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          Leyendo un texto del Dr. Pedro Andrés Porras Arboledas, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, plantea la idea de descartar la palabra expulsión, por su carga peyorativa, y usar la de expatriación. Y si uno analiza bien la cuestión tiene toda la razón; los historiadores a veces tendemos a usar los términos que aparecen en la documentación, sin pararnos a pensar en su significado intrínseco. Por eso con frecuencia usamos collación por barrio, hembra por mujer o piezas para referinos a los esclavos comprados o vendidos. Lo mismo collación que hembra o que pieza son términos que habitualmente aparecen en la documentación pero cuyo uso hoy no siempre es correcto. Pues bien, en relación a los moriscos también la documentación habla de expulsión, término que se ha perpetuado hasta nuestros días.

          Sin embargo, como bien dice el profesor Porras Arboledas, se expulsa a lo extraño, en el caso de los moriscos como si se tratase de personas que ilegítimamente moraban en España y que, por fin, se había conseguido echar. Pero no era el caso, los moriscos españoles vivían en España desde hacía muchos siglos; algunos habían llegado en el siglo VIII o en los posteriores, pero la mayoría eran descendientes de hispanos romanos que se habían islamizado durante los siglos de dominio musulmán. Ellos se sentían españoles, aunque sus ascendientes hubiesen profesado el Islam. Habían nacido en España y sus ascendientes habían vivido en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial.

          Y para colmo la mayoría eran cristianos sinceros; hay decenas de testimonios. Tengo a mano un par de ellos: uno, el de los moriscos de Hornachos que cuando llegaron al norte de África fueron maltratados porque la mayoría se negaba a entrar en las mezquitas. Y lo hacían porque se sentían cristianos. Y otro, el de los moriscos de Carmona (Sevilla), estudiados por Jorge Maier, de los que se decía que eran tan cristianos que pretendian ir a Francia y no al Magreb por seguir en tierra de cristianos. Al final, es casi seguro que no consiguieron billetes de primera clase con destino al país galo sino que los enviaron desde Sevilla a alguna playa del norte de África, abandonándolos a su suerte. El informe del concejo dirigido al encargado de ejecutar la expulsión, Juan de Mendoza, marqués de San Germán, sobre los 125 expulsados es elocuente:

 

          “Todos ellos eran gente miserable, trabajadora, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. Todos claman y dan voces que son cristianos y certificó a Vuestra Excelencia que algunos me hacen grande compasión porque sé cierto que es así y que han dado con su vida muy buen ejemplo y con las lágrimas presentes lo significan”

 

          El texto no tiene desperdicio: todos eran pobres, jornaleros del campo, sin dinero ni tan siquiera pagarse su viaje. Y todos se lamentaban y gritaban al cielo que eran cristianos. La situación debió ser tan trágica que conmovió a las propias autoridades locales, como se aprecia en este texto.

           Queda claro que fue en verdad una expatriación forzosa de un grupo de españoles, la mayoría gente trabajadora, en el caso de Carmona jornaleros, en otros sitios también artesanos, hortelanos, pequeños propietarios, etc. La élite morisca, bien permaneció en sus localidades natales o bien emigraron a Francia o a Italia, donde se refugiaron, amparados por las autoridades. Un verdadero genocidio, que empobreció aún más a un país que estaba ya en franca decadencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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