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La vida y la muerte son omnipresentes en el universo, lo mismo que el principio y el fin. Sin embargo, las especies animales minimizan las lesiones y las muertes entre los miembros de su propia especie por dos motivos: primero, por una cuestión de mera supervivencia. Y segundo, porque la agresividad entre dos individuos tienen grandes probabilidades de salir lesionados por lo que ambos tienen interés en eludir el combate, aceptando el mando de uno sobre los demás (Hinde, 1977: 280). Parece obvio que a los animales les sobran razones evolutivas para minimizar los episodios agresivos entre miembros de su misma especie. No ocurre así con el ser humano que ha protagonizado a lo largo de la Historia un sinnúmero de genocidios en los que han perdido la vida cientos de millones de congéneres.


 

CIVILIZACIÓN FRENTE A BARBARIE


Constituye una constante histórica justificar el colonialismo, el imperialismo y la esclavitud en nombre de la civilización o del progreso (Gómez Isa, 2009: 158-159). Los amerindios fueron los grandes mártires del proceso de expansión de la civilización occidental en América. Durante siglos sufrieron el atropello de la Conquista y la colonización, justificado en pos de la expansión de la civilización.

El objetivo inicial no era su exterminio, pues pretendían incorporarlos al trabajo productivo. Pero, la inadaptación al trabajo sistemático de una parte de los grupos indígenas, las epidemias y el desprecio con el que fueron tratados por el hombre blanco, provocó la desaparición de su mundo en pocas décadas. A mediados del siglo XVI, poco más de medio siglo de la primera arribada, su mundo había quedado traumatizado para siempre.

         En toda expansión imperial hay un componente racista que se hizo más patente que nunca a partir del siglo XV cuando comenzó a sistematizarse la trata de africanos con destino a los mercados esclavistas europeos. Defiende Catherine Coquery que el racismo de los blancos con respecto a otras razas, especialmente la negra, no existía en el mundo antiguo y que se desarrolló desde finales de la Edad Media y duró hasta la Contemporánea (Coquery, 2005: 771-837). Sin embargo, de una forma u otra, toda expansión imperialista conlleva un cierto grado de racismo, aunque no tenga que ser necesariamente la oposición blanco-negro.

En América latina, los colonizadores europeos implantaron una sociedad basada en el racismo. Los documentos no pueden ser más claros cuando decían: “en una sociedad dominada por los blancos tienen más privilegios quienes tienen menos porción de sangre negra o india”. Siglos después, el alemán Alexander von Humboldt, que recorrió América del Sur, escribió en este sentido lo siguiente:


 

En España, por decirlo así, es un título de nobleza no descender de judíos ni de moros. En América, la piel más o menos blanca decide la posición que ocupa el hombre en la sociedad”.

 

Los testimonios muestran pues a una sociedad en la que existía una intolerancia casticista pero también un componente racista, donde el fenotipo determinaba la ubicación de cada grupo dentro de la sociedad.

 

 

LA IDEOLOGÍA DE PROGRESO EN LA AMÉRICA CONTEMPORANEA


 

Y tras la Independencia de América Latina la nación amerindia sufrió los mismos crímenes –o a veces incluso mayores- a manos de los criollos, esta vez justificando sus acciones en aras de la modernidad y de la reforma liberal. Regímenes liderados por criollos e incluso por mestizos como el de Justo Rufino Barrios en Guatemala, quien expandió la plantación de café expropiando no solo a la Iglesia sino también a las comunidades indígenas (Martínez Díaz, 1986: 25). Una ideología del orden y el progreso que encontraron su plasmación práctica en los regímenes populistas y autoritarios del siglo XX. La principal preocupación de estos gobiernos fue mantener el orden interno, frenar la deuda externa e intentar industrializar sus respectivos países. En la praxis ni modernizaron el país, ni frenaron la deuda, ni mitigaron los grandes contrastes sociales, ni muchísimo menos solucionaron el contencioso indígena. La mayor parte de los países se especializó en la exportación de minerales y fuentes de energía del subsuelo o de productos agrarios. Una especialización excesiva que ha creado una fuerte dependencia del exterior que les sigue pasando factura en la actualidad. Por tanto, una política desastrosa desde el punto de vista económico y social, pues el sacrificio de la América Indígena no ha servido para nada.

Pero lo más grave es que todavía en el siglo XXI los indígenas siguen padeciendo vejaciones, menosprecio, usurpación de tierras y asesinatos. Por tanto el problema de los indios se inició en 1492 y ha continuado hasta nuestros días. ¿Llegará algún día su redención? Visto lo visto no parece probable a corto plazo. No obstante, debemos confiar que algún día sus reivindicaciones y el triunfo de los Derechos Humanos en todo el mundo den sus frutos. En el último siglo se ha recuperado la población indígena de América Latina. Ya en 1940, tras un periodo de dos siglos ininterrumpidos de aumento de la población se alcanzó la cifra de indios que existía en 1492. Por ejemplo en México los indios han pasado de 2 millones en 1890 a 10 millones en el año 2010, mientras que en Perú han experimentado el mismo aumento que en México. Asimismo, existe un gran porcentaje de población mestiza que, ante la miserable vida que llevan en las grandes ciudades, cada vez más se sienten identificados con la cultura indígena. No en vano, según ha dicho Alfonso Caso, indio es todo aquel que se siente pertenecer a una comunidad indígena lo sea o no racialmente. Además, lógicamente indios puros no existen en América al menos si integramos dentro del concepto indio además de la raza la cultura y el idioma como defendió Manuel Gamio en su obra “Consideraciones sobre el problema indígena”.

Tradicionalmente los estados han intentado -sin éxito- su integración para lograr de esta forma su cristalización como tales. No debemos olvidar que todo estado es pluriétnico, es decir, es una superestructura que se impone sobre varias etnias. No en vano, según ha afirmado Samir Amin, un estado es más un imperio que una nación, pues, representa un colonialismo interno que hace depender a las etnias del estado representativo por una etnia dominante. No en vano desde la Independencia de las Colonias muchos países han entendido el problema indio como una cuestión de minorías nacionales. Por ello la política estatal ha estado orientada a su asimilación para lograr de esta forma la total homogeneización de la población y la integración nacional.

En la actualidad se da un auténtico conflicto entre las tesis indigenistas que pretenden la integración del indio en la sociedad blanca y el indianismo que empieza a identificarse, como escribió el profesor José Alcina Franch, con “un proyecto civilizatorio diferente del occidental”. Y no queremos concluir este artículo sin citar las palabras de Marcos Sandoval:

 

“A 500 años de una dolorosa relación, el mundo occidental tiene una deuda con los pueblos de nuestra América…: el reconocimiento y respeto a nuestra diversidad cultural, en lo jurídico, en lo educativo, en lo económico, en lo social y en lo político; en suma, a nuestra existencia”.

 

 

PARA SABER MÁS

 

COQUERY-VIDROVITCH, Catherine: “El postulado de la superioridad blanca y de la inferioridad negra” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, pp. 771-837.

 

GÓMEZ ISA, Felipe: “El derecho de los pueblos indígenas a la reparación por injusticias históricas”, en Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Hacia un mundo intercultural y sostenible. Madrid, Catarata, 2009, pp. 158-159.

 

 

MARTÍNEZ DÍAZ, Nelson: América Latina en el siglo XX. Barcelona, Editorial Orbis, 1986.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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