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El último bastión de resistencia incaica se concentró en la zona de Vilcabamba, situada en el Antisuyu, concretamente en los andes orientales, junto al barranco de Urubamba. No era exactamente un núcleo urbano sino un conjunto de construcciones más o menos dispersas unas de otras, cuyo centro principal era Vitcos. La elección no fue casual, primero porque era un lugar sagrado de los Incas y, segundo, porque estaba en una zona bastante inaccesible para los europeos. Se trataba de un territorio muy diferente al andino, de clima tropical, se adaptaron sin demasiada dificultad, reimplantando su microcosmos y su antigua forma de vida. No faltó una soterrada resistencia, bajo la forma de mitos milenaristas que proponían la vuelta a un pasado que ahora sí, se recordaba como idílico. La zona estaba escasamente incaizada pero las tribus del entorno, los pilcosuni, manari y optari, mantuvieron la sumisión que tenían desde la era prehispánica.

La situación ya no era ofensiva sino meramente defensiva, un último intento por salvar su mundo. De vez en cuando los rebeldes organizaban pequeñas razias no solo contra los hispanos sino también contra los indios de paz. El propio Hernando Pizarro escribía, en 1541, que los alzados quedaron cansados y amedrentados y que el Inca, aunque no se había reducido al servicio real, tenía poca gente, aunque los curacas de la tierra lo ayudaban secretamente. Sea como fuere, lo cierto es que allí mantuvo vivo el espíritu y la religión incaica, exhortando continuamente a los suyos a que renegasen del cristianismo. La pervivencia del incario se prolongó de esta forma hasta la captura del último inca, Túpac Amaru en 1572 y su posterior decapitación por orden del virrey Toledo. A partir de este año desapareció virtualmente, aunque la resistencia continuase a través de otros cauces, como el sincretismo religioso.

Manco Cápac estuvo al frente de los alzados hasta finales de 1544 o principios de 1545, en que fue traicionado por un grupo de siete españoles que se hicieron pasar por amigos y lo hirieron gravemente por la espalda, sin darle tiempo a reaccionar. Al parecer, el autor material de los hechos fue Diego Méndez de Sotomayor, lo que provocó la ira de los naturales. Fueron perseguidos por los naturales, quienes les dieron alcance y los asesinaron. Poco antes de morir, con poco más de 30 años de edad, tuvo tiempo de encomendar a sus hijos que prosiguiesen la guerra y que jamás se fiasen de los hispanos.

Su sucesor, Sayri Túpac, hijo de Manco, tenía diez años cuando murió su progenitor, por lo que gobernó provisionalmente un tío suyo. Alcanzada la mayoría de edad, reinó en Vilcabamba, firmando un pacto con los españoles para convivir en paz, favorecido por la imposibilidad de estos de lanzar un ataque definitivo contra el último reducto inca. Fue un período de hispanización, pues fueron incorporando algunos avances técnicos de los europeos, como armas de acero, utensilios de labranza y ganado europeo. En los años finales de su vida, invitado por los españoles, abandonó Vitcos, la capital de Vilcabamba, para irse a vivir a un vasto señorío que le fue concedido en Yucay. Pero los vilcabambinos interpretaron que se trataba de una renuncia al trono por lo que la mascapaicha pasó a su hermano Titu Cusi Yupanqui. El hispanizado Sayri Túpac murió repentinamente en 1561, se sospecha que envenenado por el cañarí Francisco Chilche, curaca de Yucay y enemigo confeso de los incas.

Tito Cusi Yupanqui, hijo ilegítimo de Manco Cápac, fue designado como Inca por la minoría de edad del vástago legítimo, Túpac Amaru, porque éste era menor de edad. Como ya hemos comentado, a diferencia de las dinastías europeas, los incas daban poca importancia a la legitimidad y a la primogenitura y en cambio valoraban mucho más la capacidad. Tito Cusi fue elegido porque dada la minoría de edad de Túpac Amaru, era el más capaz y no por el hecho de ser el primogénito.

El nuevo Inca, reactivó la lucha, realizando incursiones hasta las encomiendas de los ríos Urubamba y Apurímac. La situación alarmó al virrey conde de Nieva, quien volvió a entablar conversaciones con el Inca para buscar una salida diplomática. Sin embargo, nunca aceptó, por lo que tras la muerte del virrey en 1564 su sucesor, el licenciado Lope García de Castro, comenzó una ofensiva militar, al tiempo que reiteraba su oferta de paz. Consciente el Inca de que era imposible frenar al ejército virreinal decidió llegar a un acuerdo. Finalmente, el 14 de octubre de 1566 se alcanzó un acuerdo en Acobamba, por el que el Inca reconocía la superioridad del virrey, a cambio de la coexistencia pacífica de Vilcabamba y de la apertura de sus fronteras a la entrada de misioneros. Este acuerdo fue en realidad la perdición para la soñada ciudad de Vilcabamba. La entrada de los misiones, llegados en 1568, terminaron por desenmascarar el mito de aquel bastión teóricamente inexpugnable. Los religiosos informaron que en realidad era un pequeño poblacho sin más defensas que unos pocos hombres y su aislamiento geográfico, es decir, una cordillera nevada y dos ríos caudalosos, el Urubamba y el Apurímac. Desde ese mismo momento, su caída era cuestión de tiempo. En 1570 un minero, llamado Romero, encontró una mina de oro en Vilcabamba y, cuando se supo que había encontrado una mina de oro, fue decapitado inmediatamente por orden del Inca. Según el agustino Antonio de la Calancha, lo hizo por temor a que la noticia despertase la codicia de los hispanos e invadiesen Vilcabamba. Fue el único español asesinado por orden directa del Inca, pero estaba acertado en su percepción, si se difundía que en Vilcabamba había oro, todo estaría perdido.

En junio de 1571 falleció el Inca de muerte natural, sucediéndole un hermano de padre, Túpac Amaru, quien se vio obligado a proseguir la guerra, por las presiones continuas de los hispanos. La llegada del nuevo virrey Francisco de Toledo a finales de 1569 había cambiado sustancialmente las cosas, sobre todo porque éste estaba decidido a acabar con el último reducto inca, por muy pacífico que fuese. La ruptura diplomática fue inevitable, abocando al conflicto a una solución militar. Obviamente, el enfrentamiento entre el virrey Francisco de Toledo y el Inca Túpac Amaru era tremendamente desigual y lo racional era que Goliat acabase con David como de hecho ocurrió. Pero, el enfrentamiento no lo provocó el nuevo Inca, pues cuando éste accedió a la mascapaicha ya el virrey Toledo había recibido instrucciones muy precisas para acabar definitivamente con el reino de Vilcabamba. Siguiendo dichas instrucciones el eficiente virrey envió un gran ejército a las órdenes del capitán Martín Hurtado de Arbieto que se dirigió a la selva en busca de la capital incaica. Sus ejércitos no era gran cosa, poco más de medio millar de hombres, incluyendo a 250 españoles y 273 indígenas, pero más que suficientes para acabar con el pequeño reducto incaico.

Túpac Amaru ordenó la guerra sin cuartel a todos sus hombres, realizando una defensa tan heroica como suicida de su territorio. Para evitar la huida, los hispanos plantearon un ataque simultáneo por tres sitios diferentes: Luis de Toledo Pimentel atacaría desde el puente de Osambre, el capitán Gaspar de Sotelo por el puente de Lacco y el grueso de las tropas, al mando del propio Hurtado de Arbieto por el puente principal de Chuquichaca.

Pero evidentemente, la contienda estaba perdida de antemano, porque en Vilcabamba no existía nada parecido a un ejército. Varios centenares de nativos, dirigidos por el Inca y por sus capitanes Aucaylli y Quispe Yupanqui, que ni siquiera se molestaron en destruir los puentes, a sabiendas de que la acometida era imparable. Inicialmente, las tropas hispanas al mando de Martín García de Loyola fueron rechazadas en una escaramuza de Cayaochaca. Sin embargo, los hispanos no tardaron en reorganizarse y contratacar, pasando sin oposición por el desfiladero de Chuquisaca, el único sitio donde todavía era posible frenar a los españoles. Vilcabamba estaba perdida desde ese mismo instante. El 24 de junio de 1572, lo que quedaba de la ciudad fue ocupado, porque poco antes, el Inca había incendiado los palacios y los depósitos de alimentos. En un desesperado intento por salvar su vida, se internó en la selva con un grupo de leales, en territorio de los manaríes, quienes colaboraron con los hispanos, indicándoles por dónde habían huido. Una vez más, en el último aliento de la resistencia incaica, se volvió a demostrar la clave del fracaso: la división interna, pues nunca llegó a existir ni remotamente una conciencia de indianidad.

Perseguido por el capitán Martín García de Loyola, fue finalmente capturado, junto a varios de sus caudillos, su mujer y el más pequeño de sus hijos. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo del sol, fueron llevados a Cusco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Tras un juicio breve y sumarísimo, en el que se le acusó de atacar el Perú y de tolerar prácticas paganas, el 1 de octubre de 1572 fue ejecutado, en la plaza pública. Obviamente, el lugar elegido fue el más público posible, ante cientos de llorosos indios que lo seguían teniendo por su señor. Cuentan las crónicas, que el joven Inca, de tan sólo 28 años, nunca perdió su altivez y asumió con gran entereza su inminente ejecución. También fueron ejecutados sus principales capitanes, mientras que a una buena parte de su familia se le perdonó la vida a cambio de que abandonasen el Perú. Efectivamente, las autoridades virreinales estimaron que era necesario acabar con todos los descendientes del linaje Real incaico por lo que, el 4 de octubre de 1572 se insistió en la necesidad de que se sacase a todos ellos del Perú. Llegados a este punto debemos dar respuesta a una pregunta: ¿estos asesinatos de miembros de la realeza indígena respondieron realmente a una política sistemática y premeditada? Sin duda alguna, y Las Casas en este sentido no puede ser más claro, cuando afirmó que la intención de los españoles era que no quedase señor en toda la tierra. Era necesario hacer desaparecer a sus legítimos gobernantes para a continuación colocar en su lugar a un nuevo líder ya deudo y tributario de los españoles. Los regicidios de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y Túpac Amaru no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana.

El orden inca desaparecía definitivamente. Vilcabamba, el casi legendario reducto inca, se mantuvo unos años ocupado por una pequeña guarnición española pero después fue abandonado y la vegetación la ocultó hasta su descubrimiento en el siglo pasado. Pero sigue habiendo una cuestión pendiente: ¿con la caída de Vilcabamba acabó la resistencia incaica? No, ya en el siglo XVIII se van a suceder una serie de levantamientos indígenas como los de Túpac Amaru, primero, y la de Tomás Catari después que acabaron fracasando por la negativa de la oligarquía criolla a sumarse a una revolución que consideraban ajena. Ahora bien, aunque la resistencia continuó hasta el siglo XX y hasta el XXI parece obvio que han fracasado una y otra vez en su intento de recuperar el poder. Los vencedores y los vencidos no han variado desde la Conquista, de ahí que llevemos ya cinco siglos de dominio blanco en el Perú. Ocurrió lo que en la historia real siempre ocurre, que Goliat acabó con David.

 

PARA SABER MÁS:

 

LEE, Vicent R.: “Forgotten Vilcabamba”. Wyoming, Empire-Sixpac, 2000.

 

PARDO, Luis: “El imperio de Vilcabamba: el reinado de los cuatro últimos incas”. Cusco, Editorial Garcilaso, 1972.

 

REGALADO DE HURTADO, Liliana: “Religión y evangelización en Vilcabamba 1572-1602”. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992.

 

WACHTEL, Nathan: “Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570)”. Madrid, Alianza Universidad, 1976.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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gravatar.comAutor: Raul

Qué pena de Vilcabamba la Grande. ¿Por qué siempre ganará Goliat?

Fecha: 09/06/2015 09:56.


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