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Ahora nos lamentamos con los horrores espeluznantes que cometen los integristas islámicos, estados terroristas que amenazan a todos y que sufren en primera persona los propios musulmanes. Sin embargo, hay que recordar que también el cristianismo tuvo una fase integrista que se parecía a la barbarie del integrismo islámico actual. Las cruzadas medievales fueron fruto de ese integrismo y también la última cruzada protagonizada por los conquistadores.

Estos siempre se jactaban de su profunda fe. Pero cabría preguntarse si realmente era sincera, o si estaba motivada por la presión de una sociedad confesional, que no admitía otra alternativa. Muchos historiadores desde Menéndez Pelayo a Joseph Höffner han destacado el sincero y convencido fervor religioso de la España del siglo XVI en general y de los conquistadores en particular. Yo comparto esta opinión y creo que sí fueron profundamente religiosos y en su mayor parte estuvieron convencidos de que el mismísimo Dios aprobaba sus actos y estaba con ellos. Por poner un ejemplo, es bien sabido que Pedro de Valdivia nunca se separaba de una talla pequeña de la Inmaculada. Con ella luchó en las guerras de Italia y Flandes, y tras cruzar el charco, también lo hizo en la Conquista del incario. Está claro que eran profundamente creyentes y, por extensión, tremendamente intransigentes. Su codicia era, al menos en teoría, pecaminosa a los ojos de Dios, y así queda reflejado en varios pasajes evangélicos. Por ejemplo, en el evangelio de Mateo se dice textualmente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6, 24). Pero eso sería en tiempos de Jesucristo porque desde la Edad Media, al menos en la praxis se toleraba. Ya en el siglo XIV escribió en este sentido el Arcipreste de Hita lo siguiente:

 

"Si tuvieres dinero tendrás consolación, alegría y placer y del Papa ración: comprarás Paraíso, ganarás salvación; donde hay mucho dinero hay mucha bendición".

 

La Iglesia de finales del medievo era tan intolerante en cuestiones de dogma como tolerante en asuntos materiales. Esto permitió a las huestes compatibilizar su firmeza dogmática con sus desbordadas ansias por obtener riquezas a cualquier precio. No olvidemos que tanto las cruzadas como las guerras de religión ligaron siempre lo terrenal y lo espiritual. Como ya hemos dicho, sin grandes promesas de compensaciones económicas ni había caballeros cruzados, ni guerra santa ni afán alguno por llevar el evangelio a tierras ignotas.

La Conquista estuvo plagada de violencia y de pillaje pero, en eso, no se diferenció en nada de las cruzadas medievales ni de la guerra santa. En definitiva, el concepto de guerra santa es absolutamente compatible con el de saqueo porque todas estas iniciativas tuvieron siempre un fuerte incentivo económico. Los conquistadores supieron trasladar la guerra santa de la Reconquista a la Conquista, llevando implícito en el propio concepto la posibilidad de enriquecimiento.

Hernán Cortés en su testamento, atormentado por los remordimientos, reconoció la posibilidad de haber cobrado más tributos de los debidos a sus encomendados y de tener esclavos de dudosa legalidad. Por ello dispuso a sus herederos que, si en algún momento se confirmaban esos abusos, fuesen inmediatamente reparados. No menos clara fue la muestra de fe dada por Francisco Pizarro en el último suspiro de su vida; herido de muerte, pidió infructuosamente un sacerdote, aunque al menos le dio tiempo a trazar una cruz con su propia sangre. Había asesinado a decenas de amerindios pero murió confiado porque creía firmemente que, de paso que se enriqueció, había servido a los designios de Dios, llevando la luz a los infieles. La mayoría –si no, todos- eran creyentes y practicantes, lo cual nunca había sido incompatible con la rapiña sobre aquéllos a los que –sin serlo- tildaban de infieles. De hecho, ya los grandes sabios de la Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, habían escrito que, igual que Israel emprendió la guerra contra los paganos, los cristianos podían emprender batallas por mandato divino para castigar a los infieles. En definitiva, la Iglesia podía asumir crueles matanzas siempre que éstas sirvieran para expandir el Cristianismo o para castigar los errores o las impiedades de los paganos. Esta idea fue recogida por muchos pensadores religiosos y seglares de la España mesiánica del siglo XVI. Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

Queda claro, pues, que la idea de la expansión misional y el lucro económico fueron juntas; lo temporal y lo espiritual de la mano como ha ocurrido a lo largo de buena parte de la Historia. Por eso, alguien pudo escribir con razón que el día que faltase el oro, ni habría muchedumbre de hombres civiles, ni de sacerdotes.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

RIDAO, José María: “La paz sin excusas. Sobre la legitimación de la violencia”. Barcelona, Tusquets Editores, 2004.

 

ROJAS, José María: “La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552”. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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