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La cuestión del Valle de los Caídos y la exhumación de los restos del caudillo Francisco Franco por Decreto Ley del Consejo de Ministro, previsto para el próximo viernes 24 de agosto, ha levantado ampollas. Sé que se trata de una cuestión polémica que todavía hoy, cuando hace más de cuatro décadas de la desaparición del régimen franquista, sigue levantando pasiones.

Como persona tengo mi propia visión particular, pues mi familia y yo mismo vivimos el franquismo desde uno de los dos bandos. Sin embargo, como historiador tengo otra concepción, la que me ofrece mi conocimiento del pasado. Huelga decir que la pasión es lo contrario a la razón y que, por tanto, yo voy a tratar de ofrecer un punto de vista razonado y no apasionado.

Independientemente de cuestiones sobre quién provocó la guerra y de las matanzas de la misma, lo cierto es el bando autodenominado Nacional ganó la guerra. Y como todos los vencedores a lo largo de la historia, hicieron tabla rasa. Los caídos en el bando Nacional fueron todos exhumados, dándoles cristiana sepultura. Y el vencedor de la contienda comenzó la edificación de una obra megalómana, construida por los propios presos republicanos, que recordase la gesta victoriosa del nuevo régimen y que de paso sirviese de mausoleo a los restos de su líder indiscutible. La Basílica del Valle de los Caídos fue construida entre 1940 y 1958, bajo la dirección de los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez, y con la participación de escultores como Juan de Ávalos.

Y ¿qué pasó con los vencidos? Pues desde la guerra y la postguerra han permanecido en fosas comunes, al tiempo que su memoria histórica fue cercenada. Los vencedores tuvieron 36 años para eliminar pruebas comprometedoras y para reescribir la historia. Yo como historiador soy consciente que hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos. Y en esto me gusta recordar la frase de Walter Benjamin cuando dijo que si la situación no da un vuelco definitivo, "tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer". Una afirmación axiomática en el caso que nos ocupa, pues a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria.

Creo que más de cuatro décadas después de la llegada de la democracia ya tenemos –o deberíamos tener- la madurez suficiente para permitir a las familias sacar a sus muertos de las cunetas y de las fosas comunes. No puede ser que mi país, España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya. Tampoco parece una normalidad democrática que el caudillo que lideró un golpe de estado descanse en un mausoleo mientras que los que se opusieron al mismo sigan estando en fosas comunes.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de permitir, a aquellos derrotados en una guerra ya lejana, enterrar dignamente a sus muertos y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según ha escrito el Prof. Miquel Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia.

Centrarse en si la fórmula más adecuada es o no un Decreto Ley es quedarse en la anécdota. Lo importante es que estamos ante una oportunidad histórica de reconciliación. No se trata de reabrir heridas, como algunos afirman, sino al contrario, de cerrarlas de una vez, destapando la verdad, por dura que ésta sea. El general debe salir de su mausoleo, de un espacio público, construido con el dinero de todos y con el sudor y la sangre de los vencidos. El cementerio de El Pardo podría ser un buen destino, junto a su esposa doña Carmen Polo, al Almirante Carrero Blanco y a amigos como el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. El edificio del Valle de los Caídos debe ser reinterpretado, como un centro sobre la memoria histórica o sobre las guerras de España.

Insisto que todos debemos estar a la altura de las circunstancias y ver el asunto como una gran oportunidad de reconciliación. Pero para ello es necesario que todos hagamos un esfuerzo de empatía, tratando de ponernos en la piel del otro.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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