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Curiosamente la dialéctica del poder ha sido siempre la misma, variando solamente algunas palabras. Ya en la antigüedad se pensaba que era la civilización la que hacía posible la convivencia. Por ello, llevarla a los pueblos supuestamente bárbaros no sólo era positivo sino deseable. Había pueblos inferiores a los que evangelizar, enseñar y, en la actualidad, desarrollar. Una coartada perfecta que ha justificado todo tipo de guerras imperialistas desde el expansionismo romano a las guerras preventivas de nuestros días.

En la antigüedad el caso más singular fue el de los romanos que crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Llama la atención que ya en el siglo I d. C. Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmara que todos los pueblos que habían sometido a otros lo habían hecho justamente, tratando de llevarles ¡la libertad! Quince siglos después, Ginés de Sepúlveda alabó la expansión romana en Hispania pues aunque generó algunos abusos, no fueron comparables a las ventajas, especialmente el gran regalo de la lengua latina. E igualmente justa fue la conquista, pues supuso el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época, los amerindios constituían sociedades degeneradas y hasta demoníacas por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos, o de cristianizarlos que a fin de cuentas era prácticamente lo mismo.

En el siglo XIX hubo verdaderos cantores de la expansión imperial que veían en ella el triunfo definitivo del progreso frente al lastre del pasado. Los franceses hablaban con orgullo de la carga del hombre blanco, a la par que Jules Ferry exponía ante la Cámara de los Diputados, un 28 de julio de 1885, las excelencias de la expansión colonial como vía de transmisión de la luz de la razón. Ingleses, holandeses y alemanes se expresaban en términos similares, contemplando el Imperialismo como la evidencia del triunfo de la civilización. Justo lo mismo que habían dicho los romanos en tiempos de Jesucristo y los hispanos en el siglo XVI.

Por supuesto, todas las potencias colonizadoras evitaban hablar de guerras de conquista, de masacres o de represalias. Ya en 1556 las autoridades españolas sustituyeron en todos sus documentos oficiales la palabra conquista por la de pacificación. Obviamente, seguía siendo una guerra, por lo que no se trataba más que de un eufemismo para calmar las conciencias y de paso evitar críticas. Curiosamente, en la conquista del centro y norte de Vietnam, llevada a cabo por Francia entre 1883 y 1896, se usó el mismo término de pacificación, pese a la hecatombe demográfica que provocó.

Lamentablemente, en el siglo XX esta línea de pensamiento que justificaba el predominio del hombre blanco se ha mantenido hasta el siglo XXI. La justificación del imperialismo británico ha sido especialmente duradera. En 1937, en el transcurso de una conferencia de la Commonwealth, se afirmó que el único porvenir que les quedaba a los indígenas australianos era su asimilación por la cultura occidental; más allá no había ningún futuro para ellos. En 1948, Lord Elton escribió con orgullo que el pueblo británico había sabido entender, mejor que nadie, su misión en el mundo, al comprender y asumir que el Imperio acarreaba más obligaciones que beneficios. Pero el sacrificio –decían- merecía la pena porque se trataba de expandir la culta civilización anglosajona a millones de salvajes.

Y actualmente vivimos un nuevo renacer de la expansión imperialista, otra vez con la coartada de la civilización: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, multinacionales que campan a sus anchas por el mundo, saqueando recursos naturales, matando de hambre a sus asalariados y vendiendo sus productos a escala planetaria. Ahora ya no hablan de civilizar sino de globalizar las mieses del bienestar. Lo mismo de siempre con otras palabras, y lo peor de todo en pleno siglo XXI y ante la pasmosa pasividad de todos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Los datos están extraídos de mi libro: Imperialismo y poder: una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013).

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