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          Ha escrito recientemente Richard L. Kagan, profesor de la universidad Johns Hopkins, contradiciendo a Elvira Roca, que la Leyenda Negra ha desaparecido casi del todo. En realidad solo pervive en la propia imaginación de los españoles debido a una serie de motivos internos.

          De hecho, desde mediados del siglo XX hay una amplísima simpatía en universidades europeas y americanas hacia la civilización hispánica. Morel Fatio, maestro de Marcel Bataillón, escribió que a España se le debía amar por haber cerrado el paso a los árabes, por haber salvado a la cristiandad en Lepanto y por haber implantado la civilización europea en el Nuevo Mundo. Sus palabras resultan desmedidas pero lo cierto es que tras él llegó un amplio grupo de historiadores europeos que se apasionaron con la historia del Imperio Habsburgo, creando cátedras de estudios Hispánicos en diversas universidades europeas y americanas. Entre los grandes hispanistas europeos contemporáneos no podemos dejar de citar a franceses como Pierre Vilar, Marcel Bataillón, Pierre Chaunu, Fernand Braudel, Bartolomé Bennassar, Joseph Pérez o Bernard Lavallé. Ingleses, como John Elliott, John Lynch, Hugh Thomas, Paul Preston, Trevor Dadson. Alemanes como Georg Friederici, Richard Konetzke, Horts Pietschmann, Karl Kout o Michael Zeuske. Y estadounidenses como Carlos Lummis, Lewis Hanke, Stuart Schwartz o Stanley G. Payne. Tampoco faltan hispanistas búlgaros –Tzvtan Todorov-, húngaros –Adam Szászdi-, checos –Josef Opatrný-, suecos -Magnus Mörner- e inluso isaraelíes -Tzvi Medin o Benzion Netanyahu-; son sólo algunos ejemplos. El historiador francés Pierre Chaunu escribió hace ya varias décadas: No se puede pensar sobre España sin amarla, no se puede estudiar el pasado de España sin interpretarlo… No disimulamos nuestra simpatía.

          En pleno siglo XXI, la temática de la Leyenda Negra vive un nuevo resurgir, pero no parte de las potencias opositoras al imperio hegemónico, como en el siglo XVI, sino de algunos intelectuales españoles. Éxitos sorprendentes como Imperiofobia y Leyenda Negra de María Elvira Roca Barea y otros que han proliferado a su sombra. Y aunque Richard L. Kagan afirma no tener respuesta para este resurgir la explicación parece clara: se trata de un instrumento político para reforzar la conciencia nacional española en un momento en que la unidad del Estado está cuestionada.

          Durante demasiado tiempo una parte importante de la historiografía española se ha empeñado tozudamente en negar la crudeza de las campañas militares del imperio en vez de negar la Leyenda Negra. Obviamente, los españoles ni inventaron las guerras de conquista, ni desgraciadamente fueron los últimos en perpetrarlas. La destrucción del más débil a manos del más fuerte ha sido una práctica recurrente desde la aparición de la civilización hasta pleno siglo XXI. Las consecuencias del posicionamiento de los que aludían a la Leyenda Negra, para en realidad defender la Leyenda Blanca, ha sido acallar cualquier crítica al pasado; fuimos maravillosos, y cualquier cosa negativa que se pueda decir es fruto de la Leyenda Negra. Y sin la posibilidad de crítica la ciencia histórica pierde todo su sentido.

          Ya hace casi medio siglo que Ángel Losada advirtió que la única vía para replicar la Leyenda negra era asumir las verdades que contiene y contextualizarlas, para de esta forma demostrar que los españoles actuaron igual que otros pueblos europeos en la Edad Moderna. En mi opinión ésta es la clave. La Leyenda Negra solo desaparecerá del todo cuando todos reconozcamos sin problemas los excesos que realmente se produjeron en el sometimiento del Nuevo Mundo. No se trata de acusar a los españoles de los males pasados y presentes de Hispanoamérica, ni tampoco de disimular o ablandar con falsos discursos lo que allí ocurrió. ¿Qué potencia colonial a lo largo de la Historia no ha practicado la guerra a sangre y fuego? La historia de la humanidad es por desgracia la crónica de la imposición del más fuerte sobre el más débil. Y esta percepción no es nueva, ya en el siglo I a. C. el historiador griego Dionisio de Halicarnaso aseguro que esta dinámica constituía una ley de la naturaleza que nada ni nadie podría cambiar. Y es que la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad, pues prácticamente todas las sociedades han compartido esa alternancia entre la guerra y la paz. En este sentido ha llegado a escribir Robert Ardrey, con grandes dosis de pesimismo, que el hombre se diferenció del chimpancé cuando durante miles de años de evolución hizo del hecho de matar una profesión. Y es que paradójicamente, como escribió Michael Nicholson, la guerra es una actividad genuinamente humana, una de las ocupaciones favoritas de la humanidad. Efectivamente, a lo largo de la historia han existido multitud de personas que han sostenido que las guerras eran tan inevitables como necesarias. Por poner un ejemplo concreto, el escritor del Siglo de Oro Francisco de Quevedo, sostenía que la guerra era inexcusable para conseguir la paz y de paso frenar la soberbia de los turcos y extirpar la idolatría de los indios. Y aunque obviamente no estamos en absoluto de acuerdo con este determinismo lo cierto es que encontramos enfrentamientos bélicos desde la misma Prehistoria. De hecho, se han localizado pinturas rupestres del Mesolítico, con más de quince mil años de antigüedad en las que se pueden observar pequeños grupos tribales en pleno combate arrojándose flechas. Pero sin salir del continente americano, los taínos, procedentes del continente y mucho más evolucionados, habían irrumpido siglos atrás en las Antillas Mayores, arrinconando a los macorises y siboneyes hasta convertirlos en residuales. Estos vivían de la caza y la recolección en un estadío casi paleolítico y quedaron al borde de su extinción. Cuando los españoles llegaron a las Antillas exterminaron a los taínos en medio siglo, pero a su vez estos estaban comenzando a ser desplazados en determinadas áreas por los belicosos caribes que estaban en proceso de expansión, afectando particularmente a la isla de Puerto Rico.

          Como ha escrito Ricardo García Cárcel no se puede estar a favor ni en contra de la Leyenda Negra porque como su propio nombre indica no se trata más que de eso, es decir, de leyenda. Tanto la Leyenda Negra como la Blanca parten de la manipulación de datos y abocan a conclusiones parciales y tendenciosas que no son más, como decía Moreno Fraginals, que una sola gran mentira.


 

PARA SABER MÁS:

 

GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: La Leyenda Negra. Madrid, Alianza Universidad, 1992.

 

 

----- El demonio del Sur. La Leyenda Negra de Felipe II. Madrid, Cátedra, 2017.

 

 

KAGAN, Richard L.: “¿Por qué la Leyenda Negra? ¿Por qué ahora?, Cuadernos de Historia Moderna N. 43 (1), 2018.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Mito, realidad y actualidad de la Leyenda Negra (en preparación).

 

 

MOLINA MARTÍNEZ, Miguel: “La leyenda negra revisitada: la polémica continúa”, Revista Hispanoamericana. Revista Digital de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias, Artes y Letras Nº 2, 2012. Disponible en http://revista.raha.es/ (Fecha de consulta 31-5-2018).

 

 

RODRÍGUEZ PÉREZ, Yolanda y SÁNCHEZ JIMÉNEZ, Antonio (edis.): España ante sus críticos: las claves de la leyenda negra. Madrid, Iberoamericana, 2015.

 

 

VILLAVERDE RICO, María José y Francisco CASTILLA URBANO: La sombra de la leyenda negra, María José Villaverde Rico y Francisco Castilla Urbano (Dirs.), Madrid, Tecnos, 2016.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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