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        La lectura del reciente libro de Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, ¿Por qué el decrecimiento? (Barcelona, los libros del lince, 2014) junto con un repaso de otros textos que he leído en los últimos años me han llevado a estas reflexiones que he puesto por escrito.

        Hace tiempo que sabemos que el capitalismo lleva intrínseca su propia autodestrucción porque se basa en el consumo ilimitado cuando los recursos del planeta son limitados. Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Su consumo va a seguir aumentando en los próximos años por la industrialización de los países emergentes. Carlos Taibo asegura desconocer cuándo se producirá el colapso, aunque cita a otros autores, como el desaparecido Ramón Fernández Durán, que lo situaba a partir de la cuarta década del siglo XXI.

        El gran problema radica en que, pese a la certeza anterior, casi nadie está dispuesto a cambiar el crecimiento por el decrecimiento. Unos porque siguen confiando en el sistema capitalista y piensan que, como en otras ocasiones, se adaptará a los nuevos tiempos. En esa línea se mueve el capitalismo verde que, en realidad, busca mantener el consumismo pero bajo una apariencia ecológica: desarrollo sostenible –crecer pero de manera sostenida-, coches ecológicos -altamente contaminantes por los compuestos que usan-, líneas de alimentos ecológicos, etc. Se trata de cambiar la apariencia para que lo esencial del sistema siga funcionando. Otros, simplemente porque piensan que el capitalismo es insustituible, que no hay vida más allá de él. Esta posición es propia de los partidarios del neoliberalismo, desde Margaret Thatcher a George Bush. Y para colmo, tildan a los partidarios del decrecimiento o del ecosocialismo como idealistas o, peor aún, como catastrofistas. En general, en casi todos los programas de los partidos políticos y de los Estados se buscan recetas para reactivar el consumo y, por tanto, el crecimiento. Un consumismo que se apoya en una publicidad agresiva, el crédito fácil y una caducidad exagerada, a veces con obsolescencia programada incluida. Todo ello potencia artificialmente nuestras necesidades y nos incitan, incluso, a comprar cosas que no necesitamos y a veces hasta detestamos. Al consumismo de los países desarrollados se está sumando ahora el de los países emergentes que están creciendo desmesuradamente, al tiempo que generan empleos precarios, desigualdades gigantescas y agresiones medioambientales irreversibles.

El ranking mundial de los países se realiza en base al PIB, sin considerar el grado de bienestar de los ciudadanos. No extraña que aplicando otros parámetros, como el Índice de Desarrollo Humano u otros como el grado de felicidad, países como Bután, Cuba o Costa Rica aparezcan muy arriba mientras que algunos de los grandes como China o Reino Unidos aparezcan en los puestos 82 y 41 respectivamente. Por cierto que la esperanza de vida en Cuba es de las más altas del mundo lo que se debe, por un lado, a su sistema sanitario y, por el otro, a que su dieta es escasa –por la carestía- y se basa en frutas tropicales y verduras. Y es que, como defienden Taibo y Latouche, está claro que no siempre los países más ricos son los que albergan a una ciudadanía más feliz porque la competencia capitalista genera una minoría de ganadores y una mayoría de perdedores.

Lo cierto, como defienden tanto los decrecentistas como los ecosocialistas, es que si queremos evitar el colapso es necesario decrecer ya, disminuir drásticamente el consumo. Y ello es posible incluso aumentando nuestro bienestar. Se trataría, como ha escrito Jorge Riechmann, de sustituir la actitud consumista ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente.

En general comulgo con las ideas decrecentistas aunque discrepo de ellos en su oposición a otras corrientes similares, como el ecosocialismo o el posdesarrollo. Y digo que similares porque básicamente defienden lo mismo, es decir, el decrecimiento sostenible, aunque difieran en otros aspectos como la socialización de la riqueza. Carlos Taibo, se desmarca de los ecosocialistas por dos motivos: uno, porque se define como libertario decreciente, una palabra polisémica y compleja pero que en este caso debe entenderse como ácrata, más vinculado al anarquismo que al marxismo. Y segundo, porque a su juicio, la palabra socialismo ha sido objeto de muchas polémicas sobre todo a raíz de la burocratización del socialismo soviético y Chino. Pero vincular al socialismo con los regímenes totalitarios de izquierda del siglo XX es tan injusto como establecer la equivalencia entre capitalismo y nazismo. También afirma que Karl Marx no fue decrecentista, claro, ni tampoco ecologista, y lo mismo se puede decir de Lenin, Trotski o Mao Tse Tung; esos problemas no existían en su tiempo y aunque el filósofo alemán ha sido uno de los más brillantes pensadores de la historia no era adivino, ni brujo ni chamán.

Más justificadas son sus distancias y recelos con el concepto de posdesarrollo que defienden, un tanto asépticamente, otros estudiosos. Sin embargo, a mi juicio estas divisiones absurdas perjudican al pequeño grupo de personas, entre las cuales me incluyo, que apuestan por cambiar el mundo. Somos pocos y encima estamos divididos. En realidad, decrecentistas, posdesarrollistas y ecosocialistas comparten el mismo proyecto, pues el mero freno del consumismo superfluo provocaría una mayor solidaridad entre los seres humanos que a la postre, con socialismo o sin él, llevaría a una mayor solidaridad entre Norte y Sur y a una más equitativa distribución de la riqueza.

        De no ocurrir el decrecimiento se avecinan grandes males para la humanidad. Las energías fósiles se agotarán en pocas décadas y no parece que las alternativas estén en condiciones de sustituirlas en estos momentos. La energía se encarecerá progresivamente. Pero hay algo peor, los alimentos básicos escasearán y su precio se multiplicará. Se calcula que en el mundo hay unas 13.000 millones de hectáreas bioproductivas, es decir 1,8 hectáreas por persona. El aumento poblacional -10.000 millones de personas en el 2.060-, unido al cambio climático y a la desertización van a reducir drásticamente la producción provocando hambre y migraciones a gran escala. Las multinacionales lo saben y llevan algunos años comprando miles de hectareas de tierra fértil en África y en Asia. También, escaseará el agua potable de calidad.

Pero todavía no es tarde; podemos cambiar el mundo, quitándole la razón a los que piensan que no hay alternativa. El ser humano vivió ajeno al capitalismo durante dos millones de años, y puede volverlo a hacer sin necesidad de regresar a las cavernas, e incluso con más bienestar social que el actual. La labor de los docentes en este cambio es clave. Es necesario, como dice Taibo, ecoalfabetizar a los alumnos, enseñarles el valor de la sobriedad y del respeto a la madre naturaleza. Al mismo tiempo –añado yo- debemos enseñarles otra visión de la historia, alternativa a las revoluciones agrícolas e industriales que nos llevaron hasta aquí, desde el Neolítico a la era industrial. Etapas que se estudian como grandes hitos pero que en realidad son el vivo ejemplo de la capacidad destructiva del Homo Sapiens que le está llevando a acabar con su propio hábitat.

Carlos Taibo propone seis sencillas reglas para cambiar el mundo, a saber: una, recuperar una vida social que, a su juicio, nos ha sido robada, es decir, las relaciones sociales pausadas de nuestros antepasados. Dos, Desplegar fórmulas de ocio creativo, ajenas al consumismo. Tres, redistribución de la carga laboral, trabajo para todos aunque en menos cantidad y una renta básica que nos permitan satisfacer las necesidades no acumular. Es necesario recuperar el espacio público. Cuatro, reducir las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte. Quinto, restaurar la vida local, la autogestión y la democracia directa, poniendo freno a la globalización desbocada. Y sexto, recuperar voluntariamente y a nivel individual la sencillez y la sobriedad de antaño.

En pocas palabras, renta básica, austeridad, reducción del consumo, estímulo de la economía local frente a la global y reciclaje y reutilización. Ésta es la única receta que se nos ocurre para salvar el mundo. ¡Suerte!

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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