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Aunque parezca increíble ya en el siglo XVI, el mundo se encontraba en un avanzado estado de globalización. Miles de personas emigraban de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, al tiempo que numerosos indígenas americanos llegaban a territorio europeo. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

En este mundo globalizado la propaganda jugaba ya un papel esencial, similar al que pueden representar hoy en día las redes sociales. Sobre este aspecto quiero llamar la atención, centrándome en el caso llamativo del metellinense Hernán Cortés. Éste fue un personaje hábil y calculador que se encargó personalmente de crear toda una literatura en torno a su persona, utilizando su oratoria, sus dotes de escritor y rodeándose de biógrafos oficiales de la talla de Francisco López de Gómara o de Francisco Cervantes de Salazar. Forjó su propia leyenda y, como buen político, tuvo una capacidad excepcional para tergiversar los hechos a su antojo, para presentar como éxitos sus propios fracasos, y para culpar a otros de sus males. Sus propias Cartas de Relación pasan por ser el primer gran best seller de la historia, los ejemplares se vendieron por miles y se tradujo en pocos años a cinco idiomas. Ahí comenzó la leyenda de Cortés que en parte continúa en pleno siglo XXI.

El resultado fue la perpetuación hasta mediados del siglo XX de dos leyendas infundadas en torno a su principal rival, Francisco Pizarro: una, la del porquero bastardo, analfabeto y cruel despreciado por todos y otra, la idea de que fue un vulgar imitador de las estrategias cortesianas.

Empezando por la leyenda porcina diremos que fue creada y divulgada por Francisco López de Gómara, quien no dudó en atacar y ridiculizar a todo aquel que pudiera hacerle sombra a su héroe. Según su testimonio, no sólo se pasó su infancia y juventud rodeado de piaras a las que cuidaba sino que en el momento de su nacimiento fue amamantado por una cerda. Aquello guardaba parentescos con el origen legendario de Rómulo y Remo pero obviamente no eran exactamente equivalentes la leyenda lupina y la porcina. La primera trataba de ensalzar a sus protagonistas y la segunda justo de lo contrario. Pero lo peor de todo es que esta leyenda se ha perpetuado hasta el mismísimo siglo XXI.

La segunda leyenda perpetuada por el mismísimo Hernán Cortés, decía que el trujillano fue un mero imitador de las estrategias de su sobrino. Efectivamente, la literatura se ha encargado de vincular la conquista del Perú con la de México y de convertir a aquella en deudora de ésta. Desde el mismo siglo XVI se generalizó la idea de que el trujillano lo tuvo presente en todo momento, entre otras cosas por la mayor antigüedad de la obra cortesiana que, desde mediados de los años veinte del siglo XVI, todo el mundo conocía. Y se aducía que el trujillano admiraba tanto al Gran Capitán como a su pariente Hernán Cortés, pues además de usar zapatos y sobreros blancos como el primero, en ocasiones especiales, como en su entrada en Cusco tras la ejecución de Almagro, le gustaba ponerse un ropaje de martas que le había regalado el segundo.

En las siguientes páginas trataré de demostrar que esta supuesta deuda no es más que otro apartado de la leyenda cortesiana. Una leyenda que se encargó de situar en un primer plano a Hernán Cortés y la conquista de México y a la sombra de éste, en un velado segundo plano, a Francisco Pizarro y la conquista del Perú. Pero desmontemos el mito paso a paso.

Hay quien dice que coincidieron en España, según unos en La Rábida, mientras que otros afirman que en Toledo o en Sevilla. Las fechas no coinciden ni para La Rábida ni para Toledo ni tan siquiera para Sevilla, en los primeros meses de 1530 cuando ambos gestionaban su reembarcarse, uno para Nueva España y el otro para Nueva Castilla. Por tanto, todo parece indicar que no coincidieron personalmente lo que no es óbice para que después de la caída de Tenochtitlán todos soñaran con encontrar un gran imperio y emular las hazañas del metellinense. Y el trujillano era el primero que no quería ser menos, soñando con encontrar un monarca lo suficientemente poderoso para conquistar la gloria. Pudo haber marchado mucho antes a España a pedir una gobernación en cualquier lugar de Tierra Firme, pero no quería ser como Pedrarias Dávila, Cristóbal de Olid o Diego Velázquez sino como Hernán Cortés. Por ello, en cuanto tuvo la certeza de la existencia del riquísimo y poderoso estado supo que había llegado su oportunidad, marchando con toda presteza a la Corte, con el objetivo de obtener una capitulación.

Es cierto que en el proceso de conquista se observan paralelismos que han llevado a pensar a la historiografía que el trujillano se inspiró continuamente en las estrategias de su sobrino. Sin embargo, como ha recordado Matthew Restall, existía una forma de hacer la guerra indiana que comenzó en La Española en 1493 y que se basaba en tres premisas: primero, en el uso de la caballería, arma contra la que sus oponentes tenían pocos recursos defensivos. Segundo, la guerra psicológica, impresionando a las tropas indígenas con prácticas aterrorizantes. Y tercero, la captura del jefe local para conseguir el sometimiento del resto de la población. Estas estrategias se usaron ya en 1493 con la captura de Caonabo que fue apresado, torturado y ejecutado para someter a su cacicazgo. Esta misma estrategia fue usada por los españoles de forma reiterada hasta el final de la conquista.

Así por ejemplo se ha dicho que los sucesos de la isla del Gallo, en plena segunda empresa del Levante, estuvieron inspirados en el casi legendario desguace de los barcos en Veracruz. Sin embargo, es obvio que ambos hechos ocurrieron en circunstancias muy diferentes y cualquier paralelismo es mera coincidencia. De vuelta en el Perú, en su tercera y definitiva expedición, lo primero que hizo fue fundar la ciudad de San Miguel, en la retaguardia, para dejar a los enfermos. Y nuevamente se dice que emuló a su pariente pues San Miguel fue algo así como el Veracruz peruano, pues el motivo de ser de sus respetivas fundaciones fue el mismo. Sin embargo, nuevamente hay que decir que la fundación de un campamento o núcleo poblacional en la retaguardia era una estrategia ampliamente usada en la guerra desde la antigüedad.

Los tratos con Atahualpa y el intento de apresarlo sin disparar ni un solo tiro, también se han vinculado con los hechos de Nueva España, como destacara ya en siglo XIX William Prescott y en la centuria siguiente otros muchos historiadores. Incluso, Guillermo Lohmann Villena le parece indubitable que en la captura de Atahualpa, Pizarro tuvo presente la forma en la que Cortés aprisionó a Moctezuma. Y ello a pesar de las diferencias, pues mientras el inca ofreció resistencia a su captura el mexica prácticamente se entregó. Sin embargo, ya hemos dicho que esta estrategia de captura del jefe local la había usado el propio trujillano en sus correrías por el istmo de Panamá.

        Otra idea mil veces repetida y no por ello cierta, es la que afirma que su afán por conseguir adhesiones dentro de los indígenas fue inspirado igualmente por el proceso de conquista de Nueva España. Y obviamente tenía antecedentes cortesianos, como no podía ser de otra forma, porque sucedió una década antes. Así, el trujillano se encargó de establecer alianzas con pueblos indígenas que habían sido sometidos tan solo unas décadas antes por los incas y que añoraban su antigua libertad. Es conocida la alianza con Martín Cajacimcim, curaca del valle de Moche, en el corazón del antiguo reino Chimú. Este reino había sido sometido entre los años 1460 y 1470 y vieron en la llegada de los extranjeros una oportunidad para recuperar una parte del poder perdido. El trujillano estableció con ellos lazos fraternales que le ayudaron en la conquista y a los que, a cambio, concedió cierta autonomía y algunos privilegios. Así, pues, tanto la conquista de México como la del incario fueron en buena parte una guerra entre indios, aunque eso sí, premeditada, dirigida y planeada por los hispanos.

        Pizarro fue un experimentado guerrero, un hombre de armas que se había curtido a sí mismo. Cuando Francisco Pizarro inicia su campaña conquistadora tenía una gran baza a su favor: conocía específicamente la forma de guerrear de los nativos. Era lo que entonces se llamaba un baquiano, es decir, un veterano en la guerra indiana, aclimatado a la tierra, frente al chapetón que era el recién llegado. Hay que descartar rotundamente la idea de que fue un simple imitador de las tácticas de su sobrino. En realidad, su capacidad estratégica en la guerra indiana era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que empiezan quizás en Italia y se continúan en el Caribe, Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias no pudo ser más letal para los desdichados quechuas. El propio Francisco Pizarro confesó al padre fray Vicente de Valverde que, por su experiencia de dos décadas de lucha con los nativos, sabía que la clave de la victoria era prender al señor principal. Bastaba con identificar al líder, que solía estar en un lugar muy visible, acometerlo y prenderlo para que su ejército se sintiese derrotado. Fernández de Oviedo le preguntó a un hidalgo de la hueste de Hernando de Soto que por qué prendían siempre a los curacas a lo que respondió que lo hacían para que sus súbditos se quedasen quietos y no estorbasen sus robos.

Con posterioridad a la conquista, mantuvo algún contacto muy esporádico. Precisamente, envió una misiva a su sobrino pidiéndole su ayuda, con motivo de la rebelión de Manco Cápac que a punto estuvo de recuperar el Tahuantinsuyu.

Pero lo más sorprendente es que en pleno siglo XX, escritores como Carlos Pereyra, han continuado ensalzando tanto al de Medellín como ridiculizando y difamando hasta extremos insospechados al trujillano. Defiende que Francisco Pizarro nunca pasó de ser un vulgar imitador del talento cortesiano, pues en toda la conquista del Perú no hubo ningún episodio comparable al de la Noche Triste o a los del sitio de la Gran Tenochtitlán. Caso aparte, es el de Antonio S. de Larragoiti que en su biografía de Núñez de Balboa, responsabiliza de su muerte a Francisco Pizarro a quien califica de traidor, usurpador, granuja, asesino y mentiroso. Para él, su asesinato en Acla fue fruto de la conjura del trujillano, quien le usurpó el mérito del descubrimiento del Perú. Pero digo que es un caso aparte, porque equivocó la diana, pues el responsable directo y único fue el segoviano Pedrarias Dávila, sin que aquél tuviese la más mínima capacidad decisoria. Además, hablar de usurpación del descubrimiento del Tahuantinsuyu parece anacrónico, pues cuando el jerezano fue ajusticiado en Acla todavía faltaba más de una década para que ese hecho se produjese.

Incluso biógrafos más o menos asépticos, como Rosa Arciniegas, persuadida por los biógrafos cortesianos, se refirió a él como un miserable trujillano, sin la genialidad militar o política de Hernán Cortés. Toda esta prensa antipizarrista pone de manifiesto una vez más el poder de manipulación que ya por aquel entonces tenía la imprenta. Tanto Cortés como Pizarro ganaron un imperio, pero el primero ganó también la batalla de la retorica, cuyas consecuencias todavía se aprecian en pleno siglo XXI.

 

PARA SABER MÁS

 

GRUZINSKI, Serge: “Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización”. México, Fondo de Cultura Económica, 2010

 

LARRAGOITI, Antonio S.: “Vasco Núñez de Balboa”. Madrid, Talleres Gráficos Victoria, 1958.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010.

 

------ “Francisco Pizarro: una biografía para el siglo XXI”. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

PEREYRA, Carlos: “Francisco Pizarro y el tesoro de Atahualpa”. Madrid, Editorial América, s.a. (h. 1915).

 

 RESTALL, Matthew: “Los siete mitos de la conquista española”. Barcelona, Paidós, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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