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        He comentado en otras ocasiones que mi objetivo –probablemente no logrado- siempre es divulgar desde el conocimiento de las fuentes primarias y secundarias. En esa alta vulgarización, como diría Eric Hobsbawm, destacan los historiadores anglosajones, como John Elliott, Henry Kamen, Hugh Thomas o Paul Preston por citar solo a algunos.

         En España, ha habido y hay excepciones gloriosas como Manuel Tuñón de Lara o Antonio Domínguez Ortiz, entre otros. Sin embargo, por lo general hemos carecido de altos vulgarizadores. La mayoría son o investigadores de fondo, que trabajan con fuentes primarias y hacen trabajos rigurosos, aunque no siempre asequibles al gran público, o divulgadores que toman la bibliografía científica y tratan de ablandarla para hacerla llegar a un público más amplio. Estos divulgadores tienen más calado en la opinión pública, pero a veces divulgan datos poco contrastados.

         Pondré un par de ejemplos que me han ocurrido en fechas recientes: el último biógrafo de Francisco Pizarro –cuyo nombre omito- mencionó en su obra que Francisco Pizarro se bautizó en la parroquia de San Miguel de Trujillo. Pues bien, cuando le pregunté si había verificado el dato, me respondió que era algo seguro pues los grandes biógrafos de Francisco Pizarro lo habían aseverado con rotundidad, incluido el gran José Antonio del Busto. Pues mire usted –le dije- da igual que lo diga del Busto o el mismo patriarca de Constantinopla, es imposible que se hubiese bautizado allí simplemente porque nunca existió en Trujillo una parroquia bajo esa advocación. Toda la familia –tanto materna como paterna- vivía en la collación de San Martín y lo más plausible es que se cristianara en la pila de su parroquia. Así de simple. Pues todavía me replicó que ella tenía numerosas pruebas historiográficas y que yo no tenía ninguna. En fin…, esto es lo que pasa cuando alguien da por válido algo que una vez dijo uno y después han repetido otros sin ninguna verificación. Y es que como dijo un maestro de la manipulación, Joseph Goebbels, “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. A ver si al final va a resultar que Francisco Pizarro se bautizó en una parroquia que no existía.

         El otro chasco historiográfico que me llevé hace dos o tres días se refería a Juana de Arellano y Zúñiga, segunda esposa de Hernán Cortés, de cuya fecha de defunción no se tiene noticia cierta. Leí en varias biografías del conquistador que se sabía que al menos el 2 de junio de 1573 aún vivía porque el escribano de Sevilla Diego de la Barrera afirmó: “La vi y hablé y ella habló conmigo y me pidió le diese por fe y testimonio como es viva”. Un testimonio muy interesante que el pasado día 5 de enero quise verificar, solicitando el documento original en el archivo. Pues bien, ¡sorpresa! no ponía eso exactamente sino esto otro:



“Yo Diego de la Barrera Farfán, escribano público de Sevilla doy fe que hoy en este día de la fecha de ésta, estando en las casas de la muy Ilustrísima Señora Marquesa del Valle, estuve con el ilustre y muy reverendo señor frey Antonio de Zúñiga, de la orden de Santo Domingo de los predicadores, hermano de la dicha señora Marquesa a quien yo el dicho escribano doy fe que conozco, el cual dicho señor frey Antonio vi y hablé y él habló conmigo y me pidió le diese por fe y testimonio como es vivo y yo el dicho escribano le di la presente por la cual doy fe que el dicho señor frey Antonio de Zúñiga es vivo. Que es fecha en la dicha ciudad de Sevilla, martes dos días del mes de junio, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos y setenta y tres años. Siendo presentes por testigos Antonio Rodríguez y Sebastián de Labezares, escribanos de Sevilla”.

 


Pues ¡vaya!, como se puede observar no se refería a Juana de Arellano y Zúñiga sino a su hermano frey Antonio de Zúñiga. Alguien transcribió mal el documento y se ha perpetuado entre la historiografía una afirmación que no es exactamente cierta. Independientemente de ello, da la impresión que la marquesa estaba viva porque hablan de que la verificación notarial se hizo en su morada.

         En cualquier caso, lo que quiero demostrar con todo esto, es que el procedimiento de un profesional de la historia debe ser doble: primero, tratar de consultar en lo posible las fuentes primarias. Y segundo, verificar siempre todas las informaciones, especialmente las que proceden de fuentes secundarias. Solo así evitaremos perpetuar errores que no benefician en nada al conocimiento histórico.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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