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        La lectura de un interesante y bien documentado artículo de Aurelio Peral sobre Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil, me ha hecho reflexionar sobre la cuestión. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada una buena parte de la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

        Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

        El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

        La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

        Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Comentarios  Ir a formulario

gravatar.comAutor: Herminio

Muy interesante,Esteban.

Fecha: 13/03/2015 12:12.


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