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        En teoría estos esclavos tuvieron el status de cosas, siendo vendidos en los mismos mercados y ferias donde con frecuencia se hacían las transacciones ganaderas. Algunas cartas de compraventa chocan especialmente por la naturalidad con que se hacían las transacciones. Así el 6 de mayo de 1540 se formalizó una carta de trueque en Baza (Granada) de un esclavo por un asno (Asenjo Sedano, 1997: 98).

        Obviamente a nadie le debe sorprender que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad, tratando a los esclavos como a animales o simplemente como a bienes materiales. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, en la práctica se les solía tratar bien, en unos casos por simple caridad cristiana, y en otros, por una cuestión de racionalidad económica, es decir por el deseo de no perder la inversión realizada.

        Ahora bien, si una esclava doméstica que vivía en contacto permanente con sus dueños era mala o se había deteriorado, la aherrojada tenía todas las de perder: su vida se podía convertir en un auténtico calvario.

La documentación notaria o sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que el aherrojado era enviado a las minas reales, fundamentalmente a las de Almadén. Tenían fama de ser tan mortíferas que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió, por ejemplo, en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: "por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro".

También pueden aparecer reflejadas en las cartas de compraventa alguna merma o enfermedad provocado por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella pero el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no iba a más. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

 

“Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer”.

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie como de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción. Podríamos preguntarnos, ¿Por qué no huían de sus dueños? Apenas si recurrían a ella porque al estar marcados en la mejilla o en la frente no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían empeorar aún más para el aherrojado. Era el alto precio de una sociedad fundamentada en la desigualdad entre las personas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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