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Historia de América

DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN: MI BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN:  MI BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

En pocas semanas verá por fin la letra impresa mi libro “Francisco Pizarro. Una biografía para el siglo XXI” (Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2016, 396 págs). En este libro he estado trabajando desde el año 2010, es decir, ha sido mi trabajo de fondo en los últimos seis años, aunque en el transcurso haya publicado artículos y trabajos siempre de menor envergadura.

He releído miles de documentos y de imágenes digitales de los mismos, en archivos muy diversos de la geografía nacional. Asimismo, he revisado minuciosamente y contrastado casi todas las crónicas y prácticamente toda la bibliografía sobre el trujillano. Un trabajo largo, a veces agotador, pero gratificante porque el manejo de fuentes primarias me ha permitido cuestionar muchas de las premisas tradicionalmente sostenidas sobre el conquistador. Por otro lado, he contrastado los testimonios encontrados de almagristas, pizarristas y cortesianos. Cada uno valoraba la conquista del incario en función al grupo al que estaba adscrito. Hasta ahora, unos historiadores han dicho unas cosas y otros otras dependiendo de a cuál de las tres versiones diesen mayor credibilidad. Pero en realidad no se trata de optar por una de las facciones sino de estimarlas todas y desentrañar cuánto de verdad encierran cada una de ellas.

El resultado ha sido una biografía densa de casi cuatrocientas páginas, y más de mil notas que, por primera vez, he decidido colocar al final de libro. De esta forma, el que quiera una lectura profunda pero ágil de la vida del conquistador, lo puede hacer en poco más de doscientas páginas. Pero el investigador que quiera saber detalladamente por qué digo lo que digo y qué pruebas aporto podrá consultar esas notas abigarradas colocadas al final, así como un apéndice documental con los documentos más novedosos que he desempolvado. Hasta las fundiciones, con los listados de las personas que fundieron metal precioso, los he vuelto a transcribir del original, pese a que están publicados y transcritos desde hace años. Pero eso me ha permitido, detectar numerosos errores que cometió el primer transcriptor y que han perpetuado los historiadores posteriores.

Pocos lectores se darán cuenta de la diferencia entre esta biografía del conquistador trujillano y las cientos que hay publicadas y que se editan casi anualmente. Una persona que se lee varios libros y crónicas y escribe su libro puede realizar un trabajo atractivo, bien escrito y legible. Sin embargo, cuando uno bucea entre miles de fuentes primarias y secundarias, y además trata de plantear o demostrar hipótesis nuevas, se ve obligado a poner mucho énfasis en determinados aspectos y hacerse incluso tedioso. Lo que quiero decir con ello, es que habrá muchos lectores que valoren más una obrita divulgativa o una novela histórica sobre el conquistador que mi libro. Pero pienso que a largo plazo, siempre quedan los trabajos de fondo; esos permanecen, los otros siempre tienen fecha de caducidad.

En España hemos adolecido de divulgadores de nivel. Por un lado estaban los investigadores de fondo que escribían libros infumables con decenas de apéndices documentales que casi nadie se leía. Y por el otro, estaban los divulgadores que se leían esas obras y las ablandaban para hacerlas accesibles al gran público. Pero, dado el escaso éxito de unos y de otros, después llegaban los historiadores anglosajones, que eran a su vez investigadores de fondo y divulgadores y escribían la obra maestra. Se trataba de lo que Eric Hobsbawm llamaba la alta vulgarización. Y ahí están los libros clásicos e imperecederos de John Elliott, Hugh Thomas, John Hemming, Henry Kamen, Geofrey Parcker, Trevor Dadson, Paul Preston, etc. etc. Pero claro, eran grandísimos investigadores que eran capaces de divulgar desde su profundo conocimiento de las fuentes primarias y secundarias. Estos han sido siempre mi modelo a imitar y mi fuente de inspiración; solo el tiempo y los lectores podrán decir si efectivamente conseguí mi objetivo de acercarme, aunque solo sea un poquito, a la forma de hacer historia de estos grandes maestros, y crear una biografía imperecedera sobre el conquistador del Tahuantinsuyu.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CABALLOS Y LA CABALLERÍA EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

CABALLOS Y LA CABALLERÍA  EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Desde que a principios de la Baja Edad Media se generalizara el estribo y la silla, la caballería se convirtió en dueña de Europa. En América iba a prorrogar su protagonismo durante todo el período conquistador pese a que en Europa empezaba a ceder la primacía a la infantería. El propio Hernán Cortés escribió una frase muy conocida pero que por su clarividencia traemos a colación: no teníamos, después de Dios, otra seguridad sino la de los caballos. Las Casas, parafraseando a la inversa, declaró que los équidos eran la más perniciosa arma que puede ser para entre indios, mientras que Fernández de Oviedo decía que aquellas gentes huían de los caballos como el diablo de la cruz. Una caballería utilizada decisivamente desde la Edad Media y que los aborígenes se mostraron incapaces de frenar. Al principio, a su eficacia intrínseca se unía el hecho de la sorpresa y el espanto que causaba, pues, los nativos pensaban, unas veces, que jinete y caballo formaban un mismo ser, y otras, que eran inmortales. Los españoles evitaron a toda costa que descubriesen la verdad. Hernán Cortés mandaba siempre enterrar a los caballos muertos y lo mismo hacía Francisco Pizarro, quien, en 1530, mandó inhumar a su rocín en un lugar secreto porque siempre estuviesen los indios en creencia que no podían matar los caballos. Pero no fueron los únicos; en la conquista de Santa Marta los naturales mataron el penco de Rodrigo del Río y éste se lo llevo a quemar al interior de un bohío para que sus oponentes no supieran su carácter mortal.

Esta creencia jugó muy malas pasadas a más de un bravo guerrero indígena. Un cacique maya, de nombre Tecum, pensando que caballo y jinete eran un mismo ser, se enfrentó a Pedro de Alvarado, matando a su caballo, pero ante su sorpresa el conquistador se revolvió desde el suelo y lo atravesó con su espada. El efecto psicológico sobre los indígenas lo acentuaban los propios hispanos, quienes les ataban a los lomos unos pretiles con cascabeles, cuyo sonido provocaba su huída despavorida. En Yucatán, un tal Palomino, hizo una exhibición con su caballo, delante de una decena de caciques, y fue tal el espanto que les causó, que se hicieron sus necesidades encima, de tal manera que el hedor era insoportable.

Obviamente, todo esto ayudó tan sólo en los momentos iniciales. Los nativos, si por algo se caracterizaron fue por su gran capacidad de observación, que les llevó a percatarse rápidamente que comían hierba y que además morían como cualquier otro ser vivo. Pero, a pesar de ello, siguieron siendo un elemento totalmente desequilibrante. Y ello muy a pesar de que en Europa, desde la Guerra de los Cien Años, la caballería había entrado en decadencia a favor de la infantería. Esta última se consolidó a principios del siglo XVI, cuando las armas de fuego se fueron progresivamente perfeccionando. Pero, dado que en América, los indios no disponían de este armamento, la caballería volvió a ser la base de las huestes, como en el Medievo. Pasada la Conquista, el caballo se usó con frecuencia en otros menesteres, unas veces como bestia de carga y en otros como elemento de ocio, realizándose exhibiciones equinas y juegos de caña.

Realmente el hierro y sobre todo la caballería eran los elementos que marcaban la diferencia entre la victoria y la derrota. Un arma absolutamente insalvable para los indios. Su movilidad y su posición dominante hacía que un hombre a caballo hiciese por diez españoles de a pie y por medio millar de indios. Las tribus indígenas sucumbían una detrás de otra a la ofensiva de la caballería. A mi juicio, la conquista fue una guerra relativamente fácil de ganar para los hispanos, pues de hecho, dos puñados de españoles acabaron con los dos mayores estados de todo el continente americano: la confederación mexica y el Tahuantinsuyu.

Pero, muy pocos españoles pudieron disponer en los primeros años de estos équidos que tan buena garantía les daban en el combate. Eran muy cotizados hasta el punto que preferían dejar morir a los indios aliados antes que a sus caballos, conscientes de que constituían su protección más preciada. En los primeros decenios, la escasez de équidos hizo que su precio se disparara. Las Casas se indignaba al comprobar que en La Española, en las primeras décadas del siglo XVI, se cambiaba una yegua por 80 personas de Pánuco, ¡por 80 ánimas racionales! Poco antes de la Conquista de México se cotizaban en 3.000 pesos de oro lo que obligó a algunos conquistadores a asociarse para su adquisición. Fue el caso de Pedro de Alvarado que adquirió una yegua alazana a medias con López de Ávila. Por su parte Francisco de Montejo, debió conformarse con un penco de feas hechuras que debió comprar a partes iguales con Alonso de Ávila. Pero todavía en torno a 1535 Alonso Martín, declaró que compró un caballo en el Perú por 1.200 pesos de oro. Prácticamente durante toda la Conquista, el caballo fue un producto escaso y, por tanto, privativo.

Pese a todo, la caballería fue desequilibrante hasta tal punto que las pocas batallas en las que los aborígenes salieron victoriosos se produjeron de noche, en zonas de sierra o en espacios angostos donde la caballería reducía sustancialmente su eficacia. Algunos de estos primeros caballos casi se convirtieron en leyenda, como Rolandillo, Cabeza de Moro, Romo –el caballo de Cortés-, el Cordobés, Villano –de Gonzalo Pizarro-, Salinillas o Motilla. Este último era propiedad del medellinense Gonzalo de Sandoval, y de él escribió Bernal Díaz del Castillo que ni en Castilla ni en las Indias se vio otro mejor. Antonio Espino contradice mi tesis, y reduce la importancia del caballo en la conquista. Parte de la idea, a mi juicio errónea, de que la guerra fue muy difícil de ganar y que en algunas áreas los caballos fueron muy escasos o inoperantes por lo abrupto del terreno (2013: 30-31). Pero, como hemos visto en este artículo no pensaban lo mismo los contemporáneos, como aquellos capitanes que se rieron de Cortés con motivo del asedio fracasado de Argel, cuando le dijeron: Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil (Mira Caballos, 2010: 37).

 

PARA SABER MÁS

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2010. A la venta en www.Amazon.es

 

RIVERA SERNA, Raúl: “El caballo en el Perú (siglo XVI)”, Anuario de Estudios Americanos, T. XXXVI. Sevilla, 1979.

 

RÍO MORENO, Justo L.: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (S. XVI) T. I. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA VERDADERA HISTORIA DEL HUNDIMIENTO DEL GALEÓN SAN JOSÉ EN 1708

LA VERDADERA HISTORIA DEL HUNDIMIENTO  DEL GALEÓN SAN JOSÉ EN 1708

        En estos días el tema del patrimonio sumergido está de actualidad, tras el anuncio por parte del gobierno colombiano del hallazgo del galeón San José, hundido por corsarios ingleses en 1708. La prensa, siempre deseosa de encontrar titulares con los que vender noticias y periódicos, se ha encargado de cifrar el valor del tesoro sumergido: once millones de monedas de oro, que ya algunos atrevidos han valorado en cerca de diez mil millones de dólares.

        En estas páginas quiero hacer algunas puntualizaciones sobre las circunstancias del hundimiento, sobre el valor del cargamento y sobre los tesoros sumergidos en general. Empezando por lo primero, diremos que el hundimiento del galeón se produjo en plena Guerra de Sucesión, cuando España, aliada de Francia, estaba enfrentada fundamentalmente con los británicos. La situación del país era extremadamente delicada porque sufría los ataques de sus enemigos en los mismos puertos peninsulares, como Vigo o Gibraltar. En esos momentos las dos flotas de Indias, la de Nueva España y la de Galeones de Tierra Firme no se encontraban todo lo bien protegidas que hubiese sido menester, porque eran muchos los puertos y las rutas que había que defender. La de Nueva España zarpó de Veracruz y llegó sin contratiempos a La Habana, punto de reunión de las dos flotas antes de emprender el camino de regreso hasta Cádiz. En cambio, la de Tierra Firme permaneció entre abril y mayo fondeada en Portobelo, mientras se celebraba su famosa feria. La armada zarpó a primeros de junio de aquel puerto con destino al de Cartagena de Indias, donde debían verificar los registros de lo que llevaban a bordo y recoger el dinero del virreinato de Nueva Granada.

        En total la Armada de Galeones de Tierra Firme se componía de quince barcos mercantes y tres de guerra, a saber: el galeón San José, con 32 cañones por banda y 600 pasajeros, donde viajaba el capitán general de la Armada, don José Fernández de Santillán y Quesada, Conde de Casa-Alegre. El galeón San Joaquín, de un tonelaje similar al San José, con el mismo número de cañones y 500 pasajeros. Y finalmente el galeón El Gobierno, algo más pequeño, con 44 cañones y 400 pasajeros. Estando a la altura del islote de Barú, cerca ya de Cartagena, fueron interceptados por cinco navíos de guerra ingleses. Los buques españoles se prepararon para el combate, pese a estar en inferioridad numérica. El galeón San José fue el primero en ser bombardeado, siendo hundido en apenas dos horas. El Gobierno, en cambio, resistió la acometida durante algo más de ocho horas, y poco antes de su hundimiento fue rendido por su capitán, el conde de Vega-Florida. Y finalmente, el San Joaquín, que era la Almiranta de la armada, consiguió escapar durante la noche y alcanzar la seguridad del puerto de Cartagena.

        Narrados los hechos, quisiera destacar varios aspectos: primero, la valentía del capitán general de la armada, el Conde de Casa-Alegre, que cumpliendo con su obligación dejó su vida en defensa de los tesoros del rey de España. Igual de meritorio fue el comportamiento del resto de los oficiales de los tres galeones españoles. Consiguieron que la flota mercante llegase íntegra a Cartagena, salvándose incluso el galeón San Joaquín con parte de los caudales de Felipe V.

        Segundo, no se puede saber la cuantía exacta que transportaba el galeón San José por mucho que algunos sueñen con toneladas de oro. No se llegó a realizar el registro en Cartagena, y la parte que transportaba el san Joaquín se salvó, mientras que el galeón El Gobierno fue tomado por los ingleses. Fue muy sonado en su época el gran botín que tomaron los ingleses en el buque rendido, evidenciando que como era costumbre el metal precioso se había repartido entre los tres galeones para minimizar posibles pérdidas. Por tanto, lo que puede haber en el galeón San José, además de varios centenares de cadáveres, cerámica, cacao, añil y otros productos cargados en Portobelo, es una parte de ese tesoro. Tampoco sabemos si el capitán general, viendo perdido el navío, consiguió tirar por la borda las monedas de oro, o incluso reembarcarlas en una pequeña urca que les acompañaba y que consiguió alcanzar el puerto de Cartagena. Asimismo, desconocemos si el yacimiento donde se encuentra el galeón San José está intacto o si ha sido saqueado en algún momento, como en tantos otros casos.

        Y tercero, el caso del San José es muy diferente al de la fragata Las Mercedes, localizada y expoliada por la empresa Odyssey en aguas del golfo de Cádiz en 2007. Y es diferente porque en aquel caso el barco no solo era de titularidad española sino que se hallaba en nuestras aguas. Supongo que en el caso que ahora nos ocupa habrá un largo proceso en los tribunales para ver cuánto corresponde al descubridor –el estado colombiano a través de su armada- y cuánto al propietario de aquel pecio y de su contenido.

        Pero en cualquier caso, he escrito este artículo para señalar la ausencia en España de un macroproyecto para rescatar nuestro patrimonio sumergido. Un proyecto en el que deben colaborar el Estado, la Marina, la Universidad y la empresa privada. Además de la existencia de detestables empresas cazatesoros, muchos países europeos y americanos, como Estados Unidos, Colombia, República Dominicana o Ecuador, llevan años rescatando los pecios de sus aguas. Sonados han sido los rescates del Guadalupe y el Tolosa, en aguas dominicanas, del Nuestra Señora de Atocha o del galeón Jesús María, hundido en 1654 junto a las costas de Ecuador. España, por sus amplias costas y por su trayectoria histórica cuenta con los mejores yacimientos marinos del mundo. Tenemos localizados varios centenares de pecios en las costas españolas, sin contar los barcos hundidos en batallas como la de Trafalgar. En las costas mediterráneas, incluyendo las islas Baleares, se sabe de la existencia de barcos cartagineses y romanos. Sin embargo, el golfo de Cádiz pasa por ser el mayor yacimiento de pecios del mundo. Además de barcos desde tiempos de los fenicios, descansan en su lecho decenas de galeones de la Carrera de Indias. A la bahía de Cádiz se dirigían todos los barcos procedentes de las Indias, cargados de metal precioso y casi siempre perseguidos desde el cabo de San Vicente por corsarios franceses, ingleses y holandeses. Pese a la protección de los galeones de las flotas y a la ayuda de la Armada Guardacostas de Andalucía, muchos de ellos fueron hundidos en diversos puntos de la costa onubense y gaditana. Yo mismo he documentado alguno de ellos, aportando incluso datos aproximados de su localización.

Un estudioso, amigo mío, Claudio Bonifacio, que lleva toda la vida estudiando los registros de los barcos hundidos en el Archivo de Indias, ha cuantificado el metal precioso sumergido en el golfo de Cádiz en 12.000 toneladas de plata y 800 de oro. Y aunque la cifra es ya de por si golosa, al metal precioso habría que unir las joyas, porcelanas, cerámicas, tapices, piedras preciosas, así como el patrimonio inmaterial de la historia.

El valor del patrimonio histórico y cultural sumergido que alberga España daría para construir el mayor y mejor museo de arqueología subacuática del mundo. Un atractivo más para España y una fuente de riqueza que no podemos ignorar. El Estado Colombiano ya ha manifestado su intención de crear un museo subacuático en Cartagena de Indias, y está en su derecho. Nosotros tenemos el nuestro, precisamente también en Cartagena (Murcia); pero se hace necesario llevar a cabo un ambicioso plan para proteger y rescatar nuestro patrimonio subacuático y hacer el mejor y más completo museo del mundo en su especialidad.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Armada Española”. Madrid, Museo Naval, 1973.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del Imperio español. Armadas, flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2014.

 

PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo Emilio: “El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

SERRANO MANGAS, Fernando: “Naufragios y rescates en el tráfico indiano durante el siglo XVII”. Madrid, Siruela, 1991.

 

VVAA: “Navegantes y Náufragos. Galeones en la ruta del mercurio”. Barcelona, Lunwerg Editores, 1996.

 

VVAA: “La aventura del Guadalupe. Su viaje a La Española y su hundimiento en la Bahía de Samaná”. Barcelona, Lunwerg, 1997.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA REBELIÓN DE ENRIQUILLO (1520-1533)

LA REBELIÓN DE ENRIQUILLO (1520-1533)

Buenas tardes:

 


Hoy hablaremos de Enriquillo, un personaje muy conocido de la historia dominicana. Sorprendente porque es de los pocos indios a los que la Historia le ha otorgado un sitio de honor. Queremos dejar bien claras tres ideas:

 

 

La primera idea que queremos dejar clara es la resistencia indígena permanente que abarca desde la llegada de los españoles hasta la extinción de los aborígenes en poco menos de cincuenta años. Superado un momento inicial en el que, como es bien sabido, los españoles fueron tratados como dioses, comenzó la resistencia de los indios. En estos primeros compases la oposición se catalizó en: 1.- la huida a los montes. 2.-destrucción de sus conucos y 3.-un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

 

La segunda cosa que queremos dejar clara es que hubo dos fases: en la resistencia: una,

antes de 1519 y después de esta fecha. Hasta 1519 los indígenas poco o nada pudieron hacer frente a las ofensivas armas de los cristianos por lo que la única salida que les quedaba era, como ya hemos comentado, la huida a los montes, fuera del alcance de los españoles. Podemos decir que los indios en los primeros años no se rebelaban contra los españoles sino que tan sólo se ausentaban, de ahí que para recuperarlos se utilizase a los llamados recogedores de indios o alguaciles del campo. Y otra, a partir de la década de los veinte aparecieron líderes que aglutinaban en torno a si indios con una mayor conciencia de grupo, como fue el caso de Enriquillo que concentró bajo su mando a más de un centenar de guerreros.

En estos años se dieron varias circunstancias que favorecieron los levantamientos indios, a saber: el progresivo despoblamiento de las islas y el mestizaje cultural de muchos indios que les permitió aprender las técnicas de combate del grupo conquistador. Aprendieron a evitar los ataques frontales con los españoles, prefiriendo su concentración en lugares inaccesibles desde donde atacar por sorpresa y esporádicamente.

Y la tercera idea que queremos aclarar es que no fueron más que simples rebeliones ya que el propósito de caciques como Enriquillo o Guama en Cuba, fue tan sólo escapar de la pésima situación en la que se vieron envueltos, sin obviamente, plantear situaciones más complejas. De manera que si bien es cierta la existencia de un rechazo del indio hacia la nueva situación política, social y económica, creada por los hispanos no es menos cierto que no hubo una intención generalizada de crear una nueva sociedad frente a lo hispano. En el caso de Enriquillo que si llegó a crear una sociedad aparte lo cierto es que no hizo otra cosa que copiar el ordenamiento vigente, como ya hicieran los esclavos rebeldes en la antigüedad.

De forma que los indios se rebelaron contra una coyuntura concreta, como podía ser el excesivo trabajo o en el hambre en un momento determinado, no contra el nuevo sistema establecido por los españoles. Los oficiales reales eran conscientes que cuando no se les daba de comer a los indios o a los negros estos se rebelaban y así ocurrió en la cuaresma de 1547 cuando se le dio muy poca comida a negros e indios que “fue ocasión que se alzasen y se fuesen a buscar de comer...”

          Tras el sometimiento de la Española por parte del Comendador Mayor, frey Nicolás de Ovando, la isla permaneció pacífica prácticamente hasta la década de los veinte. No obstante, hacia 1519 apareció una figura clave en la historia de esta isla como fue Enriquillo, un cacique que supo aglutinar en la Española a un numeroso grupo de descontentos.

          Respecto a las causas que le impulsaron a la insurrección debemos decir que hay una tremenda confusión al respecto. Ya los cronistas de la época redujeron todo el alzamiento al simple interés personal de Enriquillo, habida cuenta de los malos tratos que le proporcionó su encomendero, llamado Valenzuela, que le llegó a quitar a su mujer y a su yegua. Sin embargo, una gran parte de la historiografía reciente dominicana ha querido ensalzar a Enriquillo como héroe, proponiendo como causas principales de su rebeldía el interés colectivo de los indios frente a la espantosa explotación laboral y social que sufrieron a manos de los españoles.

          Nosotros, por nuestra parte, tenemos nuestra propia opinión sobre este interesante personaje, que si bien tiene en cuenta todo lo dicho hasta ahora, creemos que el comportamiento individual de este líder, su propia vida y sus propios intereses personales influyeron más que otras circunstancias en su actuación contra los españoles. Para ello nos basamos en el sintomático hecho de que en ningún momento este cacique defendió más intereses que los suyos propios y, en concreto, cuando le ofrecieron un puesto importante en la sociedad española lo aceptó sin preocuparle el futuro del resto de los aborígenes.

Desde luego y ante todo hemos de tener en cuenta la propia formación cultural de Enriquillo que hemos definido como mestiza, pues, pensaba en español, al ser criado desde muy pequeño, como ya hemos señalado, por los franciscanos y, al igual que muchos de los que con él estaban, estaba totalmente aculturado. El propio Juan de Castellanos en su conocida obra lo definía así:

 

          “Fue Enrique pues, indio ladino que supo bien la lengua castellana, cacique principal, harto vecino al pueblo de San Juan de la Maguana... Era gentil lector, gran escribano”.

 

 

Además, cuando Francisco de Barrionuevo llegó al pueblo que tenía Enriquillo en el Bahoruco encontró que en todos los "bohíos" había cruces puestas, e incluso, una iglesia para la que el cacique insurrecto le pidió una campana. Es decir, con estas características podemos afirmar que el agravio que sintió Enriquillo, principalmente, al perder a su mujer, tuvo que tener más impacto en su personalidad que el que hubiera tenido en cualquiera de los indígenas de su comunidad. Es seguro, por tanto, que Enriquillo compartió, como el resto de los hidalgos españoles, el ideal de honor del momento y esa antítesis de la sociedad renacentista del momento conocida como “caballero valeroso- villano cobarde”.

          Si a todo ello unimos la abusiva actuación que los españoles llevaron a cabo con los indios, sólo suavizada en parte durante el gobierno de los Jerónimos, la insurrección de Enriquillo está más que justificada.

A Enriquillo le siguieron la mayoría de sus indios, engrosando su número con el paso de los años por la popularidad que el movimiento rebelde adquirió entre la mayoría de los indígenas de la isla. Como bien dijo el padre Las Casas la fama de Enriquillo se difundió como la pólvora entre los indios de tal forma que en los años sucesivos se incorporaron aquellos naturales descontentos por los malos tratamientos que les proporcionaban sus encomenderos. De hecho, en 1544, el licenciado Cerrato explicaba al Emperador que de cien esclavos que se iban al monte noventa y nueve lo hacían debido a la crueldad con la que se les trataba.

Del número de insurrectos que andaban en el Bahoruco no tenemos referencia exacta. En los primeros años del alzamiento los documentos hablan de tan sólo cincuenta o sesenta indios, la mayoría de ellos varones, mientras que para el momento de máximo auge rebelde no sobrepasaron, en cualquier caso, los cuatrocientos efectivos en total. Hacia 1533, y tras las numerosas muertes causadas por los largos años de lucha con los españoles, tan sólo había unos 80 o 100 indios guerreros y un total de trescientas almas incluidas las mujeres, los niños y los viejos.

            El movimiento rebelde triunfó durante más de catorce años. El motivo de su éxito radicó en algo que ya hemos dicho, pero que volvemos a insistir. Su carácter cultural mestizo, no sólo en el mismo Enriquillo, sino también en muchos de sus compañeros de lucha, que al igual que su líder se habían educado junto a los españoles.

          Es evidente, pues, que esta guerra de Enriquillo fue muy distinta a aquella protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores desconocidos. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos fueron muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:

 

 

          “Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada”.

 

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía ingeniado por un auténtico español. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible para los españoles, en pleno corazón de la región del Bahoruco. En estos apartados lugares los indios encontraron una defensa eficaz frente a unos españoles que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que como la sierra del Bahoruco era de sesenta leguas “los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles”. Además, en estos lugares tan serranos la mejor arma ofensiva de los españoles que, como es bien sabido era el caballo, resultaba totalmente inútil, pues, como decía un documento de la época, "en la sierra no son nada". Este sistema se completaba con otro asiento distinto y oculto para los enfermos y los viejos, en el cual se les atendía y se les curaba sin el peligro que suponía un eventual ataque español. El resto de los indios labraban la tierra en zonas más llanas, mientras que otros se dedicaban a la vigilancia para que a la menor señal de alerta corriesen a refugiarse a la sierra.

Por lo demás, Enriquillo estableció un complejo sistema de información en torno a él, en el que es muy probable que estuviesen implicados indios de paz. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en la Española, en 1527, y que citamos a continuación. Así, en este año se produjo un ataque de indios cimarrones a una hacienda de la Yaguana. Pues bien, poco después se encontró parte del botín robado en poder de ciertos indios de paz que había en una estancia cercana "por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo...". Como no se llegó a hacer pesquisa sobre este asunto no sabemos si los hechos realmente ocurrieron así. Sin embargo, tan sólo la sospecha de espionaje por parte de los españoles es muy sintomática al respecto. Por otro lado, dos años después, la Audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos “espías” en las villas y en el campo “que no se menean (se refiere a los españoles) sin que ellos lo sepan...”.

Igualmente, había aprendido de los españoles que la improvisación era un gran arma, motivo por el cual no cejaba en la vigilancia hasta el punto que, según el padre Las Casas, “era tanta su vigilancia que el primero era él quien los sentía”. En este sentido, Luis José Peguero, citando al cronista Antonio de Herrera, decía que su espada “no la soltaba ni en la hamaca en que dormía”.

Otra de las precauciones que tomó este líder indio poner los medios para evitar que los españoles pudiesen localizar su asentamiento. Para ello se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

En cuanto a las formas de ataque ofensivo debemos decir que consiguió las armas de metal de los propios españoles a los que despojaba después de ser vencidos, hasta el punto que, según contaba el padre Las Casas, algunos de los que iban con Enriquillo llevaban hasta dos espadas. También en la táctica de combate este cacique demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los indios. Así sabemos que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

Pese a todo, tras unos años de éxito, la resistencia indígena fracasó tanto en la Española como en las demás islas antillanas. Los motivos fueron los siguientes, a saber: primero, por la escasez, cada vez mayor, de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias encomendadas y naborías de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español que, posiblemente estaba motivado por cuestiones eminentemente culturales. Y tercero, por la falta de una conciencia colectiva entre los aborígenes, favorecida por los traslados indiscriminados de indios que practicaron los españoles, especialmente intensos en los primeros años. Igualmente, el duro trabajo minero impidió que se fraguasen las ideas de rebeldía al tener tan sólo unos pocos meses, tras la demora, para “fabricar de como se han de alzar”. Ni en los mejores momentos de Enriquillo existió una liga o unión entre los principales caciques alzados de la isla, pues, como bien afirmó fray Cipriano de Utrera, cuando Enriquillo firmó la paz los demás indios continuaron su alzamiento independientemente. Tras la firma de la paz por Enrique en 1533 continuaron algunos caciques alzados pero el fin de los alzamientos estaba sin duda próximo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(*) Texto de la conferencia impartida en la Casa de España de Santo Domingo, el 11 de noviembre de 1998.

ATAQUES CORSARIOS A LA AMÉRICA HISPANA (SIGLOS XVI Y XVII)

ATAQUES CORSARIOS A LA AMÉRICA HISPANA (SIGLOS XVI Y XVII)

Inicialmente, el corsarismo se centró en el triángulo comprendido entre el suroeste peninsular, las islas Canarias y las Azores. Los corsarios se dedicaban fundamentalmente a esperar la llegada de navíos de las Indias, con el objetivo de asaltarlos. Sin embargo, la Corona reaccionó creando desde 1521 la Armada Guardacostas de Andalucía que protegió más o menos eficazmente las rutas de partida desde los puertos de Andalucía Occidental y Canarias y las de regreso desde las Azores a Sevilla. Ello empujó a los corsarios a pasar al Caribe, donde casi con total impunidad podían obtener éxito en sus asaltos. Así fue como la presencia de corsarios en el Caribe fue aumentando paulatinamente desde los albores del siglo XVI.

Como ha afirmado Clarence H. Haring, son muy pocas las noticias que tenemos de sus acciones bélicas en los primeros treinta años de la colonización. Estos corsarios llegaban ya en estos años perfectamente informados de toda la geografía caribeña, tanto en lo referente a la fecha de salida de los navíos como en lo relativo a sus posibilidades defensivas. Cada vez más se decidían a cruzar el océano, confiados en arrebatarles las mercancías a unos navíos españoles demasiado sobrecargados y mal armados. En 1538 se produjo un ataque sobre la villa de La Yaguana, en la banda norte de La Española, mientras que al año siguiente era azotada la banda sur. Pese a estos ataques y a las peticiones de las autoridades locales, la Corona continuó sin apostar de una manera seria por la defensa de aquellos territorios. Con el paso del tiempo la situación empeoró irremediablemente por lo que en 1541 la audiencia de Santo Domingo alertó que ni aún en tiempos de paz dejarían de venir los corsarios a estas islas porque las presas son muy grandes y sin riesgo ni resistencia ninguna... Cuatro años después, es decir, en 1545, se ratificó nuevamente esta misma idea al informar el Almirante al Emperador que lo que animaba a los corsarios a navegar rumbo a las Indias era parecerles... que tienen lejos el castigo.

Esta arribada masiva de corsarios apenas encontró resistencia, debido a dos motivos: primero, a que era imposible defender todas las costas del imperio por lo que la Corona, con buen criterio, decidió priorizar la protección de las flotas y de las remesas de metales preciosos. Y segundo, porque el imperio carecía de potencial humano para colonizar todos los territorios americanos. El sistema de doble flota anual unido a la ubicación de armadas en puntos estratégicos resultó ser muy eficaz y blindó razonablemente bien las relaciones entre la metrópoli y sus colonias. De hecho, le permitió a España conservar su imperio durante más de tres siglos. Pero, como contrapartida, consintió que América se infestara de corsarios que tan pronto contrabandeaban como asaltaban o saqueaban las costas.

         Pero se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto; estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucro eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de hacendados y autoridades. Y otras, si las condiciones les eran favorables, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias.

Ante la escasa presencia española en el Mar Caribe, los corsarios se terminaron haciendo con su control. Pese a su importancia estratégica, se trataba de una vasta extensión de islas y costas, muy débilmente pobladas y con infinidad de recodos y refugios para los posibles enemigos. España no tenía posibilidad física, humana, ni tecnológica de mantenerlos. Los ingleses colonizaron las islas de la Tortuga, Trinidad, Tobago, Granada y Jamaica (1655); los franceses, Martinica, Guadalupe, Marigalante así como el noroeste de La Española; y finalmente, los holandeses Bonaire, Araba y Curazao, siendo reconocida su ocupación por España en diversos tratados firmados en la segunda mitad del siglo XVII. Otras potencias menores, como Dinamarca, ocuparon algunas islas de Barlovento, como Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz, mientras que Suecia ocupó la de San Bartolomé.

         Acaso, la más generalizada forma de enriquecimiento de los corsarios fue el contrabando, realizado con la connivencia de encomenderos, hacendados y dueños de ingenios pues el desabastecimiento de mercancías, por un lado, y los reducidos precios que pagaban por los géneros locales por el otro, los empujó irremediablemente a dicha actividad ilícita. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial que se basaba en proporcionar lo mínimo al mayor precio posible. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde bastante antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal, en el que, en ocasiones, estaban implicados, desde los altos cargos de la administración hasta los propios soldados de las guarniciones, los mismos que, en teoría, debían luchar contra ese contrabando.

Pero junto a este comercio ilegal, los corsarios también robaban y asolaban. Cada vez que se topaban con una posible víctima en el mar –casi siempre navíos solitarios- ésta era asaltada y su mercancía robada. Mucho más daño causaron los sonados ataques a diversos puertos indianos, por la magnitud de los robos y destrozos y por la sensación de impunidad. Los ataques corsarios a plazas del interior fueron muy escasos y la mayor parte de ellos acabaron fracasando. Y es que suponía correr demasiados riesgos, pues aunque su presencia en las costas solía ser una triste sorpresa para los vecinos, en el interior del territorio los sorprendidos eran los propios corsarios cada vez que sufrían una emboscada.

 

Cuadro I

Principales ataques corsarios

en los siglos XVI y XVII

 

AÑO

CORSARIO

NACIÓN

PUERTOS

HECHOS

1543-1544

Robert Ball

Francés

La Habana, Santa Marta y Cartagena

Tomó La Habana y consiguió un rescate a cambio de no incendiarla. Peor suerte corrieron Santa Marta y Cartagena, pues fueron, asaltadas, tomadas, saqueadas e incendiadas. Concretamente en Cartagena se estima que robaron por un valor de 3.832 pesos, más los enseres litúrgicos de las iglesias.

1553

François Leclerc, alias Pata de Palo

Francés

La Yaguana (en La Española) y Puerto Rico

Ambas localidades fueron asaltadas, saqueadas e incendiadas

1554-1555

Jacques de Sores

Francés

Santiago de Cuba, Santa Marta y La Habana

Santiago fue saqueada y obtuvieron además 80.000 pesos a cambio de liberar a los prisioneros. Luego saqueó Santa Marta y La Habana, donde realizó sendas matanzas.

1555

Corsario apodado el Capitán Mermi

Francés

Puerto Plata (La Española)

La asolaron, robaron e incendiaron, mientras sus vecinos, impotentes, huyeron al monte.

1559-1560

Martín Cote

Francés

Santa Marta y Cartagena

Arrasó, robó e incendió ambas ciudades.

1567

Jean de Bomtemps

Francés

Puerto Real y La Yaguana (La Española)

Asaltó y robó ambas ciudades, quedándose con 30.000 cueros vacunos.

1568

John Hawkins

Inglés

San Juan de Ulúa

La tomó al asalto, aunque poco después se vio desalojado por el virrey entrante, Martín Enríquez.

1572

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1586

Francis Drake

Inglés

Santo Domingo, Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida

Tras robar e incendiar Santo Domingo, fracasó en su intento de tomar San Juan de Puerto Rico y La Habana. Pero prosiguió su viaje tomando y destruyendo Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida. Solo en concepto de rescate por la liberación de Cartagena obtuvo 110.000 ducados.

1596

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios y Portobelo

Ambas ciudades fueron saqueadas e incendiadas, pero fracasó en su objetivo de tomar Panamá

1598

Lord George Clifford, conde de Cumberland

Ingles

San Juan de Puerto Rico

Pretendía convertir la plaza en una fortaleza británica, y aunque la tomaron y saquearon, finalmente la abandonaron.

1601

William Parker

Inglés

Portobelo

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1624

Jacques l´Hermite y Hugues Schapenham

Holanda-ses

Guayaquil

Bloqueó infructuosamente el puerto de El Callao. Tras morir de una enfermedad l´Hermite, su segundo, Shapenham, saqueó Guayaquil.

1624

Piet Heyn

Holandés

Salvador, en la Bahía de Todos los Santos (Brasil)

La plaza fue recuperada al año siguiente por Fadrique de Toledo, pero los holandeses ocuparon Pernambuco.

1625

Boudewijn Hendriksz ( en castellano, Balduino Henrico

Holandés

San Juan de Puerto Rico

Saquearon, incendiaron y destruyeron la ciudad. Todavía en la actualidad se considera el mayor desastre padecido por esta urbe en toda su historia.

1630

Hendrick Corneliszoon Loncq

Holandés

Pernambuco

Permaneció en poder holandés durante casi un cuarto de siglo, pues no se recuperó hasta 1654.

1631

Cornelius Goll, Pata de Palo

Holandés

La Habana

Tras fracasar en su asalto en 1629 lo intentó con éxito en 1631, saqueándola e incendiándola, dada la negativa de los vecinos a pagar un rescate.

1643

William Jackson

Inglés

Margarita, La Guaira, Puerto Cabello, Maracaibo, Trujillo y Jamaica

Se trató de una armada de tres barcos, con los que corrió la costa de Caracas a Honduras, asolándola y luego ocupando temporalmente Jamaica.

1655

Almrante William Penn

Inglés

Jamaica

Con nada menos que 57 buques, ocupó el 17 de mayo de 1655 la capital jamaicana Santiago de la Vega, sin encontrar apenas resistencia, y afianzando peligrosamente la posición de corsarios y bucaneros.

1655-1656

Vice-Almirante Goodson

Inglés

Santa Marta y Riohacha

Se trataba de una armada inglesa que funcionaba exactamente igual que una escuadra corsaria. Partieron de Jamaica y saquearon y robaron ambos puertos, aunque el botín fue escaso.

1659

Christopher Myngs

Inglés

Cumaná, Puerto Cabello y Coro

Asaltaron y saquearon con total impunidad estos puertos.

1662

Christopher Myngs

Inglés

Santiago de Cuba, Campeche y Trujillo (Honduras)

Con una armada de nada menos que 11 buques, saquearon los puertos a los que arribaron. En Santiago quemaron tanto la catedral como el hospital.

1666

Henry Morgan

Inglés

Puerto Príncipe (Cuba)

Entre Henry Morgan y el corsario francés Jean David Nau, conocido como el Olonés asaltaron entre 1665 y 1666 más de 400 haciendas en la costa cubana.

1667

Henry Morgan

Inglés

Portobelo

Tras asaltar y saquear la ciudad, el botín ascendió a más de 250.000 pesos.

1669

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo

Saqueó la ciudad y torturó cruelmente a muchos de sus habitantes. Un año antes ya había sido asaltada por el olonés Jean David Nau.

1671

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo, Portobelo y Panamá

Con sólo tres naves y 600 hombres volvió a atacar Maracaibo y luego Portobelo y Panamá. Esta última ciudad fue tomada y saqueada ante la impotencia de las reducidas fuerzas hispanas. Casi un mes permaneció en la ciudad, partiendo con un botín cuantiosísimo y con varios centenares de prisioneros.

1678

Lewis Scott

Inglés

Campeche

Tomó la ciudad, robándola y devastándola. En un segundo ataque a la plaza fue apresado, pero huyó antes de ser ahorcado.

1680

Walting Sharp y otros

Ingleses

Portobelo

Con cuatro barcos y dos goletas tomaron Portobelo sin apenas resistencia, consiguiendo un botín considerable.

1683

Laurent de Graff, alias Lorencillo, Nicolás Van Horn y François Granmont

Holandés/

Holandés/

Francés

Veracruz

Invadieron y saquearon la ciudad, obteniendo el grueso de las ganancias, rescatando a los miembros de la élite que apresaron. Otros muchos prisioneros murieron asesinados o de hambre y de sed. El gobernador de Veracruz fue después condenado a muerte por no haber defendido adecuadamente la plaza.

1685

Laurent de Graff, alias Lorencillo y François Granmont

Holandés/

Francés

Campeche

Ocuparon la ciudad, saqueándola por un espacio de 56 días. Se llevaron hasta las campanas de las iglesias.

1687

John Edward Davis

Inglés

Guayaquil

Tomaron la ciudad, a la par que sus vecinos huían a la selva. Se apropiaron de 134.000 pesos además de 14 navíos que estaban construidos en sus astilleros.

1697

Jean- Bernard Desjean, barón de Pointis

Francés

Cartagena de Indias

Fue asaltada y tomada ante la pasividad de su gobernador. El botín ascendió a 10 millones de pesos, uno de los mayores conseguido jamás por un filibustero.

 

         Uno de los grandes objetivos de los holandeses en la primera mitad del siglo XVII, cuando Portugal estaba unida a España, fue asentarse en la América portuguesa, es decir en el Brasil. Es importante recalcar que la Corona hispana se opuso con todas sus fuerzas a esta ocupación, como parte integrante del imperio ibérico. La toma, en 1624, de la ciudad de Salvador, en la Bahía de Todos los Santos, por el holandés Piet Heyn fue inevitable por las imponentes fuerzas del corsario, 26 barcos con un total de 450 cañones y 3.300 hombres. Pese a que el Imperio sufría en esos momentos un acoso generalizado tanto en Europa como en las Indias, la reacción fue incontestable, tomando la ciudad de Breda, en Flandes, y aprestando una gran armada de 52 navíos, al mando de Fadrique de Toledo, con la que se recuperó el control de la plaza. Un esfuerzo excepcional dada la situación en que se encontraba la monarquía de los Habsburgo en ese momento.     Posteriormente, en 1630, los holandeses ocuparon la ciudad de Pernambuco –hoy Recife- y la costa nordeste desde Sao Luis de Maranhao a Sergipe del Rey, conservando la posesión hasta 1654. Sin embargo, huelga decir que ello no se debió tanto a la dejadez o incapacidad de los Habsburgo sino a la connivencia de los dueños de ingenios portugueses que veían como los holandeses les pagaban a mejor precio el azúcar que producían. Cuando el precio del dulce se depreció los propios lusos se encargaron de expulsarlos.

         A nivel global la piratería fue un producto más de su tiempo, generado por el entonces naciente capitalismo, por el desarrollo del comercio y de la navegación y por la aparición de nuevos estados que pugnaban por tener un puesto de relevancia en el panorama internacional. Fue un auténtico drama, sobre todo para los cientos de miles de personas que lo sufrieron pero también para los propios corsarios que fueron usados por las naciones europeas mientras les interesó, siendo después perseguidos, repudiados y sometidos. No fueron más que un instrumento de dominación en manos de los gobiernos europeos para tratar de acabar con el monopolio comercial hispánico. Sus logros se limitaron a algunos sonados asaltos y a la ocupación de territorios prácticamente abandonados por el imperio, fracasando en su objetivo último de acabar con el poderío español en las Indias.

 

PARA SABER MÁS:

 

LUCENA SALMORA, Manuel: Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, Mapfre, 1994.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Hugo O’ Donnell Dir., T. III, Vol. I, Madrid, 2012, pp. 143-182.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PERROS Y APERREAMIENTOS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

PERROS Y APERREAMIENTOS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Los conquistadores llevaban consigo jaurías de perros, amaestrados para ensañarse con los pobres nativos. Según Alberto Mario Salas la mayoría eran mastines o alanos, es decir, un cruce entre dogos y mastines. Casi todos los cronistas se hicieron eco del uso de estos perros, de gran utilidad lo mismo en combate que para castigar ejemplarmente a algún nativo con la intención de aterrorizar al resto. Fernández de Oviedo escribió que fue común aperrearlos lo que no era otra cosa que hacer que perros le comiesen o matasen, despedazando al indio. No menos claro se mostró el padre Las Casas al decir que estos canes amaestrados, cuando alcanzaban a uno, lo hacían pedazos en un credo. Además, cuando los indios recibían a los españoles pacíficamente eran muy útiles. Dejaban que uno de ellos se abalanzase sobre algún nativo y lo despedazase para provocar el inicio de las hostilidades. Obviamente, esto era precisamente lo que querían, pues, de esta forma podían robar, expoliar y esclavizar a los aborígenes en buena guerra. Pero, además, una vez sometidos, constituían la mejor medida disuasoria contra posibles alzamientos, dado el miedo que estos les tenían.

Todo parece indicar que el aperreamiento fue una práctica usual en la Conquista. Pero, algún lector se podría preguntar: ¿no serían invenciones del padre Las Casas? Está claro que no. El dominico cito numerosos casos, pero muchísimos otros cronistas también lo hicieron. Pero, por si fuera poco, tenemos decenas de documentos en los que se alude a estos espeluznantes actos. Por ejemplo, en una pesquisa que se realizó contra el virrey Antonio de Mendoza se demostró que, en la pacificación del territorio y bajo sus órdenes directas, mandó despedazar con perros de presa a decenas de aborígenes, en medio del estupor del resto. Se trataba de una táctica tan efectiva como aterradora para ellos. En el Códice Florentino quedó reflejado el horror con el que los pobres nativos vieron a estos canes:

 

Sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas; sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillos”.

 

        El papel de estos lebreles fue tan destacado que muchos de ellos han pasado a la Historia con nombre propio, como es el caso de Becerrillo, propiedad de Diego de Salazar que, según López de Gómara, cobraba un sueldo equivalente a ballestero y medio. Cuando algún enemigo huía lo enviaban a por él y era capaz de seguir el rastro y traerlo por la fuerza. Narraba Antonio de Herrera que los indios temían más a diez españoles acompañados del citado can que a 100 sin él. Finalmente, murió de una flecha envenenada que le lanzaron los caribes cuando, en compañía del capitán Sancho de Arango, se disponía a atrapar en el agua a uno de ellos. Otros perros no menos afamados fueron Amadís, Mahoma y especialmente el mastín Leoncillo, hijo del anteriormente citado Becerrillo. Este último era bermejo y de mediano tamaño, acompañó a Núñez de Balboa en su expedición al Mar del Sur, llevando sueldo de capitán. Acudía a por los fugados, actuando de forma diferente según fuese la actitud del nativo: si éste se quedaba quieto lo asía por la muñeca y lo traía de vuelta sin hacerle daño pero si, en cambio, se resistía lo hacía pedazos. No menos fama tuvo Marquesillo, un lebrel al que le bastaba oler a un indio para lanzarse sobre él y destriparlo en cuestión de segundos. En una campaña, enviada en 1541 por Sebastián de Belalcázar al cacicazgo de Pirama en el Nuevo Reino de Granada, Marquesillo destripó al hermano del cacique Pirama. Éste le pidió al capitán Rodrigo de Cieza que castigase al responsable. Rodrigo de Cieza aceptó, pero como no quería desprenderse de Marquesillo, cogió otro perro parecido que tenía, le puso el collar de Marquesillo y tras un juicio sumarísimo fue ejecutado. Una pura pantomima que los siempre ingenuos nativos se tragaron.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

PIQUERAS CÉSPEDES, Ricardo: “Los perros de la guerra o el canibalismo canino en la conquista” Boletín Americanista Nº 56. Barcelona, 2006.

 

VARNER, John J. y Jeannete: Dogs of the conquest. Nebrasca, University, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

A VUELTAS CON LA LEYENDA NEGRA: EL SUPUESTO GENOCIDIO DEL 12 DE OCTUBRE DE 1492

A VUELTAS CON LA LEYENDA NEGRA: EL SUPUESTO  GENOCIDIO DEL 12 DE OCTUBRE DE 1492

        Uno ya está un poco cansado de escuchar todos los años el mismo enfrentamiento entre los defensores de la leyenda rosa, que hablan de las virtudes, la lengua y la cultura superior que les legamos a los agradecidos indios y los de la leyenda negra que animan a avergonzarse por nuestro pasado genocida. Sin embargo, una entrevista sobre la cuestión que un periódico digital me ha realizado hoy me ha obligado a posicionarme. Así, que traslado mi opinión a mi blog.

        Las declaraciones de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, del alcalde de Cádiz y de otros personajes públicos, en torno a la vergüenza que supone celebrar el genocidio del descubrimiento de América deben ser muy matizadas.

        Los que me conocen y leen saben que pocos historiadores como yo han escrito tanto sobre las atrocidades que perpetraron los conquistadores en la conquista de América. Aquello fue la invasión brutal de un continente como quedó bien reflejado en mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) al que remito. En América se cometió un etnocidio sistemático y puntualmente casos claros de genocidio. Dicho esto, conviene matizar todo esto:

        Primero, el descubrimiento en sí, no fue ningún genocidio. El 12 de octubre se conmemora la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres a la isla de Guanahaní. No hay constancia alguna de que en dicha isla se cometiese ningún genocidio, ni tan siquiera la matanza de un solo taíno. Es más, allí reclutó el Almirante a un indio, al que bautizó y llamó Diego Colón, en recuerdo de su hijo mayor, y que regresó con él a España y vivió algunos años en Sevilla y en otras ciudades de España. En cualquier caso, el genocidio se produjo después, en la conquista, no en el descubrimiento.

        Segundo, las palabras de estos políticos, dichas así, no son ciertas porque dan la impresión que España ha sido la gran potencia genocida de la historia. Y eso es justo la tesis falsa de la Leyenda Negra que atribuye en exclusiva a España una forma cruel y despiadada de actuar, cuando en realidad se comportó igual que otras potencias antes y después. El sometimiento y hasta la masacre de los pueblos inferiores por los supuestamente superiores ha sido una constante a lo largo de la Historia desde la antigüedad al siglo XXI. No es que no hubiese genocidio sino que actuaron igual que España, pueblos de la antigüedad, como los asirios, los persas, los macedonios o los romanos, y en la Edad Moderna, los franceses, alemanes, ingleses, holandeses o portugueses por citar solo algunos.

        Tercero, todos los pueblos invasores han tratado de preservar la mano de obra para aprovecharse de su fuerza de trabajo. España también lo hizo, aprovechando la fuerza laboral en las zonas nucleares de América donde existían amerindios acostumbrados a trabajar dentro de una estructura estatal. Ahora bien, en aquellas zonas donde había indios nómadas o seminómadas, estos perecieron en muchos casos hasta la extinción sin que España hiciese nada para remediarlo. Los ingleses decían que el mejor indio era el muerto, pero porque en Norteamérica eran seminómadas y no eran útiles para el trabajo sistemático. Si hubiesen encontrado indios sedentarios seguro que también los hubiesen usado como fuerza laboral igual que hizo España.

        Y cuarto, sentir vergüenza por ese pasado, como sugiere la señora Colau, me parece que no es lo adecuado. Yo denunció en mis textos la violencia del pasado, pero con el único objetivo de asumirlo y de tratar de ser mejores en el presente y en el futuro. Del pasado no hay que sentir vergüenza, ni lástima; no sirve de nada lloriquear. Simplemente, se trata de desentrañarlo por duro que fuese, de asumirlo y de concienciarnos de la necesidad de construir un presente y un futuro más justo para todos.

        No creo que debamos sentir vergüenza de nuestro pasado, éste fue como fue y no pasa nada. La historia de la humanidad es un largo camino sembrado de cadáveres y de lo que se trata es de aprender de ello para algún día construir un futuro mejor para todos. Una cuestión muy diferente, discutible o debatible, es si se debe seguir manteniendo o no esa fecha como día de la Hispanidad. Si es necesario o no seguir haciendo desfiles militares o si hay que reformular el formato de fiesta nacional para tratar de integrar mejor a todos los que se sienten vinculados de una u otra forma a la hispanidad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA FUE EL 11 DE OCTUBRE DE 1492

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA  FUE EL 11 DE OCTUBRE DE 1492

        El avistamiento de la isla de Guanahaní, en las Bahamas, rebautizada como San Salvador, un día como hoy de 1492, está envuelto en algunas incógnitas. Según el “Diario de a Bordo” del Almirante Cristóbal Colón, desde un mes antes estaban avistando algunos alcatraces, así como hierbas, arrancadas de la roca, en alta mar. Asimismo, habían recorrido 700 leguas y sabía que a partir de esa distancia, estaban a punto de tocar tierra. Una vez anochecido el 11 de octubre, el genovés apreció a lo lejos lumbres e hizo llamar en secreto a varios de sus hombres de confianza, como el repostero Pedro Gutiérrez o el veedor de la armada Rodrigo Sánchez de Segovia. El primero ratificó la existencia de dichas lumbres, aunque no el segundo.

        El caso es que ya Colón estaba seguro de que iban a divisar tierra, por lo que puso en máxima alerta a los capitanes de los otros dos navíos, pidió a las tripulaciones que abriesen bien los ojos y que redoblasen la vigilancia en la cofia. La Reina había prometido otorgar un juro de 12.000 maravedís al primero que viese tierra, y el Almirante además le ofreció un jubón de seda. Dado que la Pinta era más rápida que la Santa María e hizo todo el trayecto delante, fue la primera en vislumbrar tierra, a dos leguas, disparando un tiro de lombarda y alzando las banderas como estaba acordado. El que la avistó se llamaba Rodrigo de Triana; eran aproximadamente las 2 de la mañana del 12 de octubre de 1492. En ese justo instante, para evitar encallar los barcos, el Almirante ordenó arriar las velas y esperar al amanecer para reconocer la costa y tomar posesión.

        Siendo esto así, está claro que el descubrimiento se produjo el 12 de octubre. Sin embargo, pocos han reparado en una cuestión: el Almirante, una vez retornado a España, reclamó el privilegio de haber sido él, quien primero divisó tierra. Presentó como pruebas a varios testigos que viajaban con él y que certificaron que al caer la noche del 11 de octubre, ya él les comunicó la noticia del avistamiento de tierra, al haber divisado luces, que varios de ellos también certificaron. Lo realmente curioso es que la justicia le terminó dando la razón, certificando que el primer avistamiento lo hizo el propio Almirante el 11 de octubre de 1492. Desde entonces cobró de manera vitalicia, la renta de 12.000 maravedís anuales sobre las Carnicerías de Sevilla.

Por tanto, legalmente, y así lo decidió un tribunal de justicia, el avistamiento de tierra lo hizo Cristóbal Colón -y no Rodrigo de Triana-, en la noche del 11 de octubre y no en la madrugada del 12 como se ha venido sosteniendo desde hace siglos.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

COLÓN, Cristóbal: Diario de Bordo. Madrid, Historia16, 1990

 

------- La carta de Colón anunciando el Descubrimiento (Ed. De Juan José Antequera Luengo). Madrid, Alianza Editorial, 1992.

 

FERNÁNDEZ DE OVIEDO; Gonzalo: Historia General y Natural de las Indias. Madrid, Atlas, 1992.

 

HERRERA, Antonio de: Historia General de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1991.

 

 

LAS CASAS, Fray Bartolomé de las Indias. Historia de las Indias. México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS