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          En las postrimerías del siglo XVI, Felipe II era considerado el hombre más poderoso de la tierra. Era dueño de la Península Ibérica, de los Países Bajos, de una parte de Italia y de toda América. Este hombre taciturno, hijo de Carlos V y de doña Isabel de Portugal, se había convertido en un gran defensor de la fe sin que por ello le hagan olvidar sus apetencias sobre los países que aún escapan a su poder. Pero a quien este hombre de cincuenta y nueve años consideraba como su peor enemiga no era otra que a la reina Isabel de Inglaterra. Y no le faltaban razones para ello: el apoyo de Inglaterra al prior de Crato frente a las aspiraciones de Felipe II al trono de Portugal, la ayuda decidida y sin escrúpulos a los rebeldes holandeses, su creciente potencial naval y la consolidación de la iglesia anglicana parecían motivos más que suficientes. Por ello, desde su palacio de El Escorial no cesaba de lanzar anatemas contra esta hereje.

           La intervención de naves rápidas mandadas por osados marinos ingleses hacían cada vez más inseguros los transportes entre las colonias españolas de América y los puertos ibéricos. Llegó a ser necesario escoltar cada convoy con navíos armados que, además, no siempre impedían los ataques ingleses.

           En 1585 la reina Isabel de Inglaterra fue todavía más lejos al enviar a su mejor marino, Francis Drake, al frente de veinticinco velas a incendiar y saquear por los territorios coloniales españoles. El éxito de esta empresa hirió de tal forma los ánimos de Felipe II que, encolerizado, decidió pasar a la acción y atacar directamente a Inglaterra. Y para ello pensó en el insigne marino don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a quien confió la tarea de reunir una armada lo suficientemente fuerte como para asestar un duro y decisivo golpe a la marina inglesa. El viejo marino, que soñaba desde hacía años con una gesta de este calibre que sirviera de colofón a su intachable carrera al servicio de España, puso de inmediato manos a la obra.

           El objetivo de la armada sería atraer hacia el sur de Inglaterra a todas las fuerzas navales que mantenían el bloqueo de las costas holandesas. Para ello previeron una armada de varios centenares de barcos que debían transportar más de noventa mil hombres. Los navíos debían llevar provisiones suficientes como para abastecer a toda la tripulación durante ocho meses.

           Los capitanes serían nombrados por el propio Bazán, pues, así fue facultado por el propio Felipe II. Y la lista de capitanes, pilotos y marinos es un verdadero florilegio de la nobleza española, la mayoría además curtidos en innumerables batallas navales. Entre ellos Juan Martínez de Recalde, Miguel de Oquendo, Pedro de Valdés, Hugo de Moncada, Alonso de Leyva, Martín de Bretendona, todos grandes veteranos en el difícil arte de las contiendas navales.

           A las órdenes del Marqués de Santa Cruz semejante fuerza habría sido extremadamente peligrosa para Inglaterra. Pero el destino asestó un duro golpe a los planes y pretensiones de Felipe II. En los meses previos a su despacho, concretamente el nueve de febrero, murió don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a la edad de sesenta y tres años. Pero eso no fue lo peor. La elección del séptimo Duque de Medina-Sidonia como sustituto del fallecido Bazán no pudo ser más desafortunada. Frente a marinos expertos y experimentados como Recalde u Oquendo se nombró a este aristócrata, carente de la preparación necesaria para ello. El Duque de Medina-sidonia vivía cómodamente en sus dominios de Sanlúcar cuando supo, por un correo de la Corte, la decisión Real. Él mismo, después de agradecer al Rey su elección para tan magna empresa, le confesó que carecía de la salud necesaria para tal empresa y que enfermaba y hasta “se mareaba” siempre que embarcaba en un navío. Por tanto, no se puede culpar a Medina-Sidonia porque su respuesta a Juan de Idiáquez, secretario Real, no pudo ser más sincera. Resulta incomprensible que pese a estas advertencias el Rey decidiera mantenerlo al frente de la Armada. Probablemente, lo avanzado de los preparativos impidió ver el desacierto con la frialdad necesaria.

           La Invencible partió de Lisboa en la primavera de 1588, rumbo a las costas de Flandes donde, debía embarcar a las tropas de Alejandro Farnesio que se utilizarían en la toma efectiva de Inglaterra. En su recorrido hasta Flandes se produjeron choques esporádicos en las costas de Plymouth y en Portland Hill, con bajas tanto en la Armada de Medina- Sidonia como en la del almirante Howard. La escuadra inglesa era inferior en número de buques pero muy superior en movilidad y en el calibre de su artillería. Pero el objetivo de la armada española era llegar al puerto de Calais y se logró con muy pocas bajas después de navegar durante días por aguas hostiles.

           Por diversos motivos no acudió a Calais Alejandro Farnesio con tropas, municiones y víveres, como se había previsto en los planes de campaña. Sin embargo, los ingleses, creyendo que el enlace se había hecho y que la Invencible estaba preparada para tomar Inglaterra precipitaron un ataque que se produjo en las Gravelinas entre el siete y el ocho de agosto. Así una escuadra inglesa de más de treinta navíos, y liderada por el celebre Francis Drake, atacó a la armada española, provocando la pérdida de cuatro navíos que averiados por los impactos aportaron a plazas enemigas y fueron tomados por holandeses e ingleses.

           Desde este momento empezó el calvario de la Invencible. La armada, muy mermada en su número, carente de víveres y de suficiente munición, decidió bordear las costas inglesas, escocesas e irlandesas en un viaje a ninguna parte. La Armada Invencible estaba preparada para escoltar a los Tercios de Flandes hasta las costas inglesas. El contratiempo de no enlazar con los Tercios flamencos dejó a la Invencible sin su principal objetivo, debiendo circunnavegar Inglaterra en medio de la más absoluta zozobra.

           Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, ocurridas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

           En total, de los ciento treinta buques regresaron sesenta y seis y de los treinta mil hombres embarcados tan solo diez mil. De poco sirve decir que la mayor parte de las pérdidas se produjeron por tormentas y accidentes no por combates. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del Duque de Medina- Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio que incumplió gravemente las órdenes de abastecimiento de hombres y víveres en Calais, y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. La ambición de ambos imperiod

           Y lo peor es que la derrota no acabó ahí. Los ingleses aprovecharon la indefensión española para atacar los puertos de la Coruña, Lisboa y Vigo. Tal desastre obligó a Felipe II a preparar una nueva armada, tan contundente como la invencible, que si no acabó enfrentándose a la inglesa fue por la muerte del rey Prudente.

 

PARA SABER MÁS

Cerezo Martínez, Ricardo: Las Armadas de Felipe II. Madrid, Ed. San Martín, 1988.

 

Fernández Duro, Cesáreo: La Armada Invencible. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884.

 

Hutchinson, Robert: La Armada Invencible. Barcelona, Pasado y Presente, 2006.

 

Mira Caballos, Esteban: las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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