20160807133547-agustinas.jpg

        A lo largo de la Edad Moderna las fábricas de las iglesias y los cenobios dispusieron de importantes propiedades y rentas con las que construyeron los majestuosos edificios y catedrales que, en buena parte, todavía hoy podemos contemplar.

          En realidad, esas obras de arte se sufragaron directa o indirectamente de la devoción y de la fe del pueblo. Casi todas las personas que testaban dejaban una o varias mandas a la iglesia, a las cofradías, a un convento o a un hospital o a todos ellos. La muerte, omnipresente en siglos pasados, suponía una de las mayores fuentes de ingresos para la iglesia: por un lado, los templos eran los cementerios, y los pudientes pagaban importantes sumas por enterrarse en el presbiterio o en la capilla sacramental. Cuanto más cerca estuviese el enterramiento del Santísimo mayor era su coste económico, mientras que los inhumados a los pies de la iglesia pagaban sumas muy inferiores. Pero, por el otro, los creyentes, al final de sus vidas sentían la necesidad de descargar sus conciencias, dejando una parte de su fortuna en fundaciones, capellanías y obras pías.   Por todo ello, la Iglesia obtuvo unas importantes rentas con las que financió esos majestuosos templos que por fortuna nos han legado.

            En Carmona tenemos numerosos ejemplos de personajes de la élite que dejaron una buena parte de su fortuna a distintos fines religiosos. Entre ellas, doña Ana Salvadora Luisa de Ureña, esposa del regidor perpetuo don Antonio Tamariz y Armijo. Ésta, siguiendo las disposiciones testamentarias de su marido dejó 10.000 ducados para la fundación del convento de carmelitas descalzos de San José.

            Un caso muy similar es el de doña Beatriz de Vargas, esposa del medico Cristóbal Tocado, quien dejó las casas de su morada para la fundación del convento de Santa Catalina. Y por citar un último ejemplo, don Teodomiro Lasso de la Vega dejó 3.000 ducados para labrar la capilla mayor del convento de Carmen.

            Pues, bien, estas líneas queremos citar el caso de otra mujer, doña María de Monsalve, que dedicó gran parte de sus bienes en este caso al convento de las Agustinas Recoletas de Carmona.

          Es muy poco lo que sabemos de la biografía de esta mujer. Debía pertenecer al linaje de los Monsalve sevillanos cuyos orígenes se remontan a la época de la Reconquista de Sevilla. Al parecer, don Guillén de Monsalve, era de origen catalán, pues en el Repartimiento de Sevilla figuraba como uno de los “cien ballesteros catalanes”. Por lo demás, el nombre de María –al igual que el de Guillén- se repite con frecuencia en la genealogía de los Monsalve. De hecho conocemos otra María de Monsalve, que vivió en el siglo XV, hija de Luis de Monsalve y de María Barba que al parecer se crió en la Corte de Juan II, fue apadrinada por los reyes y se desposó con el también linajudo Pedro de Tous, teniente de alcaide del alcázar y de las atarazanas de Sevilla.

        En lo concerniente a nuestra María de Monsalve, sabemos que era esposa de un miembro de la élite carmonense, don Diego de la Milla. Este último pertenecía a una familia muy linajuda de la localidad, originaria de Galicia y residente en Carmona al menos desde el siglo XIV. Tras la muerte de éste se dedicó durante décadas a sufragar diversas obras religiosas en Carmona.

        Teníamos noticias de que, siendo ya viuda, compró un vestido, jubón y saya para la imagen de Nuestra señora del Escapulario, sita en el Carmen.

        Repasando en el archivo de las Agustinas Recoletas encontramos datos inéditos referentes al caudal legado por esta carmonense para favorecer a este cenobio. Según un apunte contable registrado por las religiosas en 1748 recibieron 1.000 reales de limosna de la citada benefactora. Sin embargo, unos años después para acometer las obras del retablo mayor volvieron a apelar a la caridad de sus benefactores. El dinero recaudado –en reales- y sus donantes fue el siguiente: doña María de Monsalve 22.600, doña Juana de Romera 300, Universidad de Beneficiados 300, Martín Barba 75, Marqués del Saltillo 20 y doña Juana de Tovar 20. Está claro que el retablo se pudo sufragar gracias a la donación testamentaria hecha por doña María de Monsalve. Su donativo sirvió para acabar sobradamente el retablo que se tasó con Miguel de Gálvez, maestro ensamblador, en 16.000 reales. Incluyendo una gratificación que se le dio al maestro, el costé quedó en unos 16.500 reales.

        Pero como la dádiva de María de Monsalve fue tan generosa las monjas no dudaron en contratar también el graderío de piedra de jaspe del presbiterio. Así, el 23 de abril de 1755 contrataron la hechura del retablo y tan solo dieciocho días después, es decir, el 11 de mayo del mismo año contrataron con el cantero antequerano José Guerrero la hechura de las gradas de piedra y del sotabanco donde se debía colocar el retablo.

        El coste de esta última obra, incluido su transporte y colocación superó escasamente los 2.000 reales por lo que todavía le siguió quedando a las monjas de la donación para el retablo 4.815 reales. Y las monjas continuaron invirtiendo en su templo, pues decidieron sobre la marcha mandar hacer “la loza del coro y puerta del presbiterio”.  Ocho reales más se gastaron en unas palmatorias que hizo el maestro José Bares y nueve pesos en dorar por dentro el sagrario.

        En definitiva, una donación que sirvió para que la monjas pudiesen sufragar las obras de la capilla mayor del convento de las Agustinas Recoletas. Por tanto, si hoy los carmonenses podemos disfrutar de esa magnifica obra de arte se debe a la generosidad y a la sensibilidad de esta carmonense cuyo nombre hemos rescatado del olvido en estas líneas. 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.