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        Prácticamente hasta el siglo XVIII el Estado no se implicó en el campo de la asistencia social. Con anterioridad toda la previsión social de los ciudadanos se debía basar en un sistema privado de contraprestaciones.

         La cobertura social de los carmonenses en el Antiguo Régimen se canalizaba de dos formas diferentes, según se tratase de personas que habían cotizado o de pobres “de solemnidad”. Por ello, Rumeu de Armas habla de dos conceptos diferentes, el de la asistencia y el de la beneficencia.

        La población común normalmente se pagaba su propia asistencia privada a través de las hermandades y cofradías. Para cubrir cualquier eventualidad social prácticamente todas las familias pertenecían a alguna hermandad, algunas de ellas gremiales. De hecho, en otro trabajo nuestro ya afirmamos que a finales del siglo XVIII había en Carmona una cofradía por cada 500 habitantes o por cada 100 vecinos. Esto significaría que prácticamente todas las familias estaban implicadas en algún tipo de corporación, lo que les equivalía a tener una verdadera póliza de seguros para ellos y sus familias. Todas las cofradías tenían, pues, ese doble cometido el devocional y el asistencial, proporcionando a sus hermanos una asistencia en la enfermedad y un enterramiento digno.

         Sin embargo, todos los que participaban en las hermandades y cofradías eran mutualistas que habían cotizado durante toda su vida. Pero, ¿qué ocurría con aquellas personas que no tenían recursos para cotizar? Pues, bien, para ellos no había asistencia sino beneficencia. Y, ¿qué diferencia había? Como dice Rumeu de Armas la asistencia era un derecho mientras que la beneficencia era una gracia o limosna. Los enfermos, los mutilados, los inválidos, los mendigos y los menesterosos en general se sostenían a duras penas de la caridad de los pudientes. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los pudientes, los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le suponía una especial generosidad.

            Esta caridad cristiana se canalizaba, por un lado, de manera informal, a través de las limosnas que decenas de pedigüeños obtenían a las puertas de las iglesias o en los espacios más concurridos de cada localidad. Y por el otro, mediante la fundación de una obra pía en la que, casi siempre a través de un testamento, se dejaba un capital para invertirlos en rentas con las que invertirlas en alguna mejora social. Las obras pías eran de muy diversos tipos, desde redimir cautivos hasta dotar doncellas huérfanas para el matrimonio o para entrar en un cenobio como monja, la escolarización de pobres o la hospitalización de enfermos.

             Dentro de la beneficencia en Carmona hay una institución que ha jugado un papel muy destacado desde la Baja Edad Media. Se trata de la cofradía de la Misericordia, fusionada en 1670 con la de la Santa Caridad. El objetivo de esta cofradía de la Caridad y Misericordia era la asistencia a los presos y a los "pobres vergonzantes". Al menos desde principios del siglo XVI tenía su propio hospital siendo, pues, una más de tantas cofradías asociadas a pequeños hospicios que existían en nuestra localidad. Sus rentas se incrementaron de forma sustancial en 1511 cuando la Duquesa de Arcos la benefició con un importante legado, nombrando a la cofradía y hospital como heredero universal de sus bienes, con el objetivo expreso de que "se reciban y provean y curen y remedien trece pobres". Y ¿quiénes pertenecían a esta corporación?, pues, obviamente las personas más pudientes de Carmona, los Milla, Los Romera, los Tamariz, los Montes de Oca, etcétera.

            Otras cofradías también incluían entre sus estatutos algunas obligaciones para con los pobres no mutualistas. Por ejemplo, entre los cometidos de la cofradía de San Antonio, sita en el convento de San Francisco, figuraba dar de comer a los pobres el día de su festividad.

            Pero, además de esta cofradía, fueron fundadas en Carmona diversas obras pías. Una de las más generosas fue la fundada por el escribano público y de cabildo Pedro de Hoyos en su testamento redactado en 1619. Dicha obra pía la dotó con un pinar, siete tiendas, siete mesones y nueve casas con cuyas rentas pagar una dote de 20.000 maravedís a 15 doncellas pobres. Como patrono y administrador de dicha obra pía se designó perpetuamente a los rectores del colegio de San Teodomiro. Con frecuencia en los años posteriores se subvirtió la voluntad del fundador, rebajando la dotación a 15.000 maravedís y ampliando las dotadas hasta veinte. Así ocurrió, por ejemplo, en 1669, cuando se dotó a las doncellas pobres solo con los citados 15.000 maravedís y ampliando el número de prebendadas hasta la veintena.

            En el siglo XVIII el clérigo de menores, Hernando de Ojeda, alias Cabrito, fundó en el colegio de San Teodomiro un patronato para dotar a parientas suyas. Sus bienes se invirtieron en propiedades con las que se sufragaron dotes, administrando el patronato los jesuitas.     

Mucho más modesta fue la obra pía fundada por el indiano Francisco Navarro dispuso en su testamento, fechado en 1648, que se entregase cierta cantidad de dinero para dotar como monja a su nieta Francisca Navarro, "hija de María Navarro u otra nieta que quisiere ser monja".

            Mucho más generosa fue la fundación que en 1776 hizo doña Josefa Fernández de Córdoba y Zapata, viuda de Diego de la Milla, Marqués del Saltillo. Destinó una buena parte de su capital a la fundación de un hospicio de niñas huérfanas. Contaba el Curioso Carmonense que la fundadora era natural de Granada y que se enterró en la bóveda de entierro de la hermandad del Rosario del convento de Santo Domingo.

            Pues, bien, a continuación daremos a conocer otra obra pía que hasta donde nosotros sabemos no era conocida por la historiografía: la que instituyeron Fernando de Rueda y su mujer Beatriz de Góngora para asistir a “niños expósitos y pobres de la cárcel”. Sabemos muy poco de esta fundación. Lo único que tenemos es un pleito que se generó en 1623 por el que los administradores de la obra pía –el concejo de Carmona- demandaron a Cristóbal Suárez, que tenía en alquiler, una de las casas de la obra pía.

            La fecha de fundación la desconocemos, pues no se especifica en el proceso. Éste es de 1623 y da la impresión que ya entonces era una obra pía fundada de antiguo, por lo que es muy probable que se instituyera en algún momento del siglo XVI.

            De los fundadores, Fernando de Rueda y Beatriz de Góngora tan sólo se dice a lo largo del proceso que fueron “naturales de Carmona y vecinos de Sevilla”. Está claro que pertenecían a la más rancia élite carmonense, pues, los Rueda estaban entre los miembros del regimiento desde la Baja Edad Media. Ya tenemos noticias de que en 1445 era regidor del cabildo carmonense Diego de Rueda, quien casi con toda seguridad era ascendiente del fundador de la obra pía. Unas décadas después, en 1477 y 1478 encontramos a dos regidores de esta misma familia Luis y Pedro de Rueda y en 1483 a Francisco de Rueda.

            El objetivo de la obra pía se menciona en dos ocasiones a lo largo del pleito. Concretamente se dice que se fundó “para la asistencia y remedio de los pobres que son de la cárcel y crianza de niños expósitos”. Por tanto, todo parece indicar que su caritativo objetivo era doble: por un lado, asistir a los presos más pobres y, por el otro, la crianza de los niños expósitos o huérfanos.

            Sobre la dotación económica de la fundación, no se dice mucho. Tan sólo sabemos que al menos una parte de su capital estaba invertido en propiedades urbanas. Éstas se alquilaban y sus réditos servían para dotar de liquidez a la obra pía.

            El patronazgo de la fundación lo tenía el concejo carmonense que periódicamente diputaba a uno de sus miembros para que se encargase de su administración. Según el proceso, había sido administrador Juan de Humanes, regidor y, en 1623, era su administrador Juan de Vilches Tamariz, teniente de alférez mayor de Carmona.

            El pleito se generó en 1623 cuando el arrendatario Cristóbal Suárez, vecino de Carmona fue acusado de no pagar el alquiler y condenado al pago de 30 ducados. Sin embargo, él recurrió a la Chancillería de Granada alegando, primero, que el concejo no podía juzgar el caso aunque “hubiera costumbre de que las apelaciones fueran al cabildo” ya que era la otra parte en litigio. Y segundo, que había gastado mucho más, es decir, 525 reales en reparar las puertas y ventanas porque, sin los dichos reparos, “no se pudieran habitar las dichas casas”.

No obstante, el concejo alegaba que, según un parecer de los alarifes Alonso y Francisco Gutiérrez, los gastos no eran exactamente necesarios. Y, según constaba en el contrato de alquiler, los gastos hechos por su gusto para agrandar o achicar ventanas o puertas debían correr por cuenta del tomador de la vivienda.

            Felipe IV dio autorización por una real cédula dada en Aranda, el 10 de septiembre de 1623, para que el proceso se viese en Granada, por lo que dio al concejo de Carona un plazo de 15 días para que diese poder a algún letrado. Cristóbal Suárez dio poder a Juan Ocaña de la Peñuela, por carta firmada en Sevilla el 19 de septiembre de 1623, mientras que el concejo carmonense dio poder pocas semanas después a Gabriel Mallen.

            El resto del proceso y la sentencia final no aparecen en el documento. De todas formas, lo más interesante del documento ha sido que nos ha permitido conocer la existencia de esta obra pía a favor de los presos más desfavorecidos y de los niños expósitos.

 

APÉNDICE I

 

            Juan Ocaña de la Peñuela en nombre de Cristóbal Suárez, vecino de la villa de Carmona en el pleito con don Juan de Vilches Tamariz diputado nombrado por el cabildo de la dicha villa para la obra de los niños expósitos digo que la sentencia de remate y todo lo demás proveído contra mi parte es nulo y por tal se debe declarar y cuando alguno sea se debe revocar por lo general y que resulta de los autos. Y porque los 30 ducados por que mi parte está ejecutado los tiene pagados en lo que gastó en los reparos que hizo en las casas que se le alquilaron los cuales fueron útiles y necesarios y con orden y consentimiento y en presencia de Juan de Humanes, regidor de la dicha villa, diputado antecesor del dicho Juan de Vilches Tamariz todo lo cual consta por el proceso y por las declaraciones y testimonios por mi parte presentados. Lo otro, no hace contradicción a los dicho lo que declararon Alonso Gutiérrez y Francisco Gutiérrez, alarifes, porque de los mismos autos se echa de ver haberse engañado en la dicha declaración pues los dichos gastos fueron muy necesarios porque sin ellos no se pudieran habitar las dichas casas. Lo otro las condiciones de la escritura las guardó mi parte y en conformidad de ellas hizo los dichos gastos y aunque hayan de ser por cuenta de mi parte las ventanas y puertas que mudare en la dicha casa por su gusto para agrandar o achicar los aposentos o trocar el gobierno de ella no han de ser las ventanas y puertas que es necesario mudarse o hacerse para poder habitar las casas porque esto ha de ser por cuenta del alquiler. Pido y suplico a Vuestra Alteza dé por ninguna la dicha sentencia de remate y todo lo demás contra mi parte proveído o por lo menos lo revoque pues es justicia que pido y costas. En Sevilla a diecinueve días del mes de septiembre de mil y seiscientos y veintitrés.

A.Ch. Granada Cabina 205, Leg. 5330, Pieza 4.

 

 

APÉNDICE II

 

            “Juan de Ocaña de la Peñuela en nombre de Cristóbal Suárez, vecino de la villa de Carmona, en el dicho pleito con el concejo,, justicia y regimiento de ella y don Juan de Vílchez Tamariz en su nombre digo que sin embargo de la declaratoria de contrapuesta por Gabriel Mallen le ha de mandar vuestra alteza que responda derechamente por lo general y que resulta del proceso. Y porque aunque en la dicha villa de Carmona hubiera costumbre de que las apelaciones fueran al cabildo no ha lugar en este caso porque mi parte litiga con el mismo cabildo y sus regidores que siendo partes formales en este pleito y no pueden ni deben ser jueces ni se ha de entender que vuestras leyes reales y pragmáticas les quisieron dar jurisdicción en casos semejantes induciendo corrección de todo el derecho tácitamente. Lo otro mi parte se ha querellado ante v. a. del agravio que se le ha hecho a quien pertenece y toca el remedio supuesto que por ser los mismos regidores los contrarios han hecho seguiir este pleito contra mi parte ejecutándole en virtud de escritura que no es pública ni hecha por escribano público y habiendo mi parte recusado al alcalde mayor le hicieron sentenciar el pleito sin nombrar acompañado, condenándole en lo que de los mismos autos consta no deber en que se echa de ver el agravio notorio que se ha hecho a mi parte y se hará si se diese lugar a que sus contrarios sean sus jueces. Porque pido a v. a.  y suplico que por el remedio que más haya lugar de derecho haga a mi parte cumplimiento de justicias mandando que el dicho Gabriel Mallen y las partes contrarias respondan derechamente sin embargo de su declinatoria para los cuales… En Veintisiete de octubre de mil y seiscientos y veintitrés años.

A.Ch. Granada Cabina 205, Leg. 5330, Pieza 4.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        A lo largo de la Edad Moderna las fábricas de las iglesias y los cenobios dispusieron de importantes propiedades y rentas con las que construyeron los majestuosos edificios y catedrales que, en buena parte, todavía hoy podemos contemplar.

          En realidad, esas obras de arte se sufragaron directa o indirectamente de la devoción y de la fe del pueblo. Casi todas las personas que testaban dejaban una o varias mandas a la iglesia, a las cofradías, a un convento o a un hospital o a todos ellos. La muerte, omnipresente en siglos pasados, suponía una de las mayores fuentes de ingresos para la iglesia: por un lado, los templos eran los cementerios, y los pudientes pagaban importantes sumas por enterrarse en el presbiterio o en la capilla sacramental. Cuanto más cerca estuviese el enterramiento del Santísimo mayor era su coste económico, mientras que los inhumados a los pies de la iglesia pagaban sumas muy inferiores. Pero, por el otro, los creyentes, al final de sus vidas sentían la necesidad de descargar sus conciencias, dejando una parte de su fortuna en fundaciones, capellanías y obras pías.   Por todo ello, la Iglesia obtuvo unas importantes rentas con las que financió esos majestuosos templos que por fortuna nos han legado.

            En Carmona tenemos numerosos ejemplos de personajes de la élite que dejaron una buena parte de su fortuna a distintos fines religiosos. Entre ellas, doña Ana Salvadora Luisa de Ureña, esposa del regidor perpetuo don Antonio Tamariz y Armijo. Ésta, siguiendo las disposiciones testamentarias de su marido dejó 10.000 ducados para la fundación del convento de carmelitas descalzos de San José.

            Un caso muy similar es el de doña Beatriz de Vargas, esposa del medico Cristóbal Tocado, quien dejó las casas de su morada para la fundación del convento de Santa Catalina. Y por citar un último ejemplo, don Teodomiro Lasso de la Vega dejó 3.000 ducados para labrar la capilla mayor del convento de Carmen.

            Pues, bien, estas líneas queremos citar el caso de otra mujer, doña María de Monsalve, que dedicó gran parte de sus bienes en este caso al convento de las Agustinas Recoletas de Carmona.

          Es muy poco lo que sabemos de la biografía de esta mujer. Debía pertenecer al linaje de los Monsalve sevillanos cuyos orígenes se remontan a la época de la Reconquista de Sevilla. Al parecer, don Guillén de Monsalve, era de origen catalán, pues en el Repartimiento de Sevilla figuraba como uno de los “cien ballesteros catalanes”. Por lo demás, el nombre de María –al igual que el de Guillén- se repite con frecuencia en la genealogía de los Monsalve. De hecho conocemos otra María de Monsalve, que vivió en el siglo XV, hija de Luis de Monsalve y de María Barba que al parecer se crió en la Corte de Juan II, fue apadrinada por los reyes y se desposó con el también linajudo Pedro de Tous, teniente de alcaide del alcázar y de las atarazanas de Sevilla.

        En lo concerniente a nuestra María de Monsalve, sabemos que era esposa de un miembro de la élite carmonense, don Diego de la Milla. Este último pertenecía a una familia muy linajuda de la localidad, originaria de Galicia y residente en Carmona al menos desde el siglo XIV. Tras la muerte de éste se dedicó durante décadas a sufragar diversas obras religiosas en Carmona.

        Teníamos noticias de que, siendo ya viuda, compró un vestido, jubón y saya para la imagen de Nuestra señora del Escapulario, sita en el Carmen.

        Repasando en el archivo de las Agustinas Recoletas encontramos datos inéditos referentes al caudal legado por esta carmonense para favorecer a este cenobio. Según un apunte contable registrado por las religiosas en 1748 recibieron 1.000 reales de limosna de la citada benefactora. Sin embargo, unos años después para acometer las obras del retablo mayor volvieron a apelar a la caridad de sus benefactores. El dinero recaudado –en reales- y sus donantes fue el siguiente: doña María de Monsalve 22.600, doña Juana de Romera 300, Universidad de Beneficiados 300, Martín Barba 75, Marqués del Saltillo 20 y doña Juana de Tovar 20. Está claro que el retablo se pudo sufragar gracias a la donación testamentaria hecha por doña María de Monsalve. Su donativo sirvió para acabar sobradamente el retablo que se tasó con Miguel de Gálvez, maestro ensamblador, en 16.000 reales. Incluyendo una gratificación que se le dio al maestro, el costé quedó en unos 16.500 reales.

        Pero como la dádiva de María de Monsalve fue tan generosa las monjas no dudaron en contratar también el graderío de piedra de jaspe del presbiterio. Así, el 23 de abril de 1755 contrataron la hechura del retablo y tan solo dieciocho días después, es decir, el 11 de mayo del mismo año contrataron con el cantero antequerano José Guerrero la hechura de las gradas de piedra y del sotabanco donde se debía colocar el retablo.

        El coste de esta última obra, incluido su transporte y colocación superó escasamente los 2.000 reales por lo que todavía le siguió quedando a las monjas de la donación para el retablo 4.815 reales. Y las monjas continuaron invirtiendo en su templo, pues decidieron sobre la marcha mandar hacer “la loza del coro y puerta del presbiterio”.  Ocho reales más se gastaron en unas palmatorias que hizo el maestro José Bares y nueve pesos en dorar por dentro el sagrario.

        En definitiva, una donación que sirvió para que la monjas pudiesen sufragar las obras de la capilla mayor del convento de las Agustinas Recoletas. Por tanto, si hoy los carmonenses podemos disfrutar de esa magnifica obra de arte se debe a la generosidad y a la sensibilidad de esta carmonense cuyo nombre hemos rescatado del olvido en estas líneas. 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Desde la Baja Edad Media la cofradía de la Misericordia jugó un papel muy destacado dentro de la vida religiosa y sobre todo asistencial de Carmona. Pese a ello, y al margen de algunas referencias esporádicas en artículos referidos al Hospital del mismo nombre, su historia sigue siendo hoy en día una gran desconocida.

        Al parecer esta cofradía se fundó a finales del siglo XIV o principios del siglo XV, teniendo como cometido fundamental la asistencia a los presos y a los "pobres vergonzantes". Al menos desde principios del siglo XVI tenía su propio hospital siendo, pues, una más de tantas cofradías asociadas a pequeños hospicios que existían en nuestra localidad. Un golpe de suerte hizo que en el testamento de la Duquesa de Arcos, protocolizado el 5 de abril de 1511, ante Alonso de Baeza, escribano público de Carmona, se dotase a esta cofradía y hospital de un considerable legado. Como es bien sabido, en el testamento se nombraba a la cofradía y al hospital de la Misericordia como heredero universal de sus bienes, con el objetivo expreso de que "se reciban y provean y curen y remedien trece pobres". En el mismo texto de la fusión que ahora comentamos se citaban las obligaciones que tenía contraída dicha cofradía:

 

 

            “La fundación de dicha cofradía fue con obligación de que el prioste hermanos de ella acudiesen a enterrar los cuerpos de los pobres de solemnidad que fallecieren en esta ciudad y su término y acompañar hasta el suplicio a los que por la justicia Real de Su Majestad mandasen ajusticiar y enterrar sus cuerpos y dar en cada un año por el día de Sábado Santo a los pobres de la collación de Santiago de esta ciudad una limosna de pan y carne...".

 

 

        Desde muy pronto esta cofradía se fue poblando de miembros de la élite cabildante y de la alta jerarquía religiosa local. Y es que con frecuencia estas asociaciones caritativas solían estar integradas por las personas más pudientes de cada villa, pues, se suponía que la nobleza y la élite, tenían una obligación moral con los grupos sociales más desfavorecidos. Incluso, antes de la donación de doña Beatriz Pacheco, ya encontramos a destacados personajes carmonenses vinculados a este instituto. De hecho, en 1511, con motivo de la donación, había dos hermanos mayores, don Luis de Romera y don Fernando Montes de Oca, ambos pertenecientes a la élite hidalga de la localidad. 

            Pues, bien, hasta la fecha no se sabía nada de la cuestión de la fusión tratada en este artículo. Es más, ni tan siquiera se tenían noticias de la otra hermandad asistencial, intitulada de la Santa Caridad, y con sede en el arrabal. La historiografía afirmaba erróneamente que lo único que ocurrió en el siglo XVII fue un cambio de nombre, dejando de llamarse Cofradía de la Misericordia y pasando a ser Caridad y Misericordia.

 

 

LA FUNDACIÓN DE LA COFRADÍA DE LA CARIDAD

 

        En principio no consta el año exacto de la fundación y de la aprobación de sus reglas de la Cofradía de la Caridad, intitulada oficialmente de "la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo". En cambio, sí constan en el expediente determinados indicios que nos pueden acercar mucho a esta fecha en cuestión. Concretamente encontramos dos datos bastante significativos: uno, sus reglas fueron aprobadas por el arzobispo Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. Dos, cuando se refieren a esta hermandad se menciona como "nuevamente erigida y fundada en la ciudad de Carmona". Y tres, en 1670 se fusionó con la de la Misericordia.

            Por tanto, teniendo en cuenta que el arzobispo Espínola accedió a su cargo en 1669, y que en 1670 se fusionó con la de la Misericordia es prácticamente seguro que las reglas de esta corporación debieron aprobarse a lo largo de 1669 o, como mucho, a principios del siguiente. En nuestra opinión, fundación y aprobación de reglas debieron ocurrir consecutivamente, muy probablemente en el mismo año de 1669.

            Mucho más problemático es conocer los motivos exactos de esta erección que provocó litigios y enfrentamientos con la señera cofradía de la Misericordia. Y desde luego, por los síntomas que pasaremos a describir, tenemos fundadas sospechas de una rivalidad entre el área del arrabal, y particularmente de la parroquia de San Pedro, con la élite política, económica y religiosa de intramuros. Para empezar es necesario destacar que, la cofradía de la Misericordia, al menos en el siglo XVII, estuvo regida y controlada por los presbíteros de las parroquias intramuros y por la élite de la localidad. En cambio, llama mucho la atención que la de la Santa Caridad estuviese liderada e impulsada por los presbíteros de la iglesia de San Pedro, todos ellos destacados miembros de su junta, así como por algunos profesionales liberales, como los escribanos Francisco Blaso del Vado o Teodomiro de Cifuentes y Sarmiento. Muchos de sus miembros fundacionales, como el propio Blaso del Vado, sabemos que residían en la collación del arrabal y eran parroquianos de la iglesia de San Pedro. 

            Por otro lado, la cofradía nació “unida y agregada” a la cofradía del mismo nombre de la ciudad de Sevilla. Habida cuenta de los sucesos ocurridos años después, y que en líneas posteriores comentaremos, no sabemos si también hubo una pugna entre la hermandad sevillana de la Santa Caridad y la carmonense de la Misericordia. La corporación hispalense había nacido en 1564, es decir, mucho después que la de la Misericordia, con un fin asimismo asistencial pero, desde 1608, había experimentado un gran auge, gracias al impulso de don Miguel de Mañara. La creación de una filial en Carmona debió ser para la hermandad de la Caridad sevillana, por utilizar un conocido refrán, algo así como "poner una pica en Flandes".

 

 

LA FUSIÓN DE AMBAS CORPORACIONES 


            Como ya hemos dicho la fundación y aprobación de la hermandad de la Santa Caridad trajo consigo enfrentamientos, litigios y rivalidades con la de la Misericordia que provocó la propia intervención del arzobispo y la de su provisor. Con la intervención de dicho prelado y, por la buena voluntad de ambas partes, decidieron acabar con sus enfrentamientos y llegar a un acuerdo de fusión. Así, por un lado, la cofradía de la Misericordia dio poder para tal efecto a sus hermanos Alonso Antonio de Armijo y Tamariz y a Martín Barba de la Milla, por carta fechada el 29 de junio de 1670. Y, por el otro, la de la Caridad, el 1 de julio de 1670, nombró al mismísimo don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, caballero de la Orden de Calatrava y hermano mayor de la cofradía de la Caridad de Sevilla, y al carmonense Juan de Cifuentes.

            Y no tardaron en llegar a un acuerdo porque dos días después, es decir, el 3 de julio de 1670, se firmaba la fusión con las condiciones de la misma. Concretamente, se establecía lo siguiente:

 

 

            “Que ambas desde hoy en adelante para siempre jamás estén juntas y sean un cuerpo y una misma hermandad y cofradía en el uso y ejercicio de sus oficios, ejercicios y santas obras de caridad y administración de bienes y demás obras pías que cada uno de por si tenía antes de esta agregación...”

 

 

            Una vez ratificada la fusión lo primero que se hizo fue disolver las dos juntas, cesar al prioste de la Misericordia y al hermano mayor de la Caridad y nombrar un gobierno interino. Quedaba en manos del arzobispo el designar un hermano mayor que se hiciera cargo de la corporación hasta el día de Pascua en que se debían nombrar, en cabildo general, nueva junta de gobierno.

            La sede de dicha cofradía estaría, como no podía ser de otra forma, en la capilla de la Misericordia ya que los hermanos de la Caridad no tenían casa propia. Sin embargo, dicho edificio debía estar en obras porque se decía que, si no estuviese acabado de hacer, residieran en “la parte que eligieren y fuere más conveniente a la dicha hermandad”.

 

 

EL INTENTO DE FUSIÓN CON LA CARIDAD DE SEVILLA


            Años después se dio un curioso suceso que no fue otro que la pretensión de la cofradía carmonense de la Caridad y Misericordia de fusionarse con su homónima sevillana. Los hermanos de Carmona pretendían, en función del vínculo de confraternidad y unión que la cofradía de la Santa Caridad de Carmona poseía desde 1669, que “ambas casas quedasen en un cuerpo unidas”. La pretensión no tenía muchos precedentes en esos momentos porque si bien eran frecuentes las fusiones de hermandades ubicadas en la misma parroquia, o a lo sumo en la misma villa o ciudad, las realizadas entre corporaciones radicadas en distintas ciudades no era en absoluto usual. Parecía una situación difícil o imposible de llevarse a cabo en esa época. Pero estaba claro que los carmonenses se movían probablemente por el interés de unirse a una casa muy prestigiosa socialmente y muy bien dotada económicamente. Mucho más improbable es que lo hicieran, con una mentalidad inusual en su época, por buscar una mayor eficiencia en el cometido de dos casas que desarrollaban tareas similares.

            La oposición de los hermanos de Sevilla fue tajante y contundente: "no podían condescender a lo que proponía la venerable hermandad de la ciudad de Carmona". Según decían se había entendido mal el concepto de confraternidad que, desde 1673, había establecido la hermandad sevillana con otras corporaciones similares de la provincia. Al parecer esta confraternidad solo hacía referencia a la libertad de los hermanos de las distintas corporaciones firmantes de acudir a las funciones públicas de la otra. Concretamente especificaban que la confraternidad entre la hermandad de Sevilla y Carmona solo pretendía:

 

 

            “Recibir a los hermanos de la referida hermandad a la confraternidad que piden de tal suerte quede hecha esta unión, que los hermanos de una casa puedan asistir recíprocamente en las funciones públicas y ejercicios de la otra, según lo acostumbramos con las demás casas unidas a ésta, como son Alanila, Utrera, Carmona, Las Cabezas, haciéndolos participar de todas las obras, ejercicios e indulgencias de ésta en la forma que podemos por derecho y que se siente en los libros, mediante quedar los hermanos de aquella por de ésta para ganar las gracias e indulgencias lo cual hacemos para siempre jamás. Y estas propias son las contenidas en el de mil seiscientos setenta respectivo a la venerable de la ciudad de Carmona como se ve de la referencia que hace”.

 

 

            Finalmente, alegaban que era injusto para las otras hermandades filiales, con las que también se habían establecido lazos de confraternidad, que en el caso de Carmona se entendiese de una forma diferente. Sin embargo, a nuestro juicio la situación no era la misma porque la de la Caridad de Carmona se fundó en 1670 en unas circunstancias muy especiales y, da la impresión por los documentos conservados, que plenamente ligada y dependiente de la sevillana.

            Sea como fuere, lo cierto es que los hermanos de Sevilla no condescendieron ni consintieron tal propuesta de la cofradía carmonense, quedando el intento de fusión en papel mojado.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

            Aprobación de la fusión entre las hermandades de la Misericordia y de la Santa Caridad (1670).

 

            “Licenciado don Gregorio Bastan y Arostegui, provisor y vicario general de esta ciudad de Sevilla y su arzobispado, por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, mi señor arzobispo de esta dicha ciudad y arzobispado de Sevilla, del Consejo de Su Majestad, por cuanto por parte de las cofradías y hermandades de la Santa Misericordia y de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo de la ciudad de Carmona se ha presentado ante mi cierta escritura de concordia por la cual parece que las dichas dos hermandades y cofradías pretenden quedar para desde hoy en adelante para siempre jamás reducidas, agregadas y consolidadas en una y los hermanos de ellas por de una misma hermandad, conferido el título de Misericordia y Caridad de Jesucristo, y obligados a guardar la regla y estatutos de la de la Santa Caridad, ejercicios y buenas obras como de la dicha escritura parece, cuyo tenor es como se sigue:

            In Dei nomine amen, por el tenor del presente público instrumento sea notorio y manifiesto como en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla, a los dos días del mes de julio del año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de mil seiscientos y setenta, indiecion octava y del pontificado de nuestro muy Santo Padre Clemente por divina providencia Papa décimo, año primero, en presencia de mi el notario público apostólico y de los testigos infrascritos personalmente constituidos, de la una parte, los seglares don Martín Barba de la Milla, don Alonso Antonio de Armijo Tamariz, vecinos de la ciudad de Carmona, estantes al presente en esta ciudad, hermanos de la cofradía de la Santa Misericordia de la dicha ciudad de Carmona, en nombre y en voz del prioste y hermanos de esta dicha cofradía y en virtud del poder que les otorgaron, ante Alonso María, notario apostólico de la dicha ciudad, su fecha en ella en veintinueve de junio de dicho año, y de la otra parte, el licenciado don Francisco Rodríguez Bordas, presbítero beneficiado propio de la iglesia parroquial del señor san Pedro de la dicha ciudad, consiliario de la hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo que nuevamente se ha erigido y fundado en la dicha ciudad de Carmona y Juan de Cifontes Lobo, hermano de la dicha hermandad y residente en dicha ciudad, en nombre y en voz de los alcaldes y hermanos de la dicha hermandad de la Santa Caridad y en vista del poder que les dieron y otorgaron, ante Juan Caro Almagro, notario apostólico de la dicha ciudad, su fecha en ella en primero día de este mes de julio que todas las dichas partes me entregaron los dichos poderes para los insertar en esta dicha escritura y son del tenor siguiente:

            In nomine Dei amen, en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Carmona, en veinte y nueve días del mes de junio de mil seiscientos y setenta años, por ante mi el notario apostólico y testigos, el prioste y hermanos de la cofradía de la Santa Misericordia o Caridad de esta dicha ciudad, estando juntos y congregados como lo han de costumbre es a saber: don Juan de Romera Tamariz, prioste, don López del Álamo, presbítero comisario del Santo Oficio de la Inquisición y beneficiado propio de la parroquial del Señor San Bartolomé de esta ciudad, don Luis Barrasa, presbítero, don Luis de Romera Tamariz, presbítero beneficiado propio de la parroquial del señor San Felipe de esta ciudad, don Antonio Gil Barba de la Milla, clérigo de menores ordenes beneficiado propio de dicha iglesia del señor San Bartolomé, don Juan Tamariz de Bordas y Guzmán, don Alonso Antonio de Armijo Tamariz, don Gonzalo Tamariz Bordas y Guzmán, don Juan de Romera, don Martín de Barcia y Milla, todos hermanos de la dicha hermandad por si y en su nombre y de los demás hermanos que de ella son hasta el día de hoy y serán en adelante por quien prestaron bastante voz que estarán y pasarán por lo que aquí será contenido y en su virtud se hiciere y otorgare y a la dicha voz obligaron sus caudales y rentas de la dicha cofradía de un acuerdo y conformidad y que por cuanto la fundación de dicha cofradía fue con obligación de que el prioste y hermanos de ella acudiesen a enterrar los cuerpos de los pobres de solemnidad que fallecieren en esta ciudad y su término y acompañar hasta el suplicio a los que por la justicia Real de Su Majestad mandasen ajusticiar y enterrar sus cuerpos y dar en cada un año por el día de Sábado Santo a los pobres de la collación de Santiago de esta ciudad una limosna de pan y carne y por el Ilustrísimo señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, arzobispo de la ciudad de Sevilla, del Consejo Real de Su Majestad fue servido de mandar se fundase en esta ciudad dicha hermandad de Caridad por tener su ilustrísima noticia estaba fundada la dicha cofradía de la Misericordia y Caridad y porque por obviar algunos inconvenientes que se pueden recrecer los dichos priostes y hermanos de la santa Misericordia y Caridad están conformes con los hermanos de la santa Caridad nuevamente fundada en que se agregasen de la santa Misericordia para que estén incorporados juntas y consolidadas y se cumpla con las obligaciones de su fundación todo lo cual ha de ser con beneplácito de su señoría Ilustrísima y para que tenga efecto otorgaron que daban y dieron todo su poder cumplido el cual de derecho se requiere y es necesario a los señores don Alonso Antonio de Armijo Tamariz y don Martín Barba de la Milla, hermanos de la dicha cofradía de la Santa Misericordia, dieron poder especial para que ambos y no el uno sin el otro puedan parecer y parezcan ante su señoría ilustrísima y pidan y supliquen que se sirva de mandar se haga la dicha agregación de la dicha hermandad de la santa Caridad nuevamente fundada a la dicha cofradía de la Misericordia o Caridad con la obligaciones, cargos e institutos que constan en la fundación de dicha cofradía de la Santa Misericordia y con las demás que tiene o tuviere la dicha hermandad de la santa Caridad, nuevamente fundada, y las que su ilustrísima fuere servido de mandar añadir que fueren convenientes para su confección y aumento.

            Para todo lo cual los dichos señores otorgantes, por si y en el dicho nombre, resignaron su voluntad en la de su señoría ilustrísima y que para ello mande se despachen las letras y demás despachos que para la dicha agregación se requieren... y los señores otorgantes, a quien yo el notario doy fe conozco, lo firmaron, siendo testigos Juan Sánchez Carreño, Manuel Rodríguez y Diego de Santiago, vecinos de Carmona. Don Juan de Romera Tamariz, don Luis de Romera Tamariz, don Martín Barba de la Milla, Luis Barrasa, don Gil Antonio Barba de la Milla, Don Pedro López Álamo, ante mi Alonso Macías, notario.

            En el nombre del muy alto Dios todopoderoso que vive y reina por siempre y sin fin amen y de la bienaventurada siempre Virgen María Madre de Dios, señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser, sea notorio a cuantos vieren esta carta como en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Carmona en primero día del mes de julio de mil seiscientos y setenta, estando en la iglesia parroquial del señor San Pedro de esta ciudad, juntos y congregados como lo han de uso y costumbre los alcaldes y hermanos de las hermandades de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo siendo llamados a son de campana tañida, conviene a saber: el licenciado Gregorio Alanís y Lara, cura de dicha iglesia, y Francisco Blasco del Vado, escribano público del número de esta ciudad y ambos alcaldes de la dicha hermandad, Bartolomé Canelo, mayordomo, el licenciado Juan Ruiz de Santaella, presbítero cura de dicha iglesia, secretario, Gaspar del Castillo, fiscal, el licenciado Fernando Romero, el licenciado Diego Nuño, el licenciado Juan Moreno, el licenciado Juan Martín, presbíteros consiliarios, el licenciado Bartolomé de Ávila, el licenciado Martín de Ávila, presbíteros, el reverendo padre fray Fernando Gómez, predicador y religioso del Orden de nuestro padre San Agustín, don Alonso de la Plata, consiliario, Antonio Murillo, escribano del cabildo y consiliario, Juan de Cifontes, Teodomiro de Cifontes y Sarmiento, escribano público y del número de esta dicha ciudad, Juan Caro de Almagro, Francisco de Aguilar, Francisco Serrano, Manuel Gómez, todos hermanos de la dicha santa hermandad por si y en nombre de los demás hermanos de la dicha santa hermandad, presentes y ausentes que hoy son y serán de aquí adelante de dicha santa hermandad por quien prestaron voz y caución de rato en forma de que estarán y pasarán por lo que aquí será contenido y no lo contradirán en manera alguna, antes lo ratificarán y aprobarán, y a manera de fianza obligaron los bienes de dicha hermandad habidos y por haber y todos unánimes y conformes en presencia de mi el presente notario y testigos de yuso escritos dijeron que por cuanto, habiéndose fundado dicha santa hermandad en esta ciudad, unida y agregada con la misma de la ciudad de Sevilla, por el prioste y hermanos de la santa Misericordia de esta ciudad se pretendió haber y hacer y cumplir algunas de las obligaciones de esta santa hermandad sobre que acudieron al ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio Ignacio de Espínola y Guzmán, arzobispo de la ciudad de Sevilla, del Consejo de Su Majestad y su provisor en su nombre, en orden a lo cual fueron ganados diferentes mandamientos por una y otra parte y ahora por parte de la hermandad de la santa Misericordia se ha entendido el que dicha hermandad y cofradía se agrege con ésta de la santa Caridad y que se guarden y cumplan su regla, capítulos e institutos de dicha santa hermandad, por estar confirmada y aprobada por el Ilustrísimo y reverendísimo señor arzobispo de esta dicha ciudad de Sevilla y para confirmación de dicha unión, deseando estar al mayor servicio de Dios nuestro señor y que permanezca con toda paz y quietud y en aquella vía y forma que mejor puedan y haya lugar de derecho de un acuerdo y conformidad otorgaron y conocieron que daban y dieron todo su poder cumplido cuan bastante de derecho se requiere y es necesario a los señores don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, caballero del orden de Calatraba, hermano mayor de la santa Caridad de la ciudad de Sevilla y vecino de ella, y al licenciado don Francisco Rodríguez Bordas, presbítero beneficiado propio de la dicha iglesia del señor San Pedro de esta ciudad y consiliario de esta dicha santa Caridad de esta dicha ciudad, y a Juan de Cifontes y a cada uno insolidum y especialmente para que en nombre de la dicha santa Hermandad puedan conferir con el ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio de Espínola y Guzmán, arzobispo de la dicha ciudad de Sevilla y el reverendo provisor de su arzobispado en su nombre, y con la disposición que pareciere por parte de la Santa Misericordia de esta dicha ciudad y con las demás personas que convengan todos los capítulos, calidades y disposiciones necesarias en orden a la perfecta unión de dichas dos hermandades y que se consiga para el mayor servicio de Dios Nuestro señor... Y los otorgantes que yo el escribano doy fe que conozco lo firmaron, siendo testigos Miguel Sánchez, Jacinto del Real y Juan Castellanos, vecinos de esta dicha ciudad...

            Y usando de los dichos poderes dijeron que las dichas dos hermandades sobre sus ejercicios han tenido algunas diferencias una con otra sobre que se han seguido algún litigio ante el señor provisor y vicario general de esta dicha ciudad y arzobispado de Sevilla en que se hicieron algunos autos y se despacharon mandamientos como de los autos consta a que se refieren y por quitarse del dicho litigio y juzgar ser más deservicio de Dios nuestro señor la paz unión y conformidad entre las dichas dos hermandades y que estén juntas y hechas un cuerpo para siempre jamás: están de acuerdo de la dicha unión y dieron los dichos poderes para que sobre esto se otorgue escritura en razón de la dicha agregación y unión.

            Y los dichos señores otorgantes quieren hacerlo así y, poniéndolo en efecto por esta presente carta, en voz y en nombre de las dichas cofradías de la santa Misericordia y de la santa Caridad de nuestro señor Jesucristo y en virtud y fuerza de los dichos sus poderes hacen, juntan y agregan a la cofradía y hermandad de la Misericordia la dicha hermandad de la santa Caridad; y a la dicha hermandad de la Santa Caridad la cofradía y hermandad de la Misericordia para que ambas desde hoy en adelante para siempre jamás estén juntas y sean un cuerpo y una misma hermandad y cofradía en el uso y ejercicio de sus oficios, ejercicios y santas obras de caridad y administración de bienes y demás obras pías que cada uno de por si tenía antes de esta agregación para que corra con título de la hermandad de la Misericordia y Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo sin que se puedan dividir ni apartar una hermandad de otra ni los títulos de ella: y que los ejercicios y ocupaciones que cada una de por si tenía estén juntos, gobernados y ejecutados por unos ministros sin que se pueda ir ni venir contra ella por ninguna causa ni razón que sea y así se ha de gobernar por un cuerpo sólo y sola una hermandad y que el gobierno y administración de hacienda, oficios y elecciones han de ser conforme lo dispone la regla de la hermandad de la Santa Caridad que está aprobada por su ilustrísima el señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, Arzobispo de Sevilla del Consejo de Su Majestad, sin exceder de ella en cosa alguna ni en el numero que la gobiernan que son veintiuno y con condición que han de cesar los oficios de hermano mayor de la Caridad y Prioste de la Misericordia, quedando a cargo de su ilustrísima el nombrar por esta vez hermano mayor de las dichas dos hermandades unidas para que asista y gobierne de aquí a las elecciones generales que son por el día de pascua de Navidad de este año y que unidos todos en cabildo general nombren todos los oficios del gobierno que como dicho es son veinte y ocho como la regla de la Santa Caridad lo dispone y que para hacer las dichas juntas, cabildos, elecciones y demás ejercicios de la dicha hermandad puedan hacerlos y los hagan con efecto en la capilla de la Misericordia por ser ambas hermandades una y con facultad de que en el interín que la dicha capilla no estuviese acabada o por otra cualquiera razón que sean los puedan hacer en la parte que eligieren  y fuere más conveniente a la dicha hermandad... Y lo aprobé en Sevilla, a 3 días del mes de julio de mil seiscientos y setenta años”.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Muy poco es lo que se ha escrito hasta la fecha de esta señera y decana hermandad carmonense y todo ello muy a pesar de que se conserva abundante documentación sin examinar en el archivo parroquial de Santa María.

        Por circunstancias meramente físicas –mi residencia actual lejos de Carmona- no he podido llevar a cabo una investigación exhaustiva sobre los fondos de esta corporación. Por ello, las páginas que vienen a continuación no pretenden agotar la temática sino arrojar alguna luz y ser el punto de partida para futuras y más completas investigaciones.                          

       La hermandad de Santa Bárbara fue fundada en 1470 en la iglesia parroquial de San Felipe por los clérigos "in sacris" de Carmona, según la referencia que nos ofrece el Curioso Carmonense. En un cabildo del siglo XVIII se hizo referencia a las primeras reglas de la hermandad, redactadas el 10 de octubre de 1470 y aprobadas el 16 de ese mismo mes por Nicolás Martínez y Marmolejo, provisor y vicario general del arzobispado de Sevilla ante el notario eclesiástico Juan Núñez. Las segundas reglas se aprobaron casi cuarenta años después exactamente el 8 de agosto de 1508. A comienzos, del siglo XVI está probada la existencia en Carmona de al menos trece cofradías entre las que se contaba, obviamente, la de Santa Bárbara (Lería, 1998: 32).

        Su precoz fundación pudo influir a la hora de elegir una advocación de raigambre bajo medieval y, hasta cierto punto, poco frecuente. Como es bien sabido, Santa Bárbara fue una joven mártir que, por su belleza y con la idea de casarla adecuadamente, su padre encerró en una torre. Al final terminó decapitada por su propio progenitor al enterarse, en una época en la que el cristianismo estaba perseguido, que se había entregado a Dios. Su padre, llamado Dióscoro, sufrió un supuesto castigo divino por su delito nefando, muriendo poco después fulminado por un rayo.

        Desde entonces se la vincula con los fenómenos meteorológicos, encomendándose los fieles a ella cuando hay tormenta. De ahí el famoso dicho de que “solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”. También se la relaciona con todo lo que suponen explosiones, barrenas o estallidos por lo que tanto los artilleros, como los mineros y los canteros la han tenido históricamente como su patrona. Por ejemplo, en la ciudad Condal de Barcelona había, en la temprana fecha de 1500, una cofradía de Santa Bárbara, vinculada a los artilleros.

        Pese a todo se trata, como ya hemos dicho, de una advocación que no es demasiado frecuente, pues, se cuentan con los dedos de la mano las que existían en cada diócesis. Y los datos en este sentido son bien claros. Por ejemplo, en el obispado de Córdoba de 688 cofradías que se censaban en el siglo XVIII tan solo había una, modestísima por cierto, dedicada a esta joven mártir en la localidad de Fuente Ovejuna. Por otro lado, de las 300 que había en el partido de Badajoz había también una –de seglares obviamente- en la propia capital dedicada a la santa.

        Pues, bien, si es cierto que no es una advocación frecuente menos aún es que además fuese de clérigos “in sacris”, cuando la mayor parte de estas cofradías solían adoptar como patrón a San Pedro. Y ésta es quizás la mayor particularidad de esta corporación carmonense, es decir, que la cofradía de clérigos esté bajo la advocación de Santa Bárbara. 

         Al parecer, y sin que conozcamos los motivos exactos, la cofradía se trasladó en 1595 a la iglesia Prioral de Santa María. Creo que fue desde ese momento cuando se generalizó la realización de una solemne procesión, el día de Santa Bárbara, con la asistencia de todos los clérigos de Carmona, en dirección al templo de San Felipe. Llegado el cortejo a este recinto sagrado, en un altar dedicado a la santa, se oficiaba una solemne función. En 1595 el prioste de la cofradía, Antonio Barba, decía lo siguiente:

 

            “...Que cada año solemos hacer una procesión general el día de Santa Bárbara y vamos desde la iglesia mayor hasta San Felipe donde se hace la fiesta de San Bárbara en presente y sitio no tan decente como es razón...”


 

            En vista de tal circunstancia se solicitaba la adjudicación de sitio en la iglesia para hacer una capilla dedicada a la mártir. En estos momentos, no sabemos mucho más de esta citada procesión ni tan siquiera de los años que estuvo realizándose. Tampoco tenemos información sobre la devoción a Santa Bárbara en el templo de San Felipe. Hernández Díaz citaba la existencia en esta iglesia de un lienzo dieciochesco de grandes dimensiones representando a Santa Bárbara con la custodia que actualmente se encuentra en San Bartolomé (Hernández Díaz 1943: II, 175).

            A principios del siglo XVII recibió por legado testamentario la administración de la capellanía fundada en Santa María por el presbítero y vicario de Carmona Martín Martínez de Carvallar y Cárdeno. Desde entonces nombraba capellán para servir dicha memoria en la pequeña capilla que se sitúa en el muro del coro que da a la nave del evangelio.

            En el siglo XVIII continuó su vida activa como hermandad gremial de los eclesiásticos carmonenses. En 1782 se quejaba el hermano mayor que muchos hermanos no acudían a las solemnidades de Santa Bárbara ni tan siquiera a los entierros de los hermanos. Aludiendo a las reglas pasadas se aprobó que los miembros que no justificasen sus faltas se les condenaría al pago de media libra de cera por cada una.

            Estas cofradías de clérigos eran frecuentes en muchas ciudades y villas de España. El fin básico de la cofradía era la de dar sepultura a los sacerdotes de la localidad. Por tanto, funcionaba a fin de cuentas como una auténtica cofradía gremial, pues, era totalmente corporativa, aunque su fin fuese exclusivamente asistencial, sirviendo de seguro de deceso de sus hermanos. No hay que olvidar que casi todas las hermandades, además del fin puramente devocional, incluían aspectos asistenciales haciendo las veces de seguro de deceso. Pues, bien, así como las cofradías de San José aglutinaban a los carpinteros o las de San Crispín a los sastres éstas de clérigos, casi siempre vinculadas a San Pedro, respondían a las necesidades del importante grupo clerical. Por razones obvias solamente existían en aquellas localidades que por su importancia disponían de un clero secular numeroso (Arias de Saavedra, 2002: 66).

            Por tanto, los objetivos de esta cofradía de Santa Bárbara debían ser dos: uno, la realización de diferentes obras de caridad, como la asistencia a los condenados a muerte o la ayuda a niños huérfanos. Y dos, el auxilio en la enfermedad a los hermanos de la cofradía a quienes debían procurarle además un enterramiento digno a ellos y a sus progenitores. Como se decía en un documento la razón de ser de la corporación era la de “curarnos en nuestras enfermedades y enterrarnos unos a otros cuando alguno falleciere, y (a)demás que cada hermano le ha de decir una misa…”. Asimismo, los clérigos estaban obligados a acudir a velar a los hermanos fallecidos y a proporcionarles un número de blandones o ciriales. Su función era, por tanto, fundamental en una época en la que el bajo clero padecía una escasa remuneración.

            El entierro del hermano se hacía en una bóveda que para tal efecto poseía la hermandad, primero en la iglesia de San Felipe y luego en la Prioral de Santa María. Obviamente, tras su enterramiento el nombre del finado quedaba inscrito en un libro de difuntos. Así, por citar un ejemplo concreto, la partida de enterramiento del beneficiado de la iglesia de Santiago, y gran devoto por cierto de la Virgen de la Esperanza de la iglesia de El Salvador, Juan Rodríguez Borja, decía así:

 

            “El día veinte de marzo del año pasado de mil seiscientos ochenta y cinco fue sepultado en dicha iglesia en la bóveda de la capilla de Nuestra Madre y Patrona Santa Bárbara don Juan Rodríguez Borja, beneficiado propio que fue de Santiago de esta dicha ciudad”.

 

 

Hasta donde nosotros sabemos la cofradía fue languideciendo con el paso de los años hasta bien entrado el siglo XX. Al parecer, su extinción oficial ocurrió en plena II República, allá por el año de 1932. Como es de sobra conocido, aquellos años fueron muy difíciles para la mayor parte de las cofradías carmonenses y españolas en general, donde un buen número de ellas llegaron al punto de su extinción. Pero es que además era una cofradía que tenía un fin muy específico de forma que, cuando el número de curas comenzó a descender perdió en buena parte su razón de ser.

            Para conocer con más detalle los motivos exactos de su desaparición así como una secuencia más completa de este proceso y de su devenir en los siglos XIX y XX haría falta llevar a cabo una investigación en el Archivo Parroquial de Santa María. Solo así podremos conocer con detalle los entresijos de esta importante y señera hermandad carmonense.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS



    

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         En este pequeño trabajo vamos a dar a conocer un cabildo de la antigua cofradía de San José cuya imagen titular se conserva en la iglesia de San Pedro de Carmona. Aunque aparentemente parezca que es un pequeño aporte lo cierto es que estos pocos datos resultan fundamentales porque se desconocía prácticamente todo de esta corporación. Es suficiente para darse cuenta de esto consultar la bibliografía para percatarse que apenas si se limita a la atribución de su imagen titular dieciochesca al escultor Montes de Oca (Hernández Díaz, 1943: II, 154). Nos ha sorprendido, además, no haber encontrado ningún dato complementario en la ya extensa bibliografía cofradiera carmonense.

        El documento que ahora analizamos, aunque breve, ofrece algunos datos de interés. Además como ya hemos dicho, es tanto más importante cuanto que se desconocía prácticamente todo sobre la fundación e historia de esta señera cofradía carmonense. Tan sólo se sabía, por tradición oral, que se había fundado en el convento de Santa Ana y que por motivos desconocidos se había trasladado a la iglesia parroquial de San Pedro.

        El manuscrito que transcribimos y analizamos en el apéndice documental es un cabildo protocolizado el día ocho de junio de 1659 ante el escribano público Juan de Santiago. En él los hermanos otorgaron poder al prioste Juan Amaro para que solicitara al arzobispado de Sevilla su traslado desde el convento de Santa Ana de frailes dominicos a la parroquial de San Pedro. En el citado texto se aporta un dato fundamental para la reconstrucción de la historia de esta corporación:

        Se afirma que la primera fundación de la corporación se había realizado en el mencionado convento de Santa Ana "donde ha estado cinco o seis años". Teniendo en cuenta que escriben en junio de 1659 podemos concluir que la cofradía de San José fue fundada en 1653 o en cualquier caso en 1654 en el convento de Santa Ana. Hemos de destacar la fiabilidad del dato ya que, por un lado, lo aportan los propios hermanos y, por el otro, se refiere a un acontecimiento -la fundación- ocurrido tan sólo cinco o seis años antes. Es una pena que no precisasen la fecha exacta de la fundación que sin duda conocían perfectamente por la cercanía de los hechos.

        En cualquier caso debemos señalar que el primer domingo de mayo de 1650 se hizo una procesión rogativa por una epidemia que azotaba Carmona y que iba acompañada por la imagen de San José. Por lo tanto, parece lógico pensar que antes de ese año ya existía una imagen de dicha advocación en el convento que probablemente fue aglutinante de una devoción que desde 1653 se convertiría oficialmente en cofradía.

        En el documento sin embargo aparece un dato desconcertante, pues se afirma que habían estado asignados a dos conventos antes de pasarse a la parroquial de extramuros. Pero hemos de tener en cuenta que paralelamente se dice que la corporación se fundó en el monasterio de Santo Domingo y que en 1659 se trasladaron desde allí a la iglesia de San Pedro. Por tanto, hemos de pensar que durante los años posteriores a su fundación intentaron trasladarse infructuosamente a otro convento, posiblemente al Carmen o a San Francisco, y que finalmente acabaron en la parroquia de extramuros. Esta iglesia era ya por entonces populosa y, por tanto, podía permitir a la corporación sobrevivir de limosnas y reclutar nuevos hermanos entre la feligresía.

        En cuanto a los motivos del traslado aparecen bien claros: tenían desavenencias con los frailes dominicos por motivos económicos, pues, les hacían cargar con obligaciones que no podían asumir. Hemos de pensar que al tratarse de una corporación recién fundada debía disponer de muy pocos medios económicos. En cualquier caso no fue posible el acuerdo y, en junio de 1659, se reunían ya en la iglesia de San Pedro a la espera de la consecución de la licencia oficial que en breve llegó.

        Estos pocos datos nos han servido para introducirnos en el estudio de una antigua hermandad carmonense que, como tantas otras, permanecía olvidada. Esperemos que en el futuro nuevos documentos alumbren con nuevas informaciones la historia de esta hermandad que aglutinó a un grupo de devotos carmonenses.

 

 

APENDICE DOCUMENTAL

 

   Cabildo de la cofradía de San José, Carmona, 8 de junio de 1659.

 

        “En la ciudad de Carmona en 8 días del mes de junio de mil y seiscientos y cincuenta y nueve años estando juntos en la iglesia del Señor San Pedro de dicha ciudad el  y algunos de los hermanos de la cofradía de San José llamados a son de campana tañida como lo han de uso y costumbre para tratar de cosas que convienen al servicio de Nuestro Señor y de dicha cofradía conviene a saber los siguientes: Juan Amaro, prioste; Lucas Ponce Bonifaz, presbítero; Bernardino Muñoz, diacono; Bartolomé Muñoz Madroñal; Agustín Sevillano; Gregorio de Molina; Isidro de Mata; Lorenzo de Cea; Domingo González; Sebastián Pérez; José de Llamas; Juan Vázquez; Cristóbal de Acosa; Cristóbal Pacheco; Juan Vidal; Diego de Santana; Tomás Holg(u)ín; Juan de Moreda; Juan del Valle; Baltasar de los Reyes; Pedro Jiménez; Francisco Martín; Andrés de Castro; Alonso Martín; Benitos de Vastos; Bartolomé de Cárdenas; Juan de Santiago; Amaro (perdido), todos hermanos de dicha cofradía y el dicho  dijo que bien sabían los dichos hermanos que la dicha cofradía de su primera fundación fue en el convento de Señora Santa Ana de la Orden de Predicadores donde ha estado cinco o seis años y los religiosos les han pedido se obliguen a cosas que la dicha cofradía no las puede cumplir aunque tuviese mucho caudal y por estas y otras causas que protesta decir ante el señor arzobispo y que su parecer era que le era más conveniente a dicha cofradía el estar y pasar a la dicha iglesia parroquial de Señor San Pedro por cuanto en dos conventos que ha estado asignada dicha cofradía no la han podido sustentar y que para ello se acudiese al señor arzobispo y al señor provisor en su nombre para que diese licencia para remover y pasar la dicha cofradía a la dicha iglesia de Señor San Pedro. Que le parecía a los dichos hermanos de este parecer los cuales unánimes y conformes dijeron que el parecer del dicho prioste se guardase porque movía así y que los votos de ellos era el mismo que el del dicho prioste para lo cual en voz y en nombre de la dicha cofradía y en nombre de ella parezca ante el señor Arzobispo de la ciudad de Sevilla u otro juez competente para que les de licencia y su mandamiento para pasar la dicha cofradía a esta Santa iglesia y en razón de ello presente escritos y testigos y probazas y otros velados y haga todos los demás autos y diligencias judiciales y extrajudiciales que convengan...

        Y lo firmaron los que supieron y por los que no un testigo, siendo testigos Gaspar del castillo, José Navarro (y) José Márquez, vecinos de Carmona".

(A.P.C., Escribanía de Juan de Santiago 1659, fols. 626-626v)

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FERNANDO VILLA NOGALES

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            Realmente es muy poco lo que conocemos de este exclaustrado monasterio de Padres Carmelitas Calzados. Como es bien sabido, esta Orden tiene sus orígenes remotos en los primeros siglos de la cristiandad, sin embargo, no comenzaron su expansión en Europa como Orden mendicante hasta el siglo XIII1.

           Su fundación en Carmona se produjo en torno a 1540 en la vieja ermita de Santa Marina, sin embargo, a lo largo de esa década los religiosos decidieron trasladarse a la de San Roque que, aunque se situaba también en extramuros de la ciudad, estaba en un lugar bastante más cercano y accesible para los fieles2. De esta ermita de San Roque no sabemos más que en 1503, su ermitaño, Juan Caro, pidió ayuda al concejo para acabar las obras de construcción3. La ermita no era más que una pequeña capilla y "humilladero", situada en el camino real donde los caminantes "se encomendaban a Dios y aun había aparejo para acogerse algún peregrino día o noche desafortunado"4. En este modesto recinto se albergaba la cofradía de San Roque, pues, en el momento de la fundación del monasterio se reconoció su existencia y "que estaba y residía y se servía en esta casa antes de que se fundase el dicho monasterio"5.

           La fundación de los frailes Carmelitas Calzados en el solar de la vieja ermita de San Roque se produjo en algún momento de la década de los cuarenta, pues, en 1549, los regidores del concejo prestaron 50 ducados que montaron 18.750 maravedís a los cenobitas "para ayuda a hacer la capillita que se hace en el dicho monasterio"6. Sin embargo las tierras donadas por el cabildo debieron ser insuficientes para construir un monasterio con sus dependencias, claustros e iglesia por lo que los frailes desde un primer momento se afanaron y consiguieron finalmente comprar nuevos terrenos colindantes a unos vecinos que, entre 1554 y 1555, las habían recibido del cabildo7. Pese a todo no contentos con estas nuevas adquisiciones los frailes consiguieron entre 1562, 1563 y 1565 nuevas donaciones del concejo que definitivamente le dieron la posesión total de todo lo que fue el antiguo solar de la ermita de San Roque y sus tierras circundantes8.

           El intitulación oficial del monasterio era de "Nuestra Señora del Carmen Calzado de la ciudad de Carmona de antigua observancia". Sin embargo debemos reseñar el hecho de que extraoficialmente a lo largo de varios siglos se conoció esta casa religiosa como "monasterio de San Roque". No debemos olvidar que no sólo se ubicó en el lugar de la antigua ermita sino que los frailes se obligaron con la cofradía de San Roque a que la imagen titula de su corporación estuviera en el altar mayor “por siempre jamás”9. De hecho en tanto en el el Archivo de Protocolos de Carmona como en las partidas de defunción del archivo parroquial de la iglesia de San Pedro aparezca citado el monasterio en el siglo XVII y XVIII indistintamente como Monasterio de San Roque que es de la Orden de Nuestra Señora del Carmen o tan sólo como el convento de Nuestra Señora del Carmen de Carmona10.

           En varios años debieron edificar los cenobitas una precaria iglesia, pues, en el documento de concesión de capilla a la hermandad de la Soledad, fechado en 1569, se insinuaba que ya estaba levantada la iglesia11. No obstante al parecer el templo no fue consagrado definitivamente hasta el 24 de febrero de 1583, por fray Diego de León, sin que por el momento podamos dar explicación al largo tiempo transcurrido entre la construcción del templo y su consagración12.

           Este primer recinto conventual, incluida su iglesia, debió ser tan precario que en los primeros años de la centuria decimoséptima fue enteramente reconstruido. El nuevo templo fue financiado gracias a las limosnas del pueblo pero sobre todo a la donación testamentaria que hizo don Teodomiro Lasso de la Vega, Caballero del hábito de San Juan, quien en su testamento, redactado en la ciudad de Madrid donó nada menos que 3.000 ducados para que se labrase “la capilla mayor del convento de Nuestra Señora del Carmen de la villa de Carmona”, recibiendo a cambio el patronazgo de ella13.

           Así, el 21 de junio de 1607 el prior y frailes del monasterio del Carmen se comprometieron con el alarife carmonense Alonso Pérez Salazar para que por un precio total de 170 ducados labrase "las columnas, capiteles engastados en plomo, arcos, tejado y solado de todo el claustro"14. Ese mismo día se concertaron con el carpintero Juan Padilla para que labrase la madera correspondiente al claustro, es decir, "vigas, puertas y ventanas de pino de Flandes", valorándose su costo en 110 ducados15.

           Al año siguiente y concretamente el 2 de febrero de 1608 los frailes carmelitas se volvieron a concertar con el carpintero carmonense Juan Padilla para que labrase nada menos que el artesonado de la capilla y el coro conventual cubriendo un total de 5 varas de ancho por 30 de largo16.

           Así quedo más o menos constituido el monasterio compuesto por un claustro en torno a un atrio columnado y una iglesia conventual muy similar al tipo conventual que por aquel entonces tenían los monasterios de monjas dominicas de Madre de Dios y Santa Catalina así como las franciscanas clarisas y concepcionistas. Es decir la capilla era de una sola nave con cabecera posiblemente cuadrada y separada de la nave por un gran arco toral y una nave de 13 metros de largo por 6,5 de ancho cubierta por un artesonado simple, y a los pies de la iglesia el coro claustral. En uno de los muros laterales se abría una enorme capilla de 11 varas cuadradas, cubierta por bóveda y “una cúpula grande” donde se albergaba la poderosa cofradía de la Soledad y el Santo Entierro de Carmona.

          Igualmente en dicha iglesia tenía su sede la populosa hermandad de Nuestra Señora del Escapulario, que muy posiblemente no tenía capilla propia sino tan sólo un retablo en uno de los muros colaterales. Desconocemos la fecha de fundación de esta corporación pero debió ser seguramente de las mismas fechas que la de la Soledad. En el siglo XVIII prácticamente no hay testamento de vecinos de la collación de San Pedro que no hagan alguna referencia a esta corporación, enterrándose, incluso, muchos de ellos en su bóveda de entierro. Este fervor popular por la Virgen del Escapulario fue lo que hizo posible que adquiriese un importante patrimonio artístico. Concretamente en un inventario redactado el 14 de agosto de 1733 y que reproducimos en el apéndice I se citaban además de la imagen de la Virgen una talla de San Simón y un crucificado. Entre los enseres debemos destacar un impresionante palio con seis varales de plata y un guión compuesto de un varal con 10 cañones de argento, escudo y cruz del mismo metal.

           Al menos conocemos la existencia de otra hermandad en el Carmen es decir la de las Animas Benditas del Purgatorio que poseía un retablo en la capilla17.

           En el primer tercio del siglo XVIII el templo fue totalmente reconstruido por tercera vez en su historia y nuevamente para engrandecerlo tanto en dimensiones como en decorativismo18. Por las referencias documentales que poseemos e incluso por algún material gráfico de este siglo sabemos que el nuevo templo fue de tres naves, cubiertas con bóveda de cañón y con una modesta cúpula en el crucero.

           Muchos de los enseres de la iglesia también fueron renovados para hacerlos acorde al nuevo estilo del templo y a sus dimensiones. Concretamente en la década de los setenta los frailes se concertaron por dos veces con el prestigioso escultor sevillano Francisco de Acosta para que labrase el retablo principal y los de las cabeceras de las dos capillas colaterales. En la hornacina principal del retablo mayor ubicaron a la Virgen del Carmen, trasladando -contra lo dispuesto en la fundación- la imagen de San Roque a uno de los retablos de las naves colaterales. Además de los tres retablos principales y del que poseía en la cabecera de su capilla la hermandad de la Soledad, labrado en 1702 por Juan del Castillo19, en la iglesia existían otros retablos dedicados a las siguientes advocaciones: San José, San Elías, San Roque, Virgen del Escapulario, Santa Teresa y Cristo de las Animas del Purgatorio.

           La situación del monasterio en el siglo XVIII no era mala, pues, por ejemplo en una visita realizada en 1733 el vicario afirmó que había en él 26 religiosos que "pasan moderadamente"20.

          En el censo de 1786 figuraban nada menos que 38 cenobitas, contando los 33 profesos, 4 legos y un sólo criado, siendo sus rentas suficientes por el importante patrimonio urbano que poseía el convento21.

          En cualquier caso por el proceso desamortizador del siglo XIX el monasterio quedó abandonado llegando sus ruinas hasta este siglo en que se decretó la construcción en su solar de un moderno silo de trigo.

 

APENDICE I:

 

 

Cabildo de Nuestra Señora del Escapulario, sita en el Carmen, 14 de agosto de 1733:

 

          En la ciudad de Carmona en catorce días del mes de agosto de mil setecientos treinta y tres años estando en el convento de Nuestra Señora del Carmen Calzado extramuros de esta ciudad ante mi el escribano público y testigos yuso escriptos parecieron don Alonso Núñez Parrilla, vecino de esta ciudad y hermano mayor y prior de la Orden Tercera de Nuestra Señora del Escapulario, sita en dicho convento y número de hermanos de dicha Orden y dijo que por cuanto el dicho número y Tercera Orden tiene para el adorno de la Santa Imagen de Nuestra Señora y demás cosas pertenecientes a dicha hermandad diferentes alhajas y bienes de los cuales ha muchos años no se hace inventario y siendo muy conveniente el que se tenga presente en todo tiempo los bienes que de presente hay para que los hermanos mayores que fueren en adelante den cuenta de ellos cada uno en su tiempo dijo que quería hacer e hizo inventario de dichos bienes en la forma siguiente:

Primeramente, un vestido, jubón y saya de persiana encarnada y blanca que ha dicha Santa Imagen dio de limosna doña María de Monsalve, viuda de don Diego de la Milla, que está nuevo.

Otro vestido entero de raso liso color de ámbar con vueltas de encajes de Milán de mediado.

Otro vestido entero de tela color de ámbar guarnecido con encajes de Milán.

Otro vestido de media tela entero, color de ámbar guarnecido con encajes de Milán de mediado.

Otro vestido de tela azul guarnecido con galón y punta de oro nuevo y sin escapulario el cual dio a dicha Santa Imagen doña Nicolasa de Auñón, mujer de don Marcos Cansino Nieto.

Un palio pequeño con el cielo de tafetán encarnado y los lados de tela blanca guarnecido con encajes de Milán bueno que sirve al Santísimo.

Un hábito de tela color de ámbar guarnecido con encajes de Milán y capa de tela blanca a flores con puntillas de Milán.

Otro de tela color de ámbar que tiene puesto San Simón éstos.

Un escapulario bordado de oro que sirve a dicho Santo.

Cinco varas de toca y sobre toca de Nuestra Señora nueva que compró este año la dicha hermandad.

Otra toca y sobre toca de mediada.

Dos camisas de la Virgen de Bretaña de campeo.

Dos enaguas blancas con maraña y encajes de mediada.

Dos pares de puños de encajes de pitiflor buenos.

Una palia de raso blanco y encarnado guarnecida de puntilla blanca.

Dos pares de manteles del altar de Nuestra Señora y otros que están sirviendo en el altar.

Un velo de damasco encarnado forrado de holandilla.

Dos atriles con sus perfiles de oro y escudos de la hermandad.

Una sobremesa de terciopelo encarnado con flecos de oro.

Un escudo bordado en un paño de difunto de terciopelo negro el cual está guarnecido con flecos de oro y forrado en holandilla negra de mediado.

Un guión de tela encarnada guarnecido con puntas.

Otro vestido de raso liso bordado de realce entero y nuevo que se estrenó el día titular de este año y se ha costeado por el dicho número.

Otro vestido entero de raso encarnado con flecos de oro de mediados.

Un manto de tela blanca con escudos hechos en telar guarnecidos con encajes de Milán y forrado con tafetán amarillo de mediado.

Otro de raso liso blanco guarnecido con encajes de Milán y forrado en holandilla encarnada de mediado.

Un palio de tela encarnada guarnecida con encajes de Milán y forrado en holandilla de mediado.

Otro de tela blanca guarnecido con flecos de oro y forrado en holandilla encarnada y caídas de tafetán blanco bien tratado el cual dio la dicha doña Nicolasa de Auñón.

Un juego de faldones de raso con florecillas de oro encarnado y flecos de seda.

Otro de raso blanco con flores encarnadas amarillas y azules que juntó de limosna la hermana María Muñoz, mujer de Blas Peña.

Un frontal encarnado con cenefa de raso azul.

Otro de tela blanca que está en la sacristía.

Otro de pintura en lienzo.

Treinta y seis cañones de plata que pesan ciento y cuatro onzas y cinco de plata.

Un escapulario de plata que sirve a San Simón, esto y pesa cuatro onzas.

Un rosario de coral engastado en plata sobredorada, cruz y medalla de filigrana de lo mismo con cuatro dieses y seis onzas.

Otro rosario de cinco dieses con extremos de filigrana.

Otro rosario de coral engastado en plata de filigrana, cruz y medallas y extremos de lo mismo en cinco dieses.

Otro rosario de azabache engastado en plata con su cruz de cuentas y tres medallas de plata.

Un petillo de plata sobredorada cn piedras verdes.

Una sortija con ocho piedras blancas.

Otra sortija de ocho piedras verdes y otra blanca.

Otra de nueve piedras.

Otra de cuatro piedras blancas.

Diez cañones de plata de la vara del guión y dos remates de lo mismo que pesan cuarenta y cuatro onzas y media y tres adarmes.

Un escudo de plata de nueve onzas y cuatro adarmes que sirve al guión.

Una corona de plata que sirve a Nuestra Señora en su altar y pesa nueve onzas y media.

Un cetro de plata sobredorada con su perrilla y remate.

Un ramo de azucena de filigrana de plata.

Dos luceros y una luna de plata con un serafín en medio.

Una bandera y cinco cañones y cruz de plata que sirven a San simón y una diadema de plata de dicho santo.

Una guarnición de puntas de martillo de plata que sirve a Nuestra Señora y se compone de diez puntas de cada lado, las cinco iguales y las otras más pequeñas en disminución todas dobles y las dos últimas con cinco serafines dobles y en cada uno una azucena de filigrana y veinticinco tornillos con sus serafines por cabeza y en la junta de arriba tres puntas pequeñas y dos tornillos con sus serafines y portezuelas de plata.

Veinte y cuatro nudillos de metal sobredorados del palio de Nuestra Señora.

Una lámpara de plata de nueve onzas y cuatro adarmes.

Una lámpara de plata de nueve onzas y cuatro adarmes.

Una demanda de plata con la imagen de Nuestra Señora de oro y forrado en tafetán carmesí, cordones de seda blanca encarnada y borlas de lo mismo.

Otro guión de tela encarnado, viejo, forrado en tafetán carmesí y guarnecido de flecos de seda.

Un cajón con sus gabelas y con su cajón nuevo.

Un Señor Crucificado de madera, una vara de alto con sus potencias y corona de plata.

Un sitial de madera vestido de raso adamascado y velo de raso blanco con su pie dorado que sirve para el Santísimo.

Cuatro faroles de vidrio viejos.

Una mesa de pino de mediada.

Un frontalito de raso encarnado viejo.

Una ara, manteles, palia y corporales.

Un arca de dos varas en que se recoge la cera.

Un cajón con tres gabelas y una taquilla de madera de Ceiba y Flandes en que se recogen los vestidos.

Una Corona imperial con resplandor de rayos y luceros que pesa cuarenta y nueve onzas y media de plata incluyo en dicho peso una fuente de hierro que tiene dicha corona.

Una cruz de plata de guión que pesa treinta y ocho onzas.

Unos candeleros de plata que pesan veinte y cuatro onzas.

 

 

Fernando Villa Nogales

Esteban Mira Caballos

1    ALDEA VAQUERO, Quintín, Tomás MARIN GUTIERREZ y José VIVES GASTELL: Diccionario de Historia eclesiástica de España, Vol. II. Madrid, Instituto Enríquez Flores, 1972, p. 354.

2    La fundación inicial en Santa Marina aparece tanto en el Curioso Carmonense como en los libros de José Martín de Palma, pues, no en vano se trataba de la misma persona. CURIOSO CARMONENSE, ff. 129-130.

3    HERNANDE DIAZ, José, Antonio SANCHO CORBACHO y Francisco COLLANTES DE TERAN: Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla, T. II. Sevilla, 1943, p. 304. GONZALEZ JIMENEZ, Manuel: Catalogo de documentación medieval del Archivo Municipal de Carmona (1475-1504), T. II. Sevilla, Excma. Diputación Provincial, 1981, p. 332.

4    HERNANDEZ DIAZ: Ob. Cit., p. 304.

5    Archivo de Protocolos de Carmona (en adelante A.P.C.). Escribanía de Juan Rodríguez, 1567-1568, f. 367.

6    Carta fechada en Carmona, a 29 de agosto de 1549. A.P.C., Escribanía de Juan de Toledo 1548-1550.

7    José Martín de Palma se esforzó en recopilar todos los datos sobre estas compras por lo que a continuación mostramos su detallado relato: "Título de la casa o convento de Nuestra Señora del Carmen Calzado de la ciudad de Carmona de antigua observancia, siendo antes ermita del señor San Roque y antes fundaron en Santa Marina, en 19 de noviembre de 1554 el cabildo de esta muy noble y leal ciudad de Carmona hizo merced a Sebastián de Heredia de un solar de 14 varas en cuadro detrás de la ermita del señor San Roque como consta por su testamento del escribano Juan Francisco de Villalobos, escribano de Su Majestad y del cabildo de esta ciudad. En dicho cabildo hizo merced a Andrés Fernández de otro solar detrás de dicha ermita del señor San Roque de otras 14 varas en cuadro.

En tres de diciembre del dicho consta por testimonio del citado escribano Lazaro Martínez de Cozar, en nombre de don Pedro Velez de Guevara, prior de las ermitas de este Arzobispado, arrendó a Juan Sánchez el huerto y cercado junto a la ermita de San Roque por tres vidas, por escritura ante Francisco de Hoyos, escribano público, en 18 de junio de 1555. El dicho Juan Sánchez traspasó el dicho huerto al padre fray Pedro de Aguilar por escritura ante Gómez de Hoyos escribano público. Sebastián Heredia Gitano y Ana Fernández, su mujer, vendieron al convento unas casas en la corredera del Señor San Roque por escritura ante Gaspar de Marchena escribano público en 15 de abril de 1562". José Martín de Palma, L. 6, f. 37v. Archivo de Valverde Lasarte.

En el breve manuscrito conocido como el Curioso Carmonense, José Martín de Palma simplificó en exceso el contenido al decir que los frailes fundaron en 1554. El erróneo dato se explica porque al desconocer referencias más antiguas que aquí hemos presentado nosotros, citó brevemente la fecha más antigua que conocía.

8    El cabildo de esta ciudad hizo merced al convento de Nuestra Señora del Carmen de más tierra para sitio y fundación suya, consta por testimonio de Diego de la Cueva escribano de cabildo de dicha ciudad en 5 de marzo de 1562.

El dicho cabildo de Carmona hizo merced a dicho convento de tierra y sitio para la iglesia, consta por testimonio de Pedro de Hoyos escribano público y del cabildo en 19 de mayo de 1563.

Confirmó el cabildo la merced por testimonio del dicho don Pedro el 21 de mayo de 1564. El cabildo hizo merced al convento de tierra para el sitio como consta de Pedro de Hoyos escribano público y del cabildo en 14 de marzo de 1565. Libro Nº 6 de José Martín de Palma, f. 37v.

9    A.P.C., Escribanía de Juan Rodríguez 1567-1568, f. 367. Todavía en el momento de su exclaustración poseía el convento un retablo colateral donde se veneraba una imagen de San Roque, aunque desconocemos si se trataba de la antigua del siglo XVI o si había sido sustituida en fechas posteriores por otra más acorde a los gustos estéticos barrocos.

10    Por citar un ejemplo concreto en el libro del escribano Alonso Núñez de Parrilla de 1756 (ff. 88, 95, 515 y 923), aparecen varias escrituras referentes a esta casa religiosa y en todas se cita como el "monasterio del Señor San Roque de la Orden del Carmen". Y no hay dudas de que se refiere a este cenobio y no a otro mucho más modesto y de poca vigencia, fundado en 1672, de Carmelitas Calzadas, ya que se hace referencia a hermandades como la del Escapulario o la Soledad ubicadas, como es de sobra conocido, en el Carmen.

11    Véase MIRA CABALLOS, Esteban: "En torno a la antigua cofradía de la Soledad y el Santo Entierro de Carmona", Boletín del Consejo de Hermandades y cofradías de Carmona. Carmona, 1996, s/p.

12    GONZALEZ ISIDORO, José: "Memoria de los edificios", en Carmona, ciudad y monumentos. Carmona, 1993, p. 63.

13    Poder dado a fray Juan Sobrino, Provincial electo de la Orden de Nuestra Señora del Carmen de la Provincia de Andalucía para cobrar la cuantía, Carmona, 12 de marzo de 1607. A.P.C., Escribanía de Gregorio Muñoz de Alanís, 1607.

14    Concierto entre el monasterio del Carmen y Alonso Pérez Salazar, Carmona, 21 de junio de 1607. A.P.C., Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1607.

15    Concierto con Juan Padilla, Carmona, 21 de junio de 1607. A.P.C. Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1607.

16    Concierto con Juan Padilla, Carmona, 2 de febrero de 1608. A.P.C., Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1608.

17    Así se cita en un inventario de bienes que pasaron a la iglesia de San Pedro.

18    Concretamente sabemos que en 1726 el concejo acordó donar 1.000 reales para ayudar a construir la nueva iglesia. HERNANDEZ DIAZ: Ob. Cit., p. 194.

19    Como es bien sabido la hermandad de la Soledad poseía un retablo de Luis de la Haya labrado en 1619, sin embargo, en 1702 lo debió sustituir porque sabemos que abonó a Juan del Castillo nada menos que 11.000 reales por un nuevo retablo. La elevada suma no deja lugar a dudas, el retablo sustituido no eran los colaterales sino el principal de Luis de la Haya. GONZALEZ ISIDORO: Ob. Cit., p. 188.

20    Visita arzobispal a Carmona, 1733. A.G.A.S., Visitas 1375.

21    Véase mi trabajo: La población en Carmona en la segunda mitad del siglo XVIII. Carmona, Carmograf, 1994, pp. 96 y 119.

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La temática responde a un encargo de la asociación Intercultural Puerta de Sevilla para que hablase de la integración de inmigrantes en el pasado de Carmona. Y de ello vamos a tratar, aunque evidentemente tenemos que matizar todo esto.

Recientemente se han publicado algunos títulos, en este sentido, en el sentido de la mayor tolerancia e integración en la España Moderna: Concretamente:

 

 

- “Tolerance and coexistence in Early Modern Spain” de mi amigo Trevor J. Dadson

 

-y “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico” de Stuart B. Schwartz.

 

 

El primero defendía la integración de miles de moriscos en la España moderna con la connivencia de los cristianos viejos (los de toda la vida). Y el segundo, observó que algunos de los procesados por la Inquisición afirmaban que cada uno podía salvarse siguiendo su ley religiosa, es decir, su religión.

         Sin embargo, yo hice sendas reseñas, matizando a ambos: sobre el primero, dijo que muchos se quedaron, pero que poco más de 300.000 moriscos fueron enviados al cadalso, lo que evidencia la brutal intolerancia religiosa que se vivía en España. Ese decir, se marcharon 4/5 partes. Y en relación al segundo, me parecía excesivo hablar de tolerancia religiosa, cuando esos mismos que afirmaban que cada uno se salvaba en su ley, fueron condenados y quemados por el tribunal de la Inquisición. Esos que mi amigo Stuart Schwartz llama tolerantes, eran en realidad disidentes que hartos ya de todo se la jugaron a sabiendas, diciendo todas las barbaridades que pensaban antes de ser achicharrados.

Me hubiese gustado contar una historia feliz sobre nuestro pasado: la convivencia pacífica de religiones, la alianza de civilizaciones, la tolerancia y los valores éticos de todos nuestros antepasados carmonenses y españoles.

Sin embargo, como siempre digo, la felicidad son páginas en blanco dentro de la historia. Yo miro al pasado con la misma sensación que ese ángel de la Historia, cuando miraba horrorizado hacia atrás, contemplando la catástrofe y destrucción generada por el progreso.

En esta ponencia quiero empezar hablando de la sombras, que fueron muchas, y terminaremos hablando de las luces que también fueron importantes.

 

 

LAS SOMBRAS DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL

 

 

1.-LA DESIGUALDAD

 

La sociedad estamental de la Edad Moderna se fundamentaba en la desigualdad: los que tenían sangre noble frente a los que no, los cristianos viejos frente a los neófitos, los burgueses ricos frente a los pobres, los hombres sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, etc.

Cualquier debilidad física –infancia, vejez, una enfermedad-, mental –síndrome de Down, etc.- o social, podía acarrear graves consecuencias para la persona en cuestión. Los pobres padecían no sólo los rigores de la carestía y el hambre sino también una gran discriminación social. Pobres, mendigos y vagabundos se metían habitualmente en el mismo saco, equiparándolos a personas mentirosas, borrachas e indignas. Y habría que recordar que la pobreza en el Antiguo Régimen era desmedida, se situaba entre el 10 y el 20% de la población y en épocas de guerras y de crisis alimentarias podía alcanzar el 25 y hasta el 50%.

 

 

2.-INTRANSIGENCIA RELIGIOSA

 

Desde tiempos de los Reyes Católicos se fue configurando en España un Estado casticista, donde sólo tenía cabida el homo christianus. Las minorías irreductibles serían expulsadas: los judíos en 1492 y los moriscos entre 1609-1614. En cuanto a las disidencias internas –erasmistas, iluminados y protestantes- serían controladas y cercenadas de raíz por la Inquisición.

        Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las órdenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. El caso es que salió de la Península el grueso de la comunidad judía, unos 100.000.

Se trató, de una verdadera “solución final”, pues, obviamente, expulsados los judíos se acababa definitivamente con el problema. Una decisión brutal, aunque menos que la decretada por los nazis en 1942 para su exterminio en los campos de concentración. Y esta última fecha no deja de ser curiosa porque se trata de los mismos números, anteponiendo el nueve al cuatro. Es posible que los Monarcas Católicos no previesen tal decisión que acarreó un quebranto económico notabilísimo, al tiempo que favorecieron el desarrollo de rivales tales como el imperio Otomano donde fueron bien recibidos.

Los siguientes en caer serían los moriscos, es decir aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Las opiniones intransigentes se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas. De Carmona salieron por el puerto de Sevilla 4/5 partes de los moriscos.

 

 

3.-LA ESCLAVITUD

 

La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otros para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otras personas pertenecientes a las clases subalternas que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como Don Quijote, a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres.

El caso de Carmona no es diferente al del resto de poblaciones de la Península Ibérica: la institución existió sin solución continuidad desde la Edad Media. Ya el sábado 22 de junio de 1496 se bautizó en la parroquial de Santiago a Francisco, hijo de una esclava del monasterio de Santa Clara. Ocho años después, exactamente el 26 de mayo de 1504, se cristianaban en la misma pila dos esclavas de la Duquesa de Arcos, con el nombre de María e Inés. Estos ejemplos son suficientes para verificar la esclavitud en esta localidad al menos desde finales de la Edad Media. De hecho, Carmona era un importante mercado secundario, muy ligado al de la capital hispalense, que a la sazón era uno de los mayores centros esclavistas de la Península.

         El 50% eran mulatos, la mayoría hijos de Esclava y blanco, y por tanto esclavos, aunque sus padres fuesen los mismos dueños.

El 40% eran negros que procedían de diversos lugares de África, los había Jelofes, Congos, Manicongos, Zapes, Biáfaras, Mandingas, Angolas, etc. Unos procedían de África, otros de América, y otros habían nacido ya en España, eran hijos o nietos de esclavos nacidos en España, por lo que ésta era su tierra.

         Y el 10% restantes eran blancos, y ahí había tanto bereberes de origen norteafricano, como moriscos y también, en la primera mitad del quinientos, un pequeño contingente de amerindios.

En cuanto a los compradores, no había un estamento determinado, pues cualquiera podía adquirir un esclavo si tenía dinero para ello. Si las personas del estado llano no compraban no era por oponerse a la institución sino porque no tenían patrimonio para ello. Había aristócratas, regidores, curas, monjas, agricultores, artesanos.

Su empleo era doble: primero, en las labores domésticas, y segundo, en el trabajo del dueño: agricultura, ganadería, gremios, etc. Se cotizaban a más precio las mujeres. Además, se vendían más esclavas que esclavos, bautizándose muchos de ellos a edad adulta una vez los adquiría el dueño. Todo parece indicar que había un mayor número de esclavas; de hecho en un padrón de 1665 se contabilizaron 210 esclavos de los que 130 fueron de sexo femenino, es decir, el 66,19%.

Que hubo un aprovechamiento sexual de las esclavas es algo que ya conocíamos y que fue duramente criticado por Montesquieu en su obra El Espíritu de las Leyes, de ahí que los precios de algunas jóvenes se disparasen. Lo cierto es que su uso sexual fue frecuente, siendo muchos de sus vástagos hijos naturales de los señores, aunque muy pocos lo reconocieran.

Mucho más controvertido es saber si se utilizaba su fecundidad para procrear nuevos esclavos. Se trata de un viejo debate de la historiografía, pues unos piensan que era rentable y otros que no, aludiendo a la alta mortalidad, al tiempo que la esclava debía estar sin trabajar y a la manutención del infante durante un largo período de inactividad. Sin embargo, rentable o no lo cierto es que en la Historia encontramos múltiples casos de irracionalidad económica; es más, la propia esclavitud era desde un punto de vista meramente económico irracional e inviable a largo plazo. En Carmona hay sobrados indicios para pensar que los dueños, al tiempo que impedían los matrimonios de sus esclavos, sí que favorecían su fecundidad. Muchos se convirtieron en grandes propietarios gracias a que tuvieron dos o tres esclavas que procrearon tres o más esclavos. Al final un propietario con tres esclavas en dos lustros se veía con una decena de esclavos.

En cuanto a las marcas a fuego hablaremos de los 63 esclavos berberiscos vendidos en Carmona entre 1617 y 1618. De ellos se especifica en 58 casos, de los que diez estaban sin herrar y 48 herrados. Todos los que carecen de marca de esclavitud tienen edades comprendidas entre los 5 y los 10 años. Entre los herrados los hay entre 5 y 30 años, siendo la media de edad de 14 años. Aunque hay niños de cinco años herrados, da la impresión que por lo general a los menores de diez años se les exoneraba temporalmente de la marca. Y ello, quizás por alguna luz caritativa o simplemente porque cuando se herraban tan pequeños, al crecer la marca se hacía imperceptible y había que volverlos a herrar de todas formas. La mayoría tenían dos hierros marcados a fuego aunque también los había con uno, y algunos con tres. Obviamente, todas las marcas se colocaban en lugares muy distintos aunque siempre en zonas visibles de la cabeza. Los hierros tenían distintas formas, aunque solo se especifican algunos: una flor, con la que estaba marcado Diego entre las cejas, dos rayas que tenía Yato en el lado derecho de la nariz y dos piquetes en la nariz y una estrella pequeña en el carrillo derecho que tenía Fátima, la esclava adquirida por doña Isabel de Vega.

         El tratamiento dependía del carácter del dueño y de la capacidad de obediencia y de resignación del eslavo. En 1622 Juan Martín donó a su esclavo Hamete, de 28 años, a servir como remero en las galeras reales por espacio de 6 años.

 

 

4.-EL ABANDONO DE NIÑOS

 

El grupo más vulnerable era el de los niños, pues padecían de manera muy especial las hambrunas, las carestías y el trabajo abusivo. Si ya de por sí el grupo infantil era el más sensible a las crisis alimentarias, el eslabón más desfavorecido de toda la cadena eran los expósitos y los huérfanos de padre y madre. Unos niños cuyas perspectivas vitales eran dramáticas, por verse alejados no sólo de una madre sino de la solidaridad de un clan familiar. Efectivamente, el hambre y las epidemias se cebaban con estos niños cuya tasa de mortalidad era elevadísima. Pero, en aquellos felices casos en los que sobrevivían la vida que les esperaba era aún más dura -si cabía- que la de los infantes de la clase subalterna.

Los hijos eran vistos como una carga económica, al menos durante la infancia ya que había que alimentarlos y no producían. De ahí que su abandono fuese el recurso menos costoso para muchas madres que no tenían la posibilidad de alimentar a sus vástagos, o que bien, querían evitar afrontar la carga antisocial que suponía un nacimiento ilegítimo.

Sin embargo, huelga decir que el abandono de los hijos era una actitud tolerada en aquella sociedad, incluso entre la clase noble. De hecho, mientras que las madres más pobres abandonaban a sus hijos, las ricas, los entregaban a nodrizas para su lactancia y cuando eran jóvenes a un preceptor o institutriz. Una práctica heredada posiblemente del mundo grecolatino, en el que la exposición pública de bebés para su adopción por parte de familias con pocos recursos era una práctica habitual y tolerada.

         En Carmona, igual que en otras zonas de España, nos encontramos con una importante cifra de hijos ilegítimos que en Carmona se movía entre el 7,5 y el 3,5%. Una parte de ellos eran esclavos, otros poseían madre –esclava, soltera o viuda- pero no padre y otros, eran expósitos, es decir, hijos de padres desconocidos. La documentación parroquial es muy elocuente en este sentido y suelen aparecer etiquetas muy típicas como: hijo de la iglesia, no se supo quien era su padre y madre, echado a la puerta de..., etc.

Estos últimos, es decir, los niños abandonados que no tenían padre ni madre, suponían aproximadamente el 1% de los bautizados y poco más del 40% de los ilegítimos.

Las posibilidades de supervivencia de estos infantes abandonados eran muy reducidas. Si ya era difícil la vida de cualquier niño de la época, con tasas disparatadas de mortalidad infantil, cuanto más la de estos desgraciados huérfanos. Algunas ciudades como Carmona o Sevilla disponían de casas cuna. En Sevilla había dos, una para niños y otra para niñas. En Carmona solo una, situada precisamente en la calle Cuna, en la collación de San Felipe. Eso hasta 1776 en que se funda el primer hospicio de niñas huérfanas, por doña Josefa Fernández de Córdoba, viuda del Marqués del Saltillo.

Pero salvo excepciones, estas casas cunas no eran ninguna garantía para el expósito. Sobre la de Sevilla que hay estudios, la mortalidad era calificada de catastrófica, hasta el punto de que estas casas cunas son denominadas por algunos historiadores como “morideros”. La mortalidad de estos niños expósitos superaba el 90 por ciento; no era fácil la supervivencia por dos motivos: primero, porque gran parte de la población pasaba hambrunas periódicas, y segundo, porque se necesitaba un ama de cría que no siempre se encontraba.

Fueron pocos los expósitos supervivientes, los mismos que padecieron una infancia robada. Lo mejor que les podía pasar a los supervivientes era acabar como criados de sus padrinos. Pero podía ser peor, otros muchos acaban engrosando el hampa, convirtiéndose en truhanes, mendigos o pedigüeños a los que cada cierto tiempo se reclutaban forzosamente como galeotes o remeros de las galeras reales o como mineros en las mortíferas minas de Almadén.

 

 

LAS LUCES

 

 

1.-INTEGRACIÓN DE MORISCOS

 

Jorge Maier estudió a los moriscos carmonenses, y llegó a la conclusión que una parte de ellos permaneció en la localidad tras su expulsión oficial en 1610; solo se expulsaron 125 moriscos de un total de 33 casas, cuando Carmona era una localidad donde había habido una amplia población morisca. Se quedaron un buen grupo de familias moriscas, particularmente las pertenecientes a la élite.

Uno de los casos más significativos es el del escribano Gregorio Alanís (1572-1653) por dos motivos: uno, porque todos sus contemporáneos sabían que descendía, por parte de padre y madre, de moriscos de rebelados en las Alpujarras. Y dos, porque ni podía incluirse en alguna de las excepciones decretadas por la Corona ni pidió ninguna licencia especial para garantizar su permanencia. Es decir, simplemente se quedó sin que nadie lo importunase en exceso para que saliese de Carmona como hicieron otras 125 familias. Por tanto, entre los moriscos carmonenses embarcados en Sevilla con destino al exilio magrebí no se encontró nuestro escribano, pese a tener sangre morisca por los cuatro costados. Bien es cierto que estos exilados eran, según el corregidor de la villa, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. En cambio, Gregorio Alanís, como veremos a continuación, había conseguido situarse entre la élite local. Y este aspecto es importante ya que cada vez está más clara la vinculación entre extracción social y exilio. La élite eludió con mucha más facilidad el cadalso, pues como ha ocurrido desgraciadamente siempre, molesta más el pobre que el rico. Gregorio Alanís tuvo una vida longeva de nada menos que 81 años, estando al pie del cañón como escribano durante varias décadas, hasta muy poco antes de su óbito en 1653. Un morisco de pura cepa que al igual que otros muchos, quedó incrustado en la sociedad cristiano vieja carmonense del siglo XVII.

De esa permanencia fueron conscientes los propios contemporáneos, de ahí que cientos de hermandades y cofradías así como diversos gremios mantuvieran en sus estatutos, aprobados en los siglos XVII y XVIII, la prohibición de acceso a personas que tuviesen ascendencia negra, judía o morisca. Pero, ¿qué sentido tenía incluir semejante cláusula si en teoría habían sido expulsados prácticamente todos? Está bien claro, todo el mundo sabía que muchos conciudadanos eran descendientes de antiguos conversos.

 

 

2.-LA INTEGRACIÓN DE LOS ESCLAVOS

 

Ya dijimos que Carmona fue un gran mercado de esclavos, muy vinculado a Sevilla, donde se vendieron entre el siglo XV y principios del XIX numerosas personas. Había negros, había berberiscos del norte de África y también amerindios.

Por ser más singular, citaremos el caso de estos amerindios. El 26 de mayo de 1504 se bautizaron en la parroquia de Santiago de Carmona dos amerindias, llamadas María e Inés. La partida decía así:

 

 

En domingo 26 de mayo bautizó Alonso Sánchez, capellán de la Señora Duquesa a María e Inés, indias esclavas de su señoría. Fueron padrinos Pedro García y Pedro Martín de Revilla, clérigos, y Francisco y Fernando de Santa Clara, sus criados

 

La propietaria está claro que era doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos, lo cual no tenía nada de particular porque la alta nobleza y el clero eran los grandes propietarios de esclavos.

         Una india, llamada Beatriz, que con catorce años llegó a la Península en un navío negrero en el cual viajaban cuarenta indios para ser vendidos en la Península. Tras múltiples penalidades se estableció en Carmona como esclava primero de Hernán Pérez de Castroverde y luego del regidor de Carmona Juan Cansino. En esta localidad esta india baja de cuerpo, delgada y con aspecto de india procreó nada menos que a seis hijos y, transcurridos veintisiete años, cuando ya era una adulta, decidió plantar cara contra su propietario y reclamar su libertad. Cuando le preguntaron los motivos por los que había esperado tanto tiempo para pedir su libertad respondió porque no sabía que lo podía reclamar hasta que por cierto mal tratamiento de palos que le dio el dicho Juan Cansino, vino a reclamar. Finalmente, consiguió la liberación, quedándose probablemente en Carmona.

Sobre los libertos tanto la documentación notarial como la Sacramental ofrecen una variada información. Curiosamente, las cartas de ahorría suelen describir muy bien al esclavo liberado porque solo identificándolo bien se podría garantizar que se iban a respetar sus derechos.

Con cierta frecuencia, los dueños otorgaban la libertad a sus más fieles servidores, bien en la última etapa de su vida, o bien, una vez que fuesen finados. Para ello, se solía otorgar una carta notarial en la que se especificaba la descripción física del liberado para que de esta forma le sirviese de documento justificativo. Cuando la liberación se hacía en una escritura de última voluntad no se solía protocolizar una carta de libertad aparte, sino que la cláusula en cuestión servía de documento oficial. Uno u otro documento debía ser guardado por el ya liberto, como si de un tesoro se tratase; era la prueba que tenía de su condición de libre, siempre bajo sospecha sobre todo si era de color negro o mulato.

En muchas ocasiones el final de toda una vida de sacrificio y lealtades incondicionales se compensaba con la libertad. Probablemente, la esperanza de la libertad debió ser uno de los acicates para que estos esclavos mantuviesen la lealtad y la discreción, evitando la desesperación. Incluso, en ocasiones les dejaban algunos bienes, normalmente la cama, y las prendas de su uso diario.

Otros premiaban así largos años de servicio, buen comportamiento y obediencia. Está claro que la liberación altruista como la generosidad fueron limitadas. Muchos no sólo no liberaron a sus esclavos en sus escrituras de última voluntad sino que, bien, los dejaron en herencia a sus herederos, o bien, ordenaron su almoneda y venta como si de cosas se tratara.

Algunas liberaciones eran mucho más sórdidas. Por ejemplo, Rodrigo de Góngora el Viejo, en su testamento fechado en 1525, liberaba a su esclavo Francisco con la condición de que se hiciere fraile en el convento de Santa Ana y “si no quisiese siga como eslavo”. Pero podía ser peor, la esclava mulata Marina de Rueda fue liberada en 1616 porque estaba imposibilitada para servir por algunas razones y achaques, tras haber servido más de 44 años. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

Ahora bien, encontramos numerosos libertos que como tales se ganaron su vida trabajando, otorgaron testamento y dejaron descendientes libres. El caso más llamativo de todos es el de un tal Antón Romero, que en sub testamento fechado en 1588 se aprecia su amplio capital y en la buena situación económica que dejó a sus dos hijos: Cristóbal Santana Romero y Antón Romero.

¿Y qué fue de estos amerindios, subsaharianos y berberiscos? ¿Desaparecieron? ¿Hicieron las maletas y se fueron? No desaparecieron, no se fueron, simplemente se integraron. El negro es recesivo con respecto al blanco. Se produjo el mestizaje porque muchas esclavas procrearon con sus dueños aunque estos nunca lo reconocieran.

         Cuando desapareció la esclavitud, no se marcharon; muchos de ellos no conocían otra patria que España. Simplemente se integraron. El negro es recesivo con respecto al blanco. Se produjo el mestizaje porque muchas esclavas procrearon con sus dueños aunque estos nunca lo reconocieran. Aunque ellas mismas lo desconozcan, algunas familias carmonenses tienen antepasados de color en su genética, aunque sean sus descendientes actuales de color blanco. Omito el nombre de esa familia porque a lo peor no les gusta saberlo

Siempre sospechamos que el mestizaje racial en Andalucía fue amplio. Sin embargo, hoy los estudios del ADN mitocondrial nos permiten obtener resultados sorprendentes y cotejar los datos entre la ciencia exacta y la historia. En el único estudio que se ha realizado en Andalucía sobre 419 individuos de distintos pueblos y villas que demostraron al menos dos siglos de permanencia los resultados fueron los siguientes:

 

-94,2% de origen europeo

-2,1% negro subsaharianos

-1,6 berberisco del norte de África

-2% otros orígenes

(Fuente: Lopez Soto, M. y otros: Int. Congress Series 2006).

 

Los datos de mestizaje son inferiores a los que yo sospechaba, sin embargo demuestra que 6 de cada cien andaluces tienen genética extraeuropea dominante.

 

 

3.-MULTICULTURALIDAD

 

El arte mudéjar, tan abundante en Carmona es una buena muestra del aprecio por la cultura musulmana que existía. Los alarifes mudéjares o moriscos estuvieron construyendo en Carmona a su usanza hasta poco antes de expulsión en 1609. ¿Por qué seguían construyendo a la usanza moruna? Pues porque a la gente le gustaba el estilo. Ya lo hizo Pedro I cuando se construyó la fachada de su alcázar de Sevilla. Recuerda a la Alhambra pero hay una diferencia, no es arte islámico sino mudéjar, es decir cristiano, pero se le reconocía una superioridad estética.

         A nivel cultural, los negros impresionaban en la Edad Moderna por su cante y por su música. Tenemos constancia de la participación de negros y de miembros de otras minorías, como moriscos y gitanos, en los desfiles del Corpus Christi de muchas ciudades tanto de España como de América. Unos desfiles encontramos múltiples elementos paganos, como tarascas, cabezudos, gigantes y grupos de bailarines. Danzas de romeros, zarabanda o el guineo como hacían los Negritos que participaban en el Corpus sevillano, celebrando bailes y otras diversiones. Al parecer, estos al igual que los gitanos tenían la obligación de procesionar en dicho desfile, realizando danzas de sarao y danzas llamadas de negros, muy populares entre la población al menos hasta principios del siglo XVIII.

         Seguro que en la Chacona, la jarcha, el zéjel, el majurí y en otras formas de folklore Andaluz hay influencias moriscas, gitanas pero también subsahariana.

 

 

CONCLUSIÓN

         Y para finalizar me gustaría destacar tres cuestiones

 

1.-Hubo mezcla racial, pues decenas de subsaharianos, magrebíes y algunos amerindios se integraron socialmente en Carmona.

 

2.-Los más pobres tuvieron más dificultades para integrarse. Pasaba un poco como ahora, que los inmigrantes no tienen problemas si tienen dinero, pero no si son pobres. A muchos inmigrantes se les discrimina no por ser de otra raza sino por ser pobres. En la Edad Moderna, pasó algo parecido, conversos o moriscos ricos de la élite no tuvieron demasiadas dificultades para integrarse socialmente. Otros, los más pobres, no tuvieron tanta suerte.

 

3.-Hubo influencias culturales mutuas; nuestra cultura y nuestro folclore tiene deudas sobre todo con el mundo africano y, en menor medida, amerindio.

 

4.-Pero, pese a las influencias culturales mutuas y a la integración de una parte de estas minorías étnicas, era una sociedad injusta, que expatriaba a unos y dejaba morir a los niños expósitos. Por ello la única justicia social que existía era la propia muerte que terminaba por igualar finalmente a todos:

 

         Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.

 

Bien es cierto, que la clase pudiente se empeñaba en prolongar la desigualdad más allá de la muerte. Las pompas fúnebres y las misas a perpetuidad intentaban que los ricos tuviesen un mejor lugar en la otra vida frente a los pobres desheredados que no disponían de recursos para pagarse una mísera misa por la redención de su alma. Una idiosincrasia que obviamente iba contra la línea de flotación de la religión profesada por Jesucristo en la que como él mismo dijo los últimos serían los primeros. Pero está bien claro que nadie pensaba así en la Edad Moderna, ni los ricos ni, por supuesto, los resignados pobres.

 

ORIENTACIONES BIBLIOGRÁFICAS

La mayor parte de los datos son inéditos y proceden de documentación de archivo que he extractado en los últimos veinticinco años. Los datos bibliográficos proceden de dos obras de mi autoría:

 

-“Indios y mestizos en la España del siglo XVI”. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-“Una venta masiva de esclavos berberiscos en Carmona, 1618-1619”, Archivo Hispalense, Sevilla, 2016 (en prensa).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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1.-INTRODUCCIÓN

       

        No cabe duda que el fenómeno cofradiero era genuinamente masculino. De hecho, los miembros de estas corporaciones eran mayoritariamente hombres, pues, como escribió José Sánchez Herrero, en la cofradía barroca la mujer tiene cabida pero como una hermana de segunda1. Y obviamente no debemos sorprendernos por esto, pues, las cofradías eran una manifestación más de una sociedad en la que las féminas estaban injustamente relegadas2. No olvidemos que, en mayor o menor grado, casi todas las religiones monoteístas priman al sexo masculino, estando las mujeres bajo la autoridad del varón3.

         En la mayor parte de las cofradías de laicos había mujeres, en algunos casos hijas de..., o la mujer de..., delatando abiertamente su dependencia con respecto al hombre. De hecho, en algunos testamentos, sobre todo del siglo XVI encontramos casos de mujeres que solicitaban ser enterradas por una determinada hermandad como a mujer de hermano que soy. Desde los orígenes se vio privada de los órganos de decisión de las cofradías, e incluso, marginada a lugares concretos en los desfiles procesionales4. Desde el siglo XVII y, sobre todo, en la siguiente centuria las hermandades se abrieron a la incorporación de hermanas en las mismas condiciones de enterramiento que los hermanos de número. Pese a ello, en ningún momento formaron parte de los órganos de decisión y prueba de ello es que no las encontramos nunca en las listas de asistentes a los cabildos generales5.

 

2.-COFRADÍAS DE MUJERES

        

        Dicho esto, mencionaremos la existencia de algunas cofradías de mujeres. Éstas tenían su importancia pues constituían una de las pocas formas que tenía la mujer de participar en la vida pública. Por ello, jugaron un papel destacado a lo largo de la Edad Moderna. Nos referimos especialmente a las congregaciones de mujeres de la Orden Tercera que estaban formadas por personas de este sexo. En estas asociaciones religiosas era frecuente que las mujeres nombraran entre ellas a su mayordoma, hermana mayor o hermana superiora así como a los demás cargos del cabildo6. La mayoría de ellas se dedicaban a la oración o a lo sumo al rosario público. Pero, en general, eran mucho más interioristas que las de hombres, es decir, se dedicaban más a la oración, a la meditación y a los ejercicios espirituales. Sin embargo, hubo algunas que adoptaron el papel penitencial, sacando sus imágenes titulares en Semana Santa de la misma forma que lo hacían las demás cofradías7. Estas congregaciones proliferaron especialmente en el siglo XVIII, siendo la mayor parte de ellas rosarianas8. Ahora bien, todas ellas estaban supervisadas cuanto menos por el clero parroquial, es decir por hombres9.

        En Carmona tenemos constancia de la existencia de varias corporaciones femeninas, todas ellas fundadas en el siglo XVIII. Entre ellas, debemos destacar a las Esclavas de la Virgen de los Dolores que formaban, al menos en 1744, una hermandad aparte aneja a la hermandad de Jesús Nazareno, sitas ambas en la iglesia parroquial de San Bartolomé. Fruto de una segregación de las Esclavas, en 1786, un grupo de mujeres formalizaron la erección de una hermandad Servita en el vecino templo de El Salvador10. Ambos institutos se enzarzaron en un litis en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la segunda quiso intitularse de la misma forma que la primera. Estos dos casos son muy conocidos en Carmona, entre otras cosas porque perviven ambas corporaciones, las primeras integradas en la cofradía de Jesús Nazareno y, las segundas, como instituto independiente.

Sin embargo, tenemos noticias de al menos otras dos cofradías: una, en la iglesia de San Pedro, donde tenía su residencia canónica la congregación rosariana de Nuestra Señora de las Mercedes, formada exclusivamente por féminas. Ahora bien, como no podía ser de otra forma, estaban tuteladas por los presbíteros de San Pedro, quienes presidían los cabildos. Y por supuesto, las escrituras otorgadas ante escribano, las hacían siempre con testigos masculinos, en algunos casos los mismos religiosos de su templo parroquial. En cualquier caso esta vida corporativa les permitía una cierta participación pública propia aunque, cómo no, siempre bajo la tutela, supervisión y protección de hombres. Estuvo muy activa desde mediados del siglo XVIII y en el XIX. Conocemos los nombres de algunas de las hermanas que ostentaron el cargo de esclava mayor: Juana Cuadrado salió electa en enero de 1756 y fue reelegida sucesivamente en enero de 1757 y de 1758, mientras que en 1759 resultó electa doña Josefa de Talavera11. En 1780 lo fue doña Petronila Talavera, en 1781 Gertrudis Beltrán y en 1782 María Rodríguez de Molina12.

La otra cofradía femenina de que tenemos noticia en Carmona es, una rosariana fundada en 1739 en la iglesia de San Blas, bajo los auspicios de la Marquesa del Saltillo. De esta última disponemos de muy pocas referencias documentales por lo que no es posible de momento verificar el período en el que estuvo en activo13.

 

3.-OTRAS FORMAS DE PARTICIPACIÓN DE LA MUJER

       

        Las mujeres también tuvieron una participación destacada como camareras de vírgenes algo que fue muy común a lo largo de la Edad Moderna y, por supuesto, en la Contemporánea. No en vano, se consideraba que era una actividad típicamente femenina por lo que las imágenes más devotas solían contar con una camarera, oficio que en algunos casos se heredaba de madre a hija14.

Caso muy significativo es el de doña Beatriz de Barrientos y Villafuerte, mujer de Cristóbal Antonio Barba de Mendoza que, hasta 1685, estuvo más de treinta años ejerciendo de camarera de la Virgen de Gracia, custodiando en su casa las alhajas de la imagen15.

Por su parte doña Teresa Maraver Ponce de León y sus descendientes eran las camareras perpetuas de la Virgen de los Reyes de la iglesia Prioral de Santa María16. También la titular de la hermandad de Nuestra Señora del Escapulario, con sede en el templo conventual de Nuestra Señora del Carmen, tuvo una camarera propia encargada de su aseo. Tras la exclaustración de los frailes su última camarera, doña Manuela Iglesias, depositó las alhajas de la titular en la iglesia Mayor de la localidad.

 

 

4.-CONCLUSIÓN

 

En líneas generales el caso de la mujer carmonense no difirió en absoluto del que sufrió en el resto de España. Es decir, padeció la discriminación propia de la época, viviendo o sobreviviendo en todo caso a la sombra del varón. No obstante, en estas páginas se entrevén no pocos casos de mujeres que, por distintos motivos, destacaron en aquel mundo hostil. Pese a las ideas discriminatorias de la época, muchas féminas encontraron sus propios cauces de participación pública, sobre todo a través de las hermandades y de la Iglesia. Siempre estuvieron tuteladas y vigiladas de cerca por varones: hermanos, maridos, padres o, simplemente, su confesor o su párroco. Muchas de ellas hicieron donaciones, fundaron cofradías, establecieron memorias y obras pías o financiaron obras de arte. A través de ese pequeño espacio que la sociedad de la época les dejó asoman los nombres de un puñado de mujeres carmonenses que gozaron de una cierta capacidad de decisión y de libertad. Casi todas ellas, como no podía ser de otra forma, pertenecieron a la élite local, siendo su dinero y el prestigio de sus respectivos linajes los que les permitieron mantener ese grado de independencia.

 

APÉNDICE I

 

Cabildo de la cofradía rosariana de Nuestra Señora de las Mercedes, 4-XI-1781.

 

En el nombre de Dios amén. En la ciudad de Carmona en cuatro de noviembre año mil setecientos ochenta y uno, estando en la iglesia del señor san Pedro parroquial en esta misma ciudad, ante mi el escribano y testigos parecieron don José Canelo, presbítero vice-beneficiado y don Juan Mexía, cura teniente de la enunciada iglesia de san Pedro: doña Petronila Talavera, esclava mayor de la hermandad del Santísimo Rosario de Nuestra Señora de las Mercedes, sita en la dicha iglesia parroquial de San Pedro, doña Gertrudis Beltrán, doña Rosa Roa, doña Ramona de la Barrera, doña Antonia Vázquez, doña Rosalía Gutiérrez, doña Ana Vázquez, doña María Martínez, doña Severina Duarte, doña María de Gracia Vázquez, doña Ignacia de los Ríos, doña Antonia de Prados, doña Isabel de Prados y doña María de Prados, todas de esta vecindad y esclavas que igualmente expusieron son de dicho santísimo rosario y la insinuada doña Petronila Talavera dijo: que por ser muchas ocupaciones no podía continuar su encargo de esclava mayor por lo cual así ésta como las demás hermanas excepto dicha doña Gertrudis Beltrán, de un acuerdo y conformidad nombraron por tal esclava mayor del referido santísimo rosario de Nuestra Señora de las Mercedes a la misma doña Gertrudis Beltrán para que lo sea durante su voluntad o de la hermandad desde hoy en adelante y que prestando como prestaban en forma caución de rato grato por las demás esclavas que eran y fueren de la mencionada hermandad la rija y gobierne, perciba y cobre sus bienes, rentas, efectos y limosnas y disponga de ellas en los fines de su destino; administre y cuide sus fincas, de simples recibos, otorgue escrituras de arrendamiento, cartas de pago y las demás necesarias con todas las cláusulas, condiciones, obligaciones, renuncias, requisitos y demás circunstancias que conduzcan…

         La nominada doña Gertrudis Beltrán aceptó dicho empleo de esclava mayor en cuyo testimonio así lo dijeron y otorgaron, firmaron las que saben y con las que expresaron no saber y a su ruego un testigo, y también firmaron dichos vicebeneficiados y teniente de cura por haber presidido el mencionado cabildo. Fueron testigos don Miguel Roales, clérigo de menores, Juan Núñez y Alonso Caballero, vecinos de esta ciudad, doy fe de conocimiento de las otorgantes y de los mencionados don José Canelo y don Juan Mexías.

(APC. Escribanía de Agustín López Cebreros 1781, fols. 242r-242v)

 

 

 

APÉNDICE II

 

Cabildo de la Esclavitud, 29 de mayo de 1757.

 

        En la ciudad de Carmona en veintinueve días del mes de mayo de mil setecientos cincuenta y siete años, estando en la iglesia parroquial de señor san Bartolomé de ella donde yo el presente escribano fui llamado por la esclava mayor de Nuestra Señora de los Dolores, sita en dicha parroquial que lo es doña Antonia de León y la excusó dicha congregación con otras mujeres esclavas para celebrar el cabildo a fin de nombrar hermanas que le sucediera, consiliarias y secretaria a dicho fin parecieron ante mi presentes don Bartolomé Jiménez del Hierro, presbítero beneficiado propio de la parroquia de Santiago, comisario del santo oficio, se expresó por el susodicho que habiendo cumplido la enunciada doña Antonia de León el año en que había sido nombrada por tal esclava mayor y estándose preciso el hacer elección de otra para el sucesivo año determinaren la hermana que tuviese las circunstancias correspondientes para ello y del propio modo lo ejecutasen en las consiliarias y secretaria lo que entendido por la susodicha que las que son se expresaron por los nombres con que firman y otras muchas que concurrieron señal por no saber firmar una por una secretamente fui tomando los votos y dieron el suyo veinticinco hermanas, nombrando para esclava mayor y por tiempo de un año a doña María Cárdenas y a doña Antonia González y doña Juana Meléndez cada una hubo un voto para el propio empleo. Lo que habiéndose hecho notorio quedó electa por la esclava mayor la enunciada doña María Cárdenas a quien habiéndosele noticiado el nombramiento lo aceptaba y pasaron a hacer elección de consiliarias y nombraron por primera en conformidad a doña Teresa Cordero y por segunda a doña Leonor Pérez de Rivera y por secretaria a Josefa de Armijo a las que habiéndoseles noticiado lo aceptaron igualmente.

Y hecho lo referido todas dijeron por voz como tales aceptaban u en nombre de las demás que lo eran y dicen que otorgaban y consentían y daban y dieron a la referida doña María Cárdenas tan cumplido poder como necesita para que durante el enunciado año haga, perciba y cobre todos los maravedíes y limosnas pertenecientes a la dolorosa imagen distribuyéndolos en el culto y funciones de la Señora y si alguna cantidad fuese necesario dar recibo lo pudiese hacer e hiciese todo lo demás conveniente a favor de la esclavitud pues el poder que para ello necesitase y se le daban sin limitación alguna.

Y a la firmeza de lo cual en todo obrase obligaban los efectos de la referida esclavitud habidos y por haber bajo el poderío de justicias que de ello debiesen conocer y así lo otorgaron y firmaron y por las que no un testigo que lo fueron don Juan Franco, don Francisco Roales y Alonso Enrique, cura, presbítero y sacristán de dicha iglesia.

(APC Agustín López Cebreros 1757, fols. 368r-368v)

1    SÁNCHEZ HERRERO, José: "Las cofradías de Semana Santa de Sevilla durante la modernidad", en Las cofradías sevillanas en la Edad Moderna. Sevilla, Universidad, 1999, p. 95.

2    En el siglo XVIII se sostenía que la mujer debía ser "pacífica y obediente, solícita sexualmente y recogida en el hogar...Todavía más. La mujer prudente debe discurrir cómo dar gusto permanente a su marido, pensando en complacerlo y en dividir la dedicación de su tiempo personal entre él y Dios...". FERNÁNDEZ, Roberto: "La mujer cristiana en la España del setecientos. A propósito de la familia regulada de Antonio Arbiol", en El Conde de Aranda y su tiempo, T. I. Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2000, p. 41.

3 El propio Jesús de Nazaret, como judío que era y con un pensamiento acorde a su tiempo, relegó a la mujer a un papel de muy segundo orden. Como ha escrito Mario Saban, si hubiese querido darle un papel relevante hubiese incluido alguna fémina entre sus apóstoles. SABAN, Mario Javier: El judaísmo de Jesús. Buenos Aires, Editorial Saban, 2008, p. 537-538.

4    Esta practica está documentada en muchas cofradías. Conocemos el caso de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona en la que el cabildo de la ciudad informó de la necesidad de mantener una tradición discriminatoria. Así, propusieron que, si alguna mujer quisiera acudir a la procesión de penitencia, no podrá ir interpolada entre los nazarenos sino detrás de dicha procesión, sin insignia ni otra cosa que mire a otro objeto más que acompañar a la Virgen. Informe del cabildo de Carmona sobre las reglas de la Hermandad de Jesús Nazareno, Carmona, 20 de julio de 1786. MIRA CABALLOS, Esteban: "El informe del cabildo de Carmona sobre las reglas de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona", Boletín de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Carmona, 2001.

5 Encontramos decenas de testamentos en las que las otorgantes declararon ser hermanas de número de diversas cofradías. Sin embargo, en los numerosos cabildos generales que se protocolizaron no hemos encontrado la presencia de ninguna mujer. No puede ser casualidad; estaban apartadas de todos los órganos de decisión, incluso del cabildo general. En España se conocen algunos casos de integración igualitaria de la mujer en las hermandades pero se trata de excepciones que no hacen otra cosa que confirmar la regla. Por ejemplo, en los estatutos de la hermandad de la Veracruz de Rute se especificaba la igualdad entre los hermanos de ambos sexos, prohibiendo sin embargo a las mujeres disciplinarse en la procesión. Igualmente en la hermandad de la Veracruz de Villabuena del Puente se les otorga a los hombres y a las mujeres las mismas condiciones, incluso la posibilidad de participar en el desfile penitencial en idéntica situación. GARCÍA ÁLVAREZ, Pedro: "Mujeres disciplinantes en una cofradía zamorana de la Vera Cruz en el siglo XVI: Villabuena del Puente", Actas del III Congreso Nacional de hermandades y cofradías, T. I. Córdoba, Cajasur, 1997, p. 514.

6    Éste era el caso de la Congregación Servita de la Virgen María de los Siete Dolores de Zahinos. BOBADILLA GUZMÁN, Francisco Luis: Conozco mi pueblo. Zahinos. Zafra, 1992, p. 60.

7 Así ocurría en la congregación Servita de Nuestra Señora de los Dolores de Feria que sacaba el Viernes Santo a la Virgen de la Soledad en estación pública de penitencia.

8 Inicialmente las mujeres se integraron en los cortejos rosarianos con los hombres, según Carlos José Romero Mensaque habrá que esperar a la segunda década del siglo XVIII para que encontremos los primeros cortejos rosarianos exclusivos de féminas, especialmente desde las misiones de fray Pedro Vázquez Tinoco O. P. ROMERO MENSAQUE, Carlos José: “La cofradía del Rosario de Zufre. Una aproximación a la historia del fenómeno rosariano en la Sierra”, Actas de las XXII Jornadas del patrimonio de la Comarca de la Sierra. Higuera de la Sierra, Diputación Provincial 2009, pp. 183-199.

9 Así ocurría, por ejemplo, en la cofradía de mujeres de San Águeda de Barcelona, cuyas finanzas eran administradas por hombres nombrados para tal efecto. ARIAS DE SAAVEDRA, Inmaculada y Miguel Ángel LÓPEZ MUÑOZ: “Cofradías y ciudad en la España del siglo XVIII”, Studia Historica, Historia Moderna Nº 19. Salamanca, 1998, pág. 208. Reproducido en su libro: La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada, Universidad, 2002, págs. 103-150.

10 El Curioso Carmonense (Edición de Antonio Lería) Carmona, S&C Ediciones, 1997, pp. 117 y 119.

11 Cabildo del 1 de enero de 1757. APC, Diego Piedrabuena 1757, foliación perdida; Cabildo del 7 de enero de 1759. APC, Diego de Piedrabuena 1759, fol. 11r-11v.

12Cabildo del 4 de noviembre de 1781. APC. Escribanía de Agustín López Cebreros 1781, fols, 242r-242v y Cabildo del 29 de diciembre de 1782. A.P.C. Agustín López Cebreros 1782, fols. 337r-338r. Entre las hermanas asistentes a estos dos últimos cabildos se mencionan lo siguientes nombres: doña Gertrudis Beltrán, doña Rosa Roa, doña Ramona de la Barrera, doña Antonia Vázquez, doña Rosalía Gutiérrez, doña Ana Vázquez, doña María Martínez, doña Severina Duarte, doña María de Gracia Vázquez, doña Ignacia de los Ríos, doña Antonia de Prados, doña Isabel de Prados y doña María de Prados, doña Josefa Velázquez, doña Petronila Talavera, doña Ana Talavera, doña Ramona Barrera, doña María Martín, doña Antonia Serrano, doña Bárbara Alcaide, doña Gabriela de Acevedo, doña María Rodríguez y Molina y doña Francisca Viso, doña Antonia Domínguez, doña Isabel de Cota, doña Ana García y doña María Garrido.

13 ROMERO MENSAQUE, Carlos José: “El fenómeno rosariano en la ciudad de Carmona. Apuntes para su estudio”, Boletín del Consejo de Hermandades y Cofradías de Carmona. Carmona, 2008, p. 49.

14 Se trata de ocupaciones comúnmente reservada a mujeres, como las tareas del hogar, el aseo de las imágenes, la asistencia en el parto o el amortajamiento de finados. Conocemos muchos casos de matronas que llegaron a gozar de gran prestigio. Según El Curioso Carmonense, el convento de Santa Clara fue fundado en 1463 por dos honestas matronas. El Curioso Carmonense…, Ob. Cit., p. 97. En relación a su labor en el amortajamiento de cadáveres también disponemos de sobrados testimonios. Por citar sólo uno, en septiembre de 1563, murió un transeúnte en el mesón los Leones de Carmona y las autoridades llamaron a unas mujeres para que amortajaran su cuerpo. A.P.C., Escribanía de Pedro de Hoyos 1563, fols. 1080r-1081v.

15 El 16 de abril de 1685 hizo entrega a los frailes Jerónimos de todas las alhajas de la Virgen, ante el escribano Juan de Santiago, alegando problemas graves de salud.

16 Expediente sobre un vestido nuevo para la Virgen de los Reyes que habían costeado los feligreses con la ayuda del concejo que puso los 1.800 reales que faltaban, Carmona, 13 de mayo de 1772. Archivo Municipal de Carmona, Leg. 1061.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          Juan de Valdés Leal es sin duda uno de los pintores más afamados de la escuela sevillana del Siglo de Oro. Nacido en Sevilla en 1622, se trasladó pronto a la ciudad de Córdoba donde al parecer se formó como artista entre fines de la década de los treinta y principios de los cuarenta. Desconocemos quien fue exactamente su maestro aunque al menos sí que se notan en sus cuadros influjos de varios pintores cordobeses y sevillanos, como Antonio del Castillo, Juan de Uceda, Francisco Varela, Francisco de Herrera el Viejo y Francisco de Herrera el Joven.

           Pese a la enorme revalorización que ha experimentado a lo largo del siglo XX, especialmente a partir de la publicación de los trabajos de José Gestoso y Celestino López Martínez, todavía hoy es posible encontrar manuscritos inéditos sobre su vida y su obra.

           De todas las obras conocidas de su periodo de juventud, los lienzos pintados para el monasterio de Santa Clara de Carmona (Sevilla), realizados cuando contaba con tan solo 31 años, son su primera gran empresa pictórica donde hizo gala por primera vez de un gran empeño creativo.Se trata de una suma de lienzos en los que el pintor sevillano se muestra inmerso en un barroco impetuoso, evocador del espíritu rubeniano y berninesco (Pérez Calero, 1991).

           Desgraciadamente, los problemas económicos sufridos por las monjas franciscanas carmonenses a raíz de los procesos desamortizadores del siglo XIX provocaron que los lienzos fuesen vendidos en 1910 al erudito y arqueólogo Jorge Bonsor y retirados de su lugar original en los paramentos de la capilla carmonense. De manera que la dispersión ha provocado la pérdida de la coherencia iconográfica de la posición del conjunto. Se trataba de seis telas, cuatro conservadas actualmente en el Museo March de Palma de Mallorca y las dos restantes el de Bellas Artes de Sevilla. Concretamente los temas eran los siguientes: El obispo de Asís entregando la palma a Santa Clara, la Profesión de Santa Clara, el milagro de Santa Inés, la procesión de Santa Clara, la retirada de los Sarracenos y la muerte de Santa Clara.

           Pues bien, todo este conjunto de óleos se consideraba salidos del taller de Valdés Leal exclusivamente por comparación estilística y porque uno de ellos estaba firmado y fechado en 1653. Sin embargo, se desconocían múltiples aspectos relacionados con estas pinturas, como la fecha exacta del contrato, el tiempo que se empleó en su ejecución, el lugar donde fueron pintados, etc. La aparición de este documento en el Archivo de Protocolos de Carmona dio respuesta a la mayor parte de estas interrogantes. El contraro se firmó en Carmona el 1 de diciembre de 1652. El pintor declaró ser vecino de Sevilla en la collación de Santa Marina y el plazo de entrega se fijó en dos meses a partir de la fecha de la carta. Un período extremadamente breve para un conjunto de varios lienzos de bran formato y de un gran acabado técnico y estético. El precio total se fijó en 3.300 reales, de los que 1.400 se abonaron en el mismo momento de la firma de la carta.

           En resumen, un valioso documento que aporta luz a una de las mejores obras de la etapa de juventud del gran pintor sevillano, uno de los más representativos de la pintura barroca española.

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

          Obligación, el convento de Santa Clara contra Juan de Valdés, pintor, Carmona 1 de diciembre de 1652.

 

 

          "Sepan cuantos esta carta vieren como yo Juan de Valdés, maestro pintor, vecino de la ciudad de Sevilla, collación de Santa Marina de ella, otorgo y conozco en favor del convento y monjas de Santa Clara de la ciudad de Carmona que me obligo de hacer y pintar para la iglesia del dicho convento los dos arcos colaterales de la Historia de Santa Clara que ha de ser en lienzo, en la forma que está tratado y conferido con el dicho convento y monjas. Y lo ha de acabar dentro de dos meses que corren y se cuentan desde hoy dia de la fecha de esta escritura y por la cuarta parte de pago confieso haber recibido mil y cuatrocientos reales a cuenta de los tres mil y trecientos en que fueron concertados con el dicho convento que me han de dar como fuere haciendo la obra que han de irme dando dinero de forma que al fin del dicho tiempo me han de acabar de pagar la dicha cantidad y de la dicha cantidad otorgo carta de pago y me doy por entregado de ellos y de los dichos mil y cuatrocientos reales con lo que renuncio la ejecución de la innumerata, pecunia y leyes de la entrega, prueba del recibo como en ella se contiene y si así no hiciere y cumpliere lo contenido en la dicha escritura pueda buscar el dicho convento otro maestro del dicho oficio que le acabe y por lo que más le costare y recibido no ha de poder enviar y ejecutar a la dicha ciudad de Sevilla ni a otra parte donde estuviere y mis bienes y a la persona que a él le refiere me obligo de le dar y pagar quinientos reales de salario en cada un dia de todos los que se ocupará en la ida, estancia y vuelta las veces que fuere necesaria hasta la real paga todo lo que él pagare como lo principal con solo declaración y juramento de la parte del dicho convento o de quien su causa hubiere en que ha de quedar y queda diferido sin otra prueba de que en ello y para ellos y al cumplimiento obligo mi persona y bienes habidos y por habery doy poder cumplido bastante a las justicias y jueces de Su Majestad para la ejecución de ello y en él por oficiales de la ciudad de Carmona cuyo fuero y jurisdicción me someto con mi persona y bienes solo en razón declararme como declaro que ...

          Hecha la carta en Carmona en fecha un día del mes de diciembre del seiscientos y cincuenta y dos años y el dicho otorgante lo firmó y presentó por testigos de su conocimiento a Diego Muñoz y Agustín Franco vecinos de Sevilla estantes en esta ciudad los cuales debajo de juramento que hicieron en forma de derecho dijeron que conocen al dicho Juan de Valdés y que es el contenido que otorgó la escritura pública siendo testigos el licenciado Juan Moreno y el licenciado Francisco Romero y Francisco Nolda, vecinos de Carmona.

 

(A.P.C. Escribano Francisco Muñoz de Alanís, 1652, ff. 620-620v).

 

PARA SABER MÁS:

 

GESTOSO Y PÉREZ, José: Biografía del pintor sevillano Juan de Valdés Leal. Sevilla, 1916.

 

LÓPEZ MARTÍNEZ, Celestino: Valdés Leal. Sevilla, 1922.

 

VALDIVIESO, Enrique: Historia de la pintura sevillana. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1992.

 

VILLA NOGALES, Fernando y Esteban MIRA CABALLOS: “Un documento inédito sobre el pintor Valdés Leal”, Archivo Español de Arte Nº 295. Madrid, 2001, pp. 299-301.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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 (Publicado en la revista Ecce Homo de la hermandad de la Esperanza, Nº 20. Carmona, cuaresma de 2012).

       Durante este período la hermandad vivió uno de los momentos más duros de su historia: la supuesta ruina del templo matriz y el exilio forzado, en 1778, al cercano monasterio de Madre de Dios. Y ello a pesar de la gran acogida que disfrutaron por parte de las religiosas dominicas. Allí permanecieron por espacio de casi un lustro, manteniendo todas las actividades del instituto. De hecho, en un cabildo de la hermandad del 3 de mayo de 1782, declaraban estar presentes en la iglesia conventual por estar el templo parroquial de El Salvador casi demolido1. Por cierto que en este cadalso les acompañaron las restantes hermandades residentes en el abandonado templo parroquial, a saber: la Sacramental, la de Ánimas y la del Santísimo Rosario2.
       Casi cinco años permanecieron las cuatro corporaciones en el convento de Madre de Dios, en el que siguieron celebrando sus actos instituciones y mutualistas. En concreto la hermandad de la Esperanza continuó convocando periódicamente sus cabildos, sus misas solemnes y sus petitorios3. Bien es cierto que las salidas procesionales en Semana Santa estuvieron suspendidas por algún tiempo. La causa aducida era simplemente la necesidad que tenía la Virgen de la Esperanza de un manto nuevo que, al parecer, estrenó en la Semana Santa de 1783. Sin embargo, es posible que hubiese otras causas que en estos momentos se nos escapan, como: el problema de la salida desde otro templo, un menor apoyo social dentro de la perpleja feligresía de El Salvador, la existencia de preocupaciones más perentorias por la pérdida de su capilla propia y también por las actuaciones del Conde de Aranda para fiscalizar y controlar a las hermandades. Y es que su exilió coincidió con un período crítico para las cofradías que empieza con la desamortización de sus bienes y culmina con el saqueo de conventos, ermitas e iglesias durante la Guerra de la Independencia4.
        No es difícil imaginar la crispación que debió producir en los hermanos el abandono del templo que los había cobijado desde su fundación en el siglo XVI. Atrás dejaban una magnífica capilla propia que, desde 1681, disfrutaba de pinturas de colores finos, realizada por el pintor local Francisco Antonio de la Peña. Probablemente se trataba de una de las mejores capillas del templo, la cual abandonaron para nunca más regresar. Pese a la excelente acogida en Madre de Dios, su situación fue en todo momento provisional y además no gozaban ni mucho menos del espacio que ellos habían disfrutado en su templo matriz.  
        En este lustro en el que la cofradía estuvo fuera de su sede canónica, hubo un personaje que desempeñó un papel clave y que merece la pena recordar. Se trata de Manuel de Santiago, una persona que se entregó por entero a su querida hermandad, allá por la segunda mitad del siglo XVIII y que puede servir de estímulo y de inspiración a otros que lo siguen haciendo más de dos siglos después. Sabíamos que ya había desempeñado el cargo de prioste de su hermandad de toda la vida en 1756 (Lería, 1998: 105). Sin embargo, desde 1768 lo fue de forma ininterrumpida hasta 1783, es decir, por espacio de tres lustros. Pese a ser una persona de cierta edad y, al parecer, achacosa se entregó en cuerpo y alma a la corporación hasta el punto que, cuando rindió cuentas, resultó alcanzada la hermandad en 829 reales y 30 maravedís. Es decir, que no sólo no desfalcó, como hacían comúnmente otros muchos priostes, sino que gastó de su bolsillo cantidades importantes en beneficio de la misma. Y lo más importante de todo, el buen hombre no quiso dejar el cargo hasta ver a sus titulares de vuelta en su templo parroquial, recuperando totalmente la normalidad y, por supuesto, cumpliendo con su estación de penitencia.
         Su traslado definitivo al nuevo recinto parroquial, la antigua iglesia de los jesuitas, ocurrió, finalmente, el 20 de abril de 1783 en medio de un gran júbilo que duro esa noche y el día siguiente cuando se celebró fiesta solemne, con sermón y música. En la misma Real Cédula que autorizaba su traslado, constaba el cambio de advocación del templo jesuítico que dejaría de llamarse de San Teodomiro para asumir el de la parroquia trasladada de San Salvador, en honor al Salvador del Mundo. Justo trece días después del traslado, Manuel de Santiago renunció en cabildo a su cargo. Alegó para ello su avanzada edad y los achaques que padecía, por lo que los hermanos decidieron relevarlo y nombrar como nuevo hermano mayor a Salvador Trujillo El Menor.  El bueno de Manuel entendió que su misión había acabado; la hermandad tenía definitivamente asegurada su continuidad, empezaba una nueva etapa en su recién estrenada residencia canónica.
         Huelga decir que Manuel de Santiago se comportó todo lo mejor que supo o que pudo dentro de la sociedad que le tocó vivir. Fue leal a sus ideas y a las personas que confiaron en él, y además resultó ser absolutamente incorruptible. Por ello, debemos apreciarlo como lo que fue, es decir, como una persona de una moralidad intachable y de una perseverancia incombustible.  
    
APÉNDICE I

    Cabildo de la cofradía del santísimo Cristo de la Esperanza, 3-V-1782.
    
          En el nombre de Dios amen. En la ciudad de Carmona, en tres de mayo, año de mil setecientos ochenta y dos, estando en la iglesia del convento de Madre de Dios, religiosas de la orden de Predicadores, intramuros de este pueblo, en cuya iglesia se halla trasladada la parroquia de nuestro señor El Salvador por estar ésta casi demolida, ante el escribano y testigos parecieron Manuel de Santiago, hermano mayor de la cofradía de penitencia de Nuestra Señora de la Esperanza, sita en la misma parroquia, José Valdés, Manuel González, Javier Ruiz, Manuel de Ávila, Francisco Vázquez, José Prados, Pedro de Lora, Juan de Ojeda, Ignacio Becerra, Cristóbal Rodríguez, Alonso Barrera, Miguel González, Cristóbal Vázquez, José García, José Ruiz, Lázaro Martín, Nicolás Álvarez, Francisco Gil, José Acevedo, Manuel González Y Juan Nepomuceno Trujillo, todos de esta vecindad y hermanos que confesaron ser de dicha cofradía. Y dijeron haberse juntado en el modo que acostumbran para celebrar cabildo en cuyo estado el Manuel de Santiago expresó que había años era hermano mayor de dicha cofradía y que con el motivo de la ruina de la enunciada iglesia de la parroquia de nuestro señor El Salvador no salía la insinuada cofradía y que para que esto se verificase era preciso hacerle a la mencionada señora María Santísima de la Esperanza un manto nuevo. Y todos de un acuerdo y conformidad por sí y prestando como prestaron caución de rato grato por los demás individuos que eran y fueren de dicha cofradía a voz de ella dijeron que se haga el referido manto y que la citada cofradía salga en el año próximo venidero mil setecientos ochenta y tres. También expresaron, nombraban y nombraron para pedir las limosnas del santísimo Cristo en este año en el corriente mes al hermano mayor y a Lázaro Martín, en junio a Cristóbal Rodríguez y José García, en julio Pedro de Lora y Nicolás Álvarez en agosto Francisco Vázquez, en septiembre José Ruiz, en octubre Cristóbal Vázquez, en noviembre Lázaro Martín, en diciembre Juan de Ojeda, en enero del dicho año de ochenta y tres a Manuel González, en febrero José Ruiz, en marzo José Acevedo y en abril José Valdés. En cuyo testimonio así lo otorgaron; firmaron los que saben y por los que dijeron no saber y a su ruego firmará un testigo. Fueron testigos Vicente Rodríguez, Fernando Pérez y Francisco Díaz, vecinos de esta ciudad. Doy fe y del conocimiento de los otorgantes
(A.P.C. Escribanía de Diego Piedrabuena 1782, fols. 84r-84v).  


APÉNDICE II

    Cabildo de la hermandad de la Esperanza, 3-V-1783.

         En el nombre de Dios amen. Estando en la iglesia de nuestro señor El Salvador, parroquial de esta ciudad de Carmona, a tres de mayo año de mil setecientos ochenta y tres, ante mí el escribano y testigos parecieron don Miguel García, vice-beneficiado y don Pedro Navarro, cura teniente, Manuel de Santiago, hermano mayor, José Valdés, Salvador Trujillo El Menor, Juan Pérez, Javier Ruiz, José Ruiz, Pedro de Soto, Juan de Alba, Manuel de Ávila el Mayor, Manuel de Ávila el Menor, Francisco Gil, Alonso Barrera, Francisco de la Cruz, Manuel Álvarez, Ignacio Becerra, Adrián Bravo, Juan Nepomuceno Trujillo, José García, José Prados, Juan Rienda, José García, Bernardo Carrero, Manuel González, Pedro Caballero, Manuel López, Andrés Sánchez, Alonso Ruiz, Lázaro Martín  y José Trujillo, vecinos de esta dicha ciudad y hermanos que confesaron ser de la cofradía de penitencia de Nuestra Señora de la Esperanza, sita en la misma iglesia y dijeron haberse juntado en el modo que acostumbran para celebrar cabildo. En cuyo estado el citado Manuel de Santiago, hermano mayor, expuso que había quince años servía este encargo y no podía continuar por razón de su avanzada edad y achaques que padece. Presentó las cuentas de cargo y data de todos los efectos que había percibido y distribuido de todo el tiempo que últimamente había sido electo por tal hermano mayor, su fecha hoy y de ellas resultó alcanzar éste a la insinuada cofradía en ochocientos veintinueve reales, treinta maravedís de vellón. Y vistas y reconocidas por los otros hermanos las aprobaron en todo y por todo (y) consintieron el insinuado alcance y de un acuerdo y conformidad y prestando como prestaron caución de rato grato por los demás individuos que eran y fuesen de la mencionada cofradía a voz de ella eligieron y nombraron por su hermano mayor prioste para que lo sea desde hoy en adelante hasta otra elección al expresado Salvador Trujillo El Menor, a quien dieron poder cumplido el más amplio que en derecho se requiere y es necesario para que durante su encargo rija y gobierne la misma hermandad, perciba y cobre sus bienes, rentas y limosnas, administre los raíces o los de en arrendamiento por el tiempo, precio y con las calidades y circunstancias que tratare y ajustare…
        En cuyo testimonio así lo dijeron y otorgaron en Carmona, firmaron los que saben y por los que expresaron no saber, a su ruego, lo hará un testigo, siéndolo don Francisco de Paula Mesa Jinete, don Manuel de Rueda y don Francisco Jiménez, vecinos de esta ciudad, doy fe y de conocimiento de los otorgantes.  
(A.P.C. Escribanía de Diego de Piedrabuena, 1783, fols. 148r-149r)

ESTEBAN MIRA CABALLOS


                                                      
  Nota del transcriptor: me ha parecido interesante incluir en mi blog una transcripción del discurso que pronunció el pionero arqueólogo Jorge Bonsor Saint Martin, con motivo de su nombramiento como hijo adoptivo de Carmona. El citado discurso fue publicado en el periódico La Voz de Carmona el viernes 16 de septiembre de 1927, aunque nosotros hemos optado por transcribirlo del original. Es un discurso emotivo y pasional en el que se aprecia su gran amor por Carmona y por los carmonenses, a quienes llama cariñosamente paisanos. No en vano, sus excavaciones en Carmona le inmortalizarían como uno de los primeros grandes arqueólogos de la Edad Contemporánea. Su lectura es deliciosa porque nos introduce en la Carmona de antaño, a medio camino entre el atraso y la modernidad. Aguadores, serenos, farolas verdes y jaramagos en los tejados se entrecruzan junto a la defensa del patrimonio y su importancia como elemento de atracción turística.  
                                         

    SEÑOR ALCALDE, SEÑORITA, SEÑORES DEL AYUNTAMIENTO:    

     No sé como expresaros mi gratitud por el honor que me dispensáis, nombrándome hijo adoptivo de esta hermosa ciudad y entregándome este pergamino artísticamente iluminado por mi excelente amigo, el laureado pintor don Juan Rodríguez Jaldón, honra de Carmona y de España. Llama también la atención el magnífico marco de estilo renacimiento, obra del hábil tallista carmonés Joaquín Daza.
     Como supongo que mis paisanos, presentes, querrán saber cuándo y por qué vine yo a vivir a Carmona, contestaré dando primeramente la fecha para mi memorable de mi llegada que fue el jueves 24 de febrero de 1880, hace más de 46 años.
     Vine, como muchos vienen y vendrán a Carmona; a ver, a gozar del clima, a pintar y a excavar, gastando mis rentas en excavaciones que, gracias a Dios, resultaron provechosísimas y del mayor interés para la ciencia. Tuve mucha suerte en toda una serie de exploraciones arqueológicas: en los alcores, entre los ríos Corbones y Guadaira, en el valle del Guadalquivir y, sobre todo, en la exploración metódica de la necrópolis romana de Carmona. Ésta se empezó a descubrir en 1881. Por un convenio con mi compañero don Juan Fernández López que en paz descanse se decidió que a mi fallecimiento esta necrópolis y su museo pasarían a ser propiedad del Estado.
    Dediqué los primeros años de mi residencia en Carmona a la pintura. Pinté escenas populares por las calles y los patios; las casas blanqueadas, los viejos edificios bañados de sol, las torres y campanarios de las 14 iglesias de Carmona, constituían para mi la mayor atracción. Las calles todas empedradas, donde crecía la hierba, el jaramago floreciendo en los tejados, el típico aguador, los grandes faroles verdes del alumbrado público, el riego de la plaza con cubos por los municipales y serenos, el toro de cuerda, las candelas de San Juan, las tertulias familiares del verano en los patios... Siento recordar la descripción de todas estas costumbres que fueron el encanto de mis primeros años en Carmona.
    Los adelantos modernos nos trajeron en cambio, el adoquinado, el agua por tubería, la luz eléctrica, el automóvil, y el aeroplano, el cinema y la radio, que constituían el sueño del pasado y son el encanto de la generación actual.
    Carmona se ha modernizado y sigue, sin embargo de esto, muy pintoresca precisamente por su situación y la conservación de muchos de sus edificios antiguos.
    Entre estos monumentos citaré, en primer lugar, la Prioral de Santa María que se construyó al mismo tiempo que la Catedral de Sevilla, del mismo estilo y por uno de sus arquitectos, el maestro Antón Gallego.
    La existencia anterior en este sitio de un templo romano nos lo indica las grandes columnas de la lonja. De la mezquita árabe queda hoy el pintoresco patio de los naranjos, donde, sobre una columna que procedía de un primer templo cristiano, se ve grabado en el mármol la lista de los pocos santos de la época... Este es el calendario más antiguo de España. ¿Dónde, señores, se podrán ver reunidos en un mismo solar sagrado tantos recuerdos históricos?.
     Pasamos a la Puerta de Sevilla, hoy declarada Monumento Nacional, lo que quiere decir que la Nación se encarga de asegurar su conservación para los tiempos venideros. Si hubiera necesidad de restaurar algunas de sus partes, el Estado lo haría siguiendo el parecer de las Academias de la Historia y la de Bellas Artes, representadas en Sevilla por la Comisión Provincial de Monumentos, que preside el Gobernador. Creo que más no se puede hacer.
     En esta puerta, un importante lienzo de sillares almohadillados se remonta probablemente a la República Romana; los dos arcos interiores parecen del tiempo de Trajano. Por la fachada exterior ostenta esta puerta un valioso arco de herradura de los almohades que hizo la admiración de cierto embajador de Marruecos que iba a Madrid a reclamar del Rey la devolución de una biblioteca de la cual se habían apoderado unos corsarios españoles. Hombre de gran instrucción y fino observador, el moro se detuvo y mirando con el mayor interés este arco, declaró que no había visto otro igual en todos sus viajes por el Islam, en el Oriente y el norte de África. ¿Y quién no se detiene, señores, delante de este alarde arquitectónico? que trae a la memoria tantos recuerdos.
     Allí mismo, como el embajador moro, se detuvo mi padre por 1845, de paso para Sevilla y a él debo haber venido yo a Carmona para admirar esta monumental entrada a una gran ciudad. En pocas palabras, señores, a esta Puerta de Sevilla debo mi presencia hoy aquí.
     Conservad paisanos estos edificios antiguos, las mismas ruinas que quedan del recinto amurallado deben conservarse, también son el recuerdo de un pasado glorioso de prosperidad, poder y riqueza.
     Por los pueblos que nada tienen que ofrecer a la curiosidad del forastero pasa hoy a toda velocidad el auto del turista... sin pararse... parece que huye mientras que en las guías publicadas en todas las lenguas leen la breve información que en estos pueblos no hay nada que ver.
     Gracias a Dios que Carmona, debido al buen espíritu de conservación de sus autoridades y de los habitantes en general, no figura hoy en la lista de estos pueblos.
     Los edificios modernos que tengan, con rara excepción, no constituyen un(a) atracción para el extranjero: a la vista de estos, contestará siempre lo del cuento del portugués, declarando que "los tienen mejores en su tierra".
     Hay que convencerse, la cuestión del turismo es la que más debe interesarnos actualmente. Yo creo que toda persona que tiene la suerte de poseer notables obras de arte debe durante el año del gran Certamen abrir de par en par las puertas de su casa y satisfacer así la natural curiosidad del turista, quien para vernos y conocernos viene de muy lejos y merece, por esto solo, toda nuestra consideración.
     Los Grandes de España no son los últimos en creer que debe enseñarse la riqueza artística particular. Sabemos que los lores de Inglaterra tienen por costumbre dedicar un día de la semana a la visita de sus castillo históricos por el público, cobrando una pequeña cuota que dedican luego a obras de caridad.
     ¡Con que satisfacción entra el distinguido extranjero en la casa particular de un grande o de una persona rica de gusto, averiguando así como se vive en estos hermosos patios de Sevilla o de sus grandes pueblos...
     Mucho se ha hecho ya para esta ciudad. La excursión de Sevilla a Carmona por la carretera de los Alcores es la primera indicada en los itinerarios de las agencias internacionales a los turistas que vendrán a la gran Exposición Ibero-americana.
     Concluiré, señores, recordando haber pasado en Carmona los años más felices de mi vida... pintando, estudiando la historia y las costumbres, revisando los archivos y, sobre todo, el trabajo que considero de más utilidad, el de seguir excavando en todas partes con el mayor interés y entusiasmo...
     Pero no creo por eso haber merecido este homenaje que agradezco de todo corazón. Jorge Bonsor.
(Archivo de Andalucía, fondo Bonsor; publicado en La Voz de Carmona, el 16 de septiembre de 1927 y más recientemente en MAIER, Jorge: Jorge Bonsor (1855-1930). Madrid, Real Academia de la Historia, 1999, pp. 283-284).

Esteban Mira Caballos (Transcriptor)

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COFRADÍAS Y ÉLITES EN LA CARMONA MODERNA[1] 

 

 Esteban Mira Caballos

 

1.-INTRODUCCIÓN

 

            Hace algunos años publicamos un trabajo en que especificamos que en la Carmona de finales del siglo XVIII había  unas 33 cofradías, de un total de 19.024 que había en todo el reino de Castilla. Por ello, teniendo en cuenta que Carmona vivían por aquel entonces unas 15.703 personas, concluimos que había una cofradía por cada 475,84 habitantes[2]. De ahí dedujimos una amplia presencia de estos institutos, pues, servían no solo como núcleos de devoción sino también como mutuas de seguros.

            Sin embargo, tras una investigación que nos ha llevado varios años de trabajo queremos matizar esa afirmación y proponer nuevas reflexiones. El gran número de institutos existentes en la Carmona Moderna y, por supuesto, en todo el reino de Sevilla, puede hacernos creer que prácticamente toda la población estaba implicada en ellos. Pero no es cierto, como demostraremos en este trabajo se trataba de un fenómeno más o menos elitista que abarcaba a los sectores acomodados de la sociedad pero que, en general, no llegaba a la base social, es decir, a la masa de campesinos y jornaleros del Tercer Estado. Tampoco a los llamados pobres de solemnidad, que fundamentaban su supervivencia en la caridad cristiana de los pudientes, pero eso es algo que ya sabíamos.

 

2.-MUCHAS COFRADÍAS PERO POCOS HERMANOS

            Efectivamente en Carmona en el momento más álgido del fenómeno cofradiero debió acercarse a las cuarenta cofradías. Sin embargo, no podemos olvidar que el número de hermanos de la mayoría de ellas era muy reducido, siendo pocas las que superaban el centenar. Eso era algo frecuente en muchos lugares de España, pues, por ejemplo, en un estudio sobre las cofradías de Ávila en la Edad Moderna se afirma que la media de hermanos por cofradía era de medio centenar[3], cifra muy similar a la que encontramos en Badajoz y su partido[4]. La media de hermanos no debió ser mucho más alta en Carmona, aunque obviamente había muchas diferencias de unas hermandades a otras, e incluso, dentro de una misma hermandad había altibajos. En un cabildo del 17 de abril de 1757 se habían reunido 27 hermanos de la cofradía de La Esperanza[5], mientras que el año siguiente, entre el 25 y el 28 de marzo de 1758 seis hermandades carmonenses levantaron actas notariales de sus respectivos cabildos: La cofradía de la Expiración, la de Nuestra Señora de Belén, la de la Veracruz y la de Nuestra Señora de las Angustias, la Soledad, la Esperanza y la Humildad. Pues bien, a las tres primeras asistieron siete hermanos, a la cuarta ocho, a la quinta 18, a la sexta 44 y a la última 22[6]. Justo un año después se juntaron 24 hermanos de la Humildad y Paciencia en cabildo general y dijeron ser la mayor parte de los hermanos de dicha cofradía, por lo que no es probable que superasen la treintena[7]. Y poco más de una década después se reunieron, por un lado, los hermanos de la cofradía rosariana de la Santísima Trinidad sita en el mismo templo de El Salvador, y por el otro los cofrades del Niño de los Dolores del convento de San José y sólo acudieron 14 hermanos a cada una de ellas[8]. Varias décadas después, exactamente el 8 de diciembre de 1787 hicieron cabildo los hermanos de Ánimas de la iglesia de Santiago y sólo hicieron acto de presencia quince personas, cuatro de ellas, pertenecientes al clero parroquial[9]. La media de asistencia a los cabildos generales en la segunda mitad del siglo XVIII es de 16,6 hermanos. Con total seguridad, en ninguno de estos casos eran  todos los hermanos, pero no da la sensación que estuviesen sobradas de cofrades. Además, muchos de esos hermanos lo eran simultáneamente de tres, cuatro, cinco, seis y hasta de siete corporaciones.

            Eran los mismos presbíteros de cada parroquia los que las auspiciaban, pues suponía un prestigio para la parroquia que residiesen hermandades, máxime si éstas eran populosas. Como tendremos ocasión de demostrar en este artículo, aunque las cofradías proliferaron por doquier en las parroquias, conventos, ermitas y hospitales lo cierto es que nunca llegaron a ser un fenómeno de masas. El clero parroquial y las élites locales eran los impulsores del mundo cofradiero. De hecho, casi todas las cofradías estaban tuteladas por religiosos, en el caso de las ubicadas en parroquias por presbíteros, y en el caso de conventos por los priores o las abadesas.

 

CUADRO I

RELACIÓN DE PERSONAS QUE PERTENECÍAN

A CUATRO O MÁS COFRADÍAS[10]

 

FECHA

HERMANO

COFRADÍAS

12-II-1703

Sebastián de Páez

Orden Tercera de Nuestra Señora del Carmen, Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santa Veracruz, Virgen del Rosario, Santísimo Sacramento Ánimas Benditas y Santo Cristo de la Humildad, estas tres últimas del templo parroquial de San Pedro

7

14-III-1614

Álvaro Méndez

Santísimo y Ánimas de Santa María, la Veracruz de San Francisco, Ánimas, Santísimo y Jesús Nazareno de la iglesia de San Bartolomé

6

14-I-1679

Nicolás de Bordás

Santísimo, Ánimas y Humildad del templo de San Pedro, de la Veracruz, de Nuestra Señora del Rosario y de la Santa Misericordia y Caridad

6

4-IX-1723

Teresa de Adalid

Ánimas, Sacramental y Jesús Nazareno en el templo de San Bartolomé, la del Rosario del convento de Santo Domingo, la del Carmen y la de la Orden Tercera radicada en la iglesia conventual de San Francisco.

6

24-III-1722

María de Nava Montenegro

Santísimo Sacramento y Ánimas de Santa María, y a las de Jesús Nazareno, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora del Escapulario y la de la Soledad

6

31-VIII-1615

Axenxo (Í)ñíguez

Santísimo Sacramento, Ánimas Benditas y San Blas en la iglesia de este último santo, la de Nuestra Señora del Rosario y San Jacinto

5

19-V-1615

Diego de la Barrera del Águila

Santísimo, Benditas Ánimas y Jesús Nazareno de la iglesia de San Bartolomé, La Soledad del Carmen y la Santa Misericordia

5

8-I-616

Leonisa de Herrera

Soledad, Angustias de la madre de Dios, Veracruz, Nombre de Jesús y Humildad y Paciencia de Nuestro Señor Jesucristo

5

27-VII-1703

Manuela de Romera Espinosa

Hermandad de las Angustias, en cuya bóveda se enterró, a la hermandad del Santísimo y de Ánimas Benditas de San Pedro, a la del Escapulario, sita en el Carmen, y a la Orden Tercera ubicada en el templo franciscano de San Sebastián

5

2-VII-1597

Juana de Rojas

cofradías de San Bartolomé y Santísimo Sacramento y las Ánimas del Purgatorio y de San Andrés y Santa Lucía todas de la iglesia de San Bartolomé.

5

7-VII-1600

Luis de Hinestrosa Bordás

Santísimo y de Ánimas de la iglesia de Santa María, de la Misericordia, de la Concepción en Nuestra Señora de Gracia (sic) y de la de San Miguel

5

10-VI-1685

María de Espejo

Santísimo Sacramento, Benditas Ánimas y Humildad y Paciencia, las tres sitas en la iglesia de San Pedro, la Veracruz del templo de San Francisco y la del Escapulario del convento del Carmen

5

17-II-1703

Ana García

Santísimo Sacramento, Ánimas Benditas y Humildad y Paciencia de la iglesia de San Pedro al Rosario y escapulario de Nuestra Señora de la iglesia del Carmen y a la de la Santa Veracruz del templo de San Sebastián

5

30-XI-1722

José de Noia

Ánimas, Sacramental y Santísimo Cristo, las tres en San Felipe, del Niño Jesús de los Dolores que estaba en el convento de San José y del Dulce Nombre de María que estaba en El Salvador

5

8-XI-1614

Antonio de Romera Caro, regidor

Nuestra Señora Santa María y Santísimo Sacramento de la iglesia Prioral, y las de Ánimas de San Pedro y San Felipe

4

31-V-1722

Ana de Romera

Santísimo y Ánimas Benditas de San Pedro, de Nuestra Señora del escapulario, sita en el Carmen, y de la cofradía de la Santísima Trinidad, radicada acaso en el convento de las Agustinas Descalzas

4

8-IX-1600

Juan de Humanes

Santa María de la Asunción, San Miguel y las del Santísimo y Ánimas de El Salvador

4

13-XI-1603

Ana de Ojeda

Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora del Escapulario, San Roque y San Jacinto

4

11-IV-1702

María Muñoz

Sacramental, Animas y Humildad de la iglesia de San pedro y la de Jesús Nazareno en cuya bóveda se enterró.

4

3-V-1685

María Tomasina

Santísimo Sacramento, Ánimas Benditas y Virgen de los Reyes de Santa María, así como a la de Nuestra Señora de la Concepción

4

17-XI-1702

Juan Martín del Álamo

Santísimo Sacramento, Benditas Ánimas y Humildad de la iglesia de San Pedro, y a la del Rosario del convento de Santo Domingo

4

27-I-1600

Leonor Romero

Dulce Nombre de Jesús, Soledad de Nuestra Señora, la Misericordia y Benditas Ánimas de la iglesia de San Blas

4

 

Como podemos observar, casi todas las personas acomodadas estaban suscritas a más de un instituto[11]. Lo más normal era que si un parroquiano era mínimamente pudiente fuese hermano de dos o tres cofradías establecidas en su templo, casi siempre la Sacramental, la de Ánimas y alguna otra rosariana o de penitencia. También hubo hermanos vinculados a varias hermandades que además estaban radicadas en diferentes templos. Los que pertenecían a dos o tres hermandades fueron tantos que ha sido imposible incluirlos en el cuadro I. Y ello porque de esta forma se garantizaban unos sufragios adecuados por sus almas, un enterramiento acorde con su rango social y una prestancia pública que reforzaba su posición dentro de la estructura estamental.

            Sin embargo, había muchas personas pobres en la localidad que no estaban afiliados a ningún instituto. Y no lo estaban por varias circunstancias: primero, porque sus economías apenas les daban para sobrevivir físicamente. Y segundo, porque muchas hermandades habían perdido su perfil asistencial de antaño y sólo cubrían el entierro y los sufragios. Para un jornalero, que se limitaba a malvivir y a sobrevivir, no le compensaba cotizar en una hermandad simplemente por un entierro con casullas y cera.

 

3.-LAS ÉLITES COFRADIERAS

            Las hermandades y cofradías no sólo dejaron fuera a amplios sectores no privilegiados de la sociedad sino que la mayoría estaban auspiciadas, dirigidas y controladas por las élites eclesiásticas y civiles. Las hermandades vinculadas a las parroquias estaban controladas por el clero secular, como podemos comprobar en un pequeño muestreo que hemos realizado sobre los hermanos de las cofradías de la Humildad, Santísimo Sacramento y Ánimas Benditas de la iglesia parroquial de San Pedro de Carmona. La primera comparativa la haremos cruzando los hermanos de la cofradía de la Humildad y Paciencia con los del Santísimo Sacramento en el año de 1687:

 

CUADRO I

COMPARATIVA DE LAS HERMANDADES DE LA

HUMILDAD Y DEL SANTÍSIMO DE SAN PEDRO (1687)[12]

 

HERMANO

HUMILDAD

SANTÍSIMO

Simón Díaz

X (prioste)

X

Diego Guillen

X

X

Fernando Romero

X

X

Miguel de Montoya

X

X

Francisco de Fuentes

X

X

Antonio Núñez Parrilla

X

X

Miguel Muñoz

X

X (prioste)

Luis de la Barrera

X

X

Antonio Cansino

X

--

Juan del Trigo

X

--

Francisco Manuel

X

--

Francisco Canelo

X

--

Cristóbal Jiménez

X

X

Juan Cabezas

X

--

Alonso Núñez Parrilla[13]

X

--

Jerónimo Juan Cansino

--

X

Juan de Navarra

--

X

Juan Manuel Martínez

--

X

Alonso Jiménez

--

X

Bernabé Roales

--

X

Juan de Cabrera

--

X

Luis Ortiz Bonilla

--

X

Antonio Muñoz

--

X

Salvador de Úbeda Cansino

X

X

Francisco del Raso

X

X

Alonso Fajardo

--

X

Diego López

--

X

Francisco de Robledo[14]

X

X

Juan Navarro[15]

--

X

Antonio Felipe de la Barrera

--

X

Miguel Sánchez

--

X

Hernando Romero de Ojeda

--

X

 

            Los datos son significativos, de los 33 hermanos que aparecen en las escrituras, 11 de ellos pertenecen a ambas corporaciones, es decir, la tercera parte. Pero hay más datos de consideración: primero, sus respectivos hermanos mayores lo son de ambas corporaciones. Y segundo, todos los presbíteros de la iglesia de San Pedro, es decir, Luis Barrera, Juan Cansino, Francisco Romero y Juan de Navarra, están implicados en algunas o en todas las corporaciones. Por cierto, quede constancia que también había hermanas de número pero no acudían a los cabildos o al menos sus nombres nunca aparecen reflejados en las actas[16].   

Pero analicemos algunos documentos más; concretamente hemos estudiado varios cabildos celebrados entre 1696 y 1697 por las hermandades del Santísimo, Benditas Ánimas y Humildad y Paciencia, las tres ubicadas en el templo parroquial de San Pedro[17]. Los datos que presentamos a continuación ratifican esta idea que queremos demostrar de la pertenencia de los mismos hermanos a varias corporaciones diferentes.

 

CUADRO II

COMPARATIVA DE LAS HERMANDADES DE LA HUMILDAD, EL SANTÍSIMO Y ÁNIMAS DE LA IGLESIA DE SAN PEDRO (1696-1697)

 

HERMANO

HUMILDAD

SANTÍSIMO

ÁNIMAS

Luis de la Barrera (presbítero)

X

X

X

Juan de Úbeda Navarro (presbítero)[18]

X

X

X

Miguel Muñoz[19]

X

X (Prioste 1686-1687)

X

Francisco Antonio de la Barrera (Sacristán)

X

X

X

Francisco de Robledo[20]

X

X

X

Francisco Núñez

X

X

--

Juan del Trigo

X

--

X

Fabián de Luna (Presbítero)[21]

--

X

X

Antonio de Aguilera

X

--

X

Antonio Alcaide

X

X

--

Juan de la Barrera[22]

--

X (prioste saliente 1696)

X

Diego Guillén

--

X

X

Francisco del Raso

X (prioste saliente)

X

--

Salvador de Úbeda Cansino

X

X

--

Salvador Martín

X (prioste entrante)

--

--

Diego Alcaide

X

--

--

Pedro Nieto de Morales

--

X

--

Juan Cabezas

X

--

--

Francisco de Fuentes

X

--

--

Luis García

X

--

--

Francisco Duarte

X

--

--

Juan González

X

--

--

Juan de Cea

X

--

--

Jerónimo Cansino de la Barrera

--

X

--

Salvador Díaz

X

--

--

Francisco Jiménez

X

--

--

Juan Guillén[23]

X

--

--

Juan Navarro[24]

--

X

X

Antonio González

--

--

X

José de Luna

--

--

X

Miguel de Montoya

--

X

X

Felipe de Pedrosa (Presbítero)

--

X

--

Francisco de Pedrosa (Presbítero)

--

X

--

Pedro Ignacio Vidal

--

X

--

Cristóbal Roales (regidor)

--

X (prioste entrante)

--

Manuel Antonio Morillo (escribano)

--

X

--

Pedro Morillo (regidor)

--

X

--

Sebastián Roales

--

X

--

 

 

            Como puede observarse, de los 38 hermanos, cuatro de ellos pertenecían a las tres corporaciones, y otros nueve al menos a dos de ellas. Es decir, más de un tercio de los hermanos estaba implicado en más de una de las cofradías radicadas en su templo. El caso más llamativo era el de Miguel Muñoz, que no sólo pertenecía a las tres hermandades de la parroquial de San Pedro sino también a la del Rosario del templo conventual de Santa Ana. Por lo demás, los presbíteros solían militar en la mayor parte de las cofradías radicadas en su templo. La de Santa Bárbara, con sede en la Prioral de Santa María, era casi obligatoria porque era su mutua, pero solían estar afiliados también al menos a la Sacramental y a la de Ánimas Benditas del templo parroquial en el que tuviesen destino. Así, por ejemplo Juan de Torres aparecía como hermano en la de Santa Bárbara y el Santísimo Sacramento de la iglesia de Santa María[25]. La situación no cambió en los años sucesivos pues en el primer en el primer cuarto del siglo XVIII hemos verificado que casi todos los presbíteros del templo de San Pedro eran miembros de las hermandades de las Benditas Ánimas, Santísimo Sacramento y Humildad y Paciencia. Hay varios casos muy llamativos, como el de Juan Caro Mancera, beneficiado de la iglesia de San Pedro, que fue sucesivamente hermano mayor de la Sacramental, Benditas Ánimas y  Humildad y Paciencia. Asimismo, Juan de Sosa fue propuesto como prioste de la Sacramental en 1719, aunque finalmente no salió elegido, por lo que se presentó al mismo cargo en la de Ánimas, el cual desempeño al menos entre 1720 y en 1721[26].

            Por citar otro ejemplo, veamos a los hermanos que comparecieron en un cabildo de la Sacramental de San Pedro celebrado el 13 de junio de 1757:

 

CUADRO III

MIEMBROS DE LA HERMANDAD DEL SANTÍSIMO DE

SAN PEDRO EN UN CABILDO CELEBRADO EN 1757[27]

 

NOMBRE

CARGO

Juan Caro Mancera

Presbítero beneficiado

Felipe Nieto y Luna[28]

Presbítero vice-beneficiado

Manuel Antonio Razo

Presbítero y cura más antiguo de San Pedro

José García Juzgado

Presbítero cura

Juan Dana Montero

Presbítero, servidor de cura

Francisco de Aguilera y Salas[29]

Presbítero, prioste entrante.

Jerónimo Bravo de Navas

Presbítero, servidor de cura

Pedro Navarro[30]

Presbítero

Antonio de Bares

Presbítero, colector de la parroquia

Adrián María Murillo

 Clérigo de Menores

Diego González Flores

Presbítero, notario de la Inquisición

Lorenzo Alcaide

Clérigo de Menores

Manuel González

Clérigo de Menores

Francisco Domínguez del Raso

Jurado de la ciudad y prioste saliente

Pedro Domínguez de Castro

Familiar de la Inquisición

Otros hermanos: Pedro Francisco Raso, Pedro Marcial Gómez, José Navarro, Pedro Antonio Martínez, Francisco Benítez de la Milla, Pedro Salvador de la Cuesta, José Nieto Figueroa, Cayetano Navarro, Pedro Francisco Raso, José Sánchez, Antonio Jiménez, Juan Pacheco, Alonso de la Barrera, Pedro Lorenzana, José Ortiz, Manuel de Ávila, Francisco Gutiérrez, Antonio Martín, José Gil, Pedro Fernández, Manuel Sanz, Juan Barrera, Antonio Fuentes, Alonso Pérez, Melchor Guerrero, Antonio Reyes, Juan de Prados, Francisco Jiménez Plata, José Martín, Manuel de Prados, Antonio Carrero, Francisco de Castro, Juan Zapata, Blas Carrera, Pedro Criado, José Navarro, Luis García, Salvador de la Piedra, Juan de Aguilera, José Vázquez, José de Fuentes, Antonio Chamorro, José de Cea, Cristóbal del Barco, Domingo Rodríguez, Blas Álvarez, Francisco Camacho, Andrés de Algeciras, Joaquín Cansino, Antonio Algeciras, Juan Mateo de la Piedra, Lorenzo Fernández y Domingo de Retes. 

 

Nuevamente observamos la participación de todo el clero en la hermandad del Santísimo, copando no sólo el cargo de hermano mayor sino también los demás oficios del cabildo, como las alcaldías y las contadurías. Por otro lado, los hermanos asistentes al cabildo general fueron 68, de los que en torno al 22% pertenecían al clero parroquial. Obviamente, no eran todos los hermanos pues, incluidas las hermanas, superaban por poco el centenar de hermanos y ello pese a ser una de las corporaciones más señeras de la ciudad. ¿Podemos extrapolar la situación de las hermandades de la iglesia de San Pedro al resto de las parroquias de intramuros? Todo parece indicar que sí. Veamos ahora los hermanos presentados a un cabildo de la hermandad de Ánimas de la iglesia de Santiago

 

CUADRO IV

MIEMBROS DE LA HERMANDAD DE ÁNIMAS DE LA IGLESIA

 DE SANTIAGO EN DOS CABILDOS DE 1772 Y 1774[31]

 

NOMBRE

CARGO

Isidoro Díaz de Ojeda

Presbítero vice-beneficiado

Teodomiro  Montero

Presbítero vice-beneficiado

Pedro Cansino y Osorno

Presbítero vice-beneficiado

Ignacio de Araos y Cabrera

Presbítero hermano mayor saliente y entrante, en 1774 fue reelegido

Felipe Antonio Canelo y Malo

Presbítero

Bartolomé Rodríguez

Clérigo subdiácono

Juan Antonio Rueda Vilches, Francisco Díaz de Ojeda, Manuel Talavera,  Vicente Fernández, Joaquín García, Juan de Silva, Cristóbal Cebredo, Francisco Falcón, Juan Rodríguez, Manuel de Campos, Diego González, Bartolomé Cueva, Eusebio Álvarez, Francisco Barba, Salvador Rodríguez, Juan García, Antonio Montes, Juan y José López y Juan José de Barros

Sin cargos eclesiásticos

 

Mientras en 1772 sólo comparecieron 11 hermanos, más de la mitad de ellos religiosos del templo parroquial, en 1774 hubo una mayor concurrencia, la cuarta parte de ellos presbíteros beneficiados del citado templo. Nuevamente apreciamos el control que ejercían sobre la cofradía los religiosos, siendo el alma de la misma el presbítero Ignacio de Araos. Por cierto que ese último así como Isidoro Díaz de Ojeda también eran hermanos de la Columna, residente asimismo en dicho edificio[32]. De los restantes miembros, al menos uno de ellos era hermano de uno de los presbíteros.

Analicemos ahora una comparativa entre las cofradías del Santísimo y de Ánimas de la iglesia de San Blas. Como podemos comprobar, los datos vuelven a ser elocuentes.

 

CUADRO V

COMPARACIÓN DE LAS COFRADÍAS DEL SANTÍSIMO Y DE

ÁNIMAS DE LA IGLESIA DE SAN BLAS (1685-1686)[33]

 

NOMBRE

CARGO

ÁNIMAS

SANTÍSIMO

Francisco de la Barrera Montes de Oca

Presbítero

X (prioste difunto en 1684)

X (prioste difunto en 1684)

Lic. Agustín de Biedma y Osorio

Beneficiado

X

X

Lic. Lorenzo de Villarreal

Presbítero vice-beneficiado

X

X

Lic. Juan de Carmona Hidalgo

Presbítero vice-Beneficiado

X

X

Lic. Juan Antonio de Cabrera

Presbítero vice-Beneficiado

X

X

Lic. Gonzalo de Torres

Cura presbítero

X

X

Pedro Bernal

Sacristán mayor

X (prioste en 1686)

X

Francisco Pacheco

Clérigo de menores

X

X (prioste entrante)

Juan Antonio Thomé de Palma

¿?

X

X

Juan Rodríguez Castellanos

¿?

X

X

Teodomiro Ignacio Pacheco

¿?

X (prioste en 1685)

--

Francisco de Palma

¿?

X

 

Diego de Olivares

¿?

X

 

Andrés de Barrios

¿?

X

 

Alonso Cordero

¿?

X

 

Sebastián Barroso

¿?

X

 

 

            Está clara la vinculación que existía entre las hermandad de Ánimas y la Sacramental de la iglesia de San Blas, ambas participadas, dirigidas y controladas por el clero parroquial. No dejaba de ser algo compatible pues, mientras la de Ánimas se dedicaba más al enterramiento, la Sacramental se centraba en la adoración del Santísimo. Pero había algo más, el presbítero Francisco de la Barrera fue el prioste de ambas hasta su fallecimiento en 1684. Tras el óbito, los hermanos de dichas corporaciones acudieron juntos al notario, protocolizando el mismo día sendos cabildos. Eso sí, en esta ocasión decidieron nombrar dos priostes diferentes aunque, por supuesto, ambos estaban vinculados a las dos hermandades.

            También el clero de la iglesia de San Bartolomé controlaba no sólo la hermandad Sacramental y la de Ánimas sino también la de Jesús Nazareno. No obstante, dada la popularidad de esta última, encontramos entre sus hermanos a presbíteros de diversos templos de la ciudad. Concretamente en 1718 figuraban entre sus hermanos Juan de Torres, presbítero de la iglesia de San Bartolomé, Juan Antonio del Hierro, de la Prioral de Santa María y Tomás Jiménez del Hierro, de la de Santiago. Ellos aparecen en primer lugar en los cabildos, denotando el control que ejercían sobre dicho instituto[34].

Está bien claro que el clero parroquial auspiciaba, controlaba y dirigía las hermandades Sacramentales y las de Ánimas. Pero cabría preguntarse si también ejercían su influencia sobre las demás cofradías. El control era menor, pues la mayoría de ellas estaban dirigidas por la élite económica y política de la ciudad aunque, obviamente, vigiladas en todo momento por el clero. Los presbíteros supervisaban hasta donde podían las ubicadas en las parroquias mientras que las que residían en los conventos estaban más o menos fiscalizadas por el Abad o la Madre Superiora. Cuando se localizaba en algún hospital o ermita propia, ésta gozaba de una independencia mucho mayor aunque, en cualquier caso, seguía estando supeditada a las visitas del arzobispado.

Entre esas cofradías más independientes, por poseer hospital propio y porque sus miembros pertenecían a la nobleza local, figura la de la Misericordia y Caridad, fundada a principios del siglo XV[35]. Desde muy pronto se fue poblando de miembros de la élite cabildante. Y es que con frecuencia estas asociaciones caritativas solían estar integradas por las personas más pudientes de cada villa, pues, se suponía que tenían una obligación moral con los grupos sociales más desfavorecidos.  

 

4.-COFRADÍAS DE NOBLES

En Carmona encontramos algunas que estuvieron copadas y controladas por las grandes familias nobiliares de Carmona. No obstante, conviene insistir que legalmente nunca fueron corporaciones cerradas. Hay tres en las que se observa muy claramente esta vinculación: la ya citada cofradía y hospital de la Misericordia, la del Dulce Nombre de Jesús del convento de Santa Ana y la de Nuestra Señora de la Soledad del Carmen. En lo que respecta al Dulce Nombre de Jesús, se trata de una cofradía establecida desde el siglo XVI en el convento dominico de Santa Ana. Aunque tenían un altar junto a la capilla Mayor, en 1568 los frailes le dieron suelo para que construyeran su capilla y su bóveda de entierro[36].  En un cabildo de 1705 figuraban los siguientes hermanos:

 

CUADRO V

HERMANOS DE LA COFRADÍA DEL DULCE

NOMBRE DE JESÚS (1705)[37]

 

HERMANO

RANGO SOCIAL

CARGO EN LA HERMANDAD

Teodomiro de Briones Quintanilla

Alférez Mayor de la ciudad

Alcalde entrante

Bartolomé de Briones Quintanilla

Caballero de la Orden de Calatrava

Prioste saliente

Juan Eusebio de Briones Quintanilla

 

 

Francisco de Briones Quintanilla

 

 

Juan de Briones Quintanilla

Caballero de la Orden de Calatrava

 

Fernando de Briones Escobedo

 

Alcalde entrante

Andrés de Briones de los Ríos

 

 

Juan Tamariz Bordás y Guzmán

 

 

Antonio Merino de Arévalo

 

 

Juan Páez Cansino

Caballero de la Orden de Calatrava

 

Luis de Castañeda Ponce de León

 

 

Antonio de Cervantes Barba

Caballero de la Orden de Santiago

 

Antonio Gerónimo Barba de Rueda

 

Prioste entrante

Fernando Agustín Barba y Rueda

 

Alcalde entrante

Pedro de Rueda y Porres

Caballero de la Orden de Alcántara

Alcalde entrante

Álvaro de Nava

 

 

Antonio Bernal

 

 

 

Está bien claro que la hermandad estaba en poder de la familia Briones Quintanilla que, dicho sea de paso, también copaban la hermandad de la Soledad del convento del Carmen[38]. Como puede observarse, a ella estaba vinculada lo más granado de la nobleza local: Briones, Quintanilla, Barba, Tamariz, Rueda o Cansino. Por ejemplo, en 1714 el prioste saliente era Alonso de Romera Tamariz y Barba y el entrante Diego de Rueda y Porres[39]. Es decir, se trataba de una cofradía elitista, compuesta por personas pertenecientes a las familias más lustrosas de la ciudad. Una corporación casi nobiliar, pues, la mayoría de estas familias estaban vinculadas al instituto desde su fundación[40]. Años después se terminaría fusionando con la no menos linajuda cofradía del Rosario, ubicada en el mismo templo conventual.    

La de la Soledad también tenía entre sus hermanos a miembros de familias linajudas. En un cabildo de 1714 comparecieron Gonzalo de Tamariz Nestares, Marqués del Valle de la Reina, Pedro José de Rueda y Porres, caballero de la Orden de Alcántara, Teodomiro de Briones Quintanilla, alférez mayor y hermano también del Dulce Nombre de Jesús, Fernando Luis de Ruda y Porres, José de Briones y Monsalve, Juan Lasso de la Vega y Porres y Juan Álvarez de Nava Castellanos entre otros[41]. En sendos cabildos de abril de 1757 y de marzo de 1758 comparecieron 24 y 18 hermanos respectivamente entre los que aparecían los Briones, los Barba, los Quintanilla y los Rueda, los marqueses del Saltillo y del Valle de la Reina así como varios caballeros de órdenes militares[42].

 

5.-COFRADÍAS DE MUJERES

            No cabe duda que el fenómeno cofradiero era genuinamente masculino. De hecho, los miembros de estas corporaciones eran mayoritariamente hombres, pues, como escribió José Sánchez Herrero, en la cofradía barroca la mujer tiene cabida pero como una hermana de segunda[43]. Y obviamente no debemos sorprendernos por esto, pues, las cofradías eran una manifestación más de una sociedad en la que las mujeres estaban injustamente relegadas.

            En la mayor parte de las cofradías de laicos había mujeres, casi siempre hijas de..., o la mujer de..., delatando abiertamente su dependencia con respecto al hombre. De hecho, en muchos testamentos, sobre todo del siglo XVI encontramos casos de mujeres que solicitaban ser enterradas por una determinada hermandad como a mujer de hermano que soy[44]. Desde los orígenes se vio privada de los órganos de decisión de las cofradías, e incluso, marginada a lugares concretos en los desfiles procesionales[45]. Desde el siglo XVII y, sobre todo, en la siguiente centuria las hermandades se abrieron a la incorporación de hermanas en las mismas condiciones de enterramiento que los hermanos de número. Pese a ello, en ningún momento formaron parte de los órganos de decisión y prueba de ello es que no las encontramos nunca en las listas de asistentes a los cabildos generales[46].

            Dicho esto, mencionaremos la existencia de algunas cofradías de mujeres. Éstas tenían su importancia pues constituían una de las pocas formas que tenían las féminas de participar en la vida pública. Por ello, jugaron un papel destacado a lo largo de la Edad Moderna. Nos referimos especialmente a las congregaciones de mujeres de la Orden Tercera que estaban formadas exclusivamente por personas de este sexo. En estas asociaciones religiosas era frecuente que las mujeres nombraran a su mayordoma, hermana mayor o hermana superiora así como a los demás cargos del cabildo. La mayoría de estos institutos se dedicaban a la oración o a lo sumo al rosario público. Pero, en general, eran mucho más interioristas que las de hombres, es decir, se dedicaban más a la oración, a la meditación y a los ejercicios espirituales. Sin embargo, hubo algunas que adoptaron el papel penitencial, sacando sus imágenes titulares en Semana Santa de la misma forma que lo hacían las demás cofradías[47]. Estas congregaciones proliferaron desde el siglo XVIII, siendo la mayor parte de ellas rosarianas[48]. Ahora bien, todas ellas estaban supervisadas cuanto menos por el clero parroquial, es decir por hombres[49].

            En Carmona tenemos constancia de la existencia de varias corporaciones femeninas, todas ellas fundadas en el siglo XVIII. Entre ellas debemos destacar a las Esclavas de la Virgen de los Dolores que formaban, al menos en 1744, una hermandad aparte aneja a la hermandad de Jesús Nazareno, sitas ambas en la iglesia parroquial de San Bartolomé. Fruto de una segregación de las Esclavas, un grupo de mujeres formalizaron la erección de una hermandad Servita en el vecino templo de El Salvador en 1786[50]. Ambos institutos se enzarzaron en un litis cuando la segunda quiso intitularse de la misma forma que la primera. Estos dos casos son muy conocidos en Carmona, entre otras cosas porque perviven ambas corporaciones, las Esclavas integradas en la cofradía de Jesús Nazareno y, las Siervas como instituto independiente.

Sin embargo, hubo otras, a saber: en la iglesia de San Pedro tenía su residencia canónica la congregación rosariana de Nuestra Señora de las Mercedes, formada exclusivamente por féminas[51]. Ahora bien, como no podía ser de otra forma, estaban tuteladas por los presbíteros de San Pedro, quienes ostentaban la presidencia de los cabildos. Y por supuesto las escrituras otorgadas ante escribano las hacían siempre con testigos masculinos, en algunos casos los mismos religiosos de su templo parroquial. Pese a esta tutela, supervisión y protección clerical, la cofradía permitía a las mujeres una cierta participación pública propia. La citada congregación disfrutó de una gran actividad desde el último cuarto del siglo XVIII y en el XIX. Finalmente, disponemos de algunas referencias esporádicas a otra cofradía rosariana de mujeres, fundada en 1739 en la iglesia de San Blas, bajo los auspicios de la Marquesa del Saltillo[52].

            Las mujeres también tuvieron una participación destacada como camareras de vírgenes algo que fue muy común a lo largo de la Edad Moderna y Contemporánea. No en vano, se consideraba que era una actividad típicamente femenina por lo que las imágenes más devotas solían contar con una camarera, oficio que en algunos casos se heredaba de madres a hijas[53]. Caso muy significativo es el de doña Beatriz de Barrientos y Villafuerte, mujer de Cristóbal Antonio Barba de Mendoza que, hasta 1685, estuvo más de treinta años ejerciendo de camarera de la Virgen de Gracia, custodiando en su casa las alhajas de la imagen[54]. Por su parte doña Teresa Maraver Ponce de León y sus descendientes fueron las camareras perpetuas de la Virgen de los Reyes de la iglesia Prioral de Santa María[55]. También la titular de la hermandad de Nuestra Señora del Escapulario, con sede en el templo conventual de Nuestra Señora del Carmen, dispuso de una camarera propia encargada de su aseo. Tras la exclaustración de los frailes su última camarera, doña Manuela Iglesias, depositó las alhajas de la titular en la iglesia Mayor de la localidad[56].

En líneas generales el caso de la mujer carmonense no difirió en absoluto del que sufrió en el resto de España. Es decir, padeció la discriminación propia de la época, viviendo o  sobreviviendo en todo caso a la sombra del varón. No obstante, en estas páginas se entrevén no pocos casos de mujeres que, por distintos motivos, destacaron en aquel mundo hostil. Pese a las ideas discriminatorias de la época, muchas féminas encontraron sus propios cauces de participación pública, sobre todo a través de las hermandades y de la Iglesia. Siempre estuvieron tuteladas y vigiladas de cerca por varones: hermanos, maridos, padres o, simplemente, su confesor o su párroco. Muchas de ellas hicieron donaciones, fundaron cofradías, establecieron memorias y obras pías o financiaron obras de arte. A través de ese pequeño espacio que la sociedad de la época les dejó asoman los nombres de un puñado de mujeres carmonenses que gozaron de una cierta capacidad de decisión y de libertad. Casi todas ellas, como no podía ser de otra forma, pertenecieron a la élite local, siendo su dinero y el prestigio de sus respectivos linajes los que les permitió mantener ese grado de independencia.   

 

6.-CONCLUSIONES

            Los datos presentados en este artículos son elocuentes y demuestran nuestras hipótesis iniciales, quedando claras varias cuestiones: primera, que el fenómeno cofradiero en Carmona abarcaba a las familias de los estamentos privilegiados y a las acomodadas del Tercer Estado pero difícilmente a las familias jornaleras y menos aún a los  pobres de solemnidad. Dicho sea de paso que no hemos encontrado ninguna cofradía de negros en Carmona, como ocurría en Cádiz, El Puerto de Santa María, Sevilla, Málaga, Jerez de la Frontera, Badajoz, Jerez de los Caballeros, Denia y otras muchas ciudades y villas de la geografía española. Por tanto, no sólo no estaban implicadas todas las personas o todas las familias, sino que me atrevería a decir que ni tan siquiera la mayoría. Muy probablemente las pechas de ingreso y las cuotas anuales que debían pagar, además de las limosnas y las derramas extraordinarias, eran lo suficientemente gravosas como para disuadir a las familias de más baja extracción social.

            Segundo, era un reducidísimo grupo de hermanos los que llevaban el peso de cada una de las corporaciones. Los demás se limitaban a acudir a los cultos a que les obligaban los estatutos y a pagar sus correspondientes cuotas.           

            Tercero, estas corporaciones estaban impulsadas, auspiciadas y controladas en primera instancia por la autoridad arzobispal y, en última instancia, por el clero local, es decir, beneficiados, presbíteros, clérigos, sacristanes, priores, etc. Por poner un ejemplo concreto, a finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX el presbítero de San Bartolomé, Juan José Freire y Armijo, se mantuvo como hermano mayor de la cofradía de Jesús Nazareno por espacio de 21 años, mientras que otros años perteneció a su junta de gobierno siendo, sin duda, el alma de esta corporación durante décadas[57].

            Y cuarto, las cofradías en cuanto que instituciones de su época fueron manifestaciones genuinamente masculinas. Muy tardíamente encontramos algunas cofradías de mujeres, participadas por personas de linaje o al menos bien ubicadas social y económicamente. Además, como no podía ser de otra forma en aquella sociedad, estuvieron en todo momento controladas y supervisadas por hombres.     

            La conclusión final es que, pese al gran número de hermandades y cofradías, éstas nunca fueron un fenómeno de masas. En realidad, tampoco nos sorprende demasiado, pues no es tan diferente a lo que ocurre en la actualidad. De hecho, aunque en el siglo XX las hermandades experimentaron un enorme auge, lo cierto es que son unos pocos hermanos los que llevan el peso de cada una de ellas. Las procesiones de Semana Santa son multitudinarias, pero no el movimiento cofradiero que fue, es y probablemente será un fenómeno elitista en el mejor de los sentidos. Nuestro reconocimiento a esos hermanos implicados de verdad, que todavía hoy mantienen vivas esas genuinas instituciones. Un fenómeno que nos enriquece a todos, pues, estimula los sentidos de los no creyentes y la espiritualidad de los creyentes. 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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SÁNCHEZ HERRERO, José: "Las cofradías de Semana Santa de Sevilla durante la modernidad", en Las cofradías sevillanas en la Edad Moderna. Sevilla, Universidad, 1999.

 



[1] Artículo publicado en Isidorianum, revista del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, año XX, Nº 39. Sevilla, 2011, pp. 197-222.

[2] Esteban MIRA CABALLOS: “Hermandades en Carmona a finales de la Edad Moderna: una análisis global”, Boletín de las cofradías de Carmona (2006) Carmona, 27-32. Con posterioridad hemos verificado la existencia de cuatro o cinco hermandades más, por lo que la cifra en realidad estaría más cercana a una cofradía por cada 400 habitantes.

[3] Ana María SABE ANDREU: Las cofradías de Ávila en la Edad Moderna. Ávila, Diputación Provincial, 2000, 293.

[4] En Badajoz había muchas cofradías que se mantenían gracias a la devoción de un puñado de personas, a veces de uno o dos mayordomos. La media de hermanos por cofradías en Badajoz es de 43,54, mientras que en los pueblos de su partido es de 57,57, siendo la media global de 54,21. En la mayor parte de los casos, esa corta cifra de miembros no se debía a los números clausus que imponían las hermandades sino a falta de devotos. Esteban MIRA CABALLOS: Hermandades y cofradías en Badajoz y su Partido a finales de la Edad Moderna. Badajoz, Consejería de Cultura, 2002, 29-30.

[5] Cabildo de la Esperanza, Carmona 17-IV-1757. A.P.C. Diego Piedrabuena 1757, fols. 128r-129v.

[6] Cabildo del Santísimo Cristo de la Expiración, Carmona, 25-V-1658; cabildo de la cofradía de Belén, 26-III-1758; Cabildo del Cristo de la Veracruz, 27-III-1758 y Cabildo de Nuestra Señora de las Angustias, 28-III-1758. A.P.C. Manuel de la Rua Morillo 1758, foliación perdida. Cabildo de la hermandad de la Soledad y Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo, Carmona 19-III-1758, fols. 63r-64r. Cabildo de la Humildad y paciencia, Carmona 26-III-1758. A.P.C. Diego Piedrabuena 1758, fols. 67r-68r.

[7] Cabildo de la hermandad de la Humildad y Paciencia, Carmona 16-IV-1759. A.P.C. Diego Piedrabuena 1759, fols. 60r-61v.

[8] Cabildo de la hermandad del Santísimo Rosario de la Coronación de Nuestro Señor con el título de la Santísima Trinidad, Carmona 25-V-1769. A.P.C Manuel de la Rua Morillo 1769, fols. 101r-101v. Cabildo de la cofradía del Niño de los Dolores, Carmona 27-III-1769. APC Manuel de la Rúa Morillo 1769, fols. 70-70v.

[9] Los comparecientes fueron Ignacio de Araos, presbítero y hermano mayor saliente, Pedro cansino presbítero, Mateo del Pino presbítero y hermano mayor entrante, Francisco de Rueda Vilches clérigo de menores, Marcos Cansino, Antonio de Santaella, Manuel Díaz, Juan Gómez, Juan Rodríguez Peña, Manuel Talavera, Antonio Álvarez, Francisco Pérez, José Navarro, Francisco Sánchez y Juan Peña. Cabildo de las Benditas Ánimas de la iglesia de Santiago, Carmona 8-XII-1787. A.P.C. Manuel Rodríguez 1787, fols. 249r-251r.

[10] Las fechas las hemos tomado de sus testamentos. La mayor parte de los documentos proceden del archivo de protocolos, menos un par de ellos que los localizamos en el archivo de la Misericordia. Las referencias topográficas son las siguientes: A.P.C. Escribanías de Alonso Sánchez de la Cruz 1603, fols. 873r-875r; Nufro García de Liñán 1614, fols. 423r-425v; Alonso Escamilla 1614; Alonso Núñez 1615, fols. 143r-148v,y 1616, fols. 519r-522r. Antonio Benítez 1685, fols. 307r-308v;  José Ruiz Bravo 1702, fols. 154r-155v y 1703,  fols. 43r-46r, 53r-54v. 122r-123v y 142r-143v; Roque Jacinto de Santiago 1722, fols. 389r-393v; Manuel Rodríguez 1679, fols. 25r-26v; Alonso Sánchez de la Cruz 1600, foliación perdida; Nicolás de Ortega y Morillo 1722, fols. 96r-99r;  Nicolás de Ortega y Morillo 1722, fols. 212r-213v. Alonso Sánchez de la Cruz 1600, fols. 4335r-443r. Escribanía de José Ruiz Bravo 1702, fols 203r-204v; Diego García de la Cruz 1705, fols. 324r-352v; Nicolás de Ortega y Morillo 1723, fols. 222r-229v; Manuel Rodríguez 1679, fols. 679r y ss; Juan de Medina 1594, fols. 81v-85r; Alonso Sánchez de la Cruz 1600. fols. 295r-296v; Bartolomé Guerra 1793, fols. 134r-135v; Juan de Medina 1594, fols 86v-89r; José Ruiz Bravo 1705, fols. 135r-136v; Alonso Sánchez de la Cruz 1603, fols. 339r-344r. Manuel Rodríguez 1679, fols 620r  y ss; Juan Antonio Benítez 1685, fols. 299r-300v;  José Ruiz Bravo 1696, fols. 376r-377r; José Ruiz Bravo 1696, fols 421r-422r; José Ruiz Bravo 1692, fols. 88r-89v; Nicolás de Ortega y Morillo 1722, fols 129r-131v.

[11] Hubo casos de personas pudientes que sólo pertenecieron a una hermandad pero no fue lo común, probablemente porque ello significaba más prestigio social en vida y unas honras fúnebres más pomposas. Fue el caso de Gabriela Caro de Cea, viuda del jurado del cabildo Gonzalo Bejines de los Ríos, que manifestó ser hermana exclusivamente de la hermandad de Nuestra Señora del Rosario, con sede en Santa Ana. Sorprende que siendo parroquiana de El Salvador y enterrándose en la capilla de Nuestra Señora de Gracia de Santa María no fuese hermana de ninguna de las cofradías ubicadas en estos dos templos. Testamento de Gabriela Caro de Cea. Carmona 9 de mayo de 1782. A.P.C., Antonio Sánchez Núñez 1782, fols. 125r-132v.

 

[12] Fuentes: Cabildo de la cofradía del Santísimo de San Pedro, Carmona, 6 de enero de 1687. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1687. Cabildo de la cofradía de la Humildad y Paciencia, Carmona, 18 de mayo de 1687. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1687, fols. 185r-185v. Marcamos con una cruz los que eran hermanos de esa cofradía. 

[13] No era de la hermandad del Santísimo pero sí de la del Escapulario en el Carmen y de la de Nuestra Señora de Concepción, sita en el convento de dicho nombre.

[14] No aparecía reflejado en el cabildo de la Humildad, pero en su testamento, fechado en Carmona el 17 de mayo de 1702 declaró ser hermano del Santísimo Cristo de la Humildad, del Santísimo Sacramento y de Ánimas Benditas, las tres ubicadas en el templo de San Pedro. A.P.C. Escribanía de José Ruiz Bravo 1702, fols. 90r-91r.

[15] Fue prioste de la cofradía de la Limpia Concepción hasta el 27 de diciembre de 1689 en que se nombró a Manuel de Maqueda. Cabildo de la hermandad de la Concepción, Carmona 27 de marzo de 1689. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1689. Asimismo fue hermano de la cofradía de las Angustias de la iglesia de San Francisco.

[16] Nos consta por los testamentos en las que cientos de testamentarias declararon pertenecer a una o a varias hermandades.

[17] Concretamente hemos analizado comparativamente los siguientes cabildos: Cabildo de la hermandad de Ánimas del 22 de enero de 1696. Cabildos de la hermandad del Santísimo, del 20 de mayo de 1696, 8 de julio de 1696 y 6 de enero de 1697 y 20 de enero de 1697. Y cabildos de la Humildad del 10 de junio de 1696. Todos ellos localizados en el Archivo de Protocolos de Carmona, en la escribanía de José Felipe Ruiz Bravo 1696-1697.

[18] También era hermano de la cofradía de Santa Bárbara de Santa María. Cabildo de la hermandad de Santa Bárbara, 28 de abril de 1698. A.P.C. Escribanía de Roque Jacinto de Santiago 1698.

[19] Miguel Muñoz también era hermano de la hermandad de la Virgen de Rosario. Cabildo del 4-XI-1696. A.P.C. Escribanía de José Ruiz Bravo 1696, fols. 421r-422r).

[20] Véase la nota 18.

[21] También era hermano de la cofradía de Santa Bárbara. Ref. nota 5.

[22] Era hermano, asimismo de la hermandad del Santísimo de la iglesia mayor de Santa María. Cabildo de la hermandad del Santísimo de Santa María, Carmona 4 de julio de 1694. A.P.C. Escribanía de Diego García de la Cruz 1694, fols. 543r-543v.

[23] Juan Guillén, u otra persona de su mismo nombre, también era hermano de la hermandad de las Angustias de la iglesia de San Francisco. Cabildo de la hermandad del 30 de marzo de 1687. A.P.C. Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1687, fols. 139r-139v.

[24] En la hermandad de las Angustias figuraban dos hermanos con este mismo nombre de Juan Navarro. Es posible que uno de los dos sea el hermano de la Humildad. Ref. nota 5.

[25] Véase los cabildos de la hermandad de Santa Bárbara, 28 de abril de 1698. A.P.C., Escribanía de Roque Jacinto de Santiago 1698. Y cabildo de la hermandad del Santísimo de Santa María, Carmona 9 de junio de 1698. A.P.C., Escribanía de Juan Antonio Benítez 1698, fols. 184r-184v.

[26] Cabildo de la hermandad del Santísimo de San Pedro, Carmona 29 de junio de 1719. A.P.C. Francisco González Flores 1719, fols. 142r-142v. Cabildo de la hermandad de Ánimas, Carmona 2-II-1721. A.P.C. Francisco González Flores 1721, fols. 572r-572v. También era hermano de la cofradía de San Antonio sita en el convento de San Francisco. Véase, por ejemplo, Cabildo de la citada cofradía, Carmona, 25-VII-1721. A.P.C. Escribanía de Juan Navarro 1721.

[27] Cabildo de la cofradía del Santísimo de San Pedro, Carmona 13 de junio de 17567. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1757, fols. 497r-498v.Y Cabildo de 15 de agosto de 1757. A.P.C. Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1757, fols. 683r-690v. Están todos o casi todos los hermanos porque era una refundación y fueron convocados en cabildo general.

[28] Éste presbítero de San Pedro también era hermano de la cofradía del Buen Suceso, sita en el Angostillo. Cabildo de la cofradía del Buen Suceso, Carmona, 28 de agosto de 1757. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1757, fols. 704r-705v.

[29] En 1759 fue reelegido como prioste de la corporación. Cabildo de la hermandad de Santísimo de San Pedro, Carmona, 15 de agosto de 1759. A.P.C., Escribanía de Alonso Núñez de Parrilla 1759, fols. 666r-669v.

[30] En un cabildo de la hermandad de la Expiración del 19 de abril de 1772 también figuraba como hermano de dicha corporación. A.P.C., Manuel de la Rua Morillo, 1772, fols. 60r-61v.

[31] Cabildo de la hermandad de Ánimas de Santiago, Carmona 20-XII-1772. A.P.C. Escribanía de Manuel de la Rua Morillo 1772, fols. 252r-253v. Cabildo de la misma hermandad, Carmona 30-I-1774. A.P.C. Manuel de la Rua 1774, fols. 474r-475v).

[32] Cabildo de la hermandad del Santísimo Cristo de la Columna, Carmona 15 de abril de 1770. A.P.C. Manuel de la Rua Morillo 1770, fols. 344r-344v.

[33] Fuente: Cabildo de la hermandad de las Benditas Ánimas del Purgatorio de la iglesia de San Blas, Carmona 1 de julio de 1685. A.P.C. Escribanía de Juan Antonio Benítez 1685, fols. 314r-314v. Cabildo de la misma hermandad, Carmona, 26 de agosto de 1686. A.P.C. Escribanía de Juan Antonio Benítez 1686, fols. 943r-943v. Cabildo de la cofradía del Santísimo de San Blas, Carmona 1 de julio de 1685. A.P.C. Escribanía de Juan Antonio Benítez 1685, fols. 315r-315v.

[34] Cabildo de la cofradía de Jesús Nazareno, Carmona 18-IV-1718. A.P.C. Roque Jacinto de Santiago 1718, fols. 118r-118v.

[35] Un golpe de suerte hizo que en el testamento de la Duquesa de Arcos, protocolizado el 5 de abril de 1511, ante Alonso de Baeza, escribano público de Carmona, se dotase a esta cofradía y hospital de un considerable legado. Dicho testamento y su codicilo se protocolizaron el 5 y el 6 de abril de 1511 respectivamente, ante el escribano Alonso de Baeza. Posteriormente, se hicieron los siguientes traslados: el 22 de octubre de 1591, ante Juan Gutiérrez de Mendoza; el 5 de junio de 1683, ante Manuel Rodríguez; y el último, el 15 de junio de 1774, ante José Gerónimo Gutiérrez, escribano público y del cabildo. Dicho testamento y sus traslados se conservan en el Archivo de la hermandad de la Misericordia. Un estudio del mismo puede verse en Juan Luis CARRIAZO RUBIO: "Carmona en el testamento de Beatriz Pacheco, Duquesa de Arcos", I Congreso de Historia de Carmona. Sevilla, 1998, 351-362. Como es bien sabido, en el testamento se nombraba a la cofradía y al hospital de la Misericordia como heredero universal de sus bienes, con el objetivo expreso de que se reciban y provean y curen y remedien trece pobres.

 

 

[36] El prior y frailes del convento de santa se comprometen a cantar una misa solemne por los hermanos del Dulce Nombre todos los Viernes además de una misa solemne anual al día de la Circuncisión a  primeros de cada año. Asimismo, se comprometen a acompañar a la cofradía el viernes santo en la procesión de disciplina que hacen con la imagen de N Señora y que deben ir en dicha procesión al menos 12 frailes, todo por un precio total de 6.000 maravedís anuales pagados de una sola vez el día de Año Nuevo. Y finalmente, autorizan a la cofradía a romper la pared y hacer capilla donde tengan altar y bóveda de enterramiento junto a la capilla de Santo Domingo, sin cobrarles por ello limosna alguna. Carta de concierto entre los frailes y la citada cofradía, Carmona, 15 de mayo de 1568. A.P.C. Escribanía de Juan Rodríguez 1568, fols. 479r-483v. 

[37] Cabildo de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús, Carmona 1 de enero de 1705. A.P.C., Escribanía de Diego García de la Cruz 1705, foliación perdida.

[38] El 25 de marzo de 1714 compartieron el cargo de prioste las cuatro personas que se ofrecieron para asumir el cargo, entre ellos Teodomiro de Briones Quintanilla. También formaban parte de la corporación José de Briones y Monsalve y Juan Hipólito de Briones. A.P.C. Diego García de la Cruz 1714, fols. 158r-159v.

[39] Cabildo del Dulce Nombre de Jesús, Carmona 1-I-1714. A.P.C. Diego García de la Cruz 1714, foliación perdida.

[40] De hecho, conocemos testamentos, como el de Jun Barba, otorgado el 30 de abril de 1571 en que donaba 4 reales de limosna a dicha cofradía. A.P.C. Gómez de Hoyos 1571, s/f.

[41] Cabildo de la Soledad, Carmona 25-III-1714. A.P.C. Diego García de la Cruz 1714, fols. 158r-159v.

[42] Al cabildo de la Soledad del 3-IV-1757 asistieron los siguientes hermanos: Juan Caro Mancera, Juan Caro de Briones, Juan de Quintanilla y Andrade, Diego Bonifaz Ponce de León, diputados priostes; Antonio de Quintanilla y Andrade, Teodomiro de Briones y Saavedra, presbítero, Juan Ventura Caro, Francisco Caro y Auñón, Diego Luis de Rueda y Barrientos, Fernando Caro Mancera; Ignacio Lasso de la Vega y Espinosa; Lorenzo de Briones y Saavedra; Francisco Caro y Curado, el comendador Francisco María de Rueda y Barrientos, caballero del hábito de san Juan; Antonio Barba y Guzmán; Antonio Fernández de Córdoba y de la Cerda, Bernardino Nieto y Auñón, Bartolomé Nieto y Auñón, José Caro y Briones, Juan José de la Milla Fernández de Córdoba, marqués del Saltillo; Pedro Bonifaz Ponce de León, José Felipe de Briones y Araos; Alonso de Romera Tamariz y Villalobos y el Marqués del valle de la Reina.  APC Diego Piedrabuena 1757, fols 110r. En el cabildo del 19 de marzo de 1758 se reunieron, ante fray Juan Andrés Díaz prior, los siguientes hermanos: Antonio Quintanilla y Andrade, Francisco Caro Curado, priostes de la hermandad, Fernando de Briones y Escobedo, caballero de Calatrava y Alonso de Romera Tamariz, sus compañeros priostes ausentes, Teodomiro de Briones y Saavedra, presbítero, Franco Benítez Caro, Pedro Mª de Rueda, Antonio José Barba y Guzmán, clérigo de menores, Juan Rodrigo de Quintanilla y Arce, Francisco Caro y Acuña, Juan Ignacio de Briones y Saavedra, José de Briones Araos, Fernando Caro Mancera, Francisco Bernal y Cervantes, presbítero, Antonio Fernández de Córdoba, José Caro, Francisco Antonio de Rueda y Vilches y Fernando Agustín Barba y Montalvo. Eligieron por priostes para 1759 a Juan de Briones y Saavedra, Juan de Romera Tamariz, Teodomiro de Briones Saavedra, presbítero y Juan de Briones Rospillosi. A.P.C. Diego Piedrabuena 1758, fols. 63r-64r.

    [43] José SÁNCHEZ HERRERO: "Las cofradías de Semana Santa de Sevilla durante la modernidad", en Las cofradías sevillanas en la Edad Moderna. Sevilla, Universidad, 1999,  95.

    [44]Testamento de Inés Enríquez, Alburquerque, 1 de junio de 1767. Archivo Histórico Provincial de Badajoz,  Leg. 4919.

    [45]Esta practica está documentada en muchas cofradías. Conocemos el caso de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona en la que el cabildo de la ciudad informó de la necesidad de mantener una tradición discriminatoria. Así, propusieron que, si alguna mujer quisiera acudir a la procesión de penitencia, no podrá ir interpolada entre los nazarenos sino detrás de dicha procesión, sin insignia ni otra cosa que mire a otro objeto más que acompañar a la Virgen. Informe del cabildo de Carmona sobre las reglas de la Hermandad de Jesús Nazareno, Carmona, 20 de julio de 1786. Esteban MIRA CABALLOS: "El informe del cabildo de Carmona sobre las reglas de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona", Boletín de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona (2001), Carmona.

[46] De hecho, encontramos decenas de testamentos en las que las otorgantes declararon ser hermanas de número de diversas cofradías. Sin embargo, en las decenas de cabildos generales que se protocolizaron no hemos encontrado la presencia de ninguna mujer. No puede ser casualidad; estaban apartadas de todos los órganos de decisión, incluso del cabildo general. En España se conocen algunos casos de integración igualitaria de la mujer en las hermandades pero se trata de excepciones que no hacen otra cosa que confirmar la regla. Por ejemplo, en los estatutos de la hermandad de la Veracruz de Rute se especificaba la igualdad entre los hermanos de ambos sexos, prohibiendo sin embargo a las mujeres disciplinarse en la procesión. Igualmente en la hermandad de la Veracruz de Villabuena del Puente se les otorga a los hombres y a las mujeres las mismas condiciones, incluso la posibilidad de participar en el desfile penitencial en idéntica situación. Pedro GARCÍA ÁLVAREZ: "Mujeres disciplinantes en una cofradía zamorana de la Vera Cruz en el siglo XVI: Villabuena del Puente", Actas del III Congreso Nacional de hermandades y cofradías, T. I. Córdoba, Cajasur, 1997, 514.

[47] Así ocurría en la congregación Servita de Nuestra Señora de los Dolores de Feria que sacaba el Viernes Santo a la Virgen de la Soledad en estación pública de penitencia.

[48] Inicialmente las mujeres se integraron en los cortejos rosarianos con los hombres, según Carlos José Romero Mensaque habrá que esperar a la segunda década del siglo XVIII para que encontremos los primeros cortejos rosarianos exclusivos de féminas, especialmente desde las misiones de fray Pedro Vázquez Tinoco O. P. Carlos José ROMERO MENSAQUE: “La cofradía del Rosario de Zufre. Una aproximación a la historia del fenómeno rosariano en la Sierra”, Actas de las XXII Jornadas del patrimonio de la Comarca de la Sierra. Higuera de la Sierra, Diputación Provincial 2009, 183-199.

[49] Así ocurría, por ejemplo, en la cofradía de mujeres de San Águeda de Barcelona, cuyas finanzas eran administradas por hombres nombrados para tal efecto. Inmaculada ARIAS DE SAAVEDRA y Miguel Ángel LÓPEZ MUÑOZ: “Cofradías y ciudad en la España del siglo XVIII”, Studia Historica, Historia Moderna Nº 19. Salamanca, 1998, 208. Reproducido en su libro:  La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada, Universidad, 2002, 103-150.

 

[50] El Curioso Carmonense (Edición de Antonio Lería) Carmona, S&C Ediciones, 1997, 117 y 119.

[51] Conocemos varios cabildos para la elección de esclava mayor; en 1780 lo fue doña Petronila Talavera, en 1781 Gertrudis Beltrán y en 1782 María Rodríguez de Molina. Cabildo de la cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes, Carmona, 4 de noviembre de 1781. A.P.C. Escribanía de Agustín López Cebreros 1781, fols, 242r-242v.  Cabildo de la misma cofradía, 29 de diciembre de 1782. A.P.C. Agustín López Cebreros 1782, fols. 337r-338r. Entre las hermanas asistentes a estos cabildos se mencionan lo siguientes nombres: doña Gertrudis Beltrán, doña Rosa Roa, doña Ramona de la Barrera, doña Antonia Vázquez, doña Rosalía Gutiérrez, doña Ana Vázquez, doña María Martínez, doña Severina Duarte, doña María de Gracia Vázquez, doña Ignacia de los Ríos, doña Antonia de Prados, doña Isabel de Prados y doña María de Prados, doña Josefa Velázquez, doña Petronila Talavera, doña Ana Talavera, doña Ramona Barrera, doña María Martín, doña Antonia Serrano, doña Bárbara Alcaide, doña Gabriela de Acevedo, doña María Rodríguez y Molina y doña Francisca Viso, doña Antonia Domínguez, doña Isabel de Cota, doña Ana García y doña María Garrido.

[52] ROMERO MENSAQUE: El fenómeno rosariano en la ciudad de Carmona, 49.

[53] Se trata de ocupaciones comúnmente reservada a mujeres, como las tareas del hogar, el aseo de las imágenes, la asistencia en el parto o el amortajamiento de finados. Conocemos muchos casos de matronas que llegaron a gozar de gran prestigio. Según El Curioso Carmonense, el convento de Santa Clara fue fundado en 1463 por dos honestas matronas. El Curioso Carmonense…, Ob. Cit., 97. En relación a su labor en el amortajamiento de cadáveres también disponemos de sobrados testimonios. Por citar sólo uno, en septiembre de 1563, murió un transeúnte en el mesón los Leones de Carmona y las autoridades llamaron a unas mujeres para que amortajaran su cuerpo. A.P.C., Escribanía de Pedro de Hoyos 1563, fols. 1080r-1081v. 

[54] El 16 de abril de 1685 hizo entrega a los frailes Jerónimos de todas las alhajas de la Virgen, ante el escribano Juan de Santiago, alegando problemas graves de salud. MIRA CABALLOS: Carmona en la Edad Moderna…, 27-29.

[55] Expediente sobre un vestido nuevo para la Virgen de los Reyes que habían costeado los feligreses con la ayuda del concejo que puso los 1.800 reales que faltaban, Carmona, 13 de mayo de 1772. Archivo Municipal de Carmona, Leg. 1061.

[56] Así consta en un inventario de la iglesia del Carmen, formalizado el 16 de enero de 1876. MIRA CABALLOS: Carmona en la Edad Moderna…, 294.

[57]Y ello lo simultaneó con el cargo de presbítero, examinador sinodal del arzobispado y vicario ecónomo de Carmona. También desempeñó el cargo de administrador del hospital de San Pedro entre 1820 y 1826. Pese a sus múltiples oficios ello no impidió que además desempeñara una amplia labor en la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, corporación que presidió como hermano mayor durante nada menos que veintiún años.  Esteban MIRA CABALLOS: "Juan José Freire: un personaje ilustre del siglo XIX hermano de Nuestro Padre", Boletín de la hermandad de Jesús Nazareno, Nº 17. Carmona, 2000, 18.

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No tenemos constancia documental de su nacimiento. Publio Hurtado, lo hace natural de Alcántara, basándose en dos argumentos poco consistentes: uno, en la existencia del apellido Villarroel en esta localidad cacereña. Y dos, en su supuesta marcha al Nuevo Mundo, en 1502, en la flota de frey Nicolás de Ovando, en la que viajaron numerosos extremeños. Sin embargo, y a falta de fuentes documentales, las referencias que poseemos de los cronistas no apuntan a un origen extremeño sino andaluz. Mientras Pedro Cieza de León lo cita solamente como un “español llamado Villarroel”, Nicolás de Martínez Arzáns y Vela, se mostró bastante más preciso al decir que "era este capitán de los nobles de Andalucía, natural de la ciudad de Carmona, y uno de los pacificadores de la provincia de Charcas".

El carmonense se asentó a su llegada a La Española en la villa de Salvaleón de Higüey, donde formó parte de la élite, recibiendo, en el repartimiento general de 1505, una modesta encomienda de indios. Sin embargo, como tantos otros españoles, al no ver cumplidas sus expectativas económicas decidió marchar de la isla a la primera oportunidad. Por ello, en 1511 no dudó en enrolarse en la expedición que llevó el adelantado Diego Velázquez a la vecina isla de Cuba.

En esta otra isla antillana tampoco parece que destacara, por lo que volvió a salir de la misma, dirigiéndose en esta ocasión al área andina. Según algunos cronistas participó activamente en la conquista de la zona de Charcas, actualmente perteneciente a Bolivia. Una vez sometido el territorio se asentó en el mismo, recibiendo, en compensación por sus servicios una encomienda de indios. Sin embargo, la fortuna le llegó de casualidad. Un indio suyo descubrió las célebres minas del Potosí, fundando posteriormente la villa del mismo nombre. Según la tradición, Villarroel tenía un indio, llamado Gualpa, que cuidadaza de sus ganados en el cerro que los nativos llamaban de Potosí. Un día se le hizo tarde y decidió quedarse y pernoctar en el cerro. Como hacía frío, recogió pastó e hizo una hoguera para calentarse. Al día siguiente, pudo ver con sorpresa, una mancha blanca, que resultó ser plata fundida. Al principio no dijo nada a nadie y se benefició él de su hallazgo. Pero, como no podía ser de otra forma, el carmonense notó el cambio. Interrogado por su señor, terminó confesando. Corría el mes de abril de 1544. El descubrimiento del Cerro Rico de Potosí, yacimiento argentífero desconocido por los Incas, se convirtió en el mayor hallazgo minero de todo el Nuevo Mundo. El carmonense se aprovechó de la situación, enriqueciéndose rápidamente. En 1547 Juan de Villarroel obtuvo la confirmación del Título de descubridor del Cerro y fundador de la Villa Imperial de Potosí, así como un escudo de armas para ella. Se convirtió en el primer gobernador de ella. En breve tiempo fue tanta gente a sacar plata que, como decía Cieza de León, “parecía aquel sitio una gran ciudad”.

Pudo haber vivido dignamente, como gobernador y con las rentas que le reportaba su explotación minera pero, como tantos otros conquistadores, su inquietud por ganar más honra y riquezas le superó. Teniendo ya más de 50 años participó en las guerras civiles del Perú que enfrentaron a las tropas leales del virrey Pedro de La Gasca contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Aunque luchó en el bando vencedor, el del virrey, resultó gravemente herido, a principios de 1548, concretamente en la batalla de Xaquixahuana. Afortunadamente se recuperó, pero sorprendentemente decidió alistarse en otra nueva aventura. Ni más ni menos que en la arriesgada expedición que, en 1549, llevó el desventurado Pedro de Valdivia a Chile. La resistencia de los araucanos fue mucho mayor de lo esperado. En 1553, estando en el fuerte de Tucapel, fundado por el propio Valdivia, fueron atacados por los indios, liderados por Lautaro. Los hermanos Juan y Andrés de Villarroel perdieron la vida, junto al resto del contingente español que lo defendía. El luctuoso suceso ocurrió el día de Navidad de 1553.

Desconocemos si dejó descendencia. El 14 de mayo de 1588 un tal Cristóbal de Villarroel declinó el cargo de alcalde del crimen en la audiencia de Lima. Nada tendría de particular que tuviese algún parentesco con el carmonense, extremo que, sin embargo, no hemos podido verificar.

 

BIBL.: E. MIRA CABALLOS: “Juan de Villarroel, conquistador”, en Carmona y su Virgen de Gracia. Carmona, 1989; E. MIRA CABALLOS: Carmona en la Edad Moderna: religiosidad y arte, población y emigración a América. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1999; E. MIRA CABALLOS: Nicolás de Ovando y los orígenes del sistema colonial español, 1502-1509. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial, 2000; P. HURTADO: Los extremeños en América. Sevilla, Gráficas Mirte, 1992; F. MORALES PADRÓN: Historia general de América. Madrid, Espasa Calpe, 1975; T. TRAYER OBJEDA: Valdivia y sus compañeros. Santiago de Chile, 1950; P. CIEZA DE LEÓN: Crónica del Perú. Madrid, Sarpe, 1985; V. NAVARRO DEL CASTILLO: La epopeya de la raza extremeña en Indias. Granada, Gráficas Solinieve, 1978; E. SCHÄFER, El Consejo Real y Supremo de las Indias, Madrid, Marcial Pons, 2003.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

        Juan José Freire y Armijo nació en 1778 y murió en Carmona el 4 de febrero de 1851. Era hijo del capitán Francisco Freire, natural del pueblo de Santo Thomé, en Galicia, y de la carmonense doña Josefa de Armijo. Su hermano, el general Manuel Freire, destacó en la Guerra de la Independencia, sobre todo por su victoria sobre los franceses en la batalla de San Marcial.

        Juan José Freire, a diferencia de su hermano, decidió hacer carrera eclesiástica, desempeñando simultáneamente los cargos de presbítero y beneficiado de la iglesia de San Bartolomé de Carmona, así como los de examinador sinodal del arzobispado y vicario ecónomo. También fue administrador del hospital de San Pedro de Carmona, entre 1820 y 1826, así como hermano mayor -durante 21 años- de la cofradía de Jesús Nazareno de la misma localidad.

        Obviamente, Freire no destacó por su oficio de presbítero sino por su lucha en la Guerra de la Independencia y por sus ideas políticas. Efectivamente llevó una intensa actividad durante todo el período que duró el enfrentamiento con los franceses, participando en la Junta Revolucionaria de Carmona y en el reclutamiento del Batallón -después regimiento- de Cazadores de Carmona. También desarrolló una intensa actividad social a favor de los más desfavorecidos, cuidando a niños expósitos de la casa cuna, y gestionando eficaz y caritativamente el hospital de San Pedro.

        A partir de 1814, con la restauración de la Monarquía Absoluta, Freire desplegó todo un ideario liberal, verdaderamente inusual en un cura del siglo XIX. Él, que tanto luchó por la libertad, jamás aceptó el absolutismo restaurado por Fernando VII. Su ideario quedó de manifiesto en el discurso que pronunció en la iglesia Prioral de Santa María el 23 de julio de 1820 con motivo de la erección del nuevo Congreso Nacional, resultante tras el conocido pronunciamiento del Coronel Riego. No se conformó con defender las ideas liberales y republicanas, sino que además hizo una crítica feroz a la política llevada a cabo por la administración fernandina durante el Sexenio Absoluto. Elogió, haciéndose eco de las teorías de Montesquieu, la división de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Para él la prosperidad del Estado sólo se podía fundamentar sobre este triple reparto del poder. Clamó por la libertad del pueblo como un bien inalienable de todos los ciudadanos. Estaba convencido de que Dios ayudaría al pueblo español a conseguir esa libertad, al igual que guió hacia la misma al pueblo hebreo. Y finalmente, manifestó su simpatía por la República Romana frente a la tiranía de la fase imperial. Una defensa del régimen republicano que no debió sentar nada bien en amplios sectores sociales de la Carmona de 1820. Claro está que manifestar tan siquiera ligeras simpatías por el régimen republicano, aunque estuviesen referidos a la civilización romana, resultaban una auténtica afrenta para los ideales monárquicos de Fernando VII y de la mayor parte de los españoles de la época.

En definitiva, estamos ante un personaje excepcional en la difícil España decimonónica; un hombre que se enfrentó al conservadurismo y al absolutismo de la España fernandina.

 

BIBL.: J. J. FREIRE: Discurso pronunciado el día 23 de julio de 1820 en la iglesia Prioral de Santa María por D. Juan José Freire, presbítero, beneficiado propio de la parroquia de San Bartolomé, con motivo de la solemne acción de gracias que celebró el ilustre ayuntamiento constitucional de la ciudad de Carmona, por la instalación del Congreso Nacional, y juramento hecho por S.M. C. ante él. Sevilla, por D. Manuel de Aragón y compañía, 1820; E. MIRA CABALLOS, Esteban: "Juan José Freire: un personaje ilustre del siglo XIX hermano de Nuestro Padre", Boletín de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Nº 17. Carmona, 2000. E. MIRA CABALLOS: 1997: “Don Juan José Freyre: un presbítero liberal en la Carmona del siglo XIX", Carmona y su Virgen de Gracia. Carmona, 2000; M. C GÓMEZ MARTÍN Y M. T. LÓPEZ DÍAZ: El hospital de San Pedro (1615-1875). La evolución de la sanidad en Carmona. Carmona, Excmo. Ayuntamiento, 1997.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

    

 

 

 

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En estas líneas vamos a glosar el contenido de un acta capitular del 17 de noviembre de 1777. El documento en cuestión se conserva en los repositorios del Archivo Municipal de Carmona y lo reproducimos transcrito en el apéndice documental. El citado manuscrito era conocido, pues, fue extractado junto al resto de los documentos capitulares que hacían referencia a la Virgen de Gracia en el libro que con éste título se editó en 1990. Sin embargo, nunca había sido publicado íntegro ni tampoco se habían analizado las interesantes ideas que en él se sugieren. Su contenido, con ser meramente anecdótico, contiene algunas pistas para acercarnos a la religiosidad y a la devoción popular de los carmonenses de antaño.

Don Juan de Briones Saavedra, miembro de la corporación municipal, puso en conocimiento del cabildo los hechos ocurridos: alguien, unilateralmente, había sustraído una efigie de la Virgen de Gracia que se veneraba en el muro externo del convento dominico de Santa Ana “desde tiempo inmemorial” y había colocado en su lugar otra de la advocación de la Virgen del Rosario. De forma unánime, los miembros del concejo hicieron suya esta denuncia y determinaron que se restituyese a su lugar la imagen de Nuestra Señora de Gracia y que, en caso de que no apareciese, se mandase hacer otra “con la decencia posible”.

Al margen de los hechos, el documento en cuestión encierra entre líneas algunas ideas que queremos comentar a continuación:

El escrito es muy correcto políticamente hasta el punto que ni tan siquiera señala o insinúa al posible o a los posibles autores. Pero hay un hecho clave: la imagen no solo fue sustraída sino que fue sustituida por otra de la Virgen del Rosario. Obviamente, parece claro que los autores debieron ser personas cercanas a la hermandad del Rosario, y acaso, hasta miembros de su junta de gobierno. No olvidemos que, aunque la hermandad no pasa en las últimas décadas por buenos momentos, sus orígenes son antiquísimos, pues se fundó en 1512, gozando durante siglos de un amplio respaldo entre la población y de una considerable solvencia económica. Sus bienes raíces y muebles fueron cuanto menos equiparables a los que poseía la Virgen de Gracia. De entre las advocaciones marianas no cabe duda de que éstas debieron ser las que más devoción generaban entre los carmonenses. Prueba de ello, es que cada vez que había una calamidad pública -epidemia o sequía fundamentalmente- solían sacar en procesión a la Virgen de Gracia y, en caso de que no surtiera efecto, a su más directa competidora, la Virgen del Rosario. Así, por ejemplo, a finales de agosto de 1648, cuando el pueblo se encontraba duramente azotado por una peste bubónica, decidieron sacar en procesión a la Señora de Gracia, desde su templo jerónimo a la Prioral de Santa María. Pero, como desgraciadamente el remedio no surtió efecto, en mayo del año siguiente, decidieron recurrir a la Virgen del Rosario. Está procesionó con toda solemnidad por las calles de Carmona, desfilando junto a ella el clero, las cofradías y miles de ciudadanos haciendo penitencia pública.

Por todo ello, nada tiene de particular que los hermanos del Rosario, vieran con malos ojos no a la Virgen de Gracia, por supuesto, sino la ubicación de esta réplica. La verdad es que poner esta reproducción justo allí debió ser algo así como poner una pica en Flandes.

Ir mucho más allá es arriesgado porque no disponemos, por el momento, de documentación. Pero sí es probable que hubiese algún tipo de rivalidad entre los hermanos de una y otra corporación. Una rivalidad acaso auspiciada por los propios frailes dominicos que debían mirar con recelo el hecho de que los jerónimos gozasen de las limosnas y los privilegios que suponía tener en su templo nada menos que a la que todos consideraban la patrona de la ciudad. De hecho, eran estos mismos religiosos dominicos los más interesados en la expansión de la devoción a la Virgen del Rosario que tantos ingresos, directos e indirectos, le proporcionaba.

 Pero hay otros aspectos sobre los que el documento arroja luz. Nuevamente, se pone de manifiesto la importancia de la devoción callejera en Carmona al menos hasta el siglo XIX. Tenemos no pocas referencias a otras imágenes existentes en diversos lugares públicos de Carmona, como el Jesús Nazareno limosnero, o la Inmaculada de azulejos que estaba en la Puerta de Sevilla y que hoy se conserva en la iglesia de Santa María, dentro del pórtico de la Puerta del Sol. Una piedad callejera que desgraciadamente casi ha desaparecido en nuestro pueblo pero que se conserva en otros muchos lugares y villas de España.

 Además, hay otra cuestión que no nos pasa desapercibida; Briones Saavedra señala la gravedad de los hechos, basándose en dos agravantes: uno, que la imagen estaba en ese lugar “desde tiempo inmemorial”, y dos, que toda la ciudad la tenía por su patrona. Y esta última palabra la repite nada menos que en tres ocasiones, no dejando muchas dudas de lo que realmente representaba esta advocación para Carmona. Por todo ello, quiero insistir en una idea que no por sabida deja de tener importancia. Fue el Papa Pío VII quien, a petición del pueblo de Carmona, expidió el 19 de febrero de 1805 el nombramiento de Nuestra Señora de Gracia como patrona de la ciudad. Sin embargo, ese fue solamente el nombramiento oficial porque, en la práctica, hacía siglos que los carmonenses la tenían como tal. Insisto, pues, que lo que muy acertadamente celebramos este año es el segundo centenario de su nombramiento institucional como patrona de Carmona. Pero que nadie olvide que al pueblo no le hacían falta papeles para sentir a la Virgen como tal y que, de hecho, hace ya cinco o seis siglos que la Señora de Gracia ejerce el patronazgo sobre nuestra querida ciudad.

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

Cabildo del concejo de Carmona, celebrado el 17 de noviembre de 1777.

 

"El señor don Juan de Briones Saavedra hizo presente en la ciudad que de tiempo inmemorial a esta parte ha conocido estar del lado de afuera de la puerta que nombran de Santa Ana, que da paso a la era que nombran de Marruecos, colocada en la pared del convento de Señora Santa Ana, orden de predicadores, la imagen de Nuestra Señora de Gracia, que la ciudad tiene por su patrona y se venera en el Real Monasterio de señor San Gerónimo, extramuros de esta ciudad. Y que habido advertido (sic) que en el sitio de dicha puerta de Santa Ana, donde estaba colocada dicha imagen, está hoy otra de Nuestra Señora del Rosario, habiendo retirado la de Gracia. Parece es querer procurar abolir una memoria tan antigua de dicha milagrosa imagen que la ciudad tiene por patrona y como tal debe permanecer en todos los sitios en donde desde aquellos principios fue colocada.

Y pareciéndole muy de su obligación como individuo de este ilustre cuerpo ponerlo en la alta comprensión de la ciudad para que, sirviéndose acordar lo que tengan por oportuno en el asunto, se consiga el fin con la cuenta de la estabilidad iglesia simulacro del mismo sitio por nuestra patrona, dando como daba cuentas al dicho don Juan por el celo con que se maneja y de que tiene larga experiencia la ciudad, acordó de conformidad que el cabildo -su procurador mayor-, practicando todas cuantas diligencias conduzcan a recoger la imagen de Nuestra Señora de Gracia que se hallaba en aquel sitio, la haga colocar en el mismo con aquella decencia posible. Y caso que no se encuentre persona que haya recogido dicha imagen, disponga otra, con la decencia posible, para que tenga efecto lo mandado por la ciudad".

(A.M.C. Actas capitulares, Libro 200).

ESTEBAN MIRA CABALLOS

                                                                                                                                                                                   

1.-INTRODUCCIÓN

     El tema que he elegido para colaborar un año más con Estela es el de un periódico carmonense del siglo XIX, llamado La Verdad. Un asunto muy apropiado para estas páginas porque se vuelve a insistir en la gran tradición cultural, periodística y literaria de Carmona, cuya antorcha tomaron ya en este siglo los redactores de Estela.

     Hace poco tiempo tuve la suerte de encontrarme con una colección de recortes del antiguo periódico carmonense La Verdad y me pareció interesante escribir un pequeño artículo sobre él. Los números que aparecían parcialmente eran los siguientes: XVII (1 V 1888), XIX (20 V 1888), XX (30 V 1888), XXI (10 VI 1888), XXIII (30 VI 1888), XXIV (10 VII 1888), XXV (20 VII 1888), XXVI (31 VII 1888), XXVIII (20 VIII 1888), XXIX (31 VIII 1888), XXX (10 IX 1888) y XXXI (20 IX 1888). Sobre estos pocos recortes elaboraremos los comentarios contenidos en estas breves líneas.

     La aparición de este periódico hay que verla en el marco de la Carmona del último cuarto del siglo XIX, donde se produjo una efervescencia cultural. Ésta estuvo promovida sobre todo por la Sociedad Arqueológica de Carmona fundada, como es de sobra conocido, en 1885, así como por la actividad científica derivada de las excavaciones en la Necrópolis. En 1881 llegó a Carmona Jorge Bonsor y en torno a él se aglutinó un notable grupo de arqueólogos, eruditos e intelectuales como los hermanos Fernández López, el presbítero don Sebastián Gómez Muñiz y José Vega Peláez, entre otros. Este círculo de intelectuales promovió enormemente el turismo en la ciudad, editó numerosos artículos y folletos de historia local y promovió conferencias de relevantes intelectuales de la época. Asimismo, las excavaciones en la necrópolis carmonense y los importantes hallazgos fueron difundidos a nivel nacional -e incluso internacional- apareciendo en diarios de gran tirada. En la década de los ochenta del siglo XIX numerosas personalidades se acercaron a Carmona para conocer los monumentos de la localidad y, sobre todo, la tan nombrada necrópolis romana. Quizás el punto culminante de toda esta trayectoria fue la edición, en 1885, de la "Historia de la Ciudad de Carmona" por Juan Fernández López.

     En estas circunstancias hemos de enmarcar la fundación del periódico La Verdad que, como ya hemos afirmado, nació muy vinculado al grupo de intelectuales de la Sociedad Arqueológica de Carmona. Prácticamente en todos los números que hemos consultado aparecían noticias referentes a la Sociedad Arqueológica, además de un sin fin de artículos de carácter literario y sobre todo histórico. Llama la atención asimismo que el domicilio social de la Sociedad Arqueológica estuviese situado en la calle San Felipe número 15 y el de la redacción de la Verdad en el número 17, es decir, en la casa contigua.

 

2.-LA FUNDACIÓN DEL PERIÓDICO

     El periódico La Verdad debió fundarse a principios del año 1887 ya que los ejemplares de 1888 figuraban como año II. Se editaba decenalmente, normalmente coincidiendo con días redondos, es decir, el día diez, el veinte y, finalmente, el treinta o el uno. En estos momentos desconocemos por cuantos años continuó editándose el rotativo.

     Su título, como ya hemos afirmado, era La Verdad, figurando como subtítulo "periódico decenal científico, literario y de intereses locales". Como puede observarse su nombre era bastante común, pues, incluso en nuestros días existen rotativos de importancia bajo esta intitulación, como, por ejemplo, el diario de Murcia.

     Como ya hemos afirmado la redacción y administración del rotativo estaba ubicada en la calle San Felipe Nº 17, en una casa que todavía hoy se conserva intacta. Disponía de imprenta propia, conocida precisamente como imprenta La Verdad, en la que no sólo se editaba el periódico sino también otros impresos ajenos al rotativo. Por citar un ejemplo concreto, en 1887 se tiró en sus instalaciones las Memorias de la Sociedad Arqueológica de Carmona.

     Por otro lado, su precio figuraba en el mismo periódico, siendo el coste de suscripción en Carmona de una peseta y media al trimestre. En cambio, para el resto de España y para Ultramar, debido a los gastos de envío, la tarifa aumentaba hasta las dos pesetas. Los anuncios, los comunicados y los edictos judiciales costaban veinticinco céntimos la línea.

 

3.-CONTENIDOS Y TENDENCIA IDEOLÓGICA

     El periódico, respondiendo a su intitulación de científico, daba cabida a un gran número de artículos de historia local así como a abundantes noticias referentes a la Sociedad Arqueológica y a los descubrimientos en la Necrópolis romana. También tenían cabida en sus páginas los sucesos y las anécdotas locales, la poesía, el ensayo, así como otras secciones de noticias nacionales e internacionales.

     En los números consultados se insertaron siempre artículos de historia local, como la serie referente a la actuación del Batallón de Cazadores de Carmona en la Guerra de la Independencia o un extenso y fundamentado artículo sobre San Teodomiro (Nº XXV). También encontramos anécdotas locales como el mal estado de la esfera del reloj de la plaza de San Fernando, o los proyectos fallidos de instalación de la luz eléctrica en la localidad (Nº XXXI).

     Entre los sucesos nacionales se cita el robo de plata en una cacharrería de Madrid en la que uno de los cacos fue atrapado por un perro amaestrado (Nº XXV).

     En la sección de noticias internacionales se alude al hundimiento, el 3 de junio de 1888, de un vapor de gran porte cargado con emigrantes. El relato describe el dramatismo del momento que en nada desmerece en relación a dramas recientes como el hundimiento del submarino ruso Kursk. Mientras se hundía, otro buque, el Drunmond Castle, se acercó a ayudar, pero todo resultó inútil, no siendo más que testigos directos del desastre que describieron así:

 

A ratos se oía una espantosa gritería, como saliendo de las entrañas del buque, donde sin duda habían sido encerrados los pobres emigrantes. En el momento de desaparecer, se oyó un solo grito lanzado por centenares de bocas, grito de angustia terrible. Después de esto se divisaron todavía por algún rato pequeñas luces aquí y allá, como si alguien hubiese podido salvarse y estuviera luchando con las olas; pero, a pesar de cuantas pesquisas hizo el vapor navegando en todas direcciones, a nadie divisó ni pudo salvar ser alguno viviente... (Nº XXV).

 

     Como ya hemos dicho, también la poesía tenía su página, casi permanente en este rotativo. En el número XXIX se incluye un poema de dieciocho estrofas de Benigno Pallol, titulado Amor Maternal que, según se especifica, obtuvo en 1887 el premio de la Reina Regente de San Juan de Vilassá (Barcelona).

     El periódico era de ideología liberal, pese a que su objetivo era más literario y científico que político. No obstante, se observa un solapado carácter crítico en la publicación. La relativa libertad de prensa existente en la España de la Restauración permitió efectivamente la subsistencia de diarios del partido en la oposición, e incluso, de algunos claramente republicanos.

     En los pocos números que hemos podido consultar de La Verdad detectamos numerosas críticas a la administración local y nacional. Por ejemplo, se censura al ayuntamiento que no hubiese llevado a la práctica los proyectos del alumbrado (Nº XXIV) y lo responsabiliza asimismo del mal estado del reloj de la Plaza de San Fernando (Nº XXXI). Las relaciones con los miembros del ayuntamiento no debían ser buenas. En el número XXIII la editorial recrimina al actitud de otro periódico local, El Zurdo –con seguridad, por ser de izquierdas- por escribir sin fundamento sobre la "actitud hostil" de los redactores de La Verdad contra el primer Alcalde.

     El artículo más crítico que hemos podido consultar es quizás uno insertado en el número XXIV y titulado Cifras terribles, en el que lamenta la marcha de la economía española, censurando la excesiva burocratización del país. A continuación citaremos un fragmento clave:

 

Para cada 56 contribuyentes hay un funcionario público que depende del Estado. Sin contar las clases pasivas ni la Guardia Civil, ni los cabos y sargentos del Ejército. Incluyendo en la cuenta los empleados municipales y provinciales, resulta que cada 24 contribuyentes tienen a su cargo un empleado. Lo cual no obsta, como dice un apreciable diario republicano, para que haya centro ministerial donde aguardan despacho más de 4.000 expedientes.

     Lo cierto es que nada de particular tienen estos comentarios, pues, en esos momentos se editaban en España numerosos diarios republicanos, entre ellos: el Baluarte de Sevilla (Sevilla Soler, 1996) o en Extremadura, la Coalición y la Región Extremeña (Guerra, 1980). Evidentemente, no tenemos elementos suficientes de juicio como para afirmar que La Verdad fuese antimonárquico, aunque califique de apreciable un periódico de ideología republicana. Si podemos afirmar, en cambio, que este periódico, donde colaboraban asiduamente intelectuales de la Sociedad Arqueológica de Carmona, era de una clara tendencia liberal.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

     Por Esteban Mira Caballos

 

 

1.-INTRODUCCIÓN

En otros artículos publicados en este mismo boletín hemos comentado la importancia que el siglo XVII tuvo en la historia de esta corporación. El revulsivo fue su fusión con la joven hermandad del Dulce Nombre de María. Un auténtico vendaval de aire fresco para la vieja corporación de la Esperanza que había languidecido con el paso de los años. Ellos trajeron consigo un Ecce Homo que habían adquirido en 1655 e iniciaron las estaciones de penitencia en la Semana Santa de 1658. Desde entonces y hasta nuestros días, con algunos altibajos, procesionaron casi de manera ininterrumpida. Esta reactivación del instituto trajo aparejado un aumento de la devoción hacia sus titulares. Prueba de ello son la fundación de capellanías, como la de Juan Rodríguez Borja en 1672, o la donación de diversos enseres para el aseo de sus imágenes.

Pues bien, en este artículo queremos dar a conocer un nuevo detalle que vuelve a incidir en esta gran devoción hacia los titulares de la hermandad más querida y devota de la antigua parroquia de El Salvador. Concretamente nos referiremos a la donación de una joya a la Virgen de la Esperanza, formalizada por doña Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro. Esta acaudalada señora dejó un sinfín de misas en diversas iglesias de Carmona, así como mandas a varias hermandades. Concretamente, donó tres arrobas de aceite anuales para la lámpara que estaba delante de San Antonio en la iglesia conventual de San Francisco. Sin embargo, la manda más importante de todas la canalizó hacia la efigie de la Virgen de la Esperanza de la que se declaró muy devota.

 

2.-LA DONACIÓN DE DOÑA CATALINA MÁRQUEZ

Efectivamente, en 1676 doña Catalina Márquez formalizó una generosa donación a favor de la hermandad de la Esperanza. Llama la atención que, siendo vecina de la calle de los Lagares, en la collación de San Bartolomé, y por tanto, parroquiana de este último templo, fuese devota y hermana de las cofradías de El Salvador. No es un caso excepcional, pero tampoco frecuente. Como es bien sabido, hasta el siglo pasado, la gente se movía infinitamente menos que ahora y lo normal era que cada parroquiano canalizase sus manifestaciones de fe a través de su parroquia, a la que estaba oficialmente adscrito. Santa María tenía su feligresía, así como San Pedro, San Bartolomé, Santiago, El Salvador, San Felipe o San Blas. Por tanto, no era demasiado normal que una feligresa de San Bartolomé no fuese hermana de las hermandades de este templo parroquial sino de las del vecino.

En su testamento, fechado en Carmona el 28 de junio de 1676, donó una gargantilla con cuadro hileras de perlas y cuentas de oro para el adorno personal de la Virgen de la Esperanza, de la que manifestó ser hermana de número1. Tan solo puso una condición: que nunca se pudiese enajenar, empeñar, vender, ni prestar. En este caso, automáticamente quedaría revocada la manda en favor de la cofradía del Santísimo Sacramento del mismo templo de El Salvador. Sin embargo, poco más de dos meses después, concretamente el 17 de septiembre de 1676, protocolizó su codicilo revocando esta cláusula, pero ampliando sustancialmente su donación inicial:

En primer lugar, revocaba la donación de la gargantilla y, a cambio, entregaba una sortija de oro con 17 piedras blancas, llamadas clavetes2. La hermandad entraría en posesión de la pieza, cuyo peso se fijó en cinco adarmes y medio, una vez que la donante falleciera y con la misma condición en que donó inicialmente la gargantilla, es decir, no se podría enajenar, ni tan siquiera prestar. Doña Catalina debió morir a las pocas semanas, pues el 17 de octubre de 1676, es decir, justo un mes después de la firma del codicilo, Pedro González, prioste de la corporación, otorgó acuse de recibo de la citada sortija3.

En segundo lugar, donó unas colgaduras de cinco tafetanes verdes y encarnados para las fiestas y solemnidades que celebrase el instituto. Inicialmente estableció que los poseedores de un vínculo que había fundado las custodiasen y la prestasen a la hermandad con ocasión de las festividades solemnes4. Sin embargo, para evitar el engorro de traer y llevar varias veces al año las citadas telas, los poseedores del vínculo decidieron finalmente dejarlas en poder de la hermandad. Por carta, firmada el 6 de marzo de 1677, Juan de Cota, el nuevo prioste de la corporación expidió carta de recibo de las citadas piezas textiles.

Y en tercer lugar, hizo donación de una púrpura de raso de Italia carmesí para el adorno del Ecce Homo. Un dato muy interesante porque demuestra a las claras la buena acogida de una advocación que llevaba procesionando menos de dos décadas. Que sepamos nosotros es la primera donación formalizada a favor del Ecce Homo que por 1676 debía ser una talla moderna o nueva, todavía sin la pátina que la antigüedad da a las obras de arte.

 

3.-CONCLUSIÓN

 Como puede observarse, mi objetivo ha sido extremadamente modesto: simplemente he querido compartir con los lectores del Boletín Ecce Homo este pequeño aporte a la historia de la hermandad. Ahora bien, pese a lo intrascendente del dato queremos insistir en tres ideas: primero, la gran actividad que la hermandad registró en la segunda mitad del siglo XVII, desde la incorporación a la misma de los hermanos del Dulce Nombre. La hermandad de la Esperanza, una de las más antiguas de Carmona, había caído en un letargo del que salió de manera abrupta a partir de mediados del XVII. A medida que avanzamos en las investigaciones, y encontramos nuevos datos, nos percatamos de la frenética actividad de la corporación tras su fusión.

Segundo, queremos llamar nuevamente la atención sobre la donación textil realizada al Ecce Homo. Ello nos demuestra la gran acogida y la devoción que desde los primeros años despertó esta efigie. Una admiración que hoy sentimos los carmonenses y que sorprende saber que ya fue así desde que el imaginero la cinceló y se expuso a la veneración pública.

Y tercero, por desgracia las piezas donadas no se han conservado hasta nuestros días. Los objetos textiles por circunstancias obvias, pues su uso continuado los deteriora irremisiblemente. De hecho, se han conservado muy pocos tapices y colgaduras antiguas en las catedrales e iglesias españolas, precisamente por ser objetos altamente perecederos. En cuanto, a la sortija es probable que desapareciera en alguna de las muchas guerras que se produjeron en la Edad Moderna y Contemporánea, bien fruto de algún saqueo o más probablemente, entregada voluntaria o forzosamente para el apresto de tropas o para hacer frente a alguna derrama perentoria.

 

APÉNDICE I

 

Extracto del testamento de Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro, Carmona, 28-VI-16765.

 

Sea para mayor honra y gloria de Dios nuestro Señor y en su santísimo nombre y de la serenísima reina de los ángeles María Santísima Señora Nuestra concebida sin mancha de pecado original desde el primer instante de su ser natural amen, debajo de cuyo amparo y patrocinio, sea notorio cuantos esta carta de testamento vieren como yo doña Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro, vecina de esta muy noble y leal ciudad de Carmona en la calle de los Lagares, collación de San Bartolomé y natural de (roto) de Utrera (roto)…

Ítem, mando a la cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, sita en la iglesia parroquial de Nuestro Señor San Salvador de esta ciudad una gargantilla que yo tengo de cuatro hilos de aljófar y a trechos unas cuentas de oro que serán hasta cuarenta poco más o menos, la cual luego que yo fallezca se entregue al prioste de dicha cofradía, pesada, para que conste en todo tiempo su calidad y valor, la cual dicha gargantilla mando para que con ella sea adornada la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza que está en la capilla de dicha cofradía, con tal cargo y condición que la dicha cofradía, prioste y hermanos de ella no la puedan prestar, vender, ni enajenar, ni empeñar, aunque sea para muy urgente necesidad que para ello tenga la dicha cofradía. Y si lo contrario hicieren que la venta, empeño o enajenación que hicieron sea ninguna y, en tal caso, quiero y es mi voluntad que sucediere en la dicha gargantilla la cofradía del Santísimo Sacramento, sita en la dicha iglesia de Nuestro Señor San Salvador para que el prioste de dicha cofradía del Santísimo Sacramento con intervención de los señores beneficiados y vicebeneficiados de la dicha iglesia la puedan vender y el precio que de ella procediere lo empleen en la prenda de que más necesidad tuviere dicha cofradía del Santísimo Sacramento. Y para que esto tenga observancia, se haga notoria esta cláusula a los priostes de dichas cofradías porque así es mi voluntad…

Fecha y otorgada la carta en Carmona, en domingo veintiocho días del mes de junio de mil seiscientos y setenta y seis años. Y la dicha otorgante que yo el escribano público doy fe que conozco no firmó porque dijo no saber, a su ruego lo firmó un testigo, siendo testigos Juan de Jaén, Juan de Cota y Andrés de Aguilar, vecinos de Carmona. Manuel Rodríguez, escribano público.

(A.P.C. Escribanía de Manuel Rodríguez 1676, fols. 552r-571r).

 

 

APÉNDICE II

 

Codicilo de Catalina Márquez, Carmona, 17-IX-1676.

 

In Dei nomine amen. Sepan cuantos vieren esta carta de codicilo como yo doña Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro, vecina de esta ciudad de Carmona en la calle de los Lagares, collación del señor San Bartolomé, estando enferma y en mi buen juicio y entendimiento natural, cumplida y buena memoria, confesando como confieso el divino misterio de la Santísima Trinidad y todo lo demás que como cristiana católica debo creer, digo que por cuanto yo hice y otorgué mi testamento ante el presente escribano en veintiocho días de junio próximo pasado de este año de la fecha y porque en él tengo que añadir y quitar algunas cosas que convienen al descargo de mi conciencia por vía de codicilo y como más lugar haya, otorgo y conozco que mando y dispongo lo siguiente:

Lo primero, digo que por cuanto por una cláusula del dicho mi testamento yo mandé a la cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, sita en la parroquial de Nuestro señor San Salvador de esta ciudad, una gargantilla de aljófar y cuentas de oro para adorno de la imagen de dicha cofradía. Ahora revoco la dicha manda y quiero y es mi voluntad que no se le dé la dicha gargantilla y en su lugar mando a la dicha cofradía para el mismo efecto y con las mismas condiciones y gravámenes con que le mandé la dicha gargantilla, una sortija que yo tengo de oro con diecisiete piedras blancas, llamadas clavetes, que dicha sortija pesa seis adarmes, digo cinco adarmes y medio, la cual ase entregue luego que yo fallezca.

Ítem, digo que por cuanto yo tengo una colgadura de cinco paños de tafetanes verdes y encarnados, mando que la dicha colgadura la tenga siempre en su poder el poseedor o poseedores que por tiempo fueren del vínculo principal que yo dejo dispuesto en dicho mi testamento con tal cargo y condición que el tal poseedor o poseedores del dicho vínculo hayan de dar a la dicha cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, la dicha colgadura por las festividades solmenes que hiciere la dicha cofradía en dicha iglesia de nuestro señor san Salvador donde está sita y luego que se haya hecho la fiesta vuelva la dicha cofradía a entregar la dicha colgadura al tal poseedor del vínculo al cual le prohíbo que la preste a otra alguna hermandad y persona particular para efecto alguno porque ésta solamente ha de servir en las festividades de la dicha cofradía. Y si el tal poseedor la prestare a otra persona particular o hermandad, en tal caso quiero y mando que la dicha colgadura pase a poder del prioste. Y si lo hiciere en tal caso mando la dicha colgadura a la cofradía del Santísimo Sacramento, sita en la dicha iglesia de nuestro señor San Salvador con el mismo cargo y gravamen.

Ítem, digo que por cuanto yo tengo en mi poder una púrpura de raso de Italia carmesí que por mi devoción he hecho a mi costa para adorno del Ecce Homo de la dicha cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, mando que la dicha púrpura esté en poder del tal poseedor o poseedores que fueren del dicho vínculo principal el cual la dé a la cofradía para todas las festividades en que fuere necesario adornar al Santísimo Cristo y no para otro fin alguno, y hecha la festividad vuelva a poder del dicho poseedor del vínculo…

Ítem, lo que el dicho mi testamento es contrario a lo expuesto en este codicilo lo revoco, dejándolo como lo dejo en su fuerza y vigor cumplido y aparejado efecto para en lo demás en dicho mi testamento contenido que quiero se guarde y cumpla juntamente con lo por mí mandado en este codicilo y en testimonio de ello así lo otorgo ante el presente escribano y testigos.

Que es fecha la carta en Carmona, a diecisiete días del mes de septiembre de mil seiscientos y setenta y seis años y la otorgante que yo el escribano doy fe que conozco no firmó porque dijo no saber, a su ruego lo firmó un testigo, siendo testigos Pedro de Andrade, Manuel Caravallo y Juan Rodríguez, vecinos de esta ciudad de Carmona. Pedro de Andrade, ante mí Manuel Rodríguez, escribano público. Signé este traslado para los albaceas de la dicha Catalina Márquez en el sello tercero y lo de intermedio papel común y lo anoté en su registro de que doy fe, en Carmona en veinticuatro días de diciembre de mil seiscientos y setenta y seis años. Yo Manuel Rodríguez, escribano del número de Carmona, hice escribir mi signo. Manuel Rodríguez.

(A.P.C., Escribanía de Manuel Rodríguez 1676, fols. 572r-575r).

 

 

APÉNDICE III

 

Carta en la que el prioste de la cofradía de la Esperanza otorga el acuse de recibo de la sortija donada por Catalina Márquez, 17-X-1676.

 

En la ciudad de Carmona en diecisiete días del mes de octubre de mil seiscientos y setenta y seis años, ante mí el escribano y testigos, pareció Pedro González, vecino de esta ciudad y prioste de la cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, sita en la parroquia de Nuestro Señor San Salvador de esta ciudad al cual doy fue que conozco y que es tal prioste de dicha cofradía. Y otorgó que ha recibido de don Gonzalo Cansino Barrasa, regidor y jurado de esta ciudad, como albacea de Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro, vecina que fue de ella, una sortija de oro con diecisiete piedras blancas, llamadas clavetes, que pesa cinco adarmes y medio que la dicha Catalina Márquez, por cláusula de un codicilo que otorgó ante mí el escribano en diecisiete de septiembre próximo pasado de este año, mandó a la dicha cofradía para adorno de la imagen de Nuestra Señora con ciertas condiciones y gravámenes referidos en dicha cláusula de su testamento que se refiere en dicho codicilo, las cuales yo el escribano hice notorias al dicho otorgante para que le consten y se observen y guarden por dicha cofradía.

Y de la dicha sortija se da por entregado a su voluntad y confesó tenerla en su poder sobre que renunció las leyes del entrego… Siendo testigos el licenciado Guerrero (perdido) del Campo y Roque Núñez, vecinos de Carmona.

(A.P.C., Escribanía de Manuel Rodríguez, 1676, fols. 750r-750v).

 

 

APÉNDICE IV

 

El prioste de la hermandad de la Esperanza acusa recibo de las colgaduras y de la púrpura para el Ecce Homo, Carmona, 6-III-1677.

 

Sépase como yo Juan de Cota, vecino de esta ciudad de Carmona y prioste de la cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María, sita en la iglesia parroquial de Nuestro Señor San Salvador de ella, como tal prioste digo que por cuanto doña Catalina Márquez, viuda de Francisco Martín Moro, vecina que fue de esta ciudad por una cláusula de su codicilo que otorgó, so cuya disposición murió, que pasó ante el presente escribano en diecisiete días del mes de septiembre del año pasado de mil y seiscientos y setenta y seis dijo que por cuanto tenía una colgadura de cinco paños de tafetán verdes y encarnados, mandó que la dicha colgadura la tuviesen siempre en su poder el poseedor o poseedores que por tiempo fuesen del vínculo principal que dejaba dispuesto en su testamento con tal cargo y condición que el tal poseedor y poseedores del dicho vínculo diesen a la dicha cofradía la dicha colgadura para las festividades solemnes que hiciese en dicha iglesia de Nuestro Señor San Salvador donde está sita. Y luego que se hiciese la fiesta, volviese la dicha cofradía a entregar la dicha colgadura al tal poseedor del vínculo al cual prohibió que la prestase a otra alguna hermandad y persona particular…

Y por otra cláusula del dicho codicilo dijo que tenía en su poder una púrpura de raso de Italia carmesí que por su devoción había hecho a su costa para adorno del Ecce Homo de la dicha cofradía de Nuestra Señora de la esperanza y Dulce Nombre de María, mandó que la dicha púrpura estuviese en poder del tal poseedor o poseedores que fuesen del dicho vínculo…

Y por evitar el embarazo de andar trayendo y llevando la dicha colgadura y púrpura para las funciones de dicha cofradía don Gonzalo Cansino Barrasa, jurado de esta ciudad y doña Isabel Gutiérrez, su mujer, primeros poseedores del dicho vínculo en cuyo poder estaba me la dieron y entregaron para que la tenga perpetuamente en la dicha iglesia de Nuestro Señor San Salvador en fiel custodia y guarda con los demás bienes de dicha cofradía para que dichas prendas sirvan en los casos para las mandó la dicha doña Catalina Márquez con los gravámenes por la susodicha puestos y para que los dichos don Gonzalo Cansino Barrasa y doña Isabel Gutiérrez, su mujer, y los demás poseedores que por tiempo fueren del dicho vínculo tengan entera seguridad, quiero otorgar a su favor recibo de las dichas prendas y poniéndolo en efecto como tal prioste de la dicha cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y Dulce Nombre de María otorgo y conozco que he recibido de lo dichos don Gonzalo Cansino Barrasa y doña Isabel Gutiérrez, su mujer, la dicha colgadura de cinco paños de tafetanes verdes y encarnados y púrpura de raso de Italia carmesí de que doy por entregado a mi voluntad…

Fecha la carta en Carmona, en seis días del mes de marzo de mil y seiscientos y setenta y siete, el otorgante que yo el escribano público doy fe conozco no firmó porque dijo no saber, a su ruego lo firmó un testigo, siendo testigos Domingo Rodríguez, Gaspar de la Barrera, carpintero, y Juan de Aguilar, vecinos de Carmona. Domingo Rodríguez, ante Manuel Rodríguez, escribano público.

(A.P.C., Escribanía de Manuel Rodríguez 1677, fols. 582r-583v).

1 Véase el apéndice I.

2 Véase el apéndice II.

3 Véase el apéndice III.

4 Véase el apéndice IV.

5 En el margen izquierdo especifica que la otorgante murió el 8 de octubre de 1676. Fue enterrada, con el hábito franciscano, en la capilla del convento de San Francisco de Carmona.

 

 

1.-INTRODUCCIÓN

          Como es bien sabido, en la sociedad estamental del Antiguo Régimen, las diferencias no las establecía tanto el dinero como el linaje. Era una época en la que el prestigio de un apellido, un título nobiliar o una patente de hidalguía resultaban determinantes a la hora de ubicar a cada persona en un lugar determinado dentro de la estructura social. Cada persona, en función de su status social tenía un sitio concreto en todas las manifestaciones públicas que, por supuesto, defendían a capa y espada. Por tanto, linaje y prestigio social marcaban la diferencia entre unas personas y otras.

Pues, bien, las manifestaciones públicas de fe constituían el lugar idóneo donde hacer valer esa prestancia. Por ello, los archivos eclesiásticos y civiles están repletos de pleitos con disputas interminables por la preferencia en los desfiles procesionales. Pleitos entre los propios eclesiásticos, entre autoridades civiles y religiosas, entre distintas cofradías, e incluso, entre hermanos de un mismo instituto. Se trata de una temática que ha sido bien estudiada para el caso de Sevilla1 pero que, en lo referente a nuestra ciudad aún espera la mano de algún investigador. En este artículo pretendemos dar a conocer algunos de estos pleitos como un punto de partida para futuras y más completas investigaciones.

Efectivamente, como era de esperar, Carmona no fue una excepción en el contexto español ni en el del reino de Sevilla. En nuestra ciudad se produjeron numerosos enfrentamientos por la primacía en los desfiles públicos, especialmente en la procesión del Corpus Christi. Y podríamos preguntarnos ¿y por qué el Corpus Christi? La respuesta es obvia; históricamente era una de las fiestas religiosas más destacadas del calendario litúrgico, acaso la más importante. Se trataba de acompañar la salida procesional de nada más y nada menos que el mismísimo Cuerpo de Cristo. ¡Qué mejor sitio que el desfile del Corpus para ostentar su prestancia social! Además, no debemos olvidar que la inquisición y sus familiares estaban siempre al acecho de cualquier persona que se apartase del dogma cristiano. No había mejor salvaguarda de la peligrosa inquisición que participar en estas manifestaciones públicas de fe.

          Como es de sobra conocido, tanto en Sevilla como en Carmona las cofradías desfilaban por riguroso orden de antigüedad –tomando como rasero la aprobación de sus reglas-. Aunque eso sí, en este caso, la preferencia era a la inversa, las más antiguas querían ir e iban detrás, más cerca del Santísimo Sacramento, mientras que las más recientes se veían obligadas a desfilar delante. Las autoridades eclesiásticas debieron elaborar unas detalladas normativas para regularizar la ubicación de cada cual y evitar así estos enfrentamientos que, además de no beneficiar a nadie, no contribuían al lucimiento de la fiesta. Pues bien, los pleitos que se dieron en Carmona fueron de muy diversa índole, a saber:

En primer lugar, entre distintas hermandades por su antigüedad, lo cual no era una cuestión baladí, pues ligada a ella iba la precedencia en los desfiles públicos. Ya en 1561 hubo un pleito entre la cofradía de la Misericordia y las corporaciones ubicadas en la Prioral de Santa María. Al parecer, debido a la gran sequía hubo una procesión de rogativa a la ermita de Nuestra Señora del Real, generándose una disputa por la precedencia en dicho acto. Tras formalizarse un pleito entre ambas partes, la sentencia fue rotunda: en adelante, la cofradía de la Misericordia precedería a las cofradías ubicadas en la Prioral2. Probablemente, detrás de dicho enfrentamiento estaba la competencia entre el alto clero de la villa, perteneciente a la Universidad y la cofradía de Santa Bárbara, ambas con sede en Santa María, y una buena parte de la élite nobiliar, adscrita al instituto de la Misericordia. El siglo XVII, etapa cumbre del barroco y de la sociedad estamental, los pleitos entre los institutos proliferaron por doquier. En el caso de Carmona hay un buen número de ellos bien conocidos: poco antes de mediar el siglo XVII, concretamente en 1645, se desencadenó un largo proceso entre la cofradía del Rosario, sita en el convento de Santa Ana, y la de la Pura y Limpia Concepción que tenía su sede en el convento de monjas concepcionistas3. Muy sonado fue el enfrentamiento entre las hermandades de Jesús Nazareno y la del Dulce Nombre de María, que acabó con el traslado de esta última al templo de El Salvador4. Como es bien sabido, tras desembarcar en la nueva Parroquia adquirieron un Ecce Homo y se fusionaron con la vieja hermandad de la Esperanza. De esta forma se vieron desfilando en lugar preferente con respecto a la cofradía del Nazareno para irritación de éstos quienes decidieron ponerlo en manos de los tribunales. Tras un largo litigio, el 9 de marzo de 1657 las autoridades fallaron que los hermanos del Dulce Nombre pudiesen desfilar delante, pero siempre bajo el estandarte de la Esperanza y nunca con bandera propia5. Los hermanos de Jesús Nazareno volvieron a perder un pleito dos años después, es decir, en 1659, en el que se falló que la hermandad de la Encarnación de San Felipe les precediese6. Pero, hubo un último pleito, fallado el 21 de octubre de 1800. En esta ocasión, los cofrades del Nazareno sí guardaban un as en la manga, obteniendo una sentencia ejemplarizante muy favorable. A sabiendas de que eran los únicos en Carmona que habían formalizado su aprobación ante el Consejo de Castilla, siguiendo un decreto de Carlos III, consiguieron que este organismo fallase a favor de su precedencia en todos los desfiles públicos7. También en el siglo XVII se enzarzaron en un litis por la precedencia la hermandad de Belén, sita en el templo de Santiago, y la de la Humildad y Paciencia, con sede en San Pedro. Al parecer, los hermanos de Belén procesionaron durante algunos años delante de los de la Humildad hasta que en 1682 las autoridades determinaron la precedencia de esta última corporación8.

En segundo lugar, entre hermandades con las autoridades eclesiásticas, como el de la hermandad del Dulce Nombre de María, enfrentados no solo con los hermanos Nazarenos sino también con los presbíteros de San Bartolomé, o el de la hermandad de San José que, por diferencias irresolubles con los dominicos de Santa Ana, terminaron trasladándose al templo parroquial de San Pedro.

Y en tercer y último lugar, entre miembros de una misma corporación, con frecuencia entre los hermanos y el mayordomo por gasto indebido o apropiación. Así, por ejemplo, en 1534, la cofradía de la Asunción mantenía un pleito con su mayordomo saliente, el jurado Diego López de la Cueva, por la venta de una casa propiedad del instituto a la fábrica de Santa María para construir el templo9. Igualmente, por poner un ejemplo mucho más tardío, en 1781 la cofradía de Ánimas de San Pedro consiguió que se condenara a Bartolomé Barrera al pago de 821 reales y 11 maravedís que dejó de cobrar de las rentas de una casa, propiedad de la citada corporación. El corregidor obligó a su fiador Bernardo de Roa al abono de la cuantía10. Asimismo, dentro de la misma hermandad de Jesús Nazareno se produjeron graves disputas a finales del siglo XVII que consiguieron dirimir antes de llegar a juicio. Pues, bien, de este último caso y de algunos otros problemas entre cofrades nos ocuparemos en las líneas que vienen a continuación.

 

 

2.-PLEITO ENTRE COFRADES Y PATRONOS DEL HOSPITAL DE LA MISERCORDIA


La Duquesa de Arcos, doña Beatriz Pacheco fundó, o al menos dotó al hospital de la Misericordia. En una de las cláusulas del testamento encargó como visitadores para que supervisaran los gastos a tres autoridades eclesiásticas, a saber: los priores de los conventos de San Sebastián y Santa Ana así como el vicario de la villa11. En definitiva, a dos miembros del clero regular, un franciscano y un dominico, y a un miembro del clero secular.

        El enfrentamiento estaba servido. Los cofrades de la Misericordia se caracterizaban, primero por gozar de una gran independencia al poseer edificio propio, y segundo, por ser la mayoría de ellos miembros de la oligarquía local. Por ello, no tardaron en surgir roces y fricciones con las autoridades religiosas que ostentaban, por cláusula testamentaria, la visita y el control del hospital.

Efectivamente, en los años posteriores no tardó en aparecer la disputa porque el capital del hospital era cuantioso y los intereses muchos. En 1517 se desarrollo un pleito entre los patronos y los cofrades12. El 3 de octubre de 1517 los tres patronos, Fray Antonio de Écija, guardián del monasterio de San Sebastián ,fray Vicente de Trujillo, prior del monasterio de Santa Ana y Francisco de la Barrera, clérigo vicario, dieron poder a Fernando de Salcedo, vecino de Carmona, y a Fernando de Talavera, procurador de causas en la Chancillería de Granada para que se personaran en esta última ciudad a apelar dicho proceso. Según decían, los cofrades eran personas principales de la villa, regidores y jurados y escribanos de cabildo por lo que era imposible obtener justicia ordinaria, acudiendo por tanto directamente al tribunal superior. Ellos alegaban que tenían los poderes por disposición de doña Beatriz Pacheco que además obtuvo bila apostólica:

 

Nosotros por bula apostólica ganada por la dicha duquesa somos patronos y visitadores y tenemos facultad de proveer de capellán en el dicho hospital y de los otros oficiales que son menester para el servicio de él, tenemos asimismo facultad por la dicha bula de hacer todos y cualesquier estatutos que nos pareciere que convienen al bien del dicho hospital y visitar el dicho hospital y oficiales de él, según que todo más largamente consta por esta bula apostólica de que hacemos presentación.

 

 

Sin embargo, dicha bula fue obedecida por todos los cofrades solo los primeros años pero que, sin embargo, últimamente los cofrades no nos dejan usar libremente de la dicha facultad que tenemos, contradicen e impiden que no visitemos dicho hospital y oficiales de él y que no tomemos en cuenta a los mayordomos. Pero iban más allá en sus acusaciones, pues incluso alegaban que habían desviado fondos destinados a los pobres hacia otros fines menos claros:

 

Ítem, decimos que los dichos cofrades tienen en su poder ciento veinte fanegas de pan de unas tierras que son del dicho hospital para el proveimiento de los pobres y otros maravedís de tributos que el dicho hospital tiene de renta y tememos que los dichos cofrades gastarñán mal el dicho tributo y maravedís y los pobres del dicho hospital recibirán mucho agravio y daño, pedimos y suplicamos a vuestra alteza mande dar su provisió para el corregidor de la dicha villa de carmona, mandándole que luego apremie a los dichos cofrades que depositen en una persona abonada rtodo el pan y maravedís que tienen o tuvieren en su poder para que aquellos se gasten en lo necesario y cponveniente a los estatutos del dicho hospital y a la disposición de la dicha duquesa y vuestra Alteza mande so grandes penas a los dichoss cofrades y aa cada uno de ellos que no reciban ni cobren más maravedís ni pan ni otra cosa alguna de la renta del dicho hospital y que dejen cobrar libremente al mayordomo que mis partes como patronos que son nombraren y eligieren conforme a la dicha bula y (roto) para lo cual su real oficio implora.

              Y finalmente pedían un traslado de los numerosos cabildos que habían celebrado ante el difunto escribano Francisco Vaca, y ante Luis de Hoyos, escribano, para conocer exactamente el alcance de sus acuerdos. No sabemos mucho más del pleito porque no lo pudimos consultar con detenimiento, pues dado su lamentable estado de conservación apenas me dejaron los facultativos de la Chancillería echarle un vistazo. Sin embargo, algunas conclusiones sí que se pueden extraer: primero, las rivalidades que existían entre la oligarquía local que orgullosa de su posición rivalizaba y retaba a las dignidades religiosas. Segundo, la importancia que adquirió esta institución en Carmona que durante muchos años fue la mayor institución caritativa de Carmona. Había en juego mucho dinero y también mucho prestigio social de ahí que unos y otros quisiesen mantener el control de dicha institución. Y tercero, todo parece indicar que los religiosos, dado que tenían la ley de su lado, ganaron finalmente el pleito, conservando la Iglesia su poder sobre el hospital.


 

3.-EL ABAD MAYOR Y EL VICARIO SE ENFRENTAN (1528-1531)

 

          Recordemos que los hechos ocurrieron en Carmona hace ya cerca de cinco siglos. Como ya hemos dicho, ahora nos puede parecer baladí pero entonces significaba mucho no solo para los litigantes sino también para sus respectivas familias.

          Al parecer, Hernán Gómez de Sotomayor, abad mayor de la universidad de beneficiados de Carmona13, había obtenido una sentencia del juez eclesiástico Juan Pérez, prior del monasterio de San Hipólito de Córdoba, por el que le daba la primacía sobre el vicario en todos los actos públicos. El vicario en cuestión, cuyo nombre no se especifica en el proceso, aceptó dicho fallo y estuvo algunos años, permitiendo la precedencia del abad.

Sin embargo, tras la muerte de dicho vicario le sucedió en el cargo Hernán Caro, perteneciente a una de las familias más linajudas de Carmona. Éste se negó a aceptar dicha sentencia y apeló a la justicia civil. Sin embargo, el juez eclesiástico en un primer momento no aceptó la apelación, lo descomulgó y lo condenó asimismo al pago de cien ducados. Insistió Hernán Caro, y apeló al Emperador para que se le concediese la apelación. Por una Real Provisión, dada en Granada el 30 de enero de 1529, se le concedió la citada apelación que debía verse en el archivo de la Chancillería de Granada14. La decisión fue notificada en Córdoba al juez eclesiástico, Juan Pérez, el 8 de febrero de 1529. Unos meses después, concretamente el 26 de junio de 1529 se notificó asimismo al abad de Carmona, Hernán Gómez de Sotomayor.

          Ambos contendientes otorgaron poderes para seguir el proceso en la ciudad de la Alhambra. El vicario Hernán Caro, designó a Antón Pérez, mientras que el abad Gómez de Sotomayor, nombró a Hernando de Sanabria. El proceso se demoró, pues, todavía el 26 de julio de 1529 los oidores de Granada solicitaban el sumario instruido por el juez eclesiástico para poder dictar la sentencia. El licenciado Ortiz llevó a Granada dicho proceso el 7 de enero de 1530, procediendo los oidores a emitir su fallo.

            Desconocemos el desenlace porque el documento consultado concluye con este último dato, faltando toda la instrucción realizada en la chancillería granadina así como la sentencia final. Sin embargo, que ganase uno u otro es prácticamente indiferente, pues lo realmente importante es verificar como en esta sociedad, se sucedían largos pleitos sencillamente por la ubicación en un acto público.

          Probablemente, detrás de este duro, largo y tedioso enfrentamiento entre estas dos autoridades eclesiástica, había en realidad un problema entre sus dos familias, es decir, los Caros y los Gómez de Sotomayor. Resulta cuanto menos curioso que los litigantes pertenecieran a dos de las familias con más solera de la Carmona Bajomedieval y Moderna. Los Caros pertenecían a la élite prácticamente desde la Reconquista. De hecho, El Curioso Carmonense afirma que Ruy Méndez Caro, padre de Rodrigo Caro, era alcaide del alcázar de Abajo, y que huyó de la villa cuando Enrique II la tomó. Luego, tras la muerte de éste, fueron perdonados y regresaron a la localidad15. Pero no menos linajudos eran los Gómez de Sotomayor. Se sabe de la existencia de un tal Gonzalo Gómez de Sotomayor que fue también alcaide de los alcázares de Carmona. Su hijo Gómez Méndez de Sotomayor, fue Veinticuatro de la ciudad de Sevilla y, al igual que su padre, alcaide de Carmona. Estaba claro, pues, que cuando se enfrentaron no lo debieron hacer sólo a título individual, sino encabezando a sus respectivos linajes familiares.

 

 

4.-EL PLEITO POR EL GUIÓN DE LA COFRADÍA DE JESÚS NAZARENO


          En el seno de la hermandad de Jesús Nazareno ocurrieron, en la última década del siglo XVII, serios problemas de convivencia entre los hermanos a costa de un dichoso guión. Resulta que en torno a 1680, Alonso Gutiérrez y otros aperadores miembros de la hermandad sufragaron un guión de tela morada con mango de plata de 14 cañones, rematada con una cruz del mismo metal. Desde entonces fue costumbre que Alonso Gutiérrez y los demás aperadores sacasen la insignia en las procesiones públicas y que, a su término, se la llevase a su casa, como depositario.

          Alonso Gutiérrez tuvo tres hijos: Gaspar, Andrés y Alonso. A su muerte, el guión pasó a poder de Gaspar Gutiérrez quien lo sacó en el Corpus Christi del 5 de junio de 1692. Al finalizar el desfile hubo disturbios entre unos hermanos que lo pretendían llevar a San Bartolomé y los aperadores que lo llevaron con fuerza y violencia a casa de Gaspar Gutiérrez. Poco después, para evitar nuevos disturbios, otorgaron una escritura con la hermandad en la que ratificaron que la insignia debía permanecer en casa de Gaspar Gutiérrez, aunque éste se obligaba a acudir con ella a todos los actos públicos de la hermandad.

          Sin embargo, la escritura de concordia no frenó las disputas. Una vez fallecido Gaspar y estando enfermo Andrés, la custodia de la insignia pasó a manos del menor de los hijos de Alonso Gutiérrez, del mismo nombre que éste. Los hermanos iniciaron un largo pleito que se prolongó durante varios años. Alonso Gutiérrez El Joven pactó con la hermandad que el guión quedase en un arca de dos llaves, una en su poder y, la otra, en manos del prioste, Manuel López.

          Pero este pacto debió hacerse sin el conocimiento o al menos sin el consentimiento de todos los hermanos y aperadores porque los problemas continuaron. El caso más grave ocurrió en mayo de 1698 en el traslado de la Virgen de Gracia a su monasterio. Al parecer, por falta de lluvia se le había dedicado una novena en la Prioral de Santa María. En el traslado al cenobio se armó un disturbio y pesadumbre irreparable en toda la procesión. Probablemente, esta fue la gota que colmó el vaso. La situación estaba adquiriendo ya una violencia verbal y física considerable con gran escándalo público. Así que los aperadores decidieron pactar finalmente con la hermandad, según dijeron expresamente para evitar que la situación pasara a mayores. Se comprometieron a que la custodia y propiedad del guión pasase definitivamente a la hermandad a cambio de que ésta abonase los 450 reales que se estimaba que había gastado la familia Gutiérrez en el largo proceso con la corporación. Se solucionaba por fin un contencioso enquistado durante más de una década.

 

 

5.-CONCLUSIONES

 

          Y a modo de conclusión debemos decir que estas disputas actualmente nos parecen simples anécdotas de la sociedad de la época. Sin embargo, en su momento jugaron un papel trascendental en el reforzamiento de la estructura jerarquizada de la sociedad estamental. En aquellos tiempos, una de las peores afrentas que se podían hacer era discutirle al hidalguillo de turno o a un cargo público esa ubicación. Los desfiles religiosos no sólo eran actos de fe sino también la más genuina forma de canalización social de la época.

          Por tanto, para ellos, insisto, no resultaba en absoluto intrascendente que un Caro prevaleciera sobre un Gómez de Sotomayor o al revés. O que a una persona se le privara de su derecho a portar una insignia de alguna de las muchas corporaciones que actuaban públicamente en nuestra ciudad. Una forma de pensar y de actuar que nos puede parecer absolutamente ridícula desde nuestra perspectiva actual pero que alcanza una perfecta explicación sincrónica.

Antes de acabar estas páginas quisiera insistir nuevamente que estas pocas páginas no constituyen un estudio acabado sino un punto de partida para futuras y más completas investigaciones.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

APÉNDICE I


Real Provisión de Carlos V concediendo al vicario de Carmona, Hernán Pérez el derecho de apelación, Granada, 30 de enero de 1529.

 

          Don Carlos por la gracia de Dios rey de romanos… Salud y gracia sepáis que Antón Pérez, procurador en la nuestra audiencia, en nombre de Hernán Caro, clérigo presbítero, vicario de la villa de Carmona, nos hizo relación por su petición que en la nuestra corte y chancillería, ante el presidente y oidores de la nuestra audiencia que reside en la ciudad de Granada presentó diciendo que se querellaba de vos y contando el caso dijo que vos diciéndoos juez apostólico habíais discernido contra el dicho vicario su parte una carta monitoria mandándole que, en las procesiones y en la orden y lugar de ellas y en otras cosas, no se entremetiesen y dejase mandar, presidir y preceder a él, a un Hernán Gómez de Sotomayor que se dice abad de la dicha villa, diciendo haber habido sentencia y carta ejecutoria sobre ello contra otro vicario su predecesor, imponiendo sobre él penas y censuras, citándole a que se fuese a ver condenar en las penas en que había incurrido.

Y luego que había venido a noticia de su parte, había dicho de nulidad contra la dicha vuestra carta y contra la dicha ejecutoria y había apelado de todo para ante nuestro muy santo padre por la dicha sentencia haberse dado en ausencia de su predecesor y os había requerido lo revocaseis todo y que le otorgaseis la dicha apelación, no lo habíais querido hacer y lo habíais condenado en cien ducados… Nos suplicaban vos mandásemos que revocaseis y dieseis por ninguno todo lo por vos hecho y que alcéis las dichas censuras y entredicho, absolviendo a las personas que sobre ello están descomulgadas, mandando traer el proceso de dicho pleito a la dicha nuestra audiencia para que así se hiciese lo que fuese justicia. Dada en Granada, a treinta días del mes de enero, año del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de mil y quinientos y veinte y nueve años.

(A.Ch.G. Cabina 3ª, leg. 1584, N. 14).

 

 

APÉNDICE II

 

          Concordia entre los hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno de Carmona, Carmona, 11 de mayo de 1698.

 

           En la villa de Carmona, en once días del mes de mayo de mil seiscientos y noventa y ocho años, ante mí el presente escribano público y de los testigos de yuso escritos, estando en la iglesia parroquial del Señor San Bartolomé de esta ciudad parecieron, de la una parte, Alonso Gutiérrez, Juan Barrera, Juan Rodríguez, Diego Mejías, Bartolomé Ruiz, Alonso Cabello, Juan Guillén, Diego García y Alonso García, aperadores algunos de ellos, vecinos de esta dicha ciudad, y de la otra, Manuel López, vecino de esta ciudad, prioste y hermano mayor de la cofradía de Jesús Nazareno, sita en dicha iglesia y otorgaron la una parte a favor de la otra y la otra en la otra y dijeron que por cuanto Alonso Gutiérrez, padre del dicho Alonso Gutiérrez, y otros aperadores antiguos con gran fervor que tuvieron y como buenos hermanos de la dicha cofradía, de sus caudales y cuidados de muchas limosnas que para ello se les dieron hicieron para el mayor adorno y decencia de la dicha cofradía un guión de tela morada bordado de hilo de oro fino con su escudo y con una basa con 14 cañones de plata, una cruz grande y cuatro pequeñas de plata con sus huecos, el cual dicho guión siempre había sido y era de los aperadores, así de los presentes como de los antiguos y que siempre lo habían tenido en su casa y acudido con él a las funciones principales de la dicha cofradía y vuéltolo a ellos sin que nadie se lo impidiese hasta de pocos años a esta parte que por descuido o negligencia de algunos aperadores que lo dejaron en la iglesia en poder del prioste de la dicha cofradía hasta el día cinco del mes de junio del año pasado de mil seiscientos y noventa y dos que habiendo los otorgantes el día del Corpus acudido a la dicha iglesia y Gaspar Gutiérrez y Andrés Gutiérrez, asimismo hermano del dicho Alonso Gutiérrez, otorgante e hijos del dicho Alonso Gutiérrez, aperador, fundador del dicho guión, lo llevaron como era costumbre en dicha procesión del Corpus, habiéndose aprobado todos los dichos otorgantes y los dichos Gaspar Gutiérrez que ya es difunto y el dicho Andrés Gutiérrez que si cierto achaque que está padeciendo está privado de los sentidos y otros aperadores que asistieron dicho día del Corpus con fuerza y violencia se llevaron dicho guión a casa del dicho Gaspar Gutiérrez.

Y vista la resolución que tenían, el prioste y algunos hermanos de la dicha cofradía no pudieron con ellos que se dejasen dicho guión en la iglesia, antes enredados de palabras estuvieron a peligro de perderse, consiguieron con los dichos otorgantes y con los dichos Gaspar Gutiérrez y Andrés Gutiérrez el que otorgasen dicho día una escritura a favor de la dicha cofradía a su prioste y hermanos de cómo recibirán el dicho guión para tenerlo en sus casas como era costumbre. Y se obligaron por ella a asistir en las funciones principales a la dicha cofradía con dicho guión y sus hachas encendidas y lo demás que se refiere en dicha escritura la cual pasó y se otorgó por ante Agustín de Santiago, mi hermano, escribano público que fue del número de esta ciudad a que todos se refieren. Y sobre lo referido se siguió cierto pleito muy costoso entre la dicha cofradía, prioste y hermanos de ella con los dichos Gaspar Gutiérrez, sus hermanos y los otorgantes pretendiendo el que dicho guión había de estar en la dicha iglesia y no en casa del dicho Gaspar Gutiérrez y demás compañeros los cuales lo defendieron.

Y habiendo habido en dicho pleito muchos gastos y sinsabores de una y otra parte se dio sentencia a favor de los dichos aperadores en que se les mandó se mantuviesen en la posesión que estaban de tener dicho guión en su casa. Y después, habiendo muerto el dicho Gaspar Gutiérrez, se traspasó el dicho guión a las casas de la morada del dicho Alonso Gutiérrez, otorgante, su hermano, quien por servirle de alguna costa e incomodidad muchas veces lo ha ofrecido a la dicha cofradía, poniéndose en dicha iglesia un arca con dos llaves donde estuviere metido, teniendo la una el dicho Alonso Gutiérrez y la otra el prioste de la dicha cofradía, la cual mis hermanos han querido venir en ello de que se ocasiona de haber habido entre los otorgantes y otros aperadores y el prioste de la dicha cofradía y otros hermanos muchas ocasiones de perderse como se experimentó hoy día de la fecha, llevando en procesión a la Virgen Santa María de Gracia nuestra patrona y abogada en procesión general de la iglesia mayor de esta ciudad donde ha estado un novenario por falta de agua a su santísima casa que entre los otorgantes y otros hermanos de la dicha cofradía se armó un disturbio y pesadumbre irreparable en toda la procesión.

            Y ahora, todos los dichos otorgantes, considerando lo referido y que esto puede pasar a mayores y más graves inconvenientes y en especial el que dicho Alonso Gutiérrez no puede asistir a las funciones que dicha cofradía tiene por vía de transacción, paz y concordia están convenidos y concertados y por la presente se convienen y conciertan en esta manera en que el dicho Alonso Gutiérrez y demás otorgantes sus compañeros quieren dar y entregar a la dicha cofradía y al dicho Manuel López, su prioste, y a los demás hermanos el guión en la misma forma que al presente está para que la dicha cofradía, su prioste y hermanos le pongan cobro desde hoy día de la fecha y lo puedan dar y entregar en las funciones públicas a cualquier hermano de la dicha cofradía para que lo lleve en la misma forma que hasta ahora lo han llevado y sacado los otorgantes y sus antecesores sin ponerles en ello ningún embarazo ni impedimento, antes han de ceder, renunciar y traspasar en la dicha cofradía, su prioste y hermanos todo el derecho y acceso que al dicho guión tienen por dicha razón con tanto que la dicha cofradía de y entregue al dicho Alonso Gutiérrez cuatrocientos y cincuenta reales en que se consideran los gastos que el susodicho y sus hermanos tuvieron en el seguimiento del dicho pleito que queda referido.

Y visto esto por el dicho Manuel López, prioste de dicha cofradía, habiéndolo participado a algunos de los hermanos y de ellos todos vinieron en que aceptase el dicho convenio y se les diese satisfacción de la dicha cantidad, entregándole el dicho guión y dándose por rota y cancelada la dicha escritura y que otorgasen recibo y carta de pago de la dicha cantidad a favor de la dicha cofradía y que también el dicho prioste la diese de haber recibido el dicho guión… Y los dichos otorgantes a quien yo el escribano doy fe conozco lo firmaron los que supieron y por los que no un testigo, siendo testigos Alonso Caro, Francisco Martín y Manuel de la Barrera.

(A.P.C., Escribanía de Roque Jacinto de Santiago 1698).

1 Véase la obra de ROMERO MENSAQUE, Carlos José: Pleitos y conflictos en las hermandades sevillana. Una aproximación histórica. Sevilla, Marsay Ediciones, 2000.

2 El Curioso Carmonense. Carmona, S&C ediciones, 1997 (Ed. de A. Lería), pág. 107.

3 Este auto, conservado en el archivo del Arzobispado, no ha sido estudiado. Citado en SÁNCHEZ HERRERO, José (Ed.): CXIX Reglas de hermandades y cofradías andaluzas. Huelva, Universidad, 2002, Pág. 161.

4 Ya el 30 de mayo de 1651 el prioste de Jesús Nazareno dio poder a Lucas Martín procurador de causas, para que representase a la hermandad en los pleitos que ésta tuviese. Algún pleito se traían entre manos y, aunque no se especifica cual, es probable que ya se hubiesen inciado las disputas con los hermanos del Dulce Nombre de María. A.P.C., Juan de Santiago 1652, foliación perdida.

5 Pleito entre las hermandades de Jesús Nazareno y la del Dulce Nombre de María. Archivo General del Arzobispado de Sevilla (en adelante AGAS), Hermandades 121.

6 Pleito entre las hermandades de Jesús Nazareno y la Encarnación, 1659. AGAS, Hermandades 123.

7 El texto de la sentencia se encuentra reproducido íntegro en MIRA CABALLOS, Esteban: “Antigüedad y privilegios de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona (y II)”, Boletín de la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nº 7. Carmona, 1995, págs. 12-13.

8 Pleito entre la cofradía de Belén y la Humildad, 23 de julio de 1683. AGAS, Hermandades 123.

9 Archivo de la Chancillería de Granada, cabina 511, Leg. 2214, N. 22.

10 Declaración de Bernardo de Roa pidiendo que, en caso de ser revocada la sentencia por autoridad superior, la hermandad le restituya el dinero, Carmona 5 de diciembre de 1781. A.P.C. Escribanía de Diego de Piedrabuena 1781.

11 Concretamente decía así: “…encargo las conciencias cuanto puedo al prior y guardián de los monasterios de San Sebastián y Santa Ana y al vicario que ahora es o son o fueren de la dicha villa que son los visitadores a quien yo encargo que vean cada año como se gasta la dicha renta”. Testamento y el codicilo de doña Beatriz Pacheco, Duquesa de Arcos, se protocolizaron el 5 y el 6 de abril de 1511 respectivamente, ante el escribano Alonso de Baeza. Archivo de la Cofradía de la Misericordia y Caridad.

 

12 El pleito se conserva en muy mal estado en el Archivo de la Chancillería de Granada (pleitos, Leg. 2893, Pieza 1ª). Hace años tomé algunas notas sobre el original, sin embargo, en una visita realizada en el año 2009 incomprensiblemente no me permitieron ni tan siquiera su consulta en sala por lo que no pudimos ampliar los interesantes datos que allí se ofrecen sobre la historia temprana de este señero hospital.

 

13 El abad de la Universidad de Beneficiados, era algo así como su hermano mayor, que en el caso de esta hermandad recibía dicho título. La Universidad de Beneficiados de Carmona era una hermandad gremial que defendía los intereses de los eclesiásticos que ejercían su ministerio en la localidad. Sus reglas y su organización eran muy similares a las que poseían la Universidad de Beneficiados de Sevilla. Recibieron numerosos privilegios como la exención de pagar pechos y moneda forera. A cambio, acostumbraban a rezar los domingos por la salud del rey. BALLESTEROS, Antonio: Sevilla en el siglo XIII. Sevilla, Ediciones Libanó, 2001, Pág. 99.

14 Dicho documento aparece reproducido en el apéndice I.

15 El Curioso Carmonense, Ob. Cit., pág. 93. Fernández López, llega a afirmar incluso, que su presencia en Carmona era tan antigua como la población misma. Obviamente, resulta exagerado, pero es muy sintomático del prestigio que adquirió esta familia carmonense. FERNÁNDEZ LÓPEZ, Manuel: Historia de la ciudad de Carmona, desde los tiempos más remotos hasta el reinado de Carlos I. Sevilla, 1886 (reed. de1996), págs. 370-371.

 

   Por Esteban Mira Caballos

 

1.-INTRODUCCIÓN

El período comprendido entre 1750 y 1874 es denominado por los historiadores como "el siglo de la crisis", pues se pretendió, al menos en teoría, frenar los excesos y la ostentación de las denominadas "cofradías barrocas" (Sánchez Herrero, 1988: 55). Desde mediados del siglo XVIII se produjo una renovación profunda de la vieja España, que abarcó todos los órdenes de la vida política, social, económica y cultural.

Estas medias, impulsadas a fin de cuentas por los ilustrados, pretendieron ser populares, sin embargo, para su sorpresa, tuvieron el efecto contrario, pues, se ganaron la enemistad del pueblo, enquistándose la problemática desde el famoso Motín de Esquilache.

Pero con el apoyo popular o sin él, lo cierto es que la política de reforma de las hermandades, cofradías y demás congregaciones se inició con gran fuerza desde 1768. Concretamente, en este año se dispuso que todas las cofradías se recogiesen en sus templos antes de la caída de la noche (Sánchez Herrero 1999: 48). Aunque la medida pudiera parecernos hoy poco relevante lo cierto es que provocó, por un lado, un gran revuelo, y por el otro, una notable resistencia a su cumplimiento. No olvidemos, que los rosarios y las procesiones nocturnas estaban muy arraigados en la costumbre de la época. Tanto que, pese a la prohibición, se continuaron celebrando, ante la lógica permisividad de las autoridades locales. No obstante, algunas cofradías como las dedicadas a la Veracruz se resintieron mucho por esta disposición.

El 21 de agosto de 1770 se expidió una Real Orden por la que se disponía que, cada vez que se programase alguna rogativa pública, se pidiese licencia a las autoridades civiles. La Orden del Consejo fue remitida a todas las ciudades y villas del Reino y decía textualmente así:

 

"Ha resuelto el Consejo que, cuando los cabildos eclesiásticos, considerando que pueden convenir sus preces a la Divina Misericordia, por alguna calamidad que amenace, será muy propio de su estado practicar las secretas y acostumbradas de colectas, y avisar de sus piadosos ruegos al magistrado y ayuntamientos seculares para su noticia y aprecio. Pero para rogativas más solemnes, aunque sean interiores, pertenecerá al gobierno secular el solicitarlas y será correspondiente al Estado eclesiástico concurrir con ellos a tan devoto fin. Y en caso que llegasen a ser procesionales por el pueblo (que también será de cargo del gobierno secular el procurarlas) se suspenderán las diversiones públicas por los días que se hiciesen. Que si los cabildos concibiesen que en el gobierno secular pudiese haber alguna confianza menos urgente, que ellos la consideren, podrán insinuárselo pero no pasar a la práctica de solemnidades sin que medie la solicitud secular".

 

Nuevamente, el 20 de febrero de 1777 se tomaron determinadas medidas orientadas a velar por el adecuado comportamiento de los nazarenos durante los cortejos procesionales, suprimiéndose los disciplinantes. Poco después, y concretamente en 1780, se propuso solemnizar la fiesta del Corpus Christi, suprimiendo la tradicional tarasca, los cabezudos y otros elementos del Corpus tradicional, que lo dotaban sin duda de un aire muy folclorista. Y finalmente, en 1783, se dispuso la desaparición de todas las corporaciones que no tuviesen algún tipo de aprobación eclesiástica o civil (Rumeu de Armas 1944: 387-413). Desde entonces muchas cofradías fueron languideciendo hasta su desaparición total, como ocurrió en Santander, donde las decenas de cofradías que había quedaron reducidas a una Sacramental, intitulada "la Milicia Cristiana de Cristo Jesús" (Mantecón 1990: 190).

Posteriormente, y más exactamente entre 1798 y 1808, se utilizó el valioso censo de Aranda para desamortizar los bienes raíces de las cofradías, invirtiéndolos en la Real Caja de Amortización de la deuda pública, a cambio de un tres por ciento de interés anual. Y finalmente, la Guerra de la Independencia hizo el resto, pues, supuso el saqueo de los enseres de las corporaciones así como el robo de los ajuares de las más veneradas imágenes. A mediados del siglo XIX, una vez transcurrido el llamado siglo de la Crisis, el número de corporaciones religiosas había descendido de forma notable (Andrés-Gallego 1988: 69-75).

 

2.-EL CASO DE CARMONA

En este panorama, donde los ilustrados cada vez mostraban una actitud más crítica con todos los actos impíos que rodeaban a las cofradías y en especial a sus desfiles públicos, Carmona no fue una excepción.

En el Archivo Municipal de Carmona se conservan algunas Reales Provisiones remitidas a la localidad y también diversos autos de los corregidores, estableciendo una serie de normas básicas a cumplir durante la Semana Santa. En casi todos esos documentos se insiste básicamente en que se cierren los establecimientos de venta de dulces y bebidas en horas determinadas, que los nazarenos fuesen a ser posible con el rostro descubierto y que los cortejos se recogiesen antes del anochecer.

A continuación, y sin afán de hacer una relación completa y descriptiva de estas disposiciones, nos detendremos en algunas de ellas, las que a nuestro juicio nos han parecido más interesantes o representativas. La primera de ellas, conservada en el Archivo Municipal, legajo 1061, tiene fecha del 21 de marzo de 1750 y está firmada por el corregidor de Carmona, don Agustín de Uribe y Salazar. Su objetivo, como ya hemos afirmado, era fijar algunas directrices esenciales para el desarrollo de los cortejos procesionales en la Semana Santa de ese año. En ese sentido, las normas eran muy claras y muy sintomáticas de las situaciones “poco devotas” que ocasionalmente se vivían en los desfiles de la época: primero, se prohibía la venta de “garbanzos tostados, alegrías, barquillos ni otras cosas semejantes, ni por la mañana ni por la tarde”. Segundo, se pedía encarecidamente que en los días de fiesta y especialmente en las horas en las que transcurriesen las procesiones no se abriesen las tiendas de fruta, las confiterías, los bodegones y las pastelerías, “so pena de cuatro ducados y quince días de cárcel”.

El hecho de que estos autos se reiteren, casi de forma rutinaria, en los años sucesivos indica que no debieron mejorar mucho las cosas. Concretamente, existen autos parecidos de los corregidores don Pedro León García, fechado el 29 de mayo de 1774, de don Bernardo Antonio, del 17 de marzo de 1788 y de don Juan José Trigueros, con data del 19 de marzo de 1799 (García Rodríguez 1983: 34).

Este último documento, conservado también en el legajo 1061 del Archivo Municipal, refleja una serie detalladísima de normas, expedidas por el corregidor. Y como la idea era darles la máxima difusión posible se dispuso que el pregonero del Concejo, Juan Moreno, las vocease en tres lugares públicos, a saber: la plaza Mayor, la Puerta de Sevilla y el Angostillo. Es probable que además el corregidor tomase otra precaución más, es decir, la de citar a los priostes y mayordomos de las cofradías para hacerles saber personalmente el contenido del citado auto.

Las normas eran sumamente explícitas y nos llaman enormemente la atención por la actualidad de algunas de las situaciones descritas que se intentan prohibir o limitar. Volviendo al contenido del documento debemos decir que las normas fueron cinco, a saber:

Primero, que las hermandades saliesen todas ellas “los días y (a) las horas estipuladas”. Obviamente, esta norma se sigue repitiendo cada año, sobre todo en lo concerniente a la puntualidad en la recogida.

Segundo, que desfilasen con la mayor corrección posible y, por supuesto, sin portar “alimentos ni bebidas”. Se trata de otra cuestión recurrente en nuestra Semana Santa y que todavía hoy se recuerda con asiduidad a los hermanos nazarenos. Es más, yo creo que es casi una estampa típica de la Semana Santa sevillana y por supuesto de la carmonense, el nazareno –casi siempre de corta edad, claro está- reponiendo fuerzas en pleno desfile con un bocadillo o repartiendo caramelos entre otros chavales asistentes al acto.

Tercero, que “las tabernas y las tiendas se cierren durante los oficios, Jueves y Viernes santo, de ocho de la mañana a once y de una de la tarde a ocho de la noche”. Nadie oculta que todavía hoy los bares y los restaurantes hacen su particular agosto en los días grandes de la Semana Santa.

Cuarto, que “durante el tiempo de las procesiones no se vendan garbanzos y fruta por la calle so pena de cuatro ducados y ocho días de cárcel”. Y nuevamente, todos recordamos delante de la cruz de guía a vendedores de barquillos o del “palodul” tan tradicional en Carmona.

Y quinto, y último, “que ni en la ciudad ni en el entorno se tiren tiros con escopetas”.

En definitiva, estas eran las pautas básicas dictadas por el corregidor de Carmona, similares a las emitidas en otras ciudades y villas españolas. Conste que, en nuestra opinión, no creemos que estos comportamientos poco piadosos estuviesen generalizados, sobre todo en el siglo XVIII. Había actos poco correctos, teniendo en cuenta que se estaba escenificando en la calle la Pasión de Cristo, pero esos mismos actos ocurren en nuestros días y eso no significa que la Semana Santa no sea ante todo un bello acto de fe.

De todas formas, para mí lo más interesante de estas líneas es que se pone de relieve una vez más la pervivencia en el tiempo de algunos de esos actos impíos descritos en estos viejos papeles del setecientos. Y es que, cuando me aproximo a la historia, nunca dejo de asombrarme de lo poco que hemos cambiado las personas en lo concerniente a actitudes y a comportamientos. Y es que probablemente tenía razón mi padre cuando decía que en el siglo XX había habido una gran revolución técnica y científica pero que aún no se había desencadenado una revolución moral.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ANDRÉS GALLEGO, José: "Las cofradías y hermandades en la España Contemporánea", Actas del I Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa. Zamora, 1988.

 

GARCÍA RODRÍGUEZ, Antonio y José GONZÁLEZ ISIDORO: Las imágenes titulares de la cofradía carmonense de la Humildad y Paciencia. Carmona, Imprenta Rodríguez, 1983.

 

MANTECÓN MOVELLÁN, Tomás Antonio: Contrarreforma y religiosidad popular en Cantabria. Santander, 1990.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hermandades y cofradías en el partido de Badajoz a finales de la Edad Moderna. Badajoz, Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, 2002

 

RUMEU DE ARMAS, Antonio: Historia de la previsión social en España. Cofradías, gremios, hermandades, montepíos. Madrid, 1944.

 

SÁNCHEZ HERRERO, José: "Las cofradías de Semana Santa durante la modernidad, siglos XV al XVIII", Actas del I Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa. Zamora, 1988.

 

------------"Crisis y permanencia. Religiosidad de las cofradías de Semana Santa de Sevilla, 1750-1874", en Las cofradías de Sevilla en el Siglo de la Crisis. Sevilla, 1999.

Esteban Mira Caballos

                                                                                                                                                      

 

La existencia y el conocimiento de las relaciones de confraternidad y filiación entre hermandades bien merece un estudio en profundidad que contemple su diversidad y las diferencias sustanciales entre las distintas clases de vínculos. De este modo, es fácil discernir que las relaciones de filiación entre las hermandades de Jesús Nazareno de la diócesis de Sevilla respecto de la del Silencio son completamente diferentes, por ejemplo, a las que existen entre las hermandades del Rocío de los distintos lugares de España y la matriz de Almonte, y del mismo modo no guardan relación con los vínculos de confraternidad de las hermandades de la Vera Cruz, que traen su común origen en la difusión de esta devoción por las comunidades franciscanas. Las líneas que siguen no pretenden ser sino una aproximación al estudio de las primeras a través de un caso paradigmático, el de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona.

Realmente la hermandad de Jesús Nazareno de Sevilla, conocida popularmente como "El Silencio", es la única corporación de penitencia de Sevilla que tiene, desde su fundación en el siglo XVI, auténticas filiales en todo el arzobispado de Sevilla.

No en vano es sabido que todas las hermandades que surgieron en el último tercio del siglo XVI y principios de la siguiente centuria lo hicieron con reglas similares a las aprobadas por la hermandad sevillana en 1578. Una de las primeras sería la Hermandad de Jesús Nazareno de Utrera cuyas reglas, prácticamente copiadas de las del Silencio de Sevilla, fueron aprobadas por el provisor del arzobispado de Sevilla, don Iñigo de Leziñana, el 31 de mayo de 15861. Tras ella aprobarían sus reglas los institutos de Ecija, Lebrija, Marchena, Sanlúcar La Mayor y cómo no Carmona, cuyas reglas fueron refrendadas en 15972.

Tras el Breve del Papa León XII expedido en 16 de julio de 1824 por el que se hacía a la cofradía sevillana Archicofradía se establecieron filiaciones con casi todas las hermandades de Jesús Nazareno de la provincia de Sevilla. Concretamente conocemos las filiaciones en estos años de las hermandades homónimas de Marchena (1824), Fuentes de Andalucía (1824), Alcalá de Guadaíra (1834), Constantina (1979), teniendo referencias más imprecisas de la adscripción de otras corporaciones como las de Arahal, Las Cabezas de San Juan, Pedrera o La Puebla de Cazalla. Por tanto, lo que queda bien claro tras este breve recorrido es que el hermanamiento histórico entre las hermandades de Carmona y Sevilla no es desde luego algo excepcional. Por supuesto ni fue la única filiación ni tan siquiera la primera. Lo que sí hace de la hermandad carmonense una excepción es que es la única de todas las fundadas en el siglo XVI -incluida la propia cofradía matriz- que ha conservado su archivo casi intacto, conservando, por tanto, algunas pruebas documentales de dicha relación a lo largo de sus cuatro siglos de existencia.

 

1.-LAS FUNDACION EN 1597 Y LAS RELACIONES DURANTE EL S. XVII

 

La vinculación entre la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona y su homónima de Sevilla, conocida popularmente como "El Silencio", se remonta a los tiempos de su fundación, a juzgar por el mimetismo que siempre intentó seguir con respecto a su matriz sevillana.

Así, la hermandad el 3 de julio de 1597 aprobó, ante el provisor Luis de Melgarejo, unas reglas que resultan ser casi idénticas a las redactadas por Mateo Alemán para la homónima cofradía sevillana. Incluso actualmente se baraja la posibilidad de que la cofradía carmonense se fundase unas décadas antes en el hospital de San Antonio Abad, situado en la ermita de Nuestra Señora del Real de Carmona, lo cual supondría un paralelismo más con la sevillana que, como es bien sabido, se estableció desde 1582 en el monasterio del mismo nombre de Sevilla3.

A principios del siglo XVII ambas corporaciones debieron suscribir un documento que regulaba de forma legal sus intensas relaciones. Así, cuando en 1816 se renovó la unión entre ambos institutos el cabildo de la hermandad carmonense afirmó lo siguiente:

 

Han corrido más de dos siglos desde que estos dos cuerpos suscribieron esta unión que tan útil fue para el fomento de la piedad y porque el tiempo todo lo consume me ha parecido estaría bien renovar estos primitivos derechos en los términos indicados...4

 

El texto es sumamente indicativo pues demuestra claramente que la vinculación no sólo era afectiva sino que existía, como ya hemos afirmado, un documento o capitulación refrendada por ambas partes. Por desgracia en la hermandad de Jesús Nazareno no se ha conservado el documento de principios del XVII aunque sí el del siglo XIX. No obstante, su contenido debió ser similar al que muestra el documento decimonónico que, como bien se especifica, no hizo más que revitalizar unos vínculos ya existentes. Con respecto a su fecha sabemos, por una referencia copiada por don Antonio Martín de la Torre y custodiada en el Archivo de la archicofradía sevillana, que debió ser en 16045. Al parecer en este año se personaron en Sevilla el licenciado Lucas Martín, presbítero, Gregorio Pacheco y Domingo López de Albareda, vecinos todos ellos de Carmona, para firmar el susodicho documento. En él se acordó regirse por las mismas reglas, utilizar la misma advocación de "Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén...", usar la misma insignia y procesionar de la misma forma con túnicas moradas y capirotes bajos6.

Evidentemente después de esta filiación cuando la hermandad hispalense quiso difundir el Misterio de la Concepción Inmaculada de María lo primero que hizo fue dirigirse a los hermanos de la cofradía carmonense. Así, en 1617 se personó en Carmona el hermano mayor de la cofradía de la capital hispalense, Tomás Pérez, en compañía de un joven predicador, "para organizar cultos y transmitir a los cofrades de esta villa sus firmes sentimientos marianos en defensa del Misterio de la Concepción sin mancha de la Madre de Dios"7. La devoción fue muy bien aceptada por la corporación carmonense que, no en vano, en el retablo mayor que contrató el 8 de octubre de 1625 especificó que en el segundo cuerpo de la calle principal, justo encima de la imagen de su titular, fuese una hornacina con la imagen de la Inmaculada Concepción8.

Del éxito de esta advocación en las hermandades filiales daba buena cuenta el propio Tomás Pérez en una carta escrita poco después a fray Francisco de la Prusa y de la Mota, Comendador Mayor de la Orden de San Antonio Abad, y que decía como sigue:

 

Pero tiene para esta Santa Hermandad un verdadero aprecio nuestras hijas las de Alcalá

de Guadaíra y Carmona a donde me trasladé con el nuevo predicador quedando todos los fieles que en los templos llenos había admirados de la palabra del joven religioso la facilidad con que pintaba los pasajes del Misterio y cómo interpretó nuestro sentir de los cabildos llegando muchas devotas y hombres fuertes a llorar pues el orador es joven y se arrebata en la predicación y convencen al más incrédulo...9

 

Como ha escrito Eduardo Ybarra, la adhesión a esta advocación fue tan firme que desde entonces hasta nuestros días la cofradía carmonense ha venido "dando testimonio a través de los siglos de su fidelidad a sus orígenes devocionales a Jesús Nazareno y a la Virgen Inmaculada"10.

 

2.-LAS RELACIONES EN EL SIGLO DE LAS LUCES

 

En el siglo XVIII las relaciones entre ambas corporaciones continuaron siendo notables a juzgar por las referencias documentales que han llegado a nuestros días. En este periodo los contactos entre ambas corporaciones fueron muy frecuentes, como lo demuestran las cartas enviadas por el hermano mayor de la archicofradía sevillana al correspondiente de Carmona, don Bartolomé de Mesa Ginete. Concretamente, en el archivo de la hermandad carmonense se conservan tres cartas fechadas entre 1761 y 1764, dos de ellas de puño y letra de Antonio de Mena Fariñas, y una tercera de José de Morales, en que se dan respuestas a interrogantes planteadas en otras misivas de su filial. En todos estos documentos se menciona a la hermandad carmonense con el cariñoso apelativo de "amada hija".

En ellas se intercambian todo tipo de confidencias, algunas de ellas muy curiosas. Así, por ejemplo, Alonso de Mena informó que la rica arca de los principales que, según los hermanos de Carmona, poseía la corporación sevillana, no era más que un pequeño cofre donde se depositaban las limosnas de los cofrades, que eran lo suficientemente abundantes como para hacer todos los años la estación de penitencia y las demás fiestas de la corporación11. También se preguntaban frecuentemente por cuestiones relacionadas con la competencia de algunos cargos como el mayordomo y el prioste que no en pocas ocasiones debieron tener pequeñas disputas. Concretamente en la ya mencionada carta del 22 de julio de 1764 la corporación sevillana afirmaba lo siguiente:

 

Las llaves del almacén están a cargo del mayordomo porque recibe por inventario todos los bienes de la hermandad pero lo regular es usarlas el prioste que corre con el aseo y culto de la capilla...12

 

Unos meses después, en una carta dirigida por don José de Morales a don Bartolomé de Mesa Ginete, se describía el orden de la procesión sevillana de Semana Santa así como las calles por las que discurrió. Asimismo se hace referencia a la reforma que habían introducido en su regla para adaptar la que tenían desde hacía 196 años13.

Igualmente, con motivo de la renovación del voto Inmaculista de la hermandad sevillana, se remitió a la hermandad de Carmona -a la que nuevamente se cita con el cariñoso apelativo de "su amada hija"- una carta junto a 18 ejemplares impresos de las funciones que con este motivo "había hecho la Ilustrísima hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de la ciudad de Sevilla". La carta estaba firmada en Sevilla, el 14 de marzo de 1762, por Alonso de Mena Fariñas e iba dirigida a los señores hermano mayor y oficiales de la corporación carmonense. En ella se pedían disculpas por el envío de tan corto número de ejemplares pues, "aunque la impresión fue muy copiosa, ha sido mayor el deseo de las gentes de esta basta población y de la corte para consumirla..."14. Tan sólo siete días después daba cuenta la hermandad en cabildo celebrado ante escribano público de la recepción de la carta y de los mencionados 18 ejemplares15.

Pero, es más, unas décadas después y concretamente en 1785, cuando la cofradía sevillana aprobó sus nuevas reglas, la corporación carmonense solicitó una copia de sus nuevos estatutos, sin duda, con vistas a utilizarlos nuevamente como modelo antes de redactar los suyos propios16. En el Archivo de la archicofradía sevillana encontramos una referencia a esta petición, pues el 3 de julio de 1785, se presentó en el cabildo una carta de la cofradía carmonense, fechada el 4 de abril del mismo año, en que pedían "como hija que es de ésta... una copia auténtica de los estatutos que esta hermandad tiene..."17. Prosigue la carta que habiendo sido estudiada tal petición en cabildo se acordó concederla de conformidad.

 

 

3.-LAS RELACIONES EN LA EDAD CONTEMPORANEA

En los siglos XIX y XX se ha producido un resurgir del vínculo entre la archicofradía de la capital hispalense y sus filiales de la que, por supuesto, no ha estado ajena la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona. Para empezar mencionaremos un cabildo celebrado por la corporación carmonense el 3 de junio de 1816 en el cual se renovaron los vínculos entre ambas cofradías, que al parecer "se habían enfriado" en alguna medida con el paso del tiempo. En este cabildo se acordó solicitar a la cofradía sevillana lo siguiente, a saber:

Primero, que a todos los miembros de "esta ilustre hermandad se nos considere como miembros de aquella". Segundo, se preste el libro de sus "pruebas y celos piadosos". Tercero, que se deje el reglamento de su procesión de penitencia. Cuarto, que se envíe por medio de correspondencia todos los acuerdos importantes que tomasen para poder además participar en las fiestas y solemnidades que celebren. Y quinto y último, que rueguen a sus hermanos que se "alisten" también en la cofradía carmonense de forma que los hermanos de la hermandad matriz lo sean de la filial carmonense y viceversa18.

Se trata, sin duda, de un documento de gran importancia que vuelve a incidir en la existencia de auténticas hermandades filiales antes de la concesión del título de Archicofradía a la corporación hispalense. Es más, podemos decir que cuando el Papa León XII concedió el título de Archicofradía, además del de Primitiva y Pontificia, con facultad para agregar hermandades de la misma advocación, esto era ya una realidad consumada desde la propia centuria decimosexta. Por tanto, el breve papal no hizo otra cosa que legalizar un hecho consumado. En cualquier caso, gracias al breve concedido por León XII el 16 de julio de 1824 la corporación carmonense goza de las mismas prerrogativas y gracias que la archicofradía sevillana19.

En las últimas décadas las relaciones entre estas dos corporaciones han sido -si cabe- más intensas. Para empezar, las nuevas reglas de la archicofradía sevillana -aprobadas el 8 de diciembre de 1972- fueron solicitadas por la filial carmonense para tomarlas como modelo a la hora de redactar las suyas propias. Efectivamente, en el Archivo de la archicofradía sevillana se conserva una carta firmada por el secretario de la cofradía carmonense, y fechada curiosamente el mismo día en que fueron aprobadas -el 8 de diciembre de 1972-, para que remitiesen las reglas a fin de elaborar los nuevos estatutos de la hermandad filial20. Se trata realmente de una constante en la historia de la corporación carmonense, es decir, el copiar fielmente las reglas de su hermandad matriz para de esta forma seguir más lealmente sus directrices.

Pero, es más, en esta década de los setenta las relaciones llegaron hasta tal punto que se acordó el envío de representaciones de ambas corporaciones para desfilar en sus respectivas procesiones. La iniciativa partió de la filial carmonense que en un cabildo celebrado el 1 de marzo de 1970 acordó "por unanimidad y entusiasmo invitar a nuestra hermandad matriz, la cofradía de Nazarenos de Sevilla", a que enviasen una representación para procesionar en Carmona el Viernes Santo21. El instituto sevillano respondió con una carta, firmada en Sevilla el 21 de marzo de 1970, en la que daba cuenta del acuerdo que se había tomado en cabildo. Concretamente se "acordó aceptar y ratificar la invitación" que había hecho el hermano mayor del instituto hispalense para que seis hermanos "vestidos de sus túnicas propias" con varas y una insignia acudiesen a hacer estación de penitencia a Sevilla "ocupando sitio de honor en el cortejo procesional". Asimismo se comprometían a enviar idéntica representación a la ciudad de Carmona para desfilar junto a su filial22.

Efectivamente los seis cofrades carmonenses se desplazaron hasta Sevilla para procesionar en la madrugada del Jueves Santo junto a la hermandad matriz, sin embargo, las lluvias hicieron que la cofradía no procesionase ese año. Asimismo, la hermandad sevillana pidió disculpas, en una carta fechada el 19 de marzo de 1970, por no haber enviado su representación, al estar lloviendo en las horas inmediatas a la marcha de los nazarenos a la ciudad de Carmona23. Pese al mal tiempo la hermandad carmonense sí realizó su estación de penitencia el Viernes Santo de 1970.

En las reglas de la archicofradía sevillana, aprobadas el 8 de diciembre de 1972, se introdujo una regla, concretamente la número 17, en la que se legalizaba la posibilidad de que las hermandades filiales pudiesen enviar un máximo de cinco hermanos con varas y su estandarte a procesionar la madrugada del Jueves Santo con la cofradía matriz. Curiosamente el número de seis acordado en 1970 con la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona se vio razonablemente reducido a cinco.

En los años siguientes no hay constancia de que los cofrades de ambas enviasen representaciones a sus respectivas procesiones. Tan sólo sabemos que en 1984 sí acudió una representación de cinco hermanos de Carmona que efectivamente desfiló, con su bandera morada, el Jueves Santo, justo delante del estandarte de la hermandad sevillana.

Para finalizar con este breve estudio de las relaciones entre la hermandad de Nazarenos de Sevilla y su filial carmonense citaremos una carta firmada por el secretario de la archicofradía sevillana, Manuel Palomino González y fechada el 22 de noviembre de 1986. En ella se manifiesta la adhesión de la hermandad sevillana a la Coronación Canónica de la Virgen de Gracia, Patrona de Carmona, donde -cito textualmente- "radica nuestra PRIMERA hermandad filial"24. Sin duda, el reconocimiento de la hermandad carmonense como primera filial creemos que está más que justificado, pues, si bien es probable que no fuese la primera filial físicamente hablando, sí que ha sido, desde luego, la que más intensas y permanentes relaciones ha tenido con su matriz, la archicofradía de Nazarenos de Sevilla.

1    CABRERA RODRIGUEZ, Antonio y otros: Jesús Nazareno de Utrera. Utrera, Diputación Provincial de Sevilla, 1997, p. 30. También en V.V.A.A.: Los Nazarenos de Sevilla, T. III. Sevilla, Ediciones Tartessos, 1997, pp. 295 y 298.

2    Estas se conservan tanto en el Archivo del Arzobispado de Sevilla como en el Archivo de la propia corporación. A.H.J.N.C., Leg. 1. Actualmente existe un proyecto de la hermandad para publicarlas.

3    MIRA CABALLOS, Esteban: "La fundación de la hermandad de Jesús Nazareno a la luz de un nuevo documento histórico", Boletín de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Nº 11. Carmona, 1997, pp. 12-18.

4    Cabildo de la hermandad de Jesús Nazareno, Carmona, 3 de junio de 1816. Archivo de la Hermandad de Jesús Nazareno de Carmona (en adelante A.H.J.N.C.), Lib. 2.

5    Copia de D. Antonio Martín de la Torre de una antigua carta de filiación de 1604. Archivo de la hermandad de Jesús Nazareno de Sevilla (En adelante A.H.J.N.S.), leg. 29. Citado también en MARTIN MACIAS, Antonio: Francisco de Ocampo, maestro escultor (1579-1639). Sevilla, 1983, p. 115.

6    IBIDEM.

7    GARCIA DE LA CONCHA DELGADO, Federico: "Imágenes titulares de las hermandades de Jesús Nazareno de los Alcores (Sevilla)", Actas del Congreso Internacional Cristóbal de Santa Catalina y las cofradías de Jesús Nazareno, T. II. Córdoba, 1991, p. 717. A este respecto puede verse también DELGADO ROIG, Juan: La tradición concepcionista de la Cofradía Primitiva de Nazarenos del Silencio. Sevilla, 1962, pp. 11-12.

8    En el mismo concierto se obligó Fernando de Luque a "dar un cuadro de pintura que sea a la medida de esta caja, que sea de la Limpia Concepción de Nuestra Señora que se pueda quitar y poner...". Véase: Documentos inéditos para la historia del arte en la provincia de Sevilla (S. XVI al XVIII). Sevilla, Artes Gráficas Gandolfo, 1993, p. 104.

9    Carta de Tomás Pérez a fray Francisco de la Prusa y de la Mota, S/F. A.H.J.N.S., Leg. 3, Carp. 3.

10    YBARRA HIDALGO, Eduardo: Los Nazarenos y la Inmaculada", Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nº 8. Carmona, 1995, pp. 30-31.

11    Textualmente decía así: "Sobre las preguntas que V.M. me hace debo decir que acá no hay más arca de principales que la piedad de los devotos cofrades, arca que se abre con la llave maestra de la Cruz, pero tan abundante que jamás se ha dejado de hacer nuestra estación de Semana Santa si no es por impedirlo algún temporal, ni las demás fiestas anuales; erigimos una gran capilla que se halla ricamente adornada y estofada; tenemos todas las insignias, urnas de las imágenes y nuevas alhajas de plata y cuando lo pide la ocasión como ahora encontramos entre nosotros mismos para hacer una función que pasa de 10.000 reales". Carta de Alonso de Mena Fariñas a Bartolomé de Mesa Ginete, Sevilla, 22 de julio de 1764. A.H.J.N.C., Leg. 26.

12    IBIDEM.

13    Carta de don José de Morales a Bartolomé de Mesa Ginete, Sevilla, 10 de diciembre de 1764. A.H.J.N.C., Leg. 26.

14    Carta de Alonso de Mena Fariñas al hermano mayor y oficiales de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Sevilla, 14 de marzo de 1762. A.H.J.N.C., Leg. 26.

15    Cabildo de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, 21 de marzo de 1762. Archivo de Protocolos de Carmona, Escribanía de Agustín López, 1762, ff. 114-115v.

16    GARCIA DE LA CONCHA: Ob. Cit., T. II, p. 717.

17    Cabildo del 3 de julio de 1785. A.H.J.N.S., Libro de Acuerdos Nº 2 (1784-1801).

18    Cabildo del 3 de junio de 1816. A.H.J.N.C., Lib. 2.

19    Así consta en la introducción a las reglas de la hermandad carmonense aprobadas el 26 de enero de 1986.

20    Carta del secretario de la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Antonio Ordóñez Ruiz, a la hermandad de Jesús Nazareno de Sevilla, Carmona, 8 de diciembre de 1971. A.H.J.N.S., Libro de actas 5.

21    Cabildo de oficiales del 1 de marzo de 1970. A.H.J.N.C., Libro 6, p. 466.

22    Carta de Antonio Martín, secretario de la hermandad del Silencio de Sevilla a la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona, Sevilla, 21 de marzo de 1970. A.H.J.N.C., Libro 6, pp. 470-472.

23    Carta del secretario de la archicofradía sevillana, Antonio Martín, a la cofradía de Nazarenos de Carmona, Sevilla, 29 de marzo de 1970. A.H.J.N.C., Libro de actas Nº 6, pp. 472 y ss.

24    "Peticiones que constan en el expediente de la Coronación Canónica de la Santísima Virgen de Gracia", en Carmona y su Virgen de Gracia. Carmona, 1989, s/f.

                                                                                                          Esteban Mira Caballos

             La toponimia de nuestra querida Carmona es bastante amplia en la geografía española, primero, porque se trata de una ciudad histórica cuyos albores se vislumbran hace más de dos mil años, y segundo, porque además existe un apellido del mismo nombre ampliamente difundido por el solar peninsular.

                En la toponimia de la provincia de Badajoz, la encontramos al menos en dos ocasiones, a saber: una, en la comarca de la Serena, donde existe todavía hoy el sitio conocido como de las Carmonas, probablemente en alusión al apellido de sus propietarios que a su vez delataba su origen más o menos remoto en nuestra ciudad1.

               Y otra, en el norte de la provincia de Badajoz, rayana ya con la de Cáceres, donde encontramos una pequeñísima villa, llamada Carmonita. Tiene un reducido término de 38,9 kilómetros cuadrados y linda exactamente con Cáceres al norte, con la sierra de Montánchez al este y con el término de Mérida al oeste. Está ubicada a 382 metros sobre el nivel del mar, en medio un paisaje agreste de dehesa, monte bajo y matorral.

 

1.-HISTORIA DE CARMONITA

             De su origen es muy poco lo que sabemos ya que su pasado ha suscitado poco interés por parte de la historiografía. Tras algunas pesquisas en materiales bibliográficos y en manuscritos del Archivo Histórico Nacional, encontramos algunas referencias en los libros de visita de la Orden de Santiago. En una antigua visita de los comendadores de la Orden encontramos lo siguiente:

 

             “El lugar de Carmonita está muy cerca del de Cordobilla; tiene treinta vecinos. Fundose por moros de Carmona y ellos le pusieron el nombre de su patria y después le poblaron los cristianos, cuando a Cordobilla, en los años del Señor de 1327. Y su iglesia es aneja al curato de Cordobilla”2.

 

                Al parecer fue fundada, al igual que Cordobilla de Lácara, por musulmanes expulsados de Carmona en fecha indeterminada pero fijada usualmente por los historiadores entre el siglo IX y el X de nuestra era. Sabemos que el califa cordobés Abderraman III asedió Carmona en el año 917 y tras tomarla destruyó parte de sus instalaciones defensivas3. Nada tendría de particular que fuera tras estos acontecimientos, en el primer tercio del siglo X, cuando estos musulmanes fueron expulsados. En el cadalso, se asentaron a varios cientos de kilómetros de distancia, en una zona que debía estar prácticamente despoblada, como lo estuvo durante gran parte del medievo. Sea como fuere, lo cierto es que en recuerdo de su añorada patria chica le pusieron el nombre de Carmonita, la pequeña Carmona. Y ello muy a pesar de que el entorno natural elegido era absolutamente diferente al de su “Carmuna” natal y a las fértiles vegas del río Corbones.

Sabemos que, tras la reconquista, la zona quedó despoblada, por lo que se encargó a la Orden de Santiago su repoblación. En el siglo XIV debió haber un poblamiento discontinuo hasta que, a finales del siglo XV, se consolidó por fin un minúsculo núcleo más o menos estable. En la visita de la Orden de Santiago de 1494 se refería lo siguiente:

 

“De pocos días a esta parte se han juntado algunos vecinos de la comarca a hacer la aldehuela que se llama Carmonita, en que hay siete u ocho vecinos… Juntándose vecinos a poblar otra aldea que se llama cordobilla…”4.

 

Y este débil poblamiento no mejoró demasiado en las décadas siguientes porque en la visita del diecinueve de marzo de 1515 se decía que no había más de doce o quince vecinos en torno a una iglesia dedicada a Santa María Magdalena. Como podemos observar en el cuadro la evolución de la población fue muy escasa desde su fundación hasta finales de la Edad Moderna.

 

 

EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN

Cuadro mI: evolución de la población en Carmonita5

 

 

AÑO

VECINOS

HABITANTES

1498

8

32

1501

21

84

1515

12 ó 15

48 ó 60

1594

26

104

1605

30

120

1751

56

224

 

La primitiva iglesia de Carmonita, que no tenía clérigo, estaba en las afueras del núcleo poblacional. Poseía ya entonces un altar mayor con la efigie de bulto de Santa María Magdalena y tres altares más pequeños: uno dedicado a Nuestra Señora, otro a San Juan, y finalmente, otro a los Santos Mártires6. El templo era tan pequeño y estaba tan apartado del lugar que, a mediados del quinientos, construyeron un nuevo edificio, también modestísimo, pero esta vez en el centro de la localidad. En este año el visitador de la Orden se refería a estas obras con las siguientes palabras:

 

“Y el dicho visitador se fue a la iglesia del dicho lugar que es la advocación de Señora Santa María Magdalena la cual es una iglesia nueva que se va haciendo porque mudaron la que tenían arriba y la bajaron al dicho lugar y en la dicha iglesia no hay sacramento ni óleo ni crisma y la iglesia es de una nave cubierta de madera de pino con cinta y saltino pintado y está al cabo de la dicha iglesia el arco postrero por cubrir…”7.

 

La descripción de la iglesia, de una sola nave y con cubierta de pino, nos da una idea de la modestia del nuevo oratorio. La fábrica solo disponía de varios pedazos de tierra8 y sus enseres litúrgicos eran modestísimos como podemos comprobar en el inventario que transcribimos y extractamos a continuación:

 

“Una cruz de hoja de lata con un crucifijo; un cáliz de plata con su patena; una casulla de raso falso con una cenefa bordada sobre raso azul con estola y manipulo; otra casulla de paño negro con estola y manipulo; dos albas con sus amitos; dos misales de la Orden; un cuaderno de cantoría; una lámpara de azófar y un incensario de latón9.

 

En 1798 Tomás López escribía de Carmonita que no tenía nada de interés, salvo una “dehesa con el nombre de Loriana y en ella un convento de padres descalzos franciscos”10. Pero debemos decir, que Carmonita tenía –y tiene- algo excepcional que Tomás López no supo valorar en su época: su privilegiado entorno natural. Los Carmoniteños –que ese es su gentilicio-conviven en armonía con su medio ambiente, siendo su entorno una auténtica reserva de especies vegetales endémicas y de aves y mamíferos que se encuentran en extinción, como el lince ibérico, el buitre leonado y el buitre negro.

 

2.-CARMONITA EN LA ACTUALIDAD

Carmonita es un lugar del partido judicial de Mérida, incluido en la Comarca pacense de Lácara. Cuenta con una población de 688 habitantes que se dedican, como antaño, a la ganadería y a la agricultura.

Sus fiestas más importantes son tres: la romería de San Isidro el quince de mayo, la fiesta de la Magdalena el veintidós del mismo mes y, finalmente, la fiesta del Santo Cristo del Perdón, que se celebra el quince de septiembre. En su gastronomía destaca la carne de cordero que la guisan de distintas formas, sobre todo asada y en caldereta, y distintos dulces artesanales11.

Desde las elecciones del 2003 hay mayoría de representantes del Partido popular, con cuatro concejales (el 57,78 por ciento de los votos), mientras que el Partido Socialista obtuvo tres concejales (42 por ciento de los votos). Curiosa paradoja en un pueblo de braceros, campesinos y pequeños propietarios, donde tanto movimiento social hubo hasta la Guerra Civil y donde tantas carencias se padecieron hasta tiempos sorprendentemente recientes.

No quisiera acabar este pequeño artículo sin invitar a todos los carmonenses de pro a conocer la pequeña Carmona. En el pueblo no hay lugar donde alojarse pero está de paso entre Mérida y Cáceres, dos ciudades con amplia oferta hotelera y turística. No esperemos encontrar en Carmonita una zona monumental –que no existe- pero sí un paraje natural de gran interés, escasamente poblado, de los que quedan pocos ya en la Unión Europea y en España.

                Y para finalizar, me gustaría reivindicar la posibilidad de un hermanamiento que podría ser enriquecedor para ambos pueblos. Si se llamara Sevillita, Utrerita o Ecijita seguro que ya lo tendría, pero se llama Carmonita. Sería bonito, y seguro que bien acogido, el envío de libros de Carmona, realizar alguna excursión oficial y conocer su bello entorno natural. Incluso, intercambiar unas pequeñas replicas de las patronas respectivas, la Virgen de Gracia y Santa María Magdalena. Aunque tan lejos estuviese de la mentalidad de los carmonenses fundadores: ¡Que bonito sería encontrar en la pequeñita iglesia de Santa María Magdalena de Carmonita una pequeña efigie de la Virgen de Gracia! Seguro que los carmoniteños que son gente sencilla, afable, acogedora y noble –en el sentido más amplio del término-, aceptarían de buen grado cualquier iniciativa de este tipo.

1 CASTAÑO FERNÁNDEZ, Antonio Mª: Los nombres de la Serena. Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1998, pág. 314.

2 Citado en IGLESIAS AUNIÓN, Pablo: Historia de la comarca de Lácara. Badajoz, Adecom-Lácara, 2000, pág. 53.

3 TAHIRI, Ahmed: “El esplendor de la Carmona islámica. Épocas del califato y taifas”, Actas del I Congreso de Historia de Carmona. Sevilla, 1998, págs. 49-50.

4 IGLESIAS AUNION: Ob. Cit., pág. 53.

5 Fuentes: IGLESIAS AUNIÓN: Ob. Cit., págs. 103, 185 y 319.

6 Visita del 19 de marzo de 1515. A.H.N. Órdenes Militares 1109-C, fols. 581-583.

7 Visita del 14 de diciembre de 1550. A.H.N. Órdenes Militares L. 1112-C, fols. 564-566.

8 Sus posesiones eran las siguientes: “unas tierras junto a la Magdalena; otro pedazo de tierra borde con tierra de Juana García; otro pedazo linde con el de Arriba; otro pedazo de tierra al lomo de Juana García; otro pedazo linde con este otro y con el camino de Alcuéscar; otro pedazo de tierra linde con este otro”. Ibídem.

9 Ibídem.

10 LÓPEZ, Tomás: La provincia de Extremadura en el siglo XVIII. Mérida, Asamblea de Extremadura, 1998, Pág. 301 y ss.

11 Estos datos de la actualidad están obtenidos de las siguientes paginas Web: http:// www.dipbadajoz.es/municipios y http:www.adecomlacara.es

 

 

                                                                                                                                                                                                                                         Esteban Mira Caballos

 

1.-INTRODUCCIÓN

Los estudios sobre esta temática están actualmente en una fase muy incipiente de investigación. En el caso concreto de Carmona la cuestión no cuenta prácticamente con ningún tipo de bibliografía específica.

En el Antiguo Régimen el sistema educativo era bastante deficiente, limitándose en la mayoría de los casos a una mera enseñanza de Primeras Letras y a un segundo grado de Latinidad, controlado por las instituciones clericales y destinada exclusivamente a los grupos sociales más pudientes(1). Gran parte de la población vivía al margen del sistema educativo, pues, los porcentajes de analfabetos superaban en ocasiones, especialmente en el mundo rural, el 70 por ciento(2). Las letras y la cultura eran parcelas elitistas, reservadas a los grupos más poderosos socialmente y a los eclesiásticos de alto rango.

Como es bien sabido, existían tres niveles educativos perfectamente delimitados, relacionados y progresivos: primero, la Escuela de Primeras Letras que, como ya hemos afirmado, era el nivel básico, donde se enseñaba a los jóvenes estudiantes, además de la doctrina cristiana, a leer, a escribir y a contar. Evidentemente este nivel estaba presente en un buen número de ciudades y villas de la Península. Segundo, los Estudios de

Gramática Latina, también llamados Estudios de Latinidad, que ya eran absolutamente elitistas y prácticamente inaccesibles para la mayor parte de la población. Y tercero y último, la Universidad, máximo grado educativo en los Reinos de España que evidentemente disponía de un reducidísimo número de centros y de alumnos(3).

 

2.-LA ENSEÑANZA EN CARMONA A FINALES DEL ANTIGUO RÉGIMEN

En el siglo XVIII, los ilustrados libraron una gran batalla en favor de la reforma educativa. Efectivamente, desde el ámbito de las letras surgieron voces, como la de Melchor de Jovellanos, que defendían una educación pública obligatoria y gratuita, afirmando que "la ignorancia era la razón del atraso, de la pobreza y de la miseria" en que estaba sumida España(4). Incluso otro ilustrado de la época, Cándido María Trigueros, escribió en 1768 una obra titulada "Plan de un nuevo método de estudio", en el que expuso las bases de una reforma educativa. Dividió la enseñanza preuniversitaria en tres grados progresivos y con una metodología conductista, es decir, "pocas reglas y muchos ejercicios"(5). Su modelo educativo jamás llegó a ponerse en práctica, sin embargo, el mero hecho de plantearlo era un claro síntoma de que se empezaba a tratar la educación como una cuestión de interés nacional.

Y es cierto que, con la administración de los Borbones, algo había empezado a cambiar, aunque posiblemente no lo suficiente. La política educativa en estos momentos se caracterizó por lo siguiente: primero, se defendió la existencia de una enseñanza pública, asumiendo en principio las labores docentes dejadas por los jesuitas, pero sin aportar la financiación adecuada para implantarla. De hecho prácticamente hasta el último tercio del siglo XIX la enseñanza dependió íntegramente de los concejos respectivos, quienes libremente disponían partidas procedentes de sus propios y arbitrios.

Y segundo, se fomentó exclusivamente el nivel básico de las Primeras Letras. Sin embargo, no es menos cierto que la propia administración limitó conscientemente la proliferación de Estudios de Latinidad, pues, esto implicaba más eclesiásticos y, por tanto, menos manos para trabajar. En este sentido, los Borbones tuvieron muy claro su objetivo: la enseñanza de Primeras Letras sería popular y se buscaría su extensión al mayor número posible de jóvenes. Pero el siguiente escalón educativo quedaría reservado exclusivamente a la élite. Es más, ésta era realmente la mentalidad de muchos ilustrados de la época, como Pablo de Olavide, quien, pese a la gran labor que realizó en Sevilla desde su puesto de intendente, afirmaba que la enseñanza universitaria debía estar destinada exclusivamente a "los nobles y ricos" (6). Según su punto de vista, si los que debían trabajar estudiaban se generaría un grave quebranto para la economía y se truncaría la prosperidad del país(7). Desde la propia Corona se perpetuó intencionadamente este planteamiento (8).

Y efectivamente, el 5 de octubre de 1767 se expidió una Real Cédula en la que se exponía la necesidad de que las instituciones públicas fomentasen la enseñanza de Primeras Letras (9). Pero ni aun así, se consiguió que la enseñanza dejara de ser un privilegio de los grupos sociales acomodados. Y un hecho que evidencia muy bien esta situación es que, tras la expulsión de los jesuitas, muchos jóvenes quedaron descolarizados, sin que la administración pusiera los medios adecuados para resolver el problema a corto plazo. Y las escuelas que se mantuvieron lo hicieron en precarias condiciones y prestando servicio tan sólo a aquellas familias que disponían de medios para pagar las tasas que se exigían. Así, en Sevilla, donde existían treinta y una Escuelas de Enseñanza Primaria, decía Aguilar Piñal que solo podían acceder a ellas aquellos niños cuyas familias podían abonar los cuarenta y ocho reales anuales que costaba (10).

En lo que concierne a la enseñanza en Carmona en el Antiguo Régimen debemos reconocer que nos ha sorprendido la existencia de una cierta infraestructura así como un número nada desdeñable de estudiantes. Al parecer, la Escuela de Primeras Letras se fundó en Carmona en 1754 en el colegio de los jesuitas, siendo su fundador el presbítero Juan de Berrugo Cansino. Unas décadas después, y concretamente en el censo de Floridablanca de 1786 aparecen señalados veintiocho estudiantes, cifra que no debe corresponder al número de alumnos de las Escuelas de Primeras Letras, que sabemos eran varios cientos, sino a los que cursaban el grado de Gramática y Latinidad (11). Asimismo, en dicho censo se señalaba la existencia de dos instituciones, a saber: el Colegio Real de Carmona, formado por cuatro maestros, cuatro colegiales, seis pensionistas y un criado. Y el Colegio de Niñas de Enseñanza, formado por dos maestras y seis colegialas(12).

Para finales del siglo XVIII, y concretamente en 1798, contamos con varios documentos que nos aclaran mucho mejor la estructura educativa carmonense a finales del Antiguo Régimen. En ese año, don Juan José Trigueros y don Francisco Javier Nieto, escribieron a las autoridades de Carmona para conocer de primera mano todas las instituciones educativas, culturales y científicas que había en la localidad.

La respuesta del cabildo fue rápida, eficaz y concreta. En cuanto a las Escuelas de Enseñanza Primaria declararon que había cinco maestros y un total de 424 "discípulos" y 85 "discípulas" (13). Cada maestro reunía a sus discípulos de forma independiente, sin que hubiese una convivencia entre los alumnos de un maestro y otro. Aunque no se especifica, todo parece indicar que las clases se impartían en las moradas de los propios docentes.

En cuanto a las alumnas detectamos la discriminación propia de la época. Aparecen siempre con el nombre de "discípulas de calle", lo que nos hace pensar que eran algo así, y por buscar un símil con la actualidad, como estudiantes con régimen libre. Se reunían fuera del horario escolar de los niños, y el profesor probablemente se limitaba a encargarles pequeñas actividades que debían entregar periódicamente para su corrección. Pero, es más, suponen tan sólo el 16,69 por ciento de los discípulos escolarizados en la Enseñanza Primaria. Además, suponemos que su educación, como en tantos otros sitios, debió estar orientada a formarlas en los valores morales, además de impartirles nociones básicas de lectura y escritura.

Pero también había en Carmona un Estudio de Latinidad, es decir, un colegio de Segunda Enseñanza, o lo que hoy llamaríamos un Instituto de Enseñanza Secundaria. Las palabras que dirige José Padilla a don Juan José Trigueros y a don Francisco Javier Nieto, el 17 de enero de 1798, son tremendamente clarificadoras:

 

"...En virtud de su pregunta le respondo que en Carmona solo hay un Estudio de Gramática que es en el colegio principal en donde se enseña latinidad, retórica y mitología por dos maestros, uno de mayores y otro de menores, y con el número de treinta y nueve discípulos. Y que no hay Universidad, Academias de ciencias, gabinetes, laboratorios de química, botánica, historia natural, mineralogía, matemáticas, ciencias. Que es cuanto puedo informar" (14).

 

Sabemos que este segundo grado de enseñanza, o Estudio de Latinidad había existido en Carmona al menos desde principios del siglo XVIII, estando en manos de los jesuitas. Después de su expulsión se hizo cargo de él el propio cabildo que, desde la exclaustración de los carmelitas Descalzos de San José, lo ubicó en este recinto (15).

Por lo demás, queda bien claro que, pese a los 424 jóvenes que realizaban estudios de Primeras Letras, tan sólo varias decenas de ellos llegaban a cursar el grado de Latinidad. Para la Sevilla de 1764 se estimaba que estudiaban el Segundo Grado entre el 20 y el 25 por ciento de los alumnos que terminaban la instrucción primaria (16). En el caso de Carmona, la diferencia parece ser aún mayor, pues los que estudiaban este segundo nivel educativo suponían tan solo un 9,19 de los alumnos que cursaban sus estudios de Primeras Letras. En definitiva, si ya elitista debía ser la primera enseñanza que tan solo escolarizaba a 509 alumnos, el segundo grado se limitaba a la reducida cifra de 39 discípulos, la mayoría, sino todos, de sexo masculino.

Evidentemente quedaba también especificado en dicho informe que el Estudio de Gramática y Latinidad era el nivel educativo más elevado que había en la localidad, sin que existiesen universidades, ni otras instituciones científicas ni culturales. Obviamente, el acceso a la Universidad estaba tan sólo alcance de los miembros de la élite, en muchos casos con el objetivo de hacer carrera eclesiástica.

 

3.-LA EDUCACIÓN EN LA CARMONA DECIMONÓNICA

Durante el gobierno de José I Bonaparte se inició un desarrollo del sistema educativo español sin precedentes hasta la fecha, apareciendo desde entonces un sinnúmero de reglamentos oficiales que pretendían regularlo todo. Uno de los puntos culminantes de la política educativa decimonónica fue sin duda la promulgación en 1857, de la que es conocida como Ley Moyano. Ésta fue elaborada por el entonces Ministro de Fomento, Claudio Moyano Samaniego, y luchaba abiertamente contra el analfabetismo, declarando obligatoria la enseñanza primaria. Evidentemente, la ley fue de muy difícil cumplimiento sobre todo por las carestías de los fondos públicos. Ello provocó que, todavía a finales del siglo XIX, siguiese habiendo un amplio porcentaje de analfabetos en España. Sin embargo, la Ley mostraba un cambio sustancial en la actitud y en el talante de las autoridades.

Una de las primeras cuestiones que se reguló fue que los maestros fuesen personas tituladas y examinadas. Al maestro se le pedían varios requisitos: uno, estar examinado en doctrina cristiana, dos, ser persona de buenas costumbres y demostrar su limpieza de sangre, y tres, superar un examen ante un tribunal en el que se le exigía saber "leer, escribir y contar" (17). A todos los efectos el cargo de Maestro de Primeras Letras, se consideraba un oficio gremial más y, como tal, no podía ejercerlo ninguna persona que no estuviese examinado y aprobado por otros maestros del mismo ramo. Según consta en los certificados de examen, Carmona tenía un antiguo privilegio que facultaba a sus autoridades a examinar maestros de Primeras Letras y darles el título para ejercer en todo el territorio español. La composición de estos tribunales estaba regulada por Real Orden del Consejo de Castilla del 4 de julio de 1807 en la que se especificaba que se debía componer del Corregidor, que presidía el tribunal, dos maestros de Primeras Letras, y un escribano que tomaba nota del acto.

No obstante, en Carmona encontramos no pocos casos de maestros que impartían sus clases sin estar examinados. Concretamente en las Escuelas de Primeras Letras de Carmona se decía, en 1798, que de los cinco maestros uno, llamado Jerónimo de Eguiluz, tenía licencia para enseñar pese a "no estar examinado" (18). Este mismo maestro, en 1810, hacía cuatro que no ejercía, por estar enfermo, y en su lugar lo hacía su hijo Miguel José de Eguiluz y Rodríguez, que curiosamente tampoco disponía en ese momento de título para desempeñar el oficio.

Por lo demás, en el Archivo Municipal de Carmona se conservan decenas de exámenes realizados a los maestros que impartían sus clases en las Escuelas de Primeras Letras. Como ejemplo tomaremos el caso del ya citado Miguel José de Eguiluz, por ser su expediente de diligencias muy detallado (19). Éste, se examinó por primera vez para la obtención de su título en febrero de 1808. El tribunal estuvo formado por el regidor perpetuo, Antonio de Quintanilla y Montalbo, en sustitución del corregidor que estaba ausente, por dos "maestros examinadores"

-José Viñán y Juan García-, y por el escribano del cabildo. Los ejercicios a los que fue sometido fueron los siguientes, a saber: primero, mostró en la pizarra diferentes tipos de letras, así como diversas "demostraciones aritméticas". Segundo, leyó un texto de un libro que le fue sugerido por el tribunal, "haciéndole preguntas sobre ortografía y gramática castellana, manifestándolo según el punto que leía, y sobre la correspondiente explicación de los signos ortográficos y lugar que estos debieren ocupar con arreglo al sentido de la oración que se formaba..." (20). Y tercero, salió de nuevo a la pizarra para volver a escribir distintas frases y tipos de letra a indicación de los examinadores. A diferencia de lo que ocurría en otros exámenes de la época, no le fue preguntado nada referente a la metodología que emplearía en la enseñanza de sus alumnos.

No sabemos qué pudo pasar con la concesión de este título, pues, en 1809, Miguel José de Eguiluz volvía a examinarse para la obtención del diploma de maestro de Primeras Letras. En esta ocasión, el tribunal estuvo formado por José Domínguez, regidor perpetuo, nuevamente en sustitución del corregidor, por José Vázquez, maestro de Primeras Letras en Carmona, por Pedro García Gutiérrez, maestro en la de Tocina, en el partido de Carmona, por el alcalde Juan de Acosta y, finalmente, por el escribano Hipólito Cebreros (21). En esta ocasión sí se le expidió su título, especificándose, como era usual, no solo su nombre, edad y estado civil sino también una minuciosa descripción de su aspecto físico (22).

En los años posteriores, y muy a pesar de lo que recomendaban las ordenanzas, continuó habiendo maestros que desempeñaban su trabajo sin haber sido examinados e incluso sin título. Antes de mediar el siglo escribía Madoz que en Carmona de los trece docentes que había solo disponían de título cuatro maestros y una maestra (23).

Pese a los avances señalados, la enseñanza en Carmona continuó siendo un campo privativo de unos pocos, la mayoría de ellos varones. Los porcentajes de matriculación de alumnos en relación a la población aumentaron, aunque de forma poco significativa. A mediados del siglo XIX, pese al sensible incremento de la población, se estimaba que había matriculados unos 562 alumnos, 414 de sexo masculino y 148 de sexo femenino. Es decir, entre 1798 y 1849 la población había crecido un 7,98 por ciento y los alumnos escolarizados un 9,43 por ciento (24). En cambio, sí había crecido de forma notable el porcentaje de alumnas que habían pasado del 9,9 por ciento al 26,69, cifra que estaba por encima incluso de la media provincial (25).

En cuanto a los horarios, a los contenidos, a los métodos y a los niveles educativos todo quedó regulado en unas Ordenanzas expedidas en Carmona el 8 de septiembre de 1813 (26). Las mencionadas ordenanzas se encuentran precedidas de una larga introducción en la que se destaca la necesidad de regular y fomentar la educación. Con un pensamiento muy avanzado se afirma el gran valor de la educación porque "los maestros de las escuelas de leer y de escribir son los primeros padres...". También insisten en decir que los valores adquiridos en la niñez no se olvidan en toda la vida. Asimismo queda especificado que el objetivo fundamental no era conceptual sino aptitudinal: se pretendía que los hijos hiciesen feliz a la sociedad y a sus propios padres porque los hijos rebeldes afligen a los padres "y apresuran sus pasos hacia el sepulcro". Nos llama la atención que muchas de las ideas expuestas en estos textos decimonónicos siguen vigentes cerca de doscientos años después.

En las ordenanzas ocupa un lugar preferente todo lo relacionado con la sacralización de la escuela. A este aspecto se dedican los capítulos I, X, XI y XII. Queda especificado que un crucifijo debía presidir la cabecera de las aulas (Cap. I), aspectos que se ha mantenido hasta fechas muy recientes. Las tres horas lectivas de la tarde de los sábados se dedicarían al aprendizaje de la doctrina cristiana (Cap. X), mientras que los domingos los alumnos debían confesar y comulgar (Cap. XI). Finalmente, mientras durase la Cuaresma, el maestro debía elegir ocho alumnos diarios para que, de dos en dos, en los sitios más públicos, explicasen distintos aspectos del catecismo (Cap. XII).

También se normalizaba el horario escolar que tendría una carga lectiva de seis horas diarias de lunes a sábados, ambos inclusives. La mitad de las horas se impartirían por la mañana y la otra mitad por la tarde, sin que hubiese además vacaciones de verano (Caps. VII, VIII, XI, XII, y XIII). Así, pues, los alumnos recibirían treinta y seis horas lectivas semanales, durante todo el año.

Además en las ordenanzas de 1813 se introduce una novedad metodológica, es decir, la división de los alumnos en tres niveles de conocimiento. Efectivamente, los alumnos se reunirían en tres clases diferentes donde se agruparían de la siguiente forma: los excelentes, los medianos y "todos los demás". En el día primero y quince de cada mes los alumnos competirían por ascender en la escala "y el desafío se hará leyendo, escribiendo, contando o diciendo de memoria un capítulo de doctrina cristiana o un artículo de la constitución política de esta Monarquía..." (Cap. V).

En cuanto a las materias de estudio y a su distribución horaria se ofrecen en las ordenanzas algunos aspectos de interés. En el capítulo VI se afirma que el maestro velará por la "interpolación" de las distintas materias y ejercicios para hacerlas más "soportables" y evitar que los alumnos las mirasen "con horror". Curiosamente todavía en nuestros días, cuando es posible, se alternar asignaturas troncales con optativas para evitar la excesiva dureza de la jornada escolar.

Los aspectos en los que se debían centrar los maestros eran: uno, enseñar un castellano hablado y escrito "puro y sin vicios". Dos, lograr el uso de una ortografía gramaticalmente correcta. Y tres, analizar textos literarios, políticos y religiosos (Caps. VI y IX). De hecho en los exámenes para acceder al oficio de maestro aparecía su cometido muy claro, pues especifican que se les facultaba exactamente "para enseñar a leer, escribir, contar y la doctrina cristiana".

En cambio, las ordenanzas de 1813 apenas decían nada de los métodos de enseñanza que, sin embargo, podemos deducir a través de un inventario de enseres de la Escuela oficial de Niños, realizado en 1899 (27). A nuestro juicio, este documento puede ayudar a comprender los métodos utilizados en la enseñanza de Primeras Letras en la Carmona del siglo XIX.

La iconografía y los retratos que había en la escuela eran un Crucificado, una cruz grande de caoba, un cuadro al óleo de San Mateo, así como los retratos del Rey y de la Reina regente. Además del mobiliario -armario, bufetes, sillones, sillas, bancos, mesas y percheros-, de los tinteros, las pizarras, los pizarrines, el reloj de pared, el termómetro y la tinaja de agua potable había numeroso material de apoyo en la práctica docente.

Entre los materiales relacionados con la geografía encontramos: tres esferas -una terrestre, otra celeste y otra armilar-, varios mapas físicos de España y Europa, ocho mapas de menor tamaño y otros de España y Europa, fraccionados para hacer rompecabezas.

Para el apoyo a la lectura había treinta y nueve muestras de escritura con cristal, siete de ellas deterioradas, así como trece carteles de lectura pegados en madera. La utilización de carteles con los tipos de letras y con palabras es un método muy utilizado en la enseñanza del siglo XIX. Se trataba de un método muy memorístico que buscaba el aprendizaje mediante la repetición.

En relación al área de ciencias la relación de materiales curriculares era bastante más limitada: un cuadro grande con el sistema métrico decimal, un tablero contador de enteros, una caja con sólidos geométricos y seis reglas y escuadras.

Y finalmente, para apoyar la formación religiosa y moral se disponía de dieciséis cartones con máximas morales, dieciocho cuadros con estampas de historia sagrada y un albun de láminas de temática religiosa.

En definitiva, todo parece indicar que se utilizaba un método docente muy simple. Se trataba de que los alumnos visualizasen en las paredes máximas morales, analizasen textos escritos y mapas, materiales que debían ser omnipresentes en las aulas. El aprendizaje de todo ello se realizaría mediante la repetición sistemática de frases, renglón tras renglón.

Además el inventario recogía una relación exhaustiva de la biblioteca que alumnos y profesores tenían en el centro, destacando por su número los relacionados con la ortografía, la doctrina religiosa y la agricultura (28). No deja de ser importante que en un pueblo rural como Carmona donde, a finales del siglo XIX, más del 70 por ciento de la población se dedicaba al campo, hubiese una gran cantidad de libros de agricultura, actividad que muy probablemente terminarían desempeñando la mayor parte de los estudiantes.

 

4.-LA SITUACIÓN DE LA ENSEÑANZA EN CARMONA A FINES DEL SIGLO XIX

Aunque, como ya hemos afirmado, la enseñanza siguió siendo privativa para extensas capas sociales prácticamente hasta el siglo XX, sí es cierto que en líneas generales el panorama educativo carmonense mejoró en la centuria decimonónica.

Existían varias escuelas y todo parece indicar, a juzgar por los inventarios, que las condiciones higiénicas no eran excesivamente malas, al menos comparándola con las de la propia capital sevillana (29).

Muy importante fue la creación en Carmona de una Escuela de Primeras Letras oficialmente destinada a las alumnas. Efectivamente, desde principios del siglo XIX al menos, nos consta la existencia de una escuela específica de niñas, que en 1891 se denominaba de Nuestra Señora de Gracia (30). Un avance sustancial si pensamos que durante toda la Edad Moderna las Escuelas de Primeras Letras fueron exclusivamente de niños, siendo las niñas consideradas como meras "discípulas de calle".

A finales del siglo XIX, y concretamente en una referencia fechada en 1892, verificamos la existencia en Carmona de una Escuela de Adultos, intitulada de San Teodomiro, independiente de la Escuela de Niños de Carmona. La creación de esta escuela sirvió para dar una posibilidad de alfabetización a muchas personas que en su momento no pudieron o no quisieron ir a la escuela. Sin embargo, su erección en Carmona no era una iniciativa de la localidad sino que respondía a la política del momento que fomentó la apertura de este tipo de centros en numerosos puntos de España.

Pese a estos avances, solo una pequeña parte de los niños carmonenses pudieron acceder a las Primeras Letras. Circunstancia ésta que tampoco debe extrañarnos en una España en la que se estimaba que en 1821, de los 1.440.000 niños que había, solo estaban matriculados en la escuela 217.164, es decir, el 15 por ciento (31). Incluso en ese mismo año había en España nada menos que 4.349 pueblos en los que no había ninguna escuela (32).

En definitiva a fines del siglo XIX había en Carmona tres Escuelas de Primeras Letras: la primera recibía a alumnos ordinarios, la segunda a alumnas, y la tercera estaba dedicada a la educación especial de adultos. También se mantenía una Escuela de Latinidad, ubicada en el exclaustrado convento de San José. Por tanto, podemos decir que Carmona, en el siglo XIX consolidó un organigrama educativo básico, acorde con una ciudad de su importancia poblacional.

 

NOTAS

1.-VIÑAO FRAGO, Antonio: Política y educación en los orígenes de la España Contemporánea. Madrid, 1982, pág. 108.

2.-DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: Historia de Sevilla. La Sevilla del siglo XVII. Sevilla, 1984, pág. 264.

3.-Un buen resumen del sistema educativo español lo encontramos en la obra de RODILLO CORDERO, Francisco Javier: Datos para la historia escolar de Extremadura. Mérida, 1998, págs. 20-21.

4.-Citado en LUENGO PACHECO, Ricardo: "La educación en el norte de Extremadura. Procesos de enseñanza (siglos XVII y XVIII)", XXVII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2001, pág. 274.

5.-DÍAZ ORTIZ, Rafael: "Reforma Educativa de Trigueros", en Estela, Nº 3. Carmona, 2001, pág. 16.

6.-ÁLVAREZ DE MORALES, Antonio: La Ilustración y la reforma de la Universidad en la España del siglo XVIII. Madrid, 1988, pág. 65.

7.-IBÍDEM.

8.-VIÑAO FRAGO: Op. Cit., pág. 106.

9.-VÁZQUEZ CALVO, J.C.: "La educación de los Borbones ilustrados: notas para la enseñanza primaria extremeña", Alcántara, Nº 38, Cáceres, 1996, pág. 43.

10.-AGUILAR PIÑAL, Francisco: Historia de Sevilla. Siglo XVIII. Sevilla, 1982, pág. 207.

11.-MIRA CABALLOS, Esteban: La población en Carmona en la segunda mitad del siglo XVIII. Carmona, 1994, pág. 117.

12.-IBÍDEM, págs. 121-122.

13.-La respuesta del maestro José Rodríguez, en relación a las escuelas de enseñanza primaria, fue la siguiente: en la primera escuela imparte el maestro José Rodríguez a doscientos alumnos, siete niños y Juan de Acosta, ayudante de maestro, enseña a veinticuatro discípulas en diferentes calles. En la segunda escuela imparte Feliciano Rodríguez, a cincuenta y tres discípulos de clase y once discípulas en la calle. En la tercera escuela ejerce Andrés Avelino y tiene cuarenta y tres discípulos de clase y veintidós discípulas de calle. En la cuarta escuela es maestro Antonio Rodríguez y tiene cuarenta y cinco discípulos de clase y diez discípulas de calle. Y finalmente, en la quinta escuela imparte sus clases Jerónimo de Eguiluz, que no estaba examinado pero tenía licencia para enseñar, a ochenta y tres discípulos de clase y dieciocho discípulas por la calle. Archivo Municipal de Carmona (en adelante A.M.C.), libro de Actas Capitulares Nº 221. Carta de José Rodríguez a don Juan José Trigueros Bonifaz y don Francisco Javier Nieto, Carmona, 8 de enero de 1798.

14.-A.M.C. Libro de actas capitulares 221. Carta de don José Padilla a don Juan José Trigueros Bonifaz y Francisco Javier Nieto. Carmona, 17 de enero de 1798.

15.-En este sentido afirmó Pascual Madoz: "Tiene además esta ciudad un colegio de Segunda Enseñanza en el extinguido colegio de San José; el de San Teodomiro, que estuvo a cargo de la extinguida Compañía de Jesús, con Cátedra de Latinidad. MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, T. V. Madrid, 1849, pág. 570.

16.-AGUILAR PIÑAL: Op. Cit., págs. 219-220.

17.-RODILLO CORDERO: Op. Cit., pág. 23.

18.-A.M.C, Libro de Actas Capitulares 221. Carta de José Rodríguez a Juan José Trigueros Bonifaz y Francisco Javier Nieto, Carmona, 8 de enero de 1798.

19.-A.M.C., Libro de Actas Capitulares Nº 222. Expediente y diligencias de examen de Miguel José de Eguiluz, Carmona, febrero de 1808.

20.-IBÍDEM.

21.-A.M.C., Leg. 1052. Diligencias y examen de Miguel José de Eguiluz Rodríguez, Carmona, h. 1809. En este expediente no consta la fecha exacta, por lo que la hemos tomado del membrete.

22.-Textualmente decía: El señor Lorenzo José Domínguez, regidor perpetuo y de preeminencia de su ilustre ayuntamiento, en ejercicio de corregidor, por ausencia del señor don Juan Caro Locella, que lo es en propiedad, en vista de las diligencias antecedentes su señoría dijo daba y dio licencia y facultad (en conformidad del Real privilegio de fuero concedido a esta Muy Noble y Leal Ciudad por el señor Rey don Alfonso que principia "conocida cosa sea a todos los omes") a don Miguel José de Eguiluz y Rodríguez, de estado casado, de edad de veinte y un años, de buen cuerpo, color trigueño, nariz grande, ojos pardos, hoyoso de viruelas, pelo corto negro, poca barba para que sin incurrir en pena alguna pueda usar y ejercer en todas las ciudades, villas y lugares de los reinos y señoríos de España el arte de primeras letras como maestro examinado...". A.M.C. Leg. 1052.

23.-Aunque el dato puede ser orientativo de la situación, las cifras de Madoz deben ser tomadas con suma precaución. De hecho, y por poner un ejemplo concreto, en el tomo V, en la voz Carmona, especifica que había en la localidad siete escuelas para niños y dos para niñas así como un Colegio de Segunda Enseñanza. En cambio, en el tomo XIV, correspondiente a Sevilla y su provincia, afirma que había seis escuelas de niños y siete de niñas y

-erróneamente- ninguna Escuela Superior. MADOZ: Ob. Cit., T. V, pág. 570 y T. XIV, pág. 1842.

24.-En 1798 había unos 15.703 habitantes y 509 alumnos escolarizados mientras que a mediados de siglo había en Carmona unos 17.100 habitantes y 562 alumnos.

25.-Teniendo en cuenta que en toda la provincia se estimaba que cursaban estudios de Primeras Letras 9.377 niños y 2.678 niñas, el porcentaje de alumnas con respecto al total era del 22,21 por ciento. MADOZ: Op. Cit., T. XIV, pág. 1842.

26.-Aparecen reproducidas íntegramente en el apéndice documental.

27.-A.M.C., Leg. 1052. Inventario de enseres de la Escuela Oficial de Niños que Alberto Blanco entrega a Rafael Acal y García, Carmona, 31 de diciembre de 1899.

28.-Dado el interés de la biblioteca queremos insertar aquí la relación de obras de que se disponía: cuatro diccionarios de la Real Academia, cuatro ejemplares de ortografía "Solana", catorce libros rústicos de aritmética de "E. Solana" y nueve por "Palma", once libros de lectura "por los padres Escolapios" y otros cuatro del, dieciséis ejemplares del evangelio "por Terradillos", cinco libros manuscritos "guía del artesano", nueve libros cursos de historia sagrada, cinco libros manuscritos titulados "guía del artesano", seis libros rústicos de geografía "de Ascarza", dieciséis libros de lectura, cinco libros de urbanidad de "Calleja", once ejemplares epítomes del diccionario de la Real Academia, diez ejemplares de doctrina, doce ejemplares de historia sagrada, cincuenta y cinco ejemplares de distintos libros de la agricultura del olivo, cinco ejemplares de frases y cuentos de "Calleja" y, finalmente, cuatro libros de lengua castellana "por Blanco".

29.-Durante la segunda mitad del siglo XIX e incluso a principios del siglo XX las condiciones de salubridad de las escuelas sevillanas se consideraban pésimas. La mayor parte de los centros, además de estas hacinados, no habían sido diseñados para servir de escuelas y presentaban una deficiente iluminación y ventilación, no disponían de agua corriente, y las condiciones higiénicas eran pésimas. A este respecto véase la obra de MONTERO PEDRERA, Ana María: La enseñanza primaria pública en Sevilla (1857-1900). Desde la promulgación de la Ley Moyano hasta la creación del Ministerio de Instrucción pública. Sevilla, 1996.

30.-A.M.C., Leg. 1052. Papeles varios sobre la enseñanza en la Carmona del siglo XIX. Ya entrado el siglo XX, en 1917, se autorizó el desdoble horario de dicha escuela para atender a un mayor número de alumnas, siendo docente en ella, la conocida maestra doña Isabel Ovin, todavía recordada con cariño por los más ancianos de Carmona. A.M.C., Actas capitulares Lib. 291. Cabildo ordinario celebrado en Carmona el 19 de julio de 1917.

31.-VIÑAO FRAGO: Op. Cit., pág. 219.

32.-IBÍDEM.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

Reglamento regulando el funcionamiento de las Escuelas de Primeras Letras de Carmona, Carmona, 8 de septiembre de 1813.

 

"Parecieron don Rafael de Aguilar Tablada, sindico, procurador segundo de este ayuntamiento se propuso y manifestó a la ciudad un reglamento por escrito dado y firmado por dicho caballero síndico conteniéndose en él por capítulos las reglas, orden y método que deben observar mis clases para la recomendable enseñanza de la juventud, los maestros de Primeras Letras de esta dicha ciudad el que habiéndose leído e instruido de él se acordó que aprobándolo se conformaba la ciudad con él dando por ello las debidas gracias a dicho señor síndico por la utilidad que ofrece en la enseñanza pública el mencionado reglamento el que se observará inviolablemente en todas las clases de Primeras Letras de esta ciudad para lo cual se pondrá en poder de cada uno de los maestros una copia de él y a su continuación testimonio de este acuerdo uniéndose a este cabildo el original del precitado reglamento y para que se observe en las clases de Primeras Letras puntualmente siendo diputados de estos establecimientos los señores don Manuel de Rueda y don Juan González regidores se reitera en los susodichos el nombramientos de tales diputados para que acompañados del referido señor síndico don Rafael Tablada procuren y celen el cumplimiento y observancia se cuanto se propone en el adjunto reglamento para utilidad de la enseñanza pública.

Ilustrísimo Señor: una de las más sagradas obligaciones de este ilustre cuerpo según el artículo 321 de la constitución política de esta monarquía y según el artículo 14 del capítulo primero de Su Alteza la regencia del reino, fecha 26 de junio anterior es el de que debe cuidar de todas las escuelas de Primeras Letras y demás establecimientos de educación velando el buen desempeño de sus maestros.

Este tan importante objeto ha muchos días que por una continuada experiencia lo miró y lo mira todo este común en el abandono más intolerable pues los padres que ponen al cuidado de los maestros la educación moral, cristiana, civil y política de sus hijos están criando no hombres que hagan feliz la sociedad humana sino es monstruos que la deshonren y destruyan y no hijos que los respeten, ayuden y sirvan de consuelo y báculo en la menesterosa y vacilante vejez para alargar y hacer felices sus días sino es fieras que continuamente se les rebelen les aflijan y les hagan apresurar sus pasos hacia el sepulcro. En tan triste estado y considerando yo como provisor sindico segundo de esta ilustre corporación que unos males tan perniciosos y tan trascendentales deben proveerse de un pronto y eficaz remedio del que por mi ministerio no puedo desentenderme ni vuestra señoría y dejar de poner en ejecución los medios que se juzguen más a propósito para su reforma. Considerando que los maestros de las escuelas de leer y de escribir son los primeros padres que el gobierno público sustituyó a los naturales para que por estos den a sus hijos la educación moral, cristiana, civil y política que la sociedad humana y la religión piden en todos sus miembros considerando el lamentable descuido que tales maestros tienen en dar a sus discípulos la educación antedicha o por que ellos carecen de ella o porque no conocen su gran utilidad y necesidad y que los infantes salen y entran de las escuelas y están en ellas como en unos establos sin aseo, sin moderación, sin respeto y sin política y que sus modales son tan descorteses como bárbaros. Considerando que el carácter civil o idiota de todo un pueblo y aun de toda una nación dependen de las primeras escuelas y de la buena o mala educación que en ellas se enseña. Considerando que la moralidad de que son capaces los infantes no se arraiga bien en sus corazones si sus espíritus no se forman con las máximas cristianas que iluminan y rectifican la conciencia. Considerando que los vicios son unos males que nunca desamparan al hombre que los contrajo desde su niñez y que aquellos se adquieren en todas edades sin que hasta ahora jamás se haya visto que el hombre abandone en algún tiempo lo que adquirió en su niñez por efecto de una perversa educación por enseñarnos constante la experiencia que quien desde dicha edad principia a ser vicioso antes de conocer el vicio continua siempre siéndolo por un hábito que (como otra naturaleza) reviste y arrastra tras de si la razón y que por dicha causa los hombres sabios y demás sana política las escrituras sagradas, nuestras leyes patrias y las sabias determinaciones del sabio -- de la nación previenen y expresamente mandan la obligación estrechísima a todas las autoridades de que atiendan, cuiden y celen sobre la educación de los infantes por depender de ella enteramente su salud corporal y espiritual y la prosperidad del Estado y de la sociedad para formar los dignos miembros de ella y para que correspondiendo a los deberes de la religión del Estado y de las circunstancias que debe caracterizar a unos buenos ciudadanos sirvan a Dios, al Rey y a la Patria y hagan feliz la compañía de sus iguales.

Considerando por último que la primera construcción moral cristiana civil y política de los infantes se logra con la viva voz y con los continuados ejemplos de los que los enseñan para imitar en su edad tierna con mucha facilidad así lo que ven como lo que oyen y que de consiguiente deben ver en sus maestros efectos sensibles de piedad para con los pobres, haciendo que los ejecuten de respeto para con los ministros sagrados del altar y con toda clase de autoridades, enseñándoles el placer que resulta de toda buena obra y el aborrecimiento que deben tener a los vicios para que vayan formando conceptos del justo modo de obrar y de los grandes males que experimentarán de lo contrario NO he podido menos señor que ver si pueden en lo posible remediarse los gravísimos defectos e inseparables males que se están experimentando en la educación pública y establecer el orden en las escuelas de esta ciudad y en sus preceptores que haber formado el siguiente reglamento porque mereciendo la aprobación de vuestra señoría se digne nombrar una diputación compuesta de individuos de esta ilustre corporación con amplias facultades para que lo pongan en debido y puntual cumplimiento y celen incesantemente sobre la observación de todos y de cada uno de sus artículos por que de este modo se logre el importante objeto que me he propuesto en su formación del bien del público aumento de nuestra santa religión y utilidad del Estado en la perfecta educación moral, cristiana, civil y política de la juventud. Reglamento:

 

Artículo I: en el sitio principal de las escuelas se colocará si no lo está una imagen de Jesucristo Nuestro Señor o de su Santísima Madre, cuya imagen será el altar de los actos de piedad y de religión que se harán en las escuelas y al entrar en éstas el infante se dirigirá luego a adorar la santa imagen y, habiendo hecho brevísima oración, se levantará, hará profunda cortesía al maestro y a todos los compañeros, besará la mano a aquel y se colocará en su sitio.

 

Artículo II: el maestro no permitirá que los niños entren o salgan de las escuelas de tropel, corriendo, saltando o dando voces; y al salir deberán todos arrodillarse y adorar la santa imagen sin moverse de sus respectivos sitios y luego saldrán por su orden en una o dos filas, según la capacidad de la escuela.

 

Artículo III: en ésta todos los puestos se distribuirán en clases; y cada infante tendrá su puesto fijo en la clase que le corresponda. Tres serán las clases en que se dividirán los puestos: la primera servirá para los niños excelentes en religión, civilidad y doctrina cristiana; la segunda para los medianos; y la tercera para todos los demás.

 

Artículo IV: para distribuir con equidad las clases antedichas tendrá el maestro anotados en un cuaderno los nombres de todos sus discípulos, poniendo sobre ellos los títulos: religión, civilidad, doctrina y al nombre de cada discípulo con relación a dichos títulos añadirá al principio de cada mes la censura de: excelente, mediano o desidioso y según esta censura distribuirá los puestos.

 

Artículo V: en el día primero y quince de cada mes habrá desafío entre los niños por disputar preferencia de los puestos de cada clase, pudiendo el del inferior desafiar al de mediano o al del superior, y el del mediano al del superior. Y el desafío se hará leyendo, escribiendo, contando o diciendo de memoria un capítulo de doctrina cristiana o un artículo de la constitución política de esta Monarquía que para que todos los párvulos la aprendan se leerán en los mismos por uno de los niños más adelantados y por mañana y tarde seis de sus artículos, despacio y con sentido, sin que se pase día de tan importante lectura, y todos, mientras se verifica, estarán en pie en sus respectivos sitios, oyéndola con la mayor atención para cuyo efecto se le proveerá a cada escuela, por los señores diputados, de una constitución política.

 

Artículo VI: para que los infantes no miren con horror las materias que estudien arreglará el maestro con prudencia la distribución de ellas de modo que se interpolen los ejercicios literarios, los de política y los de religión.

 

Artículo VII: la escuela durará seis horas cada día, tres por la mañana y otras tres por las tardes, y todas ellas las dedicarán los maestros a la práctica de la enseñanza y ejercicios literarios de leer, de escribir, de contar, de religión y de política sin hacer de ellas la menor ausencia con el pretexto de ir a dar las lecciones de los niños de fuera de ella ni con alguno otro, a no ser de una indispensable y urgentísima necesidad; pues la experiencia tiene acreditado que con semejantes ausencias quedan los párvulos abandonados y solo se ejercitan en juegos y en conversaciones las más nocivas y perjudiciales. Y así, el maestro que no cumpla con el tenor de este artículo, justificadas que le sean tres faltas notables al mes en las horas de los expresados ejercicios será removido de su ministerio con acuerdo de este ilustre cuerpo, previa la consulta y aprobación sobre su remoción del señor jefe político de esta provincia.

 

Artículo VIII: todos los días del año lo serán de escuela a excepción únicamente de los domingos y demás días feriados sin que por ningún título ni pretexto puedan los maestros arbitrariamente dispensar alguno, ya con motivo de ser el de su cumpleaños o el de su mujer, ni por ningún otro. Y en el caso de que ocurran algunas circunstancias particulares y extraordinarias como defunciones publicas deberán los maestros recurrir a los señores diputados para que estos dispensen si lo tienen a bien el día o días que les parezcan suficientes según la ocurrencia o causales que haya para ello, sin que haya más vacaciones en todo el año que las de Semana Santa y las de Pascua de Navidad.

 

Artículo IX: uno de los principales cuidados de los maestros será que desde un principio hagan que los infantes al leer y al hablar tengan buena pronunciación desterrando de ellos el mal hábito que se observa sobre el particular y procurando que hablen en castellano puro y sin vicios que también se notan y que tantos males causan a los jóvenes en su edad adulta para cualesquier destino que después emprenden y que al enseñarlos a escribir tengan igualmente el mayor celo y esmero de la buena y constante ortografía que deben usar y por cuya falta también estamos viendo no poco dolor tantos y tan malos escritores pues la escritura debe ser imagen puntual y exacta de la pronunciación de las palabras como éstas lo son de los pensamientos por lo que el maestro procurará que las palabras se escriban con aquellas letras determinadas que exprimen su sonido.

 

Artículo X: las tres horas de escuela de la tarde del sábado de cada semana se emplearán en instruir a los niños en la doctrina cristiana y demás ejercicios de religión y de política, haciéndoles los maestros, después de haber dado las lecciones de doctrina, una breve explicación del santo temor de Dios que deben tener como principio de toda sabiduría, de la obediencia a sus padres y mayores y a los señores magistrados y autoridades legítimas de la reverencia con que deben estar en el templo y mirar y tratar a los ministros del altar, del modo humilde y devoto con que deben practicar los ejercicios exteriores de religión para que ésta la respeten desde su infancia y formen concepto digno de ella y del aborrecimiento que deben tener a los vicios. También les enseñarán e instruirán en los buenos modales y actos políticos como por ejemplo en el modo de saludar a toda clase de personas, de hacer un cumplido en donde quiera que se representen del modo que han de tener en la mesa y método que en ella han de observar con todo lo demás que concierna para perfeccionarlos e instruirlos en objetos tan interesantes y por cuya falta abundan tanto las poblaciones de hombres groseros y capaces solo de tener sociedad con los salvajes. Concluidas dichas instrucciones saldrán en procesión todas las tardes de cada sábado, cantando por las calles con orden, veneración y respeto la doctrina cristiana por espacio de media hora y, volviéndose a la escuela, se concluirá ésta en dicha tarde y en los demás días con la letanía de la Virgen nuestra Señora que dirán de rodillas, delante de la imagen antedicha y los demás días rezada.

 

Artículo XI: todos los primeros domingos de cada mes tendrán confesión y comunión los párvulos que estén en edad competente y para ello se reunirán por la mañana a la hora de las siete en el verano y a las ocho en el invierno en las casas escuelas para salir en procesión y cantando la doctrina cristiana a la iglesia que el ministro designe para ejecutar dicho religioso y piadoso acto, volviéndose a ella en los mismos términos, cuidando también los maestros de llevar a los niños todos los domingos y días de fiesta que puedan a oír misa, teniendo el mayor esmero en que para tan piadosos y religiosos actos no entren en la iglesia de tropel ni estén en ella de pelotón sino en dos filas y que, en los mismos términos, vistan con respeto y con la veneración propia del templo de Dios para que causen ejemplo y no perturben la devoción a los demás fieles, como hasta el día se ha experimentado con bastante dolor de los católicos que lo miran, pues se ha visto que han entrado en tan santo lugar como si fuera el más profano, hablando, arrastrando los pies, y retozando como si fueran una multitud de bestias.

 

Artículo XII: desde que principie la Cuaresma hasta el sábado de Ramos inclusive será obligación de los maestros el designar en cada un día ocho de los niños más adelantados en la doctrina cristiana para que a las oraciones se pongan de dos en dos en los sitios más públicos para que con toda modestia, respeto y atención digan las preguntas y respuestas que del catecismo se le señalen por el maestro para que de este modo den al público este ejemplo de religión e instruyan en algún tanto a muchos adultos que la ignoran.

 

Artículo XIII: todos los años y en uno de los días del mes de enero que señale la diputación se hará examen público de doctrina cristiana con asistencia de la diputación de los señores alcaldes constitucionales y del señor vicario eclesiástico o, en su defecto, del señor cura más antiguo y en dicho día se instruirán los referidos señores de la observancia o inobservancia de los artículos de este reglamento para dar las providencias oportunas si en algunas de sus partes no se cumple exactamente y para ampliarlo en otros artículos o modificarlo según se estime por conveniente. También harán a los niños que tengan a bien las preguntas de política y de religión que conceptúen deben saber según sus edades para por sus respuestas conocer los adelantamientos que van haciendo o no en tan importantes objetos. Y en este día premiarán el mérito de los más excelentes y que se aventajen en leer, en escribir, en contar o en la doctrina cristiana con algunos libros útiles, rosarios, medallas, estampas u otras exenciones honoríficas de puestos, en las clases anteriormente referidas para, de este modo, avivar la emulación de los infantes e impulsarlos a su mayor aplicación y aprovechamiento.

 

Artículo XIV: tendrán particular cuidado y estrechísima obligación los señores diputados de presentarse todos o cada uno de por si en las escuelas en los días y horas que tengan por conveniente para inspeccionar si se observa el anterior reglamento y de cualesquiera falta que noten darán cuenta al Ilustre Ayuntamiento para que acuerde lo necesario para su remedio. Y de este reglamento se sacarán los ejemplares suficientes con testimonio del acuerdo de su aprobación para que a cada maestro se le entregue uno y le sirva de régimen inviolable. Carmona, 8 de septiembre de 1813. Firma: Rafael de Aguilar Tablada.

(A.M.C, Actas Capitulares, Libro 228).

 

 

 

 

Esteban Mira Caballos

 

En estas líneas vamos a reconstruir la fiesta del Corpus en la Carmona de la primera mitad del siglo XVI. Sobre esta cuestión contábamos con un trabajo monográfico1 que nosotros vamos a ampliar en base a documentación inédita. Concretamente se trata de un proceso que emprendieron determinados gremios carmonenses contra el concejo, para eludir el pago de los costes de la mencionada fiesta2.

Un aspecto que nos llama la atención es que nuevamente documentamos el afán de Carmona por mirarse en el espejo de Sevilla. En esta ocasión no sólo observamos una gran similitud en la estructura en el cortejo sino que la decisión de los gremios carmonense de acudir a la justicia fue una respuesta al proceso que habían iniciado sus colegas sevillanos.

El pago de los gastos del desfile procesional por parte de los gremios era justificado por los miembros del concejo afirmando que así se hacía en Sevilla "que es cabeza del Obispado"3. Es más, tres gremios sevillanos -plateros, confiteros y albañiles- venían pleiteando en la Chancillería de Granada desde 1527, consiguiendo inicialmente una sentencia favorable en 1552 y de forma definitiva en 15544. Pues, bien, como ya hemos afirmado, animados por sus colegas sevillanos, trece gremios carmonenses decidieron emprender la misma lucha como veremos en las líneas siguientes.

 

1.-PROCESO ENTRE LOS GREMIOS Y EL CONCEJO DE CARMONA

 

Al menos desde finales del siglo XV el Corpus Christi venía siendo financiado por las distintas corporaciones laborales de la entonces villa de Carmona. Como ya hemos mencionado, los gremios carmonenses comenzaron una oposición en la década de los cuarenta que les llevó a apelar a las más altas instancias judiciales. Los trece gremios que decidieron interponer juicio ante los oidores reales, frente a la élite concejil, fueron los siguientes: los herreros, los tundidores, los cerrajeros, los sastres, los rabadanes, los atahoneros, los carpinteros, los ganaderos, los caleros, los arrieros, los panaderos, los zapateros, y finalmente los empedradores5. Los representantes de los gremios carmonenses otorgaron, el 21 de mayo de 1548, escritura de poder a favor de Francisco Vençon, procurador de causas en la Audiencia granadina. Cinco días después, y sin que conozcamos los motivos exactos, Vençon dejaba el cargo en favor de otro procurador llamado Francisco de Santiesteban6.

Este último sería quien representase finalmente a los gremios carmonenses. Para empezar pidió que fuesen liberados varios maestros que los diputados y el procurador mayor de la localidad tenían presos por no pagar los pechos del Corpus. Para ello afirmó que tales personas eran pobres y que sin su trabajo no tendrían de qué mantenerse sus familias.

Por otro lado, las justificaciones que empleó Santiesteban para suspender la contribución de sus representados en el Corpus fueron las siguientes: primero que el concejo de Carmona no tenía "título ni causa alguna" para efectuar tal derrama. Segundo, que el caso de Carmona no era comparable a Sevilla porque en esta ciudad "hay tantos oficiales que por mucho que se les reparta no sale a medio real". Y tercero que su parte era muy pobre para abonar otra imposición que mejor sería que se pagase "a costa de las fábricas de las iglesias de la dicha villa o de los propios...". Esta última reivindicación parece muy dura para la época ya que atacaba de lleno a los dos grandes poderes, es decir, la Iglesia y el Estado.

El representante del Concejo carmonense alegó: uno, que, como ya se había dicho a lo largo del proceso, esa misma imposición se pagaba en Sevilla que era el referente lógico de Carmona. Y dos, que la imposición era muy reducida y que además evitaba que los maestros gremiales se gastasen el dinero en "comer y beber y otras cosas indebidas". En cualquier caso en agosto de 1548 la Corona expidió una Real Cédula autorizando a los carmonenses a repartirse las costas del proceso y por tanto a proseguir con sus demandas.

Desconocemos la sentencia del pleito, porque la documentación se encuentra incompleta7, pero es seguro que debió ser similar a la que se dictó el 15 de julio de 1552 para Sevilla en que liberó definitivamente a los gremios del pago de los costes de la fiesta del Corpus. Es probable que desde mediados del siglo XVI, el importe de esta importante fiesta religiosas recayese sobre el erario del concejo.

 

2.-LA ORGANIZACIÓN DEL CORTEJO

Se conocía perfectamente la organización del cortejo entre finales del siglo XV y principios del XVI. Pues bien, Comparando la disposición de los gremios y las "invenciones" que sacaban en 1513 con las de 1548 podemos afirmar que en todo este período de tiempo permaneció prácticamente invariable.

El cortejo lo encabezaba una tarasca que sacaban los mesoneros, venteros y cazadores. Se trataba de una serpiente monstruosa y articulada. Dichos gremios conservaban la estructura de madera, obligándose a renovar anualmente el paño que cubría el cuerpo y la cabeza. Sostiene María Jesús Sanz que la tarasca era un fenómeno europeo en el Corpus del siglo XVI8.

Seguidamente iba un espartero y una espartera "hilando con sus vejigas y su panderete y chapas". Normalmente estos actores eran contratados, corriendo los gastos de esta escena a cargo de los esparteros, alabarderos, "pañideros y pañideras".

A continuación venían otros gremios con sus rocas o castillos y el pendón de su oficio, siguiendo el modelo sevillano. Al parecer estos castillos llegaron a la capital Hispalense por influencia del Corpus toledano9. Por lo demás desconocemos la estructura de estos carros aunque debieron ser en su mayor parte de 3,5 varas de largo por 2 de ancho, siendo portada a modo de andas por personas del gremio correspondiente10.

El primero de esos gremios eran los arrieros y carreteros que tradicionalmente habían sacado un castillo con "San Antón y una ermita, con una doncella y tres diablos"11. Sin embargo en 1548 ya no exhibían dicha roca sino tan sólo una danza, "un pendón de lienzo pintado con la figura de San Antón" y un tamborino.

Los carpinteros, albañiles, cantareros, tejeros y caleros desfilaban con un castillo representando la Salutación de Nuestra Señora y delante un pendón con la invención de su oficio.

Los rabadanes, vaqueros, yegüerizos y albardanes sacaban un castillo en el que se representaba lo siguiente:

 

 

"El filisteo y el Rey David el cual vaya vestido de seda y una corona dorada en la cabeza y los muchachos -eran cuatro- buenos caballetes y bien vestidos y seis danzantes bien vestidos y un toro pintado agarrochándolo al son de tamborino".

 

Los taberneros y pescaderas participaban con "la danza de espadas de doce danzantes..." y un guión con la invención de su oficio. Zapateros y curtidores portaban "a Jusepe y la María" con su hijo, es decir, representaban la escena del Nacimiento, junto al pendón con su oficio como era costumbre.

Los hortelanos y las vendederas costeaban una roca con la Resurrección de Jesucristo ante María Magdalena, además del pendón con la invención de su oficio. Pastores y barberos sacaban a "San Bartolomé y el diablillo", como solían -según se especifica en este documento-. Especieros, agujeteros, corredores, y cordoneros desfilaban junto a un castillo con San Miguel y seis danzantes. Los armeros, herreros, cordoneros, corredores caldereros y cerrajeros sacaban una danza de diez danzantes y su tamborino. Panaderos y horneros cambiaron su tradicional representación de la "Visitación de Nuestra Señora a Santa Isabel", por el del "Bautismo de Cristo" que portaban poco antes de mediar el siglo. Los molineros de pan y de aceite, los medidores de aceite y los engarrafadores sacaban a seis danzantes con su tamborino. Los sastres y las costureras sacaban a San Fernando. El cortejo procesional terminaba con el desfile de un ostensorio o custodia portátil bajopalio.

Y finalmente los tejedores sacaban la nube que quedaba montaba todos los años en la plaza del Salvador12. En la nube se representaba a Jesús Resucitado con María, Santo Domingo y San Francisco y cuatro muchachos cantando el "pange lingua".

A modo de conclusión debemos decir que ha quedado descrita la procesión en la fiesta del Corpus en las décadas anteriores al Concilio de Trento. No obstante, sería conveniente comprobar como continuó su evolución el cortejo procesional después del Concilio de Trento y ya en el XVII durante la contrarreforma. Esos importantes aspectos lo dejamos para futuras investigaciones.

 

APENDICE DOCUMENTAL

 

Condiciones para sacar la nube.

 

"En el nombre de Dios Todopoderoso y de la bienaventurada Virgen Santa María su bendita Madre amén. Las condiciones que ha de cumplir el que saque la nube el día del Corpus Christi son las siguientes:

Primeramente que el que hubiere de sacar el oficio ha de llevar una muchacha que tenga buena voz y buen cuerpo y que lleve un say(i)to con sus plazas y su diadema y su cabellera y sus guantes y tres lanzas coloradas y los hierros plateados y que lleve una capa colorada de zarzahan.

Es condición que lleve una María hermosa y de buena voz que vaya adornada de buenas ropas honestas como le pertenecían y que lleve dos frailes el uno de Santo Domingo y el otro de San Francisco.

Que lleve cuatro muchachos con sus albas y amitos y con sus guirnaldas y que vaya cantando (el) "Pange lingua".

Ha de llevar doce hombres blancos, que no vaya negro ninguno para llevar la nube.

Ha de tener ataviada la nube para que se pueda armar la víspera del Corpus Christi y la arme la dicha víspera.

Ha de poner el día del Corpus Christi la dicha nube armada con todo lo susodicho en la plaza de San Salvador por la mañana como es uso y costumbre.

Es condición que el que sacare la dicha nube ponga a su costa todas las cosas de que tuviere necesidad así de jabón como de cordeles y de todas las otras cosas que fueren necesarias para la dicha nube.

Ítem es condición que eche en la frontera de una roca un travesaño y un crucero y una chaveta y en el otro cabo de la misma roca adobe un(a) espiga del travesaño de abajo y eche un clavo en una ristra y eche los clavos que fueren menester en una abrazadera de hierro a tres esquinas del tillado que sean más cumplidas y más gordas que la que está puesta en la otra esquina y que tengan las calzas y el say(i)to y refresquen las llagas.

Es condición que el que sacare la nube la desarme y la ponga donde los alcaldes del oficio la mandaren desarmándola el día del Corpus Christi antes de comer.

Es condición que antes que cobre ninguna pecha el que sacare la dicha nube contente de fianzas a los alcaldes del dicho oficio.

Es condición que el que sacare la dicha nube que pague seis reales de la guarda de la nube y más dos reales de las condiciones y que vuelva los guantes y que pague el remate de la nube y si la nube parare por culpa de el que sacare la nube que pague la pena que Carmona le quisiere llevar.

Es condición que ponga la clavazón que fuere menester para la nube, dándole la vieja.

(A.Ch.G. Cabina 3ª, Leg. 624, Nº 12).

 

1  GONZALEZ JIMÉNEZ, Manuel: "La fiesta del Corpus en Carmona hace cinco siglos", Carmona y su Virgen de Gracia. Carmona, 1973, s/p. En este trabajo se reconstruye el cortejo procesional a través de un cuaderno de los oficios que se sacaban en la citada fiesta en 1513. Algunos datos complementarios se ofrecen en el reciente trabajo de Antonio LERÍA: Cofradías de Carmona, de los orígenes a la Ilustración. Carmona, 1998, pp. 30-32.

2    Proceso de Luis de Salazar contra el Concejo de Carmona, 1548. A.Ch.G., Cabina 3ª, Leg. 624, Nº 12.

3    IBIDEM.

4    SANZ, María Jesús: "El Corpus en Sevillano a mediados del siglo XVI. Castillos y danzas", Laboratorio de Arte Nº 10. Sevilla, 1997, p. 124.

5    Cada uno de los gremios nombró a uno o dos de sus miembros como representantes: los herreros a Pedro Vaca, los tundidores a Agustín Gutiérrez, los cerrajeros a Luis de San Martín, los sastres a Andrés del Real, los rabadanes a Lorenzo Hernández, los atahoneros a Pedro Martín Gavira, los carpinteros a Hernán Pérez, los ganaderos a Cristóbal Cepero y Alonso Fernández, los caleros a Pedro Martín Cadenas, los arrieros a Antón Martín Miradero, los panaderos a Cristóbal Cortés, los zapateros a Juan de Úbeda, y finalmente los empedradores a Pedro Franco.

6    Carta de sustitución en favor de Francisco de Santiesteban, Granada, 26 de mayo de 1548. A.Ch.G., Cabina 3ª, Leg. 624, Nº 12.

7    Falta tanto el interrogatorio como las diligencias finales y la sentencia.

8    SANZ: Ob. Cit., p. 125.

9    SANZ SERRANO: Ob. Cit., p. 133.

10    IBIDEM.

11    Este castillo sacaban en 1513. GONZÁLEZ JIMÉNEZ: Ob. Cit. s/p.

12    Véase el apéndice I.

 

 

Por Esteban Mira Caballos

 

En estas pocas páginas haremos un análisis general sobre las hermandades y las cofradías carmonenses a finales del Antiguo Régimen. Para ello, la primera dificultad a la que nos enfrentamos es saber exactamente cuántas, del casi medio centenar de hermandades y cofradías fundadas en Carmona desde la Baja Edad Media, subsistían a finales de la centuria decimoctava. Y en este sentido diremos que se conoce desde hace ya algunos años una interesantísima lista de las cofradías existentes en Carmona con sus respectivos priostes, fechada en julio de 17981. Tenemos la certeza de que la relación no es completa, pues, faltan algunas que subsistían de forma más o menos precaria. Cofradías que pasaban por un paréntesis en su organización y que no tenían juntas de gobierno; otras que estaban en una situación que podríamos llamar de “alegalidad”, pues, no tenían sus reglas aprobadas o no las había rubricado en el Consejo de Castilla; y finalmente, otras cuyo escaso presupuesto solo les permitía subsistir bajo mínimos, celebrando una o dos funciones anuales ante su imagen titular.

No obstante, como para hacer cálculos exactos hay que objetivizar los datos disponibles, vamos a tomar como base para el análisis, la relación de hermandades y cofradías que nos ofrece el citado documento de 17982.

 

CUADRO I

HERMANDADES Y COFRADÍAS EN CARMONA EN 17983

 

CORPORACIÓN

PRIOSTE

Hermandad Sacramental de Santa María

José Ruiz Castillo

Hermandad Sacramental de San Salvador

Cristóbal Baena

Hermandad Sacramental de San Bartolomé

José Ignacio Domínguez

Hermandad Sacramental de San Felipe

José Ignacio Fernández

Hermandad Sacramental de Santiago

Fernando Pérez de Baena

Hermandad Sacramental de San Blas

José Fajardo

Hermandad Sacramental de San Pedro

Vicente Benítez

Hermandad de Ánimas de Santa María

Jerónimo Acuña

Hermandad de Ánimas de San Salvador

Juan José Mejías

Hermandad de Ánimas de San Bartolomé

Ramón Benítez

Hermandad de Ánimas de San Felipe

Pedro Ruiz

Hermandad de Ánimas de Santiago

Juan María Rodríguez

Hermandad de Ánimas de San Blas

Juan Caro Losilla

Hermandad de Ánimas de San Pedro

José Montero

Hermandad de Belén

Francisco Baptista

Hermandad del Rosario

Felipe García

Hermandad del Escapulario

Francisco García

Cofradía de la Esperanza

Sebastián de Vega

Cofradía de Jesús Nazareno

Juan Miguel Ojeda

Cofradía de la Columna

Cristóbal Navarro

Cofradía de la Expiración

Vicente Ruiz

Cofradía de la Humildad

--

Cofradía de la Sentencia

Francisco Miguens

Cofradía de la Amargura

José Pérez

Cofradía de las Angustias

Juan Cervera

Cofradía de la Veracruz

Bartolomé González

Congregación de los Servitas

Miguel Fajardo

Esclavitud de Nuestra Señora de los Dolores

Manuela de Armijo

Hermandad de la Santa Caridad y Misericordia

Pedro Cansino

 

Como se puede observar, figuraban 29 corporaciones, contando la de la Humildad y Paciencia que pasaba por difíciles momentos de continuidad. Pero, hemos decidido incluir cuatro corporaciones más porque tenemos totalmente acreditada su vigencia en ese año y en los subsiguientes:

 

-La hermandad de clérigos “in sacris” de Santa Bárbara, sita en la iglesia prioral de Santa María.

-La cofradía de la Soledad y el Santo Entierro que tenía su sede canónica en el convento del Carmen.

-La Hermandad rosariana de la Aurora, sita en el hospital de San Pedro.

-Y, finalmente, la de San José, ubicada desde 1659 en el templo parroquial de San Pedro.

Probablemente seguían activas otras, como la de Santa Lucía –muy dinámica al menos en el siglo XVII- o la de San Bartolomé de la iglesia de esta última advocación. También la del Buen Suceso del Angostillo –pese a sus problemas con los presbíteros de San Pedro- y, muy probablemente, la hermandad del Dulce Nombre del convento de Santo Domingo, entre algunas otras. También tenemos noticias de una hermandad del Niño Jesús de los Dolores, sita en el convento de San José y que estaba en activo a principios del siglo XVIII4. De todas estas cofradías, al no tener certeza absoluta de que siguieran realmente en activo a finales del siglo XVIII hemos decidido dejarlas fuera de la lista. No así las cuatro citadas anteriormente que dejan el número de cofradías existentes en Carmona a finales del Antiguo Régimen en treinta y tres. Probablemente la cifra no sea exacta, pero nos puede servir como punto de partida para hacer algunos cálculos.

En las páginas que vienen a continuación intentaremos plantear algunas valoraciones sobre el fenómeno cofradiero en Carmona a finales del Antiguo Régimen.

 

1.-NÚMERO DE COFRADÍAS POR HABITANTES

 

Tenemos dos datos fundamentales para conocer la ratio cofradías- habitantes. Por un lado, sabemos que a finales del siglo XVIII subsistían unas 33 cofradías, de un total de 19.024 que había en todo el reino de Castilla. Y por el otro, sabemos que Carmona por aquel entonces tenía unos 15.703 habitantes5. Poniendo en relación ambos datos, tenemos que en Carmona había una cofradía por cada 475,84 habitantes. Es decir, redondeando, en nuestra ciudad había más o menos una cofradía por cada 500 habitantes. Una ratio que puede considerarse media dentro del panorama cofradiero nacional. Había, en números relativos, menos cofradías que en el propio arzobispado hispalense, donde se calculaba unas 300 personas por cofradía, o en la provincia de Córdoba con 361 habitantes por cofradía. Sin embargo, sí que había más cofradías que en Écija, por ejemplo, donde se estimaba que había en el siglo XVIII unos 30.000 habitantes y 49 cofradías, lo que resultaba ser una cofradía por cada 612 habitantes.

En cualquier caso, el número de corporaciones existentes en Carmona era, al igual que en otras regiones de España, bastante elevado. Tengamos en cuenta que las cofradías eran un movimiento genuinamente masculino –pese a la existencia de algunos institutos rosarianos, vinculados más a la mujer-, pues, eran los cabezas de familia los que solían estar afiliados, aunque eso sí, beneficiándose de ello todos los miembros de la familia. Por ello, si el dato en vez de calcularlo en habitantes lo hacemos en vecinos o cabezas de familia las cifras resultantes son todavía más llamativas. Teniendo en cuenta que, en 1791, había en Carmona unos 3.4746 vecinos, nos sale una ratio de una cofradía por cada 105 vecinos. En definitiva, prácticamente estaban implicadas en las cofradías todas las familias carmonenses, pues, esto equivalía a tener un verdadero seguro de vida para el asegurado y su prole.

Como ya expuso hace décadas el profesor Rumeu de Armas, en unos tiempos donde no había seguros de desempleo, ni seguridad social, la única garantía de subsistencia en momentos adversos dependía exclusivamente de las acciones caritativas de la corporación a la que cada uno perteneciese7. Por eso, casi todas las cofradías tenían una doble vertiente: una, muy importante que era la devocional, y otra, no menos relevante que era la asistencial. Lo espiritual y lo terrenal de la mano; centros de devoción por un lado y verdaderas compañías de seguros por el otro. Había cofradías que pedían una mayor cuantía por ingreso y por pecho anual, proporcionando a sus hermanos un enterramiento más “digno”. Otras, incluso, tenían estipulado un número determinado de blandones alumbrando el cuerpo del finado, dependiendo de las cotizaciones que éste hubiese aportado.

No le faltaba razón a Jorge Manrique cuando dijo, siglos atrás, que la muerte era la gran igualadora de las personas. Pero hay que establecer un matiz, la muerte podía igualar pero las pompas fúnebres no; estas últimas constituían el último acto social del finado. En aquellos tiempos, los nobles, los hidalgos y los pudientes querían morir y ser enterrados con una dignidad acorde a su rango que marcara además las diferencias con los plebeyos. Así somos las personas, ¡orgullo, genio y figura hasta en el duro trance de la muerte!

 

2.-TIPOLOGÍA DE LAS COFRADÍAS

En Carmona encontramos una amplia gama de corporaciones religiosas, a saber: de ánimas, sacramentales, cristíferas, de santos, marianas y caritativas. Todas ellas eran abiertas socialmente, es decir, compuestas por personas de diversa condición socio-económica. No había, pues, cofradías de ricos y cofradías de pobres. La única limitación que imponían las cofradías era que el aspirante a hermano no fuese perseguido por la Santa Inquisición o descendiente de moriscos o judíos. No exigían un determinado nivel de renta para pertenecer a ella, más allá de poseer un “oficio digno”. Son mínimos comunes que repiten sin cesar casi todos los estatutos de las hermandades en la Edad Moderna. No obstante, es cierto que había algunas hermandades tradicionalmente vinculadas a la élite, como la de la Misericordia o la Sacramental de Santa María, pero no porque lo impusiesen sus ordenanzas.

Tampoco existían en nuestra localidad hermandades étnicas –de negros-, similares a la de los Negritos de Sevilla o a la de los Morenos de Santa María del Castillo de Badajoz. Y finalmente, no había las llamadas cofradías de naturales –como la de burgaleses de Sevilla o la de andaluces de Madrid-. Y ello, probablemente porque los forasteros de cada región, residentes en Carmona, debieron ser demasiado pocos como para constituirse en cofradía.

 

 

 

 

CUADRO II

TIPOLOGÍA DE LAS HERMANDADES CARMONENSES

 

TIPOLOGÍA

Nº ABSOLUTO

PORCENTAJE

Sacramentales y de Ánimas

14

42,42

Marianas

10

30,30

Cristíferas

6

18,18

De santos

2

6,06

Asistenciales

1

3,03

TOTALES

33

100,00

 

Entre las tipologías dominaban ampliamente las Sacramentales y las de Ánimas, hermandades post-tridentinas que tuvieron mucha aceptación a lo largo de la Edad Moderna. Ya comentamos en otro número de esta misma publicación que, aunque hoy arrastran a pocos fieles, antaño eran corporaciones bastante populosas y poderosas social y económicamente. En Carmona había sacramentales en cada una de las siete parroquias y, otras tantas, dedicadas a las Ánimas del purgatorio. Así, pues, 14 cofradías de 33 lo que nos da un porcentaje del 42,42 por ciento del total. Se trata de una proporción muy elevada, y bastante superior al 16,31 por ciento que suponían en el partido de Badajoz y al poco menos del 20 por ciento que representaban, por esas mismas fechas, en la provincia de Córdoba8.

Le seguían en importancia las marianas que sumaban 10 institutos lo que suponía casi la tercera parte de todas las cofradías, porcentaje muy similar al que encontramos en la archidiócesis Hispalenses y en otras demarcaciones territoriales españolas. De hecho, en la provincia de Córdoba había 227 corporaciones marianas lo que suponía el 33,77 por ciento del total. Asimismo, en el partido de Badajoz sumaban 83, es decir, el 28,81 por ciento, cifra sensiblemente inferior a la carmonense.

Las dedicadas a la figura de Cristo eran tan sólo seis, lo que suponía el 18,18 por ciento del total, número muy similar a la que encontramos en Córdoba -18,89 por ciento- y algo superior a la del partido de Badajoz -13,54 por ciento-.

Mucho más marginales eran las cofradías de santos –tan solo dos-. Llama la atención su escaso número, pese a que la mayoría de ellas solían tener una vieja raigambre bajomedieval. De hecho, en el resto de España seguían siendo frecuentes las dedicadas a San Roque, San Blas, San Antonio Abad o Santa Lucía. Y solo citaré dos datos al respecto: por las mismas fechas había en la provincia de Córdoba nada menos que 119 cofradías de santos -el 17,70 por ciento del total-, mientras que en el partido de Badajoz había 96 –el 33,33 por ciento-. Hubo en Carmona muchas cofradías de estas advocaciones en los siglos XV y XVI, como las de San Sebastián, San Roque, San Blas, San Andrés, Santa Lucía, San Bartolomé, etcétera. Pero casi todas ellas habían desaparecido o estaban al borde de su extinción a finales del Antiguo Régimen.

Finalmente, tan solo encontramos una cofradía puramente asistencial, la cofradía de la Santa Caridad y Misericordia. Ésta, como es bien sabido, era fruto de una fusión de dos hermandades –la de la Caridad y la de la Misericordia- ocurrida en el siglo XVII.

Sirvan estas pocas valoraciones para conocer algo más del pasado cofradiero de Carmona. De unas cofradías que viven un magnífico presente pero que también poseen un rico, complejo y apasionante pasado.

1 GARCÍA RODRÍGUEZ, Antonio y José GONZÁLEZ ISIDORO: Las imágenes titulares de la cofradía carmonense de la Humildad y Paciencia. Carmona, 1983, págs. 38-39.

2 En 1770 el Conde de Aranda ordenó a todos los corregidores y alcaldes mayores de España que remitieran un informe con las cofradías que había en sus distintas demarcaciones, especificando sus rentas, su tipo de aprobación y las fiestas que celebraba. Para muchas ciudades de España se conserva dicho expediente en el Archivo Histórico Nacional. Sin embargo, aunque lo buscamos con esmero, el informe del corregidor de Carmona no apareció. Desconocemos si lo llegó a remitir o si, como algunos otros corregidores, hizo caso omiso a la disposición.

3 Ibídem.

4 Concretamente Juan de Maqueda declaró en su testamento, fechado en Carmona el 7 de agosto de 1705 pertenecer a dicho instituto. A.P.C. Escribanía de José Ruiz Bravo 1705, fols. 108r-109r.

5 MIRA CABALLOS, Esteban: La población en Carmona a finales del siglo XVIII. Carmona, 1994, pág. 135.

6 Ibídem, pág. 43.

7 En este sentido puede verse la pionera obra de RUMEU DE ARMAS, Antonio: Historia de la previsión social en España: cofradías, gremios, hermandades, montepíos. Madrid, Editorial Revista de Derecho Privado, 1944.

8 Al respecto pueden verse mis trabajos: Hermandades y cofradías en el partido de Badajoz. Badajoz, Junta de Extremadura, 2002 y “Hermandades y cofradías en la provincia de Córdoba a través del censo de 1773”, Ariadna Nº 17. Palma del Río, 2004, págs. 245-272.