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La capital de los mexicas, Tenochtitlán, había sido fundada en el año 1325. Según la mitología mexica, en la elección del sitio medió el dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien les indicó que debían hacerlo en el lugar donde encontrasen a un águila sobre un nopal, devorando a una serpiente. El lugar indicado fue una zona lacustre, rodeada de volcanes y con algunos valles fértiles. Llegó a tener en su período más álgido una población que debía rondar los 200.000 habitantes, siendo una de las ciudades más pobladas del planeta, comparable con Constantinopla o Nápoles. Fernández de Oviedo la describió como una ciudad palaciega, edificada en medio del lago, con casas principales, porque todos los vasallos de Moctezuma solían tener residencia en la capital, donde residían una parte del año. Era una urbe refinada, con baños públicos, con una treintena de palacios que albergaban finas cerámicas y elegantes enseres textiles. El palacio de Moctezuma, incluyendo sus jardines, ocupaba dos hectáreas y media, es decir, era más extenso que el alcázar de Sevilla. Los propios mexicas se sentían orgullosos de su capital así como de los grandes logros que habían conseguido, especialmente en las décadas inmediatamente anteriores de la llegada de los hispanos.

Obviamente, la empresa no se antojaba fácil porque por su ubicación en medio de una laguna, unida a tierra firme a través de calzadas y puentes, se prestaba bien a una defensa numantina. Parecía una ciudad inexpugnable, algo de lo que además se jactaban los propios mexicas. Cortés sabía que, antes de iniciar su asalto, debía someter a todos los pueblos aliados del entorno. Por ello, se encargo de provocar la defección de todos hacia Tenochtitlán, dejándola totalmente aislada. Logró sendas alianzas de los tlaxcaltecas con cempoaleses y cholutecas, pese a que eran viejos enemigos. Los mexicas fueron traicionados por todos, excepto Tlatelolco, pues incluso Texcoco, la segunda ciudad más grande de Mesoamérica, se había adherido a los españoles a través de un resentido Ixtlelxochitl. En el fondo, muchos de los pueblos sometidos a los mexicas lo estaban bajo el yugo del temor y con un soterrado descontento que Cortés supo canalizar en su favor. Lo cierto es que, como declaró Pedro de Sepúlveda, tras ese tiempo, no quedó de guerra otra cosa sino la misma ciudad de México.

Asimismo, sabedor de las dificultades que la toma de Tenochtitlán podía entrañar, dictó unas Ordenanzas militares para preparar tácticamente a su hueste. Estas fueron expedidas en Tlaxcala, el 22 de diciembre de 1520. En ellas, el metellinense se muestra convencido de que su inferioridad numérica sólo podía ser suplida mediante una tropa disciplinada. Por ello, estructura a sus hombres en compañías, dirigidas por un capitán, que se configuran como unas unidades de combate autónomas con capacidad de decisión propia. A su vez, estas compañías se subdividirían en cuadrillas de 20 hombres, al mando de un cabo. Se trata de los celebres escuadrones, formados por pequeños contingentes de hombres bien armados y disciplinados, que tantos éxitos había dado a España en las guerras de Europa. En las mismas ordenanzas, vedó los juegos de naipes, a los que el propio metellinense era muy aficionado, todo con la intención de evitar distracciones y enfrentamientos entre sus propios hombres. Finalmente, prohibió que los hombres entrasen a robar en las casas indígenas o que acopiasen oro mientras durase el combate, so pena de veinte pesos de oro. Además, para evitar la codicia de sus soldados, dispuso que todo el oro que se rescatase le fuese entregado para que, en el momento adecuado, él supervisase el reparto. Estas ordenanzas iban encaminadas a estructurar y organizar a su hueste, ante el reto que tenían ante sus ojos que no era otro que la conquista de la gran ciudad de Tenochtitlán.

Para colmo, la viruela se cebó con los sitiados. Los mexicas ardían en calenturas y muchos cuerpos yacían por el suelo en Tenochtitlán, desde mucho antes de iniciarse el asedio. De hecho, el valiente y arrojado Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, pereció en dicha epidemia, quedando de nuevo descabezada la más alta jerarquía de mando. Entre los supervivientes cundió el desánimo, pues, otra vez interpretaron que se trataba de nuevas señales del más allá que vaticinan su final. Como sucesor de Cuitláhuac se nombró a Cuauhtémoc, un hombre de 25 años, señor de Tlatelolco, hijo de Ahuizotl, hermano y antecesor de Moctezuma. Éste, a diferencia de su tío, resultó ser otro valiente guerrero que se negó a entregar Tenochtitlán y que se conjuró con sus hombres para morir en su defensa.

Éste era un jovencísimo mexica, que se encargó de la defensa de la ciudad. Si Cortés pasa por ser un ardoroso guerrero con amplias dotes diplomáticas, no menos lo fue su contrincante. Cuauhtémoc, tenía el mismo espíritu de lucha y, al igual que aquél, lo sabía compaginar con una buena habilidad diplomática. El joven tlatoani tenía buenas dotes para la oratoria que utilizó en más de una ocasión para enfervorizar a sus hombres y convencerlos de la importancia de su sacrificio. No le faltaba tampoco una gran capacidad diplomática. Tenía claro que no se podía ganarla guerra sin conseguir alianzas. Por ello, se pasó gran parte de la guerra enviando emisarios para obtener alianzas con reyezuelos y caciques de las ciudades vecinas. No lo consiguió porque el predominio mexica se basaba en su antigua superioridad militar, inexistente ya en plena guerra con los extranjeros. Y eso él lo tenía muy claro; significaba el final de su mundo, era una cuestión de tiempo. Pese a ello, no decayó su ardor guerrero, defendiendo la plaza hasta el final.

No obstante, cometió un error táctico que precipitó su derrota: no acopió alimentos suficientes como para resistir un largo asedio, quizás porque nunca pensó que pudiera prolongarse tanto tiempo.

Al igual que Cortés, tan pronto era indulgente con los suyos como se veía en la obligación de tomar cruentas decisiones. Sus manos, como las de su contrincante, también estaban manchadas con la sangre de las muchas atrocidades que cometió. El de Medellín le envió en varias ocasiones embajadores para que rindiese la ciudad, casi siempre parientes suyos, y en las mismas ocasiones los ejecutó. Lo cierto es que todo resultó infructuoso porque Cortés ató todos los cabos detenidamente. Para empezar, justificó ante sus hombres y ante el mundo la legalidad de su conquista. Para ello, alegó el traspaso de soberanía de Moctezuma a Carlos V, cuyo representante en esos momentos era él. De esta forma, presentó ante sus hombres el asedio no como una conquista sino como una reconquista de lo que legítimamente pertenecía ya al Emperador.

Antes de la toma de Tenochtitlán llegaron algunos refuerzos más, entre ellos, una carabela del capitán Alonso de Ávila, con varias decenas de hombres frescos y bien armados, y unos cuantos caballos. Las huestes constaban con más refuerzos que nunca, casi 850 soldados de a pie, incluidos unos 180 ballesteros, 86 hombres a caballo, así como varias piezas de artillería y unos 7.000 indios amigos, casi todos tlaxcaltecas, y ello sin contar con los que permanecían en Veracruz. Lo planeó todo minuciosamente. Además, tuvo la precaución de enviar cuatro buques a La Española a comprar, caballos, armas y pólvora, con misivas pidiendo el favor de Rodrigo de Figueroa.

Asimismo, organizó, aconsejado por Martín López, una pequeña flotilla de doce chalupas –él los llamaba bergantines-, labrados con la jarcia de los buques desguazados en Veracruz que contribuyeron decisivamente al bloqueo. Se ha discutido mucho si la victoria se debió más a los medios terrestres o a los navales, pero el planteamiento no deja de ser bizantino porque el éxito se debió precisamente al asedio simultáneo terrestre y naval. Por supuesto, lo primero que hicieron fue cortar el acueducto de Chapultepec, una importante decisión, pues, redujo la disponibilidad de agua potable de los sitiados. La idea no era novedosa, pues, desde la Antigüedad clásica se usó sistemáticamente en todos los cercos. La respuesta de los hombres de Cuauhtémoc fue inmediata: ordenó a sus hombres que acudieran con su flota de canoas para romper el bloqueo. No fue posible por dos motivos: primero, por su inexperiencia en batallas navales, pues las canoas sólo las utilizaban para el transporte. Y segundo, por la desigualdad ofensiva entre canoas y chalupas. Se libró una batalla naval verdaderamente asimétrica. Un solo bergantín podía destrozar en una acometida a más de una decena de canoas. De hecho, Juan Jaramillo, una noche realizó una incursión en la laguna y destruyó doce canoas, entre grandes y chicas, matando a casi todos sus tripulantes.

Cortés lo tenía todo controlado; la ciudad estaba totalmente aislada. Era absolutamente impensable que alguien pudiera acudir en su defensa. A los invasores les hubiese bastado con esperar a la rendición por hambre y por desesperación. Sin embargo, no querían treguas. Cortés se empeñó en tomar la ciudad al asalto, causando un enorme sufrimiento especialmente entre los defensores, y destruyendo la ciudad que tanto admiraba.

La formación de ataque fue la siguiente: Pedro de Alvarado y sus hombres atacarían por la calzada de Tlacopán, Cristóbal de Olid por la de Culiacán y Gonzalo de Sandoval por la de Itzapalapa. Los españoles fueron acompañados de nada menos que 10.000 tlaxcaltecas, comandados por Chichimecatecle, lugarteniente de Xicontencatl El Mozo. Además, no hacía falta motivarlos en el combate, pues, su ardor guerrero se alimentaba de un odio visceral que sentían contra los mexicas desde mucho antes de la aparición de los españoles.

Como casi siempre, el de Medellín se expuso excesivamente, adentrándose en el corazón de la ciudad más de lo razonable. Sufrió numerosas bajas, cayendo en manos de los mexicas unos 60 españoles que posteriormente fueron sacrificados. No obstante, aprendió de su propio error y, desde entonces, los avances fueron mucho más lentos, controlando plenamente cada palmo que tomaban.

Acechado por los hispanos, a Cuauhtémoc se le ocurrió una brillante idea para salir victorioso. Decidió vestirse con un traje de plumas de su padre que era mágico, pues, decían que con sólo verlo los enemigos huían despavoridos. Obviamente, el milagro no se obró y todos se desmoralizaron cuando vieron que no funcionaba. Y aunque terminaron aprendiendo de sus enemigos el valor de los ataques sorpresa, de las emboscadas y de los asaltos nocturnos, cuando se quisieron dar cuenta ya era demasiado tarde.

La resistencia de Tenochtitlán fue heroica, total, brillante y suicida. Heroica porque en inferioridad de condiciones y con la causa perdida decidieron presentar combate. Total, porque colaboraron en la defensa niños, mujeres y ancianos, es decir, todo el que tenía capacidad para coger una piedra o cavar un foso. Al principio, las mujeres, los ancianos y los niños fueron meros auxiliares, pero cuando fueron cayendo los hombres se incorporaron como los demás a la primera línea del combate. Brillante, porque los asediados desplegaron todo su ingenio bélico y diplomático. Sembraron las principales calzadas de piedras y obstáculos punzantes para dificultar la movilidad de la caballería. Mientras tanto, nunca cejaron en su intento de convencer a los tlaxcaltecas de que se pasasen de bando. Y suicida porque, traicionados por todos, incluidos sus tradicionales aliados, fueron conscientes al menos en la fase final de que, pese a la resistencia, el fin de su mundo se encontraba próximo.

          Probablemente hubo disensiones internas pero Cuauhtémoc consiguió mantener el control y llevar adelante su idea de resistir o morir. Además, Cortés lo tentó en varias ocasiones, mandando emisarios con propuestas de paz. Pero siempre decidió, con el apoyó de sus principales capitanes, morir peleando, antes que sucumbir ante sus enemigos. Contaba Bernal Díaz que los sacerdotes le habían prometido que al final ganaría, por lo que decidió que mataría a todo aquel que le demandase la paz. Cuauhtémoc sabía que sin la ayuda externa toda resistencia resultaría inútil pero siempre albergó la esperanza que, al final, otros pueblos acudirían en su ayuda. De hecho, consiguió romper el cerco en más de una ocasión y enviar a pueblos del entorno cabezas de caballo desolladas, así como pies y manos de algunos soldados españoles sacrificados. Con ello pretendía que se convenciesen de que la victoria era posible, y animarlos de esa forma a adoptar una actitud beligerante. Por tanto, queda claro que Cuauhtémoc rechazó todas las propuestas de paz que le presentaron. Su tenacidad apenas tiene precedentes históricos, pues, incluso los numantinos, viendo la defensa perdida, enviaron una embajada a Escipión para intentar formalizar la paz.

Pese a la resistencia de los sitiados, todo resultó en vano porque Cortés se había encargado personalmente de dejarlos totalmente aislados. El cerco propiamente dicho duró 75 días, período en el que los defensores padecieron todo tipo de calamidades, hambre, sed, enfermedades, suciedades, olores nauseabundos de los combatientes muertos, etcétera. Lo primero que escaseó fue el agua potable ya que lo primero que hicieron los asediadores fue cortar el acueducto de Chapultepec. Se vieron obligados a tomar el agua sucia del lago, por lo que fueron muchos los que murieron a causa de las prolongadas diarreas. Pero tampoco tardó en faltar la comida, agotándoseles las escasas reservas que tenían de maíz. La hambruna se combinaba con el asedio diario, pues durante todo los días que duró el cerco, como declaró el propio Hernán Cortés, no pasó ninguno que no hubiese combates.

Dado que se trataba de un cerco y de un asedio los españoles cortaron cualquier vía externa. Las mujeres y los jóvenes tenían como cometido salir de la ciudad en busca de comida o de peces del lago. Pero los sitiadores los esperaban e hicieron en ellos tantos estragos que entre presos y muertos superaron los 800. Todos acarreaban piedras a los tejados; mientras los hombres las tiraban contra los españoles, las mujeres barrían para cegar con el polvo a sus enemigos. Incluso los cojos y los mancos colaboraban aderezando piedras para tirar con las hondas. La defensa de la ciudad casi se hizo a pedradas. Piedras frente a caballos, espadas y arcabuces.

Hubo también una guerra psicológica, pues, tanto los asediadores como los asediados, se machacaban continuamente. Los mexicas, cuando se enfrentaban a los tlaxcaltecas, les recordaban que a ellos les iba a tocar reconstruir la ciudad, tanto si ganaban unos como si lo hacían los otros. Pero, nada hacia mella en la moral del pueblo tlaxcalteca, conscientes de estar en el bando vencedor y de la posibilidad que tenían de vengarse de los agravios pasados. Y de hecho, buena parte del mérito de la caída de Tenochtitlán la tuvieron estos aliados que fueron los que realmente hicieron efectivo el cerco. Sin esta alianza la caída de Tenochtitlán no hubiera sido posible, al menos en 1521, dados los pocos efectivos de que disponían los españoles.

Al final, Cuauhtémoc, viendo que había llegado el final, sugirió a sus capitanes supervivientes alcanzar un honroso acuerdo de rendición. Pero estos se negaron; incluso, los sacerdotes le prometieron que, si persistía en la defensa, los dioses le darían la victoria. La guerra prosiguió mientras fue posible. Finalmente, viendo todo perdido decidió huir en canoa, junto a su familia y a otros capitanes. Sin embargo, fue rápidamente interceptado y detenido. El joven tlatoani volvió a cometer un error pueril. Prepararon medio centenar de piraguas, con sus capitanes y sus familias, embarcándose él y otros nobles en la más lujosa. De esta forma, los españoles no tuvieron ningún problema en identificarla y detenerlo, sin darle opción alguna a escapar. Viéndose descubierto, decidió identificarse, suplicando que dejasen en libertad a sus mujeres y a sus hijos. Obviamente, no fue escuchado. Era el martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito. La toma de Tenochtitlán había concluido. Con ella caía finalmente el quinto sol mexica, y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría.

Los cabecillas fueron apresados, pero al resto de la población se le permitió abandonar libremente la ciudad. Ello sorprendió a los propios vencidos. Mientras salían del recinto, las mujeres más guapas se ensuciaron la cara con barro para evitar que los españoles se fijaran en ellas y las retuvieran. Querían permanecer con sus hombres en la victoria y en la derrota, en los momentos más álgidos y también en la zozobra más absoluta. Una fidelidad que les honra.

El enfrentamiento había sido totalmente desigual como lo evidencian las bajas. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de 100.000 mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados. Cuenta la tradición que el agua del lago Texcoco quedó totalmente teñida de grana, con restos de cuerpos mutilados en sus orillas. Igualmente sorprendidos se quedaron los españoles cuando entraron en la ciudad y comprobaron que el hambre padecida por los defensores fue tal que se comieron las raíces y las cortezas de los árboles. Fernández de Oviedo comparó la destrucción de Tenochtitlán con la de Jerusalén, porque el número de muertos más lo tienen por incontable y excesivo al de aquella ciudad judía. Y realmente, el asedio y la defensa de Tenochtitlán puede considerarse como uno de los más tristemente dramáticos y luctuosos de la Historia. Comparable, por supuesto, a los no menos famosos de Sagunto, Cartago, Numancia o Berlín.

El destino de Cuauhtémoc fue trágico; Garci Holguín fue el primero que llegó a su canoa y lo apresó, llevándole sin hacerle daño ante su capitán. Contaba Antonio de Solís que le preguntó a Cortés si no acababa con su vida, a lo que éste le respondió, con la solemnidad que le caracterizaba, lo siguiente:


No sois mi prisionero, sino prisionero de un príncipe tan poderoso, que no lo hay superior en toda la tierra, y tan benigno que de él podéis esperar no sólo la libertad, sino el imperio, mejorado con el título de la amistad.

 

Puro teatro porque, en realidad, pretendía hacer con Cuauhtémoc lo mismo que había hecho con Moctezuma. Era el tlatoani, el señor al que todavía entonces, incluso después de haber perdido la guerra, muchos naturales obedecían. De esta forma pretendía controlar a los vencidos y, de paso, evitar posibles insurrecciones. Además, esperaba que, antes o después, confesara dónde se encontraba el oro que abandonaron en la huída de la Noche Triste.

Y el tlatoani cumplió con su cometido. De hecho, sabemos que convocaba a sus súbditos por todo el imperio, lo mismo para construir casas que para hacer caminos. Pero su ejecución era cuestión de tiempo, porque si algo tenían claro los vencedores era que el Emperador de los mexicas no podía sobrevivir. No parece que el trato que le dio Cortés fuese especialmente cordial. De hecho, el doctor Cristóbal de Ojeda declaró que lo curó muchas veces, pues recibió tormento por parte del medellinense, quedándole una cojera permanente. Y el propio verdugo reconoció dicho suplicio aunque, en su descargo, dijo que lo hizo a pedimento del tesorero de Su Majestad, Julián de Alderete. En 1524 se lo llevó consigo en la conocida expedición del cabo de las Hibueras. Allí, en medio de la desazón de una lamentable campaña que nunca debió emprender, estando en la provincia de Acatlán, fue acusado de conspiración. El 25 de febrero de 1525 lo ahorcó, sin el menor miramiento. El infortunado tuvo tiempo, antes de morir, de recordarle a Cortés la injusta muerte que le daba y que Dios había de demandarle. Así perdió la vida el último soberano mexica, el más digno de los tlatoani. Un final heroico y a la vez dramático del señor de Tlatelolco. Algunos justifican su muerte, diciendo que evitaron posibles alzamientos indígenas como los protagonizados en el Perú por Manco Capac o, mucho después, por Túpac Amaru. Y también es cierto que Cuauhtémoc no era ningún santo, era un guerrero, un guerrero sanguinario pero no más que Hernán Cortés o que su tío Moctezuma II. Pese a todo, todavía hoy causa estupor su ejecución, pues fue innecesaria porque, tanto con él como sin él, su imperio había desparecido ya definitivamente de la faz de la tierra.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya Editores, 2009.

 

----- Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2010.

 

THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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