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        En la Edad Media, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, se toleró ampliamente la violación. En caso de que se tratase de una esclava propia ni tan siquiera estaba tipificado como delito. La violación de esclavas en la Edad Media y, sobre todo, en la Edad Moderna fue una constante. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica, pero sobre todo a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

         Si la violada en cuestión era musulmana la pena era mínima y siempre pecuniaria. Solamente, en el caso de la víctima fuese una casada cristiana estaba peor visto socialmente y las penas solían ser más contundentes. Tanto que se solía castigar con la pena de muerte, aunque rara vez se llegaba a ejecutar. Y ello porque “para los hombres medievales aplicar la pena de muerte a un violador se consideraba algo desmesurado…” Además, la victima debía escenificar su gran sufrimiento para ser creída porque estaba muy arraigada la idea de que la mujer sentía un deseo irrefrenable. Por tanto, en la praxis, lo más normal era que el violador obtuviese el perdón total, alcanzando un acuerdo con la familia. A veces todo acababa cuando se conseguía que el trasgresor se desposase con su victima. En otros casos, la amnistía llegaba desde la Corona, a cambio de algún servicio.

        Pues bien, si la sociedad española toleraba en general la violación y se consentía abiertamente en el caso de que la víctima fuese esclava o musulmana, ¿qué pasó en América con la mujer indígena? Pues, parece obvio, a miles de kilómetros de distancia, sin apenas mujeres blancas y con decenas de miles de indias en condiciones de esclavitud o al menos de servidumbre, la violación y los abusos deshonestos fueron algo absolutamente habitual.

        Se ha hablado de la conquista erótica de las Indias, es decir, de las muchas indígenas que voluntariamente prefirieron unirse al español. A menudo se nos presenta a las nativas como mujeres enamoradas y “aficionadas” a los europeos. Ello ha generado toda una literatura clásica que ha elogiado el carácter del español que no desdeñó a la mujer india, la hizo madre y nació este crisol que hizo “una sola sangre, una sola piel, un único espíritu y cultura”. Y es cierto que hubo bastantes casos de mujeres que convivieron voluntariamente con españoles, aunque, eso sí, la mayoría como concubinas y muy pocas como esposas legítimas. También conocemos decenas de casos en los que los propios caciques entregaban a sus hijas para congraciarse con los conquistadores. De hecho, el ofrecimiento de sus mujeres e hijas a sus invitados era una costumbre muy difundida entre caciques y curacas en amplias zonas de América. Hay casos muy conocidos, como el de doña Marina, “la Malinche”, o como el de doña Inés Huaylas, hermana de Huascar, que fue regalada por Atahualpa a Francisco Pizarro. Cientos de casos más están perfectamente documentados. En tales circunstancias, muchos conquistadores llegaron a formar auténticos harenes, ante la permisividad de una buena parte de las autoridades eclesiásticas y civiles. El 22 de junio de 1543 declaraba el religioso Luis de Morales esta situación con todo lujo de detalles:

Quieren vivir a su propósito y como moro y que nadie les baja la mano y tienen escondidas las indias sobre diez llaves y con porteros para sus torpezas sin dejarlas venir a doctrina, ni a las oraciones que se suelen decir. Y sobre tal caso las tienen en hierros y las azotan y trasquilan para que hagan su voluntad y, como todos son de la misma opinión, se tapa y disimula todo…”

 

        Además, esta situación contribuyó a mermar la capacidad reproductiva de los nativos ya de por si muy debilitada tras la conquista. Sin embargo, matrimonios y concubinatos voluntarios fueron minoritarios en comparación con la simple y llana violación. Hay que reconocer la evidencia. Con las mujeres indígenas se cometieron todo tipo de excesos. Si la india en cuestión no estaba bautizada obviamente no había ningún problema, pero si estaba bautizada tampoco era un problema siempre y cuando el fornicador no manifestase su convencimiento de que aquello no era pecado. Avanzado el siglo XVI fue común, incluso, que las indias se utilizasen como amas de cría, amamantando a los hijos de españolas en detrimento de sus propios vástagos. Hubo que esperar hasta principios del siglo XVII para que se prohibiese, al menos legalmente, esta práctica.

Pero centrándonos en la cuestión de la violación que ahora nos ocupa, ya escribió hace algunas décadas Georg Friederici que “una parte considerable” de las relaciones sexuales con las indígenas se redujo a “violaciones y atropellos”. Y efectivamente, comenzaron en el mismo año del Descubrimiento. Todos los indicios parecen apuntar que algunos de los españoles que se quedaron en el fuerte Navidad, a cargo del capitán Diego de Arana, se dedicaron a robar y a violar a las indias que encontraban. Según el padre Las Casas aquellos españoles fueron asesinados porque “comenzaron a reñir y tener pendencias y acuchillarse y tomar cada uno las mujeres que quería y el oro que podía haber, apartándose unos de otros”. Pocos años después, entre 1497 y 1498, fue el insurrecto Francisco Roldán y los suyos quienes se dedicaron a forzar indias en las sierras de la Española, entre ellas a la mujer de Guarionex, cacique de Magua.

Los mismos dominicos insistían en que los mineros enviaban a los indios a sacar oro y, mientras, se “echaban” con sus mujeres, “ahora fuesen casadas, ahora fuesen mozas”. Y, si el indio no traía todo el oro que esperaban lo apaleaban, lo ataban y, como a un perro, lo echaban debajo de la cama mientras se acostaban con su mujer.

Fue absolutamente normal, ranchear por los pueblos indígenas, robando el oro y capturando mujeres, sin que fuese un hecho punible. El capitán Gonzalo de Badajoz, otro de los más perversos conquistadores, coaccionó en Tierra Firme al cacique Escoria para que le entregase 9.000 pesos de oro. Pero, no contento con ello, le tomó una hija y todas sus mujeres. El cacique fue durante varias leguas detrás de él desconsolado, llorando, alzando las manos y desmayándose en el suelo, mientras los españoles, “riéndose de verle hacer vascas, se pasaron de largo y lo dejaron allí tendido, llorando su desventura”.

No menos cruel fue la actuación de Vasco Núñez de Balboa que recorrió buena parte de Centroamérica, atormentando a los caciques para que les entregasen oro así como a sus mujeres e hijas. Y según Fernández de Oviedo, sus hombres, siguiendo el ejemplo de su capitán, se dedicaron a actuar de la misma manera. Este mismo cronista tuvo la curiosidad de indagar por qué Hernando de Soto, a su paso por los distintos poblados de la Florida, además de cargadores o tamemes, tomaba muchas mujeres jóvenes y guapas. La respuesta de uno de los miembros de su hueste no pudo ser más clara: las querían “para se servir de ellas y para sus sucios usos y lujuria, y que las hacían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe”. El capitán Pedro de Cádiz y su mesnada forzaron a tantas jovencitas “que con tanto fornicar” muchos de ellos enfermaron gravemente.

Pero, no sólo los conquistadores abusaron de las indias, también había funcionarios públicos, encomenderos y personas de a pié. Incluso, peor aún, hubo implicados presidentes de audiencia, oidores y hasta protectores de indios, los mismos que se suponía debían velar por que estas cosas no se produjeran. Tristemente famoso fue el presidente de la Audiencia de México Nuño de Guzmán, un desalmado que lo mismo violaba a varias muchachas que herraba a indios de paz.

Ni que decir tiene que las esclavas indias eran, al igual que las negras, carne de cañón para la violación, sin que por ello se pervirtiese la ley. Así, un español que participó con Francisco Montejo en la conquista del Yucatán se jactaba de haber dejado “preñadas” a decenas de indias esclavas porque de esta forma las vendía a mayor precio. Y Girolamo Benzoní insiste en esta misma idea, al decir que el capitán Pedro de Cádiz y su hueste, forzaban a muchas jóvenes y, aunque embarazadas de sus propios hijos, las vendían “sin ningún miramiento”.

Pero no acabaron aquí las desventuras de las desdichadas indígenas. Pronto comenzaron a ser violadas también por los esclavos negros. En los primeros tiempos hubo el triple de esclavos negros varones que mujeres y no tardaron en saciar sus apetitos sexuales a costa de las nativas. En 1541 un documento señalaba los casos que se estaban cometiendo de negros que mataban a indias por “no satisfacer sus ruines intenciones”. Poco tiempo después se denunciaban los abusos que los hombres de color hicieron en el pueblo de Xilotepeque, en Nueva España, pues entraban en las moradas de los indios, tomando “por la fuerza las mujeres y gallinas y hacienda y dan de palos a los indios, y un negro ató a la cola de un caballo a un macehual chichimeca y lo arrastró y mató porque le reñía que había tomado a su mujer…”

Pero, ¿hubo condenas por todas estas violaciones? Apenas conocemos unos cuantos casos. En una Real Cédula, fechada en Valladolid el 9 de septiembre de 1536 el rey mostraba su perplejidad por haber condenado a tan solo cinco pesos de oro a un español que, tras intentar violar a una india, ésta se refugió en un bohío o casa indígena y, en represalia, la quemó viva. Obviamente, la condena parecía pírrica pero lo realmente elocuente es que lo que se juzgó fue su vil asesinato no el intento de violación que no pareció algo punible.

¿Y la violación de menores? La legislación medieval y moderna no distinguía los casos de pederastia, de la violación de adultos. En las Siete Partidas se agrupan todos los casos de violación, sin especificarse la edad. Hemos de sobrentender que la violación de menores quedaba incluida en el apartado de vírgenes.

Conocemos en la España medieval decenas de casos de violaciones de niñas de 11 y 12 años que fueron considerados como simples casos de violación y sus transgresores fueron perdonados. En cambio, en 1475 el murciano Gil López Merino fue ajusticiado en la horca por violar a una niña de 9 o 10 años. ¿Es posible que en esta ocasión se viera la edad como un agravante? Probablemente sí. Pero entonces, ¿dónde estaba exactamente la frontera?: creo que era algo que se decidía a ojo. El límite debía ser, por tanto, la pubertad, siendo especialmente grave cualquier violación que afectase a una muchacha que tuviese una edad inferior a los 10 u 11 años. En caso de estimarse que la quebrantada era una niña, sí que la pena podía ser mucho más severa.

Por tanto, la frontera entre la violación de una adulta y de una niña no estaba bien delimitada, pero de considerarse el último caso podía llevar aparejada la pena capital. De hecho, el propio emperador Carlos V promulgó una ordenanza en 1533 en la que condenaba dicho delito con la muerte.

        Pero al menos en América todo eso quedó en mero papel mojado. En la praxis, se produjeron violaciones, tanto de adultas como de niñas indígenas, sin que por ello fuese penado el infractor. El caso del capitán Lázaro Fonte que analizaremos a continuación es muy representativo. Ya veremos como violó a varias niñas pequeñas y terminó absuelto por esos y por otros crímenes. Son muy interesantes los testimonios de algunos testigos presenciales porque sirven para entender cómo se veía la pederastia entre sus contemporáneos.

 

LÁZARO FONTE: LA DOBLE PERSONALIDAD DE UN PSICÓPATA

 

        Lázaro Fonte es un ejemplo típico de algunos de esos conquistadores con doble personalidad, capaces de lo mejor y de lo peor. Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, un leal servidor de la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Pero, es más, fueron varios los testigos que así lo afirmaron por lo que, cuanto menos, denotaba que, pese a sus tropelías, estaba integrado socialmente. Pero, este feliz y cristiano padre de familia, por otro lado fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas de indios así como de violar a niñas de siete u ocho años que previamente ataba a palos cruzados en aspa.

        Obviamente, no todos los conquistadores actuaron así pero, salvando la cuestión de la pederastia, sí hubo muchos. Estos podían compaginar perfectamente el servicio a Dios y a la Corona con las matanzas de infieles. No olvidemos que durante siglos el mismísimo Papa salía con sus galeras a matar a todo infiel que encontraba, desde árabes a berberiscos, pasando por los turcos. Acaso también habría que aplicar aquí la cuestión de la falsa conciencia, no sólo de Lázaro Fonte sino de buena parte de la élite conquistadora. Una falsa conciencia que consistía en la deformación más o menos consciente de la realidad para defender, legitimar y justificar su superioridad social.

        Lázaro Fonte nació en Cádiz en torno a 1508, pues, en agosto de 1553 declaró tener 45 años. Era hijo de Rafael Font o Fonte, comerciante de origen catalán, afincado en Cádiz, donde fue regidor del concejo. Su padre estaba desposado con Paula Fonte con quien procreó tres hijos, dos varones y una mujer. Los Fonte lograron en Cádiz una holgada posición económica, aunque, posteriormente, estando ya Lázaro Fonte en las Indias, pasaron a Tenerife, donde Rafael Fonte volvió a ocupar una regiduría. Allí gozaron de rentas superiores a los 3.000 ducados al año que el gobernador de Nueva Granada, Alonso Fernández de Lugo, natural precisamente de las Canarias, se encargó de arrebatarles a cambio de indultar a Lázaro Fonte.

¿Por qué Lázaro Fonte, pese a gozar de una buena situación económica y de una excelente posición social decidió buscar nuevos horizontes al otro lado del océano? Probablemente, los oscuros incidentes en los que estuvo implicado el Jueves Santo de 1533 lo abocaron a ello. Ese día, en la procesión de los disciplinantes, se vio envuelto en la muerte de un alguacil en su ciudad natal. Tras los hechos, huyó a las sierras del interior de la provincia, entre Jerez de la Frontera y Tarifa. Un testigo, Melchor Ramírez, dijo que, tras los hechos, él lo vio presentarse de noche en una posada vistiendo “un manteo negro y un bonete negro”. Pero, a los pocos días, decidió regresar y presentarse en la misma cárcel ante la justicia. Hubo un juicio y consiguió salir absuelto, al demostrarse que el autor material no fue él sino un criado suyo, llamado Francisco Ruiz. Desde entonces hasta finales de 1534, en que se embarcó con destino a Santa Marta, “anduvo libremente por la dicha ciudad”. Así, pues, el peso de la ley recayó exclusivamente sobre su sirviente. No obstante, sus propios contemporáneos mantuvieron siempre la duda sobre su grado de implicación en tan oscuros hechos. Y la verdad es que nosotros, casi quinientos años después, también albergamos nuestras dudas de que el criado, que estaba con él en el momento de ocurrir los hechos, actuase exclusivamente por iniciativa propia.

Por tanto, cuando el nuevo gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, le pidió que lo acompañase en su expedición, no le faltaron motivos para aceptar. Así, a finales de 1534, cuando contaba con unos 26 años de edad inició su lamentable andadura indiana. En una información de méritos, presentada por él mismo declaró que llevó una nao a su costa con más de 150 soldados, gastando en ellos más de 4.000 ducados. No tardó en pasar a la conquista y pacificación del Nuevo Reino de Granada a las órdenes del capitán Hernán Pérez de Quesada. En ella declaró que, además de los trabajos y hambre que padeció, gastó más de 20.000 pesos de oro porque un caballo costaba entonces más de 50 pesos.

        Recibió tres encomiendas en Santa Fe, a saber: Fusagasugá que en 1566 tenía nada menos que 500 indios de encomienda, Engativá con poco más de un centenar de indios y Tocancipá que entonces debía superar el centenar y medio. En total debió tener unos 750 indios de encomienda que le proporcionaban unas holgadas rentas.

        Pero su enemistad con el teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, provocó su procesamiento. En enero de 1539 se pregonó que ningún español rescatase esmeraldas con los indios. Sin embargo, Lázaro Fonte, al igual que otros españoles, continuaron sus rescates. A finales de ese mismo año se produjo la atroz matanza de indios en Fusagasugá. El licenciado Giménez lo condenó a muerte por ello y “por otras causas”. Él apeló la sentencia a través de su procurador y, a mediados de 1541, la audiencia de Panamá dictó sentencia, conmutándole la pena de muerte por la de destierro de la gobernación.

        Entre primeros de septiembre de 1541 y abril de 1543 estuvo en la expedición del Dorado, capitaneada por el gobernador Hernán Pérez de Quesada. A su regreso, se le procesó de nuevo, acusado de haber quebrantado la pena de destierro. Tras un breve período en la cárcel fue absuelto por Alonso Fernández de Lugo en clara prevaricación. Pues quedó claro que a cambio de su absolución le vendió, a un precio irrisorio, sus rentas de Tenerife.

        Tras salir de la cárcel, y para evitar males mayores, decidió finalmente abandonar Santa Marta y afincarse en San Francisco de Quito. En 1548 estaba ya perfectamente instalado en esta última ciudad. Allí se desposó con doña Juana de Bonilla, hija del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla. Con ella tuvo tres hijos, el mayor de ellos llamado Juan Rafael Fonte. Su suegro, como es normal, lo favoreció enormemente, nombrándolo corregidor de Quito y después contador de la Real hacienda.

        En 1546 se sumó a los hombres del presidente Pedro de La Gasca que luchaban contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Éste prometió el perdón de los delitos a todos los españoles que se sumasen a su campaña. Y el gaditano fue enviado como alférez general al mando de 300 hombres para unirse a las fuerzas del presidente. Por el camino, se supo que no hacía falta su ayuda y que el presidente ordenaba su retorno. Su tropa regresó, pero él con unos cuantos deudos, prosiguió su viaje hasta la ciudad de Cuzco, recorriendo según él mismo afirmó 700 leguas de distancia. Además en San Francisco de Quito recibió un cofre con despachos para La Gasca que le entregó puntualmente, atravesando, según él, “grandes peligros”.

        Pero, pese a estar en Quito bajo la protección del gobernador, el proceso continuó su curso y la justicia continuó “molestándolo”. Por ello, a principios de 1553 decidió nuevamente acogerse al perdón que se daba a los que sirviesen contra el alzamiento del cacereño Francisco Hernández Girón. Cuando este último derrotó al mariscal Alonso de Alvarado los oidores de la ciudad de los Reyes le encargaron una peligrosa misión. Debía recoger las armas de todos aquellos españoles que no se incorporasen a filas y reclutar asimismo el mayor número posible de indios. El despacho le fue entregado el 7 de junio de 1554 y fue con tal cometido en compañía de Francisco Benítez, Miguel López y Gregorio Genovés que cumplieron su objetivo satisfactoriamente. Y en ello, estuvo hasta la derrota y ajusticiamiento del extremeño el 7 de diciembre de 1554.

No obstante, para su sorpresa, a su regreso volvió a dar con sus huesos en la cárcel. Finalmente, en 1555 se le concedió una nueva apelación, en este caso al órgano supremo, es decir, al Consejo de Indias, quedando mientras tanto en libertad. Es la última noticia que tenemos de su procesamiento, pues, no nos consta documentalmente la sentencia definitiva. Probablemente, el silencio documental indique su absolución. Quizás los miembros del Consejo estimaron que el acusado ya había pagado suficientemente sus culpas.

Pero no sólo fue perdonado sino que se estimó que merecía compensaciones por el leal servicio prestado a la Corona durante tantos años. Así, el 13 de noviembre de 1568 y el 19 de diciembre de ese mismo año se le recomendó al virrey del Perú que le otorgase una encomienda de indios y algún oficio en gratificación por sus servicios. La Corona no especificó el monto de la merced aunque él solicitaba una encomienda que le rentase 4.000 pesos de oro anuales. Pero, los años pasaron y la recomendación no llegó nunca a hacerse efectiva. En 1577, es decir, nueve años después seguía con las mismas reivindicaciones. Y nuevamente el 22 de diciembre de 1577 obtuvo otra Real Cédula por la que la Corona ordenaba al presidente y oidores de la audiencia de San Francisco de Quito que le diesen una encomienda que rentase 400 pesos de 450 maravedís cada uno. Pero tampoco se hizo efectiva pues, nuevamente, el 30 de septiembre de 1578, se lamentaba de no haber recibido su ansiada prebenda, reiterando la Corona su deseo de que se le diese. En marzo de 1580 es la última vez que lo tenemos documentado en la ciudad de Quito, cuando tenía 72 años de edad. En ese momento le perdemos totalmente el rastro entre la documentación, lo que podría indicar que había muerto en ese mismo año o en el siguiente.

        No obstante, la familia Fonte se debió consolidar entre la élite quiteña, pues, el 20 de diciembre de 1606 Lázaro Fonte Ferreira, probablemente nieto del gaditano, compró una regiduría en el cabildo de Quito.

Con respecto a sus actos de violación de niñas se le imputaron dos casos concretos, verificados por numerosos testigos. Al parecer, violó a otras niñas, pero no se aportaron datos concretos. Por ejemplo, Juan de Güemez declaró que además de los dos casos conocidos, sabía que “el dicho Lázaro Fonte se echó con otras niñas, sin ser cristianas, y que las corrompió”. Juan Tafur, veedor de Su Majestad, por su parte, dijo que vio una de las varias niñas de ocho o nueve años “que decían que había desvirgado el dicho Lázaro Fonte”.

        Pero nos centraremos en analizar las dos violaciones de las que se presentaron pruebas contundentes. La primera de ellas fue la hija del cacique Bogotá que tenía siete u ocho años. Sobre este caso los testigos apuntan datos sobrecogedores sobre su forma de actuar. Simón Díaz fue testigo presencial y aunque su cita es ago larga me permito transcribirla entera por su interés:

        “Que vio como el dicho Lázaro Fonte echó en su cama una muchacha de Bogotá, de edad de siete u ocho años, y allí la tuvo y la corrompió porque este testigo la oyó llorar y dar gritos aquella noche. Y otro día vio este testigo en la cama del dicho Lázaro Fonte la sangre que le había caído a la dicha niña y dijo a Juan de Güemez y a otros compañeros, mirad que gran bellaquería que ha hecho Lázaro Fonte en haber corrompido esta niña que era tan chiquita que la traían en brazos por no poder andar los indios. Y que era india que no sabe si era cristiana porque si lo fuera él lo supiera. Y este testigo, diciendo y afeándole al dicho Lázaro Fonte como era mal hecho echarse con niñas tan chiquitas le dijo, espera, veréis, y se quitó una caperuza montera que traía puesta y la tiró a la niña y le dio con ella y dijo pues no cae del golpe bien me puedo echar con ella. Y que ésta es la verdad y lo que sabe so cargo del juramento que hecho había…”

 

        La descripción no tiene desperdicio. Tanto Simón Díaz como Juan de Güemez y otros testigos coincidieron al decir que la niña tenía “siete u ocho” años. Pero, llama la atención que una niña con esa edad no supiese andar y que la llevasen en brazos como coincidieron todos los testigos, si es que no tenía alguna enfermedad o minusvalía física. Probablemente, la niña no es que no supiese andar sino que no quería andar, temerosa de su sospechoso traslado a la alcoba del español. Simón Díaz no especifica quién o quiénes la llevaban en brazos, pero sí lo hizo otro testigo, Francisco Gómez de Trujillo, que detalló que era un indio, probablemente obligado por el capitán español. Ahora bien, la india no andaba o no quería andar, pero sí hablaba. Hernán Gómez Castillejo, de 25 años, declaró que no estuvo presente en la violación pero sí “cuando la dicha niña india dijo su dicho”. Desgraciadamente, en el proceso no se incluye el testimonio de la propia india que hubiera sido clave para conocer el verdadero alcance del delito y la percepción que ella misma tuvo de lo ocurrido.

Por otro lado, está claro que el delito no se limitó a abusos deshonestos sino que fue una violación tan brutal, cruel e inhumana que se me agotan todos los adjetivos. La pobre niña gritó y lloró durante la noche y además manchó de sangre el lecho. Otro de los testigos presentes, Juan Montañés, ratifica que “la niña daba gritos y este testigo la oyó dar voces porque estuvo dentro de la casa donde el dicho Lázaro Fonte estaba…

Al menos tres españoles escucharon lo que estaba pasando porque estuvieron dentro de la casa, en el momento en el que ocurrieron los hechos: Simón Díaz, Juan de Güemez y Juan Montañés. Pues, bien, ninguno de ellos hizo nada por evitar el sangrante delito que delante de sus propias narices se estaba cometiendo. Todo lo más que hicieron fue, una vez consumados los hechos, reprocharle la “bellaquería” que había cometido. A juzgar por los hechos Fonte era algo más que un bellaco, pero parece ser que no fue percibido así por los españoles, ni tan siquiera por las autoridades que juzgaron el caso. Pero, además, el gaditano, no mostró en ningún momento síntoma de arrepentimiento. De hecho, solía alardear con sus amigos que él tiraba su bonete o caperuza a una niña y, si no caía por ello, era apta para practicar con ella el sexo. Varios testigos escucharon al reo contar jocosamente dicha anécdota.

        La otra niña violada era algo mayor que la anterior. Nuevamente, Juan Montañés declaró que estuvo presente cuando ocurrieron los hechos en el pueblo indio de Turmequé:

“En Turmequé que en aspó una niña de poca edad para se echar con ella y la ató a los palos del bohío las manos y los pies en unos palos y que este testigo estuvo presente a ello y que se salió de allí y oyó dar voces a la niña muchas como se echaba con ella el dicho Lázaro Fonte y la corrompía y que la niña era india y no era cristiana…

 

La declaración de Juan de Güemez no aporta más datos que la edad. Él, aunque no estuvo presente en esta ocasión, oyó decir lo siguiente:

        “Y que, asimismo, oyó decir este testigo como en aspó una niña para se echar con ella, de edad de doce o trece años, y que no era cristiana, (con) dos estacas de los pies y atadas las manos a los palos del bohío y que era virgen”.

 

También el testigo Francisco Gómez de Trujillo, nos confirma que la india se encontraba en el pueblo de Turmequé y que allí, tras una entrada, la “aspó” y “se echó con ella forzadamente”.

Otro testigo Hernán Vanegas, introduce una novedad en el suceso. Él afirma que en los aposentos de Turmequé violó primero a una de las muchachas pero que no fue la única. El propio Fonte, le contó, presumiendo, que habían sido tres las muchachas violadas. Es el único de los testigos que sostuvo este extremo:

“A las catorce preguntas dijo que lo que de esta pregunta sabe es que el vio tres muchachas y que oyó decir al dicho Lázaro Fonte que las había corrompido y que, la una de ellas, le dijo el dicho Lázaro Fonte que la había atado en una colcha de paja y que le mostró la toca donde la había atado y los palos donde (la) había atado cuando se echaba con ella porque no quería estar queda, lo cual pasó en los aposentos de Turmequé y que las dichas muchachas no eran cristianas porque en aquel tiempo no las había en este reino”.

 

Según los criterios de la época, esta última muchacha debía estar en el límite de lo que se podía considerar una violación común. También queda muy claro que Fonte premeditaba bien todos sus actos. No eran casos espontáneos de violación, sino que previamente ataba a sus víctimas para evitar cualquier tipo de resistencia. Las víctimas opusieron resistencia, pero lo hicieron inútilmente de la única manera que pudieron, es decir, gritando. Nuevamente en esta ocasión hubo testigos presenciales que no hicieron nada por remediarlo. Juan Montañés afirma “que se salió de allí” y, por el tono, pudiera parece que abandonó el lugar molesto con el penoso espectáculo que el gaditano se disponía a protagonizar.

        Ante estas acusaciones Fonte no adoptó ninguna estrategia en su defensa, limitándose a negarlo todo. Y lo hizo durante los más de doce años que anduvo entre pleitos y apelaciones. Y es que Fonte era tan fanfarrón con sus amigos como cobarde ante los tribunales. Cuando en 1541 le entregaron la sentencia de Panamá se permitió romperla en pedazos. Sin embargo, otra cosa era reconocer todo ante un tribunal. Con respecto a la hija del cacique de Bogotá decía que nunca tuvo el gusto de conocerla y que ni tan siquiera sabía si éste tenía o no hijas. En Tunja, el 5 de enero de 1544 volvió a insistir en la falsedad de las acusaciones pues “las indias que he tenido, así niñas como mujeres grandes, han sido de mí muy bien tratadas y miradas y haciéndolas enseñar y enseñándolas en las cosas de nuestra santa fe católica”.

        La gran cantidad de testigos, los detalles aportados y la total coincidencia entre todos ellos, no dejan lugar a la duda sobre los hechos ocurridos. Así lo estimaron distintos jueces a lo largo de varios años. Yo creo que Lázaro Fonte se corresponde perfectamente con el perfil de un psicópata. Una persona que podía compaginar su condición de buen cristiano, de buen esposo y de buen padre con crueles matanzas con el único objetivo de obtener varios centenares de pesos de oro y con violaciones brutales y premeditadas. Y lo peor de todo, se trataba de una forma de actuar que, aunque muy minoritaria, ni era excepcional en su época ni desgraciadamente lo es en pleno siglo XXI. Y es que analizando la historia uno se da cuenta de lo poco que el hombre ha evolucionado a nivel moral y ético. Ha habido una revolución científica y tecnológica pero aún está por llegar una revolución moral.

         En plena vorágine conquistadora, donde millones de indios perecieron de forma directa o indirecta, es obligatorio plantearse ¿por qué se juzgó este caso?. Hubo miles de asesinatos, miles de violaciones y miles de saqueos injustificados. Los españoles durante algunos años se convirtieron incluso en huaqueros es decir en saqueadores de tumbas.

Ya en 1531, en la gobernación de Santa Marta, hubo un juicio contra el conquistador extremeño Alonso de Cáceres por haber asesinado impunemente a un indio de paz. Se hizo justicia dentro de lo que cabía en esa época y el extremeño fue condenado al destierro y a la confiscación de sus bienes. Sin embargo, tras analizar las circunstancias llegué a la conclusión que la causa de su procesamiento no fue ningún filantrópico deseo de justicia con los indios sino su agria enemistad con el gobernador de Santa Marta, García de Lerma.

Pues, bien, desgraciadamente en el caso de Lázaro Fonte, ante la misma pregunta he obtenido la misma respuesta. Los cargos, con ser importantes, no dejaban de ser habituales en todo el proceso conquistador. El rescate de esmeraldas, el asesinato de indios para que le entregasen oro, los escarmientos y las violaciones eran moneda de cambio habitual en el proceso conquistador.

Es cierto que la violación de niñas de siete u ocho años no debía ser tan frecuente, pero no lo es menos que tampoco fue el cargo que más pesó en su procesamiento. También es cierto que los indios de Fusagasugá, pese a lo que afirmaba Fonte, habían estado siempre de paz. Y ambos aspectos eran sendos agravantes porque se suponía que la legislación protectora afectaba fundamentalmente a los indios amigos o guatiaos.

Pero, sea como fuere, lo cierto es que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente de gobernador del Nuevo Reino, condenó a Lázaro Fonte a pena de muerte y a la pérdida de sus bienes. Ahora, bien, no lo hizo tanto para castigar sus atropellos, que se lo merecía, sino por enemistad personal. Al parecer, el teniente de gobernador llamaba al gaditano converso, mientras que éste decía que aquél era un judío. El capitán Hernán Vanegas oyó decir a Fonte “que le había de dar una cuchillada con un puñal a Jiménez”.

        Son muchos los testimonios que aparecen en el proceso y que delatan esta situación. Él lo condenó a pena de muerte y pretendió darle un castigo tan desmedido como ilegal. Pensó en dejarlo atado a un árbol en territorio de los indios Panches, que entonces eran temidos porque se le atribuían casos de antropofagia. Hernán Vanegas y otros españoles le convencieron finalmente para que no lo enviase a tierras de los Panches “porque se lo comerían los indios” y decidió mandarlo a Pasca “con unos grillos”. Estando ya con cadenas en Pasca, supo el teniente de gobernador que se acercaba una expedición de españoles y mandó a su hermano Hernán Pérez de Quesada que le soltara, para evitar que se conociese semejante irregularidad.

Asimismo, se vio obligado a permitirle su apelación porque era un derecho que no le podía negar. El gaditano dio poderes a Pedro de Puelles para que llevase el proceso ante la audiencia de Panamá, quien falló en segunda instancia, permutando la pena de muerte por la del destierro de la gobernación. Pese al fallo, tremendamente favorable, cuando Bartolomé Calvo, criado de Juan Muñoz de Collantes, se la entregó la rompió en pedazos airadamente. Y ello, porque Fonte sostenía que era frecuente que los capitanes y gobernadores emitiesen condenas que después nunca se ejecutaban, al menos “al pie de la letra”. Encima tuvo la desfachatez de sostener durante años que la sentencia de Panamá jamás se le llegó a notificar. Y lo mismo que Gonzalo Jiménez lo acusó sencillamente por enemistad personal, el gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo lo absolvió, el 21 de abril de 1544, en medio de una flagrante prevaricación. Y es que fue público que lo indultó a cambio de que le vendiese, por una cantidad simbólica, sus propiedades en Tenerife, valoradas en varios miles de ducados. A fin de cuentas el propio Lugo era canario y le venían muy bien esas propiedades para cuando decidiese regresar. Incluso, para que Fonte quedase totalmente satisfecho le concedió el cargo de alguacil mayor.

Sin embargo, el negocio no le pudo salir peor al gaditano, pues, a finales de ese año de 1544, el gobernador regresó a España, cargado de esmeraldas y oro “y tales obras hizo allá que dejó nombre de tirano”. Lo cierto es que el promotor fiscal, Antón de Luján, un español de moralidad intachable, y el nuevo gobernador, visitador y juez de residencia Miguel Díez de Armendáriz se empeñaron, para desdicha del arruinado de Fonte, en proseguir el proceso.

        Yo creo que Fonte terminó pagando una buena parte de sus culpas. Él mismo se lamentó de su mala suerte por tener que rendir cuentas por hechos –los rescates y los castigos ejemplarizantes- que otros muchos capitanes habían cometido sin incurrir en pena alguna. Estuvo de tribunales al menos hasta 1555 en que su proceso fue apelado al Consejo de Indias. Aunque en ese mismo instante se hubiese archivado su causa, nadie pudo quitar al gaditano esos dieciséis años de juicios y cárceles. Obviamente, no estuvo preso todo ese tiempo, pero siempre acosado por la justicia, pasó temporadas en la cárcel en Santa Fe, en Quito y en Lima. Al menos lo encontramos encarcelado en 1539, 1543, 1544, 1547 y 1553.

Económicamente terminó arruinado. Gonzalo Jiménez le confiscó todo el dinero en efectivo que tenía en oro y esmeraldas, así como sus enjundiosas encomiendas de indios. Y por si fuera poco, el corrupto gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo le vendió su libertad a cambio de sus propiedades en Tenerife. Pedro de Enciso declaró que estuvo presente en Bogotá cuando se hizo la fraudulenta transacción. Así, cuando el 16 de agosto de 1553 Pedro de Mercado de Peñalosa dispuso nuevamente que se encarcelase al gaditano y que se le confiscasen sus bienes en Quito, se supo que no tenía absolutamente nada. Interrogado su suegro el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, sus palabras fueron elocuentes:

“Y el alguacil lo llevó preso con grillos a la cárcel y, luego, fue a la posada del dicho Fonte a secuestrar sus bienes, pero no halló ninguno. Rodrigo Núñez de Bonilla, su suegro, so cargo del cual, siendo preguntado por los bienes del dicho Lázaro Fonte dijo que no le conoce bienes ningunos porque lo que comía, bebía, vestía y calzaba él y su mujer e hijos él se lo daba y proveía y que ésta es la verdad”.

 

Poco tiempo permaneció preso en la Ciudad de los Reyes porque sus amigos Francisco Ruiz, Ascensio de Cepeda y Rodrigo de Paz, vecinos de Quito, lo sacaron con el compromiso de que no saldría de la ciudad y que volvería a la cárcel cuando se le requiriese, “so pena de 8.000 pesos de oro para la cámara real.

        A modo de conclusión creo que los ejemplos tratados en este trabajo son más que suficientes para acercarnos al drama de la conquista. En América se cometieron todo tipo de abusos y creo que esto es digno reconocerlo. Pero, eso sí, sin complejos y sin sentimientos de culpa. Ya los griegos en el siglo V a. C. habían dicho que ellos eran “el crisol superior de un mundo diverso”. Desde la aparición de la civilización hasta el mismísimo siglo XX se consideró normal que los pueblos civilizados sometieran y “civilizaran” a los pueblos supuestamente bárbaros.

        El caso de Lázaro Fonte es muy especial. No sólo por sus rasgos psicopáticos sino porque su procesamiento nos proporciona bastante información sobre las actitudes ante las matanzas de indios y, sobre todo, ante hechos tan repugnantes para la sociedad actual como la pederastia. Ni una cosa ni otra eran vistas en su momento con la repulsa con la que se ven en nuestros días. Tanto las matanzas de indios como la política de terror –amputaciones, ajusticiamientos públicos, aperreamientos, etcétera- eran consideradas como males necesarios para someter a la numerosísima población indígena. Y ello era así porque el fin último era positivo a los ojos de Dios, es decir, su sometimiento y su conversión al cristianismo.

En cuanto a la pederastia, es evidente que creaba cierto malestar y repulsa entre sus contemporáneos. Lázaro Fonte fue censurado, e incluso, condenado por ello. Sin embargo, parece claro, a juzgar por las declaraciones de los testigos, que tampoco generaba el mismo rechazo social que puede generar actualmente.

En definitiva, asesinatos, violaciones y actos de pederastia, eran hechos que podían ser reprochados por una parte de la sociedad, sobre todo por la corriente crítica que encabezaban religiosos como el padre Las Casas, fray Pedro de Córdoba o fray Bernardino de Sahagún, entre otros. Pero, su responsable sólo era puesto a disposición de la justicia en ocasiones muy flagrantes y casi siempre mediando enemistades personales. Aun así, no conocemos ni un solo caso de ejecución de una condena a muerte dictada contra un español por haber asesinado o violado nativos. Sí las hubo por traición a la Corona, cierta o no, como le ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, a Gonzalo Pizarro o a Francisco Hernández Girón, pero no por haber cometido delitos contra los aborígenes que hoy consideraríamos de lesa humanidad.

No cabe duda, pues, que la sociedad de la época era mucho más tolerante con todos estos aspectos que la actual. Podían compaginar perfectamente sus valores cristianos con el desprecio por el indio que, lejos de ser un vasallo o un prójimo más, siempre se consideró políticamente un vasallo de segunda y religiosamente, primero, un pagano o un infiel, y luego, un converso. Hoy nos llaman la atención personajes como Lázaro Fonte que se consideraban buenos cristianos y “temerosos de Dios”, y no tenían ningún pudor en reconocer la necesidad de llevar a cabo matanzas de indios, aperreamientos o amputaciones como medio de sometimiento. Los medios no importaban porque el fin, la ampliación de las fronteras cristianas, era muy positivo a los ojos de Dios. Esta actitud estaba bastante generalizada entre el grupo conquistador. Por ello, el gobernador de las Indias, Frey Nicolás de Ovando, que era un profundísimo creyente, no tuvo el menor cargo de conciencia en organizar la cruel matanza de Xaragua, si con ello expandía la frontera cristiana.

En definitiva, queda bien claro algo que los valores fundamentales de la sociedad del siglo XVI no eran los mismos que los actuales. Pero, obviamente, eso no significa que cinco siglos después, sin perder de vista la sincronía histórica, no podamos juzgar críticamente y censurar esas actitudes del pasado.

 

PARA SABER MÁS


MIRA CABALLOS, Esteban: “Terror, violencia y pederastia en la conquista de América: el caso de Lázaro Fonte”, Jahrbüch Für Geschichte Lateinamericas, N. 44. Hamburgo, 2007, pp. 37-66.

 

------- Conquista y destrucción de las Indias (1492-1574). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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