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Hace ya más de quinientos años, víspera de la Ascensión, murió en la entonces villa de Valladolid el Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. Aunque pueda parecer extraño en la actual sociedad de la información, y después de haberse dedicado a su figura cientos de monografías, todavía existen en torno a él infinidad de enigmas. Desde su lugar de nacimiento, hasta su formación, su lengua materna, la existencia de un posible protonauta o el lugar en el que reposan sus restos mortales.

Sin duda, cabría preguntarse: ¿a qué se ha debido esta incertidumbre en torno a su vida? La respuesta no admite dudas: todo el embrollo lo provocó el propio Cristóbal Colón. Él, apenas se refirió a sus orígenes familiares, administrando la verdad, como afirmó Salvador de Madariaga, con notoria cautela. Y en este mismo sentido, afirmaba Paolo Taviani que Colón desarrolló la costumbre de no contar nunca toda la historia a una sola persona, de descubrir siempre sólo una parte del argumento, contribuyendo notablemente al misterio y a la confusión en torno a su persona. Y es que el Almirante tan sólo habló en una ocasión de su nacimiento genovés, concretamente en la escritura de mayorazgo, fechada el 22 de febrero de 1498, en la que afirmó rotundamente haber venido al mundo en dicha ciudad de la Liguria italiana. Pero jamás se refirió a sus padres, ni por supuesto a su infancia en la ciudad del Tirreno. Posteriormente, los intereses creados en torno a la herencia del Ducado de Veragua, provocaron que, en el mismo siglo XVI, desaparecieran documentos claves, como, por ejemplo, el testamento de 1502 que fue buscado sin fortuna por sus herederos a mediados de la decimosexta centuria.

Su hijo y biógrafo, Hernando Colón, acentuó aún más la confusión, pues, no sólo ocultó información sino que mintió claramente cuando afirmó, en su Vida del Almirante, no tener claro de dónde era natural su padre. Y es obvio que faltó a la verdad, por dos motivos: en primer lugar, porque parece bastante improbable que, siendo su hijo, no conociera la patria de su progenitor. Y en segundo lugar, porque en su testamentó, otorgado en Sevilla, el 3 de julio de 1539, se mostró mucho más sincero al señalar Génova como la cuna de su padre. Es evidente, como afirmó Antonio Ballesteros Beretta, que no existiría el problema de su patria si Hernando Colón hubiese dicho la verdad que intencionadamente ocultó.

La motivación exacta la desconocemos pero parece obvio que, tanto uno como otro, pretendían ocultar algo relacionado con su pasado, probablemente su baja alcurnia, o incluso, un posible origen semita, como argumentó Madariaga.

La cuestión del predescubrimiento parece mucho más irresoluble. Si existió o no el tal Alonso Sánchez de Huelva, nunca lo sabremos con seguridad. Colón tuvo tiempo de ocultar la mayor parte de las evidencias. Y de hecho, las que disponemos son circunstanciales y nunca podrán ser concluyentes.

En cuanto al lugar donde reposan sus restos ha habido una disputa histórica entre la tesis dominicana y la española. El problema radica en el hecho de que Colón fue inhumado y exhumado en seis ocasiones. Su primera sepultura estuvo provisionalmente en la propia Valladolid, donde falleció, lugar desde el que se trasladó poco después al monasterio de las Cuevas de Sevilla. Su cuerpo debió permanecer allí hasta 1543 o 1544 en que se trasladó a la Catedral de Santo Domingo, siguiendo los deseos de doña María de Toledo, nuera del descubridor. Más de dos siglos después, y concretamente en 1795, después de la firma de la Paz de Basilea por la que se entregó a Francia la parte oriental de la Española, las autoridades decidieron trasladar sus restos a La Habana. Nuevamente, en 1898, ante el inminente abandono de Cuba, se decidió trasladar a la Catedral de Sevilla, donde se enterró en la cripta de los Arzobispos. Finalmente, en 1902, se inhumó definitivamente en el monumento funerario que para tal efecto labró el escultor Arturo Mélida.

El debate se inició a partir de 1877 cuando, en unas obras de remodelación del presbiterio de la Catedral de Santo Domingo, se localizó una urna con una serie de inscripciones, entre ellas las iniciales "C.C.A.", que obviamente se quiso desglosar como "Cristóbal Colón, Almirante". Inmediatamente después, Monseñor Rocco Cocchia, publicó una enfervorizada pastoral comunicando el hallazgo al mundo. Desde ese momento, los historiadores dominicanos se centraron en destacar el error cometido por los españoles cuando precipitadamente, en 1795, se llevaron por equivocación los restos del II Almirante Diego Colón, en vez de los de su padre, Cristóbal Colón.

En estos momentos se están practicando las más modernas técnicas genéticas a los supuestos restos del Almirante de la Catedral de Sevilla. Se trata de un equipo de investigadores, dirigidos por el doctor José Antonio Lorente Acosta, del laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada. ¿Será la ciencia capaz de resolver los enigmas colombinos? Probablemente no; los propios investigadores ya han adelantado que las conclusiones pudieran no ser definitivas. Para empezar el gobierno dominicano no ha permitido la exhumación de los restos, conservados en el mausoleo del Faro al Descubridor. Pero es que los de la Catedral de Sevilla son apenas unos fragmentos y en pésimo estado de conservación. Ya en la exhumación que se hizo hace un siglo se escribió, en acta notarial, que sólo había unos fragmentos de hueso y canillas. En un primer avance, Marcial Castro, del equipo de investigadores de Granada, acaba de publicar que los pocos restos de Sevilla sí parecen corresponder a los del descubridor de América. Pero rápidamente los dominicanos han salido al quite para decir que los demás restos óseos los tienen ellos. Este extremo es difícilmente creíble, pues, o hubo equivocación en 1795 y se quedaron en Santo Domingo, o acertaron en dicha exhumación y están en Sevilla. Pero la polémica está servida.

En definitiva, todo parece indicar que los enigmas colombinos sobrevivirán al siglo XXI. Si los resultados no van a ser concluyentes siempre habrá quien continúe la controversia. Y es que el Almirante hace tiempo que dejó de ser historia para convertirse en leyenda. Cinco siglos después el enigma continúa.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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