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        La normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, formalizadas públicamente por Raúl Castro y Barack Obama el 17 de diciembre de 2014 han puesto de manifestó lo que era un secreto a voces, es decir, que Cuba había dejado de ser ya un país comunista.

        Atrás quedó el mito de la revolución cubana, la de aquéllos soñadores que se rebelaron en Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957, ocupando la base naval y resistiendo con tesón la represión de las fuerzas gubernamentales del dictador Fulgencio Batista. Mientras tanto los rebeldes se hicieron con el control de la Sierra Maestra, aguantando las embestidas del ejército. En enero de 1959 el dictador huía de La Habana en dirección a la República Dominicana al tiempo que Fidel Castro ordenaba al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos que ocupasen la capital. Y así lo hicieron con el apoyo de los habaneros, hartos del corrupto régimen pro-estadounidense. Comenzaba así el régimen de Fidel Castro, la denominada República Democrática Socialista de Cuba, que comenzó cumplimentando un amplísimo programa de reformas: nacionalización de tierras y de empresas, democratización del país, justicia social y alfabetización del pueblo.

        Los primeros años fueron épicos, resistiendo las embestidas del gigante gringo. Obviamente, los Estados Unidos no podían consentir un país comunista a sus puertas ni tampoco el perjuicio económico que estaba provocando la nacionalización de sus empresas. Sin embargo, seguía sin dar importancia al régimen castristas, pues pensaba que era obra de unos pocos soñadores que no tardarían en ser derrocados por la propia resistencia cubana. El desembarco de los contrarrevolucionarios en la bahía Cochinos –Playa Girón- el 20 de abril de 1961 fue una verdadera chapuza organizada por la C.I.A. con el consentimiento de Eisenhower. La elección errada del punto de desembarco y la suposición también equivocada de que el pueblo se levantaría en armas contra Fidel Castro los condenó al fracaso. Las fuerzas castristas no tuvieron demasiadas dificultades en repeler el desembarco, provocando 114 bajas entre los asaltantes y capturando a unos 1.200 prisioneros. Todo parecía indicar que Estados Unidos invadiría la isla en los meses posteriores, pero el apoyo soviético y la Guerra Fría lo impidieron. De hecho, Fidel Castro firmó un acuerdo secreto con la URSS por la que ésta se comprometía a instalar en la isla misiles soviéticos para defenderla de una previsible invasión yanqui. El desenlace es bien conocido, tras el bloqueo de la isla por buques norteamericanos se acordó desistir de su instalación a cambio del compromiso expreso del presidente estadounidense de no invadir la isla.

Sin embargo, el gran aliado soviético terminó cayendo por méritos propios, provocados por su excesiva burocratización, el partido único, el poder unipersonal, las purgas contra los opositores y la quiebra económica. Le siguió la desaparición de la China comunista –que solo conserva de marxista el nombre y el partido-, pero en los últimos años se había mantenido a duras penas con el apoyo de la República Bolivariana de Venezuela. La crisis brutal del gobierno de Nicolás Maduro debida, entre otras cosas, a la caída del precio del crudo, su principal fuente de ingresos, ha reducido a mínimos históricos su colaboración económica y comercial con el régimen de Raúl Castro. Cuba se había quedado sola, empobrecida, endeudada y aislada en el contexto internacional. Ya no estaba la URSS, ni China, ni Venezuela; en breve su nuevo socio será nada más y nada menos que su tradicional enemigo: los Estados Unidos de América.

        Raúl Castro y su gobierno han encubierto este drástico cambio de rumbo en una supuesta “actualización” del régimen comunista. Pero es obvio, que es algo más que una “actualización” del sistema; en realidad el comunismo ha dejado de existir en la isla caribeña desde hace algunos años y de lo que ahora se trata es de ajustar la economía, la sociedad y las relaciones internacionales al juego de un capitalismo global.

        El gobierno cubano era hasta hace poco el dueño de todas las tierras del país que entregaba a cultivadores a cambio de la venta al propio Estado de la mayor parte de su cosecha. Es cierto que las cooperativas socialistas no funcionaban bien y que la productividad era muy reducida. La economía cubana era muy precaria, en buena parte por deméritos propios pero también por el brutal bloqueo internacional que venía sufriendo desde hace décadas. Ahora bien, algunas cosas sí se habían hecho bien: los revolucionarios prometieron alfabetizar a la población y lo cumplieron, prometieron coberturas sociales y sanitarias y también lo cumplieron, prometieron trabajo y también lo hicieron aunque fuese en condiciones muy precarias. No olvidemos que según el anuario de la C.E.P.A.L. (Comisión Económica para América Latina de la O.N.U.) el cien por cien de la población cubana es alfabeta y, pese a las carestías, posee una de las tasas de esperanza de vida más elevadas del mundo.

Ahora se está abriendo el país a la iniciativa privada, se están privatizando tierras e industrias, al tiempo que se cierran universidades públicas y centros de salud. Es seguro que la renta per cápita de los cubanos experimentará un espectacular aumento en los próximos años y que la inversión internacional se multiplicará. Es posible que la tasa de crecimiento anual se dispare hasta el 5 o el 6 por ciento, renovando el vetusto parque móvil cubano y comenzando una brutal reconstrucción urbanística. Asimismo, aparecerá una nueva clase social riquísima que acaparará propiedades, dinero y poder. Es posible que ocurra como en Rusia, que una élite se enriqueció hasta límites insospechados, vendiendo las tierras estatales a personas y a multinacionales, con comisiones y maletines de dinero de por medio.

Ahora bien, que nadie lo olvide, el capitalismo también traerá otros efectos no deseados que todos conocemos y que hasta ahora han sido casi desconocidos en Cuba: grandes desigualdades sociales, altas tasas de paro –que ya ha empezado a aumentar-, drogas, corrupción, alcoholismo, mendicidad y todo ese submundo que siempre llevan aparejadas las sociedades excedentarias. El último mito, el sueño idealizado de tantos disidentes, intelectuales e inconformistas, ha desaparecido. Hoy el mundo es un poco más triste, más aburrido, ya no queda sitio en este mundo global para los soñadores.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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