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       A 500 años de una dolorosa relación, el mundo occidental tiene una deuda con los pueblos de nuestra América…: el reconocimiento y respeto a nuestra diversidad cultural, en lo jurídico, en lo educativo, en lo económico, en lo social y en lo político; en suma, a nuestra existencia” (Marcos Sandoval).

 

La vida y la muerte son omnipresentes en el universo, lo mismo que el principio y el fin. Sin embargo, las especies animales minimizan las lesiones y las muertes entre miembros de su propia especie por dos motivos: primero, por una cuestión de mera supervivencia de su especie. Y segundo, porque la agresividad entre dos individuos tienen grandes probabilidades de salir lesionados por lo que ambos tienen interés en eludir el combate, aceptando el mando de uno sobre los demás. Parece obvio que a los animales les sobran las razones evolutivas para minimizar los episodios agresivos entre miembros de su misma especie. No ocurre así con el ser humano que ha protagonizado a lo largo de la Historia un sinnúmero de genocidios en los que han perdido la vida cientos de millones de congéneres. De uno de esos genocidios, el de los indios americanos nos ocuparemos en este presente estudio.

Nadie duda ya que los grandes mártires de todo el proceso de expansión de la civilización occidental en América fueron los amerindios. El objetivo inicial no era su exterminio, pues se pretendía incorporar a aquellos indios útiles al trabajo productivo. Pero, la inadaptación al trabajo sistemático de una parte de los grupos indígenas, las epidemias y el desprecio con el que fueron tratados por parte del hombre blanco, provocaron la desaparición de su mundo en pocas décadas. A mediados del siglo XVI, poco más de cincuenta años de la primera arribada, su mundo había quedado traumatizado para siempre.

En toda expansión imperial hay un componente racista que se hizo más patente a partir del siglo XV cuando comenzó a sistematizarse la trata de africanos con destino a los mercados esclavistas europeos. En América latina, los colonizadores europeos implantaron una sociedad basada en el racismo. Los documentos no pueden ser más claros cuando decían: en una sociedad dominada por los blancos tienen más privilegios quienes tienen menos porción de sangre negra o india. Siglos después, el alemán Alexander von Humboldt, que recorrió América del Sur, escribió en este sentido lo siguiente:

 

En España, por decirlo así, es un título de nobleza no descender de judíos ni de moros. En América, la piel más o menos blanca decide la posición que ocupa el hombre en la sociedad”.

 

Los testimonios, pues, muestran a una sociedad en la que existía una intolerancia casticista pero también un componente racista, donde el fenotipo determinaba la ubicación de cada grupo dentro de la sociedad.

         Durante siglos, los pueblos amerindios sufrieron los atropellos de la Conquista y la colonización, todo ello justificado en pos de la expansión de la civilización. Y tras la Independencia de América latina, padecieron los mismos crímenes a manos de los criollos, esta vez justificando sus acciones en aras de la modernidad y de la reforma liberal. Regímenes liderados por criollos e incluso por mestizos como el de Justo Rufino Barrios en Guatemala, quien expandió la plantación de café expropiando no solo a la Iglesia sino también a las comunidades indígenas. Una ideología del orden y el progreso que encontraron su plasmación práctica en los regímenes populistas y autoritarios del siglo XX tampoco cambiaron esencialmente el sino de la nación india. En el siglo XX la principal preocupación de los gobiernos fue mantener el orden interno, frenar la deuda externa e intentar industrializar sus respectivos países. En la praxis ni modernizaron el país, ni frenaron la deuda, ni mitigaron los grandes contrastes sociales, ni muchísimo menos solucionaron el contencioso indígena. La mayor parte de los países se especializó en la exportación de minerales y fuentes de energía del subsuelo o de productos agrarios. Una especialización excesiva que ha creado una fuerte dependencia del exterior que les ha pasado y sigue pasando factura. Por tanto, una política desastrosa desde el punto de vista social y económico.

Pero lo más grave es que todavía en el siglo XXI siguen padeciendo vejaciones, menosprecio, usurpación de tierras y asesinatos. Por tanto el problema de los indios se inició en 1492 y ha continuado hasta nuestros días. ¿Llegará algún día su redención?, nada parece indicar que esto ocurra a juzgar por el pasado y por el presente. No obstante, debemos confiar que algún día sus reivindicaciones y el triunfo de los Derechos Humanos en todo el mundo den sus frutos.

         En las últimas décadas del siglo XX y en lo que llevamos del siglo XXI han visto la luz un sinnúmero de trabajo sobre la situación presente de los pueblos indígenas. Casi todos ellos realizados por antropólogos, etnólogos, indigenistas y juristas. Sin embargo, también los historiadores tienen mucho que decir en este proceso. No olvidemos que la Historia ha sido la disciplina secularmente utilizada por el poder para justificar y hasta legitimar la dominación. Una constante ha sido justificar el colonialismo, el imperialismo y la esclavitud en nombre de la civilización o del progreso. Es por tanto fundamental para la consolidación de los derechos indígenas el contar con historiadores que apoyen desde esta disciplina su causa. Con este trabajo pretendemos aportar nuestro granito de arena, como historiador.

El indio en Estados Unidos y Canadá ha tenido hasta la fecha un mayor protagonismo que en Iberoamérica, en primer lugar, por su presencia fílmica continua, y, en segundo lugar, por el eco que han tenido sus reivindicaciones internacionales. Famosas son las demandas por ejemplo de los indios Inuit del Canadá que lograron que las Naciones Unidas le otorgaran la categoría de ONG de ese mismo organismo.

Sin embargo no cabe duda que el problema indio es mucho más importante en Iberoamérica debido a su mayor número y a su menor integración dentro de la sociedad dominante. En Estados Unidos y Canadá se estima que la población india ronda los 2.600.000 indios, dos tercios de los cuales están integrados socialmente, mientras que el tercio restante vive en reservas. En Iberoamérica lógicamente el problema es de proporciones infinitamente mayores. Para empezar se calcula que existen en Iberoamérica entre 30 y 40 millones, aunque no existe un censo oficial lo que demuestra por otro lado el escaso interés de muchos países por la cuestión indígena. Además el problema se concentra especialmente en unos pocos países del área Mesoamericana y andina, especialmente: México, Guatemala, Perú, Bolivia y Ecuador.

         Así, por ejemplo, en México existen al menos cincuenta y seis grupos indígenas, con una población que supera el diez por ciento del total de México. Igualmente hemos de tener en cuenta que el índice de crecimiento de esta población es bastante superior al del resto de la población nacional. En algunos países andinos la población indígena es mucho más importante pues sus porcentajes oscilan entre el 30 y el 60 por ciento de la población total. El problema en la actualidad está cobrando una importancia especial por varios hechos:

En primer lugar por el acelerado crecimiento de la población indígena. Ya en 1940, tras un periodo de dos siglos ininterrumpidos de aumento de la población se alcanzó la cifra de indios que existía en 1492. Por ejemplo en México los indios han pasado de dos millones en 1890 a ocho millones en 1990, mientras que en Perú han experimentado el mismo aumento que en México aunque tan sólo en el periodo comprendido entre 1940 y 1990.

Y en segundo lugar hay que unir el hecho de la numerosa población mestiza que ,ante la miserable vida que llevan en las grandes ciudades, cada vez más se sienten identificados con la cultura indígena. No en vano según ha dicho Alfonso Caso, indio es todo aquel que se siente pertenecer a una comunidad indígena lo sea o no racialmente. Además, lógicamente indios puros no existen en América al menos si integramos dentro del concepto indio además de la raza la cultura y el idioma como defendió Manuel Gamio en su obra "Consideraciones sobre el problema indígena".

Tradicionalmente los estados han intentado -sin éxito- su integración para lograr de esta forma su cristalización como tales. No debemos olvidar que todo estado es pluriétnico, es decir, es una superestructura que se impone sobre varias étnias. No en vano, según ha afirmado Samir Amin, un estado es más un imperio que una nación, pues, representa un colonialismo interno que hace depender a las étnias del estado representativo por una etnia dominante. No en vano desde la Independencia de las Colonias muchos países han entendido el problema indígena como una cuestión de minorías nacionales. Por ello la política estatal ha estado orientada a su asimilación para lograr de esta forma la total homogeneización de la población y la integración nacional.

En la actualidad se da un auténtico conflicto entre las tesis indigenistas que pretenden la integración del indio en la sociedad blanca y el indianismo que empieza a identificarse, como ha afirmado Alcina Franch, con "un proyecto civilizatorio diferente del occidental". Además el problema indio justifica incluso bandas terroristas como Sendero Luminoso en el Perú que en realidad no es un movimiento indigenista ya que aunque lo sean racialmente muchos de sus miembros no aceptan una cultura india que consideran inferior.

 

PARA SABER MÁS

 

COQUERY-VIDROVITCH, Catherine: “El postulado de la superioridad blanca y de la inferioridad negra” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, pp. 771-837.

 

GÓMEZ ISA, Felipe: “El derecho de los pueblos indígenas a la reparación por injusticias históricas”, en Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Hacia un mundo intercultural y sostenible. Madrid, Catarata, 2009.

 

HINDE, Robert A.: Bases biológicas de la conducta humana. México, Siglo XXI, 1977.

 

MARTÍNEZ DÍAZ, Nelson: América Latina en el siglo XX. Barcelona, Editorial Orbis, 1986.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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