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Historia de España

EL LLERENENSE LUIS ZAPATA: UN METROSEXUAL DEL SIGLO XVI

EL LLERENENSE LUIS ZAPATA:  UN METROSEXUAL DEL SIGLO XVI

 

        Leyendo documentos y libros de hace cuatro o cinco siglos uno no deja de sorprenderse de lo poco que hemos cambiado los seres humanos. Como siempre digo hemos evolucionado mucho en el terreno de la industria y de la tecnología, pero aún no ha llegado una revolución ética ni humanística.

        Los escritos de Luis Zapata de Chaves, un llerenense nacido en 1526 y fallecido en 1595 a la edad de 69 años, son siempre muy interesantes de leer y de releer. Fue consejero de Felipe II, y en su texto titulado “Miscelánea o Varia Histórica” cuenta todo tipo de anécdotas relacionadas con la vida de su tiempo. Hoy me ha parecido oportuno comentar sus opiniones sobre la obesidad y el sobrepeso, que parecen escritas por un metrosexual del siglo XXI.

        Cuando se dice que el cuadro “Las Tres Gracias” de Pedro Pablo Rubens es un ejemplo de que en su tiempo gustaban las personas entradas en carnes no es verdad. Era un gusto propio del pintor flamenco que de hecho, tomó como modelo a su obesa esposa, Elena Fourment, para representar a las féminas en sus lienzos. En realidad, el modelo de belleza estilizada está presente en las artes desde la antigüedad hasta el mismo siglo XXI, desde la Venus de Cnido de Praxíteles (del siglo IV a. C.) a la Venus del Espejo de Velázquez o a las Majas de Goya.

        Hay que decir que en aquellos tiempos la obesidad era un atributo más común entre el Primer Estado, pues la mayoría de los jornaleros y campesinos hacían dieta forzada durante buena parte de su vida. Pero Zapata pertenecía a la aristocracia donde el mal afectaba lo mismo a hidalguillos ociosos y adinerados que a marqueses, condes, duques y a la mismísima realeza. En este sentido son bien conocidos los excesos culinarios del Emperador Carlos V que le provocaron gota y tuvieron relación con su muerte relativamente prematura.

El llerenense empieza destacando los males de la obesidad, que le da tratamiento de enfermedad aunque sostiene que se puede curar con dieta y el que dice “no lo puede excusar…es un necio”. Continúa señalando los males que el sobrepeso trae consigo, sociales y físicos. Con respecto a los primeros, afirma que la gordura excesiva “a la más hermosa mujer afea y al más gentil hombre varón le desfigura”. Los gordos son objetos de risa y de motes, y además, les impide “servir a su patria y a sus príncipes”. Pero además, sostiene que conlleva un riego físico grave, pues la mayoría “viven poco, y en tanto que viven tienen poca salud, llenos de humores, de corrimientos, de reuma y de gota…”. Y finalmente, insinúa que es falso que los gordos sean más felices, porque no pueden hacer muchas actividades cotidianas y de noche “no pueden dormir sino sentados, que echado se ahogarían”. De hecho, afirma Zapata, que los condenados a muerte salen gordos de la cárcel y no van precisamente contentos al patíbulo.

        La causa de la obesidad la tiene clara: la comida excesiva y la vida ociosa, que lo mismo “engordan a halcones, caballos y perros que a las personas”. Él mismo, declaró que temió toda su vida dicha dolencia pero que estuvo en todo momento cuidándose para no padecerla. Los remedios y cuidados que se autoimpuso, fueron varios:

        Primero, no cenar, pues dice que pasó más diez años sin hacerlo, y que solo comía una vez al día. En este sentido, es muy antiguo el dicho de que “de buenas cenas están las sepulturas llenas”.

        Segundo, no beber vino, que dice que era la bebida de la época que más engordaba, ni comía cocido. Es cierto que el alcohol es un producto muy calórico y que entonces era frecuente beber un litro diario de vino por persona. La reducción de su ingesta podía ser un buen remedio frente a la obesidad.

        Tercero, vestía y calzaba ropa muy ajustada hasta el punto –dice- “que era menester descoserme las calzas a la noche para quitármelas”.

        Y cuarto, antes de las fiestas y saraos en Palacio, pasaba más de un día acostado porque a su juicio “la cama enflaquece las piernas”, mientras que el ejercicio las engordaba.

        Está claro que el noble extremeño estaba obsesionado con su peso; algunos remedios estaban bien como evitar la cena o moderar el consumo excesivo de vino. Otros de sus remedios parecen excesivos, propios de un metrosexual de su tiempo, como el de llevar la ropa muy ajustada o el de yacer largo tiempo en la cama para enflaquecer las piernas antes de ir a algún sarao a mantener relaciones con mujeres de la nobleza.

        Sin embargo, a su moderación en la mesa atribuía él que tuviese en el momento en que escribía sesenta y seis años y los disfrutase con salud. Probablemente, algo de razón tenía aunque también es posible que la suerte hubiese jugado un papel importante. De todas formas, ésta no le duró mucho más porque tres años después enfermó repentinamente y murió sin haber cumplido los setenta años de edad.

        Curiosa la mentalidad de este aristócrata del siglo XVI, obsesionado por mantener la línea, como muchas de las personas de nuestro tiempo. Y lo mismo que actualmente en los países del Primer Mundo padecemos sobrepeso y en el Tercer Mundo hambre, en el siglo XVI, los privilegiados debían cuidarse de la obesidad mientras el pueblo padecía hambrunas extremas de manera periódica. Egoísmos de la especie humana de ayer, de hoy y de siempre.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

RECOMENDACIONES PARA LLEVAR UNA VIDA SANA, SEGÚN UN TRATADISTA DEL SIGLO XVI

RECOMENDACIONES PARA LLEVAR UNA VIDA SANA, SEGÚN UN TRATADISTA DEL SIGLO XVI

 

        Leyendo un escrito del profesor Eduardo Álvarez del Palacio sobre el Tratado de Medicina del zafrense Pedro de Valencia sorprende la actualidad de sus palabras. El humanista segedano estaba convencido de que la alimentación era la base de una buena salud. Me han sorprendido sus recomendaciones –disculpen mi ignorancia- pues no difieren mucho de las que haría un dietista o un endocrino del siglo XXI. A su juicio la alimentación debe regirse por varios principios:

        Primero, la necesidad, es decir que se coma para saciar el hambre no por gula o por disfrute. Segundo, el límite, que se hagan como máximo dos comidas diarias. Tercero, la moderación, ya que el empacho reiterado es muy perjudicial para la salud. Cuarto, la variedad, pues interpreta que ningún alimento es tan completo como para que contenga todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Y quinto, la salubridad de los alimentos, pues deben ser ricos en fibras y bajos en grasas y azúcar, y estar poco condimentados. Y concluye diciendo que la mayor parte de las enfermedades provienen de una inadecuada alimentación, bien por la escasa calidad y variedad de los alimentos, o bien, por la ingesta excesiva.

        Los alimentos que recomienda son el pan, especialmente el pan frito en aceite, la carne de ave, la miel, el vino y los dátiles. Y desaconseja el queso muy curado, la carne de vaca vieja y el pescado en salazón entre otros.

        Completa sus recomendaciones con otros dos consejos útiles para mantener una salud de hierro: uno, pasear después de comer, ya que a su juicio facilitaba la digestión. Y otro, dormir la tercera parte del día –ocho horas- siempre conservando los biorritmos, es decir, durmiendo de noche y velando de día.

        Bueno, pues ahí queda eso, para los que creen que los hombres del siglo XXI hemos descubierto la pólvora.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ÁLVAREZ DEL PALACIO, Eduardo: “La valoración de la salud corporal en la obra de Pedro de Valencia”, II Jornadas del El Humanismo Extremeño. Trujillo, 1998, pp. 299-313.

 

SÁNCHEZ GRANJEL, Luis: “La Medicina Española Renacentista”. Salamanca, Universidad, 1980.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

INDEPENDENTISMO EN CATALUÑA: LA TRAICIÓN DE LAS ÉLITES

INDEPENDENTISMO EN CATALUÑA:  LA TRAICIÓN DE LAS ÉLITES

 

 

El 3 de septiembre de 2015 publiqué en mi blog un artículo titulado “La lacra del Nacionalismo: el caso catalán” en el que insistía en el hecho de que los nacionalismos habían sido la mayor enfermedad de la Edad Contemporánea, responsable de casi todas las guerras. Y en relación al independentismo en Cataluña decía que quedaban muchos años de tira y afloja entre las independentistas catalanes y el Estado español.

Pues bien, poco más de dos años después me ratifico totalmente en lo que decía e, incluso, me permito abundar en mi argumentación. Como es bien sabido, el nacionalismo catalán surgió como un intento de la burguesía catalana por neutralizar el movimiento proletario, tan arraigado en aquella tierra desde finales del siglo XIX. Décadas después, cuando las tropas franquistas ocuparon Cataluña a principios de 1939, las élites burguesas no dudaron en cambiar la chaqueta nacionalista por la de la nueva España ultraconfesional, centralista y patriótica, mientras los nacionalistas de base y los independentistas eran represaliados. Como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia se produjo la traición de las élites nacionalistas en favor de sus propios intereses personales, sin importarles a los militantes de base que quedaron a los pies de los caballos.

Con el advenimiento de la democracia en España y la aprobación de la Constitución de 1978 llegó otra nueva oportunidad para estas élites catalanas. Una vez más se produjo un nuevo cambio de chaqueta de la burguesa, cuya cabeza visible durante décadas fue la familia Puyol. Estos se erigieron en los herederos de la más rancia tradición catalanista que iban a usar para consolidar sus intereses económicos y su poder hasta nuestros días. Estos nuevos salvadores de la patria catalana no se parecen en casi nada a aquellos nacionalistas soñadores como Companys, Cambó o Maciá. Como a estas alturas sabemos todos, estos son oportunistas que vienen sacando tajada política y económica a costa de engañar y manipular a una mayoría ignorante o poco formada. Me gusta citar al respecto la opinión sobre esta cuestión que ofrece el maestro Miquel Izard, un catalán de pura cepa, nada sospechoso de hispanofilia, pero que nunca se ha dejado embaucar por las mentiras nacionalistas. Un intelectual íntegro que siempre ha dicho lo que ha pensado, sin someterse ni vincularse al poder, de un lado ni de otro. Este texto redactado en el año 2001, no tiene desperdicio:



“Cualquier nacionalismo es esperpéntico, excluyente, irracional y racista. Hay abundante bibliografía desenmascarándolo, pero el catalán alcanza su cénit y tiene curiosas particularidades: ser muy tardío y no pretender la clase social que lo alumbró, la burguesía, a principios del 20, conquistar el Estado sino neutralizar un arraigado proletariado internacionalista y libertario con un proyecto arrebatador, trabado y alternativo, o la incapacidad de la izquierda, tras la muerte de Franco, de echar por la borda la telaraña de enredos, mentiras y trampas que habían urdido intelectuales que mudaron, cómo no, de chaqueta cuantas veces hizo falta” (Izard, 2001: 145-165).



Todo nacionalismo, incluido obviamente el español, se fundamenta en mitos, en medias verdades o directamente en puras mentiras. Un ideario ficticio que calan mejor si a sus militantes se les ha adoctrinado desde la más tierna infancia y si el nivel intelectual de estos es medio o bajo.

El monstruo que el ultranacionalismo ha generado en Cataluña ha provocado una desafección notable entre una parte de la población catalana y el resto de España. Educar desde niños a las nuevas generaciones en el “España nos roba”, al tiempo que se traza una historia mítica de los países catalanes, ha creado unos sentimientos opuestos a todo lo español. Hay dos millones de independentistas en Cataluña –quizás más- que están convencidos de todo ello y de que la nueva República les traerá una sustancial mejora del bienestar social.

Lamentablemente, el doble enfrentamiento está servido: primero, entre los catalanes independentistas y los que no lo son. Y segundo, entre los primeros y la inmensa mayoría de los españoles. Un problema irresoluble porque la independencia en la Europa del siglo XXI no es factible. En el mundo globalizado y neoliberal en el que vivimos las ideologías cuentan poco, lo realmente importante es el capital y las multinacionales. Estoy totalmente seguro que no va a haber independencia porque no le interesa económicamente a nadie: ni a los españoles, ni a los catalanes, ni a los europeos. Tampoco a las multinacionales que pretender campar a sus anchas por el mundo sin que nadie les levante fronteras. Y como cualquier historiador sabe, al final, en el fondo de cualquier hecho histórico, siempre están los intereses económicos, lo mismo si se trata de las guerras de religión, que de las cruzadas o de la Conquista de América.

Asimismo Cataluña no va a ser independiente porque lo proclame –y acto seguido lo desactive- el presidente de la Generalitat ni el problema va a desaparecer porque el Estado lo prohíba. No basta con decir, “soy independiente”, pues para serlo realmente lo tienen que reconocer los demás, y de momento, no parece que lo vaya a reconocer ni el propio Puigdemont.

¿Qué va ocurrir? Pues me ratificó en las mismas palabras que escribí hace varios años, el problema se va a enquistar y durará años, quizás décadas. Un tira y afloja entre unos y otros que tendrá momentos más álgidos y otros más tranquilos. Pero en cualquier caso afectará gravemente a la convivencia entre los propios catalanes y entre una parte de estos y el resto de España. También se verá afectada la economía, especialmente la catalana que puede sufrir en los próximos lustros un efecto descentralizador con traslados de empresas a otros lugares de España e incluso de Europa. Asimismo, la economía española se verá afectada por la inestabilidad catalana, que supone el 20 por ciento del P.I.B. español, y por el deterioro de la imagen de España en el mundo. Eso puedo provocar un descenso de la inversión extranjera y quizás a largo plazo un freno de la principal industria de este país, el turismo. Igualmente, la prima de riesgo está empezando a subir ligeramente y seguirá haciéndolo, perjudicando gravemente la financiación de un Estado tan endeudado como el nuestro.

Por tanto, el problema de Cataluña no es solamente de los catalanes sino de todos los españoles. Y es importante decirle a la gente que nos va a afectar a todos, incluso a aquellos que no quieren saber nada del problema. Hasta un pensionista de cualquier rincón de España, que ni siquiera sabe lo que es el Nacionalismo, puede verse afectado económicamente por el conflicto.

Algunos pensarán que soy pesimista, pero como siempre digo mi conocimiento del pasado y las circunstancias del presente no me hacen albergar muchas esperanzas. La situación no pinta nada bien y es poco lo que yo como historiador puedo hacer más allá de destapar las mentiras y las miserias de una parte de la élite catalana que ha montado todo esto en su propio beneficio. Que nadie tenga dudas: cuando las cosas se pongan feas abandonaran el barco y pagarán el pato otros, como ocurrió durante el franquismo. Al final, los políticos se las apañaran para pactar su propia amnistía y ¿quiénes pagarán? Pues la gente de a pie, el propio jefe de los Mossos de Escuadra que será detenido en breve, directores de colegio, maestros adoctrinadores, funcionarios, etc. etc. Algunos pasaran algún tiempo a la sombra mientras que otros serán inhabilitados de empleo y sueldo durante algún tiempo. Y el resto, cualquier funcionario, pensionista, autónomo o parado de toda España sufriremos la crisis económica y la inestabilidad que todo esto va a provocara. Y todo ello, por culpa de unos pocos que además seguro que se van a ir de rositas.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA ARMADA GUARDACOSTAS DE CATALUÑA EN EL SIGLO XVI

LA ARMADA GUARDACOSTAS DE CATALUÑA EN EL SIGLO XVI

          La costa catalana y en especial el puerto de Barcelona jugaban un papel fundamental en el comercio y en la navegación peninsular con el mediterráneo. En el puerto de la ciudad Condal se ubicaban uno de los más activos astilleros de toda la Península, donde se construyeron muchas de las galeras que abastecieron las armadas y las flotas comerciales españolas. No olvidemos que Barcelona tenía al alcance de su mano un elemento cada vez más escaso en las zonas costeras europeas, la madera. Se abastecía de pinos y de robles del Pirineo catalán que se consideraban de una calidad excelente para la construcción de galeras (Braudel 1987: I, 186). Así, por ejemplo, el veintisiete de marzo de 1528 se dispuso que se condujese abundante madera a las atarazanas de Barcelona porque el Emperador había mandado construir allí nada menos que medio centenar de galeras (Fernández Duro 1972: I, 407). Tan solo dos años después se aprestaron seis galeras y se mandaron entregar al capitán general de la Armada Real de Galeras Álvaro de Bazán (Ibídem: 409).Y ya, hacia 1568, se dio la orden para que la galera Real que se iba a construir para la batalla de Lepanto se realizase en Cataluña porque el pino catalán es “el mejor leñamen que en Asia, África y Europa se halla…” (Camarero 1999: 721).

           Probablemente sus astilleros fueron languideciendo a lo largo de la centuria de manera que hacia 1594 se buscaba un nuevo maestro Mayor de las Atarazanas de Barcelona que conociese las destrezas del oficio y enseñase a otros. Una carta dirigida por el rey Prudente a Juan Andrea Doria, el diez de septiembre de 1594 no tiene desperdicio en ese sentido:

 

           “Para que la fábrica de las galeras que se hacen en el atarazana de la ciudad de Barcelona se haga más acertadamente como conviene y se enmienden las faltas que algunas de las que hasta aquí se han hecho han tenido, os encargo y mando que hagáis diligencia para saber dónde habrá algún famoso maestro, de ellos para que se procure traer a Barcelona y se críen con él hombres que puedan sucederle en el oficio…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1377).

 


           También la Ciudad Condal constituía uno de los puntos de atraque más comunes, junto con Málaga y Cartagena, de la Armada Real de Galeras de España, así como punto fundamental en el abastecimiento de víveres, especialmente del bizcocho. Pero además de ello, en este puerto tenía su sede una armada de galeras que se encargaba, primero, de la defensa de noreste peninsular y segundo, de servir de refuerzo a otras armadas cuando la situación así lo requería. Sabemos de su existencia en el cuatrocientos y de su pervivencia, más o menos precaria a lo largo del siglo XVI.

           De todas formas su importancia era limitada en tanto en cuanto se le solía asignar a la Armada Real de galeras de España la protección de sus costas. Pero, en ocasiones, cuando la Armada de Galeras de España estaba muy ocupada defendiendo las costas andaluzas se encargaba a las armadas italianas, su protección. De hecho, en marzo de 1587 Felipe II ordenó a Juan Andrea Doria que se dirigiera a “limpiar” y “abrigar” las costas de Cataluña y Cartagena “por ser pocas las galeras que acá hay y haberse de ocupar en las costas más a poniente…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1204).

           Por tanto, queda claro que la escuadra catalana debió ser una pequeña e inestable, aprestada en años concretos por necesidades también muy concretas. Y de hecho son muy pocas las referencias documentales que han llegado a nuestros días. Concretamente, de la Armada Guardacostas de Cataluña existe algún documento referente a la jurisdicción del Capitán General, que al menos nos sirve para confirmar su presencia en la decimosexta centuria (AGS, GyM 1318-70).

           Entre 1508 y 1510 estuvo al frente de esta escuadra el prestigioso marino don Ramón de Cardona que había estado en los años previos al frente de la Armada Real (Fernández Duro 1972: I, 93). No disponemos de muchos más datos de esta armada, lo cual quizás nos esté evidenciando su carácter eventual e inestable. Prueba de ello es la petición que hizo el Emperador a su hijo, en 1551, para que solicitara al general de Cataluña que aprestara una galera “para la seguridad y reputación de aquella costa” (Fernández Álvarez 2003: III; 325).

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1972): Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval.

 

MIRA CABALLOS: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y de Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

VARGAS-HIDALGO, Rafael (2002): Guerra y diplomacia en el Mediterráneo. Correspondencia inédita de Felipe II con Andrea Doria y Juan Andrea Doria. Madrid, Ediciones Polifemo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE  MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

 

 

El descubrimiento de América espoleó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y, posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir un tesoro oculto o incluso, con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían.

Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para la exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, 1584 se reformó estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía siempre y cuando, pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

        En Carmona existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales (AGS, RGS 147.909, f. 46). El 24 de marzo de 1553 se formalizó una compañía en Carmona para buscar minas de oro y plata. Los socios capitalistas eran Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de la villa en la collación de Santa María, mientras que el buscador de monas era Miguel Sánchez del Cuerpo, también vecino de la localidad. Los dos primeros pondrían el capital y el tercero su trabajo, a cambio de repartir a tres partes iguales lo obtenido, sacando previamente el quinto real.

        De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata, probablemente, el fracaso del proyecto. Había oro en América, plata en Guadalcanal y se soñaba con la posibilidad de encontrar oro en el fértil término de Carmona, algo que no llegó a ocurrir.

Nuevamente, en 1559 se firmó una compañía entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, en término de la ciudad de Trujillo. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres en partes iguales.

        Estos contratos, uno de los cuales reproducimos en el apéndice documental, no son más que el reflejo del espejismo áureo que llegó desde América a la Península; la fiebre del oro.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(A.P.C. Escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

        La actual crisis ecológica, el cambio climático y la agonía del planeta Tierra, están provocando una situación tan extrema como nueva que debe tener respuesta desde las distintas disciplinas humanas y científicas. La contribución de la Historia puede ser importante en este terreno.

        Como ya hemos comentado en otros lugares, la Historia debe recuperar el fin social que le corresponde. Pues, bien, este fin social no trata sólo de redimir a los marginados o de analizar las desiguales relaciones de producción, o el desarrollo tecnológico sino que también puede y deber incidir en la relación con el medio, en lo que se puede llamar la ecohistoria.

        No soy partidario de crear una nueva rama de la Historia, la Historia Ambiental, con la que trocear una vez más la Ciencia Histórica. Hace más de medio siglo Lucien Febvre, defendió la Historia en su integridad, pues a su juicio no se podía descomponer la historia sin acabar como ella de la misma forma –decía- que no se podía trocear un hombre sin matarlo. Por eso la historia ambiental deberían contemplarla todos los historiadores de manera transversal, cada uno en sus distintas época y objetos de estudio.

        La Historia de la Humanidad es también, la historia de la progresiva destrucción del medio natural. Por ello es fundamental que la llamada en el pasado Historia Natural y la actual Historia Ambiental, ocupe el lugar y el tratamiento que merece. En el fondo, de acuerdo con Manuel González de Molina, el objetivo último es ecologizar toda la Historia.

        Habrá que reconstruir la Historia incidiendo en la capacidad destructora del medio en cada momento. La humanidad no siempre vivió de espaldas a la madre naturaleza. Es más, incluso hoy en día existen pueblos amerindios que conviven armónicamente con la madre naturaleza. Es un concepto que está muy enraizado en las sociedades indígenas, sobre todo del área andina. En la era paleolítica, que duró al menos dos millones de años, el ser humano convivió armónicamente con la naturaleza. Obviamente, no tanto por una conciencia ecológica de supervivencia como cultura, sino por su propio retraso tecnológico. Con el Neolítico, y la revolución agraria y ganadera comenzó incipientemente la destrucción del medio. Lo que la historiografía burguesa interpreta como el primer gran hito de la Historia, fue en realidad el inicio de la depredación humana sobre el medio.

        A partir del siglo XVI, y durante toda la Edad Moderna, con el descubrimiento de América y los inicios del capitalismo la destrucción del medio se agudizó. Son bien conocidas las deforestaciones de bosques de pino en toda Europa para la construcción de carabelas, naos, bergantines, galeras y galeones. Asimismo, son bien conocidas las talas indiscriminadas de bosques en Santo Domingo, Cuba y posteriormente Centroamérica y Brasil, por la industria azucarera. La zafra requería mucha madera para la cocción del dulce lo que provocó un daño ecológico sin precedentes en el continente americano. Por cierto, que la propia deforestación, así como el descenso del caudal del agua de los ríos, provocó una reducción de la producción del dulce que terminó afectando a la propia industria azucarera. Se evidencia, una vez más, la irracionalidad a largo plazo de este modo de producción. A partir de finales del siglo XVIII se inicia la depredación a gran escala, porque el metabolismo industrial requiere grandes cantidades de energía, en base a combustibles fósiles, primero carbón y después petróleo. Y desde la segunda mitad del siglo XX, lo más preocupante que esa forma de depredación industrial se está extendiendo desde el mundo desarrollado al Tercer Mundo. Estamos próximos a una situación de no retorno.

        La actual agonía medioambiental del planeta requiere soluciones drásticas, y el compromiso de todos: científicos, humanistas y políticos. Los historiadores podemos aportar nuestro granito de arena, trazando este nuevo perfil de la Historia, en el que la ecología tenga un papel preponderante. Y con ello no solo contribuiremos a una mayor conciencia social sobre la ecología sino que también podemos aportar soluciones concretas a la formas de producción. Muchísimas técnicas de producción del pasado fueron descartadas por ser menos poco productivas y no rentables en la economía capitalista pero que podrían recuperarse en el futuro. Por ejemplo, los incas poseían unas infraestructuras de explotación agrícola por pisos ecológicos que era totalmente armónica con el medio ambiente. A lo mejor podemos aprender bastante de técnicas del pasado, desechadas por poco productivas que ahora, en cambio, podemos valorar por su aporte ecológico. La necesidad de una agricultura ecológica, no sólo más sana para las personas sino también mucho más respetuosa con el medio.

Así contribuiremos a una concienciación social necesaria y fundamental para superar los funestos retos que ya se están planteando y que se agudizarán en las próximas décadas. Eso también forma parte del compromiso social de los historiadores.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


 

FEBVRE, Lucien: Combates por la Historia. Barcelona, Planeta Agostini, 1986.

 

FUNES MONZOTE, Reinaldo: Del bosque a la sabana. Azúcar, deforestación y medio ambiente en Cuba, 1492-1926. México, Siglo XXI, 2004.

 

GONZÁLEZ DE MOLINA, Manuel: “Sobre la necesidad de un giro ambiental en la historiografía”, en El valor de la Historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui. Madrid, Editorial Complutense, 2009.

 

TURNER, Billy Lee, Willian C. CLARK y Robert KATES (edts.): Earth as Transformed by Human Action. Cambridge, University Press, 1994.

 

WOSTER, Donald: “Transformation of the Earth, Toward and Agroecological Perspective in History”, en Journal of American History, nº 76. Lillington, 1990.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN SUCESO SINGULAR PROTAGONIZADO POR LUISA DE AVELLANEDA, ASCENDIENTE DE MIGUEL DE CERVANTES (1510)

UN SUCESO SINGULAR PROTAGONIZADO POR LUISA DE AVELLANEDA, ASCENDIENTE DE MIGUEL DE CERVANTES (1510)

        Los archivos nunca dejan de sorprender. Hace un par de días en mi visita al Archivo Histórico Provincial de Sevilla me salió al paso una escritura de poder de una tal doña Luisa de Avellaneda, formalizada el 2 de julio de 1510. No es desconocida porque con posterioridad la he visto citada en algunos trabajos, pero eso no me impide glosar el documento.

         Dos destalles me hacían sospechar que se trataba de una persona de alto linaje: uno, que anteponía el “Doña” y otro, que poseía formación académica ya que firmó la escritura. Y aunque hoy nos pueda parecer una trivialidad, en aquella época no eran muchas las personas que sabían leer y escribir y menos aún si eran de sexo femenino. A poco que investigué un poco averigüé que se trataba de la pequeña de los seis hijos legítimos del Comendador de Santiago Diego de Cervantes y de Juana de Avellaneda. Ascendiente del autor del “Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y hermana del corregidor de Jerez Gonzalo Cervantes de Avellaneda. Doña Luisa se desposó con Juan Bernal de Zúñiga, procreando dos vástagos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda.

         Pues bien, el 2 de julio de 1510 otorgó un poder al notario apostólico Antonio de Espinosa para que en su nombre solicitase el divorcio de su esposo Juan Bernal de Zúñiga. Hasta ahí no tendría nada de particular, aunque es cierto que no abundan las separaciones en la Edad Moderna. Pero, ¿y la causa? ¿malos tratos quizás? ¿Abandono de hogar? Pues no, nada de eso, alegó que había averiguado un gran secreto de su marido: ¡era judeoconverso! Parece increíble su torpeza, entre otras cosas porque delataba y comprometía gravemente a sus propios hijos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda. No sé cómo pudo ignorar esta mujer que los judíos eran considerados en su tiempo linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre, que podía abarca cinco, diez y hasta veinte generaciones.

        Desconozco en estos momentos si el divorcio prosperó, pero en cualquier caso el daño estaba hecho; había comprometido gravemente no solo la reputación de su esposo sino la de sus propios hijos y sus descendientes. Y aunque en el caso de los Bernal de Zúñiga está más que demostrado su origen judío, la simple sospecha era suficiente para excluir a alguien de la sociedad. Por cierto que estos Bernal de Zúñiga habían emparentado con los Cervantes, por lo que se vuelve a evidenciar algo que ya sabíamos: el pasado judeoconverso del autor del Quijote. Y ello a pesar de que él, como otros personajes históricos, se empeñó en ocultarlo.

Esta idea de la exclusión por una simple sospecha fue una práctica generalizada en España hasta hace el siglo XVIII y sus rescoldos, quizás remotamente, todavía llegan a nuestros días. En cualquier caso sorprenden estas actitudes del pasado, al menos desde una visión de nuestro tiempo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SANTÍSIMA TRINIDAD: EL COLOSO ESPAÑOL DE LOS MARES

EL  SANTÍSIMA TRINIDAD: EL COLOSO ESPAÑOL DE LOS MARES

         

          Conocemos la historia de este coloso de los mares desde tiempos de Emilio Pérez Galdós, cuyo personaje principal de su libro “Trafalgar”, Gabriel de Araceli, viajaba en dicho buque, relatando los dramáticos acontecimientos de la contienda desde dicha atalaya. Sin embargo, en 2005 Marcelino González Fernández publicó una monografía sobre dicho navío, su construcción y su servicio hasta su hundimiento en 1805, que puso de relieve todos los pormenores de este gigante. El presente artículo se fundamenta, pues, en los datos aportados por Marcelino González, completados con las referencias e Pérez Galdós y de Cesáreo Fernández Duro.

Desde la paz de Westfalia en 1648 España había dejado de ser la potencia hegemónica en el mar, en favor de los ingleses. A partir de entonces, y hasta la batalla de Trafalgar, se mantuvo a duras penas como segunda potencia naval, aunque es cierto que su eficaz sistema naval le permitió mantener lo esencial de su imperio hasta el siglo XIX.

           Pero los Borbones, y en especial algunos de sus ministros como el Marqués de Ensenada, pretendieron revitalizar la Armada y recuperar el terreno perdido frente a los ingleses. Sin embargo, era difícil por no decir imposible debido a dos causas: primera, a los graves problemas de financiación y, segunda, al atraso tecnológico, tanto en la construcción naval como en la fundición de artillería.

           En medio de este panorama, tratando de buscar un atajo, quisieron construir un velero que impresionara al mundo, soñando con la posibilidad de que España recuperase su añorada supremacía. Pero estas ocurrencias puntuales nunca dieron buen resultado. Lo mismo trataron de hacer los alemanes en la II Guerra Mundial. Ante la superioridad naval inglesa, botaron en 1939 el acorazado Bismarck, el buque de guerra más grande de la historia. Su trayectoria fue muy similar al del Santísima Trinidad, aunque mientras éste estuvo en servicio varias décadas el Bismarck poco más de dos años. Lo cierto es que el gran acorazado alemán tuvo al igual que el Santísima Trinidad, graves defectos de diseño, pues ambos viraban con una lentitud exasperante. Y asimismo, al igual que el buque español, fue hundido por los ingleses, exactamente el 27 de mayo de 1941 en el Atlántico Norte.

           El Santísima Trinidad fue proyectado por el constructor de origen irlandés Mateo Mullán. Era costumbre de la España de la época realizar espionaje sobre los astilleros ingleses y captar a constructores navales de esa nacionalidad. Fue así como el Mullán llegó a España con el objetivo de diseñar y construir navíos de guerra para la Armada. Proyectó este navío, que después se ordenó bautizar como el Santísima Trinidad. Se trataba de un coloso de tres puentes –en una reforma posterior se incorporó un cuarto puente- y 112 cañones, pensado para una tripulación de 960 personas. Se pensó construirlo en el astillero gaditano de la Carraca, pero finalmente se encargo a la factoría de La Habana, dada la escasa capacidad del astillero gaditano. Sus dimensiones en el momento de su botadura fueron de 63,36 metros de largo –eslora- por 16,67 metros de ancho –manga- y un arqueo de 4.902 toneladas.

           Nada salió según lo esperado, pues, la primera desgracia fue la muerte por fiebre amarilla de Mateo Mullán, por lo que tuvieron que desarrollar su proyecto otros constructores. Quizás ésta fue una de las causas por la que el barco tuvo problemas de estabilidad desde su botadura. Se hizo necesario emprender costosísimas reformas para tratar de bajar el centro de gravedad y su crecida inclinación. Se hicieron varias reformas en profundidad en los astilleros del Ferrol y de Cádiz, que nunca se pudieron solucionar sus problemas porque eran estructurales. Eso sí, aumentaron su envergadura a cuatro puentes, 140 piezas de artillería, dando cabida a una tripulación de unas 1.100 personas.

Desde 1779 estuvo luchando contra la escuadra inglesa, como buque insignia de la flota comandada por el almirante Luis de Córdoba. Pocos meses después cerca de la costa africana sufrió un temporal que estuvo a punto de hacerlo naufragar aunque consiguió aportar finalmente al puerto de Cádiz, donde fue reparado. Al año siguiente tuvo un papel destacado en el apresamiento de un convoy inglés en torno a las islas Azores. En los años posteriores se mantuvo en servicio contra los ingleses, comandado por distintos capitanes. En 1797 resistió el ataque de cuatro navíos ingleses que dañaron su arboladura y provocaron 69 muertos a bordo. Pero cuando estaba a punto de ser apresado, acudieron en su socorro dos navíos de la armada española y consiguió arribar de nuevo a Cádiz, en cuyos astilleros fue de nuevo reparado.

           De nuevo, en 1803, siendo su capitán Francisco Javier Uriarte y Borja, se incorporó a la flota hispano-francesa que pretendía combatir con la inglesa. En 1805 tomó parte en su última batalla, la de Trafalgar. En octubre de 1805 salieron de la bahía de Cádiz para enfrentarse a los anglosajones en el cabo Trafalgar. El buque insignia de la armada española se situó junto al Insignia francés, el Bucentaure, comandado por el almirante Villeneuve. El Santísima Trinidad por su posición y por su tamaño fue un blanco fácil sobre el que se concentró la cañonería inglesa. Durante horas recibió impactos de cinco buques ingleses: el Neptune, el Leviathan, el Conqueror, el África y el Prince. Estos en varias horas arrasaron su arboladura, dejando al menos 205 muertos y 108 heridos. Solo cuando estaba todo perdido y no había ni siquiera munición, el capitán Uriarte decidió rendir el navío. Los ingleses trataron de remolcarlo hasta Gibraltar pero por sus graves daños terminó hundiéndose, sin haber sacado de la enfermería a varias decenas de heridos y mutilados que se fueron a pique con el navío. Era un 21 de octubre de 1805, desaparecía este coloso de los océanos, conocido ya en su tiempo, según Benito Pérez Galdós, como “El Escorial de los mares”, el mayor navío de guerra construido en la Edad Moderna. En algún lugar de la bahía de Cádiz reposan los restos de este gigante, junto al de varias decenas de tripulantes ahogados en el siniestro.

           Su capitán, Francisco Javier de Uriarte, resultó herido y fue capturado por los ingleses. Su valentía quedó fuera de toda duda pues se negó a rendirse, pese a que se lo solicitaron incluso sus propios enemigos. Solo cuando vio que estaba todo perdido, y con el objetivo de evitar la muerte inútil de los supervivientes, aceptó la rendición. Tras su liberación ostentó el mando de la armada Española. Tras la invasión francesa se negó a servir a José Bonaparte y lo hizo en cambio a la Junta Central de Cádiz. Murió el 29 de noviembre de 1842, en El Puerto de Santa María, ciudad en la que había nacido 89 años antes.

El Santísima Trinidad fue el sueño de un país que trataba infructuosamente de recuperar su perdida hegemonía naval. El coste de su construcción fue elevadísimo, más de 400.000 pesos, sin contar con otras reformas muy caras que se le practicaron. Como destaca Cesáreo Fernández Duro, con ese dinero se podían haber construido tres o cuatro navíos de 80 o 90 cañones que hubiesen aportado mucho más a la armada española. Más allá de su tamaño, padeció siempre problemas estructurales, haciendo de él un barco inestable y de difícil maniobrabilidad. Estuvo a punto de ser hundido en varias ocasiones aunque finalmente se mantuvo en servicio activo durante treinta y siete años. Su aporte a la armada española fue más bien modesto, más allá de su capacidad disuasoria y del prestigio que le dio a la armada hispana poseer el barco más grande de su tiempo. Pero como ocurre siempre, en la excelencia no hay atajos, y no fue posible recuperar la ansiada hegemonía naval de la que gozase en los siglos XVI y XVII.

 

 

PARA SABER MÁS

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Disquisiciones náuticas”, T. V. Madrid, Instituto de Historia y Cultura Naval, 1996.

 

----- “Armada Española. Desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón”, T. VIII. Madrid, Museo Naval, 1973,

 

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Marcelino: “Navío Santísima Trinidad. Un coloso de su tiempo”. Madrid, La Espada y la Pluma, 2005.

 

PÉREZ GALDÓS, Benito: “Trafalgar”. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS