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        El mito del dorado, es decir, la existencia de tierras en donde abundaba el oro hasta el punto de que se podía pescar con redes, alimentó la conquista desde sus inicios. El dorado fue cambiando de sitio a medida que avanzaba la conquista. El primer dorado estuvo en La Española, auspiciado por los escritos fantasiosos de Cristóbal Colón, quien afirmó que el ansiado metal abundaba en la isla. Desde entonces la idea corrió como la pólvora y pese al fracaso de la factoría, en la primera década del siglo XVI seguían siendo muchos los que pensaban que en la isla el oro se podía pescar con redes, como denunciara el padre Las Casas. Luego el mito pasó a Tierra Firme cuya gobernación no en vano se conoció como Castilla del Oro. De ahí pasó al reino Chibcha, con centro en la laguna de Gatavitá, en el altiplano colombiano. Y finalmente pasó nada más y nada menos que al territorio de los mojos, en las llanuras pantanosas de la Bolivia Oriental. Ahora el cacique dorado era el Gran Mojo, mito que se mantuvo varias décadas por lo inaccesible del terreno. Pero cuando por fin las huestes alcanzaron dicho territorio pudieron comprobar que la enorme llanura fangosa era pobrísima e insalubre y apenas permitía una escasísima población en condiciones paupérrimas. Pero como la imaginación ambiciosa del ser humano no tiene límites el mito se mantuvo hasta el siglo XVIII, ubicándolo en zonas inaccesibles de la cuenca amazónica.

Lo cierto es que el mito áureo fue el artífice de que unos pocos miles de españoles recorrieran, reconocieran y en parte conquistaran varias decenas de miles de kilómetros cuadrados en unas pocas décadas. Una verdadera hazaña espoleada por el sueño del dorado y por el señuelo del oro.

Efectivamente, las huestes buscaban ansiosamente riquezas fáciles de transportar –de ahí que fundan el oro y la plata en lingotes- para regresar ricos a la tierra que los vio nacer. El trujillano Francisco Pizarro, de orígenes muy humildes y sin apenas formación, se comportó de forma mucho más espontánea y realista. Antes de partir para el Perú, estando en Panamá junto a Diego de Almagro y Hernando de Luque, oyeron misa, comulgaron y acordaron compartir en partes iguales el botín que arrebatasen a los infieles. Años más tarde, cuando fray Bernardino Minaya le pidió que, antes de su encuentro con Atahualpa, explicara a los nativos que la razón de su presencia era la evangelización el trujillano se negó, diciendo que él había venido de México a quitarles el oro. No menos claro se mostró al respecto Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

Que los que vienen buscan enriquecimiento y nadie navega tantas leguas por amor del alma, sino para sacar de necesidad y pobreza su persona lo más presto que ellos puedan.

 

E igual de sincero fue el cronista llerenense Pedro Cieza de León cuando escribió con rotundidad que el conseguir oro es la única pretensión de los que vinimos de España a estas tierras. Estaba claro que, aunque muy pocos lo reconocieran abiertamente, la inmensa mayoría solo estaba dispuesta a jugarse la vida bajo la fundada promesa de obtener un enjundioso botín. La dura y peligrosa travesía era capaz de transformar hasta al más piadoso. De hecho, el padre Las Casas se encargó de elegir a un grupo selecto de agricultores para asentarlos allá pero, apenas se descuidó, dejaron sus oficios y se dedicaron a un negocio mucho más lucrativo, es decir, el de robar y saquear las posesiones de los pobres aborígenes. Y es que todo el mundo en Europa identificaba las Indias con el oro; en las primeras décadas a casi nadie se le pasó por la cabeza jugarse la vida en el Mar Tenebroso con el simple objetivo de cultivar los campos. Pese a las fertilísimas tierras que había no es de extrañar, como refería John Elliot, que todavía en la tercera década del siglo XVI se afirmara que las Indias no daban pan ni vino, sino solamente oro y en grandes cantidades. Gonzalo Fernández de Oviedo se preocupó en preguntar a un miembro de la hueste de Hernando de Soto por qué siempre avanzaban, sin detenerse a poblar en ningún territorio. La respuesta de su entrevistado no pudo ser más clara: su intento era de hallar alguna tierra tan rica que hartase su codicia. Un afán de riquezas que incluso hizo volar su imaginación: la leyenda de Jauja, el Dorado, las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o las versiones legendarias del Cerro Rico de Potosí. El Dorado fue ubicado entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Estos mitos, más que el servicio a Dios, fueron los que realmente mantuvieron en alto las espadas y en algunos casos perduraron hasta el siglo XVIII. Conquistadores como Jiménez de Quesada, Antonio Sedeño, Sebastián de Belalcázar, Nuño Beltrán de Guzmán, Francisco Vázquez de Coronado, Hernán Pérez, Lope de Aguirre o Nicolás Federmann quedaron deslumbrados por los mitos áureos. Pero esta doble moral, esta dicotomía entre lo que decían y lo que hacían, era perfectamente compatible con el ideal de la guerra santa que, como ya hemos repetido en varias ocasiones, nunca fue ajena al afán de botín. E incluso, si llegado el caso había que recurrir a matanzas indiscriminadas, el fin las justificaba. De hecho, como escribió Eric Hobsbawn, todas las guerras religiosas de la Historia se han caracterizado por su crueldad. Si en el noble fin de expandir la religión cristiana, había algún exceso, era un pecado venial que se solventaba pagando alguna bula.

Si para conseguir el ansiado botín era necesario convertirse en huaqueros o ladrones de lugares sagrados y tumbas nadie dudaba en hacerlo. Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos. En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que desenterraron a todos los muertos que se encontraron. Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; no contento con la presa encontrada, atormentó a los indios para que les mostrasen dónde estaba ubicado el camposanto. Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

 

PARA SABER MÁS

 

GUTIÉRREZ, Gustavo: “Dios o el oro de las Indias”. Lima, Instituto Bartolomé de Las Casas, 1990.

 

LIVI-BACCI, Massimo: “El Dorado en el Pantano. Oro, esclavos y almas entre los Andes y la Amazonía”. Madrid, Marcial Pons, 2012

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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