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          En la descripción de la llegada del cólera-morbo a Carmona el 18 de septiembre de 1855 por un testigo presencial, Manuel de Aguilar Tablada, presenta un panorama casi apocalíptico. Afectó casi a toda España pero en otros lugares duró varios meses, mientras que en Carmona hubo un hecho particular. Duró menos de dos semanas en las que perdieron la vida 1.386 personas, casi el 10 por ciento de la población. Dejemos hablar al documento que es de por sí muy representativo:

 

          “Se acostaron todos tranquilos la noche del 18 pero a poco parece que cayó sobre la infortunada ciudad una lluvia de fuego puesto que amaneció invadida simultáneamente por todos los puntos. El que esto escribe presintió la horrorosa catástrofe desde su cama, pues, apenas recogido oyó los desaforados golpes con que llamaban al don José Acuña que vive enfrente de su casa y volvieron a llamarlo y se repitieron los golpes y continuaron hasta el amanecer y apenas amanecido vinieron a avisar al que habla como hermano mayor que era de la caridad y huérfanas de que en cada una de esas casas había tres o cuatro invadidos y, cuando salió a la calle en fin se encontró con el cuadro más aterrador: unos corriendo a bandadas a las boticas que no podían dar abasto, otros 40 o 50 corriendo con los médicos y casi riñendo por llevárselos primero, otros cargando los útiles más precisos en carros, bestias o lo que encontraban y abandonando sus intereses huían desalentados con sus familias de la ciudad proscrita. Todos en fin con el sello de la muerte marcado en sus semblantes y tan profundamente afectados que ni una lágrima ni un lamento se permitían, silencio que continuó en los días siguientes y era, en verdad, aterrador, pues no dejaba oír más que el ruido sordo de los carros que constantemente atravesaban la ciudad en todas direcciones colmados de cadáveres para trasportarlos primero al cementerio público y después y a poco, lleno éste, a las horribles zanjas improvisadas...

           Duró la terrible invasión en toda su intensidad tres o cuatro días y enseguida principió a declinar tan rápidamente que a los quince apenas se contaba una nueva invasión; y éstas desde el sexto o séptimo día venían siendo tan benignas que apenas se desgraciaba ningún enfermo, al contrario de lo que sucedió en las invasiones de los cuatro primeros días, pues, de mil atacados se salvo si acaso uno y de aquí puede deducirse cuál sería el horroroso espectáculo de un pueblo en que fallecieron en tan poco tiempo quizás más de dos mil personas. De suerte que aunque en otras poblaciones se hayan contado más víctimas proporcionalmente ha sido en un período de seis o siete meses dando tiempo a que las autoridades tomen toda clase de medidas y proporcionen toda clase de auxilios...

           Horroroso por demás era en efecto el espectáculo que Carmona ofrecía en aquellas terribles horas, la mitad de la población había huido despavorida y la otra mitad o yacía en el lecho de la agonía, o auxiliaba en vano a los enfermos, o trasportaba al cementerio y a las zanjas los cadáveres de las víctimas, las calles solitarias apenas veían transitar más que a los horribles carros atestados de cadáveres o a los que llevaban los de sus parientes y amigos en burros por no tener lugar en aquellos, o bien a infelices moribundos que eran transportados en camillas a los hospitales improvisados para acabar de fallecer en ellos. Los curas sin descanso se ocupaban solo en administrar el santo óleo y alguno para continuar su trabajo tuvo que tomar una calesa.

(Archivo Municipal de Carmona, Actas Capitulares Libro 258).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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