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        He leído muchas veces al filósofo Juan Pedro Viñuela hablar del proyecto inacabado de la Ilustración. Parcialmente se ha conseguido cierto margen de libertad y de igualdad, mientras que la fraternidad entre todos los seres humanos ni tan siquiera se ha intentado. En resumidas cuentas, hasta la fecha se ha frustrado el mayor proyecto político y social de la historia. Y como bien escribió hace casi medio siglo René Remond, director de la Fundación francesa de Ciencias Políticas, sin igualdad jurídica y social no puede haber democracia. Por tanto, fracaso parcial de los ideales ilustrados y fracaso parcial de la verdadera democracia.

        En estos momentos se está planteando de nuevo la cuestión del aforamiento de don Juan Carlos y doña Sofía. Los argumentos a favor de su concesión no pueden ser más endebles: uno, que si hay más de 18.000 personas en España que gozan de él, incluyendo a jueces, políticos y diplomáticos, dos personas que han ostentado la jefatura del estado por más de tres décadas lo deben tener también. Y otro, que el hecho de que solo puedan responder ante el Tribunal Supremo no es un privilegio sino una rémora ya que no tienen la posibilidad de la apelación. Sin comentarios; si hay más de 18.000 personas aforadas en nuestro país ya es hora que se la retiren por decreto ley, y de paso se les otorga su derecho legítimo a la apelación.

        Si hacemos un poco de historia, hasta el siglo XVIII hubo en España tribunales especiales para los miembros del estamento nobiliario. Todo el que tenía una patente de hidalguía, un título nobiliario o un hábito de alguna Orden Militar, tenía derecho a tribunales especiales. Unos tribunales que, por supuesto, dictaban sentencias mucho más benignas que los destinados a juzgar a los plebeyos. Si un noble mataba a un campesino le podía caer una buena reprimenda e incluso una multa, pero si el hecho era el inverso, el campesino tenía asegurada la ejecución por garrote vil.

Pero los privilegiados no solo tenían tribunales especiales sino que además se reservaban los mejores cargos de la administración, discriminando a las minorías étnicas y a los plebeyos, incluyendo a los burgueses. Las consecuencias de todo ello son bien sabidas: por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó al secular retraso de nuestro país en todos los campos, lo mismo político que social, económico, científico, etc.

Pero volviendo al tema del aforamiento, pretenden concedérselo al mismo que hace poco dijo que la justicia era igual para todos. Pues si la justicia es igual para todos, por qué unos tienen que tener unos tribunales especiales, supuestamente de más calidad, mientras que otros nos tenemos que conformar con los juzgados de primera instancia. Y si se le concede a don Juan Carlos, ¿por qué no también al pobre de Iñaki Urdangarin? ¿Por qué no también a la Infanta Cristina? ¿Por qué no a Messi que tiene un magnífico toque de balón? ¿por qué no a mí que soy buena gente y estoy dispuesto a renunciar a mi derecho a apelar? Aforamientos, sobres en B, planes de pensiones domiciliados en Luxemburgo o en las islas Caimán, privilegios políticos, perpetuación de las desigualdades… ¡A dónde vamos a llegar! ¡que no me hablen de democracia, que no me hablen de la solidaridad de pagar religiosamente mis impuestos, que no me hablen de que la justicia es igual para todos, que no me hablen de equidad en el acceso a los puestos públicos!

Pero la gente ya no está para bromas, la fiesta se ha acabado y se avecina un tiempo nuevo en la política española. Precisamente hoy el periodista John Müller ha escrito en Libertad Digital que si Podemos gana las elecciones España está acabada. Todos su argumentos se sustentan en planteamientos infundados como que estos copiarían el modelo fallido de la Revolución Bolivariana que ha dejado arrasada a Venezuela. Pues mire usted, Sr. Müller, los varios millones de personas en España que no tienen trabajo, ni ingresos y que están a punto de perder sus viviendas si no la han perdido ya, tienen poco o nada que perder. España no es la que está acabada sino la casta de privilegiados que llevan siglos detentando el poder: las grandes fortunas, los aforados, las multinacionales, esos sí pueden perder privilegios y en cierta medida comprendo sus miedos. Pero si realmente somos demócratas habrá que asumir la voz de la mayoría, de una mayoría que se siente engañada y que legítimamente quiere un cambio. Que sea la voluntad del pueblo. ¡Suerte!

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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