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E. G. Bourne, en 1906, comparó la actuación de Roma en Hispania con la realizada por los españoles en América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península. Un proceso que contó también con su particular Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

El término armadas de rescate es un eufemismo, pero no actual sino de la misma época del Descubrimiento. Y digo que se trataba de un eufemismo porque, aunque en teoría iban a rescatar, es decir, a intercambiar productos y esclavos con los nativos, la realidad era muy diferente. En la praxis, el intercambio era una mera excusa, pues era totalmente asimétrico; a cambio de metal precioso y esclavos ellos ofrecían cosas sin valor, cuentas de vidrio, agujas, espejos, etc. Al final no eran otra cosa que flotillas esclavistas, cuyos objetivos no eran otros que saquear y robar indiscriminadamente. Para ello no dudaban en protagonizar grandes matanzas, esclavizando posteriormente a los supervivientes. Por tanto, sus pretensiones se reducían a dos palabras: oro y esclavos. Esta circunstancia ya la denunciaron los propios cronistas de la época. Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo, denunció irónicamente que no iban a rescatar la tierra sino a asolarla. Se reproducían así, a varios miles de kilómetros de distancia, las viejas cabalgadas medievales, consumadas en los territorios de infieles peninsulares y africanos. Ideológicamente, los españoles justificaron el cautiverio porque era más humano que matar al vencido. Todo empezó por justificar la servidumbre de los caribes, tildados de antropófagos, aunque no lo eran más que los mexicas. Ellos encarnaron para los hispanos el modelo de la inmoralidad, de la maldad, del horror absoluto y de la degeneración. Sobre ellos se fundamentó la justificación de la Conquista, pues los valores europeos se presentaron como necesarios para regenerar el demoníaco mundo indígena.

En la temprana fecha de 1504, una expedición, comandada por Cristóbal Guerra y Juan de la Cosa, arribó a una pequeña isla, que los cronistas llamaron Codego, en la costa de Tierra Firme, y prendieron sin previa declaración de guerra a unos 600 nativos. Posteriormente, decidieron soltar a algunos niños pequeños y a algunos ancianos pero, como indicó Fernández de Oviedo, "no de misericordiosos, sino porque estaban flacos o viejos y no les parecer bien". Por desgracia para estos isleños no fue el último asalto. Unos años después, el Adelantado trianero Rodrigo de Bastidas volvió a hacer una cruenta entrada en el islote, prendiendo al cacique y a medio millar de indios, "sin distinguir sexo ni edad" y robándoles además entre 10.000 y 12.000 pesos de oro.

Desde 1511, lejos de poner freno a estas crueles cabalgadas, fueron legalizadas, extendiendo su área de acción a aquellas zonas de Tierra Firme que fueran expresamente señaladas por las autoridades. Esto supuso la apertura definitiva de Tierra Firme a las acciones esclavistas que culminó con la despoblación de extensas áreas costeras. Toda esta zona formó parte, durante estas primeras décadas del siglo XVI, del área comercial antillana. De hecho, fue a partir de entonces cuando las armadas experimentaron el mayor auge, abriéndose un periodo de enorme intensidad que se prolongó durante varias décadas.

La esclavitud de los indios de Tierra Firme se fundamentó en varias circunstancias: primero, en la antropofagia de los caribes que hizo que quedase abierta la posibilidad de cautivar a cualquier aborigen alegando esta naturaleza. Segundo, en la supuesta finalidad de las armadas que, en principio, estaban dirigidas tan solo a comerciar con los naturales. Se argumentaba que era un beneficio mutuo; mera palabrería porque, como bien demostró Mario Góngora, los supuestos trueques con los aborígenes iban seguidos de saqueos sistemáticos. Y tercero, en la excusa de que a la par que comerciaban evangelizaban. Tampoco esta explicación parecía de peso, pues, ya en 1518, los dominicos se quejaron que las armadas de rescate se dedicaban simple y llanamente a cautivar indios, no mirando lo que eran obligados. Así, en 1533, se dio licencia a Pero Sánchez de Valtierra, vecino de Nueva Sevilla (Jamaica), para que pudiese "armar e ir con sus carabelas y bergantines por la costa de Tierra Firme y a otras islas en la dichas islas comarcanas para que los indios de ellas admitan la predicación cristiana y se aparten de sus idolatrías y delitos nefandos". Evidentemente, ni la misma Corona se creía ya por aquellas fechas que el objetivo fuese la evangelización. El 22 de enero de 1518 el oidor de La Española Alonso de Zuazo escribía con una claridad meridiana:

 

"Que un gran perjuicio ha sido que los españoles, so color que iban a descubrir, hiciesen armadas a su costa en Tierra Firme e islas porque a toda costa querían resarcirse y cargar oro y esclavos y para venir a este fin no podían ser los medios sino bárbaros y sin piedad, y sin cometer grandísimas crueldades, abominables y crudas muertes, robos, asar a los hombres como a San Lorenzo y aperrearlos y escandalizar toda la tierra".

 

No menos claro fue Diego Velázquez de Cuéllar, teniente de gobernador de la isla de Cuba, quien en una carta al Emperador, fechada en 1519 le decía lo siguiente:

 

"Que en dar lugar como hasta aquí se ha dado a que algunas personas hagan armadas para ir a rescatar y descubrir por la Tierra Nueva que él ha descubierto se le hace muy notorio agravio como claramente parece porque su fin, de los tales españoles, no es pacificar, ni amansar los indios, ni traerlos a nuestra fe. Y antes a robarlos y alborotarlos porque desamparan sus haciendas como se ha visto por experiencia de dos navíos que con licencia de los padres Jerónimos fueron de la isla Española a rescatar por la costa de Tierra Firme que dejaron los indios tan desabridos y aterrorizados que han aborrecido el trato y conversación de los cristianos que por allí ahora pasan".

 

Por lo demás, resulta ocioso insistir en los abusos que se perpetraban en estas armadas en las que indiscriminadamente se atacaba y sometía a todos los nativos, ya fuesen mujeres, niños o ancianos. El padre Las Casas describió esas entradas en poblados de Tierra Firme en términos igualmente trágicos:


"La costumbre de los españoles en aquella Tierra Firme fue dar en los indios que estaban en sus casas durmiendo seguros, de aquella manera: pegaban fuego primero a las casas, que comúnmente en las tierras calientes eran de paja, y quemados o chamuscados los que tenían más profundo sueño y otros con las espadas desbarrigados y otros presos, huyendo los demás, atónitos hechos, volvían después los nuestros a escarbar la ceniza, muerto el fuego, y coger el oro que había en el pueblo".

 

Pero, como de costumbre, alguien podría pensar que se trata de exageraciones del combativo dominico. Pues, bien, disponemos de decenas de testimonios redactados en términos similares, tanto por laicos como por seglares. Por ejemplo, Girolamo Benzoni fue testigo presencial de la arribada del capitán Pedro de Cádiz a puerto, después de haber quemado y asaltado el poblado de Maracapana, en Tierra Firme. Sus palabras, transmiten todo el dramatismo del momento, como podemos observar en las líneas que reproducimos a continuación:


"Mientras estábamos en este lugar, llegó el capitán Pedro de Cádiz con más de cuatro mil esclavos; muchos más había capturado, pero tanto por carencia de provisiones, por fatiga y sufrimientos, como por el dolor de abandonar su patria, sus padres y sus hijos, habían muerto durante el viaje… Llevaba realmente a compasión el ver aquella multitud de pobres criaturas, desnudas, cansadas, impedidas; seres debilitados por el hambre, enfermos, desamparados. Las infelices madres con dos o tres hijos a la espalda o al cuello, llorando continuamente y muertas de dolor, y todos sujetos con cuerdas y cadenas por el cuello, los brazos y las manos".

 

Las armadas arribaban a las costas, descargando las bombardas en medio del pánico de los indios que "se escandalizan y espantan más de los dichos tiros de pólvora que de otra arma que vean y que muchas veces en las armadas que han ido ha acaecido que con solo un tiro que tiran, aunque no haya piedra, no más del sonido, se huyen todos los indios que en la tal provincia están..."


No menos desgarrador es el testimonio que nos dejó el clérigo Luis de Morales en 1543. Y conocía de buena tinta estas expediciones porque viajó en calidad de veedor en algunas de ellas, allá por los años treinta:


"Y llegaron a la dicha costa de Tierra Firme a Maracapana que es a sotavento de Cubagua quince o veinte leguas surgieron los navíos y echaron dos barcos luengos en la mar cada uno con cincuenta hombres y sus remos a saltear indios y a tomarlos y entraron por el río de Neberi y no hallaron indio ninguno, vinieron muy enojados y muy despechados porque los indios los habían sentido y huido. Fueron más adelante a un puerto que se llama Haguerote y tomaron dos indios que andaban pescando por unos manglares para sustentarse y metiéronlos en las carabelas y allí los amedrentaron con amenazas que les dijesen donde estaba su pueblo de donde ellos venían y los dichos indios se lo dijeron y luego los tomaron con la lengua y fueron casi doscientos hombres con ellos y a media noche dieron en dos pueblos y trajeron todos los indios que hallaron en ellos con todo lo demás que hallaron en sus casas de joyas, preseas y ovillos y hamacas y mantas y todo lo demás que tuvieron en sus casas y metiéronlos en las carabelas y fueron de la costa abajo y de noche salteaban indios estando pescando y los dichos indios les decían luego de donde venían y cuales eran sus pueblos y daban en ellos a media noche como en los demás y traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y niños que no podían venir dábanles de estocadas o despeñábanlos".

 

En medio del desconcierto eran prendidos con facilidad y embarcados en los navíos con destino a Cubagua o a las Antillas Mayores. También de estos hacinados e inhumanos traslados nos dejó una crudelísima descripción el italiano Girolamo Benzoni:

 

        "No pudiéndose mover en el fondo de aquellas sentinas, con sus vómitos y el producto de sus necesidades iban allí como animales entre sus heces. A menudo el mar se encalmaba, faltándoles el agua y otras cosas a aquellos infelices. Y así, agobiados por el calor, el mal olor, la sed y las incomodidades, allí abajo morían miserablemente".

 

Y como decían los dominicos al señor de Chiebres, eran tantos los cuerpos inertes que tiraban al agua "que pensamos que por el rastro de ellos que quedaba por la mar, pudiera venir otro navío hasta tal puerto". Concretamente citaron un caso en el que llegó una expedición a Puerto Plata con 800 indios, estuvieron dos días sin desembarcar, murieron tres cuartas partes, tirándolos al mar, de manera que las olas lo hacían llevar hasta la orilla como si fueran "maderos". Y una vez desembarcados, el panorama seguía siendo absolutamente desolador, como lo describió con todo detalle el padre Las Casas:

 

"Desembarcaban a los tristes desventurados, desnudos, en cueros, flacos, para expirar; echábanlos en aquella playa o ribera como unos corderos, los cuales, como venían hambrientos, buscaban los caracolillos o hierbas y otras cosas de comer, si por allí hallaban, y como la hacienda era de muchos, ninguno de ellos curaba para les dar de comer y abrigarlos hasta que se hicieran las partes, sino, de lo que traían en el navío, algún cazabe, que ni los hartaba ni sustentaba".

 

Canallesca fue la entrada que hizo el capitán Ayora en Tierra Firme. Los indios temieron inicialmente que fuese Vasco Núñez de Balboa, ya famoso entre ellos por su crueldad. Pero se equivocaron, no tardaron en descubrir que se trataba de alguien aún más sanguinario, a quien llamaban Tiba, es decir, señor de los cristianos. Ayora los amenazó con quemarlos y aperrearlos si no le entregaban todo el oro que tenían. Los desesperados indios rastrearon la zona pero apenas lograron reunir unas cuantas piezas áureas y además de muy baja ley. Ayora enfureció hasta el punto que quemó el pueblo y aperreó a sus habitantes, "con grandísima crueldad", muriendo decenas de ellos.

Con no menos brutalidad se comportó Juan Bono en la isla Trinidad, a donde arribó en torno a 1517. Llevaba instrucciones para cautivar indios, tanto si los recibían de guerra como si lo hacían de paz. Y efectivamente, fue bien recibido por los inocentes indios, pero cumpliendo sus instrucciones los acometió. Convocó a más de 400 en una casa principal para a continuación cercarlos y prenderlos. Pero los nativos se resistieron, "temiendo menos la muerte que el cautiverio" y más de un centenar fueron pasados a espada. Tantos mataron que al final se tuvieron que conformar con embarcar 180 esclavos, los únicos supervivientes que encontraron. Los prisioneros fueron llevados al puerto de San Juan para proceder a su venta. En 1544 se decía en Santo Domingo que había "infinitos" esclavos procedentes de las islas y de Tierra Firme.

En cuanto a los motivos que llevaron a someter a todos estos nativos fueron, sin duda, la necesidad de mano de obra para las minas de oro y las explotaciones agropecuarias, así como el bajo precio a que se podían conseguir. Así, pues, el descenso de la población nativa de las Grandes Antillas y el elevado precio de los negros fueron motivos más que suficientes para justificar la esclavitud del indio de Tierra Firme. Continuamente los vecinos se quejaban de estas dos circunstancias, es decir, del descenso demográfico indígena y de los elevados precios de los esclavos negros para seguir reivindicando el apresto de estas armadas de rescate. Todo un negocio para estos cristianos sin escrúpulos morales.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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