EL EXILIO DE LA HERMANDAD DE LA ESPERANZA EN LA IGLESIA DE MADRE DE DIOS DE CARMONA (1778-1783)

                               
 (Publicado en la revista Ecce Homo de la hermandad de la Esperanza, Nº 20. Carmona, cuaresma de 2012).

       Durante este período la hermandad vivió uno de los momentos más duros de su historia: la supuesta ruina del templo matriz y el exilio forzado, en 1778, al cercano monasterio de Madre de Dios. Y ello a pesar de la gran acogida que disfrutaron por parte de las religiosas dominicas. Allí permanecieron por espacio de casi un lustro, manteniendo todas las actividades del instituto. De hecho, en un cabildo de la hermandad del 3 de mayo de 1782, declaraban estar presentes en la iglesia conventual por estar el templo parroquial de El Salvador casi demolido1. Por cierto que en este cadalso les acompañaron las restantes hermandades residentes en el abandonado templo parroquial, a saber: la Sacramental, la de Ánimas y la del Santísimo Rosario2.
       Casi cinco años permanecieron las cuatro corporaciones en el convento de Madre de Dios, en el que siguieron celebrando sus actos instituciones y mutualistas. En concreto la hermandad de la Esperanza continuó convocando periódicamente sus cabildos, sus misas solemnes y sus petitorios3. Bien es cierto que las salidas procesionales en Semana Santa estuvieron suspendidas por algún tiempo. La causa aducida era simplemente la necesidad que tenía la Virgen de la Esperanza de un manto nuevo que, al parecer, estrenó en la Semana Santa de 1783. Sin embargo, es posible que hubiese otras causas que en estos momentos se nos escapan, como: el problema de la salida desde otro templo, un menor apoyo social dentro de la perpleja feligresía de El Salvador, la existencia de preocupaciones más perentorias por la pérdida de su capilla propia y también por las actuaciones del Conde de Aranda para fiscalizar y controlar a las hermandades. Y es que su exilió coincidió con un período crítico para las cofradías que empieza con la desamortización de sus bienes y culmina con el saqueo de conventos, ermitas e iglesias durante la Guerra de la Independencia4.
        No es difícil imaginar la crispación que debió producir en los hermanos el abandono del templo que los había cobijado desde su fundación en el siglo XVI. Atrás dejaban una magnífica capilla propia que, desde 1681, disfrutaba de pinturas de colores finos, realizada por el pintor local Francisco Antonio de la Peña. Probablemente se trataba de una de las mejores capillas del templo, la cual abandonaron para nunca más regresar. Pese a la excelente acogida en Madre de Dios, su situación fue en todo momento provisional y además no gozaban ni mucho menos del espacio que ellos habían disfrutado en su templo matriz.  
        En este lustro en el que la cofradía estuvo fuera de su sede canónica, hubo un personaje que desempeñó un papel clave y que merece la pena recordar. Se trata de Manuel de Santiago, una persona que se entregó por entero a su querida hermandad, allá por la segunda mitad del siglo XVIII y que puede servir de estímulo y de inspiración a otros que lo siguen haciendo más de dos siglos después. Sabíamos que ya había desempeñado el cargo de prioste de su hermandad de toda la vida en 1756 (Lería, 1998: 105). Sin embargo, desde 1768 lo fue de forma ininterrumpida hasta 1783, es decir, por espacio de tres lustros. Pese a ser una persona de cierta edad y, al parecer, achacosa se entregó en cuerpo y alma a la corporación hasta el punto que, cuando rindió cuentas, resultó alcanzada la hermandad en 829 reales y 30 maravedís. Es decir, que no sólo no desfalcó, como hacían comúnmente otros muchos priostes, sino que gastó de su bolsillo cantidades importantes en beneficio de la misma. Y lo más importante de todo, el buen hombre no quiso dejar el cargo hasta ver a sus titulares de vuelta en su templo parroquial, recuperando totalmente la normalidad y, por supuesto, cumpliendo con su estación de penitencia.
         Su traslado definitivo al nuevo recinto parroquial, la antigua iglesia de los jesuitas, ocurrió, finalmente, el 20 de abril de 1783 en medio de un gran júbilo que duro esa noche y el día siguiente cuando se celebró fiesta solemne, con sermón y música. En la misma Real Cédula que autorizaba su traslado, constaba el cambio de advocación del templo jesuítico que dejaría de llamarse de San Teodomiro para asumir el de la parroquia trasladada de San Salvador, en honor al Salvador del Mundo. Justo trece días después del traslado, Manuel de Santiago renunció en cabildo a su cargo. Alegó para ello su avanzada edad y los achaques que padecía, por lo que los hermanos decidieron relevarlo y nombrar como nuevo hermano mayor a Salvador Trujillo El Menor.  El bueno de Manuel entendió que su misión había acabado; la hermandad tenía definitivamente asegurada su continuidad, empezaba una nueva etapa en su recién estrenada residencia canónica.
         Huelga decir que Manuel de Santiago se comportó todo lo mejor que supo o que pudo dentro de la sociedad que le tocó vivir. Fue leal a sus ideas y a las personas que confiaron en él, y además resultó ser absolutamente incorruptible. Por ello, debemos apreciarlo como lo que fue, es decir, como una persona de una moralidad intachable y de una perseverancia incombustible.  
    
APÉNDICE I

    Cabildo de la cofradía del santísimo Cristo de la Esperanza, 3-V-1782.
    
          En el nombre de Dios amen. En la ciudad de Carmona, en tres de mayo, año de mil setecientos ochenta y dos, estando en la iglesia del convento de Madre de Dios, religiosas de la orden de Predicadores, intramuros de este pueblo, en cuya iglesia se halla trasladada la parroquia de nuestro señor El Salvador por estar ésta casi demolida, ante el escribano y testigos parecieron Manuel de Santiago, hermano mayor de la cofradía de penitencia de Nuestra Señora de la Esperanza, sita en la misma parroquia, José Valdés, Manuel González, Javier Ruiz, Manuel de Ávila, Francisco Vázquez, José Prados, Pedro de Lora, Juan de Ojeda, Ignacio Becerra, Cristóbal Rodríguez, Alonso Barrera, Miguel González, Cristóbal Vázquez, José García, José Ruiz, Lázaro Martín, Nicolás Álvarez, Francisco Gil, José Acevedo, Manuel González Y Juan Nepomuceno Trujillo, todos de esta vecindad y hermanos que confesaron ser de dicha cofradía. Y dijeron haberse juntado en el modo que acostumbran para celebrar cabildo en cuyo estado el Manuel de Santiago expresó que había años era hermano mayor de dicha cofradía y que con el motivo de la ruina de la enunciada iglesia de la parroquia de nuestro señor El Salvador no salía la insinuada cofradía y que para que esto se verificase era preciso hacerle a la mencionada señora María Santísima de la Esperanza un manto nuevo. Y todos de un acuerdo y conformidad por sí y prestando como prestaron caución de rato grato por los demás individuos que eran y fueren de dicha cofradía a voz de ella dijeron que se haga el referido manto y que la citada cofradía salga en el año próximo venidero mil setecientos ochenta y tres. También expresaron, nombraban y nombraron para pedir las limosnas del santísimo Cristo en este año en el corriente mes al hermano mayor y a Lázaro Martín, en junio a Cristóbal Rodríguez y José García, en julio Pedro de Lora y Nicolás Álvarez en agosto Francisco Vázquez, en septiembre José Ruiz, en octubre Cristóbal Vázquez, en noviembre Lázaro Martín, en diciembre Juan de Ojeda, en enero del dicho año de ochenta y tres a Manuel González, en febrero José Ruiz, en marzo José Acevedo y en abril José Valdés. En cuyo testimonio así lo otorgaron; firmaron los que saben y por los que dijeron no saber y a su ruego firmará un testigo. Fueron testigos Vicente Rodríguez, Fernando Pérez y Francisco Díaz, vecinos de esta ciudad. Doy fe y del conocimiento de los otorgantes
(A.P.C. Escribanía de Diego Piedrabuena 1782, fols. 84r-84v).  


APÉNDICE II

    Cabildo de la hermandad de la Esperanza, 3-V-1783.

         En el nombre de Dios amen. Estando en la iglesia de nuestro señor El Salvador, parroquial de esta ciudad de Carmona, a tres de mayo año de mil setecientos ochenta y tres, ante mí el escribano y testigos parecieron don Miguel García, vice-beneficiado y don Pedro Navarro, cura teniente, Manuel de Santiago, hermano mayor, José Valdés, Salvador Trujillo El Menor, Juan Pérez, Javier Ruiz, José Ruiz, Pedro de Soto, Juan de Alba, Manuel de Ávila el Mayor, Manuel de Ávila el Menor, Francisco Gil, Alonso Barrera, Francisco de la Cruz, Manuel Álvarez, Ignacio Becerra, Adrián Bravo, Juan Nepomuceno Trujillo, José García, José Prados, Juan Rienda, José García, Bernardo Carrero, Manuel González, Pedro Caballero, Manuel López, Andrés Sánchez, Alonso Ruiz, Lázaro Martín  y José Trujillo, vecinos de esta dicha ciudad y hermanos que confesaron ser de la cofradía de penitencia de Nuestra Señora de la Esperanza, sita en la misma iglesia y dijeron haberse juntado en el modo que acostumbran para celebrar cabildo. En cuyo estado el citado Manuel de Santiago, hermano mayor, expuso que había quince años servía este encargo y no podía continuar por razón de su avanzada edad y achaques que padece. Presentó las cuentas de cargo y data de todos los efectos que había percibido y distribuido de todo el tiempo que últimamente había sido electo por tal hermano mayor, su fecha hoy y de ellas resultó alcanzar éste a la insinuada cofradía en ochocientos veintinueve reales, treinta maravedís de vellón. Y vistas y reconocidas por los otros hermanos las aprobaron en todo y por todo (y) consintieron el insinuado alcance y de un acuerdo y conformidad y prestando como prestaron caución de rato grato por los demás individuos que eran y fuesen de la mencionada cofradía a voz de ella eligieron y nombraron por su hermano mayor prioste para que lo sea desde hoy en adelante hasta otra elección al expresado Salvador Trujillo El Menor, a quien dieron poder cumplido el más amplio que en derecho se requiere y es necesario para que durante su encargo rija y gobierne la misma hermandad, perciba y cobre sus bienes, rentas y limosnas, administre los raíces o los de en arrendamiento por el tiempo, precio y con las calidades y circunstancias que tratare y ajustare…
        En cuyo testimonio así lo dijeron y otorgaron en Carmona, firmaron los que saben y por los que expresaron no saber, a su ruego, lo hará un testigo, siéndolo don Francisco de Paula Mesa Jinete, don Manuel de Rueda y don Francisco Jiménez, vecinos de esta ciudad, doy fe y de conocimiento de los otorgantes.  
(A.P.C. Escribanía de Diego de Piedrabuena, 1783, fols. 148r-149r)

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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