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        Todavía en nuestros días fascina la Revolución Rusa por lo que supuso para la toda la Edad Contemporánea. Para algunos fue el mayor acontecimiento del siglo XX, el primer desafío al sistema capitalista, mientras que para otros es sinónimo de horror y de intransigencia. Vayamos por partes.

        Como es bien sabido, el zar había abdicado el 2 de marzo de 1917, siendo asesinado junto a su mujer y a sus hijos en Ekaterimburgo, el 17 de julio de 1918. Obviamente, fue un lamentable error por dos motivos: primero porque ante todo hay que partir de la base del respeto a la vida. Y segundo, porque tal medida hizo bueno a un déspota, al último de los monarcas absolutos de la Historia. En 1979 se localizaron sus restos, en 1998 fueron inhumados en la catedral de San Petersburgo y en el año 2000, finalmente, fue ¡canonizado!

        Bueno, está claro que el asesinado de la familia Romanov hace casi un siglo fue un hecho reprobable. Pero dicho esto, hay que tener en consideración otras muchas cuestiones. Nicolás de II era un tirano que se negó a aceptar cualquier cambio por insignificante que fuese si éste afectaba a su cuota de poder. Rusia crecía económicamente a una media del 2 por ciento anual, pero el dinero no llegaba al pueblo, donde millones de familias no tenían ni un trozo de pan que llevase a la boca. Cuando en enero de 1905, delante del palacio de Invierno, el pueblo reclamó reformas, al grito de ¡Viva el zar, muera el mal gobierno! No se le ocurrió otra cosa que ordenar abrir fuego. Oficialmente murieron 92 personas, pero es posible que fueran muchas más. El pueblo nunca se lo perdonó, y en 1917 vocearon una cosa bien distinta: ¡muera el zar!

        Encima, la guerra ruso-japonesa perdida por los primeros en 1905 y que costó la vida a decenas de miles de jóvenes rusos indignó aún más al pueblo. Las cosas lejos de mejorar empeoraron, por la crisis económica y por el estallido de la I Guerra Mundial. Los alemanes causaron auténtico estragos en las mal equipadas y peor adiestradas tropas rusas, sobre todo en las batallas de Tannemberg y Lagos Masurianos. Todo ello terminó provocando la revolución moderada de febrero de 1917 y la bolchevique de octubre de ese mismo año. Ésta trajo a su vez una larga, sangrienta y fratricida guerra civil que se prolongó hasta 1921, cuando se proclamó definitivamente la URSS. En el marco de esa guerra civil, en la que ambos bandos cometieron todo tipo de atrocidades, se produjo el asesinato de la familia Romanov.

        Lo que quiero decir con todo esto es que con ser trágico el final de la familia real rusa, no hay que olvidar que en la Rusia anterior y posterior a la revolución hubo millones de víctimas, provocadas directa o indirectamente por el régimen zarista. Nicolás II y su familia no debieron morir, pero tampoco los millones de hijos de campesinos condenados a combatir en los campos de batalla europeos y asiáticos. Mientras él disfrutaba de todos los lujos en sus numerosos palacios, los campesinos padecían hambre extrema al tiempo que sus hijos morían en los campos de batalla. Su canonización no deja de ser una ridiculez, que evidencia a las claras la posición de la Iglesia Ortodoxa, siempre junto al poder y a la tradición.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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