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Su familia paterna procedía de tierras del antiguo reino de León, seguramente de Salamanca. Su bisabuelo, el hidalgo Nuño Cortés, fue el último que permaneció en tierras castellanas, siendo su hijo Martín Cortés el Viejo, el primero en establecerse en el condado de Medellín. Arraigaron en la tierra, llegaron a ser una familia extensísima, con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Su abuelo, Martín Cortés el Viejo, sirvió con su caballo en la vega de Granada, a las órdenes de los casi legendarios Álvaro de Luna y Pedro Niño. En recompensa por sus servicios, el rey Juan II de Castilla, el tres de julio de 1431, lo armó solemnemente caballero de Espuela Dorada. Tras finalizar su etapa como militar, se asentó definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses.

Don Martín, había conseguido honra y fama para todo su linaje. Como otros caballeros, tenía su casa solariega en la villa matriz, pero pasaba la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenía la mayor parte de sus fincas rústicas. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra, siendo normal que los caballeros recibiesen entre cuatro y doce yugadas. Tuvo al menos seis hijo legítimos –cuatro varones y dos mujeres-, además de una hija ilegítima. El padre del conquistador, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo, nacido en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. En el concejo de esta villa desempeñó distintos cargos, como regidor y procurador general. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde había llegado en el siglo XIII, procedente de Ávila. El matrimonio tuvo un solo hijo varón, el futuro conquistador de México.

La situación económica era modesta, pues aunque Martín Cortés El Viejo, abuelo del conquistador, tuvo una considerable fortuna, debió repartirla entre su extensa prole. Las rentas familiares apenas superaban los 30.000 maravedís anuales, incluyendo varios réditos de vacas de hierba, un viñedo, algunas fanegas de trigo y un molino de trigo en el río Ortigas, conocido como de Matarratas. Las rentas eran suficientes, pero en años de malas cosechas, la escasez y las estrecheces debían hacerse patentes en el hogar familiar.

 

NACIMIENTO, INFANCIA Y JUVENTUD

           No se sabe con exactitud la fecha exacta de su nacimiento, que debió ocurrir entre 1482 y 1484. Y ello porque el propio Hernán Cortés ofreció datos contradictorios entre sí sobre su propia edad. Hay que tener en cuenta que en aquella época no se le daba gran importancia a la fecha de nacimiento. La historiografía tradicional ha sostenido que se bautizó en la parroquia de San Martín, donde se conserva una pila antigua que parece de la época y que se exhibe como aquella en la que recibió sus primeras aguas.

Todo parece indicar que el conquistador de México no destacó por su aspecto físico ni por su complexión sino por su carisma y por su fuerte personalidad. Sabía rodearse de amigos y, en general, daba la impresión de ser una persona con carisma, con liderazgo y con una gran potencialidad para acometer grandes empresas.

Se crió, obviamente, como lo que era, es decir, como hijo único, con el cariño y las caricias de su madre Catalina y de su tía Inés. Así lo declaró él mismo en una carta dirigida a esta última y fechada en 1524. Ya siendo un adolescente se lo imaginaba Salvador de Madariaga cabalgando en el rucio de su padre, cazando con el galgo familiar o viviendo alguna aventura con su grupo de amigos. También es posible que jugase a moros y cristianos en las laderas del imponente castillo de los Portocarrero y que acudiese a pescar a orillas del molino de Matarratas o a colaborar con su padre en el castrado de la colmena familiar.

En mayo acompañaría presumiblemente a su padre a la feria de ganados que se desarrollaba por espacio de veintidós días, atrayendo a los principales compradores y vendedores de la comarca. No padeció agobios excesivos, hambre, ni inquietudes en su juventud. Vivió sin lujos pero también sin las estrecheces extremas con las que convivían muchos de sus conciudadanos.

Conoció la férrea mano de la justicia, pues en el rollo de la plaza se ajusticiaba a los condenados, después de haberlos paseado vergonzantemente por las principales calles de la villa. También debió oír de boca de su padre, o de otros hidalgos de la villa, relatos fantásticos de heroicas batallas ganadas a los infieles, de los triunfos de los tercios españoles en Europa o de las nuevas tierras descubiertas allende los mares por un enigmático genovés llamado Cristóbal Colón. Ello despertó en él un gran interés por conocer lo que ocurría fuera de los límites de su pequeña villa. En 1499 se marchó de Medellín y ya sólo regreso de manera muy ocasional.

Sus padres quisieron que su hijo estudiara, pues le auguraban un mejor destino entre papeles que en la guerra. Para ello, lo enviaron a la ciudad universitaria, a casa de la hermanastra de su padre Inés Gómez de Paz. Sin embargo, su paso por las aulas de la señera institución no fue más que otro de los grandes mitos que han rodeado su biografía. Ni tenía la edad adecuada para cursar estudios universitarios, ni conocimientos previos. Como ya hemos dicho, cuando se presentó en Salamanca poseía solo una formación básica, entre otras cosas porque no existía más infraestructura educativa en su villa natal.

Sin embargo, pese al mito de la Universidad, el extremeño aprovechó bien su estancia de tres o cuatro años en la ciudad de sus antepasados paternos. De hecho, aunque nunca obtuvo ningún título universitario, su formación era similar a la de un bachiller en leyes. Simplemente, tenía dos o tres años de estudios, lo que en aquella época significaba tener bastantes más conocimientos que la mayoría.

Otro enigma sin respuesta clara es el porqué de esa marcha tan repentina e inesperada, sin haberse titulado. Todo parece indicar que simplemente carecía de vocación estudiantil, pues su abandono fue voluntario, presentándose en su casa con gran disgusto de sus progenitores. Se dice que Martín Cortés se enojó al verlo porque quería que se hubiese titulado en leyes, buscando siempre un futuro más digno para su hijo que el que le esperaba en su arruinado terruño. Lo cierto es que, tras tres o cuatro años en Salamanca, creyó que había llegado el momento de enfrentarse a la vida y luchar por un destino mejor para él y los suyos. Probablemente le pudo su deseo aventurero de enrolarse en alguna expedición de guerra, bien en Italia a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, o bien, en las Indias Occidentales. Los progenitores se resignaron, sin ocultar su entristecimiento, convencidos de que sería imposible cambiar la terca voluntad de su intrépido hijo. Ya atisbaban el carácter aventurero de su joven vástago, heredado de su abuelo paterno.

           El período comprendido entre su salida de Salamanca en 1501 y su embarque para La Española en 1504 es probablemente el más desconocido de toda su biografía. Apenas disponemos de dos o tres datos sueltos proporcionados por las crónicas que, a veces, incluso, se contradicen entre sí. La historiografía sostiene que pensó primero en ir a Italia a enrolarse en las tropas del ya afamado Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Varios cronistas de la época, como Cervantes de Salazar, lo ubicaron en Valencia, ciudad desde la que pretendía embarcarse hacia Nápoles, cambiando de opinión a última hora. Siguiendo los pasos de otros metellinenses, marchó a Sevilla con la idea de enrolarse en la flota del nuevo gobernador de las Indias frey Nicolás de Ovando. Es posible que el viaje de regreso lo hiciera a través de Granada, pues, por algunas alusiones suyas sabemos que conocía personalmente la ciudad y muy especialmente sus hilaturas de seda.

 

RUMBO A LAS AMÉRICAS

           La armada del nuevo gobernador se aprestó a lo largo de 1501 y en las primeras semanas de 1502, zarpando de Sanlúcar de Barrameda en febrero de este último año. Fue la más grande enviada hasta entonces al Nuevo Mundo, pues estuvo formada por una treintena de buques y unos 1.200 pasajeros, además de la tripulación, instrumental, animales, material litúrgico, etc. Pero, ¿por qué no se embarcó finalmente? Se trata de otra incógnita no resuelta de su biografía. Los cronistas de la época aluden a dos argumentos más o menos compatibles: el primero, un lío de faldas en las semanas previas a su embarque. Al parecer, cortejó a una mujer casada y, en uno de los encuentros, en la quinta donde vivía, se subió a una tapia poco sólida que terminó derrumbándose con gran estruendo. Al parecer, el marido de su amante, un hidalgo viejo que ya sospechaba de sus veleidades, cogió inmediatamente su espada y sin dar tiempo al joven Cortés a huir se abalanzó sobre él. Cuentan los cronistas que, si no intervinieran la suegra de aquél y otros vecinos sobresaltados por el ruido, allí mismo lo hubiese asesinado. Al parecer, del golpe sufrió una dolencia que le impidió el embarque. En cambio, el segundo de los argumentos resulta algo más creíble, aunque igual de infundado desde el punto de vista documental; padeció nuevamente fiebres cuartanas, una variedad de malaria, que le obligó a regresar a la casa paterna para recuperarse. Esta versión resulta más plausible en 1502 que en 1499 cuando regresó de Salamanca. Probablemente, el abandono de los estudios debió ser voluntario, pero desertar de su sueño indiano debió estar motivado, ahora sí, por alguna causa mayor.

Ya recuperado, a finales de 1502 o en 1503 volvió a salir de su villa natal, esta vez con destino a Valladolid, para ponerse de nuevo bajo el tutelaje de su apreciado tío Francisco Núñez. Éste se había mudado a Valladolid con su familia al ser designado relator del Consejo de Castilla. Con su tío pudo completar su formación humanística y jurídica, llegando a dominar el latín y a conocer los corpus jurídicos tradicionales, especialmente las Siete Partidas. Al parecer, su formación teórica se completó con un trabajo al lado de un escribano.

Afirma el cronista y sobrino político del conquistador, Juan Suárez de Peralta, que de Valladolid volvió directamente a Sevilla donde trabajó junto a un escribano, lo cual le permitió subsistir durante meses en la puerta y puerto de las Indias. En 1504 se embarcó rumbo a la Española en la nao de Alonso Quintero pero, por motivos que desconocemos, regresó a la Península a finales de ese mismo año, para reembarcarse dos años después.

En diciembre de 1506 estaba de nuevo en la isla, una fecha muy tardía que explica su escasa promoción social. Vivió -o malvivió- como asistente de la notaría de Azua, cuya titularidad la ostentaba Diego Velázquez. El salario debió ser tan escaso como la limitada actividad legal, completando sus ingresos con una pequeña encomienda en el Dayguao, concedida por el gobernador frey Nicolás de Ovando. No consiguió fortuna, pero obtuvo algo no menos valioso: una relación más o menos interesada con el influyente Diego Velázquez. En 1511 viajó a la vecina isla de Cuba como su secretario, adquiriendo en breve plazo un gran prestigio social y una buena posición económica. En esta isla caribeña sí que ostentó el mérito de ser uno de los primeros conquistadores y pobladores, siendo nombrado en 1512 escribano de la capital, Santiago de Baracoa. En los primeros años mantuvo unas magníficas relaciones con Diego Velázquez, gozando de su apoyo y protección. Disfrutó de un buen repartimiento de indios que usó lo mismo en la extracción de oro que en la cría de ganado. Todo ello le reportó una buena posición económica y un gran prestigio social que a la postre le sirvieron para consolidar su liderazgo. Entre 1514 y 1515 se desposó con una de las pocas españolas casaderas de la isla, Catalina Suárez Marcayda, fallecida siete u ocho años después en circunstancias extrañas.

 

LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

Sin embargo, su relación con el teniente de gobernador no fue fácil, quizás porque ambos tenían sus propios proyectos expansivos, incompatibles entre sí. No obstante, Diego Velázquez interpretó que el metellinense era la persona que necesitaba para encabezar la expedición que planeaba. Cuando se quiso dar cuenta del peligro de traición era demasiado tarde. El 10 de febrero de 1519 zarpó con 11 barcos, 550 hombres, 16 caballos y 14 cañones. Tras diez días de navegación llegaron a la isla de Cozumel, donde se encontró con Jerónimo de Aguilar, superviviente de un naufragio, que hablaba la lengua de los mayas. Éste y doña Marina, la Malinche, una india que le fue regalada en Tabasco, se convertirían en sus interlocutores con el mundo mexica. El apoyo de la india tabasqueña doña Marina fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió.

Prosiguieron su viaje hacia San Juan de Ulúa fundando, pese a la prohibición de Velázquez, la ciudad de Veracruz. El poder municipal quedó en manos de sus habitantes, al tiempo que estos nombraron al metellinense como su capitán general. Consumada la traición, envió a dos emisarios a la corte de Valladolid para tratar de justificar sus acciones. Acto seguido desguazó los navíos para evitar que algunos opositores volviesen a Cuba a informar de la defección a Diego Velázquez. Estando en Veracruz, tuvo noticias de la existencia de la confederación mexica y de un tlatoani o emperador llamado Moctezuma. El 16 de agosto de 1519, dejó todo dispuesto y partió en busca de ese fabuloso estado.
           Las huestes avanzaron sobre Tlaxcala, un pueblo celoso de su libertad que planteó una gran resistencia. Finalmente, viendo que no podían derrotar a los extranjeros, se aliaron con ellos para vengarse de sus viejos enemigos mexicas. Sometida Tlaxcala, permanecieron allí apenas tres semanas, el tiempo suficiente para reponer fuerzas y reorganizarse. El 11 de octubre de 1519 partieron, acompañados por varios miles de cempoaleses y tlaxcaltecas, con el objetivo explícito de entrar en Tenochtitlán, capital de los mexicas. Antes pasaron por la ciudad sagrada de Cholula, la cual fue saqueada y sus habitantes masacrados, en un acto de barbarie que tuvo como objetivo amedrentar a sus oponentes.

Destruida la ciudad sagrada, el soberano mexica sabía que la siguiente parada era en la propia ciudad de Tenochtitlán. Y precisamente allí se encaminaron las huestes a primero de noviembre de 1519, al tiempo que el tlatoani decidía dejarlos entrar en la ciudad. Una opción que no fue descabellada, pues pensó que sería más fácil acabar con ellos dentro que en un combate en campo abierto. Prueba evidente de su acierto fue la derrota de estos en la Noche Triste.

El de Medellín lo tenía todo bajo control hasta que llegó el segoviano Pánfilo de Narváez. A corto plazo supuso un grave problema para el extremeño aunque a la larga significó el empujón definitivo para hacerse con el control de la confederación mexica. A principios de mayo de 1520 supo que el segoviano había desembarcado en la costa de Veracruz, al mando de un ejército de 1.400 hombres. No fue un problema su derrota, aunque sí la rebelión indígena que sufrió Pedro de Alvarado en Tenochtitlán, aprovechando la ausencia del metellinense. Retornó a toda prisa, pero era demasiado tarde. Obligó a Moctezuma a que se asomara a una terraza del palacio para calmar a sus súbditos pero estos lo abatieron de una pedrada, pues habían elegido por sucesor a su propio hermano, es decir, a Cuitláhuac. Los españoles, decidieron huir precipitadamente de la capital, aprovechando la noche. Eso no evitó que 800 hispanos y 5.000 indios auxiliares perdieran la vida, en la mayor derrota sufrida por los europeos en toda la conquista de América. Las huestes consiguieron alcanzar Tlaxcala, donde Cortés reorganizó a sus hombres y los preparó psicológicamente para el combate final. La batalla de Otumba no fue una batalla más, sino la última ofensiva lanzada por el ejército mexica para acabar con los extranjeros. Con razón, Cervantes de Salazar interpretó Otumba como la contienda más memorable de toda la Conquista. Derrotados los nativos, ya solo faltaba asediar y tomar la gran ciudad de Tenochtitlán, la cual cayó el 13 de agosto de 1521. Se estima que en el asedió murieron más de 100.000 defensores, cifra elocuente del padecimiento de los asediados. El martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito, cayó la gran ciudad lacustre de Tenochtitlán. Con ella finalizaba el quinto sol mexica y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de 100.000 mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados.

La caída de la capital no fue el final de la conquista pues, tanto al norte como al sur había infinidad de pueblos no sometidos a la confederación, que no estaban dispuestos a reconocer la autoridad de los extranjeros. El de Medellín no tardó en ponerse manos a la obra para completar su conquista, dominando en pocos años un extenso territorio de aproximadamente unos 300.000 km2.

Mostró un especial interés por la exploración del océano Pacífico, lo que entonces se conocía como el Mar del Sur. Tenía prisas por reemprender la expansión y no le faltaban motivos. En teoría, cualquier vecino podía solicitar licencia para descubrir, rescatar o conquistar territorios, con la única condición de que viajase con ellos un veedor que velase por el quinto real. En la práctica, había dos personajes muy temidos y poderosos que tenían medios para llevar a cabo dicha expansión, se trataba del propio Diego Velázquez y de Francisco de Garay. Dicho y hecho, en el mismo año de 1522 envió a Pedro de Alvarado al istmo de Tehuantepec, llegando al territorio de los Quichés y de los Cakchiqueles a los cuales terminó sometiendo. En 1525 estaba pacificado todo el territorio, pese a lo cual se sintió agraviado y desplazado del poder político por los funcionarios llegados desde la Península, viéndose obligado a acudir personalmente a la Corte a reclamar sus derechos. Lo que todavía no sabía era que detrás de los recortes en sus privilegios y de algunas usurpaciones de sus posesiones estaba la propia Corona quien pretendía preservar la Nueva España dentro de los territorios de realengo. En Castilla, Cortés consiguió que el monarca le otorgara el título de marqués del valle de Oaxaca y el cargo de capitán general, aunque sin funciones gubernativas. El 15 de julio de 1530 estaba de regreso en las costas veracruzanas, estableciéndose en Cuernavaca desde donde exploró el área del golfo de California. Otra vez, en 1540, diez años después de su primer retorno, decidió, regresar a España a continuar la defensa de sus derechos. Lo hizo pensando en volver a Nueva España, la tierra que le dio honra, fama y fortuna, pero las circunstancias hicieron que no viera cumplido este objetivo. La enfermedad evolucionó demasiado deprisa y, pese a que se acercó a Sevilla con la intención de reembarcarse, la muerte le sorprendió el 2 de diciembre de 1547.

           Cortés fue un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio.

 

SUS ÚLTIMOS AÑOS

El de Medellín llevaba prácticamente toda la década de los treinta litigando con las autoridades de México, mientras residía fuera de la localidad, a caballo entre su residencia de Cuernavaca y sus astilleros de Tehuantepec. La llegada del virrey Antonio de Mendoza no hizo más que empeorar su situación, siendo desplazado definitivamente del poder político. Agobiado y presionado por los interminables pleitos, decidió finalmente, en la primavera de 1540, retornar a España. Su pretensión no era otra que conseguir del Consejo de Indias lo que las autoridades novohispanas le negaban y de paso restablecer su buen nombre, muy deteriorado en la Corte tras la llegada de varios memoriales contra su persona.

Dejó atrás a toda su familia, salvo a dos de sus hijos, ambos ilegítimos, el primogénito Martín, que entonces tenía tan solo ocho años y el pequeño Luis. Todo parece indicar que viajó con la idea de permanecer en la Península tan sólo el tiempo estrictamente necesario para resolver sus problemas. Nada más desembarcar se encaminó a Madrid, donde fue bien recibido por los miembros del Consejo de Indias, quienes le cedieron una casa señorial, concretamente la morada del comendador Juan de Castilla. Durante algún tiempo estuvo rodeado de la élite nobiliaria y de los consejeros del Emperador. En 1541 decidió acompañar a este último en su fracasada campaña de Argel, junto a sus hijos Luis y Martín. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron fracasar la empresa. Hernán Cortés viajó en la galera capitaneada por Enrique Enríquez que, como tantas otras, naufragó, aunque consiguió salvar su vida milagrosamente.

De vuelta de su aventura argelina decidió establecerse en Valladolid, una ciudad que, por un lado, le traía muy gratos recuerdos de su juventud, y por el otro, le permitía estar cerca de la Corte. Casi hasta el final de su vida mantuvo sus aspiraciones de que el Emperador le devolviese el poder político que en justicia creía que merecía. Desde marzo de 1542 está documentada su presencia en la capital de Castilla y León, donde permanecerá hasta el 23 noviembre de 1545.

En la ciudad del Pisuerga continuó con sus negocios, pues realizó numerosas transacciones comerciales que se pueden rastrear a través de sus escrituras notariales. Pese a sus ocupaciones, siempre sacaba tiempo para acudir a diversas reuniones con cortesanos, juristas, teólogos y humanistas. De hecho, en su propia casa se celebraban con frecuencia cenáculos, donde se mantenían acaloradas tertulias sobre historia, política y filosofía. Allí acudían intelectuales, juristas, prelados y empresarios, como Pedro de Navarra, Juan de Vega, virrey de Sicilia, el cardenal Francesco Poggio o Francisco Cervantes de Salazar, entre algunos otros. Este último quedó tan fascinado por su figura que decidió escribir su famosa Crónica de la Nueva España, que el de Medellín pudo leer y disfrutar en 1546. Probablemente fue su última gran satisfacción antes de su fallecimiento. En noviembre de 1543 no quiso perderse el enlace, en Salamanca, entre el príncipe Felipe –futuro Felipe II- y doña María de Portugal, acudiendo en compañía de su hijo Martín. Conviene insistir que los nobles invitados fueron contadísimos lo que evidencia su excelente relación con el príncipe.

El 20 de noviembre de 1545 aún permanecía en Valladolid, partiendo en dirección a Sevilla, a finales de noviembre o a principios de diciembre de ese mismo año. Al parecer, hizo una estancia breve en Madrid que duró poco más de medio año, pues en septiembre de 1546, estaba ya a orillas del Guadalquivir. Parece claro que su objetivo no era otro que regresar a Nueva España para morir en la tierra por la que tanto luchó y que todo se lo dio.

Estaba enfermo pero en absoluto impedido, pues estuvo asistiendo a actos públicos y realizando infinidad de gestiones hasta el mismo día de su fallecimiento. En octubre su situación empeoró de forma ostensible por lo que decidió formalizar su testamento en Sevilla, ante el escribano Melchor de Portes, el 11 de octubre de 1547. Al mes siguiente, concienciado de su inminente desaparición, decidió dejar la casa sevillana en la que se hospedaba y en donde le importunaban todo tipo de personas, acreedores, admiradores, funcionarios, pedigüeños, etcétera, y marcharse a Castilleja de la Cuesta, al hogar de su buen amigo, el jurado Juan Rodríguez de Medina. Según Bernal Díaz, pretendía morir en paz, alejado de muchas personas que le importunaban en negocios.

La morada que lo cobijó en sus últimas semanas era un sólido edificio de cantería, que ya en el siglo XIX fue totalmente reformado por los Duques de Montpensier al estilo neogótico. Al parecer, padecía disentería desde hacía algún tiempo lo que le había provocado una degradación física paulatina, hasta dejarlo totalmente extenuado. La situación empeoró gravemente, mientras su vida se fue apagando lentamente, acompañado en todo momento por su hijo Martín.

Pero ni siquiera en las horas finales perdió ese espíritu inquieto que le había acompañado a lo largo de toda su vida. Sorprendentemente, el mismo viernes dos de diciembre en que falleció decidió llamar urgentemente a un escribano público para otorgar un codicilo que firmó en su nombre fray Diego Altamirano. Y digo que sorprende porque apenas introdujo modificaciones de importancia. Minutos antes de su óbito, todavía tuvo tiempo de confesar con mucha devoción y recibir los santos óleos. Fray Pedro de Zaldívar le auxilió espiritualmente, ayudándole a morir como lo que era, es decir, como un cristiano. Esa madrugada del 2 de diciembre de 1547 expiró finalmente, confortado por los sacramentos y en presencia de un corto número de personas, entre las que se encontraban su mayordomo, su ayuda de cámara, una asistenta de su confianza que vino con él desde Valladolid, llamada doña Juana de Quintanilla, Juan Rodríguez, dueño de la casa y los religiosos fray Pedro de Zaldívar y Francisco López de Gómara. Mientras este luctuoso suceso ocurría, su mujer, seguía en Cuernavaca administrando como podía el marquesado y siempre a la espera del retorno de su marido que, finalmente, nunca se produjo.

En su testamento dispuso su enterramiento provisional en la parroquia del lugar donde falleciera, hasta su traslado al monasterio de Concepcionistas que el mismo fundó en Culiacán. Hubiese sido inhumado temporalmente en la iglesia de Santiago de Castilleja de no ser por su codicilo en el que dispuso finalmente su entierro provisional en la iglesia de la dicha ciudad de Sevilla o de otra parte donde los señores mis albaceas o cualquiera de ellos que se hallare presente, ordenaren.

Así, el domingo 4 de diciembre de 1547, a las cuatro de la tarde, ante el escribano de Santiponce, Andrés Alonso, y con autorización del Duque de Medina-Sidonia, se inhumó en el monasterio de San Isidoro del Campo, en la cripta del Duque, sita en medio de las gradas del altar mayor. Fueron testigos del enterramiento don Juan de Guzmán, Duque de Medina-Sidonia, el hijo de éste, don Juan Claros de Guzmán, Conde de Niebla, así como el Marqués del Valle, el asistente de Sevilla y el Conde de Castelar, entre otros.

El 29 de enero de 1548 la Corona emplazó a los herederos mediante una Real Provisión con vistas a hacer el inventario y cumplir con su última voluntad. Su esposa, doña Juana de Zúñiga, ausente en el momento de su óbito, sobrevivió a su marido varias décadas. Residió durante algunos años en la collación de San Román, enfrente del monasterio de Santa Paula, trasladándose en 1560 a otra vivienda de la collación de San Lorenzo. En la madrugada del 2 de diciembre de 1583 falleció en Sevilla, siendo inhumada en el convento de Madre de Dios de Sevilla.

 

VALORACIÓN DE SU FIGURA

Todavía en pleno siglo XXI su figura sigue despertando pasiones encontradas. Pero lo cierto es que ni fue un caballero andante ni un santo sino ni más ni menos que un conquistador. Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de las personas de su época. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador, con sus éxitos y sus fracasos. Un hombre que sabía reír y también llorar. Contaba Herrera que, tras conocer la magnitud del desastre de la Noche Triste, no pudo contener las lágrimas. Fue compasivo o cruel, dependiendo de las circunstancias.

Fue también sumamente implacable con los paganos que no querían aceptar las aguas del bautismo. Es bien sabido que, cuando entró en Culiacán, derribó el templo y, porque un indio principal no quiso ayudar en ello, lo mandó ahorcar y lo ahorcó con los diablos a cuestas. También infringió durísimos escarmientos a los indios rebeldes. Por ejemplo, en 1523 los nativos de Pánuco acometieron a los hombres de Francisco de Garay, matado a varias decenas de ellos. Hernán Cortés mandó a su capitán Gonzalo de Sandoval para que castigase sin cuartel a los responsables. Mató a cientos de ellos, despedazándolos después de tal forma que los demás indios ya no se atrevían ni a levantar un dedo contra su poder. A veces también sabía actuar con dureza con sus propios hombres si lo creía oportuno. En una ocasión el metellinense vio como uno de sus soldados, robaba dos gallinas a un indio y lo quiso ahorcar, impidiéndoselo Pedro de Alvarado que cortó a tiempo la soga del infortunado.

Pero, para una adecuada valoración de su figura es importante no extraerlo de su contexto histórico. Estaba inmerso en ese cristianismo intransigente que desde finales de la baja Edad Media había llevado al exilio a todas aquellas personas que no profesaban la religión cristiana. También en ese sentido, como en todo lo demás, fue un hijo de su tiempo. Por tanto, estamos de acuerdo con Octavio Paz cuando planteó la necesidad de retornar al Cortés legendario al terreno de la historia: El conquistador debe ser restituido al sitio a que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos: a la Historia.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

 

MADARIAGA, Salvador de: Hernán Cortés, Madrid, Austral, 1986.

 

MARTÍNEZ, José Luis: Hernán Cortés, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

MIRALLES, Juan: Hernán Cortés, inventor de México, Barcelona, Tusquets Editores, 2001.

 

RAMOS, Demetrio: Hernán Cortés. Mentalidad y propósito. Madrid, Rialp, 1992.

 

THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Artículo publicado en Clío, Revista de Historia, enero de 2015, pp. 30-41)

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gravatar.comAutor: Suni

Interesante. Muy completo

Fecha: 10/01/2015 06:12.


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