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Desde que a principios de la Baja Edad Media se generalizara el estribo y la silla, la caballería se convirtió en dueña de Europa. En América iba a prorrogar su protagonismo durante todo el período conquistador pese a que en Europa empezaba a ceder la primacía a la infantería. El propio Hernán Cortés escribió una frase muy conocida pero que por su clarividencia traemos a colación: no teníamos, después de Dios, otra seguridad sino la de los caballos. Las Casas, parafraseando a la inversa, declaró que los équidos eran la más perniciosa arma que puede ser para entre indios, mientras que Fernández de Oviedo decía que aquellas gentes huían de los caballos como el diablo de la cruz. Una caballería utilizada decisivamente desde la Edad Media y que los aborígenes se mostraron incapaces de frenar. Al principio, a su eficacia intrínseca se unía el hecho de la sorpresa y el espanto que causaba, pues, los nativos pensaban, unas veces, que jinete y caballo formaban un mismo ser, y otras, que eran inmortales. Los españoles evitaron a toda costa que descubriesen la verdad. Hernán Cortés mandaba siempre enterrar a los caballos muertos y lo mismo hacía Francisco Pizarro, quien, en 1530, mandó inhumar a su rocín en un lugar secreto porque siempre estuviesen los indios en creencia que no podían matar los caballos. Pero no fueron los únicos; en la conquista de Santa Marta los naturales mataron el penco de Rodrigo del Río y éste se lo llevo a quemar al interior de un bohío para que sus oponentes no supieran su carácter mortal.

Esta creencia jugó muy malas pasadas a más de un bravo guerrero indígena. Un cacique maya, de nombre Tecum, pensando que caballo y jinete eran un mismo ser, se enfrentó a Pedro de Alvarado, matando a su caballo, pero ante su sorpresa el conquistador se revolvió desde el suelo y lo atravesó con su espada. El efecto psicológico sobre los indígenas lo acentuaban los propios hispanos, quienes les ataban a los lomos unos pretiles con cascabeles, cuyo sonido provocaba su huída despavorida. En Yucatán, un tal Palomino, hizo una exhibición con su caballo, delante de una decena de caciques, y fue tal el espanto que les causó, que se hicieron sus necesidades encima, de tal manera que el hedor era insoportable.

Obviamente, todo esto ayudó tan sólo en los momentos iniciales. Los nativos, si por algo se caracterizaron fue por su gran capacidad de observación, que les llevó a percatarse rápidamente que comían hierba y que además morían como cualquier otro ser vivo. Pero, a pesar de ello, siguieron siendo un elemento totalmente desequilibrante. Y ello muy a pesar de que en Europa, desde la Guerra de los Cien Años, la caballería había entrado en decadencia a favor de la infantería. Esta última se consolidó a principios del siglo XVI, cuando las armas de fuego se fueron progresivamente perfeccionando. Pero, dado que en América, los indios no disponían de este armamento, la caballería volvió a ser la base de las huestes, como en el Medievo. Pasada la Conquista, el caballo se usó con frecuencia en otros menesteres, unas veces como bestia de carga y en otros como elemento de ocio, realizándose exhibiciones equinas y juegos de caña.

Realmente el hierro y sobre todo la caballería eran los elementos que marcaban la diferencia entre la victoria y la derrota. Un arma absolutamente insalvable para los indios. Su movilidad y su posición dominante hacía que un hombre a caballo hiciese por diez españoles de a pie y por medio millar de indios. Las tribus indígenas sucumbían una detrás de otra a la ofensiva de la caballería. A mi juicio, la conquista fue una guerra relativamente fácil de ganar para los hispanos, pues de hecho, dos puñados de españoles acabaron con los dos mayores estados de todo el continente americano: la confederación mexica y el Tahuantinsuyu.

Pero, muy pocos españoles pudieron disponer en los primeros años de estos équidos que tan buena garantía les daban en el combate. Eran muy cotizados hasta el punto que preferían dejar morir a los indios aliados antes que a sus caballos, conscientes de que constituían su protección más preciada. En los primeros decenios, la escasez de équidos hizo que su precio se disparara. Las Casas se indignaba al comprobar que en La Española, en las primeras décadas del siglo XVI, se cambiaba una yegua por 80 personas de Pánuco, ¡por 80 ánimas racionales! Poco antes de la Conquista de México se cotizaban en 3.000 pesos de oro lo que obligó a algunos conquistadores a asociarse para su adquisición. Fue el caso de Pedro de Alvarado que adquirió una yegua alazana a medias con López de Ávila. Por su parte Francisco de Montejo, debió conformarse con un penco de feas hechuras que debió comprar a partes iguales con Alonso de Ávila. Pero todavía en torno a 1535 Alonso Martín, declaró que compró un caballo en el Perú por 1.200 pesos de oro. Prácticamente durante toda la Conquista, el caballo fue un producto escaso y, por tanto, privativo.

Pese a todo, la caballería fue desequilibrante hasta tal punto que las pocas batallas en las que los aborígenes salieron victoriosos se produjeron de noche, en zonas de sierra o en espacios angostos donde la caballería reducía sustancialmente su eficacia. Algunos de estos primeros caballos casi se convirtieron en leyenda, como Rolandillo, Cabeza de Moro, Romo –el caballo de Cortés-, el Cordobés, Villano –de Gonzalo Pizarro-, Salinillas o Motilla. Este último era propiedad del medellinense Gonzalo de Sandoval, y de él escribió Bernal Díaz del Castillo que ni en Castilla ni en las Indias se vio otro mejor. Antonio Espino contradice mi tesis, y reduce la importancia del caballo en la conquista. Parte de la idea, a mi juicio errónea, de que la guerra fue muy difícil de ganar y que en algunas áreas los caballos fueron muy escasos o inoperantes por lo abrupto del terreno (2013: 30-31). Pero, como hemos visto en este artículo no pensaban lo mismo los contemporáneos, como aquellos capitanes que se rieron de Cortés con motivo del asedio fracasado de Argel, cuando le dijeron: Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil (Mira Caballos, 2010: 37).

 

PARA SABER MÁS

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2010. A la venta en www.Amazon.es

 

RIVERA SERNA, Raúl: “El caballo en el Perú (siglo XVI)”, Anuario de Estudios Americanos, T. XXXVI. Sevilla, 1979.

 

RÍO MORENO, Justo L.: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (S. XVI) T. I. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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