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América del Norte fue recorrida por expediciones que dieron comienzo con Juan Ponce de León, Pánfilo de Narváez y Lucas Vázquez de Ayllón, Hernando de Soto y Alvar Núñez Cabeza de Vaca. La exploración errante del sur de los Estados Unidos lo mismo por Alvar Núñez que por Hernando de Soto fueron empresas tan arriesgadas como suicidas.

Juan Ponce de León, se dirigió a la Florida en marzo de 1513 buscando la fuente de la eterna juventud, alcanzando la costa de La Florida. Años después volvió por segunda vez con más hombres pero fue herido de gravedad en una algarada indígena y murió pocos días después.

El antiguo oidor de la audiencia de Santo Domingo, Lucas Vázquez de Ayllón fue el siguiente en arribar a la costa este norteamericana, obteniendo su capitulación en 1523. Llegó hasta el estado de Carolina, fundando San Miguel de Guadalupe. Pero el frío, el hambre y los ataques indígenas hicieron mella en la población, falleciendo la mayoría de ellos, incluyendo el adelantado Ayllón, el 18 de octubre de 1526.

El fracaso no desanimó a otros expedicionarios de manera que en 1528 fue Pánfilo de Narváez el que recorrió buena parte del Golfo de México, adentrándose en el interior de Norteamérica siguiendo el cauce del Río Grande del Norte. Nuevamente, todo acabó en un fracaso, regresando a México tan solo un puñado de supervivientes, entre ellos Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que nos dejaría un valioso relato de la jornada.

El último de los grandes expedicionarios fue el barcarroteño Hernando de Soto que no aprendió de los fracasos de sus antecesores por lo que su aventura estuvo condenada al fracaso desde su propia génesis. La caminata nunca tuvo un rumbo fijo, y lo mismo se dirigía al norte que giraba al oeste o retornaba al sur, dependiendo de las informaciones que sobre el terreno iban obteniendo de los propios nativos. Y ello por el ansia voraz de metal áureo; siempre soñaron con que en algún paraje les saliera al encuentro un gran monarca, como Moctezuma o Atahualpa, con un importante tesoro estatal que saquear y así retornar ricos a su patria. Y es que la imaginación de estos conquistadores no tenía límites, desde la leyenda de Jauja al Dorado, pasando por las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o la fuente de la eterna juventud que con tanto empeño buscara precisamente Ponce de León. Y en la búsqueda suicida de esos mitos, empeñaron sus vidas y las de los pobres indios que tuvieron la desventura de toparse con ellos.

¿Hubo alguna posibilidad de éxito? A esta pregunta respondió magistralmente Luis de Villanueva hace más de un siglo: si el objetivo hubiese sido poblar los fértiles campos de la Florida, aprovechando las mejores tierras para el cultivo y los pastos para el ganado, es posible que el resultado hubiese sido otro. Todos los cronistas coinciden en la riqueza agrícola de muchos de esos territorios, especialmente de zonas como la de Apalache, donde abundaban los cultivos de maíz, frijoles y calabazas. Poseía un clima templado que guardaba muchas similitudes con el Mediterráneo y allí hubiesen sido viables, en aquellos momentos, colonias de agricultores y ganaderos, como lo fueron un siglo después. Y de haberse realizado, probablemente la historia de aquellos territorios hubiese sido muy diferente. Pero, es obvio, que por la cabeza de esa primera generación de conquistadores rondaban otras ideas. Como hemos dicho reiteradamente, buscaban esencialmente oro, y los indios se los quitaban de encima siempre señalando más al norte o más al oeste. Y ellos, siempre crédulos, recorrieron varios miles de kilómetros buscando lo que sólo existía en su imaginación.

Además, tuvieron que enfrentarse a la enemistad y a la envidia de otros conquistadores, como Nuño de Guzmán o el virrey Antonio de Mendoza. Estando en La Habana, antes de partir para la Florida, ya envió el adelantado una advertencia al virrey de Nueva España, pidiéndole que no enviase expediciones al norte del Río Grande. Algún tiempo después, exactamente el 12 de julio de 1540, Juan de Barrutia, en nombre de Hernando de Soto, presentó un escrito ante el Consejo de Indias, quejándose del virrey de Nueva España. Al parecer, contraviniendo la capitulación, se entrometió en su demarcación, mandando incluso expediciones a la Florida. Y es que, unos meses antes, había llegado un franciscano, llamado fray Marcos, que había dicho que a 500 leguas de México, en tierras de la Florida, había grandes pueblos y la tierra era muy rica en metales preciosos. En una información, llevada a cabo en noviembre de 1539, varios testigos se refirieron a esta historia del fraile. Concretamente García Navarro declaró lo siguiente:


"Que había venido un fraile nuevamente de una tierra nuevamente descubierta que dicen que es quinientas leguas de México en la tierra de la Florida que dicen que es hacía la parte del norte de la dicha tierra en la cual dicen que es tierra rica de oro y plata y otros rescates y grandes pueblos, que las casas son de piedra y terrados a la manera de México y que tienen peso y medida y que no casan más de una vez y que visten albornoces y que andan cabalgando en unos animales que no sabe como se llaman y que públicamente arma para la dicha tierra el visorrey haberles puestos para hacer gente y capitanes Pedro de Tovar y Hernando Alarcón y Francisco Coronado por general…"


 

Pese al fracaso global, y aunque parezca un tópico, sí es cierto que supuso un salto cuantitativo en el conocimiento geográfico, ampliando enormemente las fronteras del virreinato novohispano. Sin embargo, el fiasco de la empresa colonizadora tuvo graves consecuencias para el Imperio. Esta expedición fue el tercer y último intento por someter la Florida por parte de los conquistadores. Con razón se ha escrito que con la muerte del barcarroteño se cerró la era de los conquistadores en Norteamérica.

Con posterioridad, llegaron algunos grupos de religiosos, con intención evangelizadora. Pero desde luego no hubo un intento serio de conquista y colonización, lo cual fue aprovechado por un contingente de franceses, liderados por Jean Ribault, para establecer una colonia permanente en la Florida.

Sin embargo, la Corona reaccionó nombrando a Pedro Menéndez de Avilés, gobernador y capitán general de Cuba y adelantado de la Florida, con la intención expresa de expulsar a los galos. El 20 de marzo de 1565, siendo ya caballero de la Orden de Santiago, firmó una capitulación para el descubrimiento y colonización de aquel territorio. Bien es cierto que se trataba de una empresa muy diferente a la emprendida por Hernando de Soto. El avilense tenía otros objetivos: primero, derrotar y expulsar a los franceses. Y segundo, establecer una colonia permanente en algún punto de la costa. Dado que era tan buen soldado como marino, tardó poco en derrotar a los francos, fundando a continuación la villa y el fuerte de San Agustín. Cuentan los cronistas que no tuvo piedad con los galos, pues, degolló y ahorcó a varios centenares, incluyendo al propio Ribault. Según noticias de Cesáreo Fernández Duro, colocó un letrero en los cadáveres en los que ponía: ahorcados, no por franceses, sino por herejes luteranos.

        Sin embargo, la presencia hispana en Norteamérica estaba a punto de desaparecer, con la excepción de las misiones de la Baja California y del norte del entonces virreinato novohispano.

 

 

PARA SABER MÁS

 

BANNON, J. F.: “The Spanish Borderlands Frontier, 1513-1821”. New York, University Press, 1970.

 

BRAVO, Concepción: “Hernando de Soto”. Madrid, Historia 16 Quorum, 1987.

 

KEEGAN, Gregory Joseph y Leandro TORMO SANZ: “Experiencia Misionera en la Florida”. Madrid, C.S.I.C., 1957.

 

LARKIN, Tanya: “Hernando de Soto”. New York, the Rosen Publishing Group, 2001.

 

MARTÍNEZ-SHAW, Carlos M.: “Presencia española en los Estados Unidos”. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1972.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernando de Soto. El conquistador de las Tres Américas”. Barcarrota, Excmo. Ayuntamiento, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Un 26 de junio de 1541, hace justo 476 años, era asesinado en su palacio de Lima el conquistador trujillano Francisco Pizarro. Aunque parezca increíble todavía hoy casi quinientos años después siguen existiendo incógnitas sobre el mismo.

En la mañana del domingo, 26 de junio de 1541, al grito de ¡viva el Rey y mueran los tiranos! , un grupo de unas veinte personas encabezadas por Juan de Rada, entraron en el reciento palaciego con la intención de asesinarle. Tras el sacrificio de la misa el marqués se había retirado a su palacio, lugar al que no tardaron en llegar los atacantes. Encabezados por el ya citado Juan de Rada, atravesaron la plaza gritando ¡Viva el rey! ¡muerte al tirano!, entrando en el interior de la casa

Aunque recibió cinco heridas en la cabeza, seis en la columna vertebral y tres en las extremidades superiores, el autor material de la estocada mortal fue un tal Martín de Bilbao. Mientras los demás huían sólo una voz -femenina por cierto- se atrevió a acusarlos de traidores; se trataba de Inés Muñoz, esposa de Francisco Martín de Alcántara.

Hay una cuestión que siempre me he planteado: ¿hubo traición por parte del entorno más próximo del gobernador? Vayamos por partes; sorprende que estuviese dentro del palacio Juan Ortiz de Zárate, que había luchado junto a Diego de Almagro en la rota de las Salinas, allá por 1538. Bien es cierto que resultó herido en el asalto al palacio, pero bien pudieron haberlo matado por traicionar su causa y, como escribe Antonio de Herrera, no quisieron. También estaba allí Alonso Manjarrés quien, poco antes de la batalla de las Salinas, se cambió de bando pero que había sido durante años un almagrista incondicional. Otros de los presentes fueron Juan Sánchez Copín y Ramirillo de Valdés; este último se comprometió a dar la señal desde el balcón con un pañuelo blanco en el momento que le pareciese más oportuno. Es decir, no lo olvidemos, la señal de inicio del asalto partió desde dentro del palacio. Asimismo, se contaban entre los traidores dos vizcaínos: el padre Domingo Ruiz de la Durana y Jerónimo Zurbano. El primero era ¡el capellán privado del trujillano!, que ofició la misa en el palacio el día de su asesinato. Su traición era tanto más flagrante cuanto que estaba consagrado in sacris y disponía de información confidencial que obtenía por medio del sacramento de la confesión. El segundo, según Raúl Porras, era otro de los espías, pues mantenía a los disidentes permanentemente informados de todos sus movimientos. Entre los asaltantes estaba también Cristóbal de Sosa, que era caballerizo del gobernador. Es decir, junto al marqués había un núcleo de incondicionales, algunos de los cuales murieron en su defensa, pero también había personas de su entorno que habían estado vinculados en uno u otro momento al bando almagrista o incluso, como Sosa, Ruiz de la Durana o Ramirillo de Valdés, mantenían en secreto su compromiso con éste

No parece que hubiese defección por parte de los propios pizarristas, pero sí una cierta pasividad. Una actitud que en la propia época levantó la suspicacia de algunos cronistas. Sin embargo, está claro que no tuvieron ningún tipo de implicación, pues terminaron siendo víctimas de dicha revuelta. No hubo traición, aunque sí un error de apreciación y una cobardía flagrante que costaron muy caras. Fueron muchos los que en vez de enfrentarse a los almagristas decidieron huir de manera vergonzosa, escondiéndose o escapando por las ventanas. Este fue el caso tanto del doctor Juan Blázquez como del oportunista de Francisco Ampuero, casado con la antigua concubina del marqués. Y digo que era un oportunista porque lo mismo que salvó su vida saltando por la ventana, en 1546, tras la batalla de Añaquito, anticipándose a un fatal desenlace se cambió de bando, traicionando a Gonzalo Pizarro y obteniendo en compensación cargos como el de regidor, alguacil mayor, alcalde de la Santa Hermandad y alcalde de Lima.

Los almagristas después de ver la señal salieron de varias casas del entorno, portando arcabuces, ballestas, espadas, alabardas y otras armas defensivas y ofensivas. Una vez en el patio del palacio, Francisco de Chávez cometió otra nueva imprudencia que le terminó costando su propia vida. La puerta de la sala era recia y fue enviado a cerrarla, pero en vez de hacerlo salió fuera a hablar con los asaltantes. Sabemos que estaba resentido con Francisco Pizarro por el desplazamiento que estaba sufriendo en favor de Antonio Picado, un oportunista que en pocos años había acaparado muchísimo poder. Lo cierto es que tenía buenos amigos entre los insurrectos, entre ellos un deudo suyo llamado igual que él. Las palabras que les dirigió antes de caer herido de muerte no pudieron ser más inquietantes: Señores, ¿qué es esto?, no se entienda conmigo el enojo que traéis con el marqués, pues yo siempre fui amigo. José Antonio del Busto ve aquí un cierto entendimiento con los asaltantes, que era ostensible desde años atrás. Otros cronistas lo ven simplemente como una imprudencia, pues pensó que se trataba de una simple “pendencia”. ¿Es posible que fuese otro de los topos almagristas dentro del palacio? Es difícil afirmarlo, pero parece obvio que mantenía una cierta amistad con ellos, hasta el punto que alojó durante mucho tiempo en su casa a Diego de Almagro el Mozo tras la muerte de su padre. Su amistad era lo suficientemente sólida como para pensar que a él no lo matarían, de ahí su actitud. Lo cierto, es que su errónea decisión le costó la vida casi instantáneamente, poniendo en bandeja la de su paisano Francisco Pizarro. Insisto que de haber permanecido la puerta cerrada, muy probablemente se hubiese truncado el intento de asesinato, bien reorganizando la defensa desde dentro, o bien, esperando refuerzos de fuera.

El asesinato estuvo poco planificado, tratándose casi de un arranque espontáneo, y de no haberse concatenado toda una sucesión de errores por parte del marqués y su entorno pudo haberse desbaratado con facilidad. Pero entre ausentes, cobardes y traidores habían dejado al marqués prácticamente solo. Junto a él, perdieron la vida otras siete personas, a saber: el ya mencionado Francisco de Chávez, los criados de éste Francisco Mendo y un tal Pedro, los pajes del gobernador Juan de Vargas, hijo de Gómez de Tordoya, Alonso García de Escandón y Francisco Gaitán, y Francisco Martín de Alcántara. Otros resultaron gravemente heridos pero se terminaron recuperando, como Gonzalo Fernández, el alguacil Juan de Vergara y Gómez de Luna.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FERNÁNDEZ DÁVILA, Guillermo: El asesinato de Francisco Pizarro: estudio histórico y médico-legal. Lima, 1945.

 

LUDEÑA, Hugo: Don Francisco Pizarro. Un estudio arqueológico e histórico. Lima, Editorial Los Pinos, 1980.

 

----- “Versiones tempranas sobre la muerte de don Francisco Pizarro”, Boletín de Lima Nº 37. Lima, 1985.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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