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        Buenas tardes, es un honor para mí estar hoy aquí en esta bonita villa de Hornachos para hablar de sus moriscos. Mi más sincero agradecimiento a vuestro alcalde, don Francisco Buenavista por la invitación y a todos los asistentes. Dado que están previstas tres conferencias de una hora cada una intentaré ser lo más ameno posible.

Para no dilatarme más, entraré en materia. Los musulmanes poblaron la villa, y permanecieron todos en ella tras su reconquista en el año 1234 por tropas santiaguistas de Pedro González Mengo. Durante el siglo XVI, Hornachos fue una villa casi exclusivamente morisca, exceptuando un pequeño núcleo de cristianos viejos en torno a comendador santiaguista. Fue un siglo próspero. Se estima que su población en 1580 era de 4.800 habitantes y sus tierras se valoraban en 122.300 ducados. Fue el fatídico decreto de expulsión de 1609 y la salida de dos terceras partes de su población la que la condenó a una hibernación que duró varios siglos.

Pero vayamos por partes.

 

¿QUIÉNES ERAN LOS MORISCOS?

       Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la presencia de estos recalcitrantes sino la existencia de una minoría cristiana intransigente. La misma que se encargó de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Y eso no solo ocurría en Hornachos; en un reciente estudio sobre los moriscos de Magacela, sus autores afirman que su convivencia con los cristianos viejos fue pacífica, aunque eso no les libró de la expulsión. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

¿POR QUÉ SE EXPULSA A LOS MORISCOS?

         Siempre se ha sostenido que la expulsión de los moriscos no sólo se debió a una cuestión de xenofobia sino también a un problema de seguridad nacional. En 1569 declaró un morisco ante la inquisición de Granada que ellos pensaban que esta tierra se había de tornar a perder, y que la habían de ganar los moros de Berbería. Un año después, algunos cristianos viejos de Hornachos escribieron una misiva a Felipe II en la que manifestaban su temor ante una posible rebelión de los hornachegos en colaboración con otros moriscos de Extremadura y Andalucía con los que mantenían contactos. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular; López de Gómara insistió reiteradamente en su crónica sobre la inteligencia y comunicación que había entre los moriscos españoles y los corsarios berberiscos. Y para apoyar dicha tesis, citó el caso de un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco hizo de guía.

         Sin embargo, el problema morisco -percibido por la sociedad- era más ficticio que real. Se trataba de unos temores exagerados, provocados por las rebeliones del pasado y por los continuos ataques berberiscos a las costas mediterráneas. La literatura posterior se encargó de poner el énfasis en el problema morisco para justificar de alguna forma una decisión tan drástica como perjudicial para los intereses económicos del Reino. Por ello, se les culpó de instigar los ataques corsarios de turcos y berberiscos lo que acentuó y justificó el rechazo creciente de la población hacia esta minoría.

         Hoy sabemos que los moriscos no tenían potencial militar, ni armas suficientes ni tan siquiera apoyo externo. La ayuda de los berberiscos y turcos fue muy escasa, pues, los ataques corsarios a las costas mediterráneas no se debieron a un plan de reconquista, con la ayuda interna de los moriscos, sino a meros actos individuales de rapiña. Probablemente nunca pasó por la cabeza de los corsarios magrebíes la posibilidad real de recuperar la Península Ibérica, ni muchísimo menos de devolver el poder a los moriscos.

         Desde tiempos de los Reyes Católicos se fue configurando en España un Estado casticista, donde sólo tenía cabida el homo christianus. Las minorías irreductibles serían expulsadas: los judíos en 1492 y los moriscos entre 1609-1614. En cuanto a las disidencias internas –erasmistas, iluminados y protestantes- serían controladas y cercenadas de raíz por la Inquisición.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN ESPAÑA

         Oficialmente, desde 1614 no había moriscos en España; supuestamente habían desaparecido, los más resistentes marchando al cadalso y el resto, integrándose discretamente en la cristiandad. En lo que no hay acuerdo es en el número aproximado de los que se quedaron. Esta cuestión de la permanencia tiene ya una larga tradición historiográfica que se inicia en el último tercio del siglo XIX y prosigue casi ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Había casos aislados muy conocidos, como el de los moriscos del valle de Ricote (Murcia) a los que se refiriera Miguel de Cervantes y que eludieron inicialmente su expulsión. También sabíamos que los decretos no afectaron a todos, pues tanto a los esclavos como a los menores de siete años se les permitió quedarse. De hecho, el cabildo de Sevilla se convirtió en depositario de tres centenares de niños que eludieron el exilio forzoso.

Abundando en la cuestión de la permanencia, hace ya varias décadas, Antonio Domínguez Ortiz aportó algunos datos al respecto. Concretamente se refirió a los moriscos de las villas del Campo de Calatrava, que tenían un privilegio de los Reyes Católicos y estaban cristianizados, como en los reinos de Valencia y Murcia. Pocos años después, con más intuición que datos, Bernard Vincent afirmó que posiblemente, después de 1610, permanecieron en la Península un contingente de moriscos mayor de lo que usualmente se admitía. Efectivamente, sus palabras eran acertadas pues actualmente no dejan de aparecer por aquí y por allá casos de moriscos que, de una forma u otra, se escabulleron entre la población. Por su parte, Henry Lapeyre concluyó, en su ya clásica obra Geografía Morisca, que en España vivían unos 300.000 morunos de los que 275.000 fueron expulsados. Y es que ni la expulsión de los moriscos granadinos tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1570) fue total ni, muchísimo menos, la del resto de España entre 1609 y 1614.

Pese a los aportes de los últimos años, todavía hoy se tiene la creencia de que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Sin embargo, hay evidencias que nos indican que fueron muchos y que no pocos de ellos eludieron las órdenes de exilio. Y ello, por dos causas: primero, porque, de acuerdo con Trevor J. Dadson, la maquinaría burocrática falló y muchos escaparon al control. Y segundo, porque una parte considerable de ese contingente estaba ya a finales del siglo XVI totalmente asimilado y se confundía entre la población cristiana vieja, en algunos casos con la ayuda de los párrocos, de las autoridades locales y de sus propios paisanos. Otros obtuvieron licencias, quedándose bajo la protección de algún prohombre -que eran precisamente los grandes perjudicados por tales disposiciones-, e incluso, algunos regresaron poco después.

Hemos detectado un fenómeno que se dio con frecuencia en Extremadura: muchos párrocos colaboraron en su integración, omitiendo el apelativo morisco en las partidas Sacramentales. Una forma de actuar que se dio también en otros lugares de España y que podemos documentar ampliamente en Extremadura. En 1981 Fernando Cortés publicó un pionero artículo sobre los moriscos de Zafra en el que advirtió de varios casos que había encontrado de ocultación por parte de los párrocos. En ocasiones encontró tachaduras sobre la palabra morisco, mientras que en otros casos, el cura simplemente dejó de anotar esta circunstancia. Una actitud que solo podemos atribuir a una relajación en su control, pues los religiosos no consideraron necesario reseñar su condición de conversos. Este mismo fenómeno de tachaduras sobre la palabra morisco, lo hemos documentado en los libros Sacramentales de la parroquia de la Purísima de Almendralejo. En Mérida, donde se quedaron 752 moriscos de origen granadino, es decir, el 5,2 por ciento de la población, a los que habría que sumar los antiguos mudéjares, encontramos entre 1571 y 1610 un total de 436 moriscos bautizados, es decir, el 6,52 por ciento del total. Pues bien, José Antonio Ballesteros ha registrado el mismo fenómeno de ocultación por parte de los párrocos emeritense: progresivamente dejaron de anotar la condición de moriscos de muchos de ellos. Ello permitió a no pocas familias camuflar sus orígenes, conservando unos el nombre Bernabé, muy usado entre los moriscos, y otros el apellido Moruno o Morito. Por cierto, que el nombre Bernabé, usado con cierta frecuencia por los moriscos emeritenses, no aparece entre los de Hornachos ni entre los de Tierra de Barros.

Basta con cruzar el padrón de moriscos de Extremadura de 1594 con los libros Sacramentales de esas localidades para verificar que ni la décima parte de esos moriscos aparecen en estos últimos. Bueno, sí aparecen porque la mayoría eran cristianos practicantes pero, se confunden con los demás porque no llevan al lado señalada su condición de morisco. De hecho, hemos analizado con detalle algunas localidades de la comarca pacense de Tierra de Barros y los datos son concluyentes. Concretamente en Almendralejo, está documentada la presencia de nada menos que cuatro familias moriscas, de las trece o catorce que residían en la localidad, que con total seguridad eludieron el exilio. Y lo hicieron haciéndose pasar por cristianos viejos porque en los registros parroquiales nunca se señaló su condición de moriscos. Obviamente, la permanencia pasaba por la discreción, bien porque la población hubiese olvidado su pasado morisco, o bien, debido a su aceptación e integración social porque los vecinos sufrieron una voluntaria amnesia colectiva. Una de esas familias de moriscos, que procreó a cinco hijos y que fueron criados por el cura de la parroquia de la Purísima, el licenciado Pardo. Estos vástagos adoptaron el apellido de del Cura, en honor a su antiguo protector.

En general, la expulsión afectó más a los que residían en núcleos urbanos de realengo, mientras que los que vivían en aldeas y villas rurales, así como en tierras señoriales o en casas diseminadas por el campo pudieron quedarse con bastante facilidad. Había habido muchos matrimonios mixtos y los descendientes de estos no eran distinguibles étnicamente del resto de la población. La mayoría de ellos permanecieron incrustados en la sociedad española. Y de esa permanencia fueron conscientes los propios contemporáneos, de ahí que cientos de hermandades y cofradías así como diversos gremios mantuvieran en sus estatutos, aprobados en los siglos XVII y XVIII, la prohibición de acceso a personas que tuviesen ascendencia negra, judía o morisca. Por poner sólo algún ejemplo concreto, en las reglas de 1661 de la hermandad de la Santa Caridad de Sevilla se dispuso lo siguiente:

Así él como su mujer han de ser cristianos viejos, de limpia y honrada generación, sin raza de moriscos, ni mulatos, ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe, ni descendientes de tales.

 

         Se insiste no sólo en que no tengan raza de moriscos, negros y judíos sino también que no sean de los nuevamente convertidos. ¿Quiénes eran esos recién convertidos y sus descendientes? ¿Qué sentido tenía incluir semejante cláusula si en teoría habían sido expulsados prácticamente todos? Está bien claro, todo el mundo sabía que muchos conciudadanos eran descendientes de antiguos conversos. En este sentido, conocemos un pleito interpuesto a la linajuda familia de los Mendoza de Zafra (Badajoz), en 1788, en el que se les acusó de ser descendientes de moros. Para ello se basaban en que sus ascendientes se bautizaron en la iglesia de San José, ubicada sobre la antigua sinagoga y donde se cristianaban los moriscos. Da igual que la imputación fuese o no una simple calumnia porque lo que nos interesa es recalcar como todavía en el último cuarto del siglo XVIII, cuando habían pasado más de dos siglos de la expulsión, pervivían sospechas y a veces certezas del pasado mahometano de muchas familias.

         Sin embargo, urgía acabar con el problema morisco, y se acabó; desde 1614 la palabra morisco desapareció del lenguaje común, pues en teoría sólo quedaban cristianos. El problema religioso se había solucionado, porque los miles de moriscos que permanecieron lo hicieron no como tales sino como católicos. El problema identitario de la patria estaba solucionado; se decidió pasar página a sabiendas de la permanencia racial porque ésta jamás fue un problema.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN HORNACHOS

Una vez que acabó la expulsión de los conversos valencianos, en diciembre de 1609, se procedió a expulsar, ya en 1610, a los residentes en Extremadura, Andalucía y Murcia. El bando de expulsión de los hornachegos, fechado el 16 de enero de 1610, fue llevado personalmente a la villa por el alcalde de la Corte Gregorio López Madera. Existen muchos aspectos controvertidos sobre los que intentaremos arrojar algo de luz: ¿qué población tenía la villa?, ¿cuántos de ellos eran moriscos?, ¿cuántos se exiliaron? La primera pregunta tiene una fácil respuesta pues, aunque no disponemos de censos sobre la población del pueblo en esa época, contamos con otras fuentes que sitúan su número entre los 1.063 y los 1.150 vecinos. Por ello existe casi unanimidad a la hora de fijar su población entre los 4.500 y los 5.000 habitantes.

En cuanto al número de moriscos, disponemos de abundantes datos; aunque Hornachos no se incluyó en el famoso censo de moriscos extremeños de 1594, disponemos de fuentes alternativas. Ya en 1494 en una visita santiaguista se dijo que toda la población era mora hasta el punto que no había iglesia cristiana, solo una pequeña capilla en la fortaleza donde escuchaba misa el comendador y los suyos. En una carta de los inquisidores de Llerena dirigida al Consejo Real, fechada poco antes de la expulsión, afirmaban que casi todos sus habitantes eran moriscos y que tan sólo había unas ocho casas de cristianos viejos. Más testimonios encontramos en las fuentes secundarias; así, por ejemplo, el capitán Alonso de Contreras en su autobiografía de finales del siglo XVI dijo que toda la villa era morisca excepto el cura. Poco después, en 1608, Ortiz de Thovar afirmó que de los 1.000 vecinos que había en la localidad casi todos eran moriscos, salvo unos cuantos cristianos viejos. Ello explicaría de paso por qué controlaban totalmente el gobierno municipal, pues, tras la expulsión, quedaron vacantes nada menos que 19 regidurías y escribanías de cabildo así como dos procuradurías del número.

Disponemos de otras pruebas más circunstanciales que confirman esta presencia casi simbólica de cristianos viejos. De hecho, en casi tres siglos de emigración a las Indias, donde más de 20.000 extremeños cruzaron el charco tan sólo una veintena fueron naturales de Hornachos, la mayoría frailes del convento franciscano. Excluyendo a estos últimos prácticamente emigraron dos familias: la de Diego López de Miranda y la de su hermano Pedro Gómez de Miranda. Este bajo índice migratorio nos refuerza la idea del bajísimo número de cristianos viejos que residían en la localidad, pues los moriscos tenían prohibida la emigración al Nuevo Mundo. En definitiva, es obvio que existía una alta concentración de conversos, que podían suponer entre el 90 y el 95 por ciento de la población. Dicho en otras palabras de las 4.500 o 5.000 personas que habitaban la villa casi todas, excepto varias decenas de familias, eran moriscas.

Solventada la primera cuestión, debemos abordar la segunda: ¿cuántos de estos hornachegos marcharon al exilio? La mayoría de los especialistas han sostenido que fueron unos 3.000. Teniendo en cuenta que en Hornachos vivían aproximadamente en torno a 4.000 moriscos, y entre 300 y 500 cristianos, podríamos pensar que aproximadamente un 25 por ciento de los moriscos permaneció en la villa. Sabíamos por algunas referencias que muchos moriscos entregaron a sus hijos y a sus mujeres antes de marchar. Las palabras del cronista Ortiz de Thovar resultan muy significativas:

 

Publicado el bando que ya tenían ellos sospechas, se quitaron muchos la vida a sí mismos, y otros vendían a sus propios hijos para aliviarse de la carga; otros dejaban a sus mujeres; y otros entregaban a sus hijos para ir de este modo más desembarazados.

 

Además, se da la circunstancia que en el primer tercio del siglo XVII aumentaron los gitanos bautizados en los libros sacramentales lo que no deja de ser sospechoso.

Sin embargo, hay una fuente adicional que puede aportarnos luz sobre el número de moriscos que evitó el cadalso, es decir, los libros sacramentales de la parroquia de la Purísima Concepción de Hornachos.

 

Cuadro I

Bautizos en Hornachos

(1585-1613)

 

AÑO

Nº DE BAUTIZADOS

1587

166

1588

126

1589

115

1590

88

1591

81

1592

121

1593

120

1594

102

1595

127

1596

123

1597

108

1598

126

15991

115

1603

109

1604

162

1605

111

1606

110

1607

99

1608

104

1609

96

1610

45

1611

60

1612

54

 

Nuestras conclusiones son muy elocuentes: entre 1590 y 1609 se bautizaron una media aproximada de 115 niños mientras que entre 1611 y 1613 la media descendió a 53. Es decir, una caída en los bautizos del 54 por ciento. El dato nos parece sumamente revelador, pues si la mayoría de la población era morisca, como defiende prácticamente la totalidad de la historiografía, entonces habría que pensar que un porcentaje importante permaneció en la villa.

Comparemos los bautizos de Hornachos con los que se celebraban en una villa pequeña como Feria. En esta última localidad se estimaba que por aquellos años tenía entre 1.600 y 1.800 habitantes y bautizaba un promedio de entre 60 y 65 niños anuales. Dado que la media de bautizos, tras la expulsión, se mantuvo en unos 53, es factible deducir que la población de Hornachos se redujo a unas 1.400 o 1.500 personas. Teniendo en cuenta que tan sólo había entre 300 y 500 cristianos viejos, supondría la permanencia en la villa de entre 1.000 y 1.200 moriscos, es decir, entre un 25 y un 30 por ciento de la población morisca original.

Otros datos verifican esta misma idea; tras el exilio se inventariaron un millar de casas abandonadas. Eso equivaldría más o menos a 1.000 vecinos o fuegos. Se ha estimado en general que la familia media morisca se situaba por debajo de cuatro, sin embargo, es seguro que el número de emigrados debió ser inferior por varios motivos, básicamente porque los niños menores de edad se quedaron en la localidad en manos de cristianos viejos o de conversos de lealtad probada. Por ello, aunque la casa morisca quedase vacía, algunos miembros de esa unidad familiar pasaron a engrosar familias cristianas. Incluso, contaban los cronistas que algunos entregaron hasta sus mujeres para evitarles la dura experiencia del exilio. Por tanto, a nuestro juicio es obvio que, pese a las 1.000 casas abandonadas, los exiliados debieron estar en torno a 3.000.

Pero crucemos estos datos con los de los matrimonios; la media anual de matrimonios, antes de la expulsión, era de 35 mientras que después se situó en 17.

 

Cuadro II

Matrimonios anuales celebrados

en Hornachos (1592-1627)

 

AÑO

NÚMERO

1572

40

1573

31

1574

33

1575

38

1620

25

1625

13

1626

15

1627

17

 

Ello equivaldría a un descenso aproximado de un 50 por ciento. En definitiva, los bautizos descendieron un 54 por ciento y los matrimonios un 50 por ciento. Ello volvería a ratificar la idea de que un buen número de moriscos, a mi juicio entre 1.000 y 1.200, permanecieron en su villa. La hipótesis no deja de ser novedosa, pues, siempre se pensó que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Se confirmaría la intuición que ya manifestó Bernard Vincent hace más de dos décadas cuando afirmó que posiblemente, después de 1610, permaneció en la Península una población morisca más numerosa de lo que generalmente se admite.

 

EL TRÁGICO DESTINO DE LOS HORNACHEGOS EXILIADOS

La situación de los deportados debió ser trágica. Tenemos relatos que nos pintan escenas verdaderamente dramáticas sobre las condiciones del viaje. Al parecer sufrieron en los caminos el acoso de bandidos que les robaron lo que pudieron. En 1611 se encontraban en Sevilla, un acontecimiento que fue destacado por el cronista hispalense Diego Ortiz de Zúñiga quien, por un lado, alabó el celo religioso de Felipe III al expulsarlos y, por el otro, denunció la penosa situación de los deportados. De hecho, escribió que algunas personas piadosas lamentaron la situación, viendo embarcar criaturas que movían su lástima y compasión. El pasaje se lo pagaron ellos mismos con el dinero líquido que habían obtenido malvendiendo algunas de sus propiedades antes de la partida. Concretamente gastaron unos 22.000 ducados en financiar su pasaje con destino a las costas del actual Marruecos. Unos ayudaron en el pago a los otros, confirmando nuevamente la gran solidaridad existente entre los moriscos en general y entre los hornachegos en particular.

Desde Sevilla llegaron a Ceuta y de aquí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

LA VILLA DESPUÉS DE LA MARCHA DE LOS MORISCOS

         Se ha creado un falso mito sobre las riquezas dejadas por los moriscos tras su exilio. Pero esta creencia no es nueva, pues, los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Los moriscos distaban muchos de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos: el primario, el secundario y el terciario. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en diversas regiones moriscas de España. Y las causas están bien claras: una presión fiscal excesiva, las condenas pecuniarias de los inquisidores de Llerena que convirtieron la problemática morisca en una excepcional fuente de ingresos, y finalmente, el hecho de que, temiendo su expulsión, muchos malvendieran sus propiedades. Precisamente, con motivo del decreto de febrero de 1502 muchos hornachegos vendieron sus fincas al mejor postor, pensando que sería expulsados. Finalmente, la mayoría aceptó el bautismo y se quedó, pero el quebranto económico estaba ya hecho.

Felipe III había contraído una deuda de 180.000 ducados con la familia Fugger, a los que les seguía debiendo algo más de 30 millones de maravedís. Por ello, se tasaron bienes de los moriscos de Hornachos para pagar esa deuda. Sin embargo, los tasadores reales valoraron al alza muchas de las propiedades de los moriscos lo que generó una reclamación por parte de estos prestamistas. Inicialmente las rentas y propiedades de los moriscos de Hornachos fueron estimadas en 180.000 ducados. Domínguez Ortiz y Bernard Vincent analizaron un inventario de los bienes dejados por los moriscos estimaron su valor en unos 122.300 ducados. Pero también esa cantidad nos parece excesiva. Los Fugger se quejaron de que las propiedades que les entregaron estaban fuertemente censadas, tanto por particulares como a favor de los inquisidores de Llerena. De hecho, en una Real Cédula expedida el 17 de septiembre de 1611 se afirmó lo siguiente:

Que el tribunal de Santo Oficio de la Inquisición de la villa de Llerena tenía cantidad de censos sobre aquellas haciendas y no se habían presentado sus escrituras para saber lo que montaba y por parte de los Fúcares se agravió en mi Consejo de Hacienda…

 

Incluso, muchos de sus bienes inmuebles tenían contraídas deudas censales por un importe muy superior a su propio valor. Por todo ello, fue necesario volver a tasar las propiedades, haciendo previamente concurso de acreedores de todas aquellas personas e instituciones que tenían censos a su favor. Para ello, se comisionó a Tomás de Carleval para que se encargase antes que nada de hacer pagar las deudas y censos que estaban cargados sobre las haciendas que dejaron los moriscos de Hornachos. Su trabajo era complicado y duró varios años por lo que el 9 de enero de 1614 se le volvió a renovar su prorroga para continuar la venta de bienes para el pago de los acreedores. Una vez pagadas las deudas se debía entregar a los Fúcares el valor pactado con ellos. Pero nunca se completó el pago porque los bienes dejados por los moriscos no fueron suficientes.

Aunque muchos cristianos acudieron a poblar la villa, pues ofrecía grandes posibilidades de enriquecimiento por el hundimiento de los precios, lo cierto es que nunca se recuperó totalmente. En 1646 seguía teniendo tan solo 500 vecinos, es decir, poco más de 2.000 habitantes. La situación no mejoró en la segunda mitad del siglo XVII pues los bautizos nunca alcanzaron las cifras anteriores al decreto de expulsión.

 

VALORACIONES FINALES

Del estudio de los moriscos de Hornachos podemos extraer varias conclusiones: primero, hubo un grupo de hornachegos que se mostraron inasimilables, pese a que padecieron todo tipo de presiones: bautismos forzados, multas, confiscaciones y un cerco asfixiante contra sus costumbres pero, pese a ello, muchos jamás renunciaron a su cultura. En Hornachos, el hecho de que existiese un contingente total en torno a 4.000 moriscos provocó una especial cohesión entre todos ellos que favoreció el mantenimiento de sus tradiciones grupales. Una cohesión que mantuvieron después del exilio y que les sirvió para ayudarse y protegerse mutuamente. Una vez alcanzado su destino en Salé, permanecieron juntos, fundando la famosa república corsaria. Allí encontraron su particular tierra de promisión donde pudieron cumplir sus deseos de mantenerse fieles a sus raíces islámicas.

         Segundo, no todos los hornachegos fueron obligados a marchar al exilio. El descenso de los bautismo en solo un 54 por ciento y el de los matrimonios en un 50 por ciento nos está indicando que una parte de la población permaneció en la villa. Es imposible establecer una cifra concreta porque probablemente, ante las posibilidades de comprar casas y tierras a bajo precio, algunas familias cristianas se apresuraron a avecindarse en la localidad. Pese a ello, a mi juicio, y dados los indicios de que disponemos, en torno a un millar de ellos eludieron el exilio. Y no sólo fueron mujeres y niños porque siguieron celebrándose matrimonios y bautizos. Es probable que algunos varones adultos, los que participaban públicamente en los cultos cristianos y mantenían unas buenas relaciones con los franciscanos y con los cristianos viejos del lugar, se quedasen con el consentimiento de las autoridades. Quiero insistir que se trata solo de hipótesis a partir de los indicios que nos ofrecen los libros Sacramentales. Habrá que esperar a futuras investigaciones o a futuros hallazgos documentales para ratificar estas hipótesis iniciales. Obviamente, ignoramos también cómo fue la integración de estos moriscos que finalmente se quedaron en una sociedad tan intransigentemente cristiana.

         Tercero, su largo viaje forzado en busca de la tierra prometida les costó caro, carísimo: la pérdida de todos sus bienes, el abandono forzado de sus vástagos más pequeños y un largo recorrido en el que padecieron todo tipo de calamidades. Nunca pensaron que su cultura y sus tradiciones eran una curiosa mezcla entre elementos predominantemente berberiscos e islámicos con otros de honda tradición hispánica. Ocho siglos en la Península Ibérica los había transformado irremediablemente. De hecho, encontraron serias dificultades para entenderse con los habitantes de Rabat, pues su idioma era una especie de híbrido entre el árabe y el castellano. No se podían identificar con la España casticista pero tampoco con los berberiscos no menos intransigentes del norte de África. Eran islámicos, sí, pero españoles no africanos. Por ello, mientras vivió uno solo de ellos nunca olvidaron su tierra de origen. Algunos, incluso soñaron con la remota posibilidad de retornar algún día a su querida y añorada villa de Hornachos. E incluso, los actuales descendientes todavía conservan cierta nostalgia, trasmitidas de padres a hijos, de su origen hispano.

         Y cuarto, el varapalo que supuso para la villa la expulsión de más de dos terceras partes de su población fue tal que, cinco siglos después aún no ha recuperado el nivel demográfico y económico del Hornachos anterior a los decretos de expulsión.

 

Cuadro III

Evolución de la población

en Hornachos (1492-2013)

 

AÑOS

HABITANTES

1492

2.000

1580

4.800

1610

4.500

1613

1.500

1782

2164

1842

2.600

1900

4.605

1950

7.326

2013

3.804

 

Como se puede observar, Hornachos ha experimentado dos grandes hecatombes demográficas. La primera la de 1610 cuando la población quedó reducida a la tercera parte. Durante el siglo XVII languideció para recuperarse lentamente a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Tardó casi tres siglos en recuperar el nivel de población anterior a la expulsión.

Para colmo, luego llegó otra segunda hecatombe, la de la postguerra en la que desgraciadamente Hornachos volvió a perder la mitad de su población, por culpa de la emigración.

         Hay que recordar a estos pobres moriscos, víctimas de la intransigencia de los cristianos viejos que se vieron obligados a abandonar su querida tierra. La mayoría eran cristianos, como Pedro Ricote confiesa a Sancho en el Quijote:

         Mi hija y mi mujer son católicas cristianas y, aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro y ruego siempre a Dios que me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo que servir.

 

         Todos debemos recuperar la memoria de los moriscos, un pueblo injustamente extirpado, y expulsado de la Península Ibérica. Y pocos sitios como Hornachos, tan moruno, tan añorado y tan llorado por los moriscos para recordar este pasado.


ESTEBAN MIRA CABALLOS


(Conferencia pronunciada en el Centro de Interpretación de la Cultura Morisca de Hornachos, el 13 de junio de 2014, en el marco del III Festival morisco de esa localidad).

 

 

 

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