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ZULOAGA RADA, Marina: La conquista negociada: guarangas, autoridades locales e imperio en Huaylas, Perú (1532-1610). Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012, 316 págs, I.S.B.N.: 978-9972-51-353-4

 

           Había consultado este libro en alguna biblioteca universitaria pero en mi reciente viaje a Perú tuve ocasión de comprarlo y de leerlo con detenimiento. Su autora, Marina Zuloaga, es una riojana que se doctoró en México en 2008, siendo este libro una versión adaptada de la tesis que le sirvió para obtener dicho grado.

           En esta obra se analiza pormenorizadamente la estructura de poder en la provincia incaica de Huaylas, tras la conquista por parte de las huestes castellanas en 1532, prolongando su estudio hasta 1610. Huaylas pasó de ser un señorío pre-inca, a una provincia incaica, una encomienda y finalmente un corregimiento. Este estudio regional, centrado solo en esta parte del antiguo Tahuantinsuyu nos permite conocer el mantenimiento de las estructuras políticas y administrativas incaicas, a las órdenes ahora de los nuevos dueños europeos. Se estudian especialmente las organizaciones de poder intermedias, existentes entre los ayllus y los señoríos o confederaciones. Concretamente se trata de la guaranga, elemento esencial del sistema político al menos en la sierra norcentral del Perú. Varios ayllus formaban una guaranga, administradas por un curaca o jefe local y varias guarangas formaban un señorío o confederación, liderada por un por un curaca o señor principal.

           Los españoles utilizaron la estructura administrativa prehispánica para que sirviesen de bisagra entre ellos y los tributarios de sus respectivas comunidades. La alta jerarquía estatal incaica se derrumbó pero las estructuras de poder locales y provinciales perduraron durante buena parte de la época colonial. Los hispanos mantuvieron el orden existente, reconociendo a los señores locales y pactando sus preeminencias, siempre que aceptasen la nueva autoridad. Eso sí para mantenerse como curaca se le exigían tres condiciones: una, que los propios naturales reconociesen la legitimidad de su jefe local o curaca, dos, que este respetase la autoridad superior de los nuevos amos y, tres, su conversión sincera al cristianismo. La sucesión, lo mismo de los curacas de las guarangas que de las confederaciones o provincias y del propio inca se realizaba más por un sistema combinado, hereditario y electivo. La sucesión se debía hacer por consenso entre los líderes políticos, por lo que se seleccionaba siempre al más capacitado o al menos al que más consenso despertaba. Por el mismo sistema un curaca manifiestamente incompetente podía ser destituido.

           Una vez sometido el incario, urgía a los españoles consolidar el dominio lo cual hicieron a través de las encomiendas. Los conquistadores lo primero que hicieron fue interrogar a los funcionarios reales, para a partir de esa información organizar los repartimientos en encomiendas. Estas fueron otorgadas por el gobernador Francisco Pizarro, a la espera claro de que la Corona las confirmase, como finalmente hizo. A cada encomendero se le asignaba un grupo homogéneo de naturales, perteneciente a una guaranga o a una confederación. El nuevo poder se estructuró a través de los conquistadores, convertidos en encomenderos, y los curacas locales. La encomienda implicaba la entregaba un número determinado de naturales, casi siempre agrupados en un curaca, a un encomendero para que se aprovechase de sus tributos a cambio de protegerlo y evangelizarlo. En sus planteamientos teóricos la encomienda intentó aunar nada menos que tres intereses regios, a saber: primero, cumplir con su compromiso de evangelización, segundo, saldar su deuda con los conquistadores, y tercero, satisfacer sus propios intereses económicos. Lo cierto es que los encomenderos fueron durante décadas las personas más ricas lo que a su vez le servía para consolidar su posición social y política, a través de su participación en los cabildos. Entre encomenderos y curacas se entabló un diálogo, probablemente, como dice la autora, asimétrico, que sirvió para articular los intereses de clase a las nuevas reglas dl juego político.

           La provincia incaica de Huaylas estaba dividida en dos mitades, la Hanan y la Hurin, cada una de ellas formada por seis guarangas. Cada guaranga estaba integrada por un número variable de ayllus, también llamados pachacas. Esta encomienda de Huaylas fue una de las más ricas y productivas del Perú de ahí que se la adjudicase a sí mismo el propio Francisco Pizarro. Con esta encomienda el gobernador no solo se garantizó una importante fuente de ingresos sino también la fidelidad de los curacas de Huaylas que se mantuvo incluso en las guerras civiles, hasta la ejecución de Gonzalo Pizarro. La otra parte de esa encomienda, la de Recuay, también muy enjundiosa se la entregó a dos conquistadores muy cercanos a él, como Jerónimo de Aliaga y Sebastián de Torres.

           En principio la encomienda no tenía por qué ser tan perniciosa, pero en la práctica resultó extremadamente lesiva para los naturales por dos motivos: primero, porque al no estar tasados los tributos los encomenderos pedían siempre más. Y segundo, porque les solían pedir oro y plata, productos que no siempre estaban al alcance de los naturales. Tanto fue así que Sebastián de Torres perdió la vida tras una rebelión desatada por la tortura que infringió a un curaca para que le entregase más oro.

           Tras la derrota de los encomenderos, liderados por Gonzalo Pizarro en Jaquijahuana (1548) comenzó una etapa en el que los curacas locales estuvieron más cómodos y dispusieron de más poder en su área de influencia. Incluso, acopiaron riquezas, apropiándose de parte de los tributos e incluso de las tierras antaño vinculadas al Inca o al Sol. El poder dejado por los encomenderos lo ocuparon los curas doctrineros hasta que, décadas después, los corregidores se hicieron con el control.

           El problema es que la carga impositiva sobre los naturales aumentó pese al descenso dramático de su población. El virrey La Gasca tasó a los tributarios y no se hizo un nuevo recuento general hasta la llegada del virrey Francisco de Toledo, dos décadas después, quien averiguó que los tributarios se habían reducido un 40 por ciento mientras que la carga impositiva había aumentado en un tercio. Obviamente, el volumen de los tributos se había acentuado, a costa de la sobre explotación de un número cada vez más reducido de indígenas.

           La aparición de los corregidores y de los cabildos restó bastante poder tanto a los curas doctrineros –pese a su enconada oposición- como a los curacas. Los funcionarios reales terminaron asumiendo todas las labores fiscales y laborales, debilitando así el poder local de la élite caciquil, de los encomenderos y de los curas. Sintetizando diremos que entre 1530 y 1550 la situación estuvo dominada y controlada por los encomenderos y curacas, de 1550 a 1570 por curas doctrineros y curacas y y desde esta última fecha em adelante por los corregidores. La autoridad real terminó por imponerse en el ámbito local, al menos desde la época del Virrey Toledo. Desde entonces uno de los cargos más apetecidos por los funcionarios reales era el de corregidor, por el poder que les daba en el ámbito local y por el control y hasta apropiación de la cajas de comunidad.

           Esta obra supone un avance en el conocimiento de las relaciones de poder entre la élite indígena de la región de Huaylas y los europeos, encomenderos, curas y corregidores. Un libro muy recomendable que aclara muchos aspectos relacionados con las formas de poder en Huaylas desde la llegada de los españoles hasta bien entrado el siglo XVII.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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