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La ecología como tal es un fenómeno del siglo XX; no en vano, el propio término ecología se lo debemos al alemán Ernst Haechel. En la década de los sesenta del siglo pasado y concretamente en 1962 se produjo un verdadero hito histórico en el devenir de este movimiento, con la publicación del libro “Primavera Silenciosa” de la bióloga estadounidense Rachel Louise Carson (1907-1964). Por primera vez se hacía un duro ataque a la utilización de pesticidas en el campo, denunciando la destrucción que esto provocaba. Poco antes de su muerte, en 1963, fue distinguida como académica correspondiente de la nacional de Artes y Letras de Estados Unidos. Una década después llegó la fundación de Greenpeace que coincidió con la primera conferencia mundial del medio ambiente celebrada en Estocolmo y en que se emitió

Sin embargo, aunque no se llamase así, los pueblos y las civilizaciones que hoy llamaríamos injustamente primitivas o bárbaras eran mucho más que ecologistas. No se planteaban el remedio porque no causaban el daño. El mundo de los incas es para mí paradigmático aunque obviamente no es el único. Para ellos la tierra -la Pachamama en quechua- era sagrada, la respetaban y la cuidaban como a una madre porque, como decía María del Carmen Valadés, entendían que ésta les protegía y sustentaba. La tierra era el lecho sagrado donde vivía y se reproducía el ser humano, por lo que se hacía necesario el mantenimiento de una reciprocidad. De ahí que le ofreciesen pagos, es decir ofrendas para favorecer la armonía “con la Tierra que da alimentos, que acoge a los muertos, que autoriza a construir sus hogares”. Si cultivan la tierra le hacían ofrendas para que la cosecha fuese abundante, si transitaban los caminos, depositan piedras en los cruces para que les favoreciese su viaje y si subían a una montaña –también considerada sagrada- hacían lo propio para que el ascenso fuese seguro. Y tanto es así que con frecuencia, todavía en nuestros días se forman montículos de piedras en los entornos de las calzadas, que ellos denominan “apachetas”. Cuando morían enterraban a sus muertos con el concepto europeo de yacer en la tierra sino para devolverlo al “vientre sagrado de la madre”.

A partir del siglo XVI los europeos destruyeron parcialmente este mundo. Ya no tenían cabida las sociedades campesinas agrupadas en ayllus, ni las comunidades autosuficientes. Había que explotar la tierra, había que producir y todo ello pasaba por romper la armonía con la madre tierra. Sin duda, lo peor llegó tras la Independencia, cuando los criollos expandieron su concepto de productividad incluso a la selva amazónica. No olvidemos que la selva representa el 60 por ciento de la geografía peruana. Allí llegaron los empresarios del caucho, las petroleras y las empresas madereras que desforestaron decenas de miles de hectáreas, al tiempo que la población indígena disminuía por los trabajos forzados, las enfermedades y las huidas a otras zonas. Los vertidos de mercurio, usado en la amalgama del metal precioso, han convertido el Amazonas en uno de los ríos más contaminados del mundo. Algunos afluentes de este gran río, están cinco veces más contaminados que el río Rhin, la cloaca de Europa. Ello está provocando la muerte de comunidades indígenas enteras que tradicionalmente bebían y se alimentaban de este gran río.

Todavía en pleno siglo XXI algunas comunidades quechuas y hasta mestizas siguen celebrando los ritos a la Pachamama, en la que se ofrenda con incienso, sebo de llama, piedras, dulces, conchas y flores. Una verdadera lección de respeto al medio que los quechuas nos legaron y que pervive todavía en nuestros días. Como siempre digo, no se trata de volver a las cavernas, sino de aprender las lecciones del pasado, especialmente de las sociedades precapitalistas. No sé si todavía estamos a tiempo de parar el cambio climático que quizás sea la rebelión de la madre tierra contra la tiranía y el maltrato que le proporciona el hombre de nuestro tiempo. Una especie más del universo que se engaña a sí misma cuando cree que es la dueña del mundo. Antes o después, la naturaleza –o la madre tierra como dirían los quechuas- dará una lección al ser humano por haber sobrepasado todos los límites admisibles.

 

PARA SABER MÁS:

 

CARSON, Rachel: Primavera silenciosa (varias ediciones).

 

VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. Olañeta Editor, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

gravatar.comAutor: Koke

Muy bueno;hay que volver a recuperar los valores del pasado.

Fecha: 10/03/2015 14:05.


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