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El día de los Reyes Magos de 1535 se fundaba la Ciudad de los Reyes, nombre oficial al que desde muy pronto se le llamó Lima, en recuerdo al curaca y a la ribera de ese nombre. Es posible que su elección como capital de la gobernación, en vez de Cusco, se debiera fundamentalmente a la lejanía de la costa de esta última. Para ello, decidió trasladar Jauja hasta el valle de Pachacámac, en tierras del curaca de Lima.

Según Alonso Borregán, el trujillano Francisco Pizarro envió al valle de Lima a Nicolás de Ribera y Laredo, para ver la posibilidad de poblar allí. Su informe positivo dio lugar a la fundación de la nueva urbe. Dado que el sitio fue descubierto el 6 de enero de ese año, se decidió ponerle la sonora onomástica de Ciudad de los Reyes, en honor a la fiesta de la Epifanía.

La ceremonia fundacional, celebrada oficialmente el 18 de enero de 1535, estuvo presidida por el gobernador. Inmediatamente después, se estructuró el espacio urbano, situando la plaza en el centro y nada menos que 117 manzanas trazadas a cordel y dispuestas formando un rectángulo de nueve manzanas por trece.

Inicialmente se asentaron poco más de sesenta vecinos, la mayoría procedentes de la isla de Sangallán y de Jauja. Pocas semanas después, el 5 de marzo de 1535, se fundó al norte de Lima una nueva localidad, con el nombre de Trujillo, en recuerdo de la ciudad natal del gobernador.

Francisco Pizarro no buscaba enriquecerse y retornar como tantos otros sino que anhelaba una gobernación, es decir, un territorio sobre el que mandar. Para ello se necesitaban colonos, agricultores, artesanos y mercaderes, así como ciudades y cabildos. Ello le empujó a ir poblando el territorio al tiempo que lo sometía. Una actitud que no era renacentista sino que hundía sus raíces en la tradición ibérica de la reconquista, siempre seguida de repoblación, que era la única forma de consolidar dicha conquista. Era consciente de que poblar equivalía a someter definitivamente un territorio hostil. La condición de vecino era requisito previo para recibir solares, tierras y encomiendas así como para ostentar algún cargo concejil. En los núcleos urbanos se aglutinó la minoría hispana, convirtiéndose en centros de control del espacio y de sujeción de los pueblos de indios del entorno. Al mismo tiempo evitaba los vacíos de poder, estableciendo, sin solución de continuidad, un nuevo orden, sobre la antigua estructura política incaica. Un organigrama administrativo en base a pueblos de indios con sus curacas que se mantuvo intacto durante buena parte de la época colonial. De hecho, todos aquellos jefes locales que decidieron aceptar el nuevo poder, permanecieron en sus cargos, manteniéndose durante varios siglos la nobleza local incaica y en ocasiones hasta preincaica.

La mayoría de los núcleos se fundaron sobre nuevos emplazamientos pero otros sobre los antiguos asentamientos, como Cusco. Tanto fue así que a veces se tuvo que enfrentar con las élites locales que no querían que se mermase su jurisdicción con la erección de una nueva localidad. Bien es cierto que dejó abandonados numerosos núcleos indígenas, como Cajamarca que, en pocos años, no era más que un grupo de casas y cercas arruinadas. No obstante, sí habrá que reconocerle el mérito de haber refundado numerosas ciudades y de haber erigido otras nuevas.

Los incas habían poblado solo la sierra, pues era un pueblo que vivió siempre ajeno al mar. Pizarro, en cambio, necesitaba mantener la comunicación con Panamá y, a través de ésta, con Santo Domingo y con la metrópolis, por ello estableció fundaciones tanto en la costa como en el interior. Entre estas últimas destacaron Lima, muy cercana a la costa, y El Callao, puerto natural de Lima y conexión entre Perú y el Imperio durante varios siglos.

 

 

PARA SABER MÁS

 

BORREGÁN, Alonso de: “La Conquista del Perú” (Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez Núñez, edits.). Madrid, Iberoamericana, 2011.

 

 

DURÁN MONTERO, María Antonia: “Fundación de ciudades en el Perú durante el siglo XVI”. Sevilla, E.E.H.A., 1978.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Francisco Pizarro. Ambición, traición y drama en la conquista del Perú” (en prensa).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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