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          Es posible que los imperios hayan sido víctimas de una mala prensa, pero también que todos los imperios como cualquier estado han narrado también su historia oficial. Leyenda Negra y Leyenda Rosa han sido siempre parte de la misma moneda.  El libro de Elvira Roca, “Imperiofobia y Leyenda Negra” (Siruela, 2016), es un ejemplo de publicación en servicio de la historia oficial. Y para ello, no duda en tergiversar los datos a su antojo para seleccionar el más favorable a sus intereses. Cojamos un solo ejemplo, que me parece muy representativo. El del declive de la población amerindia a la llegada de los europeos. Primer objetivo, establecer cifras muy bajas de población. Escudándose en los desacuerdos entre los demógrafos cita solo dos cifras las de José Vasconcelos de 6 millones y la de Ángel Rosenblat que sitúa la población a la llegada de Cristóbal Colón en 12 millones. El dato de Vasconcelos es meramente anecdótico ya que el historiador mexicano no hizo un estudio sobre la temática y simplemente hizo una estimación a vuelapluma. Tiene el mismo valor que si yo digo ahora que en América no vivían más de 50.000 personas. Más plausibles parecen las cifras de Ángel Rosenblat que yo he defendido siempre frente a la opinión alcista de otros demógrafos. En cualquier caso aplicando una densidad razonable para la zona de economía agrícola de 4 habitantes por km2 y de 0,5 habitantes por Km2 en las zonas marginales, donde predominaba la caza y la recolección, daría una población para todo el continente de más de 20 millones de personas.

           Lo cierto es que el posicionamiento de la profesora Roca en cifras tan bajas es una constante en la historiografía hispanista. Dado que el descenso de la población indígena se situó entre el 80 y el 90 por ciento, no era baladí situar la población inicial en 6 millones que en 40. Porque, aunque la autora va a defender a continuación que la causa del descenso se debió fundamentalmente a las enfermedades y el mestizaje, por si acaso es conveniente afirmar que la hecatombe fue solo de cuatro millones y no de 38.

Pero, a la cifra más reducida posible de población aborigen había que unir las causas menos lesivas posibles para el imperio. La profesora Roca tiene muy claro que fueron dos las causas de la debacle de la población indígena: una, a las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, y continuando por la viruela, la gripe, el sarampión, etc. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, producían niños mestizos, no indios, es decir, pura y simple matemática. Todo lo demás, asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra.

Sin embargo, las causas del descenso indígena han sido bien analizados, desde el mismo siglo XVI, pues los mismos cronistas de la época se las plantearon. Y, en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

          Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de la Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las plagas. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. Parece obvio que el cenobita, bien no percibió la importancia de las epidemias, o bien, interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos.

           Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando entre las primeras las epidemias, empezando por la de la viruela. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

           Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a las poblaciones sometidas. Estas enfermedades nuevas (influenza, viruela, gripe, sarampión, varicela, peste bubónica, etc.) se sumaron a otras endémicas que ya padecían ellos, como la sífilis, la tuberculosis o la disentería. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: uno, su aislamiento durante milenios, es decir, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y otro, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

La segunda de las causas fue el trabajo forzado al que fueron sometidos. Trabajaron hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos y su explotación en las minas. La política de reducir a los nativos a pueblos para poder utilizarlos mejor laboralmente acentuó el daño. Se trataba de auténticos campos de concentración donde se imponía un trabajo forzado, que destruía su estructura social y que facilitaba la propagación de las enfermedades. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en la isla en las primeras décadas de la colonización.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias quedaron paralizadas tras la irrupción. Como ha demostrado Massimo Livi mientras las sustracciones en Mesoamérica y el Área Andina se hicieron sobre los excedentes, en el área antillana se produjo sobre la subsistencia. No eran economías excedentarias, por lo que la ocupación de los agricultores en faenas mineras, y el consumo excesivo de los españoles, que ingerían cada uno, de media, el triple que los nativos, provocó una gran carestía de alimentos. Sin duda, la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias no menos devastadoras que el drama bacteriano.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Hoy está claro que la extinción se produjo no solo por un aumento de la mortalidad por las epidemias sino también por un descenso brusco de la Tasa de Natalidad. El descenso poblacional fue tan brutal porque las altísimas tasas de mortalidad no fueron contrarrestadas por una amplia natalidad. Y ¿a qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores, y la tasa de fecundidad de cualquier grupo humano está directamente relacionada con la disponibilidad de féminas en edad de procrear. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas.

Y la quinta, el propio desgano vital que terminó provocando depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unos credos que estaban adaptados a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Y cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el fin de su mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían.

Con este primer post “reformare deformata”, pretendo corregir algunos aspectos que la autora ha manipulado en su obra para supuestamente favorecer la buena imagen de la historia del Imperio. Aunque, frente a la opinión de la autora, no creo que la mejor forma de luchar contra la Leyenda Negra sea manipulando la historia.



PARA SABER MÁS

Cook, Noble David. La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo. Madrid, Siglo XXI, 2005

 

Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América. Barcelona, Crítica, 2006

 

Moya Pons, Frank y Rosario Flores Paz (eds.). Los taínos en 1492. El debate demográfico. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013.

 

Rosenblat, Ángel. La población de América en 1492. Viejos y nuevos cálculos. México, El Colegio de México, 1976





ESTEBAN MIRA CABALLOS

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