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Una buena parte del tesoro de Moctezuma II, abandonado por los hombres de Cortés en la Noche Triste, nunca apareció. Y ello, porque el joven Cuauhtémoc murió sin decir ni una sola palabra sobre su paradero. Pero el resto, quiso la providencia que tampoco lo disfrutaran los saqueadores. El resto se repartió entre las huestes, ascendiendo a 80 pesos los de a caballo y 50 los de a pie, una cifra inapreciable, pues un caballo en aquellos lares rondaba los 800 pesos.

El quinto del rey fue enviado al emperador con tan mala fortuna que fue tomado en el mar por el corsario Jean Fleury, conocido en España como Juan Florín. La flotilla de las Indias, que traía los tesoros que Hernán Cortés enviaba a Carlos V, tuvo que refugiarse en las islas Terceras de las Azores, pues, Alonso Dávila, el Capitán que venía al mando, recibió la orden de esperar allí la llegada de refuerzos antes de partir rumbo a Sanlúcar de Barrameda. La Armada Guardacostas de Andalucía, compuesta por tres navíos al mando de Domingo Alonso de Amilibia llegó a las Azores el 15 de mayo de 1522 con la intención de escoltarlos hasta Sevilla.

Sin embargo, en este lapso de tiempo, el Emperador tuvo noticias de que al menos cinco velas corsarias rondaban el cabo de San Vicente, y que la Armada de Amilibia, formada como ya hemos señalado por tres embarcaciones, no podría contener una posible agresión. Ante esta situación, Carlos V ordenó que se buscasen los medios necesarios para construir dos naos gruesas. Para ello, como no fue suficiente lo recaudado por la avería, autorizó a los responsables de la Armada para que tomasen prestados 4.000 pesos de oro, propiedad de la Corona que se encontraban en las arcas de la Casa de la Contratación. De esta forma fueron construidas, en muy poco tiempo, dos naos de 400 toneladas para completar las fuerzas de la Armada Guardacostas. Sin embargo, se tomó una decisión que se lamentaría durante muchos años, pues, en vez de paralizar la venida de la flota desde las Azores hasta que llegasen las dos naos gruesas, que debían ir a cargo de Pedro Manrique, se dispuso que la Armada se unificara a su llegada a Sanlúcar de Barrameda. La impaciencia del Emperador por obtener pronto el oro de las Indias hizo que el saco se rompiera, utilizando la expresión de un conocido refrán español.

Así, viniendo la flota y la Armada de Amilibia en demanda de las costas de Portugal, porque a los pilotos les hacía ser más seguros, a unas diez leguas del cabo San Vicente, les salieron al paso seis naos francesas con la simple intención de abordarlos. La desigualdad era manifiesta pues mientras los franceses contaban nada menos que con tres naos por encima de las 100 toneladas y con otros tres galeones, de entre 70 y 40 toneladas, los españoles tan sólo disponían de tres navíos. Además, de las tres embarcaciones, sólo la de Amilibia y la de Antón Sánchez presentaron combate, mientras que la carabela que estaba bajo el mando de Martín del Cantón se dio a la fuga. De la flota de Indias sólo se salvo una de las tres carabelas que transportaban el tesoro, al refugiarse en el Puerto de Santa María. Para colmo, gran parte de lo que llegó, fue secuestrado por las autoridades reales. El resto de caudal, es decir, 62.000 ducados de oro, 600 marcos de perlas y 2.000 arrobas de azúcar, fueron tomados y llevados a Francia que toda Francia estaba admirada de las riquezas que enviábamos a nuestro Emperador. En el enfrentamiento murieron muchos españoles, entre ellos Antonio de Quiñones y un hijo del capitán Amilibia, mientras que éste mismo era gravemente herido, quedando manco de ambos brazos y siendo trasladado, junto a Alonso Dávila, capitán de la flota, a la prisión de la Rochela en Francia. El maleficio no acabó ahí porque, poco después, Juan Florín fue apresado por los hispanos y ajusticiado.

El tesoro largamente ansiado por los españoles, no fue ni para Hernán Cortés, ni para los conquistadores, ni para el desafortunado corsario francés. Una pequeña parte fue repartida entre las huestes, pero no tardaron en vender las piezas o el oro fundido a mercaderes y comerciantes simplemente para poder sobrevivir. Una pequeña parte del quinto real, llegó a poder del Emperador Carlos V, y el grueso de ese mismo impuesto, robado por el corsario galo, acabó en las manos de Francisco I de Francia. El oro de la infamia pasó del tirano de Moctezuma a las manos manchadas de sangre de los conquistadores y de ahí a los comerciantes y mercaderes que no tardaron en inundar los mercados europeos de todo este metal precioso, engordando y espoleando al capitalismo. Ocurrió lo de siempre, es decir, que las huestes eran sólo los peones del sistema; ellos se jugaban la vida robando y matando, sufriendo para colmo el juicio de la historia, mientras que oportunistas, burócratas y financieros se quedaban la fortuna y además con la conciencia tranquila. Una constante en la historia que sigue ocurriendo en pleno siglo XXI.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(La información procede de una refundición de noticias contenidas en dos obras de mi autoría: La Armada Guardacostas de Andalucía. Sevilla, Muñoz Moya, 1998 y Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2010).

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