 1542 en que se dispuso que los indígenas no se pudiesen esclavizar bajo ningún concepto, ni siquiera por guerra o rebelión. Asimismo, a los que estuviesen sometidos a esclavitud con anterioridad se compelió a sus propietarios a que mostrasen título de legítima propiedad.

        Pero, en plena vorágine conquistadora, que supuso la muerte de infinidad de aborígenes, muchos de ellos por enfermedades pero no pocos también por las atrocidades del grupo dominante habría que preguntarse: ¿por qué en esta ocasión si fue juzgado y condenado el español que los cometió?

        Pues, bien, nos ha bastado indagar un poco en el contexto histórico de Santa Marta para comprender la realidad. La costa de Tierra Firme fue descubierta por el sevillano Rodrigo de Bastidas quien, hacia 1525, fundó la localidad de Santa Marta. Tras la muerte violenta de Bastidas hubo varios gobiernos interinos y de poca duración hasta que el 20 de diciembre de 1527 el burgalés García de Lerma firmó una capitulación que le confería la gobernación y la capitanía general de Santa Marta. La situación era crítica tanto por la belicosidad de los indios –buena parte de ellos alzados- como por las rivalidades entre los propios españoles que provocaron la muerte del mismísimo Bastidas. En este contexto la Corona decidió asignar al gobernador burgalés unos poderes excepcionales para restablecer el orden en dicha demarcación territorial. Lerma tuvo siempre dos obsesiones: una, expulsar de su gobernación a posibles rivales españoles, y otra, enriquecerse, él y sus deudos, con razias para capturar esclavos en el golfo de Urabá y en los límites de la vecina gobernación de Cartagena. Incluso, llegó a pedir en 1532 que no nombrase gobernador de Cartagena idea que obviamente fue rechazada por la Corona, cuando Pedro de Heredia fue nombrado para dicha gobernación.

        Y curiosamente el encausado, Alonso de Cáceres, era regidor de Santa Marta, miembro de la élite local y mantenía una agria enemistad con García de Lerma. La oportunidad le debió parecer única al burgalés para quitarse del medio a un poderoso rival. El acusado, un despiadado esclavista con muchos asesinatos de indios a sus espaldas igual que el propio Lerma, se defendió inútilmente afirmando que el indio acuchillado no era un guatiao sino un esclavo capturado en buena guerra. Y probablemente no le faltaba razón, pero de guerra o de paz, este crimen en particular –uno entre cientos- sí iba a ser juzgado y todo el peso de la ley –que hacía muy esporádicas apariciones- caería sobre él.

 

3.-EL PROTECTOR DE INDIOS FRAY TOMÁS ORTIZ

        Las diligencias las inició, a primero de abril de 1531, el protector de indios de Santa Marta, que era nada más y nada menos que el extremeño fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que un religioso que se había distinguido por su odio hacia los indios, en particular hacia los cumanagotos, y que además estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, ostentara el cargo de protector. Incluso, se da la circunstancia de que varios testigos declararon que el protector había azotado a este indio con anterioridad por alzarse contra los españoles. Miguel Zapata, testigo presentado en su defensa por Alonso de Cáceres, afirmó que, siendo informado el protector de lo que el indio había hecho contra los españoles “le dio muchos palos con una macana que si no le rogaran que no le diera más lo acabara de matar”. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de su Orden, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba y el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveraba el propio Montesinos.

        Fray Tomás Ortiz era un dominico profeso en el convento de San Pablo de Sevilla y natural de Calzadilla de Coria (Cáceres). Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento de los indios en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido mandadas establecer por fray Pedro de Córdoba y el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El propio fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, no se encontrase en dicho cenobio. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe atribuyendo a los indios cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar los ánimos exaltados del dominico que utilizó contra los indios calificativos como caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser mas contundente: “Éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades”. Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que en defensa de los indios habían sostenido otros dominicos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos.

        El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas que nunca le perdonó estas palabras, y en tiempos recientes por la historiografía lascasista. Efectivamente, ya en nuestro siglo Giménez Fernández aportó datos para demostrar las actividades económicas del dominico extremeño. Incluso, utilizando una cita de Bernal Díaz del Castillo, llega a decir que cuando llegó a México en 1526 como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que “era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía”.

        Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de “gran predicador” parece evidente que fray Tomás Ortiz no era el mejor de los candidatos para ocupar la protectoría, cargo que ostentara por primera vez su gran enemigo Las casas. Un puesto creado para proteger a unos indios a los que fray Tomás Ortiz no parecía profesarles un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente.

        Según Giménez Fernández, el 25 de enero de 1531 fray Tomás Ortiz fue revocado del cargo de protector de Santa Marta, pero lo cierto es que hasta abril de ese mismo año estuvo entendiendo en el pleito, en calidad de protector. Desconocemos hasta que año ejerció el cargo de protector en Santa Marta, porque la única referencia que tenemos es que en enero de 1540 desempeñaba ese puesto un tal Juan de Angulo.

Pese a lo dicho, debemos reconocer que en este pleito concreto el dominico se atuvo a la legalidad vigente. Por ello, instruyó el caso y, una vez que supo que se trataba de una causa penal –cumpliendo la legalidad vigente- lo dejó en manos del gobernador. Las atribuciones del protector de indios eran justo las mismas que por aquel entonces tenía el protector de Cuba, fray Pedro Ramírez, es decir: la facultad para nombrar visitadores y la instrucción y fallo de procesos por una cuantía inferior a los cincuenta pesas de oro y diez días de privación de libertad. En causas merecedoras de una multa de menor cuantía o en delitos de sangre el protector se debía limitar a informar al gobernador para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictaran sentencia.

 

EL ENCAUSADO: EL CONQUISTADOR ALONSO DE CÁCERES

        Si particular era el acusador no menos especial era la figura del encausado. Un extremeño que pasa por ser un prototipo del conquistador de primera generación. Un tipo ambicioso que, como tantos otros –Pizarro, Cortés, Balboa, Soto, etc.- llegó a enfrentarse violentamente con otros Adelantados y Conquistadores que tenían objetivos similares a los suyos. Ello provocó que, en apenas dos décadas, fuera participando sucesivamente en la conquista de Santa Marta, Cartagena de Indias, Honduras y Perú, acabando sus días en la región de Arequipa, a varios miles de kilómetros de donde empezaron sus ambiciones expansionistas. Pero, si entre los españoles destacó por su ambición, con respecto a los desdichados aborígenes se mostró cruel y despiadado, lo cual se puede verificar en las múltiples y dramáticas jornadas de saqueos y pillaje que protagonizó.

Sabemos muy poco de sus orígenes, ni de su vida en su Cáceres natal antes de su partida a América. El problema radica en que su nombre es tan común que al menos tres homónimos partieron de Cáceres rumbo al Nuevo Mundo en el primer cuarto del siglo XVI.

En cambio, sí que sabemos la fecha de su nacimiento que debió ocurrir en 1506 o en 1507, pues, en 1533 declaró tener 26 años, mientras que tres años después, es decir, en 1536, manifestó tener 30.

Queda claro, pues, que no tiene nada que ver con el encomendero y miembro de la elite local que encontramos desde principios del quinientos asentado en la villa de Lares de Guahaba en la Española, ni con el contador de Panamá que murió en la década de los treinta. En 1515 tenemos constancia de que un Alonso de Cáceres fue a las órdenes de Pedrarias Dávila, a la conquista de Castilla del Oro, y nada tiene de particular que fuese el regidor ya citado de Lares de Guahaba. Por ello, sospechamos que los dos homónimos de la Española y de Panamá sean la misma persona

Retomando el hilo de nuestro conquistador, es decir, del reo Alonso de Cáceres, lo encontramos en Santa Marta, participando con el gobernador García de Lerma en numerosas entradas en la zona del Río Grande. Al final, la codicia de ambos les llevó a un duro enfrentamiento entre ellos que terminó, tras este juicio que ahora analizamos, con la expropiación de sus bienes y el destierro del primero.

Tras su expulsión de Santa Marta decidió ir a la vecina gobernación de Cartagena de Indias. Allí, se hizo amigo del gobernador, Pedro de Heredia, con quien participó activamente en las entradas de Abreva y en el descubrimiento y sometimiento de la zona del río del Cenú. En esta gobernación volvió a tener un papel muy activo en su conquista, derrotando al belicoso cacique Yapel. Luego, tras descubrir el río Cauca, se dirigió en compañía del hijo del gobernador, a la zona del río Catarapá, donde fundaron la ciudad de Tolú, en la actual Colombia.

Pese a sus éxitos bajo las órdenes de Pedro de Heredia, nuestro funesto y ambicioso personaje no olvidó su odio hacia su antiguo jefe. Por ello, allí fraguó su venganza contra García de Lerma al remitir al Rey una información en la que le acusaba de hacer entradas hasta el río Magdalena que pertenecía a Cartagena, capturando esclavos, haciendo malos tratamientos a los indios y provocando el alzamiento del resto. Resulta cuanto menos curioso que Alonso de Cáceres que había ayudado activamente a Lerma en esas mismas entradas pocos años atrás y que tenía a sus espaldas una condena por un delito de sangre con un indio lo acusase de lo mismo por lo que él había sido juzgado. Era la manifestación clara del odio y del desprecio que sentía por la persona que consintió y avaló su desterró. Pese a ello, es obvio que García de Lerma tenía más o menos los mismos valores que su enemigo Cáceres por lo que hizo oídos sordos a todas estas quejas y continuó sometiendo a sangre y fuego los territorios colindantes a su gobernación, pues nunca renunció a su expansión.

        En Cartagena de Indias el cacereño consiguió amasar otra fortuna, y ello a pesar de que, tras la expropiación de sus bienes en Santa Marta, tuvo que empezar de cero. Este nuevo enriquecimiento se debió en gran parte a la gran cantidad de oro que obtuvo del saqueo del cementerio indígena del Cenú. De esta forma, tardó muy poco en encumbrase de nuevo entre la élite económica y política de la gobernación. De hecho, en 1537, lo encontramos nada menos que de regidor del cabildo de Cartagena de Indias, junto a Alonso de Montalbán y Gonzalo Bernardo de Somonte, mientras que poco después figuraba como titular de la encomienda de Tameme. Pero, sus ansias de poder y de dinero eran tales que terminó nuevamente enfrentado con el gobernador, en esta ocasión con Pedro de Heredia. Así, el 6 de marzo de 1539 Pedro de Heredia presentó una probanza en la que lo incluía entre sus enemigos capitales. Y ello, en respuesta a unos testimonios en su contra que él y otros conquistadores habían alegado en su juicio de residencia. El gobernador intentó demostrar que esas acusaciones vertidas contra él se debieron a la promesa del licenciado vadillo de repartir entre todos ellos 200.000 pesos de oro.

        Pero, cuando todo este cruce de acusaciones ocurría en Cartagena ya no debía estar allí Alonso de Cáceres, pues, desde finales de 1537, lo tenemos localizado en la conquista de la gobernación de Honduras, en compañía del conquistador salmantino Francisco de Montejo. Como es bien sabido, el salmantino había firmado una capitulación con el Rey en 1537 por la que se le nombraba gobernador de esta demarcación centroamericana. Convencido Montejo de las dotes bélicas de Alonso de Cáceres, le encomendó la pacificación del Valle de Comayagua, donde fundó en ese mismo año el pueblo de Santa María. Al parecer, en recompensa por los eficaces servicios prestados se le otorgaron las encomiendas de los cacicazgos de Arquín, Inserquin y Tomatepec.

        Pero tampoco estas prebendas fueron suficientes para asentar al intrépido conquistador que, pocos años después, lo volvemos a encontrar luchando en otra lejana región. Nada menos que en territorios del antiguo imperio Inca, luchando primero contra Almagro, y posteriormente, contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. En recompensa por sus servicios, hacia 1541, recibió la encomienda de los indios Arones Yanaquihua, asentados en los pueblos de Granada, Antequera y Porto. Ocho años después, concretamente en 1549, le fueron entregados en encomienda los indios del poblado de San Francisco de Pocsi que, en 1561, tributaban anualmente la nada despreciable cifra de 3.600 pesos. En Arequipa ostentó el cargo de Corregidor pero, según Publio Hurtado, poco después fue nombrado Adelantado de Yucatán extremo que de momento no hemos podido verificar por ninguna fuente primaria.

        Así, pues, en Arequipa perdemos el rastro de nuestro intrépido y despiadado conquistador. Probablemente, uno más de tantos otros españoles que se vieron implicados en la vorágine de la conquista.

 

EL PROCESO

        El proceso tuvo dos partes bien diferenciadas: la primera en que inició las pesquisas el protector de indios fray Tomás Ortiz y, cuando tuvo la certeza de que era una causa penal, acatando la legislación, pasó el proceso al gobernador, iniciándose así la segunda parte del juicio.

        Los hechos se desencadenaron en enero o febrero de 1531 cuando, en una entrada que los españoles hicieron a la provincia del Río Grande, en la gobernación de Santa Marta, Alonso de Cáceres mató a un indio supuestamente de paz. La fecha exacta de la campaña y del asesinato no la conocemos, pues, lo más que concretan algunos testigos es que ocurrió “en un día de los meses de enero o febrero”. Una vez que el protector de indios tuvo noticia de la muerte de un indio por Alonso de Cáceres comenzó las gestiones para juzgar los delitos.

Hacia primero de abril de 1531, recibió juramento de cuatro testigos españoles que estuvieron presentes en la citada campaña. Curiosamente, y aunque hubo también múltiples testigos indios, el protector tan solo interrogó a cuatro españoles. Y es que, aunque en un pleito similar ocurrido en 1509 sí hubo testigos indios, lo cierto es que en años posteriores desgraciadamente se suprimió esta costumbre. Y aunque, según Lewis Hanke, los Jerónimos de la Española recibieron órdenes para que el testimonio de un indio valiese como el de un español, salvo que "un juez real ordenase lo contrario", todo parece indicar que esta medida no llegó a tener aplicación práctica. Ya en el juicio de residencia tomado al licenciado Altamirano en Cuba hacia 1525 se afirmaba que no era costumbre tomar juramento a los indios en los juicios porque eran “incapaces” y no sabían “qué cosa es juramento”. De todas formas, encontramos pleitos posteriores en los que aparecían algunos testigos indios: en 1555 en el pleito por la libertad de una india llamada Isabel, propiedad de Beatriz Peláez, vecina de Jerez de la Frontera, declararon nada menos que tres indios: Juan, propiedad de Benito de Baena, María Rodríguez, india libre desposada con Juan Rodríguez y Esteban de Cabrera, de 84 años que servía en una casa de la collación de San Julián. También en un pleito similar, llevado a cabo en Sevilla en 1575 se utilizó como testigo a un indio llamado Juan.

Sea como fuere, lo cierto es que en los pleitos dirimidos en América o no se utilizaron o se hizo pero con muchas limitaciones. De hecho, el 26 de abril de 1563, la audiencia de Lima dispuso que el testimonio de dos indios varones o de tres indias valiese como el de un español mientras que, poco más de una década después, el virrey Toledo dispuso que el testimonio de seis indios equivaliese al de un español.

         Los entrevistados fueron García de Setiel, Juan Tafur, Diego Pizarro y Lope de Tavira, todos ellos testigos presenciales de lo ocurrido. Sus testimonios fueron bastante similares, puesto que se plantean los hechos desde el mismo punto de vista. La entrada, al parecer, se dirigió exactamente a un pueblo de indios que, según Juan Tafur, los españoles bautizaron como Pueblo del Río Deseado.

         Según afirmaron todos ellos, en esa expedición padecieron mucha escasez de agua. Del desdichado indio en cuestión ya hemos dicho que ningún testigo supo decir ni tan siquiera su nombre español. Tan sólo, López de Tavira acertó a decir que era propiedad de un español llamado “San Martín”, extremo que repitió un testigo llamado Gómez de Carvajal al aseverar que era un nativo que se había dado “a San Martín o a Saavedra”.

Al parecer, el indio portaba “una arroba de carga y más una cadena con su candado de hierro, que pesara a su parecer hasta ocho o diez libras, al pescuezo”. Tras caminar cinco o seis leguas sin encontrar el tan ansiado elemento líquido el desventurado indio comenzó a “desmayar”, cosa que le ocurrió al menos en dos ocasiones. Con la mala suerte de que la segunda vez no fue capaz de incorporarse, acudiendo García de Setiel con una caña delgada para darle “ciertos azotes”. Seguidamente el indio se incorporó y cogió un palo para atacarle. En ese momento, Alonso de Cáceres, que estaba viendo todo lo sucedido desde la retaguardia, acudió con su caballo, se bajó de él, y le cortó la mano primero para acuchillarlo hasta la muerte después.

López de Tavira tan solo introduce un matiz con respecto a los otros testigos: afirma que cuando llegó Alonso de Cáceres junto al indio le empezó a dar “con el regatón de la lanza” y que, tras ello, el indio atacó a Cáceres con el palo y entonces fue cuando se bajo del caballo el español y cometió el atentado. Sea de una forma u otra, lo cierto es que, como resultado de esas brutales heridas el pobre indio murió pocos minutos después.

        El protector de indios, comprobando el dramático calado de los hechos, traspasó el caso, mediante escribano público, al gobernador, “descargando su conciencia” y objetando su carácter de religioso. Ahora, bien, tuvo la precaución de dejar encarcelado al reo pese a las quejas de éste, una situación en la que continuó cuando asumió el caso el gobernador.

Es importante destacar que se verifica nuevamente algo de lo que ya teníamos constancia, es decir, que los protectores no podían juzgar causas criminales. Y así, por ejemplo, en el nombramiento como protector de fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536 se afirmaba lo siguiente:

 

 

        “Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación”.

 

 

        Lerma, tras verificar los hechos entrevistando a dos testigos, Gómez de Carvajal y García de Lerma, que dijeron prácticamente lo mismo que los interrogados por el protector, tomó la decisión de delegar el caso en su teniente, Francisco de Arbolancha, alegando que estaba muy ocupado “en muchas cosas tocantes a Su Majestad”. Se le hizo saber por medio de escritura notarial en la que se le dieron todos los poderes para que fallara el proceso con la máxima brevedad posible.

        Y ante Arbolancha comparecieron de inmediato dos buenos amigos de Cáceres, Diego de Carranza y Gonzalo Cerón que dieron fianzas de que Alonso de Cáceres permanecería recluido en las casas de morada del último. Realizados todos los trámites, a partir del 20 de junio de ese mismo año de 1531, el teniente de gobernador con la ayuda del alcalde mayor, Vasco Hernández de la Gama, y del fiscal general, Alonso Gallego, prosiguió el proceso.

        El fiscal solicitó ese mismo día, a la vista de los hechos, la pena de muerte para el reo y pidió asimismo la vuelta del presunto asesino a la cárcel Real “hasta tanto que la causa se determine”.

        Y ese mismo día comenzó la defensa del encausado Alonso de Cáceres. Para ello, se le tomó declaración a él mismo y a varios amigos suyos que el mismo propuso, a saber: Hernando de Santa Cruz, Hernando Páez, Miguel Zapata y Pedro Cortés. El acusado, obviamente, no negó el asesinato, su defensa se basó en intentar demostrar que el indio en cuestión no era guatiao, sino un indio esclavizado en buena guerra. De hecho, afirmó que llevaba “una cadena al pescuezo porque era de un pueblo donde mataron el caballo de Carvajal y, cuando lo tomaron, el mismo protector le dio muchos palos, (que) casi lo mató…” Y probablemente tenía razón en esta alegación, pues todos los testigos comentaron lo de la cadena en el cuello y, algunos, incluso, aseveraron que estaba marcado con el hierro de Su Majestad. Se trataba probablemente de un indio esclavo, porque ni la fiscalía ni los testigos negaron este extremo.

        El segundo de los argumentos esgrimidos por Cáceres en su defensa resultó mucho menos creíble. Él decía que lo mató “para no dejarlo ir a su pueblo que estaba de guerra con los cristianos”. Las justicias no creyeron esta alegación, pues, era evidente, que el indio encadenado y debilitado por el excesivo trabajo no suponía ningún peligro para sus verdugos.

        El pleito fue ágil y rápido, pues, el 11 de julio de 1531 el alguacil mayor estaba ya haciendo el inventario de los bienes de la casa de Alonso de Cáceres, que fueron depositados en la de Diego de Carranza.

        La sentencia de la justicia de Santa Marta no se hizo esperar y fue dictada el viernes 12 de julio de 1531. Después de relatar públicamente los capítulos enviados por Su Majestad a García de Lerma en relación al buen trato que se debía dispensar a los indios “como vasallos libres”, se dictó el veredicto. Al final se le perdonó la pena capital, como era de esperar, pero se le condenó a lo siguiente:

        Primero, al destierro de Santa Marta y su provincia “por todos los días de su vida”. Segundo, a la pérdida de su oficio de regidor. Tercero, a la pérdida de todos los indios esclavos y de repartimiento que tuviese en Santa Marta, y también del oro “y otras cosas” que le hubiesen rendido”. Y cuarto y último, a la confiscación de todos sus bienes, que una vez liquidados se reintegraría la mitad para el fisco, una cuarta parte para la iglesia, y la cuarta parte restante para gastos y reparos públicos.

        El condenado intentó apelar a la audiencia de Santo Domingo pero no se le permitió. Al parecer desde la segunda década del quinientos se decretó que los pleitos de indios no se apelasen a castilla. Los resultados parecen evidentes, en tan solo cincuenta días se había instruido y fallado un pleito de estas características. Todo un éxito para la larga y tediosa administración de justicia.

 

CONCLUSIÓN

         Este proceso nos permite conocer muchos detalles sobre la dureza y la brutalidad extrema vivida en la Conquista de América. La Conquista pudo ser una gesta en cuanto a que un puñado de españoles exploraron y conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados. Pero no es menos cierto que para el mundo indígena en general fue un verdadero drama. Un drama que la bienintencionada legislación propiciada desde la Corona no pudo frenar.

        De todas formas, nadie debe alarmarse por esto, pues, se trata de un capítulo más en la historia universal, donde el más fuerte siempre se impuso sobre el débil. Y hay un caso muy significativo: tras la llegada de los españoles, los taínos antillanos fueron exterminados en apenas cincuenta años. Pero si los españoles no llegan a Descubrir América, muy probablemente los indios Caribes, más belicosos que los taínos, hubiesen acabado con ellos en pocas décadas.

        Por lo demás este caso nos ha permitido verificar algunos aspectos que no teníamos claros, a saber: en primer lugar, que las leyes de protección de los indios se cumplían de forma muy puntual y excepcional. Aunque, es cierto que las epidemias causaron el mayor número de bajas, no lo es menos que miles de indios fueron esclavizados y asesinados en la Conquista de América. Así, pese a que Isabel la Católica los consideró legalmente “súbditos de la Corona de Castilla”, tan solo un puñado de españoles fueron condenados por tales crímenes.

        En segundo lugar, queda nuevamente verificado que las atribuciones del protector de indios eran muy limitadas y se restringían prácticamente a una labor de vigilancia y de información a las autoridades civiles, gobernadores y audiencias. Por tanto, que se hiciese o no justicia dependía exclusivamente de la buena voluntad de las autoridades civiles –oidores, alcaldes mayores, gobernadores o, en su caso, capitanes generales-. Y no solían hacerlo porque, obviamente, solían estar implicados en el proceso de la conquista, que no era otra cosa que la imposición violenta de unos sobre los otros. Además, como hemos podido comprobar en el caso de fray Tomás Ortiz O.P. o en el de otros protectores, como fray Miguel Ramírez en Cuba, no siempre se nombraba a las personas más adecuadas para dicho cargo.

        Y en tercer y último lugar, se vuelve a verificar que los pleitos de indios desde muy temprano se fallaban en primera y última instancia en las Indias sin posibilidad de apelarlos a la Península. No era gran cosa, pero la medida dio algunos frutos, permitiendo instruir y fallar en menos de dos meses algunos delitos de sangre con los infelices indígenas.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

- ANAYA, S. James: Los pueblos indígenas en el derecho Internacional. Madrid, Ed. Trotta, 2005

 

-ANGLERÍA, Pedro Mártir: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Ediciones Polifemo, 1989.

 

-ARROM, José: Aportaciones lingüísticas al conocimiento de la cosmovisión taína. Santo Domingo, Fundación García-Arévalo, 1974.

 

-BORREGO PLA, María del Carmen: Cartagena de Indias en el siglo XVI. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1983.

 

-EUGENIO MARTÍNEZ, María Ángeles: “La esclavitud indígena, impulsora de las pesquerías de perlas. Nuestra Señora de los Remedios”, Real Academia de la Historia, T. III. Madrid, 1992.

 

-FERNÁNDEZ DE OVIEDO; Gonzalo: Historia General y Natural de las Indias, T. IV. Madrid, Atlas, 1992.

 

-GIMÉNEZ FERNÁNDEZ, Manuel: Bartolomé de Las casas, T. II. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1984.

 

-GÓMEZ PÉREZ, María del Carmen: Pedro de Heredia y Cartagena de Indias. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1984.

 

-GÓNGORA, Mario: Los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Santiago, Universidad de Chile, 1962.

 

-HANKE, Lewis: La lucha por la justicia en la conquista de América. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1949.

 

-KONETZKE, Richard: Colección de documentos para la Historia de la formación social de Hispanoamérica (1493-1810). Madrid, CSIC, 1953.

 

-MARSHALL, D. Sahlins: Las sociedades tribales. Barcelona, Labor, 1984

 

-MENA GARCÍA, María del Carmen: La sociedad de Panamá en el siglo XVI. Sevilla, Diputación Provincial, 1984.

 

-MENDIETA, fray Gerónimo de: Historia eclesiástica Indiana. México, Editorial Porrua, 1980.

 

-MIRA CABALLOS, Esteban: “El pleito Diego Colón-Francisco de Solís: el primer proceso por malos tratos a los indios de la Española (1509)”, Anuario de Estudios Americanos, T. L, N. 2. Sevilla, 1993, (págs. 309-343).

 

-------------Las Antillas Mayores, 1492-1550. Ensayos y documentos. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-------------“Isabel La Católica y el indio americano”, XXXIII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2004 (en prensa).

 

MIRANDA VÁZQUEZ, Trinidad: La gobernación de Santa Marta (1570-1670). Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1976.

 

MORALES PADRÓN, Francisco: Teoría y leyes de la Conquista. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1979.

 

NAVARRO DEL CASTILLO, Vicente: La epopeya de la raza extremeña en Indias. Mérida, autoedición, 1978.

 

PUENTE BRUNKE, José de la: Encomienda y encomenderos en el Perú. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

TEJERA, Emiliano: Palabras indígenas de la isla de Santo Domingo. Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1951, pág. 245.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EN TORNO A LA MITA Y LOS MITAYOS EN EL VIRREINATO PERUANO

EN TORNO A LA MITA Y LOS MITAYOS EN EL VIRREINATO PERUANO

 

 

En el virreinato peruano se extorsionaba gravemente a los aborígenes con tributos y servicios. Es cierto que en ya en época prehispánica el Inca solicitaba tributos y también servicios, entre ellos la mita. Pero afectaba a pocas personas, el trabajo era moderado y, además, se les proporcionaba una adecuada alimentación. Había una reciprocidad procurada por una producción colectivista que fue destruida por los españoles sin reemplazarla adecuadamente. Como ya hemos afirmado, a partir de la Conquista se quebró ese sistema colectivista y la reciprocidad vigente en la época prehispánica. El rey de España ocupó el papel del Inca pero ya no aseguraba, como hacía éste, la redistribución en servicio de toda la comunidad. En 1549 se denunciaba que seguían utilizándose los encomendados peor que si fueran esclavos, y por un salario irrisorio por lo que se pedía que al menos se les proporcionase la manutención. Al año siguiente, el dominico fray Domingo de Santo Tomás escribió al Emperador planteando un panorama absolutamente desesperanzador. Concretamente incidió en dos problemas que por desgracia ni eran nuevos ni, por supuesto, exclusivos del Perú:

El primero, que los encomenderos trataban a sus indios peor que a los asnos en Castilla porque si éste se moría perdían ocho ducados pero si el fallecido era un indio no les costaba nada porque siempre encontraban a otro.

Y el segundo, los excesivos tributos que les reclamaban y que eran tasados según el capricho de cada encomendero. En 1538 se escribió al teniente de gobernador de la provincia de Quito y al protector de indios para que tasasen urgentemente los tributos, pues, los encomenderos cobraban lo que les parecía, abusando gravemente de los pobres indios. Y si los caciques no colaboraban los aperreaban o los mataban sin ningún miramiento:

 

 

Hasta ahora no ha habido más regla ni medida en los tributos que a esta pobre gente se le pide que la voluntad desordenada y codiciosa del encomendero, por manera que si les pedían mil, mil daban y si ciento, ciento, y sobre esto quemaban a los caciques y los echaban a los perros y otros muchos malos tratamientos, y les quitaban el señorío y mando y lo daban a quien les parecía que sería buen verdugo…"

 

 

La mita incaica era llevadera, en cambio, los españoles modificaron la institución, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas 4.500 indios por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a 13.500 mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en las minas de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo. Todavía, el 6 de diciembre de 1669 el virrey Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, recordaba unas palabras pronunciadas décadas antes por fray Domingo de Santo Tomás, al decir:

 

 

Yo descargo mi conciencia con informar a Vuestra Majestad con esta claridad: no es plata la que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios

 

 

Pero, la pregunta que nos hacemos, ¿mejoró con el tiempo su situación laboral? Desgraciadamente los documentos del último cuarto del siglo XVI no son mucho más alentadores al respecto. La explotación laboral de los nativos no mejoró sustancialmente ni a corto ni a medio plazo, por lo menos en muchas de las gobernaciones indianas. Tanto la encomienda como la mita no fueron más que sendas formas encubiertas de esclavitud. En teoría no tenía por qué haber sido así, pero prácticamente nadie se encargó en serio de obligar a los encomenderos a cumplir con sus obligaciones.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

PUENTE BRUNKE, José de la: “Encomienda y encomenderos en el Perú“. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

RUIZ RIVERA, Julián Bautista: “Encomienda y mita en Nueva Granada en el siglo XVII”. Sevilla, E.E.H.A., 1975.

 

 

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APUNTES SOBRE LA ESCLAVITUD INDÍGENA ANTES DE SU ABOLICIÓN

APUNTES SOBRE LA ESCLAVITUD INDÍGENA ANTES DE SU ABOLICIÓN

Desde el mismo momento en que Colón arribó al Nuevo Mundo uno de los grandes atractivos económicos fue la posibilidad de obtener esclavos. Justo el mismo incentivo que había habido a lo largo de los casi ocho siglos de Reconquista. De hecho, según Ladero Quesada, tras la toma de Málaga se herraron nada menos que 11.000 personas. Es cierto que se trataba de musulmanes infieles, no de vasallos como los indios. Pero daba igual que fuesen infieles, paganos que vasallos de Castilla. Querían mano de obra gratuita y la conseguirían de una forma o de otra. La Corona reservó la posibilidad de herrar a aquellos que se resistiesen o que ya eran esclavos en la gentilidad. Este último argumento sirvió para justificar la implantación de la institución en los nuevos territorios. Y es cierto que en la América Prehispánica existía la servidumbre pero no tenía ni la expansión ni las características que tuvo en la época hispánica. En este sentido explicó Las Casas que antes de la llegada de los europeos los esclavos tenían poco menos que cualquier otro indio y que sus amos los trataban con mesura. Por ejemplo, en el Imperio Inca, los yanaconas, cuya situación no era exactamente equivalente a la del esclavo europeo, además de ser pocos numéricamente, sólo trasmitían su condición servil al primer hijo.

Las huestes irrumpían en gran alborozo cuando encontraban resistencia porque eso implicaba enjundiosos beneficios: oro procedente del saqueo, y sobre todo, esclavos. Pero ocurrió con frecuencia que los indios, voluntariamente o por temor, los recibían pacíficamente, agasajándolos con alimentos o con algunas alhajas de cobre, oro o plumería. Esto suponía un grave contratiempo porque así ni podía haber guerra justa, ni conquista, ni tan siquiera legitimidad para hacer cautivos. Además, estos obsequios en vez de frenar a los hispanos, espoleaban su codicia al ver que efectivamente poseían objetos de valor. Pero estaba claro que los guatiaos no interesaban. En este sentido escribió Antonio de Herrera que, cuando Alvar Núñez Cabeza de Vaca llegó al Río de La Plata, los indios le recibieron de paz lo que disgustó mucho a su hueste porque al soldado la paz siempre es aborrecible.

Pero, esta situación era insostenible porque sin hostilidades no había posibilidad ni tan siquiera de recuperar lo invertido en la expedición. Para muchos armadores o adelantados, que habían invertido todos sus ahorros en la expedición, significaba su ruina. Pero en la práctica nunca existió ese problema, pues la solución era tan obvia como fácil: o simulaban que eran indios alzados, o los provocaban para ponerlos en pie de guerra. Una vez alzados ya era posible cautivarlos y marcarlos con el hierro real. ¿Necesitaban una guerra justa? Pues ya la tenían. Precisamente el requerimiento, redactado en 1514, sirvió a la provocación. Se les leía, no entendían nada de nada y la más mínima maniobra se consideraba un acto de guerra. Acto seguido se lanzaban sin compasión al pillaje y a la captura de esclavos. En la mayoría de los casos la simple huída era considerada como causa de rebeldía y, por tanto, era motivo suficiente para declararles la guerra. Estaba tan claro como el agua, y todo el mundo en España y América conocía esta realidad y sabía bien como convertir una guerra injusta en justa. De hecho, décadas después, cuando se intentó prohibir su esclavitud, se insistió en que no se hiciese por causa alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate, ni de otra manera. Y por citar algún ejemplo concreto, en febrero de 1521 el capitán Gonzalo de Sandoval le preguntó a Cortés qué debía hacer si los indios de Calpulalpan, entre Tlaxcala y Texcoco, le recibían de paz y su respuesta no pudo ser más clara: aunque os salgan de paz, los matad. No fue necesario cometer semejante atropello porque, por fortuna para él, se los encontró en pié de guerra y pudo matar justamente a más de 3.000 y prender a otros tantos.

En realidad, no se trataba de nada nuevo. Los conquistadores hacían la guerra guerreada que se había practicado tradicionalmente en la frontera con el Islam. De hecho, aunque no hubiese guerra abierta entre Castilla y Granada se producían incursiones mutuas de pillaje con el consentimiento tácito de las autoridades.

En ocasiones, ni tan siquiera se molestaban en provocar la guerra, tomándolos de paz con total impunidad. De hecho, estando Las Casas en la isla de San Juan, llegó un barco con varios cientos de esclavos procedentes de la isla de Trinidad. El dominico reprendió duramente al capitán, al tiempo que éste le respondía lo siguiente: que los que lo habían enviado le dieron que trajese esclavos y, si no los podía tomar por guerra, que los tomase por paz. También en Nicaragua se denunció esta misma situación, pues muchos capitanes iban a cazar indios a caballo, sin mediar provocación alguna.

Pero había otra opción algo menos traumática, y sobre todo más usada una vez que el territorio quedaba sometido. Como la ley permitía rescatar a aquellos amerindios que ya estuviesen en situación servil, bastaba con amenazar de muerte al cacique para que entregase esclavos que en realidad nunca lo habían sido. Rodrigo de Albornoz escribió en 1525 una dramática misiva al Emperador en la que denunció como los españoles tenían por costumbre presionar a los jefes locales para que entregasen 100 o 200 esclavos y estos, por contentarlos, ordenaban a sus indios que dijesen que eran esclavos y no osaban decir otra cosa pues se lo mandó su señor. Con frecuencia los caciques y curacas, bajo amenazas, entregaban a huérfanos o les pedían a los padres que diesen uno de sus dos hijos. Así se llevaron a Perú y a Nueva España miles de nativos, procedentes de Tierra Firme, Pánuco, Guatemala, Nicaragua o Yucatán. Precisamente en Yucatán, Francisco de Montejo, convencido de la inexistencia de oro, decidió resarcirse montando una empresa esclavista. Convirtió a la península yucateca en un verdadero mercado de esclavos a bajo precio, un verdadero bazar de todo a un euro, en el que puso a la venta a todo ser humano que consiguió apresar. Dicho mercado alcanzó cierta fama en Nueva España por los precios tan competitivos a los que se vendían las piezas. Durante años, acudieron allí muchos cristianos deseosos de conseguir mano de obra barata. Montejo no le hacía ascos a nada, aceptaba cualquier forma de pago, tanto en dinero como en especia, es decir, vinos, azúcar, aceite, caballos o ropa. Según Las Casas, vendía un centenar de indios por un caballo y un muchacho, que parecía hijo de algún cacique, lo cambió por un queso manchego. La Corona tardó mucho, muchísimo, en reaccionar, pues, hasta el 6 de diciembre de 1538 no prohibió la esclavitud del indio novohispano, incluso en los casos en los que los caciques afirmasen lo contrario.

En 1534, Pedro de Alvarado envió al Perú varios barcos repletos de esclavos guatemaltecos, muchos de los cuales fallecieron en la travesía por falta de agua y comida. Daba lo mismo porque, aunque sólo sobreviviese la mitad, el negocio estaba asegurado. Muchos más esclavos se sacaron de Nicaragua, pues según David R. Radell (1975: 67-76), entre 1527 y 1536 se llevaron a vender a Panamá, Perú y las Antillas Mayores unos 448.000 nativos, incluyendo mujeres y niños. De hecho, en Panamá en torno a 1533 había entre 15 y 20 embarcaciones que se dedicaban a trasladar esclavos nicaragüenses. A medidos de siglo se estimaba que sólo en Panamá había unos 780 indios esclavos.

En una Real Cédula remitida al gobernador de Nicaragua, fechada en 1536, se le ordenó que no dejase sacar más nativos de la tierra porque la han dejado despoblada de los naturales y destruida. Además, insistía que de las decenas de miles de personas que se habían deportado, de 20 partes no ha quedado una porque se han muerto de sed, hambre, explotación laboral y malos tratos. Nuevamente en 1543 se expidió una Real Provisión, esta vez extendida a todos los oidores y virreyes de las Indias para que no se sacasen indios de unas provincias a otras, aunque digan que lo hacen de su voluntad, porque la mayor parte de ellos moría en breve plazo. Pero la situación no fue remediada y del millón de habitantes que se estimaba había en Nicaragua a la llegada de los europeos, en 1583 sobrevivían unos 10.000, es decir, el uno por ciento de la población original.

Hacia 1549 la Corona se dirigió indignada a la audiencia de los Confines, en Honduras, pidiéndoles que no permitiesen el envío de esclavos al Perú, pues tenía noticias que se habían remitido más de 6.000. Honduras era otro de los territorios junto a Nicaragua, Tierra Firme o Pánuco dedicados al abastecimiento de esclavos de las áreas neurálgicas del Imperio.

También la zona de Venezuela se convirtió en la primera mitad del siglo XVI en un inmenso mercado de esclavos con destino a las principales ciudades novohispanas. En 1526 el Emperador, aparentemente indignado, insistió en que no se herrasen indios en Nueva España y, tres años después, que no se deportasen esclavos desde Venezuela a México. En 1535 y en 1552 se repitió esta misma orden al gobernador de Venezuela para que se ocupase de que no saliesen más esclavos con destino a La Española y México. Con prohibición o sin ella, siguieron capturándose esclavos durante años, sin que nadie pusiese empeño en hacer cumplir la legislación. La Corona no solía multar a los infractores, sobre todo si previamente habían abonado su preceptivo quinto real.

A mediados de siglo, el cacique Francisco Tenamaztle se quejó que sus paisanos eran asaltados de noche, asesinando a unos y herrando a otros, pese a estar bautizados y en paz. Asimismo, denunció que los encomenderos los tenían en el más cruel de los cautiverios, tratándolos como si fueran bestias. Pero no era el único caso, pues en esa misma fecha, el juez Alonso López Cerrato denunció a un oidor de Guatemala que poseía entre 200 y 300 esclavos, al tiempo que señaló la llegada en 1545 de dos carabelas procedentes de Margarita y Cubagua con otros 250. López Cerrato liberó en los años sucesivos, solo en Guatemala, a cerca de 5.000 nativos. Y ello, muy a pesar de que la mayor parte de ellos estaban marcados en el rostro o en el brazo con el hierro real, y sus propietarios estimaban que ello era garantía suficiente de su legítima posesión. Pese a ello, tuvo el valor, el empeño y la fuerza suficiente como enfrentarse a la élite y liberarlos.

Lo peor de todo era que un número exageradamente alto de ellos perdía la vida en la travesía. Con frecuencia el porcentaje de muertos se situaba entre el tercio y la mitad de los embarcados. Dado que eran abundantes y gratis, su vida no valía nada, viajando hacinados en las bodegas en medio de sus propias heces y vómitos, así como sedientos y hambrientos. Y es que resultaba más rentable para los armadores perder un tercio de las piezas que abastecer al buque con alimentos que en las primeras décadas se cotizaban a precios elevados.

Pero las perspectivas vitales de los que conseguían llegar con vida no eran mucho más esperanzadoras. Contaba el padre Las Casas que daba pena verlos, desnudos, en los huesos y hambrientos hasta el punto que cuando desembarcaban se caían desmayados de hambre.

Desgraciadamente la esclavitud del indio pervivió en las colonias hasta bien avanzada la centuria. En 1570 se ordenó al virrey de Nueva España que no hubiese indios esclavos, aunque sean de la secta de Mahoma, prueba evidente de que seguía habiéndolos. En cualquier caso, cuando se consiguió más o menos erradicar la esclavitud como tal, la servidumbre pervivió de forma encubierta a través de la encomienda de servicio.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DEIVE, Carlos Esteban: "La Española y la esclavitud del indio". Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1995.

 

EUGENIO MARTÍNEZ, María Ángeles: “La esclavitud indígena, impulsora de las pesquerías de perlas. Nuestra Señora de los Remedios”, Congreso de Historia del Descubrimiento, T. III. Madrid, Real Academia de la Historia, 1992.

 

FERNÁNDEZ MÉNDEZ, Eugenio: "Las encomiendas y la esclavitud de los indios de Puerto Rico, 1508-1550". Puerto Rico, Universidad, 1984.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: "El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542)". Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

SACO, José Antonio: "Historia de la esclavitud de los indios del Nuevo Mundo seguida de la historia de los repartimientos y las encomiendas". La Habana, Cultural S.A., 1932.


 

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