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Temas de historia y actualidad

Historia de América

DOS ESCLAVAS INDIAS BAUTIZADAS EN CARMONA EN 1504

 

 

 

En este artículo queremos reseñar don interesantes casos de indios bautizados en Carmona en la temprana fecha de 1504. No fueron los primeros bautizados en la Península, pues ya Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje trajo consigo varios indios, dos de los cuales se bautizaron solemnemente en el monasterio de Guadalupe, allá por el año de 1493. La partida decía así:

 

Viernes XXIX de este dicho mes, se bautizaron Cristóbal y Pedro, criados del señor Almirante don Cristóbal Colón. Fueron sus padrinos, de Cristóbal Antonio de Torres y Andrés Blázquez. De Pedro fueron padrinos el señor Coronel y Señor Comendador Varela, y Bautizolos Lorenzo Fernández, capellán1

 

Con posteridad se debieron bautizar más indios en Sevilla pero apenas conocemos casos documentados con anterioridad a 1505. De ahí la importancia de estas dos indias que se bautizaron en la parroquia de Santiago de Carmona. La partida decía así:

 

En domingo 26 de mayo bautizó Alonso Sánchez, capellán de la Señora Duquesa a María e Inés, indias esclavas de su señoría. Fueron padrinos Pedro García y Pedro Martín de Revilla, clérigos, y Francisco y Fernando de Santa Clara, sus criados2

 

La propietaria está claro que era doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos, lo cual no tenía nada de particular porque la alta nobleza y el clero eran los grandes propietarios de esclavos. La partida de Carmona tiene un par de detalles de interés: primero, su fecha de 1504, pues aunque no es una partida excepcional conocemos pocas de ellas con anterioridad a 1520 o 1525 entre otras cosas porque se conservan muy pocos registros parroquiales que daten de principios del XVI3. Y segundo, porque no deja de ser paradójico que en 1504, estando todavía viva Isabel La Católica, quien tanto veló y clamó por el buen trato y la libertad de los indios como vasallos de Castilla4, se bautizasen este par de esclavas aborígenes. Porque después de la muerte de la Reina sí que tenemos constancia de la trata de cientos de indios a la Península pero no antes. El padre Las Casas captó perfectamente esta situación cuando escribió:

Los mayores horrores de estas guerras...comenzaron desde que se supo en América que la Reina Isabel acababa de morir... porque Su Alteza no cesaba de encargar que se tratase a los indios con dulzura y se emplearan todos los medios para hacerlos felices.

 

Muy poco después comenzaron a llegar a la Península varios centenares de indios procedentes de la Española y concretamente de las provincias insurrectas de Higüey y Xaragua. Al parecer el principal responsable de estos envíos fue el capitán Juan de Esquivel que los consignó a un socio suyo residente en Sevilla, llamado Timoteo de Vargas.

Por último quisiera comentar un último aspecto: es posible que estas pobres indias, procedentes casi con total seguridad del área caribeña, fueran liberadas por Beatriz Pacheco en su testamento protocolizado ante escribano el 5 de abril de 1511. De hecho en una de las cláusulas del mismo liberó a todos sus esclavos:

Ítem mando y quiero que mis esclavos Juan Rodríguez y Catalina e Inés y Alonso Pacheco e Isabel, su mujer, y Ana y María de la Corina sean horros y libres de todo cautiverio y servidumbre y asimismo mando que mis esclavos Antonio y Cristóbal sean horros y libres porque todos me han servido bien y los tengo por criados, y que María la de la corina sirva a la señora abadesa doña Leonor, mi hermana, todo el tiempo que le mandare y su merced le mandará dar lo que hubiere menester5

               Desconocemos en estos momentos si las esclavas citadas como María la Corina e Inés son las indias bautizadas en Santiago en 1504. En cualquier caso, ignoramos la situación que vivieron después de la muerte de la Duquesa. Lo más probable es que permanecieran sirviendo como criadas a los herederos de la duquesa o a las monjas clarisas de Carmona con la que tanta vinculación tuvo la duquesa. Mucho más improbable es que decidiesen regresar, con la ayuda de los oficiales de la Casa de la Contratación a su tierra natal.

1 Publicadas en GARCÍA, Sebastián: Guadalupe de Extremadura en América. Madrid, Gráficas Don Bosco, 1991, p. 67.

2 Libro de Bautizos Nº 1 de la parroquia de Santiago de Carmona, fol. 78r.

3 Los libros sacramentales de la parroquial de Santiago, actualmente depositados en el archivo de la de Santa María de Carmona, conserva los registros de bautizos completos desde 1488.

4 Sobre el particular puede verse mi trabajo: “Isabel La Católica y el indio americano”, XXXIII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2005. Reeditado en mi libro: La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia de la Historia, 2010, pp. 41-58.

5 Hemos manejado una copia transcrita por nosotros mismos que se conserva en el Archivo de la Hermandad de la Misericordia de Carmona.

BREVE BIOGRAFÍA SOBRE FREY NICOLÁS DE OVANDO (1460-1511)

BREVE BIOGRAFÍA SOBRE FREY NICOLÁS DE OVANDO (1460-1511)


 

           Nicolás de Ovando es uno de los personajes más relevantes de la historia colonial española en las Indias. Hombre de gran clarividencia que desarrolló su vida entre el servicio a la Orden de Alcántara y a la Corona. A lo largo de su vida desempeñó diversos cargos administrativos tanto al servicio de la Corona como de la Orden de Alcántara. Ocupó los puestos sucesivamente de Comendador de Lares y Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, fue preceptor del príncipe don Juan hasta el fallecimiento de este último, y, finalmente, le cupo el honor de ser el primer gobernador de las Indias designado por los Reyes Católicos.

          En relación al lugar y fecha de nacimiento debemos advertir que, tras la publicación hace pocos años de un estudio sobre la Casa de Ovando, se han aportado pruebas bastante fundadas sobre sus orígenes que refutan, o al menos cuestionan, la hipótesis tradicional. Así, pese a que Eugenio Escobar afirmó a principios de siglo, de acuerdo con el discurso pronunciado en 1892 por Cándido Ruiz Martínez, que constaba su cuna brocense lo cierto es que jamás han existido tales pruebas fehacientes. En cambio, todos los indicios apuntan a su nacimiento en la capital cacereña. Por ejemplo el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que no olvidemos que conoció personalmente al Comendador Mayor, afirmó que "fue natural de la ciudad (sic) de Cáceres en Extremadura y de allí era solariego caballero hijosdalgo". Por tanto, podemos decir que Frey Nicolás de Ovando debió nacer en Cáceres en torno a 1460, siendo el segundo de los cinco hijos del capitán Diego de Cáceres.

           El primer cargo relevante que desempeñó fue el de preceptor del príncipe don Juan, ocupación que le sirvió para ganarse la confianza de la Reina Isabel de Castilla. En 1487, año en que falleció su padre, poseía ya un considerable reconocimiento en Extremadura como gestor eficaz de la Orden de Alcántara. Por ese motivo los Reyes se fijaron en él para que, junto a otros nueve "gentiles hombres, experimentados y virtuosos y de buena sangre", ejerciesen de educadores del Príncipe don Juan. Entre los elegidos figuraban personas de gran talla intelectual en la época como don Sancho de Castilla, don Pedro Núñez de Guzmán, Juan de Calatayud o Juan Velázquez de Cuéllar, señor de Villaraquerín y Contador Mayor de Castilla. A este cometido se dedicó de cuerpo y alma hasta poco antes de la desdichada muerte del Príncipe ocurrida, como es de sobra conocido, en Salamanca, el cuatro de octubre de 1497.

           En los años sucesivos residió en su encomienda de Lares, sin embargo, la Reina nunca olvidó los servicios prestados. Precisamente, fue bajo los auspicios de Isabel la Católica, que desde 1494 controlaba la Orden de Alcántara, cuando fue ascendido a Comendador Mayor de la Orden.

           Pero, sin duda, el momento más importante de su vida se produjo en 1501 con su nombramiento como gobernador de las Indias, a donde fue enviado por los Reyes Católicos para restablecer el orden y la autoridad real, tras el fracaso de la llamada "factoría colombina". La Reina Católica necesitaba una persona de su total confianza a quien otorgar estos excepcionales poderes en una coyuntura política realmente difícil. Nadie mejor que un vástago del Capitán Diego de Cáceres que tan fielmente le había servido en los momentos más difíciles de su reinado.

           En la situación de excepción que atravesaban las Indias en esos momentos los poderes dados a Ovando fueron igualmente excepcionales. Según Fernández de Oviedo estos amplios poderes se le otorgaron por dos causas: primero, por el desconocimiento que la Corona tenía de las Indias y que le impedía tomar decisiones desde Castilla. Y segundo, por la agitada situación política que se vivía en la colonia en los meses previos a su llegada. Por todo ello no nos extraña que el siempre agudo cronista Girolamo Benzoní afirmase que Ovando fue a las Indias "con la autoridad de virrey", es decir, con el cargo de gobernador pero con un poder similar al que unas décadas después tendrán en las Indias los propios virreyes.

          A nivel global el gobierno indiano de frey Nicolás de Ovando no pudo ser más satisfactorio pues supo consolidar un modelo de organización, centralizado en la isla Española, que sirvió de referente para toda la colonización española de Ultramar. No en vano fue durante su administración cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego a todo el continente americano. Además, como escribió Úrsula Lamb, a su llegada a la Española "la aventura colonial era un fracaso" y cuando retornó en 1509 "la empresa era un completo éxito". En los ocho años que estuvo al frente de la gobernación de las Indias no sólo pacificó y colonizó la Española sino que expandió las exploraciones a otras islas del entorno.

          Por tanto, el logro del Comendador Mayor fue doble: primero, porque despejó todas las dudas sobre la rentabilidad de los nuevos territorios incorporados a la Corona de Castilla. Y segundo, porque creó un sistema colonial en la Española que "mutatis mutandis" tuvo una vigencia de más de tres siglos en la América Colonial.

          En 1509, llegó a la Española el segundo Almirante, Diego Colón, para sustituirlo al frente de la administración de la Española. En general la despedida fue lamentada por una mayoría de españoles. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo citaba el hecho con las siguientes palabras: "Se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego (de) menos y le lloraban muchos. Y si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fue, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra...".

          El Comendador Mayor partió de Santo Domingo el 17 de septiembre de 1509 en una flota que iba a las órdenes de Hernando Colón. Casi dos meses después, y concretamente en noviembre de ese mismo año, arribó al puerto de Lisboa. Desde la capital lusa escribió al Rey a la par que emprendía el viaje hacia la Corte. Atrás dejaba una colonización próspera y una isla Española en pleno apogeo minero y, a decir de Chez Checo, "centro de la civilización europea en América".

           Una vez acabada su reunión en la Corte se dirigió a la sede de la encomienda Mayor de su Orden. No obstante, sus relaciones con el Rey no finalizaron aquí entre otras cosas porque la máxima dirección de la Orden la ostentaba la Corona. Un tiempo después, concretamente el 26 de febrero de 1511, fue llamado por Fernando el Católico para que le acompañase en una expedición contra los bereberes del norte de Africa. La intención última era que la Orden Militar fundase un convento de la Orden en Bujía. La expedición no se llegó a realizar y el Rey aprovechó la estancia en Sevilla de varios miembros de la cúpula rectora de la Orden para celebrar Capítulo General. Éste se inició el 8 de mayo de 1511, y el día 29 del mismo mes y año moría durante tales actos el Comendador Mayor. Su cuerpo fue trasladó al Monasterio de San Benito de Alcántara donde inicialmente fue inhumado en una modesta sepultura. Unas décadas después se labraría en alabastro, por el escultor Pedro de Ibarra, el sepulcro en el que actualmente reposan sus restos.

 

BIBLIOGRAFÍA

ESCOBAR PRIETO, Eugenio: Hijos ilustres de la villa de Brozas. Cáceres, 1961. LAMB, úrsula: frey Nicolás de Ovando, gobernador de las Indias (1501-1509). Madrid, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1956, (reed. Santo Domingo, 1977). MAYORALGO Y LODO, José Miguel: La Casa de Ovando (Estudio Histórico-Genealógico). Cáceres, Real Academia de la Historia de Extremadura, 1991.MIRA CABALLOS, Esteban: Nicolás de Ovando y los orígenes del sistema colonial español. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, 2000. RAMOS, Demetrio: "El gobierno del Comendador Ovando: el nuevo orden", en Historia General de España y América, T. VII. Madrid, Editorial Rialp, 1982.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CORSARIOS, PIRATAS Y BUCANEROS AL ACECHO DEL IMPERIO

CORSARIOS, PIRATAS Y BUCANEROS AL ACECHO DEL IMPERIO

                              

        El Imperio Hispánico configurado en época de los Austrias Mayores, se convirtió en el mayor dominio territorial de la Historia hasta esos momentos. Con razón, se llegó a afirmar que en los dominios de Felipe II el sol no nacía ni se ponía. Para defenderlo, en unos momentos en los que los medios de comunicación terrestres eran muy lentos, se estructuró un complejo entramado naval que permitió mantener unas comunicaciones más o menos fluidas.
Casi nadie discute ya que España fue, al menos hasta la paz de Westfalia de 1648, la primera potencia mundial.  Pese a ello, la historiografía y sobre todo la filmografía anglosajona se han empeñado en desvirtuar la realidad histórica. Comúnmente se nos presenta a los corsarios y a los almirantes ingleses –que con frecuencia eran los mismos- como personajes nobles, astutos y carismáticos, frente a los inoperantes comandantes españoles, a los que se representa con peluca y golilla. Además, igual que España ha sobre- valorado su victoria en Lepanto frente a los turcos, los ingleses han hecho lo propio con sus victorias ante la Invencible y en Trafalgar. Y en este sentido, se ha destacado la derrota de la Invencible como el inicio del dominio inglés de los mares. Pero, no olvidemos que ésta se produjo más por un cúmulo de despropósitos que por méritos de los ingleses. La repentina muerte del mejor marino de su época, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, y peor aún, la fatal decisión de nombrar como su sustituto al Duque de Medina-Sidonia, cambió probablemente el sino de esta batalla. Pero, así como Lepanto no supuso el dominio español en el Mediterráneo, la derrota de la Invencible no significó el fin de la superioridad española en el Atlántico. Incluso, todavía a principios del siglo XIX, hasta el desastre de Trafalgar, nuestro poderío naval era muy respetado. Fue precisamente el prestigio de nuestras armadas y de nuestros marinos lo que incitó a los franceses a buscar a toda costa una alianza con España.
        Y nuevamente, en el caso de la derrota de Trafalgar debemos decir que se debió en gran parte a la decisión del alto mando francés que desatendió reiteradamente los consejos de los marinos españoles. Por su victoria, el Almirante Nelson, muerto en la contienda, es considerado en su país como un héroe nacional. Pero, pocos ingleses recuerdan que su héroe fue derrotado de forma humillante ocho años antes, exactamente el 25 de julio de 1797, cuando intentó asaltar la plaza de Santa Cruz de Tenerife.  Nada menos que 589 ingleses murieron en la contienda, frente a tan solo 23 españoles, resultando herida casi toda la oficialidad enemiga, incluido el propio Nelson que perdió un brazo. Al valiente Almirante inglés le salió caro su heroísmo frente a España, pues, mientras en Tenerife quedó malherido y mutilado, en Trafalgar perdió la vida.
    Aunque hace mucho tiempo que España no tiene por costumbre ensalzar a sus hombres de mar, nadie debe olvidar que los grandes marinos del siglo XVI o fueron españoles o estuvieron al servicio de España. Basta recordar nombres de talla universal como los de Álvaro de Bazán -padre e hijo, Señor y Marqués de Santa Cruz respectivamente-, Bernardino de Mendoza, Rodrigo de Portuondo, don Juan de Austria, -vencedor en Lepanto-, o los genoveses, los Almirantes Cristóbal Colón, Andrea Doria y su sobrino Juan Andrea Doria, estos últimos detentadores del principado de Melfi.

1.-EL CORSARIO: ENTRE TRAFICANTE Y BANDIDO

        Ante la imposibilidad de enfrentarse de manera directa al poderío naval español, franceses, holandeses e ingleses en el Atlántico, berberiscos y turcos en el Mediterráneo optaron por hacerlo a través del corsarismo. Como escribió Bernal Braudel, el corsarismo fue a lo largo de la historia la forma que tuvieron los pueblos más pobres de participar en el comercio de las naciones más ricas. Es por ello por lo que, después del Descubrimiento de América, los países que quedaron al margen del reparto colonial se lanzaron al pillaje en las rutas indianas. Si bien existió el corsarismo en el medievo fue en la Edad Moderna cuando se convirtió en una verdadera plaga. Ni que decir tiene que la mayor parte de los ataques navales sufridos por los puertos y por las flotas españolas no fueron llevados a cabo por escuadras nacionales sino por corsarios.
    Pero se tiene la errónea concepción de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto, éste utilizaba cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según le convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucrarse eran óptimas, actuaba como un mero comerciante ilegal, vendiendo mercancías a bajo precio con el consentimiento de las autoridades españolas. Y otras, si las posibilidades de éxito eran grandes, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias. Los hermanos Barbarroja, Hawkins, Dragut, Francis Drake y otros muchos afamados corsarios igual comerciaban pacíficamente que se convertían en crueles bandidos o que encabezaban el mando de sus respectivas armadas nacionales.
    Ante la nula presencia española en el Mar Caribe, a mediados del siglo XVI, los corsarios se hicieron con su control. Y utilizaron su dominio tanto para atacar buques españoles que hacían la ruta de las Indias como para comerciar ilegalmente con las principales islas, contando al parecer con la connivencia de la élite política y económica. Según recientes estudios de Genaro Rodríguez, este comercio era mucho más ventajoso para las élites locales ya que los corsarios pagaban más por las mercancías de la tierra y vendían su género a menor precio. Así, pues, también para la élite este tráfico suponía romper con el monopolio comercial impuesto por los grandes mercaderes sevillanos.
 El cuartel general lo ubicaron en la pequeña isla de la Tortuga, donde establecieron una colonia permanente. De esta forma un buen número de ellos pasaron a convertirse en bucaneros, algo así como un corsario en tierra. La citada isla pasó a ser un importante núcleo comercial, un área libre de impuestos; lo que en terminología actual llamaríamos un paraíso fiscal.
En cualquier caso, como ya hemos afirmado, el contrabando era una actividad que compaginaban con los ataques navales sobre aquellos puertos o flotas que sabían estaban más desprotegidos. Conocemos centenares de ataques navales, en todos los confines del Imperio, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico y en el Pacífico.



2.-ATAQUES EN EL MEDITERRÁNEO

        De entre las decenas de asaltos corsarios ocurridos en el denominado Mare Nostrum destacaremos especialmente el de 1540 contra Gibraltar, por una escuadra al mando del turco Alí Bajá. Lo que nos llama la atención de este episodio es la solidaridad que despertó desde muchos lugares de España, desde donde mandaron socorro para rechazar a los bandidos. Sobre dichos acontecimientos disponemos de una gráfica descripción que nos ofrece el cronista del Emperador Carlos V, Francisco López de Gómara, y que por su interés reproducimos a continuación:


        “Y no fue tanto el daño cuanto el temor, viendo los turcos dentro del lugar, ni cuanto fue el rebato que hubieron los pueblos comarcanos y toda el Andalucía y reino de Granada. Porque luego fue al socorro gente mucha de Jimena, Jerez, Ronda, Marbella y de otros pueblos; y don Preafán de Ribera, Marqués de Tarifa, no pudiendo ir por estar malo, envió sus hombres a pie y a caballo; Sevilla, Córdoba y el Duque de Sesa, don Gonzalo Hernández de Córdoba, el Conde de Feria, don Pedro Hernández de Córdoba y Figueroa, y otros señores y lugares que caminaban ya para Gibraltar lo dejaron sabiendo que los turcos eran embarcados. Don Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar y virrey de Granada, iba como capitán general derecho a Gibraltar, con Gutiérrez López de Padilla, más como en el camino supo la ida de los corsarios se fue a Málaga, donde gastó algunos días proveyendo gente y armas y otras cosas…”


 
        Pero no tardaron en regresar, pues, en 1543, nada menos que cincuenta velas corsarias asolaron las costas valencianas y las islas Baleares; Palamós, Denia, Valencia, las islas de Ibiza y Formentera, fueron robadas, saqueadas e incendiadas durante semanas casi con total impunidad. Y el impacto de todo este clima de inseguridad fue tal que, en Valencia, donde habitaban más de sesenta mil vecinos moriscos, muchos habitantes “desampararon los pueblos y han pasado las mujeres y niños a los lugares de las fronteras dentro en Castilla”. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular. López de Gómara insiste reiteradamente en su crónica de la “inteligencia” y comunicación que había entre moriscos y corsarios berberiscos. Y en este sentido, cita un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco peninsular hizo de guía. Está bien claro que los moriscos fueron expulsados de España 1609 no solo por la intransigencia religiosa sino también el miedo, fundado o no, que tenía la población sobre el apoyo que estos podían prestar a los corsarios árabes, turcos y berberiscos.
        Es más, según Fernand Braudel, en la costa catalana, en torno al delta del Ebro, donde la población era escasa, llegaron a establecerse, en diversas etapas del quinientos, corsarios argelinos de forma más o menos permanente. Ello, nos puede dar una idea aproximada de la magnitud que adquirió el fenómeno corsario en el siglo XVI. Los ataques del Emperador a Túnez, hacia 1535 y a Argel, seis años después, no pudieron evitar una realidad y es que el peligro berberisco y turco en el Mediterráneo durante la primera mitad de la centuria no solo no disminuyó sino que se acrecentó. Lepanto, con ser una batalla gloriosamente ganada para España por don Juan de Austria y don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, no supuso más que una momentánea disminución del corso en el Mediterráneo. De hecho, tras tomar don Juan de Austria Túnez en 1573, al año siguiente en una ofensiva turca, se apoderaron de nuevo de la plaza y de La Goleta.


3.-ATAQUES EN EL ATLÁNTICO

        Pero si tradicional era el corsarismo en el Mediterráneo no menos lo era en el Atlántico. Desde el siglo XIII se habían venido produciendo ataques en el Mar del Norte, en el Canal de la Mancha y en el noroeste de la Península Ibérica. Ya en las Cortes de Toledo de 1436 se recomendó que la navegación a Flandes se hiciese en pequeñas flotas para evitar los daños que hacían los corsarios.
        Cristóbal Colón, cuando aún no se conocía la magnitud de sus descubrimientos, avistó corsarios rondando las islas Canarias en sus dos primeros viajes, mientras que en su tercera travesía, pocos días después de salir de Sanlúcar, debió modificar su ruta hasta las islas Madeiras para evitar un encuentro desigual con ellos. A continuación, se dirigió a la Gomera donde nuevamente volvió a toparse con enemigos galos a los que, por fin, logró reducir. Pero, fue en 1521 cuando se comenzó a tomar conciencia del problema, coincidiendo con el gran éxito de Juan Florín que robó a una flotilla española una buena parte de los tesoros de la cámara de Moctezuma que Cortés remitía a Carlos V. Tal desastre dio lugar, por un lado, a un profundo pesar entre los españoles y, por el otro, despertó las imaginaciones de muchos europeos ansiosos de fortuna. La noticia corrió por toda Europa, intensificando de esta forma el fenómeno corsario. Desde entonces el cabo de San Vicente se comenzó a conocer, entre la gente de mar, como "el cabo de las sorpresas" porque era precisamente en esa zona donde los franceses solían esperar a los navíos españoles.
        En las primeras décadas del siglo XVI estos corsarios permanecieron, por lo general, en torno al ya mencionado cabo de San Vicente, cruzando el océano en muy raras ocasiones. De hecho, los primeros ataques navales de cierta consideración librados en el Nuevo Mundo no se produjeron hasta finales de la década de los veinte, cuando un traidor español al servicio de Francia, Diego Ingenios, sitió la villa de Nueva Cádiz de Cubagua. Pero, no fue el único español que se alistó en las filas corsarias. Juan de Castellanos en sus “Elegías de Varones de Indias” nos relató las andanzas de un tal Diego Pérez, natural de Utrera, quien huyendo de la justicia se embarcó rumbo a las Indias. Allí, entró en contacto con el corsario francés Jacques de Sore, quien lo convenció para que saquease, junto a él, las costas caribeñas. Hacia 1555, con cinco naves, se hicieron a la mar, yendo el utrerano en calidad de práctico o guía. Recalaron primero en la isla Margarita, donde, haciéndose pasar por comerciantes españoles, esperaron a la noche para saquear la isla. Luego continuaron sus pillerías por el cabo de la Vela, Santa Marta y el río Hacha. Aquí, obtuvieron cuatro mil quinientos pesos de oro de recate, sin embargo, el utrerano cometió el error de escapar con parte del botín y adentrarse en el interior. El corsario francés, encolerizado por no haber obtenido todo lo deseado se llevó a una de las autoridades del lugar, Francisco Velázquez, y lo soltó en alta mar en un barco sin agua ni víveres. Cuentan los cronistas que la providencia se mostró más indulgente que el cruel corsario francés y lo devolvió con vida a la costa. Desde su llegada se empeñó en encontrar al malvado Diego Pérez, que finalmente fue capturado y colgado de un madero.
        Desde la década de los treinta la presencia de corsarios en aguas del Caribe se hizo frecuente. Y dadas las escasas defensas navales indianas estos saqueadores hicieron grandes daños. Y en este sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que, en 1537, dos buques corsarios –una nao y una carabela- atacaran la villa de Nombre de Dios con total impunidad. La población huyó al interior, mientras que los corsarios se apoderaban de ochenta mil pesos de oro, pidiendo luego un rescate por dejar la localidad que, tras no ser atendido, provocó el incendio de la misma. Los corsarios tuvieron tiempo de liberar en la costa a varias decenas de españoles cautivos y de marcharse tranquilamente del lugar.  
        Uno de los asaltos más sorprendentes y devastadores sobre las colonias americanas fue el que encabezó sir Francis Drake sobre Santo Domingo en 1586. Éste partió del puerto inglés de Plymouth, el 15 de septiembre de 1585, recorriendo las costas occidentales peninsulares antes de poner rumbo al Mar Caribe. Efectivamente, en enero de 1586 varias decenas de velas enemigas asediaron Santo Domingo, mientras las autoridades y toda su población, huyeron al interior de la isla que “fue grandísima lástima ver las mujeres y niños, monjas y frailes y personas impedidas descarriadas por los dichos montes y los caminos”. El daño causado en la capital primada de América fue absolutamente devastador como se evidencia en un documento de la época, conservado en el Archivo de Indias y que extractamos a continuación:



        “Destruyeron imágenes, hicieron vituperios en los templos y no contentos de esto, abrían sepulturas de los muertos y en ellas echaban mil inmundicias y despojos de reses que mataban dentro de las iglesias, de que hicieron matadero, y se sirvieron para más infames ministerios. Saquearon todas las casas y poco se escapó de sus manos; quemaron todos los navíos que estaban en el puerto. Pidieron un millón de ducados; era imposible. Bajaron a cien mil ducados; tampoco. Comenzaron a quemar casas. Garci Fernández concertó el rescate en veinticinco mil ducados que se juntaron con gran dificultad entre todos los vecinos, arzobispo e iglesias, y con tanto, después de haber estado en la ciudad cinco semanas salieron de ella a los nueve de febrero, llevándose todo nuestro caudal, hasta las campanas de las iglesias, la artillería de la fortaleza y navíos y otras menudencias de todo género, y los cuartos, moneda que corre en esta ciudad, de ellos llevaron y mucha parte fundieron y desperdiciaron; llevaron asimismo forzados de la galera que se había desherrado para que nos ayudasen y después se levantaron contra nosotros y saquearon más que los ingleses; fuéronse con ellos voluntariamente muchos negros de particulares, que son el servicio de esta tierra”.


        El citado texto nos muestra claramente el odio y la crueldad con la que estos malhechores actuaban, pues, no conformes con robar, procuraban hacer el máximo daño posible. Santo Domingo, tardó años, quizás décadas, en recuperarse plenamente de este asalto corsario.
        Pero donde el corsarismo se cebó fue en las áreas marginales de las Indias que España no podía ni tenía voluntad de defender. Incluso, la fortificación de esos territorios tan escasamente poblados podía ser un inconveniente; si caía en manos enemigas, su reconquista podría ser muy costosa. Con este simple pero quizás práctico razonamiento se dejaron de proteger amplios territorios americanos, muchos de los cuales terminaron siendo controlados y poblados por franceses, ingleses y holandeses.
        Uno de los casos más dramático de abandono a su suerte por parte de las autoridades españolas es el de la ciudad de Trujillo en la costa de Honduras. Ante sus escasas defensas y su corta guarnición, fue saqueada tantas veces que verdaderamente sorprende que siga existiendo cinco siglos después. Desde finales del siglo XVI comenzaron una serie de asaltos que la mantuvieron durante décadas casi en la ruina. Los primeros ataques se produjeron en 1595 y en 1598, siendo protagonizados por corsarios galos. En esta última ocasión se consiguió rechazar a los bandidos, no tanto por la pequeña guarnición que la defendía como por “el valor de los vecinos”.
        Tras algunas décadas de tranquilidad, los ataques corsarios se reanudaron con más virulencia que nunca. En 1632 los atacantes fueron corsarios holandeses que intentaron tomar la ciudad y los barcos que había en el puerto pero que fueron rechazados. Pero volvieron al año siguiente, en esta ocasión con ocho naos gruesas. Ante tal superioridad, la ciudad fue abandonada a su suerte, siendo saqueada y quemada. 
        Pero los asaltos no acabaron ahí, en 1638, en 1639 y en 1640 fue sucesivamente asaltada, robada y quemada. Y es que la posibilidad de defensa de Trujillo era absolutamente ridícula, hasta el punto que en un alarde que se hizo por aquellas fechas se averiguó que solo había 39 hombres capaces de empuñar un arma.
        En 1641 volvieron a tomar la ciudad cuatro naos corsarias, que estuvieron allí 25 días, entrando “doce leguas la tierra adentro y cometiendo cuantos excesos de robos y torpezas pueden imaginarse”.
        Tras estos hechos, el presidente de la audiencia de Guatemala decidió reforzar la defensa de la costa hondureña y, en particular, de Trujillo, enviando a su fortaleza medio centenar de soldados con arcabuces y mosquetes. Todo fue en vano, porque el 16 de julio de 1643 se presentaron en su puerto 16 navíos ingleses con nada menos que 1.500 hombres. Cuatro días después la ciudad fue tomada, saqueando “lo poco que había en ella y en las estancias”. Pero, pese a estar la ciudad saqueada y arruinada, al año siguiente llegó el corsario mulato Dieguillo con dos barcos, engañó a los vecinos con banderas de paz, y volvieron a despojarla impunemente. Una incursión que repitió en años posteriores hasta que, por fin, en 1650 llegó una pequeña armada de tres bajeles, enviada por el gobernador de La Habana, e hizo huir al corsario. Pero, era demasiado tarde; la paciencia de los trujillanos se había agotado y la ciudad fue desamparada y abandonada. El propio presidente de la Audiencia en su informe decía: “ya por fin quedó la costa de Honduras limpia de piratas, en mi juicio porque no había qué robar en ella”. Años después se repobló la ciudad, siendo nuevamente asaltada por corsarios, en 1689.    La historia de Trujillo no deja de sorprendernos. ¿Cómo podía permitir la España Imperial que ingleses, franceses u holandeses campasen a sus anchas y acometiesen a sus súbditos? Era la otra cara de ese vasto imperio. Un imperio tan extenso que no había ejército ni armada capaz de defenderlo. Que fustigasen la pequeña ciudad de Trujillo en Honduras no dejaba de ser un hecho anecdótico, teniendo en cuenta que en la propia Península Ibérica se atrevían con Valencia, Denia, Gibraltar o Mallorca.


BIBLIOGRAFÍA


A.-Sobre las armadas españolas:

-FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón. Madrid, Museo Naval, 1972. (9 vols).

-HARING, Clarence H.: Comercio y navegación entre España y las Indias. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

-MIRA CABALLOS, Esteban: La Armada Guardacosta de Andalucía y la Defensa de la Carrera de Indias. 1521-1550. Sevilla. 1998.

--------Las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La esfera de los libros, 2005.

-PÉREZ TURRADO, Gaspar: Armadas españolas de Indias. Madrid, Mapfre, 1992.

B.-Sobre el corsarismo:

-GOSSE, Philip: Los corsarios berberiscos. Los piratas del norte. Madrid, Austral, 1973.

------- Quién es quién en la piratería. Sevilla: Librería Renacimiento, 2003.

-HARING, C. H.: Los Bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2003.

-LUCENA SALMORAL, Manuel: Piratas, Bucaneros, Filibusteros y Corsarios en América. Madrid, Editorial Mapfre. 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS: ¿HÉROE O VILLANO?

HERNÁN CORTÉS: ¿HÉROE O VILLANO?

1.-INTRODUCCIÓN

          Durante demasiado tiempo se ha venido sosteniendo que la Conquista fue muy beneficiosa tanto para los europeos como para los indígenas. Para muchos, la América Precolombina era un mundo bárbaro, atrasado y desaprovechado. Ello justificaría el lado positivo delencuentro entre el mundo europeo y el americano. Los españoles se beneficiarían con nuevos vasallos y a cambio los indios recibirían los dones de una civilización superior y de la verdadera religión lo cual les permitiría salvar sus almas. ¿Qué más podían pedir?

          Se trata de planteamientos que se han mantenido casi hasta el siglo XXI pero que a mí me parecen inadmisibles hoy. Estoy totalmente convencido de que el día que el indio descubrió a Colón, fue un mal día para el indio. La desigualdad de los universos que entraron en contacto fue tal que se produjo un cataclismo de dimensiones bíblicas. En este sentido escribió Augusto Roa Bastos:



          Lo que hubo fueron luchas terribles en las que las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista, en los largos y desordenados imperios coloniales.



          La Conquista, como se entendió en el siglo XVI, fue tan provechosa para Europa como cruel, destructiva y asoladora para el mundo indígena. Sus instituciones fueron subyugadas, sus culturas y sus lenguas aniquiladas y a esa diversidad política y cultural se le puso un nombre uniforme: es decir, indio. Este término tiene una indudable carga peyorativa pues los españoles llamaron así a los descendientes de aquellos primitivos pobladores de América, al creer que habían llegado a las Indias. La realidad fue absolutamente simplificada, pues, el indio como se entendió entonces, no era más que una abstracción creada por lo vencedores. No existía una cultura indígena, pues indios eran desde los mansos taínos, hasta los astrónomos incas, pasando por los primitivos otomíes que vivían en cuevas, los salvajes jíbaros, los orfebres chibchas, los indómitos araucanos, los fieros guaraníes o hasta los refinados mexicas, por citar solo algunos.

          ¿Qué les pasaría por la cabeza a los desdichados indios cuando veían a los españoles tomar posesión de sus cacicazgos, sus reinos, sus estados y hasta de sus mares?, ¿qué debió pensar el cacique Chiape cuando, obligado por las armas, presenció el 25 de septiembre de 1513 la toma de posesión del Mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa? No tenemos muchos testimonios, pero no es difícil imaginar su perplejidad. Y es que para la historiografía tradicional el océano pacífico no existía antes de 1513, es decir, las antiquísimas culturas chinas y japonesas estaban a orillas de un océano que no era más que una entelequia marítima.



2.-¿QUIÉNES ERAN LOS MEXICAS?

          Pero Centrémonos ya en la figura de Hernán Cortés. Éste, como es bien sabido era natural de Medellín, hijo de Martín Cortés y Catalina Pizarro Altamirano. A él le toco conquistar el imperio mexica.

          Lo primero que había que preguntarse: ¿Quiénes eran los mexicas? Estos formaban una confederación (Texcoco, Tlatelolco y Tenochtitlán) una especie de imperio que tenía su propio emperador Moctezuma II y una gran capital: TENOCHTITLÁN. ¿Se parecían en algo a los indios tarascos, a los apaches, a los taínos o a los arahuacos? Pues francamente no. Se trataba de un auténtico Estado que tenía su emperador, sus gobernantes, sus funcionarios, sus militares, etcétera.

          La capital tenía entre 200.000 y 400.000 habitantes. Recordemos que en España la ciudad más grande era Sevilla que tenía entonces unos 60.000. Hernán Cortés en sus Cartas de Relación comparó la plaza mayor de Tenochtitlán con la de Salamanca. La Corte de Tenochtitlán no envidiaba en nada a las europeas. Entre los cortesanos de la capital mexica se consumían diariamente 2.000 tazas de chocolate, servidas en vajillas de oro. A Moctezuma le gustaba el helado de bombón que le preparaban hirviéndole el cacao y vertiéndolo sobre la nieve traída expresamente de las montañas. A la hora del almuerzo 400 pajes, hijos de señores, colocaban todo tipo de viandas en el comedor, instalando braseros debajo para que no se enfriasen. Moctezuma escogía el que más le gustaba o el que le recomendaba su mayordomo. Nadie entraba en el comedor que no lo hiciese descalzo, so pena de muerte. Cuando Moctezuma había terminado de comer el resto de las viandas se repartían entre los 3.000 comensales del cuerpo de guardia y de servicio que había en lo palacios reales. Como puede observarse la Corte de Moctezuma no debía envidiar en nada a la del mismísimo emperador Carlos V.

          Este fue el mundo que conquisto Hernán Cortes, en nombre de Dios y del Emperador. Fue la usurpación de todo un Estado, exactamente igual que si ahora España va y conquista Argelia, elimina sus instituciones y obliga a toda la población a hablar castellano y a profesar la religión católica.



3.-CORTÉS: EL HÉROE

          Hernán Cortés está considerado no un conquistador más sino el Conquistador. La mayor parte de las grandes semblanzas sobre Cortés –las de Salvador de Madariaga, Carlos Pereira, Hugh Thomas, Bartolomé Benassar, Juan Miralles, José Luis Martínez, etcétera- son apologéticas, es decir, lo tratan como a un héroe civilizador. Durante décadas, Cortés perteneció al olimpo de los grandes iconos intocables de nuestra historia patria. Uno de los grandes protegidos de la Leyenda apologética y legitimadora.

          El de Medellín no ha dejado indiferente a nadie. Ha sido uno de los personajes históricos más alabados y a la vez más criticados de la Historia. Para unos, encarna a un verdadero héroe civilizador, un auténtico profeta moderno, que consiguió expandir el cristianismo a grandes territorios indómitos. Un historiador sevillano, Giménez Fernández, sostuvo hace pocas décadas que el extremeño fue un “elegido por la providencia para cumplir altos fines”. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, nada tiene de particular que se haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés.

          Para otros no fue más que un asesino, ansioso de fortuna, que no dudó en destruir todo un imperio para conseguir sus fines. ¿Héroe o villano? Esa ha sido siempre la cuestión.



4.-DESMONTAR LA LEYENDA

          Creo que ha llegado la hora de desmontar la leyenda cortesiana. Hagámoslo paso a paso.

A.- En cuanto a la quema de naves en Veracruz es uno de los símbolos de Cortes. El error partió de un cronista de la época que leyó quemando por quebrando. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques para evitar el retroceso de sus hombres. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque el mismísimo Cortés advirtió en sus Cartas de Relación que no las quemó sino que tan sólo los desguazó.

          Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, los motivos parecen claros, pretendía evitar que algunos incondicionales de Velázquez pudieran regresar a Cuba a informar de la rebelión. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción supo de una conspiración en este sentido y ahorcó a los cabecillas. A continuación procedió al desguace de la armada para evitar más motines. Eso sí, salvó uno de ellos, y embarcó a sus procuradores con la idea de entregar al Emperador su Carta de Relación. Transcurría el mes de agosto de 1519. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Y aunque lo hubiera hecho, no era nada nuevo, pues se trataba de una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.



B.-En relación a su excepcional capacidad estratégica debemos negarla totalmente, pues, ninguna de sus tácticas fue original. Realmente, ni inventó una forma nueva de hacer la guerra, ni fue un personaje de unas dotes militares excepcionales. Y además no podía tenerlas porque no tenía experiencia militar previa. Cuando llegó a La Española, a finales de 1506, la isla estaba totalmente pacificada por lo que no llegó a entrar en combate. En Cuba la resistencia de los pobres taínos fue escasísima y los hechos de armas mínimos.

          En definitiva, el extremeño no tuvo una formación militar ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado más cívico que militar pues se lo otorgaron sus compañeros de hueste en Veracruz. En cualquier caso nunca fue el capitán de un ejército sino el de una hueste. De hecho, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra. Estos dieron por fracasada la empresa, desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia de Cortés, uno de los capitanes comentó:

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil”.



C.-Se ha destacado su capacidad diplomática: efectivamente nadie le puede negar ni su habilidad diplomática, ni su capacidad para captar diferencias, pero tampoco en esta ocasión inventó nada nuevo. Esta actitud ha sido siempre una constante en el arte de la guerra, al menos desde la Antigüedad Clásica. Pero tenía referentes mucho más cercanos. Precisamente, en la conquista de Tenerife los castellanos se aprovecharon de las rivalidades que había entre dos viejos líderes guanches, para conquistar la isla. Ya en América, la alianza con una de las facciones enemigas fue una constante desde los tiempos de Cristóbal Colón. De hecho, el primer Almirante envió a su hermano Bartolomé, junto a 3.000 indios aliados entregados por Goacanagarí, contra Guarionex que se había alzado en el interior de la isla. Asimismo, mucho antes que Cortés, Vasco Núñez de Balboa utilizó al cacique Pocorosa para derrotar a su enemigo Tubanama, que terminó sometido. El uso de auxiliares indígenas fue absolutamente común a lo largo de todo el proceso conquistador.



D.- Se ha insistido en su habilidad para reforzar la idea de los indios del carácter divino de los españoles. Las creencias de los mexicanos también parecen haber jugado un papel importante en su perdición. Había un viejo mito que hablaba de que algún día llegaría el fin de la era mexica mediante un gran cataclismo. Tarde o temprano, la era mexica, la del quinto sol, tocaría a su fin. Su dios civilizador, Quetzalcoatl, retornaría desde oriente, por donde se marchó, para reformar sus costumbres. Curiosamente, el dios era descrito como un personaje de tez blanca y largas barbas. ¿Habrían llegado europeos a América algunos siglos antes? Probablemente sí, esas tradiciones indígenas de que sus dioses blancos habían llegado por el este, podría responder a la posibilidad de que algunos europeos hubiesen arribado a las costas americanas siglos antes del Descubrimiento oficial.

          Y es cierto, que el extremeño reforzó la idea de que efectivamente era Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Pero tampoco era nueva esta táctica, pues existen decenas de precedentes en las Antillas Mayores, e incluso, en Tierra Firme, antes de la Conquista de México.



E.-También se ha destacado su habilidad para buscar lenguas o intérpretes desde su llegada a Cozumel. Pero esta actitud ni era nueva ni era especialmente ingeniosa entre otras cosas porque, como advirtió Fernández de Oviedo, figuraba en las mismas instrucciones que le entregó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández de Córdoba y de Juan de Grijalva. Sin duda, la india más importante en la vida de Cortés fue doña Marina conocida como “la Malinche”. Una india que le fue regalada a Cortés en Tabasco junto con otras indias. Ésta sin embargo, tenía una utilidad muy importante, conocía el idioma maya y el mexica. Con lo cual podía traducir lo que decían los aztecas a lengua maya y Francisco de Aguilar traducía el maya al castellano. En cualquier caso su capacidad de aprendizaje fue tal que en breve se pudo prescindir totalmente de Jerónimo de Aguilar. Con ella mantuvo relaciones, antes incluso de enviudar de su primera esposa. El apoyo de doña Marina fue decisivo en la conquista de México por eso ha sido objetos de duras críticas por parte de una parte de la historiografía.



D.-Y finalmente, en cuanto a su carácter mesiánico, fue destacado por muchos cronistas que pensaron que era un elegido por Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Afirma Bernal Díaz que el extremeño le llegó a decir a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro “sino para servir a Dios y al Rey”. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de “ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César”. Fray Toribio de Motolinía creía que Cortés era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529 justificó la rebeldía de Cortés con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta idea mesiánica. No dudó en compararlo con Moisés, pues, según él fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos.

          Más sorprendente aún es que hace pocos años se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue “un cruzado y un libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador”. Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época y obtuvo grandes honras y honores. Más recientemente, se ha hablado de la caridad “heroica” de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de heroica ni de excepcional, pues la beneficencia de los más pudientes ha sido una constante a lo largo de la historia.

E.-No se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor y un hombre piadoso. Su actitud compasiva con los indios distó mucho de parecerse a la de un fraile como Bartolomé de Las Casas o a la de una reina Católica como Isabel, entre otras cosas porque de ser así no hubiese conquistado su imperio. Pero no olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 Cortés mandó cortar las manos a medio centenar de indias tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación las soltó para que llevasen a su pueblo el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, “quienes éramos”.

          La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él. En el trayecto hacia Tenochtitlán pasaron por Cholula, una ciudad sagrada, punto de peregrinación donde había decenas de templos, entre ellos uno muy destacado, ubicado sobre una pirámide y dedicado a Quetzalcoatl. Al parecer, según diversos cronistas fue doña Marina la que descubrió, a través de una anciana con la que entabló amistad, que se tramaba una traición para acabar con todos los españoles. Doña Marina, como leal servidora de Cortés, acudió presurosa a informarle. Éste reunió al pueblo en la plaza principal con la excusa de celebrar una ceremonia, y una vez concentrados, emprendió una despiadada matanza, sin respetar sexo ni edad. Sin embargo, tanto Cortés, como Bernal Díaz del Castillo defienden su actuación, diciendo que los cholutecas habían preparado previamente una conspiración. Lo cierto es que, con conspiración o sin ella, hubo premeditación, pues, el de Medellín no ignoraba el peligro al que se enfrentaba entrando en esa plaza. Los cholutecas despreciaron el corto número de los hispanos. Ahora bien, aun contando con una posible conspiración el ataque de los hombres de Cortés fue absolutamente desproporcionado, dejando sobre el suelo de la plaza a más de 6.000 nativos, todos ellos desarmados.

          La toma de Tenochtitlán fue crudelísima pese a que, según las crónicas, intentó evitar que los tlaxcaltecas se ensañaran con los mexicas. Pese a ello, se trató de un asalto a una de las ciudades más grandes de la época, cuya resistencia fue total. Algo sólo comparable a la toma de Berlín por las tropas soviéticas en la II Guerra Mundial. Mujeres, niños y lisiados colaboraron, acopiando y preparando piedras para las hondas que disparaban los indios. Un cerco que duró casi tres meses, bien defendida por Cuauhtémoc que prefirió morir a rendir la ciudad. El enfrentamiento fue tan desigual que, frente al medio centenar de españoles fallecidos, murieron del lado mexicano cerca de 100.000 personas, incluidos ancianos, mujeres y niños.

          Hernán Cortés tampoco se libró de actuaciones que rozaron el sadismo. Aunque el de Medellín en ocasiones mostraba actitudes compasivas con sus enemigos, en otras no lo era tanto. Tras escapar mal parado de la Noche Triste y alcanzar Tlaxcala hizo una razia contra la región de Tepeaca, acusándolos de colaborar con los mexicas. Pagó con estos el daño recibido en Tenochtitlán, arrasando aldeas enteras. Como los caciques huyeron no se le ocurrió mejor forma de localizarlos que subir a los indios que prendían a las azoteas. Tras interrogarles por el paradero de sus señores los despeñaba desde las mismas y entregaba sus cuerpos, ya sin vida, a los tlaxcaltecas para que diesen buena cuenta de ellos en sus festines rituales.

          Fue, asimismo, sumamente implacable con los paganos que no se querían convertir al cristianismo. Es bien sabido que cuando entró en Culiacán derribó el templo y porque un indio principal “no quiso ayudar en ello, lo mandó ahorcar y lo ahorcó con los diablos a cuestas”. También infringió durísimos escarmientos a los indios rebeldes. Por ejemplo, en 1523 los indios de Pánuco acometieron a los hombres de Francisco de Garay, matado a varias decenas de ellos. Hernán Cortés mandó a su capitán Sandoval a que castigase a los responsables. Mató a cientos de indios, despedazándolos después de tal forma que los demás indios “ya no se atrevían ni a levantar un dedo contra el poder de Cortés”. Pero no contento con ello, Gonzalo de Sandoval reclutó a 60 caciques de otras tantas aldeas y los remitió a Cortés. Éste los quemó a todos ellos en presencia de sus hijos, dejándolos marchar tras fijar un tributo anual.

          Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco dispensó a los indios un especial trato. Aunque promulgó ordenanzas defendiendo el buen tratamiento a los indios, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, sus indios de Cuernavaca le interpusieron una reclamación, en 1533, contra los malos tratos y excesivos tributos, afirmando que no los trataba “como a vasallos sino como a esclavos”. Pero, es más, en el inventario de sus bienes que se hizo en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala.



5.-CONCLUSIÓN

          Realmente Cortés ni era un caballero andante ni tampoco un santo. Era sencillamente un hombre de su época, con sus grandezas y sus miserias, con sus éxitos y sus fracasos. Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de sus contemporáneos. Ni fue un héroe ni tampoco un villano. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador con sus grandezas y sus miserias. Un hombre que sabía reír y también llorar. Contaba Herrera que tras conocer la magnitud del desastre de la Noche Triste no pudo contener las lágrimas. Fue compasivo y cruel, dependiendo de las circunstancias.

          Ahora, bien, nadie puede negar que Cortés fue un ardoroso combatiente. Un combatiente que aunó esfuerzo, maestría y seso, que eran las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán. Los pobres indios se resistieron, pero las diferencias eran abismales. Algo así como el enfrentamiento en nuestros días de un ejército convencional con otro con armas nucleares.

          Hicieron lo imposible para frenar a los españoles. A Cuauhtémoc, el sucesor de Moctezuma, se le ocurrió una brillante idea para salir victorioso. Decidió vestirse con un traje de plumas que su padre le regaló y que, según muchos, poseía cualidades mágicas. Al parecer, tenía el poderoso efecto de provocar la huida de cuantos enemigos lo veían. Obviamente, el milagro no se obró y todos se desmoralizaron cuando vieron que no funcionaba. Ni guerra nocturna, ni emboscadas, ni trajes mágicos. Los propios amerindios se fueron convenciendo de que era inútil resistirse a la evidencia; su mundo se desmoronaba bajo sus pies.

Quiero desmitificar al conquistador. No nos engañemos, si no hubiese existido Cristóbal Colón, otro, antes o después, hubiese descubierto América. Igualmente, si Hernán Cortés hubiese muerto prematuramente, como estuvo a punto de ocurrir en varias ocasiones, otro hubiese conquistado el imperio mexica. Y no faltaban candidatos, desde Pedro de Alvarado a Pánfilo de Narváez, pasando por Hernando de Soto.

          No era en absoluto un elegido por Dios. Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. No tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase a Nueva España medio millar de esclavos desde Cabo Verde que vendería a 66 ducados cada uno. Es decir, estuvo implicado en el suculento negocio de la trata de esclavos.

          Por tanto, estamos de acuerdo con Octavio Paz cuando planteaba la necesidad de retornar al Cortés legendario al terreno de la historia: “El conquistador debe ser restituido al sitio a que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos, es decir, a la Historia”.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS