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        En una visita realizada al Archivo Histórico Provincial de Sevilla buscando datos relacionados con Francisco Pizarro me salió al paso un documento que me pareció tan llamativo como triste. Un jueves 21 de abril de 1530 comparecieron ante el escribano sevillano Pedro de Coronado, Diego Beltrán, un mercader sevillano establecido en el barrio de Santa Cruz, y su esclavo Hamete. Este último tenía cuarenta años más o menos y pretendía, por un lado convertirse al cristianismo, adoptando el nombre del fundador de la Iglesia, Pedro, y por el otro, adquirir su libertad. El dueño aceptó, alegando que le había servido fielmente durante mucho tiempo y que le había “rogado” la concesión de la ahorría. Sin embargo, las condiciones para conceder la ansiada libertad fueron algo más que duras:

        Estimó su valor en unos 60 ducados de oro, valorados en 22.500 maravedís, una cuantía alta, teniendo en cuenta que los hombres se cotizaban más baratos que las mujeres y que el esclavo en cuestión tenía ya cuarenta años. Y a modo de ejemplo pondré otra carta de venta formalizada ante ese mismo escribano el 2 de septiembre de 1530: Bartolomé de Medina, vecino de Sevilla, en la collación de San Isidoro, vendió a Janote Espíndola, mercader genovés, una esclava blanca, natural de Berbería, de 16 por 65 ducados de oro. Está claro que si esta esclava se apreciaba en 65 ducados, Hamete, de 40 años, una edad avanzada para ser un esclavo, no podía valer 60 ducados. Lo cierto es que Hamete debió aceptar la estimación que le ofreció su señor. La mitad del dinero la abonó en el mismo acto de la firma de la obligación, mientras que los otros treinta ducados se los debía pagar de la siguiente forma:

        El mercader le proporcionaría una acémila con la cual acudir a su trabajo, debiendo pagarle veintinueve maravedís diarios cuando trabajase con el jumento y los que no la usase solamente diez. El dinero se lo debía abonar al final de cada semana en Sevilla. Dado que seguía siendo su esclavo, si algún día acudía a trabajar a su servicio no cobraría salario pero sí recibiría su manutención. Si dejaba en algún momento de pagarle la cantidad semanal que cobrase siendo asalariado, perdería todo lo entregado y mantendría su situación servil.

        Pero dado que debía pagarle 11.250 maravedís y que debía entregar diariamente una media de 19,5 maravedís diarios, necesitaría trabajar asalariado unos 576 días para pagar la deuda. Suponiendo que nunca cayese malo y que sirviera asalariado seis días a la semana, necesitaría al menos dos años para pagar su deuda si es que sobrevivía tanto tiempo con un trabajo tan prolongado.

        Como se puede observar Diego Beltrán distaba mucho de ser un benefactor, quizás su oficio de mercader, siempre buscado la ganancia, no favorecía una actitud caritativa. No sabemos si Hamete llegó a obtener su ansiada libertad porque la longevidad del esclavo raramente superaba los cuarenta o los cincuenta años, después de una vida de sufrimiento y trabajo. Pero en caso de conseguirla, el futuro que le esperaba no era nada halagüeño, pues detrás del supuesto afecto hacia el esclavo se escondían sórdidos intereses, fundamentalmente evitar su manutención cuando ya no era tan productivo o cuando se atravesaba por dificultades financieras. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

        Esta es la vida de este esclavo, llamado Hamete primero y Pedro después, aunque quizás su conversión estuvo motivada por un desesperado intento de librarse de la servidumbre. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien, como le decía don Quijote de la Mancha a su fiel escudero Sancho. Con sus palabras queremos concluir esta ponencia: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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gravatar.comAutor: PECE

Poco dista del cautiverio de cristianos en Berbería por las mismas fechas.
Aún en el siglol xVIII era práctica habitual. Un excelente trabajo "Redenciones de cautivos en África (1723-1725)" de Fr. Melchor García Navarro narra el periplo de una redención desde las procesiones para recaudar los fondos para el rescate hasta el mismo rescate.
Me encanta la humilde descripción que hace el fraile de su tarea en la introuducción: "...porque esta ocupación no pide, como otras, discurso con libertad de inventar, sino memoria, ligada al material excercicio de referir".
Una bella descripción de historiador.

Fecha: 14/06/2015 21:56.


gravatar.comAutor: PECE

Ahora se me ocurre la pregunta ¿existieron redenciones de moros en España como las hubieron de cristianos en Berbería?
Supongo que no, salvo que por coincidencia con alguna embajada del "turco" se dispusiera la liberación de algunos esclavos para congraciarse con los embajadores, pero en principio, pienso que en Berbería no existía ninguna estructura organizada que pudiera desempeñar esa labor, ni supongo, interés en realizarla....

Fecha: 14/06/2015 21:59.


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