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        Las relaciones entre los señores y los esclavos dependían de varias circunstancias, relacionadas siempre con el primer eslabón de la cadena que era el propietario: su carácter, su concepto de la caridad cristiana y sus propias circunstancias económicas. Con un poco de suerte, si el dueño poseía ciertos valores humanísticos o cristianos y holgura económica podía llegar la liberación. Si por el contrario, la situación financiera del mismo era precaria nunca iba a consentir perder un bien tan valioso como un esclavo, salvo que éste fuese anciano y el coste de su mantenimiento fuese superior al rendimiento de su trabajo.

        En aquellos casos en los que el esclavo se resistió o simplemente sus relaciones con su señor fueron malas, la situación para la parte más débil de la cadena podían ser dramáticas. Lo normal es que en estas condiciones lo destinara a realizar tareas sórdidas, arrendándolo o enviándolo temporalmente o de por vida a realizar alguna prestación Real. El trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo enviaban a sus esclavos cuando creían oportuno darles un escarmiento. Rocío Periáñez detectó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII: el de Pedro Roco Campofrío, vecino de Cáceres, que en su codicilo fechado el 11 de julio de 1632 afirmó haber tenido entre sus esclavos un niño berberisco de doce o trece años pero que por haber salido travieso y bellaco lo vendió en 30.000 maravedís a los Fúcares para que lo llevasen a Almadén (Periáñez, 2009: 392). Pero parece que la práctica se mantuvo en el tiempo no dejo de ser un recurso excepcional, usado como escarmiento por los dueños.

A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona".

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a Almadén de por vida, para que muera allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua.

        Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. La única opción desesperada que le quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el esclavo, pues incluso podían ser enviados a galeras o a las minas de cinabrio de Almadén, de las que pocos escapaban con vida.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas. Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

Como puede observarse, las posibilidades de estos pobres hombres de eludir la esclavitud o el trabajo forzado eran mínimas por no decir nulas. Ni había milagros, ni redención, ni cuentos de hadas. Habían nacido en el lugar y en el momento equivocado, y la mayoría solo se liberaba de la pesada carga de la servidumbre con la muerte. Hacen cierta la alabanza fúnebre: “Todos tratan de evitar conocerme, pero todos acaban recibiendo mi visita… Y cuando por fin me encuentran descansan…”. Muchos de estos aherrojados vieron la muerte con la esperanza de justicia y con el deseo de reencontrarse con sus seres queridos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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