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Historia de América

CRÓNICA DE LA ETERNIDAD DE CHRISTIAN DUVERGER: LA REFUTACIÓN DEFINITIVA

CRÓNICA DE LA ETERNIDAD DE CHRISTIAN DUVERGER: LA REFUTACIÓN DEFINITIVA

         

 

          En el año 2013 el hispanista francés Christian Duverger en su obra “Crónica de la Eternidad”  hacía saltar la sorpresa en los medios académicos al atribuir a Hernán Cortés la autoría de la “Historia Verdadera de la conquista de Nueva España”, tradicionalmente imputada a Bernal Díaz del Castillo. Según el francés la redactó en Valladolid, entre 1543 y 1545, despachando asuntos legales por la mañana y por la noche, en secreto, se pasaba las horas redactando esta crónica, inicialmente pensada como anónima.

          Evidentemente, dado que no aportaba más pruebas que su vaga idea de que solo el propio Hernán Cortés podía saber tanto de sí mismo. Las refutaciones no se hicieron esperar: Leonetti (2013: 538-550), Martínez Shaw (2013: 96-97), Mira Caballos (2013) y Martínez Martínez (2018: 339-428).

          Pues bien, acaba de salir publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia (enero-junio de 2019) un nuevo estudio realmente demoledor que confirma de manera contundente –yo diría que definitiva- lo que ya todos sabíamos. Su autor, realiza un estudio estilístico en profundidad, usando tecnología informática. Obviamente, el uso de estas herramientas le da al estudio un carácter científico ajeno a cualquier tipo de apasionamiento. Como es sabido, cada persona tiene una forma de expresarse que la singulariza de las demás. Pues bien, el Dr. Blasco, tras analizar comparativamente ambas obras, la “Historia Verdadera· de Bernal Díaz y las “Cartas de Relación” de Hernán Cortés llega a unos resultados contundentes: contienen giros, expresiones y una forma de expresarse que hacen imposible que fuesen escritas o redactadas por la misma mano. En definitiva, se puede descartar que el autor de las Cartas de Relación (Hernán Cortés) fuese el mismo autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España.

            Creo que estamos ya en condiciones de dar el tema por zanjado y dedicarnos a mejores menesteres investigadores.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

BLASCO, Francisco J.: “La graciosa y gratuita disputa sobre la autoría de la Historia Verdadera del inconfundible Bernal Díaz del Castillo", Boletín de la R.A.H., T. XCIX, cuaderno CCCXIX, enero-junio de 2019.

 

LEONETTI, Francesca, “De nuevo sobre la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España; algunas reflexiones en defensa de la paternidad de Bernal”, eHumanista 24, 2013.

 

MARTÍNEZ MARTINEZ, María del Carmen: “Bernal Díaz del Castillo: memoria, invención y olvido”, Revista de Indias vol. LXXVIII, n. 273, Madrid, 2018.

 

 

MARTÍNEZ SHAW, Carlos: “Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés: un caso para Sherlock Holmes”, Andalucía en la historia N. 42, 2013.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “refutaciones a la Crónica de la Eternidad”, en http://larepublicacultural.es (publicado el 11 de junio de 2013).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

V CENTENARIO DE LA GESTA DE LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO (1519-1522)

V CENTENARIO DE LA GESTA DE LA  PRIMERA VUELTA AL MUNDO (1519-1522)

 

 

          Este año se conmemora la gesta de la salida de Sanlúcar de Barrameda de la expedición que, al mando primero de Hernando de Magallanes y después de Juan Sebastián Elcano, daría la primera vuelta al globo. Una aventura que para bien y para mal cambió el mundo.

          Un total de 247 hombres que sabían que se jugaban la vida en una singladura jamás abordada por otros seres humanos. En unos casos el hambre, en otros la ambición y en todos los casos, el afán de aventuras por hacer algo singular los animó en una aventura incierta. Y tanto fue así que solo completaron el viaje una de las cinco naos que zarparon –la Victoria- y 18 de los 247 tripulantes que zarparon en 1519.

          A modo de homenaje, aporto un pequeño dato sobre lo ocurrido pocas semanas después de zarpar, frente a las costas de Guinea. Afirma el cronista de la expedición Antonio de Pigafetta que llovió durante 60 días sin pausa, y “los golpetazos de viento y corrientes” pusieron en peligro la ruta y la expedición. Cuando la situación se tornó crítica tiraron de lo único que les quedaba: su fe, su esperanza, sus creencias, su devoción. Cuenta este testimonio de José Martín de Palma que estoy transcribiendo que:

 

 

          “Tuvieron socorro del cielo, apareciendo sobre las gavias aquella luz piadosa que atribuye a la devoción que tenía al bienaventurado San Telmo. Mostróseles entonces con una candela encendida y alguna vez con dos en la mano (y) pudieron proseguir…”

 

 

          Por ello, nos explicamos perfectamente que circularan viejos refranes como éste: quien no sabe rezar métase en el mar. En ese mismo sentido Gonzalo Fernández de Oviedo escribió:

 

 

          “Si queréis saber orar aprender a navegar, porque, sin duda, es grande la atención que los cristianos tienen en semejantes calamidades y naufragios para se encomendar a Dios y a su gloriosa madre…”

 

 

          Estaba claro que ante el peligro inminente de muerte todos echaban mano de sus creencias para intentar aliviar sus conciencias y sus certezas. Lo mismo veían -o creían ver- monstruos demoníacos o maléficos que amenazaban su existencia que santos que concurrían en su auxilio. Hasta el más incrédulo era capaz de tornarse en un ferviente devoto de toda la corte celestial.

          Es increíble –casi inexplicable al menos desde un punto de vista actual- como se enrolaron en un viaje a lo desconocido, a recorrer rutas nunca vistas, sin saber a ciencia cierta los vientos ni las mareas. ¿Qué los empujó a ello? Pues probablemente, como ha escrito Tomás Mazón, la única explicación posible es la ilusión, el afán por hacer algo nuevo, algo nunca antes realizado o visto por un ser humano. Y en ese afán la mayoría encontró la desgracia, pues la mayoría perdió la vida pero incluso para los supervivientes, la recompensa económica fue extremadamente menguada. Eso sí, sabían que estaban protagonizando una gesta y que, como de hecho ocurrió, la historia los redimiría.

 

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL CANAL DE PANAMÁ, UN PROYECTO ESPAÑOL DEL SIGLO XVI

EL CANAL DE PANAMÁ, UN PROYECTO ESPAÑOL DEL SIGLO XVI

 

 

       Como es bien sabido, el Canal de Panamá se inauguró el 15 de agosto de 1914. Se trata de 82 kilómetros que atraviesan el istmo desde el océano Atlántico al Pacífico y que supusieron junto al de Suez, inaugurado unas décadas antes, dos de los hitos hidráulicos de la Edad Contemporánea.

         Mucho menos conocido es el hecho de que fue España en el mismísimo siglo XVI la que se planteó por primera vez su construcción y que incluso se diseñaron varios proyectos. Fue Álvaro de Saavedra Cerón el primero que propuso la construcción de un Canal que uniese ambas orillas. La propuesta no encontró eco; pero en 1533 el teniente de gobernador de Panamá, Gaspar de Espinosa, natural de Medina de Rioseco, se dirigió al Emperador planteándole una vez más la idea de hacer navegable el río Chagres, solo con algunos arreglos. A Carlos V le pareció una gran idea en un primer momento y ordenó que se levantasen planos y un proyecto para llevar a cabo dicha construcción y así poder comunicar las posesiones españolas del Atlántico con las del Pacífico. Pero finalmente el proyecto se descartó en buena parte porque no eran tan simples esos arreglos y existían serias dificultades técnicas, y también por falta de empeño de las autoridades.

        Pero la idea siguió rondando por mucho tiempo la cabeza de los españoles. En 1590 José de Acosta decía que muchos habían platicado romper la siete leguas de distancia entre los dos océanos, anegando el terreno, y aprovechándose –decía- de que un océano estaba más bajo que el otro. Sin embargo, él se oponía al mismo alegando dos causas:

        Primera, que no había posibilidades técnicas en esos momentos de derribar el monte fortísimo e impenetrable que Dios puso entre los dos mares.

        Y segunda, que habría que temer el castigo divino por querer enmendar las obras que el Hacedor, con sumo acuerdo y providencia, ordenó en la fábrica de este Universo.

        La cuestión se retomó en tiempos de Felipe III que incluso llegó a encargar un proyecto a un grupo de ingenieros neerlandeses. Sin embargo, de nuevo el proyecto volvió a caer en saco roto por falta de numerario y por la sospecha de que dicho paso también podría ser utilizado por los enemigos para infringir daños al Imperio.

        Habrá que esperar al siglo XXI para que un consorcio de mayoría española, ampliara y desdoblara el Canal de Panamá. Dichas obras fueron inauguradas el 26 de junio de 2016. Premonitoriamente, un grupo empresarial liderado por la española Sacyr fue el elegido para esta obra faraónica. Y aunque la obra generó sobrecostes no previstos, huelgas de trabajadores y demoras finalmente se terminó una de las mayores obras hidráulicas emprendidas en lo que llevamos de siglo. Se culminaba así un viejo sueño que se inició prácticamente el día el que el jerezano Vasco Núñez de Balboa avistó el océano Pacífico un 25 de septiembre de 1513.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ACOSTA, José: “Historia natural y moral de las Indias”. Madrid, Historia, 16, 1987.

 

ARAÚZ, Celestino Andrés: Un sueño de siglos: El Canal de Panamá, “Revista Tareas” n. 123, Panamá, 2006. En línea en http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/panama/cela/tareas/tar123/02arauz.pdf

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MITO, REALIDAD Y ACTUALIDAD DE LA LEYENDA NEGRA

MITO, REALIDAD Y ACTUALIDAD DE LA LEYENDA NEGRA

 

 

 

          Ha escrito recientemente Richard L. Kagan, profesor de la universidad Johns Hopkins, contradiciendo a Elvira Roca, que la Leyenda Negra ha desaparecido casi del todo. En realidad solo pervive en la propia imaginación de los españoles debido a una serie de motivos internos.

          De hecho, desde mediados del siglo XX hay una amplísima simpatía en universidades europeas y americanas hacia la civilización hispánica. Morel Fatio, maestro de Marcel Bataillón, escribió que a España se le debía amar por haber cerrado el paso a los árabes, por haber salvado a la cristiandad en Lepanto y por haber implantado la civilización europea en el Nuevo Mundo. Sus palabras resultan desmedidas pero lo cierto es que tras él llegó un amplio grupo de historiadores europeos que se apasionaron con la historia del Imperio Habsburgo, creando cátedras de estudios Hispánicos en diversas universidades europeas y americanas. Entre los grandes hispanistas europeos contemporáneos no podemos dejar de citar a franceses como Pierre Vilar, Marcel Bataillón, Pierre Chaunu, Fernand Braudel, Bartolomé Bennassar, Joseph Pérez o Bernard Lavallé. Ingleses, como John Elliott, John Lynch, Hugh Thomas, Paul Preston, Trevor Dadson. Alemanes como Georg Friederici, Richard Konetzke, Horts Pietschmann, Karl Kout o Michael Zeuske. Y estadounidenses como Carlos Lummis, Lewis Hanke, Stuart Schwartz o Stanley G. Payne. Tampoco faltan hispanistas búlgaros –Tzvtan Todorov-, húngaros –Adam Szászdi-, checos –Josef Opatrný-, suecos -Magnus Mörner- e inluso isaraelíes -Tzvi Medin o Benzion Netanyahu-; son sólo algunos ejemplos. El historiador francés Pierre Chaunu escribió hace ya varias décadas: No se puede pensar sobre España sin amarla, no se puede estudiar el pasado de España sin interpretarlo… No disimulamos nuestra simpatía.

          En pleno siglo XXI, la temática de la Leyenda Negra vive un nuevo resurgir, pero no parte de las potencias opositoras al imperio hegemónico, como en el siglo XVI, sino de algunos intelectuales españoles. Éxitos sorprendentes como Imperiofobia y Leyenda Negra de María Elvira Roca Barea y otros que han proliferado a su sombra. Y aunque Richard L. Kagan afirma no tener respuesta para este resurgir la explicación parece clara: se trata de un instrumento político para reforzar la conciencia nacional española en un momento en que la unidad del Estado está cuestionada.

          Durante demasiado tiempo una parte importante de la historiografía española se ha empeñado tozudamente en negar la crudeza de las campañas militares del imperio en vez de negar la Leyenda Negra. Obviamente, los españoles ni inventaron las guerras de conquista, ni desgraciadamente fueron los últimos en perpetrarlas. La destrucción del más débil a manos del más fuerte ha sido una práctica recurrente desde la aparición de la civilización hasta pleno siglo XXI. Las consecuencias del posicionamiento de los que aludían a la Leyenda Negra, para en realidad defender la Leyenda Blanca, ha sido acallar cualquier crítica al pasado; fuimos maravillosos, y cualquier cosa negativa que se pueda decir es fruto de la Leyenda Negra. Y sin la posibilidad de crítica la ciencia histórica pierde todo su sentido.

          Ya hace casi medio siglo que Ángel Losada advirtió que la única vía para replicar la Leyenda negra era asumir las verdades que contiene y contextualizarlas, para de esta forma demostrar que los españoles actuaron igual que otros pueblos europeos en la Edad Moderna. En mi opinión ésta es la clave. La Leyenda Negra solo desaparecerá del todo cuando todos reconozcamos sin problemas los excesos que realmente se produjeron en el sometimiento del Nuevo Mundo. No se trata de acusar a los españoles de los males pasados y presentes de Hispanoamérica, ni tampoco de disimular o ablandar con falsos discursos lo que allí ocurrió. ¿Qué potencia colonial a lo largo de la Historia no ha practicado la guerra a sangre y fuego? La historia de la humanidad es por desgracia la crónica de la imposición del más fuerte sobre el más débil. Y esta percepción no es nueva, ya en el siglo I a. C. el historiador griego Dionisio de Halicarnaso aseguro que esta dinámica constituía una ley de la naturaleza que nada ni nadie podría cambiar. Y es que la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad, pues prácticamente todas las sociedades han compartido esa alternancia entre la guerra y la paz. En este sentido ha llegado a escribir Robert Ardrey, con grandes dosis de pesimismo, que el hombre se diferenció del chimpancé cuando durante miles de años de evolución hizo del hecho de matar una profesión. Y es que paradójicamente, como escribió Michael Nicholson, la guerra es una actividad genuinamente humana, una de las ocupaciones favoritas de la humanidad. Efectivamente, a lo largo de la historia han existido multitud de personas que han sostenido que las guerras eran tan inevitables como necesarias. Por poner un ejemplo concreto, el escritor del Siglo de Oro Francisco de Quevedo, sostenía que la guerra era inexcusable para conseguir la paz y de paso frenar la soberbia de los turcos y extirpar la idolatría de los indios. Y aunque obviamente no estamos en absoluto de acuerdo con este determinismo lo cierto es que encontramos enfrentamientos bélicos desde la misma Prehistoria. De hecho, se han localizado pinturas rupestres del Mesolítico, con más de quince mil años de antigüedad en las que se pueden observar pequeños grupos tribales en pleno combate arrojándose flechas. Pero sin salir del continente americano, los taínos, procedentes del continente y mucho más evolucionados, habían irrumpido siglos atrás en las Antillas Mayores, arrinconando a los macorises y siboneyes hasta convertirlos en residuales. Estos vivían de la caza y la recolección en un estadío casi paleolítico y quedaron al borde de su extinción. Cuando los españoles llegaron a las Antillas exterminaron a los taínos en medio siglo, pero a su vez estos estaban comenzando a ser desplazados en determinadas áreas por los belicosos caribes que estaban en proceso de expansión, afectando particularmente a la isla de Puerto Rico.

          Como ha escrito Ricardo García Cárcel no se puede estar a favor ni en contra de la Leyenda Negra porque como su propio nombre indica no se trata más que de eso, es decir, de leyenda. Tanto la Leyenda Negra como la Blanca parten de la manipulación de datos y abocan a conclusiones parciales y tendenciosas que no son más, como decía Moreno Fraginals, que una sola gran mentira.


 

PARA SABER MÁS:

 

GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: La Leyenda Negra. Madrid, Alianza Universidad, 1992.

 

 

----- El demonio del Sur. La Leyenda Negra de Felipe II. Madrid, Cátedra, 2017.

 

 

KAGAN, Richard L.: “¿Por qué la Leyenda Negra? ¿Por qué ahora?, Cuadernos de Historia Moderna N. 43 (1), 2018.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Mito, realidad y actualidad de la Leyenda Negra (en preparación).

 

 

MOLINA MARTÍNEZ, Miguel: “La leyenda negra revisitada: la polémica continúa”, Revista Hispanoamericana. Revista Digital de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias, Artes y Letras Nº 2, 2012. Disponible en http://revista.raha.es/ (Fecha de consulta 31-5-2018).

 

 

RODRÍGUEZ PÉREZ, Yolanda y SÁNCHEZ JIMÉNEZ, Antonio (edis.): España ante sus críticos: las claves de la leyenda negra. Madrid, Iberoamericana, 2015.

 

 

VILLAVERDE RICO, María José y Francisco CASTILLA URBANO: La sombra de la leyenda negra, María José Villaverde Rico y Francisco Castilla Urbano (Dirs.), Madrid, Tecnos, 2016.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PROGRAMA DE LAS XIX JORNADAS DE HISTORIA EN LLERENA

PROGRAMA DE LAS XIX JORNADAS  DE HISTORIA EN LLERENA

 

 

 

ESPAÑA Y AMÉRICA: CULTURA Y CIVILIZACIÓN

 

VIERNES 26 DE OCTUBRE

 

-16’30-17’00h: Recepción a los asistentes y retirada de la documentación.

 

-17’00h: Inauguración oficial de las XIX Jornadas de Historia en Llerena.

 

-17’15H: PRIMERA PONENCIA: Cieza de León. Su trayectoria vital y su Crónica del Perú, por Dª Concepción Bravo Guerreira, catedrática emérita de Historia de América de la Universidad Complutense de Madrid.

 

-18’15h: Debate

 

-18’30h: Descanso. Café (patio del Complejo Cultural La Merced)

 

-19’00H: LECTURA DE COMUNICACIONES:

 

-19’00h: La familia conversa de Pedro Cieza de León, por D. Luis Garraín Villa

 

-19’15h: Relaciones entre Pedro Cieza de León y el Inca Garcilaso de la Vega, por Dª Amalia Iniesta Cámara.

 

-19’30h: Drogas vegetales en la obra Parte primera de la Crónica del Perú de Cieza de León, por D. José Ramón Vallejo y José Miguel Cobos.

 

-19’45h: Hernando de Soto. Un hombre de la casa de Feria en la conquista del Perú, por D. Juan Luis Fornieles Álvarez.

 

-20’00h: Inés Suárez. A favor o en contra, por D. Antonio Blanch Sánchez.

 

-20’15h: El doble testamento del indiano segureño Álvaro Martín, por D. Andrés Oyola Fabián.

 

20,30h: Debate

 

20’45H: PROYECCIÓN DEL DOCUMENTAL Pedro Cieza de León y la Crónica del Perú, de Producciones Mórrimer.

 

SÁBADO 27 DE OCTUBRE

 

10’30H: SEGUNDA PONENCIA: Francisco Pizarro y la conquista del Perú: visiones de ayer y de hoy, por D. Esteban Mira Caballos, profesor de Educación Secundaria y doctor en Historia de América.

 

-11’30h: Descanso. Café.

 

-12’00H: TERCERA PONENCIA: La conquista de América: cinco de siglos de controversia y una leyenda negra omnipresente, por D. Miguel Molina Martínez, catedrático de Historia de América de la Universidad de Granada.

 

-13h: Mesa redonda: Forja y actualidad de la leyenda negra española. Con la intervención de los cuatro ponentes.

 

-14’15h: Comida oficial de las Jornadas (ponentes, comunicantes e inscritos con reserva). Lugar: Hotel La Fábrica.

 

-16’00h: Visita guiada a la exposición Pedro Cieza de León y su tiempo, en el Museo Histórico Ciudad de Llerena.

 

-17’00H: CUARTA PONENCIA: América: la nueva frontera del arte español (1500-1550), por Dª Cristina Esteras Martín, catedrática de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid.

 

18,00H: LECTURA DE COMUNICACIONES:

 

-18’00h: El Testamento de Juan Camacho de Moya, como muestra de la religiosidad popular ante la muerte en el Perú de Cieza de León. Mercader en las ciudades de la Plata, Potosi y San Bernardo de Tarija, por D. Juan Francisco Cerrillo Mansilla

 

-18’15h: La arquitectura civil de Hispanoamérica en época del cronista Pedro Cieza en la primera mitad del siglo XVI, por Dª Rocío García Rodríguez.

 

-18’30h: Lope de Saavedra Barba y Juan Alonso de Bustamante, dos extremeños en las minas de azogue de Huancavélica y Almadén (siglo XVII), por Dª María Silvestre Madrid, D. Emiliano Almansa Rodríguez y D. Ángel Hernández Sobrino.

 

-18’45h: El conocimiento y descripción de las lenguas indígenas en las colonias españolas, frailes y cronistas, por D. José Tomás Saracho Villalobos.

 

-19’00h: El fragmento de friso de datación romana hallado en Llerena (Badajoz). ¿Una Evidencia del sacrificio de bóvidos en el territorio de Regina Turdulorum?, por D. Jacobo Vázquez Paz y D. Juan Eugenio Mena Cabezas.

 

-19’15h: La escritura de venta del lugar de la Puebla otorgada a favor de Alonso de Cárdenas, comendador mayor de León, por Dª María del Pilar Casado Izquierdo.

 

-19’30h: La iglesia de la Granada de Llerena, una breve aproximación a su extrañísima jurisdicción. Su comportamiento dentro de la Orden de Santiago, por D. Pablo Jesús Lorite Cruz.

 

19’45h: Los procesos electorales en Llerena durante el Sexenio Revolucionario, por D. Alfonso Gutiérrez Barba.

 

20’00h: Debate.

 

 

20’15H: ENTREGA DEL I PREMIO DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA “PEDRO CIEZA DE LEÓN”.

 

 

20’45h: Clausura.

NUEVOS APORTES A LOS ORÍGENES FAMILARES DEL CRONISTA ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO

NUEVOS APORTES A LOS ORÍGENES FAMILARES DEL  CRONISTA ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO

         

 

 

           Pese a la importancia de la obra del cronista Alonso de Góngora Marmolejo, autor de una memorable historia de la conquista del reino de Chile, hasta fechas muy recientes era muy poco lo que se sabía de sus orígenes y de su vida antes de su arribada a las Indias. De hecho, fue a raíz de un artículo que publiqué en 2011 cuando se conocieron muchos pormenores de su ascendencia y de su entorno familiar. Unos aportes que felizmente fueron incorporados, cuatro años después, en una reedición de su famosa crónica. En aquella ocasión quedó claro que el cronista era nieto del regidor carmonense Rodrigo de Góngora el Viejo y de Isabel Hernández Marmolejo, e hijo del también regidor Rodrigo de Góngora el Mozo y de Teresa Núñez Pancorvo. Asimismo, supimos que era el penúltimo de un total de diez hermanos y que había sido bautizado en la parroquia prioral de Santa María, el 30 de abril de 1523.

           Dado que se trataba de una estirpe linajuda, el rastro documental que ha dejado ha sido muy amplio pese a que, para el siglo XVI, la documentación del Archivo de Protocolos de Carmona se encuentra muy mermada. Desde la publicación de aquel artículo hasta la actualidad he seguido revisando documentos de aquella época por lo que me han salido al paso nuevos detalles inéditos sobre los Góngora Marmolejo y sobre su entorno familiar. Por tanto, el presente artículo tiene como modesto objetivo completar algunos aspectos publicados en 2011, acercándonos más aún a los orígenes de una de las estirpes fundadoras de Chile.

 

1.-LOS ABUELOS DEL CRONISTA

           En el citado trabajo de 2011 aportamos bastante información sobre los abuelos del cronista, Rodrigo de Góngora el Viejo e Isabel Hernández Marmolejo. Y ello gracias a la localización de un documento clave: el testamento del citado regidor otorgado en Carmona el 30 de junio de 1525, ante el escribano Gómez de Hoyos. Pues bien, hemos conseguido localizar dos escrituras más que nos permiten perfilar un poco mejor la vida de ambos: una, un testamento anterior de Rodrigo de Góngora el Viejo, escriturado el 13 de junio de 1521, que además tampoco era el primero pues, en ese mismo instrumento, se alude a otro anterior, protocolizado ante el escribano local Rodrigo de la Vega. Y otra, el testamento de su mujer Isabel Hernández Marmolejo, escriturado el lunes uno de agosto de 1519 y que aporta algunos detalles inéditos hasta la fecha.

El testamento del abuelo del cronista de 1521 nos reporta algunos detalles como, por ejemplo, que eran solo dos los albaceas, sus hijos Juan Jiménez de Góngora, alguacil mayor, y Rodrigo de Góngora, regidor, padre del cronista, mientras que en el de 1525 incorporó a un tercero, concretamente a su yerno Rodrigo de Quintanilla. Asimismo, sabemos que, además del desempeño de su oficio y de la explotación de sus tierras, estaba a cargo del situado de Melilla, el cual cobraba en nombre del conde de Ureña. Éste le dio más de un quebradero de cabeza lo que obligó a su hijo, Juan Jiménez de Góngora, a acudir a la Corte en dos ocasiones para comparecer en cierta pesquisa que se seguía contra él por ciertos dineros pendientes de pago, procedentes del mencionado situado. Y el 30 de marzo de 1514, en compensación por los gastos que su hijo realizó en dichas jornadas, le donó un olivar de seis aranzadas en el sitio del Palomar. Un año después, exactamente el 11 de marzo de 1515, se firmaba una carta de concordia entre Juan Jiménez de Góngora y Alonso de Écija Pacheco por la que se daban por contentos de las diferencias que habían tenido en el pago que el primero hizo al doctor Sancho de Matienzo del dinero que su padre debía al conde de Ureña por el situado.

           En cuanto a la escritura de última voluntad de Isabel Hernández Marmolejo, fechada el 1 de agosto de 1519, deja claro que estaba enferma de cuerpo y sana de su voluntad aunque sobrevivió varios meses a la citada dolencia porque figuró, junto a su marido, como otorgante en una escritura fechada el 8 de febrero de 1520. Además de las mandas acostumbradas, de la limosna a su confesor Andrés Blas y de otras tantas a las obras de las ermitas e iglesias de la villa, puso un especial empeño en que su marido igualase a todos sus hijos. No es frecuente encontrar a familias linajudas, como los Góngora Marmolejo, que no solo no formalizan un mayorazgo sino que incluso se empeñan en el reparto equitativo de su fortuna, sin distinción de edad ni sexo. La caridad de la otorgante queda evidenciada cuando dispone el ahorramiento de sus esclavos, al menos en lo que respecta a su parte, pidiendo a su esposo que los libere si le pareciere bien.

           Curiosamente, tanto en su testamento como en la escritura de 1520 debió firmar un testigo a su ruego, por no saber. Queda claro que aunque su marido era letrado, ya que ostentaba el cargo de regidor, su esposa ni siquiera sabía escribir, pese a pertenecer a una familia de linaje. Algo que no debe sorprendernos pues en aquella época incluso las familias más señeras optaban por invertir en la formación de uno o dos de sus hijos varones, relegando a las féminas a las labores domésticas.

Ambos dispusieron su inhumación en la bóveda que poseían en la iglesia parroquial de El Salvador, donde siguieron enterrándose miembros de la familia hasta la ruina del templo, pocos años después del terremoto de Lisboa de 1755. Por poner un ejemplo, Juan de Góngora Marmolejo, vecino de Carmona, en la collación de San Pedro, en su testamento, fechado el 17 de abril de 1635, dispuso su enterramiento en la iglesia de El Salvador, donde tiene su familia su bóveda y donde están enterrados sus padres y sus abuelos.

 

2.-LOS ALGUACILES MAYORES DE CARMONA

En Carmona, al menos desde finales de la Baja Edad Media, disfrutaron del cargo los Méndez de Sotomayor. De hecho, el 18 de julio de 1468, Gómez Méndez de Sotomayor, alguacil mayor y alcaide de Carmona, renunció temporalmente el alguacilazgo a favor de su hijo Luis Méndez de Sotomayor, por tener que ausentarse de la villa. Éste debió quedarse con el oficio pues, el 23 de noviembre de 1480, designó como su lugarteniente de alguacil mayor a Guillén de Joera. Sin embargo, en 1518 el título lo adquirió la familia Góngora, por renuncia de Luis Méndez de Sotomayor, que también ostentaba el cargo de veinticuatro de la ciudad de Sevilla. Desde entonces, y durante al menos cuatro generaciones, el oficio quedó vinculado a los Góngora.

Efectivamente, en 1518, Juan Jiménez de Góngora, tío carnal del cronista Alonso de Góngora, adquirió el oficio de alguacil mayor de Carmona. Se trataba de la máxima autoridad judicial de su demarcación, lo que confería a su poseedor un alto estatus social. El alguacil mayor, además de un hermano –Rodrigo de Góngora-, tenían dos hermanas, a saber: Mencía Marmolejo, que probablemente permaneció soltera, e Isabel Hernández Marmolejo que se desposó con el regidor Juan Tamariz, perpetuando la presencia de regidores apellidados Góngora Tamariz durante varias generaciones. Este último matrimonio procreó dos vástagos: Marina de la Barrera, que se desposó con Alonso Fernández de Vilches, y Juan de Góngora Tamariz. Este último heredó de su padre la regiduría, procreando a su vez tres hijos, el mayor de las cuales continuó con su oficio de regidor perpetuo de Carmona. A mediados del siglo XVII, vivían en la collación de Santiago, un matrimonio formado por don Diego Tamariz de Góngora y doña María Tamariz, que sin duda, descendían del regidor Juan Tamariz el Viejo.

Retornando a los alguaciles mayores, diremos que el título lo heredó el primogénito de Juan Jiménez de Góngora, llamado Rodrigo de Góngora el Mozo. Éste estaba desposado con Catalina de Cervantes, hija de Juan de la Barrera, una acaudalada carmonense que llevó de dote 600.000 maravedís y 110 reses vacunas. Rodrigo de Góngora, primo hermano del cronista, desempeñó el cargo de alguacil mayor al menos desde 1540 cuando aparece como testigo en una carta de compra-venta y ostenta dicho título hasta mayo de 1569. En 1545 dio poderes a Juan Romi, regidor, para que reclamase en su nombre todos los derechos anexos a su oficio. El matrimonio formado por Rodrigo de Góngora y Catalina de Cervantes llegó a poseer una gran fortuna, residiendo en la collación de San Salvador al menos desde 1547.

Al parecer, desde primeros de abril de 1569 se encontraba mal de salud y ya en su testamento del 22 de ese mismo mes y año declaró estar enfermo del cuerpo pero en su sano juicio y entendimiento. Asimismo, el 7 de mayo de 1569, el corregidor y justicia mayor de Carmona, el doctor Juan de Alanís, el teniente Cristóbal de Olmedo y el alcalde mayor Juan Guzmán de Sotomayor, se personaron en sus casas de morada, sitas como ya hemos afirmado, en la collación de San Salvador, y certificaron que seguía vivo. En su escritura de última voluntad dispuso su enterramiento, con el hábito de San Francisco, en la capilla conventual de San Francisco, en cuyo presbiterio él mismo había comprado una bóveda de entierro. Diez días después, es decir, el 2 de mayo de de ese mismo año, otorgó un codicilo, poco antes de su fallecimiento ocurrido ese mismo día. En esta escritura de ultimísima hora, poco antes de su propio óbito, estableció tres matices a su escritura testamentaria: uno, encargaba a su yerno Juan de Guzmán y Sotomayor, alcalde mayor de Carmona, desposado con su hija María de Cervantes, que velará por su esposa Catalina de Cervantes. Dos, ordena que en la capilla mayor del convento de San Francisco, en cuya bóveda de entierro sería inhumado, se celebrase una misa de la Encarnación de Nuestra Señora todos los sábados a perpetuidad, disponiendo un pago de doce ducados anuales sobre sus casas de morada. Y tres, estas mismas viviendas, en la collación de El Salvador, se las dejaba de mejora a su hijo Juan de Góngora, clérigo, con la condición de que asumiese puntualmente el pago de la citada carga anual.

Gracias a su testamento sabemos que tuvo ocho hijos legítimos, tres varones y cinco mujeres, a saber: Juan Jiménez de Góngora, el primogénito, quien heredó el alguacilazgo mayor de Carmona; Juan de Góngora, beneficiado de la iglesia parroquial de Santiago; Pedro Marmolejo de Góngora, desposado con Catalina Barba; María de Cervantes, casada con el alcalde mayor de Carmona; Juan de Guzmán y Sotomayor; Florinda de Góngora, desposada con Alonso Mexía de Sexas, quien provisionalmente ostento el alguacilazgo mayor de Carmona, durante la minoría de edad de su cuñado; Isabel Marmolejo de Góngora; y finalmente, Mencía y Beatriz Marmolejo.

En 1569 renunció su oficio de alguacil mayor en su yerno Alonso Mexía Sexas, esposo de su hija Florinda de Góngora, ante la minoría de edad de su hijo Juan Jiménez de Góngora Marmolejo. Este último, antes incluso de ser alguacil mayor, enviudó de su esposa María de Osorio pues, según consta en el testamento de Rodrigo de Góngora, el 18 de mayo de 1569 era ya finada. Se casó en segundas nupcias con doña Luisa de Santa Ana o de Santana con quien procreo un vástago, Juan de Góngora de la Barrera.

Juan Jiménez de Góngora tuvo una vida muy activa pues, además del alguacilazgo mayor, desempeñó el oficio de regidor perpetuo y de mayordomo de las rentas del pan y maravedís que la aldea de Guadajoz tributaba al duque de Arcos. De hecho, el 12 de septiembre de 1555, estando en la villa de Marchena, otorgó poderes a su esposa, Luisa de Santana, para que pudiese escriturar en su nombre. Y poco después, la citada señora, formalizaba un instrumento notarial por el que aceptaba un aplazamiento del pago de dicha renta concedido por el duque de Arcos, ante sus dificultades financieras. Finalmente, el abono de los 109.261 maravedís a que ascendía el adeudo se realizaría el día de Nuestra Señora de septiembre de 1556.

Sospechamos que éste murió prematuramente pues nunca llegó a ostentar el título de alguacil mayor cargo que, sin embargo, desempeñaba, al menos en 1585 y 1586, Juan Tamariz de Góngora, sobrino de Juan Jiménez de Góngora, hijo de Juan de Góngora Tamariz, regidor, y de doña Andrea de Guzmán. Sin embargo, parece ser que éste fue el último Góngora que lo usó pues en adelante aparece vinculado a otras familias.

 

3.-LOS PADRES Y HERMANOS DEL CRONISTA

La documentación me ha permitido perfilar algunos detalles sobre los progenitores del cronista Alonso de Góngora. El regidor Rodrigo de Góngora, padre de Alonso, vivió toda su infancia y juventud en la casa de sus padres ubicada en la collación de San Bartolomé. Relativamente cerca de allí, en la collación de San Salvador, pasó esos mismos años su futura esposa Teresa Núñez Pancorvo, hija del regidor Francisco Pancorvo y de Catalina Romi. Por tanto, había una doble proximidad que pudo favorecer el encuentro: sus respectivos padres eran regidores del concejo de Carmona y ambas familias vivían en un entorno muy próximo.

Una vez que se independizó económicamente debió adquirir una casa en la collación de Santa María, donde ya residía al menos en 1512. Sin embargo, en 1522 compró otra residencia de Francisco de Céspedes y de su esposa, situadas en la Collación de Santa María, linderas con las casas de la cilla de la fábrica de Santa María y con las calles Reales. Desconocemos si pasó a vivir a esta nueva vivienda o si la adquirió como un bien patrimonial más.

Mantenía una excelente relación con su hermano, el alguacil mayor Juan Jiménez de Góngora, en cuyo nombre, incluso, se permitía otorgar escrituras. De hecho, siendo aún muy joven, el 22 de septiembre de 1512, ante el escribano Juan de Toledo firmó una carta de aparcería en nombre de su hermano.

Con respecto a sus hijos, ya dijimos que el regidor Rodrigo de Góngora tuvo diez vástagos, incluyendo al futuro cronista Alonso de Góngora.

El primogénito Pedro Hernández Marmolejo de Góngora tuvo a su vez ocho hijos, siete mujeres y un hombre, a saber: Isabel de Góngora, Águeda de Góngora, Beatriz Marmolejo, Teresa de Góngora, Rodrigo de Góngora, Florinda de Góngora, Mencía Marmolejo y Catalina de Góngora. Pedro Hernández quiso, siguiendo la tradición familiar, que su único hijo varón, es decir, Rodrigo de Góngora, cursarse estudios en la Universidad de Salamanca, donde se encontraba en el año 1565. Por tanto, el cronista Alonso de Góngora tenía personas de su entorno que habían cursado estudios superiores en Salamanca: su hermano, el licenciado Francisco Pancorvo, y su sobrino Rodrigo de Góngora, quien heredaría después el título de regidor, continuando la saga de los Góngora en el concejo de Carmona.

El licenciado Francisco Pancorvo, hermano del cronista, había estudiado derecho en Salamanca y lo vemos ejerciendo de abogado en Carmona. El 3 de diciembre de 1560 otorgó una carta de poder en Carmona, junto a su hermano Pedro Hernández Marmolejo y a Hernán Jiménez Parrilla, en nombre de otros vecinos y labradores de Carmona, para que se procediese contra las autoridades de Carmona. Pocos meses después recibía un poder de su primo Juan Jiménez de Góngora y la esposa de éste, Luisa de Santana, para que en su nombre pudiese vender bienes del matrimonio. Por cierto, que la esposa del licenciado Francisco Pancorvo, doña Inés de Quintanilla, pese a pertenecer a una familia de linaje, declaraba en las escrituras notariales que no sabía firmar, evidenciando una vez más que la formación académica, incluso la más básica, estaba reservada a una selecta minoría de varones.

De otro de los hermanos, Juan Jiménez de Góngora, no sabemos gran cosa, más allá de su matrimonio con Inés de Hoyos que le debió reportar una enjundiosa dote. No parece que desempeñara oficios municipales, dedicándose a la explotación de algunos viñedos y tierras de cereal que heredó de sus ascendientes o que el mismo compró.

             También los Góngora Marmolejo, al igual que los Tamariz de Góngora y los Jiménez de Góngora, permanecieron en Carmona como uno de los linajes más señeros. Así, en torno a 1635 aparece muy activo en los protocolos notariales don Francisco de Góngora Marmolejo y, en el último cuarto del siglo XVIII, don Teodomiro de Góngora Marmolejo, a buen seguro, descendientes ambos de la familia del cronista.

 

APÉNDICE I

Testamento de Isabel Hernández Marmolejo, Carmona, 1 de agosto de 1519.

 

La otorgante Isabel Hernández Marmolejo, mujer de Rodrigo de Góngora, regidor, declara que es natural y vecina de Carmona en la collación de San Bartolomé. Manifiesta estar enferma de cuerpo pero sana de su voluntad. Dispone su inhumación en la iglesia y en la sepultura que decidiera su marido Rodrigo de Góngora. Asimismo, deja una misa de réquiem cantada a cuerpo presente con sus oficios y letanías y, durante un año, una misa razada cada domingo y tres misas cantadas al año mientas viviese su marido, coincidiendo con tres festividades: la de la Encarnación, la Inmaculada Concepción y la del Santo Sepulcro.

A su confesor de penitencia, Andrés Blas, le da un real de plata de limosna para que ruegue a Dios por su alma. A la Santa Cruzada, a la Santísima Trinidad y a Santa María de la Merced de Sevilla le da cinco dineros a cada una, un maravedí al hospital de San Lázaro de Sevilla y a las obras de las iglesias y ermitas de Carmona cinco dineros a cada una.

Declara que dieron a su hija Mencía Marmolejo 250.000 maravedís, a Juan Jiménez de Góngora, alguacil mayor, 200.000 maravedís, a Rodrigo de Góngora, regidor, 240.000 maravedís y a Fernando de Góngora 250.000. Dispone y manda que sean igualados todos los dichos mis hijos. Asimismo, declara que su marido había otorgado testamento ante Rodrigo de la Vega, escribano publico de Carmona. Y finalmente, declara tener esclavos y ordena que su marido los ahorre si le pareciere bien.

Otorgada la carta el lunes 1 de agosto de 1519. Declaró no saber firmar por lo que rogó a un testigo que lo hiciera por ella, siendo testigos Juan Bravo, Pedro Garrido, Fernando de Ledesma y Rodrigo de Toledo, escribano de su majestad.

(APC Juan de Toledo 1519, s/fol.).

 

 

APÉNDICE II

 

Testamento de Rodrigo de Góngora el Viejo, Carmona, 13 de junio de 1521.

 

Rodrigo de Góngora, vecino de Carmona, en la collación de San Bartolomé, sano del cuerpo y en su buen juicio y entendimiento, dispone su entierro en la iglesia del San Salvador, en una sepultura que posee donde están inhumado su padre Juan Jiménez de Góngora. Ordena una misa de réquiem cantada con su vigilia y manda a su confesor de penitencia, Cristóbal Mallen, clérigo, un real de limosna. Asimismo dispone un maravedí de limosna a las órdenes de la Santa Cruzada o de Santa Trinidad de Sevilla y a la obra de la iglesia de Santa María y a los enfermos de la casa de San Lázaro de Sevilla tres maravedís a cada una. Y a las obras de las demás iglesias y ermitas de Carmona un maravedí a cada una.

Y a Rodrigo de Quintanilla, regidor, su yerno, 10.000 maravedís porque al tiempo que él y su mujer, Isabel Hernández Marmolejo, difunta, acordaron casar a su hijo mayor Juan Jiménez de Góngora le entregaron 200.000 maravedís y cuando casaron a Mencía Marmolejo, su hija, con Rodrigo de Quintanilla, regidor, le dieron 250.000 maravedís en bienes y dineros. Y cuando desposaron a Rodrigo de Góngora, regidor, le dieron 160.000 maravedís y después otros bienes hasta completar 240.000. Y finalmente, a Hernando de Góngora le dieron 250.000 maravedís.

Y además de las cuantías declaradas, ahora le dan a Rodrigo de Góngora, su hijo, un pedazo de olivar que tiene en esta villa, en la pertenencia de la Fuente la Reina, de cuatro aranzadas y media de olivar, que lindan con olivares de Juan Mateos Castaños y con otros del convento de Santa Clara de Carmona. A cambio de dicha mejora y donación, su hijo se debe obligar a decirle seis misas cantadas anuales por su alma y la de su espora Isabel Hernández Marmolejo. Y además debe hacerse cargo de pagar el aceite de la lámpara que arde delante del altar de Nuestra Señora y San Miguel en la iglesia de San Salvador de día y de noche. Y que no se venda ni se troque el citado olivar y que lo herede el hijo mayor varón del mismo Rodrigo de Góngora con las mismas cargas y obligaciones. Asimismo, dispone que todos los domingos del año se le diga una misa rezada por su alma y el de su mujer y los paguen de sus bienes sus herederos.

Nombra por albaceas a sus hijos Juan Jiménez de Góngora, alguacil mayor, y a Rodrigo de Góngora, regidor. Y el remanente de sus bienes se los deja por igual a sus cuatro hijos. Otorgada la carta en Carmona el jueves 13 de junio de 1521, siendo testigos Pedro de Toledo y Juan de Santa Cruz, clérigos presbíteros, vecinos de Carmona.

(APC Juan de Toledo 1521 s/f)

 

APÉNDICE III

 

Testamento de Rodrigo de Góngora el Mozo, alguacil mayor de Carmona, 18 de abril de 1569.

 

Manifiesta estar enfermo de cuerpo pero sano de su voluntad, disponiendo su entierro, con el hábito de San Francisco, en la capilla mayor del convento de San Francisco de Carmona. Manifiesta ser hermano de las cofradías del Santísimo Sacramento y de las Benditas Ánimas del Purgatorio de la iglesia de El Salvador, dándoles de limosna para cera cuatro reales a la primera y dos a la segunda. Declara que su esposa Catalina de Cervantes aportó más de 600.000 maravedís de dote al matrimonio y luego, con posterioridad, su suegro, Juan de la Barrera, le dio 110 reses vacunas.

Casó a su hija María de Cervantes con Juan de Guzmán y Sotomayor, alcalde mayor de Carmona y dotándola con 2.000 ducados. Asimismo, desposaron a Juan de Góngora Marmolejo con doña María de Osorio, ya difunta, y le dieron otros 2.000 ducados para vestir a la dicha María de Osorio en sedas de oro y hechuras de ropa. Asimismo casaron a Florinda de Góngora con don Alonso Mexía de Sexas, llevando 4.000 ducados de dote. A su hijo Juan de Góngora, cura, le otorgan el cortijo de Uceda en mejora con la condición de que después de sus días pase al hijo varón mayor de Juan de Góngora de la Barrera. Menciona en su testamento a cada uno de los ocho hijos legítimos que tuvo, a saber: Juan de Góngora Marmolejo, María de Cervantes, Juan de Góngora, beneficiado de la parroquial de Santiago, Florinda de Góngora, Isabel Marmolejo de Góngora, Mencía Marmolejo y Beatriz Marmolejo. Otorgada la carta en Carmona en 18 de abril de 1569

(APC, Diego Romi 1569, fols. 356r-360r).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Este texto es una versión resumida, sin notas y sin material gráfico de un artículo publicado en la Revista de Estudios Históricos, N. 60. Santiago de Chile, 2018, pp. 145-162).

EL SOL DE LA ESPERANZA: ILUSIÓN Y DRAMA EN UN NAVÍO DEL SIGLO XVII

EL SOL DE LA ESPERANZA: ILUSIÓN Y DRAMA EN UN NAVÍO DEL SIGLO XVII

 

 

Aunque las flotas estaban obligadas a llevar fármacos para curar a los enfermos, era muy poco lo que se podía hacer por ellos de forma que enfermar equivalía a tener todos los boletos para que aquello desembocara en un óbito. Ocurrido el fatal desenlace no quedaba más remedio que tirar el cadáver por la borda. Previamente se cosía el cadáver con un serón o tela basta y se añadía el lastre para que se fuera al fondo y no lo devorasen los depredadores. Como lastre se solían utilizar piedras -si las había-, botijas de barro o bolaños de las lombardas. El clérigo que preceptivamente debía ir a bordo dirigía un acto fúnebre antes de lanzar el cuerpo al mar. Fue el caso del pobre de Diego Pérez Machado que murió cuando se dirigía a Perú y que nunca consiguió su objetivo de pisar tierras americanas. Otros muchos perdieron la vida justo en los años posteriores a su llegada a las Indias. Se trataba de momentos muy delicados, cuando las perspectivas de supervivencia eran escasas. Así, Juan Hidalgo, que viajó hasta Cartagena de Indias asalariado en una nao, propiedad de Gerónimo de Porras, en conserva de la Armada de Tierra Firme, debió perder la vida bien en el trayecto, o bien, al poco de arribar. No mucha más suerte tuvo Pedro Barahona que con sólo 25 años viajó asalariado en la nao San Cristóbal de la armada del general Diego Flores de Valdés y que murió justo al regreso de la misma, por lo que su cuerpo fue sepultado en Coria del Río.

         Pero quizás uno de los casos más dramáticos que hemos documentado sea el de Miguel Vázquez, el único hijo de Jacinto Vázquez y de María Ramírez. En torno a 1654 era sólo un adolescente de quince años y su padre apenas traía dinero a casa mientras que su madre estaba muy enferma. Los tres vivían en la extrema pobreza por lo que el joven tomó la decisión de marchar a América. Su progenitor le entregó lo poco que tenía para que el arriero local Juan Sánchez lo llevase hasta Sevilla. En concreto lo debía encaminar al convento de San Pablo de Sevilla, donde residía un fraile profeso que era tío del muchacho quien a su vez debía encargarse de embarcarlo para las Indias. Según el testimonio de Juan Sánchez, arriero que lo llevó a Sevilla, los motivos del muchacho para marcharse fueron así de claros:

 

 

         "Dijo a dichos sus padres, viéndolos pobres, se quería ir a las Indias de su Majestad a ver si Dios le daba dicha de que los pudiese socorrer y con efecto el dicho Jacinto Vázquez, su padre se lo encargó a este testigo y pagó el porte porque lo llevase a la ciudad de Sevilla".

 

           Desgraciadamente su destino sería trágico; a los pocos días de partir de Zafra, su madre murió, hecho del que debió tener noticias antes de embarcar. Pero lejos de desistir, la necesidad de socorrer a su apenado padre lo debió espolear. Dado que no tenía dinero para pagarse la licencia ni el pasaje se embarcó de la única manera que pudo, es decir, enrolándose como grumete en uno de los navíos de la Carrera. En 1660, viniendo desde Campeche en la nao de nombre tan sonoro como El Sol de la Esperanza de que era maestre el capitán Bernardo de la Cruz, estando cerca de Gibraltar, sufrieron un encontronazo con corsarios, muriendo en dicho combate.

           Tenía veintiún años, ahí quedaron truncadas definitivamente todas sus expectativas vitales. Su padre, pese al duro trance que debió suponer la pérdida de su único hijo, solicitó que se le abonase, como único heredero, el salario que se debía a su hijo de los días que sirvió como grumete. Al parecer, se demostró que se había concertado en ese viaje por un salario total de cien pesos de a ocho reales. El 27 de julio de 1660 los oficiales de la Casa de la Contratación apremiaron al capitán Bernardo de la Cruz para que los abonase a Jacinto Vázquez. Un dinero que finalmente cobró el progenitor del infortunado muchacho y que a corto plazo le debió servir para mitigar su extrema pobreza, aunque probablemente jamás curaría el amargor de su soledad.

          Ahora, próximos al 12 de octubre de 2018, se me ha ocurrido reponer este artículo sobre una persona anónima para la historia Miguel Vázquez, que huyendo de la pobreza se embarcó con tan solo 15 años en un navío de nombre tan sonoro como “El Sol de la Esperanza”. En breve perdió la vida, en un encontronazo con los corsarios.

          Lo que quiero decir con ello, es que al margen del manido enfrentamiento entre los defensores de la gesta y del genocidio, detrás de todo hubo miles de personas, en su mayor parte víctimas del proceso. Llama la atención las decenas de miles de vida que se quedaron por el camino; los océanos se convirtieron en verdaderos cementerios, como actualmente lo es el Mediterráneo.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La vida y la muerte a bordo de un navío del siglo XVI”, Revista de Historia Naval. Madrid, 2010, pp. 39-57.

 

----- “Zafra: puerta de Extremadura a las Indias”, Cuadernos de Çafra Nº 10. Zafra, 2012-2013, pp. 57-155.

 

PÉREZ MALLAÍNA, Pablo Emilio: “El hombre frente al mar”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA SABIDURÍA HERBORÍSTICA DE LOS AMERINDIOS

LA SABIDURÍA HERBORÍSTICA DE LOS AMERINDIOS

 

 

          La historiografía ha insistido en el análisis de los aspectos rituales por parte de los curanderos amerindios –llamados behiques o chamanes-, de alguna forma para ridiculizar sus ceremonias pero sin profundizar en el poso de conocimientos que ellos poseían. Realmente dominaban la medicina naturista que era lo que realmente les otorgaba una posición social preeminente. Que su medicina era espiritualista y que concebían el mal como la presencia en el cuerpo del enfermo de una "sustancia extraña" es algo que está fuera de toda duda a jugar por las fuentes que nos han llegado. Sin embargo queremos detenernos en esta ocasión en analizar estos conocimientos herborísticos que poseían los curanderos taínos de las Antillas. Unos conocimientos que en buena parte se perdieron, porque los mantuvieron en secreto hasta su extinción a mediados del siglo XVI.

           Los aborígenes que encontraron los europeos a su llegada al área caribeña, vivían en un estadío muy atrasado de civilización, pero estaban perfectamente adaptados a su hábitat natural. Evidentemente, conocían su ecosistema, con el que coexistían en perfecta armonía, y sabían los remedios fundamentales para el tratamiento de aquellas enfermedades que de manera más común les afectaban. No en vano, es bien sabido que en los primeros tiempos estos behiques indígenas rivalizaron con los barberos y los cirujanos españoles, pues, no debemos olvidar que en el período estudiado por nosotros la infraestructura médica española era extremadamente precaria. A las Antillas Mayores llegaron en los primeros años numerosos sanitarios que tenían dificultades para practicar la medicina en la Península, bien, debido a su pertenencia a una minoría étnica, o bien por carecer de título oficial. Ya en el propio siglo XVI el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo advirtió que la mayoría de los médicos y cirujanos que arribaban a Santo Domingo olvidaban sus títulos acaso "porque nunca los tuvieran".

Por desgracia los españoles tan sólo llegaron a conocer algunos de los conocimientos herborísticos de estos indígenas. Y ello porque estos ocultaron sus remedios terapéuticos como medio de persuadir a los españoles a abandonar su territorio y, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, "abolir toda memoria de ellos". Para lograr este fin, habida cuenta de la superioridad española -por supuesto logística no numérica-, llevaron a cabo una resistencia pasiva que se catalizó en alzamientos a los montes, destrucción de sus propios campos de cultivo y en un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

En relación a este último aspecto tenemos una referencia muy interesante de Joseph Peguero que se hizo eco de un hecho ocurrido en esta isla varias décadas después de la llegada de los españoles. Concretamente relató que a un español desposado con una india le entró el mal de las bubas y ésta, para evitar que se la contagiase a sus hijos, le proporcionó unas hierbas curativas, advirtiéndole "que en cuanto me descubras, yo moriré y me matarán mis parientes, que no quieren que ustedes sepan el cómo se cura este mal por ver si mueren todos". Igualmente, los indios guardaron celosamente la pócima para sanar las heridas causadas por las flechas envenenadas que lanzaban los indios caribes y que tantos estragos causaron entre las huestes hispanas hasta 1540 en que por fin se averiguó el remedio.

Por tanto, queda claro que los aborígenes ocultaron de manera consciente sus conocimientos médicos a los españoles como un sistema más de oposición hacia ellos. Evidentemente eran los behiques indígenas, cuya sabiduría era fruto de la experiencia acumulada de generaciones pasadas, los mejores conocedores de las soluciones médicas a las patologías propias de la isla.

Además estaba claro que a estos chamanes no les convenía difundir sus métodos curativos, pues, a la sazón ya durante sus ceremonias prehispánicas pedían a la mayoría de los asistentes que se saliesen fuera mientras le aplicaba a su paciente la medicación. Evidentemente su poder radicaba en la exclusividad de sus conocimientos que desde luego no estuvieron nunca dispuestos a compartir con el resto de los indígenas, ni muchísimo menos con los españoles. Estos formaban parte de la élite dirigente, y eran personas muy respetadas por toda la población, aunque desde luego subordinados al cacique. En cualquier caso algunos de ellos, en función a sus méritos personales como sanadores, tuvieron una "grandísima autoridad" entre los demás miembros de su comunidad.

Entrando ya en el análisis de algunas de las soluciones médicas empleadas por los aborígenes debemos decir que nuestro conocimiento se limita a lo que escribieron los cronistas, especialmente Fernández de Oviedo, el cual en su ya citada Historia General y Natural de las Indias le dedicó varios capítulos. Aunque fueron acusados de farsantes por algunos cronistas como fray Bartolomé de las Casas, lo cierto es que tenían, como ya hemos afirmado, un amplio conocimiento de la medicina natural que les permitía solventar positivamente las heridas más comunes, las calenturas y las fracturas "envolviendo los miembros en yaguas mojadas". Evidentemente el prestigio de estos behiques sólo se afianzaría con reiterados éxitos médicos y con la confianza auténtica de los demás miembros de su comunidad. Así, Pedro Mártir de Anglería afirmó, refiriéndose a los curanderos indios, lo siguiente:

 

"Las calenturas se las curan fácilmente con jugo de hierbas, y con igual facilidad las heridas con tal que sean curables. Tienen y conocen mucha clase de hierbas salutíferas... Y no usan ningún otro género de medicinas, ni quieren más médico que a los viejos de experiencia o a los sacerdotes conocedores de las ocultas virtudes de las hierbas...".

 

           Igualmente, Gonzalo Fernández de Oviedo, pudo comprobar personalmente en la Española los grandes conocimientos de estos chamanes indígenas tal y como podemos observar en el texto que exponemos a continuación:

 

"Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas; y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."

 

          Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer al enfermo su mal lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en dos sólidos pilares, a saber: Primero, en sus ya mencionados conocimientos herborísticos -los cuales no eran privativos de los taínos de la Española, sino de la mayoría de las comunidades indígenas americanas-, y, segundo, en sus grandes dotes psicológicas perfectamente descritas por algunos cronistas. Así, según Anglería, una vez acabado el ritual y concluido asimismo el tratamiento, el curandero salía corriendo “a la puerta, que está abierta, y abriendo las manos las sacude y persuade que ha quitado la enfermedad y que pronto quedará bueno el enfermo. Pero, acercándose por la espalda, le quita de la boca el pedacito de carne como un prestidigitador, y le grita al enfermo diciendo: “mira lo que habías comido sobre lo necesario, te pondrás bueno porque te lo he quitado". No cabe duda de que está persuasión que ejercía el curandero indio sobre sus pacientes y sus familiares era muy beneficiosa para su rápida recuperación.

Esta circunstancia unida a la profunda fe que los indios tenían depositada en sus behiques hacía que el éxito estuviese asegurado al menos en los casos de las enfermedades más comunes. Habida cuenta de que el curandero se debía consolidar por sus propios méritos sólo de esta forma lograba un prestigio importante sobre el resto de la población. Incluso, cuando se equivocaban podían ser recriminados y duramente castigados por los familiares si se demostraba que había sido por negligencia. Sin embargo, todos los cronistas coinciden en que esta situación no era frecuente ya que les era fácil demostrar que el fallecimiento había sido fruto de la providencia divina. Incluso, los propios indios cuando consideraban que la persona padecía una enfermedad que excedía los conocimientos curativos de los behiques lo llevaban directamente al monte con agua y comida y lo abandonaban. No cabe duda de que los propios indígenas eran sabedores de las posibilidades reales de su medicina naturista, por lo que en situaciones extremas, ni ellos mismos confiaban en su curación.

Antes de proceder a la aplicación del tratamiento le hacían un sahumerio en base a una mezcla de tabaco y otras hierbas con la intención de adormecerlos. En este sentido el cronista Girolamo Benzoni, tan agudo como siempre, afirmó que los behiques cuando "querían curar a algún enfermo, iban a visitarlo, le suministraban ese humo y cuando estaban bien aturdido(s) le hacían la mayor cura".

Entre las habilidades que más brillantemente solventaban estos behiques estaba el restañamiento de heridas para lo cual conocían numerosas pócimas que se elaboraban con diferentes plantas. Uno de estos productos para remediar las heridas eran unos polvos extraídos de un árbol, común en la isla, llamado Yaruma y cuyos resultados describió Fernández de Oviedo con las siguientes palabras:

 

"Estimaban mucho los indios aquestos árboles y decían que eran buenos para curarse las llagas... Y dicen (los españoles) que es como un cáustico, y que majados los cogollos tiernos de las puntas de las ramas de este árbol, los han de poner sobre la llaga, y aunque sea vieja, le comen la carne mala, y la ponen en lo vivo y sano, y la sesenconan (sic), y continuándolas la encueran y totalmente sanan la llaga...".

 

           No era este el único sistema empleado por los taínos para sanar las heridas ya que, por ejemplo, Peguero, cita una especie de palmera datilera, llama Tamarinda, cuya corteza se molía y el producto resultante se colocaba sobre las heridas dando unos excelentes resultados como cicatrizante.

Igualmente curaban las diarreas, básicamente a base de dietas "porque -según el padre Las Casas- se están tres y cuatro días sin comer ni beber". Luego consumían la fruta del guayabo que, a decir de Peguero, era de muy buena digestión "y son buenas para el flujo del vientre, y restriñen cuando se comen no del todo maduras, que estén algo durillas, para que cese el flujo del vientre...".

Asimismo sabemos que sanaban fácilmente la enfermedad de bubas que tan mortífera fue para los españoles antes de averiguarse el secreto de su tratamiento. Los indios la remediaban cociendo el palo del guayacán y extrayendo su zumo con tal éxito que, a decir de Fernández de Oviedo, "entre los indios no es tan recia dolencia ni tan peligrosa como en España, y en las tierras frías".

Los naturales empleaban otras muchas plantas con cualidades medicinales, a saber: el bálsamo o guaconax -comercializada en la primera década del siglo XVI por los españoles- como cicatrizante de heridas y llagas, la semilla del manzanillo como purgante, la grasa de la iguana para reducir hinchazones, el zumo del "hobo" para los problemas de estómago, etc. Por desgracia, los documentos callan tanto el procedimiento exacto para aplicar estas pócimas como otras muchas soluciones médicas utilizadas por los indígenas. Sin duda, una parte importante de la ciencia herborística taína murió con la desaparición de su cultura, muriendo los últimos behiques sin confesar los secretos de su oficio.

A modo de resumen podemos decir que los conocimientos herborísticos de los indígenas fueron bastante amplios y en ello se sustentaba precisamente su prestigio. Igualmente ha quedado claro a lo largo de este trabajo que los indígenas intentaron ocultar esos conocimientos a los españoles para que las enfermedades los convencieran de abandonar esos territorios, constituyendo, sin duda, un elemento más de la resistencia pasiva mostrada frente al grupo hispano.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

CASSA, Roberto: Los indios de las Antillas. Madrid, Mapfre, 1992.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La medicina indígena en La Española y su comercialización (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia Vol. XLIX. Madrid, 1997.

 

----- “Aportes a la cultura taína de las Grandes Antillas en la documentación española del siglo XVI”, en Epistemología de las Culturas Aborígenes del Caribe. Santo Domingo, 1999.

 

 VEGA, Bernardo: Santos, Shamanes y Zemíes. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1987.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS