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        Ante todo, quiero dejar clara mi más profunda repulsa a los atentados ocurridos en París el pasado viernes trece de noviembre de 2015 y mis condolencias a todo el pueblo francés. Dicho esto, quisiera plantear algunas reflexiones sobre estos luctuosos acontecimientos.

        En primer lugar, el atentado me ha causado consternación pero no sorpresa. ¿Cómo se puede sorprender un historiador por una matanza de un centenar de personas? Todo historiador sabe que la barbarie ha sido inherente al ser humano, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la malicia era consustancial a la naturaleza humana como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso.

En el fondo este atentado es un eslabón más en el larguísimo reguero de cadáveres que nos dejado el choque de civilizaciones. Ya en el Neolítico los grupos sedentarios desplazaron a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. Los males del planeta Tierra comenzaron cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad que pretendía extender sus ideales a los demás pueblos no civilizados. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión. Si a ello unimos que todas las religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la Historia.

El sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia hasta pleno siglo XX. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia de la humanidad y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y en segundo lugar, nos consterna especialmente por su cercanía, porque ha ocurrido en el corazón de la vieja Europa, en nuestra pequeña caja de cristal donde se supone que estas cosas no pueden pasar. Estamos viendo morir a decenas de miles de personas en conflictos en el Tercer Mundo mientras que el Mediterráneo se está convirtiendo en un verdadero cementerio de inmigrantes. Eso se puede aceptar y hasta nos podemos acostumbrar. Ahora bien, si los caídos son del Primer Mundo causa una gran consternación básicamente por dos motivos:

Uno, porque no es equivalente el fallecimiento de ciento treinta inmigrantes en el océano o de doscientos sirios en un bombardeo a que perezcan ese mismo número de europeos. En el fondo todos tenemos asumidos que no todas las vidas valen lo mismo, aunque nadie lo confiese públicamente.

Y otro, porque las guerras en lugares más o menos lejanos del Tercer Mundo no se sienten como una amenaza y, en cambio, estos atentado en Europa o en Estados Unidos sí que se interiorizan como un verdadero peligro para nuestra seguridad. Desgraciadamente, el ser humano solo se moviliza cuando el peligro le acecha directamente.

        Está claro, que hay un problema ético de fondo, yo creo que de muy difícil solución. Y digo que es difícil porque la ambición y el poder, es decir, las semillas del mal, son inherentes al ser humano. Pese a mi pesimismo existencial, derivado de mi conocimiento de la historia, sueño con que algún día la humanidad conozca una revolución ética que nos permita llegar a una alianza de civilizaciones y a hacer de la fraternidad entre todos los pueblos del mundo nuestra bandera. Mientras tanto, solo nos queda lamentar la barbarie y resignarnos.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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