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Historia de América

LA CONQUISTA NEGOCIADA

LA CONQUISTA NEGOCIADA

 

 

ZULOAGA RADA, Marina: La conquista negociada: guarangas, autoridades locales e imperio en Huaylas, Perú (1532-1610). Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012, 316 págs, I.S.B.N.: 978-9972-51-353-4

 

           Había consultado este libro en alguna biblioteca universitaria pero en mi reciente viaje a Perú tuve ocasión de comprarlo y de leerlo con detenimiento. Su autora, Marina Zuloaga, es una riojana que se doctoró en México en 2008, siendo este libro una versión adaptada de la tesis que le sirvió para obtener dicho grado.

           En esta obra se analiza pormenorizadamente la estructura de poder en la provincia incaica de Huaylas, tras la conquista por parte de las huestes castellanas en 1532, prolongando su estudio hasta 1610. Huaylas pasó de ser un señorío pre-inca, a una provincia incaica, una encomienda y finalmente un corregimiento. Este estudio regional, centrado solo en esta parte del antiguo Tahuantinsuyu nos permite conocer el mantenimiento de las estructuras políticas y administrativas incaicas, a las órdenes ahora de los nuevos dueños europeos. Se estudian especialmente las organizaciones de poder intermedias, existentes entre los ayllus y los señoríos o confederaciones. Concretamente se trata de la guaranga, elemento esencial del sistema político al menos en la sierra norcentral del Perú. Varios ayllus formaban una guaranga, administradas por un curaca o jefe local y varias guarangas formaban un señorío o confederación, liderada por un por un curaca o señor principal.

           Los españoles utilizaron la estructura administrativa prehispánica para que sirviesen de bisagra entre ellos y los tributarios de sus respectivas comunidades. La alta jerarquía estatal incaica se derrumbó pero las estructuras de poder locales y provinciales perduraron durante buena parte de la época colonial. Los hispanos mantuvieron el orden existente, reconociendo a los señores locales y pactando sus preeminencias, siempre que aceptasen la nueva autoridad. Eso sí para mantenerse como curaca se le exigían tres condiciones: una, que los propios naturales reconociesen la legitimidad de su jefe local o curaca, dos, que este respetase la autoridad superior de los nuevos amos y, tres, su conversión sincera al cristianismo. La sucesión, lo mismo de los curacas de las guarangas que de las confederaciones o provincias y del propio inca se realizaba más por un sistema combinado, hereditario y electivo. La sucesión se debía hacer por consenso entre los líderes políticos, por lo que se seleccionaba siempre al más capacitado o al menos al que más consenso despertaba. Por el mismo sistema un curaca manifiestamente incompetente podía ser destituido.

           Una vez sometido el incario, urgía a los españoles consolidar el dominio lo cual hicieron a través de las encomiendas. Los conquistadores lo primero que hicieron fue interrogar a los funcionarios reales, para a partir de esa información organizar los repartimientos en encomiendas. Estas fueron otorgadas por el gobernador Francisco Pizarro, a la espera claro de que la Corona las confirmase, como finalmente hizo. A cada encomendero se le asignaba un grupo homogéneo de naturales, perteneciente a una guaranga o a una confederación. El nuevo poder se estructuró a través de los conquistadores, convertidos en encomenderos, y los curacas locales. La encomienda implicaba la entregaba un número determinado de naturales, casi siempre agrupados en un curaca, a un encomendero para que se aprovechase de sus tributos a cambio de protegerlo y evangelizarlo. En sus planteamientos teóricos la encomienda intentó aunar nada menos que tres intereses regios, a saber: primero, cumplir con su compromiso de evangelización, segundo, saldar su deuda con los conquistadores, y tercero, satisfacer sus propios intereses económicos. Lo cierto es que los encomenderos fueron durante décadas las personas más ricas lo que a su vez le servía para consolidar su posición social y política, a través de su participación en los cabildos. Entre encomenderos y curacas se entabló un diálogo, probablemente, como dice la autora, asimétrico, que sirvió para articular los intereses de clase a las nuevas reglas dl juego político.

           La provincia incaica de Huaylas estaba dividida en dos mitades, la Hanan y la Hurin, cada una de ellas formada por seis guarangas. Cada guaranga estaba integrada por un número variable de ayllus, también llamados pachacas. Esta encomienda de Huaylas fue una de las más ricas y productivas del Perú de ahí que se la adjudicase a sí mismo el propio Francisco Pizarro. Con esta encomienda el gobernador no solo se garantizó una importante fuente de ingresos sino también la fidelidad de los curacas de Huaylas que se mantuvo incluso en las guerras civiles, hasta la ejecución de Gonzalo Pizarro. La otra parte de esa encomienda, la de Recuay, también muy enjundiosa se la entregó a dos conquistadores muy cercanos a él, como Jerónimo de Aliaga y Sebastián de Torres.

           En principio la encomienda no tenía por qué ser tan perniciosa, pero en la práctica resultó extremadamente lesiva para los naturales por dos motivos: primero, porque al no estar tasados los tributos los encomenderos pedían siempre más. Y segundo, porque les solían pedir oro y plata, productos que no siempre estaban al alcance de los naturales. Tanto fue así que Sebastián de Torres perdió la vida tras una rebelión desatada por la tortura que infringió a un curaca para que le entregase más oro.

           Tras la derrota de los encomenderos, liderados por Gonzalo Pizarro en Jaquijahuana (1548) comenzó una etapa en el que los curacas locales estuvieron más cómodos y dispusieron de más poder en su área de influencia. Incluso, acopiaron riquezas, apropiándose de parte de los tributos e incluso de las tierras antaño vinculadas al Inca o al Sol. El poder dejado por los encomenderos lo ocuparon los curas doctrineros hasta que, décadas después, los corregidores se hicieron con el control.

           El problema es que la carga impositiva sobre los naturales aumentó pese al descenso dramático de su población. El virrey La Gasca tasó a los tributarios y no se hizo un nuevo recuento general hasta la llegada del virrey Francisco de Toledo, dos décadas después, quien averiguó que los tributarios se habían reducido un 40 por ciento mientras que la carga impositiva había aumentado en un tercio. Obviamente, el volumen de los tributos se había acentuado, a costa de la sobre explotación de un número cada vez más reducido de indígenas.

           La aparición de los corregidores y de los cabildos restó bastante poder tanto a los curas doctrineros –pese a su enconada oposición- como a los curacas. Los funcionarios reales terminaron asumiendo todas las labores fiscales y laborales, debilitando así el poder local de la élite caciquil, de los encomenderos y de los curas. Sintetizando diremos que entre 1530 y 1550 la situación estuvo dominada y controlada por los encomenderos y curacas, de 1550 a 1570 por curas doctrineros y curacas y y desde esta última fecha em adelante por los corregidores. La autoridad real terminó por imponerse en el ámbito local, al menos desde la época del Virrey Toledo. Desde entonces uno de los cargos más apetecidos por los funcionarios reales era el de corregidor, por el poder que les daba en el ámbito local y por el control y hasta apropiación de la cajas de comunidad.

           Esta obra supone un avance en el conocimiento de las relaciones de poder entre la élite indígena de la región de Huaylas y los europeos, encomenderos, curas y corregidores. Un libro muy recomendable que aclara muchos aspectos relacionados con las formas de poder en Huaylas desde la llegada de los españoles hasta bien entrado el siglo XVII.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SAQUEO DE TENOCHTITLÁN

EL SAQUEO DE TENOCHTITLÁN

 

 

La capital de los mexicas, Tenochtitlán, había sido fundada en el año 1325. Según la mitología mexica, en la elección del sitio medió el dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien les indicó que debían hacerlo en el lugar donde encontrasen a un águila sobre un nopal, devorando a una serpiente. El lugar indicado fue una zona lacustre, rodeada de volcanes y con algunos valles fértiles. Llegó a tener en su período más álgido una población que debía rondar los 200.000 habitantes, siendo una de las ciudades más pobladas del planeta, comparable con Constantinopla o Nápoles. Fernández de Oviedo la describió como una ciudad palaciega, edificada en medio del lago, con casas principales, porque todos los vasallos de Moctezuma solían tener residencia en la capital, donde residían una parte del año. Era una urbe refinada, con baños públicos, con una treintena de palacios que albergaban finas cerámicas y elegantes enseres textiles. El palacio de Moctezuma, incluyendo sus jardines, ocupaba dos hectáreas y media, es decir, era más extenso que el alcázar de Sevilla. Los propios mexicas se sentían orgullosos de su capital así como de los grandes logros que habían conseguido, especialmente en las décadas inmediatamente anteriores de la llegada de los hispanos.

Obviamente, la empresa no se antojaba fácil porque por su ubicación en medio de una laguna, unida a tierra firme a través de calzadas y puentes, se prestaba bien a una defensa numantina. Parecía una ciudad inexpugnable, algo de lo que además se jactaban los propios mexicas. Cortés sabía que, antes de iniciar su asalto, debía someter a todos los pueblos aliados del entorno. Por ello, se encargo de provocar la defección de todos hacia Tenochtitlán, dejándola totalmente aislada. Logró sendas alianzas de los tlaxcaltecas con cempoaleses y cholutecas, pese a que eran viejos enemigos. Los mexicas fueron traicionados por todos, excepto Tlatelolco, pues incluso Texcoco, la segunda ciudad más grande de Mesoamérica, se había adherido a los españoles a través de un resentido Ixtlelxochitl. En el fondo, muchos de los pueblos sometidos a los mexicas lo estaban bajo el yugo del temor y con un soterrado descontento que Cortés supo canalizar en su favor. Lo cierto es que, como declaró Pedro de Sepúlveda, tras ese tiempo, no quedó de guerra otra cosa sino la misma ciudad de México.

Asimismo, sabedor de las dificultades que la toma de Tenochtitlán podía entrañar, dictó unas Ordenanzas militares para preparar tácticamente a su hueste. Estas fueron expedidas en Tlaxcala, el 22 de diciembre de 1520. En ellas, el metellinense se muestra convencido de que su inferioridad numérica sólo podía ser suplida mediante una tropa disciplinada. Por ello, estructura a sus hombres en compañías, dirigidas por un capitán, que se configuran como unas unidades de combate autónomas con capacidad de decisión propia. A su vez, estas compañías se subdividirían en cuadrillas de 20 hombres, al mando de un cabo. Se trata de los celebres escuadrones, formados por pequeños contingentes de hombres bien armados y disciplinados, que tantos éxitos había dado a España en las guerras de Europa. En las mismas ordenanzas, vedó los juegos de naipes, a los que el propio metellinense era muy aficionado, todo con la intención de evitar distracciones y enfrentamientos entre sus propios hombres. Finalmente, prohibió que los hombres entrasen a robar en las casas indígenas o que acopiasen oro mientras durase el combate, so pena de veinte pesos de oro. Además, para evitar la codicia de sus soldados, dispuso que todo el oro que se rescatase le fuese entregado para que, en el momento adecuado, él supervisase el reparto. Estas ordenanzas iban encaminadas a estructurar y organizar a su hueste, ante el reto que tenían ante sus ojos que no era otro que la conquista de la gran ciudad de Tenochtitlán.

Para colmo, la viruela se cebó con los sitiados. Los mexicas ardían en calenturas y muchos cuerpos yacían por el suelo en Tenochtitlán, desde mucho antes de iniciarse el asedio. De hecho, el valiente y arrojado Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, pereció en dicha epidemia, quedando de nuevo descabezada la más alta jerarquía de mando. Entre los supervivientes cundió el desánimo, pues, otra vez interpretaron que se trataba de nuevas señales del más allá que vaticinan su final. Como sucesor de Cuitláhuac se nombró a Cuauhtémoc, un hombre de 25 años, señor de Tlatelolco, hijo de Ahuizotl, hermano y antecesor de Moctezuma. Éste, a diferencia de su tío, resultó ser otro valiente guerrero que se negó a entregar Tenochtitlán y que se conjuró con sus hombres para morir en su defensa.

Éste era un jovencísimo mexica, que se encargó de la defensa de la ciudad. Si Cortés pasa por ser un ardoroso guerrero con amplias dotes diplomáticas, no menos lo fue su contrincante. Cuauhtémoc, tenía el mismo espíritu de lucha y, al igual que aquél, lo sabía compaginar con una buena habilidad diplomática. El joven tlatoani tenía buenas dotes para la oratoria que utilizó en más de una ocasión para enfervorizar a sus hombres y convencerlos de la importancia de su sacrificio. No le faltaba tampoco una gran capacidad diplomática. Tenía claro que no se podía ganarla guerra sin conseguir alianzas. Por ello, se pasó gran parte de la guerra enviando emisarios para obtener alianzas con reyezuelos y caciques de las ciudades vecinas. No lo consiguió porque el predominio mexica se basaba en su antigua superioridad militar, inexistente ya en plena guerra con los extranjeros. Y eso él lo tenía muy claro; significaba el final de su mundo, era una cuestión de tiempo. Pese a ello, no decayó su ardor guerrero, defendiendo la plaza hasta el final.

No obstante, cometió un error táctico que precipitó su derrota: no acopió alimentos suficientes como para resistir un largo asedio, quizás porque nunca pensó que pudiera prolongarse tanto tiempo.

Al igual que Cortés, tan pronto era indulgente con los suyos como se veía en la obligación de tomar cruentas decisiones. Sus manos, como las de su contrincante, también estaban manchadas con la sangre de las muchas atrocidades que cometió. El de Medellín le envió en varias ocasiones embajadores para que rindiese la ciudad, casi siempre parientes suyos, y en las mismas ocasiones los ejecutó. Lo cierto es que todo resultó infructuoso porque Cortés ató todos los cabos detenidamente. Para empezar, justificó ante sus hombres y ante el mundo la legalidad de su conquista. Para ello, alegó el traspaso de soberanía de Moctezuma a Carlos V, cuyo representante en esos momentos era él. De esta forma, presentó ante sus hombres el asedio no como una conquista sino como una reconquista de lo que legítimamente pertenecía ya al Emperador.

Antes de la toma de Tenochtitlán llegaron algunos refuerzos más, entre ellos, una carabela del capitán Alonso de Ávila, con varias decenas de hombres frescos y bien armados, y unos cuantos caballos. Las huestes constaban con más refuerzos que nunca, casi 850 soldados de a pie, incluidos unos 180 ballesteros, 86 hombres a caballo, así como varias piezas de artillería y unos 7.000 indios amigos, casi todos tlaxcaltecas, y ello sin contar con los que permanecían en Veracruz. Lo planeó todo minuciosamente. Además, tuvo la precaución de enviar cuatro buques a La Española a comprar, caballos, armas y pólvora, con misivas pidiendo el favor de Rodrigo de Figueroa.

Asimismo, organizó, aconsejado por Martín López, una pequeña flotilla de doce chalupas –él los llamaba bergantines-, labrados con la jarcia de los buques desguazados en Veracruz que contribuyeron decisivamente al bloqueo. Se ha discutido mucho si la victoria se debió más a los medios terrestres o a los navales, pero el planteamiento no deja de ser bizantino porque el éxito se debió precisamente al asedio simultáneo terrestre y naval. Por supuesto, lo primero que hicieron fue cortar el acueducto de Chapultepec, una importante decisión, pues, redujo la disponibilidad de agua potable de los sitiados. La idea no era novedosa, pues, desde la Antigüedad clásica se usó sistemáticamente en todos los cercos. La respuesta de los hombres de Cuauhtémoc fue inmediata: ordenó a sus hombres que acudieran con su flota de canoas para romper el bloqueo. No fue posible por dos motivos: primero, por su inexperiencia en batallas navales, pues las canoas sólo las utilizaban para el transporte. Y segundo, por la desigualdad ofensiva entre canoas y chalupas. Se libró una batalla naval verdaderamente asimétrica. Un solo bergantín podía destrozar en una acometida a más de una decena de canoas. De hecho, Juan Jaramillo, una noche realizó una incursión en la laguna y destruyó doce canoas, entre grandes y chicas, matando a casi todos sus tripulantes.

Cortés lo tenía todo controlado; la ciudad estaba totalmente aislada. Era absolutamente impensable que alguien pudiera acudir en su defensa. A los invasores les hubiese bastado con esperar a la rendición por hambre y por desesperación. Sin embargo, no querían treguas. Cortés se empeñó en tomar la ciudad al asalto, causando un enorme sufrimiento especialmente entre los defensores, y destruyendo la ciudad que tanto admiraba.

La formación de ataque fue la siguiente: Pedro de Alvarado y sus hombres atacarían por la calzada de Tlacopán, Cristóbal de Olid por la de Culiacán y Gonzalo de Sandoval por la de Itzapalapa. Los españoles fueron acompañados de nada menos que 10.000 tlaxcaltecas, comandados por Chichimecatecle, lugarteniente de Xicontencatl El Mozo. Además, no hacía falta motivarlos en el combate, pues, su ardor guerrero se alimentaba de un odio visceral que sentían contra los mexicas desde mucho antes de la aparición de los españoles.

Como casi siempre, el de Medellín se expuso excesivamente, adentrándose en el corazón de la ciudad más de lo razonable. Sufrió numerosas bajas, cayendo en manos de los mexicas unos 60 españoles que posteriormente fueron sacrificados. No obstante, aprendió de su propio error y, desde entonces, los avances fueron mucho más lentos, controlando plenamente cada palmo que tomaban.

Acechado por los hispanos, a Cuauhtémoc se le ocurrió una brillante idea para salir victorioso. Decidió vestirse con un traje de plumas de su padre que era mágico, pues, decían que con sólo verlo los enemigos huían despavoridos. Obviamente, el milagro no se obró y todos se desmoralizaron cuando vieron que no funcionaba. Y aunque terminaron aprendiendo de sus enemigos el valor de los ataques sorpresa, de las emboscadas y de los asaltos nocturnos, cuando se quisieron dar cuenta ya era demasiado tarde.

La resistencia de Tenochtitlán fue heroica, total, brillante y suicida. Heroica porque en inferioridad de condiciones y con la causa perdida decidieron presentar combate. Total, porque colaboraron en la defensa niños, mujeres y ancianos, es decir, todo el que tenía capacidad para coger una piedra o cavar un foso. Al principio, las mujeres, los ancianos y los niños fueron meros auxiliares, pero cuando fueron cayendo los hombres se incorporaron como los demás a la primera línea del combate. Brillante, porque los asediados desplegaron todo su ingenio bélico y diplomático. Sembraron las principales calzadas de piedras y obstáculos punzantes para dificultar la movilidad de la caballería. Mientras tanto, nunca cejaron en su intento de convencer a los tlaxcaltecas de que se pasasen de bando. Y suicida porque, traicionados por todos, incluidos sus tradicionales aliados, fueron conscientes al menos en la fase final de que, pese a la resistencia, el fin de su mundo se encontraba próximo.

          Probablemente hubo disensiones internas pero Cuauhtémoc consiguió mantener el control y llevar adelante su idea de resistir o morir. Además, Cortés lo tentó en varias ocasiones, mandando emisarios con propuestas de paz. Pero siempre decidió, con el apoyó de sus principales capitanes, morir peleando, antes que sucumbir ante sus enemigos. Contaba Bernal Díaz que los sacerdotes le habían prometido que al final ganaría, por lo que decidió que mataría a todo aquel que le demandase la paz. Cuauhtémoc sabía que sin la ayuda externa toda resistencia resultaría inútil pero siempre albergó la esperanza que, al final, otros pueblos acudirían en su ayuda. De hecho, consiguió romper el cerco en más de una ocasión y enviar a pueblos del entorno cabezas de caballo desolladas, así como pies y manos de algunos soldados españoles sacrificados. Con ello pretendía que se convenciesen de que la victoria era posible, y animarlos de esa forma a adoptar una actitud beligerante. Por tanto, queda claro que Cuauhtémoc rechazó todas las propuestas de paz que le presentaron. Su tenacidad apenas tiene precedentes históricos, pues, incluso los numantinos, viendo la defensa perdida, enviaron una embajada a Escipión para intentar formalizar la paz.

Pese a la resistencia de los sitiados, todo resultó en vano porque Cortés se había encargado personalmente de dejarlos totalmente aislados. El cerco propiamente dicho duró 75 días, período en el que los defensores padecieron todo tipo de calamidades, hambre, sed, enfermedades, suciedades, olores nauseabundos de los combatientes muertos, etcétera. Lo primero que escaseó fue el agua potable ya que lo primero que hicieron los asediadores fue cortar el acueducto de Chapultepec. Se vieron obligados a tomar el agua sucia del lago, por lo que fueron muchos los que murieron a causa de las prolongadas diarreas. Pero tampoco tardó en faltar la comida, agotándoseles las escasas reservas que tenían de maíz. La hambruna se combinaba con el asedio diario, pues durante todo los días que duró el cerco, como declaró el propio Hernán Cortés, no pasó ninguno que no hubiese combates.

Dado que se trataba de un cerco y de un asedio los españoles cortaron cualquier vía externa. Las mujeres y los jóvenes tenían como cometido salir de la ciudad en busca de comida o de peces del lago. Pero los sitiadores los esperaban e hicieron en ellos tantos estragos que entre presos y muertos superaron los 800. Todos acarreaban piedras a los tejados; mientras los hombres las tiraban contra los españoles, las mujeres barrían para cegar con el polvo a sus enemigos. Incluso los cojos y los mancos colaboraban aderezando piedras para tirar con las hondas. La defensa de la ciudad casi se hizo a pedradas. Piedras frente a caballos, espadas y arcabuces.

Hubo también una guerra psicológica, pues, tanto los asediadores como los asediados, se machacaban continuamente. Los mexicas, cuando se enfrentaban a los tlaxcaltecas, les recordaban que a ellos les iba a tocar reconstruir la ciudad, tanto si ganaban unos como si lo hacían los otros. Pero, nada hacia mella en la moral del pueblo tlaxcalteca, conscientes de estar en el bando vencedor y de la posibilidad que tenían de vengarse de los agravios pasados. Y de hecho, buena parte del mérito de la caída de Tenochtitlán la tuvieron estos aliados que fueron los que realmente hicieron efectivo el cerco. Sin esta alianza la caída de Tenochtitlán no hubiera sido posible, al menos en 1521, dados los pocos efectivos de que disponían los españoles.

Al final, Cuauhtémoc, viendo que había llegado el final, sugirió a sus capitanes supervivientes alcanzar un honroso acuerdo de rendición. Pero estos se negaron; incluso, los sacerdotes le prometieron que, si persistía en la defensa, los dioses le darían la victoria. La guerra prosiguió mientras fue posible. Finalmente, viendo todo perdido decidió huir en canoa, junto a su familia y a otros capitanes. Sin embargo, fue rápidamente interceptado y detenido. El joven tlatoani volvió a cometer un error pueril. Prepararon medio centenar de piraguas, con sus capitanes y sus familias, embarcándose él y otros nobles en la más lujosa. De esta forma, los españoles no tuvieron ningún problema en identificarla y detenerlo, sin darle opción alguna a escapar. Viéndose descubierto, decidió identificarse, suplicando que dejasen en libertad a sus mujeres y a sus hijos. Obviamente, no fue escuchado. Era el martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito. La toma de Tenochtitlán había concluido. Con ella caía finalmente el quinto sol mexica, y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría.

Los cabecillas fueron apresados, pero al resto de la población se le permitió abandonar libremente la ciudad. Ello sorprendió a los propios vencidos. Mientras salían del recinto, las mujeres más guapas se ensuciaron la cara con barro para evitar que los españoles se fijaran en ellas y las retuvieran. Querían permanecer con sus hombres en la victoria y en la derrota, en los momentos más álgidos y también en la zozobra más absoluta. Una fidelidad que les honra.

El enfrentamiento había sido totalmente desigual como lo evidencian las bajas. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de 100.000 mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados. Cuenta la tradición que el agua del lago Texcoco quedó totalmente teñida de grana, con restos de cuerpos mutilados en sus orillas. Igualmente sorprendidos se quedaron los españoles cuando entraron en la ciudad y comprobaron que el hambre padecida por los defensores fue tal que se comieron las raíces y las cortezas de los árboles. Fernández de Oviedo comparó la destrucción de Tenochtitlán con la de Jerusalén, porque el número de muertos más lo tienen por incontable y excesivo al de aquella ciudad judía. Y realmente, el asedio y la defensa de Tenochtitlán puede considerarse como uno de los más tristemente dramáticos y luctuosos de la Historia. Comparable, por supuesto, a los no menos famosos de Sagunto, Cartago, Numancia o Berlín.

El destino de Cuauhtémoc fue trágico; Garci Holguín fue el primero que llegó a su canoa y lo apresó, llevándole sin hacerle daño ante su capitán. Contaba Antonio de Solís que le preguntó a Cortés si no acababa con su vida, a lo que éste le respondió, con la solemnidad que le caracterizaba, lo siguiente:


No sois mi prisionero, sino prisionero de un príncipe tan poderoso, que no lo hay superior en toda la tierra, y tan benigno que de él podéis esperar no sólo la libertad, sino el imperio, mejorado con el título de la amistad.

 

Puro teatro porque, en realidad, pretendía hacer con Cuauhtémoc lo mismo que había hecho con Moctezuma. Era el tlatoani, el señor al que todavía entonces, incluso después de haber perdido la guerra, muchos naturales obedecían. De esta forma pretendía controlar a los vencidos y, de paso, evitar posibles insurrecciones. Además, esperaba que, antes o después, confesara dónde se encontraba el oro que abandonaron en la huída de la Noche Triste.

Y el tlatoani cumplió con su cometido. De hecho, sabemos que convocaba a sus súbditos por todo el imperio, lo mismo para construir casas que para hacer caminos. Pero su ejecución era cuestión de tiempo, porque si algo tenían claro los vencedores era que el Emperador de los mexicas no podía sobrevivir. No parece que el trato que le dio Cortés fuese especialmente cordial. De hecho, el doctor Cristóbal de Ojeda declaró que lo curó muchas veces, pues recibió tormento por parte del medellinense, quedándole una cojera permanente. Y el propio verdugo reconoció dicho suplicio aunque, en su descargo, dijo que lo hizo a pedimento del tesorero de Su Majestad, Julián de Alderete. En 1524 se lo llevó consigo en la conocida expedición del cabo de las Hibueras. Allí, en medio de la desazón de una lamentable campaña que nunca debió emprender, estando en la provincia de Acatlán, fue acusado de conspiración. El 25 de febrero de 1525 lo ahorcó, sin el menor miramiento. El infortunado tuvo tiempo, antes de morir, de recordarle a Cortés la injusta muerte que le daba y que Dios había de demandarle. Así perdió la vida el último soberano mexica, el más digno de los tlatoani. Un final heroico y a la vez dramático del señor de Tlatelolco. Algunos justifican su muerte, diciendo que evitaron posibles alzamientos indígenas como los protagonizados en el Perú por Manco Capac o, mucho después, por Túpac Amaru. Y también es cierto que Cuauhtémoc no era ningún santo, era un guerrero, un guerrero sanguinario pero no más que Hernán Cortés o que su tío Moctezuma II. Pese a todo, todavía hoy causa estupor su ejecución, pues fue innecesaria porque, tanto con él como sin él, su imperio había desparecido ya definitivamente de la faz de la tierra.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya Editores, 2009.

 

----- Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2010.

 

THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN ENIGMA RESUELTO: LA SEPULTURA DEL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN

UN ENIGMA RESUELTO: LA SEPULTURA DEL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN

 

 

En un artículo que publiqué el 10 de noviembre de 2002 en el “El Listín Diario” de Santo Domingo manifesté mi escepticismo sobre la posibilidad de averiguar dónde se hallaban los restos del primer Almirante de la Mar Océana. Sin embargo, hoy, más de tres lustros después, creo que es momento de rectificar y de dar por zanjada la cuestión.

Es cierto que en este caso la ciencia no ha podido ayudar; de hecho, un equipo de científicos, encabezados por el doctor José Antonio Lorente Acosta, director del laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, estudió los restos de la supuesta tumba del Almirante de la Catedral de Sevilla. Y pese a que le aplicaron análisis del ADN nuclear para compararlos con los restos de su hijo Hernando Colón, que sabemos con seguridad que se encuentran en la seo hispalense, los resultados no fueron concluyentes. Y ello por el estado deplorable en el que se encontraban sus escasos restos. De hecho, ya en 1695 cuando se exhumaron esos mismos restos de la catedral de Santo Domingo, señalaron que apenas encontraron pequeños fragmentos de hueso entre varias planchas de plomo de una vieja caja de ese metal.

         Centrándonos en la controversia del lugar donde descansan sus restos debemos decir que ha habido una disputa histórica entre la tesis dominicana, que afirma que están en Santo Domingo, y la española que asegura, por contra, que reposan en Sevilla. Y en este sentido existen decenas -quizás cientos- de obras defendiendo una u otra tesis. Las más recientes, la de Anunciada Colón y Guadalupe Chocano, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1992, que defiende la tesis españolista y la de Carlos Esteban Deive, editada por la Fundación García Arévalo, en 1993, que apoya rotundamente la tesis dominicana.

         El problema radica en el hecho de que Colón fue inhumado y exhumado en seis ocasiones diferentes. Su primera sepultura estuvo provisionalmente en la propia Valladolid, donde falleció, lugar desde el que se trasladó poco después al monasterio de las Cuevas de Sevilla. En 1537 el emperador Carlos V le concedió a Luis Colón, nieto del almirante, el patronazgo de la capilla mayor y el derecho de enterramiento de la familia. En torno a 1543 o 1544 fueron trasladados al presbiterio los restos del primer almirante Cristóbal Colón y de su hijo Diego, siguiendo los deseos de doña María de Toledo, nuera del descubridor. Eso sí a ninguno de los dos se le colocó una lápida conmemorativa que señalase el lugar exacto.

         Más de dos siglos después, y concretamente en 1795, después de la firma de la Paz de Basilea por la que se entregó a Francia la parte oriental de la Española, las autoridades decidieron trasladar sus restos a La Habana. Nuevamente, en 1898, tras perderse la guerra y ante el inminente abandono de Cuba, se decidió trasladar a la Catedral de Sevilla, donde se enterró en la cripta de los Arzobispos. Finalmente, en 1902, se inhumó definitivamente en el monumento funerario que para tal efecto labró el escultor Arturo Mélida.

         El debate se inició a partir de 1877 cuando, en unas obras de remodelación del presbiterio de la Catedral de Santo Domingo, se localizó una urna con una serie de inscripciones, entre ellas las iniciales "C.C.A.", que obviamente se quiso desglosar como "Cristóbal Colón, Almirante". Inmediatamente después, Monseñor Rocco Cocchia, publicó una enfervorizada pastoral comunicando el hallazgo al mundo. Desde ese momento, los historiadores dominicanos se centraron en destacar el error cometido por los españoles cuando precipitadamente, en 1795, se llevaron por equivocación los restos del II Almirante Diego Colón, en vez de los de su padre, don Cristóbal Colón. Y desde entonces, se han vertido ríos de tinta, unos diciendo que la equivocación se produjo en 1795, al tomar los restos del hijo por los del padre, y otros, afirmando que el error se cometió en 1877 al creer que habían encontrado los restos del Descubridor de las Indias cuando en realidad eran los de un nieto del mismo nombre.

         Sin embargo, en mi última visita a la Catedral de Santo Domingo, en octubre de 2017, el conservador de la catedral, don Esteban Prieto Vicioso, me enseñó amablemente la cripta de la familia Colón –cuya llave todavía poseen los duques de Veragua- y la ubicación exacta en la que se encontraban los restos del primer almirante Cristóbal Colón, de su hijo Diego Colón y de su nieto Luis Colón. En el lado del evangelio del presbiterio se colocó, junto al muro a Cristóbal y algo más a la derecha a su hijo Diego, mientras que en el lado del muro de la epístola se colocaron los restos de su nieto el conflictivo Luis Colón. En 1795, cuando se exhumaron los restos, está documentada a través de inventarios la existencia de un retablo en el lado del evangelio que impedía el acceso al enterramiento del primer almirante pero no al de su hijo Diego. Con las prisas del momento, exhumaron los restos que había en el lado del evangelio, pero no los que estaban junto al muro a los que no podían acceder sino los que estaban justo al lado. Por tanto los restos extraídos, y que se colocaron en un arca de plomo dorada con cerradura, fueron los de Diego Colón y no los del primer almirante a los que no pudieron acceder. Sin embargo, dieron por buenos los restos exhumados y, cumpliendo órdenes, se trasladaron a Cuba y después, en 1898, cuando se perdió la perla del Caribe, a la Catedral de Sevilla.

         Las evidencias son de tal calado que hay pocas dudas de que los restos conservados en la Catedral de Sevilla son los de Diego Colón. En cambio, los del descubridor de América son los que permanecieron en la Catedral de Santo Domingo y desde hace algo más de un cuarto de siglo se encuentran en el Faro a Colón de la capital dominicana. Obviamente, se trata de algo irrelevante, casi de otro siglo, donde se mezcla un patriotismo mal entendido. Pero en cualquier caso, creo que podemos decir con rotundidad que el enigma está resuelto.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

COLÓN DE CARVAJAL, Anunciada y Guadalupe CHOCANO: “Cristóbal Colón”, 2 vols. Madrid, C.S.I.C., 1992.

 

 

DEIVE, Carlos Esteban: “Los restos de Colón”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1983.

 

 

PEÑA Y CÁMARA, José de la: “Los dos restos de Cristóbal Colón”, Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, Vol. II, n. 2. Sevilla, 1974, pp. 79-95.

 

 

V.V.A.A.: “Basílica catedral de Santo Domingo”. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial, 2011.

 

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FRANCISCO PIZARRO. UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

FRANCISCO PIZARRO. UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

      

Esteban Mira Caballos: “Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú”. Barcelona, Crítica, febrero de 2018, 412 págs. ISBN: 978-84-17067-66-3 (2ª edición, marzo de 2018) 

 

En este libro se traza una biografía exhaustiva y ecuánime sobre el conquistador trujillano, alejada de los tópicos. Francisco Pizarro fue el arquetipo de conquistador, un guerrero experimentado en la guerra indiana. Su capacidad estratégica era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que comenzaron en el Caribe y se continuaron en Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias le daba una superioridad sobre sus oponentes. El imperio inca era un estado bastante joven y muchos pueblos todavía guardaban un resentimiento contra los incas por haberles privado de su antigua independencia. En el fondo, la mayoría de los reyezuelos locales soñaban con recuperar su añorada libertad y solo aceptaron la sumisión por la política de terror desplegada por el estado incaico. El trujillano valoró adecuadamente esa baza que utilizó en su propio beneficio.

Ahora bien, fue un buen conquistador pero un mal gobernador, al no poseer la preparación adecuada para administrar un territorio. A nivel político permitió el surgimiento de enemistades entre españoles e indios y de los hispanos entre sí que dieron lugar a las llamadasguerras civiles. La administración de la hacienda real fue un verdadero caos y tanto él como sus hermanos tomaron dineros de la hacienda real cada vez que les interesó. Su asesinato en 1541 fue la crónica de una muerte anunciada, fruto de los odios mutuos entre pizarristas y almagristas.

En el Perú de la conquista se vivieron infinidad de dramas, injusticias, traiciones, destrucciones y matanzas, sufridas casi siempre por los naturales y ocasionalmente por las huestes. No hay que sorprenderse por ello, los guerreros han actuado siempre así, en cualquier tiempo y en cualquier espacio. El Inca Atahualpa mandó asesinar a su medio hermano Huáscar, Francisco Pizarro y Diego de Almagro a Atahualpa, los hermanos Pizarro a Diego de Almagro, el hijo de éste a Francisco Pizarro y el licenciado Vaca de Castro a Diego de Almagroel Mozo y a sus secuaces. Como puede observarse, la mayor parte de los grandes protagonistas de la conquista del Tahuantinsuyu perecieron de manera violenta y, lo peor de todo, luchando entre ellos mismos.

Todos ansiaban su propia gobernación, a ser posible rica, como la que poseía el admirado Hernán Cortés. Francisco Pizarro obtuvo la gobernación de Nueva Castilla y Diego de Almagro, unos años después, la de Nueva Toledo. Pero este último, ignorante aún de las grandes riquezas de Potosí, que caían en su gobernación, quiso reclamar Cusco y Lima, a sabiendas de que los Pizarro nunca aceptarían. No hubo voluntad, sosiego, ni capacidad por ninguna de las dos partes de solucionar el conflicto sin derramamiento de sangre. Las consecuencias de las actitudes irreductibles de unos y de otros fueron trágicas.

En pleno siglo XXI la conquista sigue sin estar totalmente asimilada en el imaginario colectivo peruano pues pervive un sentimiento de nostalgia, quizás idealizado, hacia el mundo incaico. Se trata de lo que los quechuas llaman ellamento andino.De aquellos barros estos lodos.

MÁS SOBRE LAS MANIPULACIONES DE IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

MÁS SOBRE LAS MANIPULACIONES DE IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

 

He escrito en varias ocasiones sobre el libro “Imperiofobia y Leyenda Negra”, que ha tenido –y sigue teniendo- una repercusión mediática tremenda. Su defensa de la existencia de una leyenda negra contra los imperios y en particular contra el Hispánico ha calado hondo y ha sido recibido con muchas adhesiones, incluso de una parte de la intelectualidad. De alguna forma ha escrito lo que todo el mundo quería leer y escuchar. Por eso argumentar contra su obra es arriesgado porque uno recibe el varapalo de los que no les interesa la ciencia histórica y solo hablan desde la ideología. Pero como historiador me siento en la obligación de destapar estas manipulaciones.

Ya escribí en otra ocasión que para demostrar su hipótesis fuerza datos en unas ocasiones y en otras los manipula para verificar siempre su hipótesis. Distorsiones verdaderamente inadmisibles como reducir injustificadamente el número de indígenas que había en la América Prehispánica, para aminorar la hecatombe demográfica o reducir drásticamente el número de ejecutados por la Inquisición para presentarla como una institución más tolerante.

Hoy el investigador Emilio Monjo Bellido me alertaba de una nueva manipulación que ha detectado y que yo había pasado por alto. El dato es obvio como podrán comprobar a continuación y vuelve a mostrar a las claras los usos poco ortodoxos de la filóloga –no historiadora como ella suele decir- de Elvira Roca Barea. En la página 277 de su libro cita lo siguiente:

 

Según el investigador protestante E. Schafer, autor de un monumental trabajo de investigación sobre el protestantismo en España, el número de protestantes condenados por la Inquisición española entre 1520 y 1820 fue de 220. De ellos solo doce fueron quemados (Schafer, 1902: I, 345-367)”.


 

Bueno, pues el profesor Emilio Monjo se ha molestado en ver la citada obra del alemán Ernesto Schäfer que por cierto tiene traducción al castellano y ¡sorpresa! Dice lo siguiente:


 

De alrededor de 2.100 personas a las que según nuestras actas se les hizo proceso por protestantismo, solo fueron quemadas 220 aproximadamente en persona y otras 120 aproximadamente en estatua…”

 


Por tanto, 2.100 condenados que Elvira Roca reduce a 220, y 220 quemados en persona que la citada investigadora aminora a tan solo 20. Algunos podrán decir que se trata de un simple dato sin importancia, 220 personas calcinadas que Elvira Roca reduce a 20. Pero es que no se puede montar toda una hipótesis en defensa del buen nombre de la patria hispana a base de manipular un dato por allí y otro por allá. En este caso se trataba de una obra de principios del siglo XX, editada en alemán que sabía que muy pocos o nadie podría revisar ni menos aún comprobar su veracidad. Al principio pude pensar que se trataba de errores de la autora que cualquier investigador puede tener pero a estas alturas mucho me temo que esta reiteración de datos errados obedecen a una intencionalidad.

Me parece perfecta la tesis que defiende; faltaría más, cualquiera puede defender cualquier idea o hipótesis, pero no es admisible para un historiador, medianamente serio, aceptar que las fundamente en datos manipulados intencionadamente.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES: LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES:  LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

 

        Cuando hablamos del oro y la plata que las huestes se fueron repartiendo en las fundiciones de San Miguel de Tangarara, Coaque, Cajamarca, Jauja y Cuzco hay que pensar que no era metal precioso de minas, sino piezas de orfebrería incaica que acababan irremediablemente en el horno. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, de la que solo escapó una pequeñísima parte. Y todo para tratar de saciar la voracidad metalífera de los invasores.

        He transcrito y analizado todos los registros de las fundiciones realizadas en el Perú y, pese al fraude, salen a relucir numerosas piezas que debieron tener un enorme valor artístico. En los listados de piezas fundidas en la villa de San Miguel de Tangarara, entre el 19 y el 5 de agosto de 1532, se citan gargantillas, collares, anillos una corona y varios tejuelos, todos ellos de oro. En las funciones de Cajamarca, Jauja y Cuzco se fundieron decenas de esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, vajillas y hasta camisetas confeccionadas con hilo de oro. Llaman la atención dos piezas en particular fundidas en Cuzco: una, un hombre de oro que entró a fundir García de Salcedo. Y otra, una fuente de oro esmaltado, que el gobernador había salvado de la fundición de Cajamarca, convirtiéndola en lingotes en la de Cuzco. Y todo ello sin contar la plumería fina y las piezas textiles y cerámicas que fueron directamente desdeñadas por los europeos.

        El 9 de enero de 1534, el gobernador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando a España para llevar el quinto al emperador y de paso obtener mercedes. Pues bien, junto al quinto fundido en lingotes, valorado en ¡107.735 pesos de oro y 12.000 o marcos de plata!, traía varias piezas sin fundir para disfrute de los cortesanos: algunas vasijas, ollas y atambores así como varios ídolos macizos de oro y de plata. Desgraciadamente, todo eso también debió acabar hecho lingotes para pagar los ejércitos europeos.

El 23 de julio de 1538, Hernando de las Casas, vecino de Sevilla, volvía a entregar al Emperador en Valladolid un rico presente enviado por Francisco Pizarro. El listado es tan curioso y llamativo que me permito reproducirlo íntegro:

 

Cuadro I

Tesoro inca entregado en

Valladolid al emperador en 1538

 

Nº de piezas

Metal

Objeto

3

Oro

Carneros grandes

10

Oro

Mujeres

1

Oro

Inca orejón con su corona del mismo metal

892

Oro

Barras de ocho quilates, marcadas con la marca real y contramarcadas con una C y una estrella y todas con cabo y cola

215

Oro

Barras de diez quilates marcadas todas ellas de la dicha marca y de otra, las dos de ellas sin cabo

8

Plata

Mujeres de plata grandes

4

Plata

Mujeres de plata pequeñas

3

Plata

Carneros grandes

1

Plata

Cordero (sic)

 

 

        Una auténtica fortuna, de un valor incalculable y por el que en la actualidad cualquier museo del mundo suspiraría.

        Por si fuera poco, cuando varias décadas después los hispanos tomaron Vilcabamba, el último reducto de los incas, las pocas piezas que estos habían podido salvar corrieron la misma suerte. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo aurífero del sol, fueron llevados a Cuzco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Los Incas y su cultura material eran por aquel entonces historia.

 

 

 

 

FUENTE

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú. Barcelona, Crítica, 2018 (a la venta a partir del 30 de enero).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FRANCISCO PIZARRO: UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

FRANCISCO PIZARRO: UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

 

        Estamos ya en la recta final de la edición de mi nueva obra sobre el trujillano Francisco Pizarro, conquistador del imperio Inca, responsable de la desaparición de éste y del doloroso parto del Perú. Verá la luz a finales de enero de 2018 y he estado trabajando en ella desde el año 2010 en que publiqué mi biografía sobre Hernán Cortés.

        A mi juicio, siguiendo a Jorge Plejanov, los hilos de la historia los mueven los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comporten de un modo más o menos similar ante situaciones parecidas. Eran personas de su tiempo, por un lado cruzados medievales y, por el otro, guerreros modernos e individualistas que luchaban por ganar honra y fortuna. Creían en la escala de valores de la sociedad del quinientos que mantenía la antítesis caballero-valeroso frente a villano-cobarde, situando el ardor guerrero como una de las virtudes supremas. Aunaban altas dosis de intransigencia religiosa, con la valentía y con fuertes ansias personales de enriquecimiento, lo que les convirtió en armas casi indestructibles frente a sus enemigos. Estaban dispuestos a morir y a matar en nombre de Dios y del Emperador y eso les reportaba una extraordinaria fortaleza moral. Aunque en lo más profundo de su subconsciente sabían que muchas de sus acciones no eran éticamente correctas de ahí que al final de sus días, dispusiesen memorias y obras pías a favor de los naturales, los mismos a los que ellos se habían encargado de robar, someter y explotar.

         Ahora bien, aunque no sean las individualidades las que provocan los saltos hacia adelante, sí estoy convencido al menos de que existen personas con mucho más empuje y liderazgo que otras. Pues bien, uno de esos personajes singulares de la conquista fue Francisco Pizarro, que no era ningún héroe pero al menos sí, utilizando terminología de Max Weber, un individuo carismático.

         Como americanista he investigado la Conquista durante más de dos décadas, intentando desmitificar a los conquistadores. He escrito un libro revisando la conquista en su globalidad (2009), demostrando las estrategias violentas que se utilizaron y la ilegitimidad de la misma. No podemos olvidar que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, como ha escrito Antonio Espino, todas las reacciones de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos verlas como legítimas. Y ello a pesar, de que la mejor arma de la que dispuso el trujillano fue la de los pueblos escasamente incaizados que suministraron una tropa auxiliar muy leal. Asimismo, he escrito biografías de algunos de estos protagonistas de la conquista, a saber: Nicolás de Ovando (2000), primer gobernador de las Indias, Hernán Cortés (2010) y Hernando de Soto (2012). Ahora pretendo hacer lo mismo con Francisco Pizarro, actor necesario tanto del inevitable hundimiento del Tahuantinsuyu como del traumático alumbramiento del Perú.

        En pleno siglo XXI, la historiografía social española mantiene un cierto desfase con respecto a la europea. En las últimas décadas han aparecido algunos trabajos pioneros en materia social, sin embargo en lo concerniente a la historia de América la situación es aún más incipiente pues, durante buena parte del siglo XX, el pretérito patrio se fundamentó en los grandes mitos de la España Imperial. Y cómo no, uno de los pilares de esa historia pseudomítica, fueron los conquistadores, especialmente Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

        Centrándonos en el caso que ahora nos ocupa, la extensa historiografía contemporánea se ha polarizado, entre los que le atribuyen cualidades sobrehumanas y los que lo denigran, vertiendo sobre él los peores calificativos. La mayor parte de las biografías del trujillano, al igual que las de Hernán Cortés, son hagiográficas, es decir, se limitan a destacar las excelencias, la grandeza, las dotes militares y la extraordinaria personalidad del biografiado. Manuel José Quintana, a mediados del siglo XIX, propuso explicar vivamente a la juventud la figura de conquistadores como Francisco Pizarro para que sigan su ejemplo y magnifiquen e imiten sus obras. En 1929, con motivo de la inauguración de la estatua de Pizarro en Trujillo, el ministro peruano Eduardo S. Leguía afirmó que la figura de Pizarro representaba la voluntad de una raza en cuyos dominios espirituales nunca se pondrá el sol. Asimismo, en 1949, otro biógrafo, Luis Gregorio Mazorriaga, ensalzaba las excelencias del trujillano con las siguientes palabras:



         “Como representante genuino de las virtudes raciales, en el que los niños pueden ver un ejemplo de la reciedumbre del carácter y temperamento de los hijos de España, Pizarro ocupa lugar preferente entre las figuras más eminentes de nuestra historia”.



        No menos elogioso se mostró Clodoaldo Naranjo quien se pregunta si el trujillano no fue, al igual que otros héroes, un elegido por Dios para cumplir amplios fines evangélicos. No es el único, pues según Mallorquí Figuerola, las hazañas del trujillano le hacían pensar que “Dios debió de escogerle como flagelo destructor del imperio de los incas”. Todavía en pleno siglo XXI, se pueden encontrar historiadores que aluden a él como un héroe ante el que había que “inclinarse reverentemente”. Está claro que cada época posee una historiografía determinada, adecuada a los valores sociales imperantes. Francisco Pizarro, era un modelo de fuerza, tesón y energía, valores que han sido ensalzados largamente a lo largo de la historia.

        En cambio, otra parte de la literatura, sobre todo los hagiógrafos de Cortés y los almagristas, lo han denigrado, focalizando en él todos los males del conquistador: cruel, desagradecido, tirano, ambicioso, etc. Y no es que no tuviera todas o algunas de esas cualidades sino que se trata de calificativos que se pueden aplicar prácticamente a todos los conquistadores del siglo XVI.

        Afortunadamente, en la actualidad la mayoría compartimos otros valores o modelos completamente opuestos a los que exhibía el trujillano, como la humanidad, la inteligencia, la clemencia, la laboriosidad, el humanismo o el pacifismo. Urgía realizar una nueva biografía del trujillano desde una metodología propia del siglo XXI. En este sentido, ha escrito Benedetto Croce que toda historia es siempre contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde nuestro tiempo. Y efectivamente, cuando analizamos las construcciones del pasado que se hacen en cada época, nos damos cuenta de la imbricación permanente de este pasado-presente. Por tanto, se hace necesario trazar un nuevo perfil vital desde una técnica y una metodología actual. ¿Será una obra definitiva? Obviamente no, ningún libro de historia lo es porque cada generación plantea nuevas preguntas sobre el pasado y mira los hechos desde ópticas muy diferentes. ¿Cómo se verá a Francisco Pizarro en el siglo XXII o en el XXX? No lo podemos saber. En el presente trabajo hemos querido trazar una semblanza renovada, es decir, una biografía nueva para un lector de nuestro tiempo. Para ello, hemos considerado dos premisas:

        Una, la exhaustividad, es decir, el uso de todo el material manuscrito e impreso sobre la materia, lo que equivalía a contrastar decenas de crónicas de la época, varios centenares de historias, regestos documentales y manuscritos localizados en muy diversos repositorios. Pese a que los historicistas presumieron siempre de haber desempolvado y publicado miles de documentos, lo cierto es que no fueron exhaustivos pues todavía hoy es posible encontrar bastantes referencias documentales inéditas que nadie recopiló y que nos han servido para perfilar la vida del personaje.

        Y otra, el cotejo de todas y cada una de las versiones de los hechos. De Francisco Pizarro se han ofrecido visiones muy dispares y en ocasiones antagónicas. Dependía de que su autor hubiese prestado más atención a unos testimonios que a otros para sostener una cosa o la contraria. Hay varias decenas de crónicas e historias, la mayoría escritas por españoles pero otras por mestizos o por indios. Sin embargo, todos estos textos hay que leerlos de manera crítica porque todos encierran unos intereses muy personales y una visión de la historia condicionada por sus circunstancias personales. Después de pasar varios años revisando, transcribiendo e interpretando hechos, pude comprobar que había al menos tres visiones diferentes que era necesario identificar y contrastar para intentar acercarnos a la realidad.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN HITO EN LA HISTORIA DE LOS DERECHOS HUMANOS: EL SERMÓN DE MONTESINOS DE DICIEMBRE DE 1511

UN HITO EN LA HISTORIA DE LOS DERECHOS HUMANOS: EL SERMÓN DE  MONTESINOS DE DICIEMBRE DE 1511

 

 

La primera comunidad dominica se estableció en Santo Domingo en 1510, encabezada por fray Pedro de Córdoba con un reducido grupo de religiosos, entre los que se encontraban fray Antonio Montesino -que así firmaba- y fray Bernardo de Santo Domingo. Dos meses después llegaron otros cinco: fray Tomás de Fuentes, fray Francisco de Molina, fray Pedro de Medina, fray Pablo de Trujillo y fray Tomás de Berlanga. Y en 1511 otros seis más: fray Lope de Gaibol, fray Domingo Velázquez, fray Hernando de Villena, fray Francisco de Santa María, fray Juan de Corpus Christi y fray Pablo de Carvajal. A finales de 1514 la comunidad dominica de Santo Domingo estaba compuesta por una treintena de religiosos.

Antes los desmanes que se encontraron los religiosos a su llegada a la isla, tomaron la decisión de predicar desde los púlpitos contra la explotación inhumana a la que eran sometidos los aborígenes. Para el sermón de adviento eligieron al mejor orador que tenían en la isla, fray Antonio Montesino. Así pues, el primer episodio que protagonizan los dominicos en defensa de los naturales fue este famoso sermón del cuarto domingo de adviento, es decir, el 21 de diciembre de 1511. El predicador lo tituló, tomándolo probablemente de Isaías (XL, 3), “Ego vox clamantis in deserto”, que traducido del latín sería “la voz que clama en el desierto”. En él, se preguntó “¿estos, no son hombres?” Denunciando a continuación a los cristianos por los abusos que cometían y recordándoles que estaban en pecado mortal y que la salvación la tenían tan difícil “como los moros o los turcos”. La respuesta de los colonos fue airada, dirigiéndose a continuación al cenobio para pedir explicaciones. El prior, fray Pedro de Córdoba, muy valiente, les respondió que había predicado “con común consentimiento y aprobación del convento”. En los meses siguientes los religiosos lo pasaron mal, muy mal, porque los vecinos les negaron las limosnas. Todavía en 1517 declaraban los pobres religiosos que estaban “sin blanca”, faltándoles incluso lo más básico. Además, el altercado llegó a oídos de las autoridades españolas y la comunidad fue reprendida tanto por la Corona como por su propia Orden. Al parecer, el rey, muy enojado, les pidió que dejasen de inmiscuirse en cuestiones políticas y que se dedicasen exclusivamente “a las cosas de nuestra fe”. Mientras que el superior de su Orden, fray Alonso de Loaysa, a través de una misiva fechada el 23 de marzo de 1512 los amonestó oficialmente. Se les acusó de alterar el orden y de provocar violentas reacciones entre los vecinos, con el peligro de estorbar todo el proceso de conquista y, por tanto, de cristianización. Incluso, el superior esgrimió los justos títulos que los monarcas habían obtenido del Papa, a través de las bulas de donación. Sin embargo, los dominicos mostraron una valentía y una capacidad de resistencia sin límites, pues, en los años sucesivos no modificaron ni un ápice su actitud. El propio prior fray Pedro de Córdoba no tardó en denunciar él mismo la injusta explotación a la que se veía sometido el aborigen:

 

El sistema de trabajo a que están sometidos los indios va contra todo derecho natural, divino y humano y, si se continúa haciéndoles trabajar en las minas de oro, todos perecerán ya que a esa vida los indios preferirán la muerte, pues, estos indios son destruidos en sus almas y cuerpos y en su posteridad”.

 

Pero Montesino no clamó en el desierto, pues, pese al enfado del rey, las repercusiones de este discurso duraron décadas. Poco después del mismo, el monarca convocó una junta de sabios y teólogos en Burgos, donde se discutió tanto del trato recibido por los aborígenes como de los justos títulos. Las Leyes de Burgos, consecuencia directa del Sermón de Montesino, fueron un paso más en la lucha por los derechos sociales de los aborígenes. Años después, en diversas disposiciones regias todavía se aprecia que los legisladores tienen en su mente lo ocurrido en el domingo de adviento de 1511. Ellos buscaban –si era posible- la protección de sus vasallos amerindios, pero siempre y cuando no disminuyese la producción de metal precioso. Y es que la Corona siempre mantuvo la eterna contradicción entre su voracidad áurea y la protección –quizás interesada- del aborigen en tanto en cuanto era una mano de obra fundamental en las minas. Por citar un solo ejemplo, en 1522 en una disposición enviada por el emperador Carlos V a los Obispos del Nuevo Mundo decía lo siguiente:

 

“Que los Obispos no apartarán los indios indirecta ni directamente de aquello que ahora hacen para el sacar del oro, antes los animarán y aconsejarán que sirvan mejor que hasta aquí, diciéndoles que es para hacer guerra a los infieles y las otras cosas que ellos vieren que podían aprovechar para que los indios trabajen bien”.

 

 

Igualmente, se preocuparon desde la corte por controlar tanto a las órdenes que pasaban a las Indias como la moralidad de cada uno de los efectivos que enviaban, muy a pesar de que las propias reglas de los regulares poseían ya sistemas propios para depurar a los frailes más idóneos que habían de pasar al Nuevo Mundo.

Lo cierto es que los dominicos continuaron manteniendo su valiente y arriesgada posición de la defensa de los naturales. Así por ejemplo, fray Bernardo de Santo Domingo O.P., entrevistado por los Jerónimos en 1517, volvió a confirmar la rotunda oposición de su orden a la encomienda, afirmando, como era de esperar, que los naturales tenían sobrada capacidad para vivir en libertad, y reivindicando la creación de pueblos donde pudiesen vivir en libertad. En relación a esta idea precisó que estos asentamientos deberían estar prácticamente aislados de los españoles, teniendo acceso a ellos tan sólo unos cuantos vecinos, “casados y virtuosos”, y algunos religiosos. Lógicamente, estos sacerdotes deberían ser dominicos, evidenciándose una intención velada de engrandecer su propia Regla. Este pequeño grupo de seglares y laicos se encargarían de enseñarles la lengua española, la religión y, muy concretamente, “a contar moneda”, tributando, en contrapartida, dos pesos de oro por cada pareja adulta. Parece evidente que fray Bernardo de Santo Domingo, estaba ya defendiendo un sistema de pueblos en libertad que los dominicos poco después pondrían en práctica en una extensa franja de la costa de Paria.

Como puede observarse, el pensamiento crítico de los dominicos fraguó años antes de la aparición en escena del que será su máximo valedor, fray Bartolomé de Las Casas. No olvidemos que este sevillano no profesó en la Orden hasta 1522. Para él, como para sus compañeros de regla, los amerindios eran seres racionales además de vasallos de la Corona de Castilla, por lo que toda guerra contra ellos era injusta.

Como ha escrito Lewis Hanke este pionero discurso fue “el primer clamor en la lucha por la justicia en América”. Desde un primer momento los dominicos sostuvieron un ideal humanista y se preocupan por los más desfavorecidos. Estos religiosos pertenecían directa o indirectamente a la Escuela de Salamanca, donde se pensaba, a diferencia de lo que se sostenía habitualmente en la Baja Edad Media, que todas las personas eran iguales y, por tanto, gozaban de unos derechos y de unos deberes fundamentales. El derecho natural era aplicable a todos los seres humanos, sin excepción. Se adelantaban así varios siglos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos que consagró las libertades individuales y la concordia entre pueblos y estados.

 

 

PARA SABER MÁS

 

BORGES, Pedro: “El Consejo de Indias y el paso de misioneros a América durante el siglo XVI”. Valladolid, 1970.

 

CHEZ CHECO, José: "Montesino. “Dimensión universal de un sermón (1511)”. Santo Domingo, Editora Búho, 2011.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

PÉREZ, fray Juan Manuel: “Estos ¿no son hombres?”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1984.

 

RUBIO, fray Vicente: “Indigenismo de ayer y de hoy”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS