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      Traigo hoy a colación una noticia muy curiosa con la que muchas generaciones de carmonenses, entre ellos yo mismo, soñamos desde nuestra más tierna infancia. Existe en mi pueblo una ancestral leyenda según la cual el rey Pedro I cuando salió de Carmona para enfrentarse a su hermanastro encomendó a Martín López de Córdoba tanto a sus dos hijos como su tesoro real. Tras su muerte en la batalla de Montiel el 23 de marzo de 1369,  el ajuar de su casa fue ocultado por sus partidarios. Esta es en pocas palabras la leyenda que se ha perpetuado de generación en generación y que ha despertado la imaginación de muchos. Yo conocí esta leyenda siendo un niño y alguna vez soñé con toparme algún día con alguna cámara oculta, cueva o pozo donde me deslumbrase el resplandor del metal precioso. Me imaginaba un ajuar formado por candelabros y vajillas de plata, anillos, pulseras y coronas reales. Pero hay más, siendo yo un adolescente recuerdo a un extranjero –del que desconozco su nacionalidad- que se pasó varias semanas con un escoplo haciendo pequeños agujeros por aquí y por allá en el entorno del Alcázar del rey don Pedro. Todo el mundo decía que trataba de localizar dicho tesoro; obviamente a las pocas semanas despareció y nunca más supimos de él.

      Obviamente la realidad es tozuda y da poco margen a sueños áureos. El texto del padre Arellano,  “Antigüedades y excelencias de la villa de Carmona” (1628), es uno de los fundadores del mito. Este refiere efectivamente que el monarca quería mucho a los caballeros de Carmona y que su alcázar era su casa real y que cuando fue a la guerra fio al maestre de Calatrava y alcaide de los alcázares, Martín López de Córdoba, la guarda de sus tesoros e hijos don Sancho y don Diego (fol. 253v). Sin embargo, quizás interesadamente, la mayoría se quedó en esa frase sin reparar que varias páginas más adelante sacaba el mismo con el mito dorado: cuando después de un tiempo la villa se rindió, Martín López fue enviado preso a Sevilla por el maestre Pedro Muñiz de Godoy quien le había prometido perdonarle la vida. Pero Enrique II, enojado por la resistencia de la villa y las muertes que había costado, decidió ajusticiarlo en la plaza de San Francisco de Sevilla. Cuentan las crónicas que en su recorrido camino del patíbulo se encontró con Mosén Bertránd Claquín quien irónicamente le dijo ¿No os dije yo que vuestras andanzas acabarían así? A lo que él respondió con entereza: “Más vale morir como leal, como yo lo he hecho, que no vivir como vos vivís, habiendo sido traidor”. Es sin duda el concepto de honor de un caballero como Martín López. Pero lo que nos interesa es lo que dice Arellano es que, le cortó la cabeza “y vinieron a poder de don Enrique los tesoros e hijos inocentes de don Pedro, los cuales llevaron a Toledo, y puestos en perpetua prisión pagaron los grandes desafueros que su padre hizo” (fol. 257v).

      Queda bien claro, que Martín López, tratando de salvar su vida, pactó la entrega del tesoro real y de los hijos del difunto rey, que pasó todo a las arcas de Enrique II. Está claro pues, como no podía ser de otra forma, que el tesoro real de Pedro I es uno más de los mitos del imaginario popular.  

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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