REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE EN OCCIDENTE AYER Y HOY

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        El miedo a la muerte ha sido una de las grandes constantes de la historia. Como escribió Michel Vovelle, pese a lo que se ha dicho, en ningún momento la muerte ha sido aceptada serenamente, sin temor ni aprensión. Sin embargo, la respuesta que hemos dado ante ella ha sido muy diferente dependiendo de la época y de la condición social. Los epicúreos lo aceptaban con naturalidad, no temen a Dios ni a la muerte. Ellos piensan, dice Critchley, que lo que es bueno es fácil de obtener y lo que es terrible es fácil de aguantar. Pero los epicúreos eran minoría; la mayoría sí que sentía miedo y respeto por el más allá. Sin embargo, no todos lo mostraban, pues como decía Virgilio, esto se consideraba un signo visible de la baja cuna del finado. Durante casi dos mil años, a los patricios primero y a los nobles después se les suponía que debían mostrar valor, incluso en el último trance de la vida, es decir, la muerte. Era lo que se llamaba el bien morir, es decir, una muerte digna y con honor. Cuando frey Nicolás de Ovando, Comendador Mayor de la Orden de Alcántara y gobernador de La Española, recibió la noticia, en 1505, de la muerte de un pariente, su respuesta no pudo ser más elocuente:

         Como todos hemos de hacer ese camino, no hemos sino de dar gracias a Dios Nuestro Señor.

        Se trataba de una reacción coherente con su rango social, es decir, su aceptación como algo natural, sin mostrar miedo.

La muerte podía igualar pero no las honras fúnebres que constituían el último acto social del finado. La muerte igualaba a las personas, pero en la otra vida no en ésta. El mismo entierro era el último acto social del finado. Por ello, se procuraba que fuese lo más lucido posible, acorde con el rango socio-económico que el finado había disfrutado en vida. De hecho, en el folclore de los Pedroches en Córdoba el pueblo cantaba: Cuando se muere algún pobre,/ ¡qué solito va el entierro!/ y cuando se muere un rico/ va la música y el clero. Efectivamente, todos los enterramientos se hacían de manera acorde al rango social de cada uno, con acompañamiento de frailes, clérigos, capellanes y hermandades, blandones y memorias perpetuas de misas. En su último acto social, el finado estaba obligado a hacer una ostentación acorde a su rango. Incluso, el cielo no debía ser igual para todos. En la Catedral Vieja de Salamanca hay un epitafio de la familia Monroy que dice asÍ.

Aquí yacen los señores Gutiérrez de Monroy y doña Constanza de Anaya, su mujer, a los cuales dé Dios tanta parte del cielo como por sus personas y linajes merecían de la tierra.

 

Es decir, las honras terrenales tendrían mucho que ver con la parte del paraíso que a cada uno correspondía en la otra vida. La enfermedad y la muerte eran omnipresentes y siempre se atribuían a la labor del demonio. Por eso las misas, las fundaciones de capellanías y obras pías se hicieron frecuentes para garantizar la salvación de las almas. Las reliquias de los santos podían obrar milagros. Esta idea justifica muchas de las actuaciones del hombre prácticamente hasta la Edad Contemporánea. Aunque se conocen algunas hermandades de ánimas fundadas en el siglo XIV, su impulso llegó tras el concilio de Trento, fundándose la inmensa mayoría en la segunda mitad del siglo XVI y a lo largo del XVII. Los protestantes habían negado la existencia del Purgatorio, al estimar que el destino de las ánimas no dependía de los hombres sino exclusivamente de Dios. Por ello, desde Trento se ratificó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que se rezara por las ánimas de los difuntos para una más rápida salida hacia el cielo. Es decir, los vivos nada podían hacer por los muertos. En contraposición, en Trento se reafirmó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que los vivos rezasen por los muertos para facilitar su salida del purgatorio y su ingreso en el cielo. Rara fue la parroquia que no contó desde el siglo XVII con una hermandad de ánimas. Durante el Antiguo Régimen hubo una auténtica obsesión por la salvación de las almas. Esto justificaba las donaciones a instituciones religiosas y la fundación de patronatos, capellanías y obras pías encaminadas en el fondo a procurar la salvación de las almas de los instituyentes.

En nuestros días, la muerte se ha convertido en un tabú. En una época de tantas libertades, se habla de todo, menos de la muerte. La muerte es ampliamente negada en occidente, y eso conlleva la mayor de las esclavitudes. Según Critchley la única forma de afrontar la muerte es riéndose de ella, viviendo el momento y asumiendo lo pasajero de la vida. Los nuevos adelantos científicos en materia médica y biológica van a crear un problema social, económico y ético sin precedentes. Es posible que en las próximas décadas la esperanza media de vida se dispare hasta los 120 o 130 años. Sin embargo, surgen dos problemas que habrá que afrontar: ¿Quién o quiénes van a tener acceso a esta casi inmortalidad? Es obvio que nadie está pensando aplicar estos beneficios a los 7.000 millones de seres humanos que habitan el planeta Tierra. Y ello, porque eso conllevaría, por un lado, gastos económicos que nadie estaría dispuesto a asumir, y por el otro, porque la perdurabilidad de algunas generaciones mermarían a medio y largo plazo el advenimiento de las venideras.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

ARIÈS, Philippe: Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona, El Acantilado, 2000.

 

CILLÁN CILLÁN, Francisco: “La creencia en el más allá”, Ars et Sapientia, Nº 28. Cáceres, 2009

 

LE GOFF, Jacques: El nacimiento del Purgatorio. Madrid, Taurus, 1981.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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gravatar.comAutor: Mavi

Interesante artículo.

Fecha: 31/03/2014 10:41.


gravatar.comAutor: Marcos Alonso

Todos los pueblos primitivos han creído en el más allá. Una buena costumbre de nuestros ancestros que desgraciadamente estamos perdiendo en nuestros días. Y digo desgraciadamente porque perdemos el mejor asidero que teníamos para sobrellevar la vida.

Fecha: 31/03/2014 13:36.


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