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El Imperio Hispánico configurado en época de los Austrias Mayores, se convirtió en el mayor dominio territorial de la Historia hasta esos momentos. Con razón, se llegó a afirmar que en los dominios de Felipe II el sol no nacía ni se ponía. Para defenderlo, en unos momentos en los que los medios de comunicación terrestres eran muy lentos, se estructuró un complejo entramado naval que permitió mantener unas comunicaciones más o menos fluidas.

Casi nadie discute ya que España fue, al menos hasta la paz de Westfalia de 1648, la primera potencia mundial. Pese a ello, la historiografía y sobre todo la filmoteca anglosajona se han empeñado en desvirtuar la realidad histórica. Comúnmente se nos presenta a los corsarios y a los almirantes ingleses –que con frecuencia eran los mismos- como personajes nobles, astutos y carismáticos, frente a los inoperantes comandantes españoles, a los que se representa con peluca y golilla. Además, igual que España ha sobrevalorado su victoria en Lepanto frente a los turcos, los ingleses han hecho lo propio con sus victorias ante la Invencible y en Trafalgar. Y en este sentido, se ha destacado la derrota de la Invencible como el inicio del dominio inglés de los mares. Pero, no olvidemos que ésta se produjo más por un cúmulo de despropósitos que por méritos de los ingleses. La repentina muerte del mejor marino de su época, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, y peor aún, la fatal decisión de nombrar como su sustituto al Duque de Medina-Sidonia, cambió probablemente el sino de esta batalla. Pero, así como Lepanto no supuso el dominio español en el Mediterráneo, la derrota de la Invencible no significó el fin de la superioridad española en el Atlántico. Incluso, todavía a principios del siglo XIX, hasta el desastre de Trafalgar, nuestro poderío naval era muy respetado. Fue precisamente el prestigio de nuestras armadas y de nuestros marinos lo que incitó a los franceses a buscar a toda costa una alianza con España.

        Y nuevamente, en el caso de la derrota de Trafalgar debemos decir que se debió en gran parte a la decisión del alto mando francés que desatendió reiteradamente los consejos de los marinos españoles. Por su victoria, el Almirante Nelson, muerto en la contienda, es considerado en su país como un héroe nacional. Pero, pocos ingleses recuerdan que su héroe fue derrotado de forma humillante ocho años antes, exactamente el 25 de julio de 1797, cuando intentó asaltar la plaza de Santa Cruz de Tenerife. Nada menos que 589 ingleses murieron en la contienda, frente a tan solo 23 españoles, resultando herida casi toda la oficialidad enemiga, incluido el propio Nelson que perdió un brazo. Al valiente Almirante inglés le salió caro su heroísmo frente a España, pues, mientras en Tenerife quedó malherido y mutilado, en Trafalgar perdió la vida.

        Aunque hace mucho tiempo que España no tiene por costumbre ensalzar a sus hombres de mar, nadie debe olvidar que los grandes marinos del siglo XVI o fueron españoles o estuvieron al servicio de España. Basta recordar nombres de talla universal como los de Álvaro de Bazán -padre e hijo, Señor y Marqués de Santa Cruz respectivamente-, Bernardino de Mendoza, Rodrigo de Portuondo, don Juan de Austria, -vencedor en Lepanto-, o los genoveses, los Almirantes Cristóbal Colón, Andrea Doria y su sobrino Juan Andrea Doria, estos últimos detentadores del principado de Melfi.

 

EL CORSARIO: ENTRE TRAFICANTE Y BANDIDO

 

Ante la imposibilidad de enfrentarse de manera directa al poderío naval español, franceses, holandeses e ingleses en el Atlántico, berberiscos y turcos en el Mediterráneo optaron por hacerlo a través del corsarismo. Como escribió Bernal Braudel, el corsarismo fue a lo largo de la historia la forma que tuvieron los pueblos más pobres de participar en el comercio de las naciones más ricas. Es por ello por lo que, después del Descubrimiento de América, los países que quedaron al margen del reparto colonial se lanzaron al pillaje en las rutas indianas. Si bien existió el corsarismo en el medievo fue en la Edad Moderna cuando se convirtió en una verdadera plaga. Ni que decir tiene que la mayor parte de los ataques navales sufridos por los puertos y por las flotas españolas no fueron llevados a cabo por escuadras nacionales sino por corsarios.

        Pero se tiene la errónea concepción de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto, éste utilizaba cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según le convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucrarse eran óptimas, actuaba como un mero comerciante ilegal, vendiendo mercancías a bajo precio con el consentimiento de las autoridades españolas. Y otras, si las posibilidades de éxito eran grandes, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias. Los hermanos Barbarroja, Hawkins, Dragut, Francis Drake y otros muchos afamados corsarios igual comerciaban pacíficamente que se convertían en crueles bandidos o que encabezaban el mando de sus respectivas armadas nacionales.

        Ante la nula presencia española en el Mar Caribe, a mediados del siglo XVI, los corsarios se hicieron con su control. Y utilizaron su dominio tanto para atacar buques españoles que hacían la ruta de las Indias como para comerciar ilegalmente con las principales islas, contando al parecer con la connivencia de la élite política y económica. Según recientes estudios de Genaro Rodríguez, este comercio era mucho más ventajoso para las élites locales ya que los corsarios pagaban más por las mercancías de la tierra y vendían su género a menor precio. Así, pues, también para la élite este tráfico suponía romper con el monopolio comercial impuesto por los grandes mercaderes sevillanos.

El cuartel general lo ubicaron en la pequeña isla de la Tortuga, donde establecieron una colonia permanente. De esta forma un buen número de ellos pasaron a convertirse en bucaneros, algo así como un corsario en tierra. La citada isla pasó a ser un importante núcleo comercial, un área libre de impuestos; lo que en terminología actual llamaríamos un paraíso fiscal.

En cualquier caso, como ya hemos afirmado, el contrabando era una actividad que compaginaban con los ataques navales sobre aquellos puertos o flotas que sabían estaban más desprotegidos. Conocemos centenares de ataques navales, en todos los confines del Imperio, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico y en el Pacífico.

 

ATAQUES EN EL MEDITERRÁNEO


De entre las decenas de asaltos corsarios ocurridos en el denominado Mare Nostrum destacaremos especialmente el de 1540 contra Gibraltar, por una escuadra al mando del turco Alí Bajá. Lo que nos llama la atención de este episodio es la solidaridad que despertó desde muchos lugares de España, desde donde mandaron socorro para rechazar a los bandidos. Sobre dichos acontecimientos disponemos de una gráfica descripción que nos ofrece el cronista del Emperador Carlos V, Francisco López de Gómara, y que por su interés reproducimos a continuación:

 


         “Y no fue tanto el daño cuanto el temor, viendo los turcos dentro del lugar, ni cuanto fue el rebato que hubieron los pueblos comarcanos y toda el Andalucía y reino de Granada. Porque luego fue al socorro gente mucha de Jimena, Jerez, Ronda, Marbella y de otros pueblos; y don Preafán de Ribera, Marqués de Tarifa, no pudiendo ir por estar malo, envió sus hombres a pie y a caballo; Sevilla, Córdoba y el Duque de Sesa, don Gonzalo Hernández de Córdoba, el Conde de Feria, don Pedro Hernández de Córdoba y Figueroa, y otros señores y lugares que caminaban ya para Gibraltar lo dejaron sabiendo que los turcos eran embarcados. Don Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar y virrey de Granada, iba como capitán general derecho a Gibraltar, con Gutiérrez López de Padilla, más como en el camino supo la ida de los corsarios se fue a Málaga, donde gastó algunos días proveyendo gente y armas y otras cosas…”.

 

         Pero no tardaron en regresar, pues, en 1543, nada menos que cincuenta velas corsarias asolaron las costas valencianas y las islas Baleares; Palamós, Denia, Valencia, las islas de Ibiza y Formentera, fueron robadas, saqueadas e incendiadas durante semanas casi con total impunidad. Y el impacto de todo este clima de inseguridad fue tal que, en Valencia, donde habitaban más de sesenta mil vecinos moriscos, muchos habitantes “desampararon los pueblos y han pasado las mujeres y niños a los lugares de las fronteras dentro en Castilla”. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular. López de Gómara insiste reiteradamente en su crónica de la “inteligencia” y comunicación que había entre moriscos y corsarios berberiscos. Y en este sentido, cita un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco peninsular hizo de guía. Está bien claro que los moriscos fueron expulsados de España 1609 no solo por la intransigencia religiosa sino también el miedo, fundado o no, que tenía la población sobre el apoyo que estos podían prestar a los corsarios árabes, turcos y berberiscos.

        Es más, según Fernand Braudel, en la costa catalana, en torno al delta del Ebro, donde la población era escasa, llegaron a establecerse, en diversas etapas del quinientos, corsarios argelinos de forma más o menos permanente. Ello, nos puede dar una idea aproximada de la magnitud que adquirió el fenómeno corsario en el siglo XVI. Los ataques del Emperador a Túnez, hacia 1535 y a Argel, seis años después, no pudieron evitar una realidad y es que el peligro berberisco y turco en el Mediterráneo durante la primera mitad de la centuria no solo no disminuyó sino que se acrecentó. Lepanto, con ser una batalla gloriosamente ganada para España por don Juan de Austria y don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, no supuso más que una momentánea disminución del corso en el Mediterráneo. De hecho, tras tomar don Juan de Austria Túnez en 1573, al año siguiente en una ofensiva turca, se apoderaron de nuevo de la plaza y de La Goleta.

 

ATAQUES EN EL ATLÁNTICO


         Pero si tradicional era el corsarismo en el Mediterráneo no menos lo era en el Atlántico. Desde el siglo XIII se habían venido produciendo ataques en el Mar del Norte, en el Canal de la Mancha y en el noroeste de la Península Ibérica. Ya en las Cortes de Toledo de 1436 se recomendó que la navegación a Flandes se hiciese en pequeñas flotas para evitar los daños que hacían los corsarios.

         Cristóbal Colón, cuando aún no se conocía la magnitud de sus descubrimientos, avistó corsarios rondando las islas Canarias en sus dos primeros viajes, mientras que en su tercera travesía, pocos días después de salir de Sanlúcar, debió modificar su ruta hasta las islas Madeiras para evitar un encuentro desigual con ellos. A continuación, se dirigió a la Gomera donde nuevamente volvió a toparse con enemigos galos a los que, por fin, logró reducir. Pero, fue en 1521 cuando se comenzó a tomar conciencia del problema, coincidiendo con el gran éxito de Juan Florín que robó a una flotilla española una buena parte de los tesoros de la cámara de Moctezuma que Cortés remitía a Carlos V. Tal desastre dio lugar, por un lado, a un profundo pesar entre los españoles y, por el otro, despertó las imaginaciones de muchos europeos ansiosos de fortuna. La noticia corrió por toda Europa, intensificando de esta forma el fenómeno corsario. Desde entonces el cabo de San Vicente se comenzó a conocer, entre la gente de mar, como "el cabo de las sorpresas" porque era precisamente en esa zona donde los franceses solían esperar a los navíos españoles.

         En las primeras décadas del siglo XVI estos corsarios permanecieron, por lo general, en torno al ya mencionado cabo de San Vicente, cruzando el océano en muy raras ocasiones. De hecho, los primeros ataques navales de cierta consideración librados en el Nuevo Mundo no se produjeron hasta finales de la década de los veinte, cuando un traidor español al servicio de Francia, Diego Ingenios, sitió la villa de Nueva Cádiz de Cubagua. Pero, no fue el único español que se alistó en las filas corsarias. Juan de Castellanos en sus “Elegías de Varones de Indias” nos relató las andanzas de un tal Diego Pérez, natural de Utrera, quien huyendo de la justicia se embarcó rumbo a las Indias. Allí, entró en contacto con el corsario francés Jacques de Sore, quien lo convenció para que saquease, junto a él, las costas caribeñas. Hacia 1555, con cinco naves, se hicieron a la mar, yendo el utrerano en calidad de práctico o guía. Recalaron primero en la isla Margarita, donde, haciéndose pasar por comerciantes españoles, esperaron a la noche para saquear la isla. Luego continuaron sus pillerías por el cabo de la Vela, Santa Marta y el río Hacha. Aquí, obtuvieron cuatro mil quinientos pesos de oro de recate, sin embargo, el utrerano cometió el error de escapar con parte del botín y adentrarse en el interior. El corsario francés, encolerizado por no haber obtenido todo lo deseado se llevó a una de las autoridades del lugar, Francisco Velázquez, y lo soltó en alta mar en un barco sin agua ni víveres. Cuentan los cronistas que la providencia se mostró más indulgente que el cruel corsario francés y lo devolvió con vida a la costa. Desde su llegada se empeñó en encontrar al malvado Diego Pérez, que finalmente fue capturado y colgado de un madero.

         Desde la década de los treinta la presencia de corsarios en aguas del Caribe se hizo frecuente. Y dadas las escasas defensas navales indianas estos saqueadores hicieron grandes daños. Y en este sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que, en 1537, dos buques corsarios –una nao y una carabela- atacaran la villa de Nombre de Dios con total impunidad. La población huyó al interior, mientras que los corsarios se apoderaban de ochenta mil pesos de oro, pidiendo luego un rescate por dejar la localidad que, tras no ser atendido, provocó el incendio de la misma. Los corsarios tuvieron tiempo de liberar en la costa a varias decenas de españoles cautivos y de marcharse tranquilamente del lugar.

         Uno de los asaltos más sorprendentes y devastadores sobre las colonias americanas fue el que encabezó sir Francis Drake sobre Santo Domingo en 1586. Éste partió del puerto inglés de Plymouth, el 15 de septiembre de 1585, recorriendo las costas occidentales peninsulares antes de poner rumbo al Mar Caribe. Efectivamente, en enero de 1586 varias decenas de velas enemigas asediaron Santo Domingo, mientras las autoridades y toda su población, huyeron al interior de la isla que “fue grandísima lástima ver las mujeres y niños, monjas y frailes y personas impedidas descarriadas por los dichos montes y los caminos”. El daño causado en la capital primada de América fue absolutamente devastador como se evidencia en un documento de la época, conservado en el Archivo de Indias y que extractamos a continuación:

 

 

         “Destruyeron imágenes, hicieron vituperios en los templos y no contentos de esto, abrían sepulturas de los muertos y en ellas echaban mil inmundicias y despojos de reses que mataban dentro de las iglesias, de que hicieron matadero, y se sirvieron para más infames ministerios. Saquearon todas las casas y poco se escapó de sus manos; quemaron todos los navíos que estaban en el puerto. Pidieron un millón de ducados; era imposible. Bajaron a cien mil ducados; tampoco. Comenzaron a quemar casas. Garci Fernández concertó el rescate en veinticinco mil ducados que se juntaron con gran dificultad entre todos los vecinos, arzobispo e iglesias, y con tanto, después de haber estado en la ciudad cinco semanas salieron de ella a los nueve de febrero, llevándose todo nuestro caudal, hasta las campanas de las iglesias, la artillería de la fortaleza y navíos y otras menudencias de todo género, y los cuartos, moneda que corre en esta ciudad, de ellos llevaron y mucha parte fundieron y desperdiciaron; llevaron asimismo forzados de la galera que se había desherrado para que nos ayudasen y después se levantaron contra nosotros y saquearon más que los ingleses; fuéronse con ellos voluntariamente muchos negros de particulares, que son el servicio de esta tierra”.


 

         El citado texto nos muestra claramente el odio y la crueldad con la que estos malhechores actuaban, pues, no conformes con robar, procuraban hacer el máximo daño posible. Santo Domingo, tardó años, quizás décadas, en recuperarse plenamente de este asalto corsario.

         Pero donde el corsarismo se cebó fue en las áreas marginales de las Indias que España no podía ni tenía voluntad de defender. Incluso, la fortificación de esos territorios tan escasamente poblados podía ser un inconveniente; si caía en manos enemigas, su reconquista podría ser muy costosa. Con este simple pero quizás práctico razonamiento se dejaron de proteger amplios territorios americanos, muchos de los cuales terminaron siendo controlados y poblados por franceses, ingleses y holandeses.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

A.-Sobre las armadas españolas:

 

-FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón. Madrid, Museo Naval, 1972. (9 vols).

 

-HARING, Clarence H.: Comercio y navegación entre España y las Indias. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

 

-MIRA CABALLOS, Esteban: La Armada Guardacostas de Andalucía y la Defensa de la Carrera de Indias. 1521-1550. Sevilla. 1998.

 

--------Las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La esfera de los libros, 2005.

 

-PÉREZ TURRADO, Gaspar: Armadas españolas de Indias. Madrid, Mapfre, 1992.

 

 

B.-Sobre el corsarismo:

 

-GOSSE, Philip: Los corsarios berberiscos. Los piratas del norte. Madrid, Austral, 1973.

 

------- Quién es quién en la piratería. Sevilla: Librería Renacimiento, 2003.

 

-HARING, C. H.: Los Bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2003.

 

-LUCENA SALMORAL, Manuel: Piratas, Bucaneros, Filibusteros y Corsarios en América. Madrid, Editorial Mapfre. 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


 

(Este artículo lo publiqué en la revista La Aventura de la Historia N. 88 de 2005, pp. 64-69).

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La edición de esta obra de María Elvira Roca Barea (Madrid, Siruela, 2016) ha tenido un gran éxito editorial y un considerable impacto mediático. Y ello por las hipótesis novedosas que plantea con un amplio aparato bibliográfico y con un tono a veces poco cordial y hasta despectivo con una parte de la historiografía. Me ha resultado imposible comentar todos los aspectos del libro por lo que apenas aludiré a las leyendas negras romana, rusa o estadounidense, centrándome en la española. Una decisión que no es aleatoria ya que, aunque la autora se detenga ampliamente en otros imperios y en otras imperiofobias, el objetivo del libro está bien claro desde la primera página: desenmascarar la leyenda negra y limpiar el buen nombre de España y de los españoles. Quiero empezar reconociendo que sus ideas fundamentales están bien documentadas y magníficamente argumentadas. Básicamente defiende tres aspectos:

Uno, que la leyenda negra es por antonomasia española pues, de hecho, para referirse a otras hay que ponerle el adjetivo de rusa, francesa o estadounidense. Los que mandan siempre han gozado de mala prensa, especialmente los imperios. Eso sí, a su juicio hay imperios coloniales como el belga, cuya mala prensa, el holocausto generado en el Congo, no es leyenda sino historia, pero no es el caso del español. Empieza explicando la Imperiofobia aplicada a Roma, para después establecer comparaciones con otras leyendas negras aplicadas al imperio español, a Rusia y a los Estados Unidos. Por cierto, que Elvira Roca omite un trabajo de un doctor en filología, al igual que ella, que le hubiera resultado de gran utilidad. Se trata de la obra de Juan Luis Conde, "La lengua del Imperio", que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación y que fue editado en el año 2008. En este último estudio se compara, con una excelente erudición, la retórica del imperialismo romano con el estadounidense. El Dr. Conde establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Dentro del propio imperio romano hubo críticos como Salustio, una especie como de padre Las Casas de la antigüedad.

Dos, que la leyenda negra no es una cuestión del pasado sino que sigue existiendo en pleno siglo XXI con gran vitalidad, a través de los textos y de la filmoteca. Niega la idea repetida por algunos historiadores actuales, como Henry Kamen o Ricardo García Cárcel, de que la leyenda negra ha desaparecido hace mucho tiempo. Y se ensaña con ambos, primero con Kamen a quien considera justo al contrario de lo que él mismo afirma, es decir, de ser uno los agentes perpetuadores de la imperiofobia. Y ello precisamente por negar la leyenda y respaldar la teoría del Imperio Inconsciente cuando afirma que España no construyó su imperio sino que "le cayó encima de manera circunstancial", fruto de herencias. Y segundo con García Cárcel a quien corrige con dureza pues le parece inadmisible su tesis de que nunca ha existido una leyenda negra al no darse una crítica sistemática y premeditada frente a España y a los españoles. Y la autora llega tan lejos en su idea que sostiene que la crisis económica actual y el incremento de la deuda pública española no se ha debido tanto a la crisis internacional o a la mala gestión de los sucesivos gobiernos españoles como a ¡la Leyenda Negra!, al incrementar sin causa aparente la prima de riesgo.

Y tres, que esta leyenda ha terminando calando en la propia intelectualidad española hasta el punto que todos ellos deben entrar en mayor o menor medida en la crítica a su propia nación "¡si quieren conseguir algún respeto!" Y dice más, en general, el intelectual español es desde siempre "autocrítico y flagelante" y estima que "negar la leyenda negra es ser un español moderno y no un periférico acomplejado". Según parece todos estábamos equivocados, ensimismados en nuestra propia paranoia flagelante, hasta que hemos tenido la suerte de gozar de su redención.

La Leyenda Negra empezó en Italia y la terminó asumiendo la élite ilustrada española. En cambio, el concepto sí que surgió en la España decimonónica para popularizarse en la siguiente centuria a partir del libro de Julián Juderías, un cantor de las glorias de la patria hispana. Quede claro que el término parte no de los enemigos de España sino de los defensores. Pero, contra la opinión del propio Kamen, de Pierre Chaunu o de Carmen Iglesias, esta leyenda no solo existe en la conciencia de los españoles sino que sigue fuertemente implantada en toda la intelectualidad de los países de nuestro entorno, especialmente de los protestantes.

Creo que su tesis principal, es decir, que hubo –y en algunos aspectos pervive- una Leyenda Negra, al tiempo que está en plena vigencia una Imperiofobia frente a los Estados Unidos, es correcta. Hace algunos siglos, los españoles encarnaban el mal, la perniciosa mezcla racial y el engendro de todos los males como en la actualidad lo encarnan los estadounidenses. Hasta ahí podemos estar más o menos de acuerdo, pasemos ahora a analizar los desacuerdos.

         Se lamenta la autora de que la interpretación de la historia siempre se ha realizado desde la ideología, especialmente por los historiadores de izquierda. Y en parte lleva razón, pues todo historiador tiene su ideología y ello influye en su forma de interpretar la historia. El problema es que su texto también está preñado de ideología, por lo que en cualquier caso peca de lo mismo que con tanto énfasis critica. E incluso le llega a traicionar el subconsciente cuando sorprendentemente afirma –p. 359- que una de las constantes de los imperios ha sido el autocuestionamiento y la inadecuación de la respuesta. Dice que ante la propaganda orangista Felipe II respondió convocando una auditoría internacional y frente a los grabados de De Bry con la sesuda obra de Solorzano Pereira. Un verdadero fiasco porque, según Elvira Roca, la respuesta ¡no puede ni debe ser científica sino que a los ataques propagandísticos, solo se puede responder "de la misma manera, a ser posible de forma más ofensiva y más falsa!" Pues ¡vaya!, esta idea suya no dice mucho a favor del cientifismo de sus argumentos que tratan de responder a la Leyenda Negra.

Pero a mi juicio, el mayor error de su obra consiste en confundir leyenda negra con historia negra, de forma que al final trata de reescribir toda la historia, bordeando, omitiendo o directamente eliminando los aspectos más escabrosos que, según ella, son falsedades atribuibles a la citada Imperiofobia. La autora tergiversa infinidad de hechos, unos de manera intencionada y otros quiero creer que por desconocimiento, para tratar de meter con calzador su particular visión de la historia.

Empieza ironizando sobre la afirmación de Marvin Harris de que la aparición del estado llegó ligada a la de la esclavitud. La autora dice jocosamente que "por eso el hombre preneolítico, con una esperanza de vida de unos veinte años, era el más libre del planeta". Pues, mire usted, pese a su ironía, es posible que el hombre del Paleolítico viviese más libre aunque padeciese el azote de la enfermedad y de la muerte.

           Con respecto a la historia de España interpreta, siguiendo su propia línea argumental, que ha estado fuertemente influida por la Leyenda Negra. De ahí que analice uno a uno muchos aspectos de nuestra historia haciendo una revisión crítica, siempre aminorando o directamente eliminando los aspectos más negativos o polémicos. Obviamente, entra de lleno en los asuntos más controvertidos de nuestro pasado: genocidio americano, casticismo, inquisición, militarismo, racismo, etc. El famoso saco de Roma de 1527 fue usado ampliamente por los hispanófobos pese a que los soldados españoles eran minoría y que hubo otros saqueos mucho más gravosos. Igualmente las guerras de religión que se generaron en Europa, fueron verdaderas guerras civiles entre católicos y las distintas ramas del protestantismo. Incluso la victoria en la batalla de Mühlberg (1547) fue atribuida a los españoles cuando en realidad estos eran una minoría. Y es que lo mismo las guerras de religión que la de Flandes fueron sendas guerras civiles en las que España participó de manera muy marginal, pese a los diretes de la Leyenda Negra. Y ofrece un dato: de los 54.300 que comandaba en Flandes el duque de Alba en 1573, solo 7.900 eran españoles. Y en parte lleva razón, aunque supongo que alguna responsabilidad tendría el Imperio.

           A la Inquisición le dedica un capítulo de veintisiete páginas para tratar de demostrar que toda la información ha sido manipulada por los historiadores detractores de la patria. Se ceba especialmente con la antropóloga belga Christiane Stallaert, a quien considera "inoculada del complejo psíquico de la leyenda negra" al comparar la Inquisición con el holocausto nazi. Sin embargo yo, que sigo con gran interés los textos de la profesora belga, diré en su descargo que ella trabaja dentro de una metodología comparativista constructiva e hizo la asimilación explicando muy bien las diferencias tanto cuantitativas como cualitativas entre ambos acontecimientos. Elvira Roca nos recuerda con insistencia varios aspectos del Santo Tribunal que la mayoría sabíamos: que apenas ajustició a unas 3.000 personas, que la tortura fue una práctica excepcional y que las persecuciones religiosas en Europa causaron muchas más víctimas. En este caso sigue a Henry Kamen y le tocan las críticas a Joseph Pérez por advertir que tampoco hay que abusar de la atenuación de los horrores inquisitoriales tan de moda en las investigaciones actuales. Y ya puestos a destacar las excelencias del Santo Tribunal destaca que fue pionero en la defensa de los derechos humanos, al prohibir la tortura un siglo antes de que esta misma medida se generalizara en Europa. Bueno, supongo que la doctora Roca podrá disculpar que me posicione y solidarice con el gran Joseph Pérez; ni tanto ni tan calvo.

En relación a las expulsiones de minorías étnicas o religiosas, la autora obviamente las minimiza. En relación al cadalso de los sefardíes en 1492, afirma que ha formado parte esencial de la Leyenda Negra, al difundirse que fue un problema exclusivamente hispánico. Sin embargo, ella cree haber descubierto algo todos sabemos desde siempre, que las expulsiones de judíos fueron una constante en toda la Europa bajomedieval, pues empezaron con la expulsión de semitas ingleses en 1290. Y dice más, los expulsados fueron pocos numéricamente hablando e irrelevantes desde el punto de vista económico, como prueba el hecho de que España se mantuviera como primera potencia mundial. La expulsión de los moriscos tampoco se debió a la xenofobia sino que había un problema de seguridad nacional. Y añade un dato: ya en la rebelión de las Alpujarras hubo que traer a los tercios de Flandes porque se temió un desembarco turco que ayudase a los moriscos a recuperar España para el Islam. Pues bien, en España hay una larguísima trayectoria en estudios sobre los moriscos y ha quedado bien demostrado que los moriscos no poseían armas ni posibilidad de reconquistar España y que ese argumento fue un intento de justificación pensado a posteriori. Por otro lado, salieron 300.000 personas en medio de todo tipo de calamidades y penalidades, pues fueron asaltados durante el trayecto a los puertos de embarque. En algunos casos, se les arrebataba a sus propios hijos antes de embarcar, pues en teoría habían quedado al margen de la expulsión. Un verdadero drama para aquellas familias, forzadas a marchar al exilio, expoliadas y maltratadas. Y la cosa no acababa ahí, pues el embarque se hacía en condiciones de hacinamiento y a su llegada, incluso en territorio magrebí, no siempre eran bien aceptados. Un drama que no comparece en las páginas del libro de Elvira Roca. Sería muy largo seguir insistiendo.

La derrota de la Armada Invencible es otro de los temas favoritos de la Leyenda Negra que a su juicio ha exagerado hasta rozar el "ridículo", por dos motivos: primero porque el objetivo nunca fue invadir Inglaterra sino deponer a Isabel I y, segundo, porque España mantuvo el dominio de los mares durante más de medio siglo más. En fin, no es que no sea cierto lo que afirma sino que no conozco a ningún autor español ni inglés que afirme lo contrario. Y añade un argumento que a mi juicio no puede ser más parcial: todo el mundo –"eruditos y semianalfabetos", puntualiza- conoce el desastre de la Invencible en Inglaterra, pero casi nadie sabe que los ingleses fracasaron cinco veces en su intento de invadir el Imperio: Veracruz (1568), España (1589), Cartagena de Indias (1740) y Argentina (1804 y 1806). Un par de matices: uno, dado que la autora no cree que los territorios americanos fuesen colonias sino solar patrio, claro, incluye los asaltos a los territorios ultramarinos. Y otro, puestos a sumar dichos territorios hay que añadir que fueron muchísimos más, algunos exitosos, como el perpetrado contra Jamaica. Siguiendo su misma argumentación, el propio desembarco de los puritanos en Norteamérica no dejaba de ser una invasión en tanto en cuanto dichos territorios habían sido donados a España en las bulas Inter Caetera. Y enlazando con la defensa de Cartagena de Indias en 1740 por el gran Blas de Lezo, se lamenta de que nadie hable de él, cosa que no es cierta y me remito a lo mismo que suele hacer la autora, es decir, a buscar Blas de Lezo en Google para comprobar que goza de cientos de entradas. Y en relación al rechazo al almirante dice que en 2016 hubo una consulta popular para poner nombre a un buque de la armada inglesa y, al salir Lezo en primer lugar, fue eliminado directamente por las autoridades británicas. El comentario no puede ser más desafortunado, está claro que no le iban a poner a un buque de la armada inglesa el nombre de la persona que la humilló. Sería igual de ilógico que ponerle a un buque de la armada española el nombre de Francis Drake; creo que empatizar un poco no es tan difícil, solo hay que intentarlo.

Asimismo, trata el asunto de la venalidad en el imperio español, para añadir que nunca alcanzó la extensión y la intensidad que en otros países de Europa. Pues por las referencias que cita, Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, da la impresión que no conoce los recientes trabajos de Francisco Andújar Castillo, María del Mar Felices de la Fuente, Ángel Sanz Tapia o Antonio Jiménez Estrella, por citar solo a algunos. En dichos estudios se sitúa la venalidad en el Imperio al mismo nivel que en Francia y en cotas muy superiores al de otros países de nuestro entorno, como Portugal. Desgraciadamente, la venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

           Otro capítulo completo, de más de cincuenta páginas, le dedica a la conquista y colonización de América, otro de los grandes mitos de la Leyenda Negra. Quiero señalar que el primer error está en el comentario de la propia portada, que pone "Lienzo de Tlaxcala, 1522". Bueno, es cierto que es un fragmento del citado lienzo pero no del año 1522. Los tres oríginales que se confeccionaron eran de 1552, pero dado que se perdieron solo se conserva una copia de Manuel de Yáñez de 1773. Quede constancia de este pequeño desliz. Pero siguiendo con nuestro argumento, como no podía ser de otra forma, empieza la parte americana desacreditando al "panfletista" paranoico del padre Las Casas, siguiendo sin citarlo a Ramón Menéndez Pidal, que no fue más que un mero imitador de fray Antonio de Montesinos. Una vez más, el buen nombre del dominico, del querido protector de los indios, uno de los personajes más fascinantes de nuestro pasado, tirado por los suelos por dar pábulo a nuestra Leyenda Negra. Como ella suele decir, no insistiré; solo una cosa, dice que alentó la introducción de esclavos negros para proteger al indígena, idea que está rebatida ya por decenas de historiadores desde hace décadas. Lo escribió en una ocasión y se retractó varias veces a lo largo de su vida. Quede constancia.

Como dijimos anteriormente, insiste muy especialmente en el hecho de que los territorios americanos nunca fueron colonias sino reinos, suelo patrio en igualdad de condiciones con el resto de entidades peninsulares. Le parece incomprensible que profesionales de la historia, entre los que me cita, usen el concepto de colonia, esgrimiendo que las Leyes de Indias dejan muy claro que no eran tal cosa. Y ya que me cita a mí personalmente, aunque somos cientos los americanistas que usamos el término colonia, trataré de rebatirla. Es cierto que las Leyes de Indias hablan de reinos y de virreyes, pero cualquier americanista sabe, esos mismos a los que ella trata de ridiculizar, que en la práctica el estatus de aquellos territorios fue colonial. Da igual como aparezcan denominados en la documentación, lo realmente importante es que lo mismo la expansión inglesa, que la holandesa, la francesa, la estadounidense o la española pretendían obtener unos réditos de la explotación de aquellos territorios. Los criollos lo tenían clarísimo, tan claro que desde la segunda mitad del siglo XVI se configuraron como clase para defender, con éxito por cierto, sus propios intereses frente a los metropolitanos. Y la propia Independencia, ya en el siglo XIX, la llevaron a cabo no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades metropolitanas. Y no cito autoridades que afirman esto mismo por no extenderme en exceso.

           Alude extensamente, citando de nuevo un libro de mi autoría, al extremeño Nicolás de Ovando, el primer gobernador de las Indias, con el que comete el error clásico de convertirlo en "fray" cuando en realidad era "frey", es decir, freire de la Orden de Alcántara y no fraile de una Orden religiosa. Pero, entrando en el fondo de la cuestión, destaca sus excelencias como poblador, fundador de ciudades y organizador de cabildos. Eso sí, omite cualquier tema relacionado con las brutales matanzas de Higüey y Xaragua o el ajusticiamiento de la bella cacica Anacaona. Asimismo, prescinde de un dato muy relevante: que fue él precisamente el introductor en el Nuevo Mundo de las encomiendas de indios que a la postre se convirtieron en una forma encubierta de esclavitud. Supongo que la autora interpreta que todo eso se trata de fábulas, de invenciones introducidas por mí que estoy abducido por la Leyenda Negra.

           Por lo demás destaca la red de caminos, la preocupación por los hospitales públicos, la introducción del protomedicato en Indias y de las Universidades. Afirma que solo en la primera mitad del siglo XVI se erigieron veinticinco hospitales grandes, al estilo del gran hospital de San Nicolás de Bari, fundado en Santo Domingo por Nicolás de Ovando. Y puedo dar por válido el número total de hospitales pero no el calificativo de "grandes". Parece ignorar que ese gran edificio de San Nicolás al que ella se refiere y cuyas ruinas se pueden visitar todavía hoy, fue construido en estilo tardogótico, mucho después, y que en tiempos de Ovando no era más que un pequeño habitáculo vernáculo con camas para seis enfermos.

           Por supuesto, el declive de la población indígena es uno de los temas favoritos de la Leyenda Negra que Elvira Roca trata de aclarar. Empieza aludiendo, ¡cómo no!, a estimaciones extremadamente bajas, más aún que las de Ángel Rosenblat, como las de José Vasconcelos que sitúa la población total de América en 6 millones de habitantes. No conozco a ningún americanista ni demógrafo actual que defienda cifras tan bajas. De hecho, las estimaciones sobre la población en el continente fluctúan entre los 8 millones y los 112, aunque lo más común es aceptar cifras intermedias, comprendidas entre los 30 y los 50 millones. Pero dado que el descenso se situó entre el 80 y el 90 por ciento el posicionamiento de situarla en seis millones no es baladí. No es lo mismo un descenso de cuatro millones que de 28. Pero en cualquier caso; y ¿por qué descendió la población hasta situarse a finales del siglo XVI en poco más de dos millones? La autora tiene muy claras las dos causas: una, debido a las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, citando los estudios de Francisco Guerra e ignorando que Noble David Cook ha demostrado que en realidad fue un brote temprano de viruela. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, "producían niños mestizos", no indios, es decir, pura y simple "matemática". Todo lo demás, asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra. Ni una palabra de la encomienda, aunque sí dedica unas líneas a la mita para decir que los españoles se limitaron a mantener en el tiempo una institución incaica y que solo había hombres asalariados, y ¡"mejor pagados por cierto que muchos de los trabajadores europeos"! Pues bueno, no sé de dónde saca esas informaciones, pues los únicos asalariados en las minas hispanas eran los llamados "faltriqueras", que eran habas contadas. De nuevo, tergiversación pura y dura y sin ningún tipo de pudor; la mita incaica implicaba unos servicios en obras públicas muy llevaderos y los españoles la modificaron, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas cuatro mil quinientos efectivos por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a trece mil quinientos mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en los yacimientos de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo y que omite totalmente Elvira Roca.

           La conquista española, a diferencia de la expansión de otros imperios, fue pactista, y la autora destaca la necesidad de hacer una gran monografía destacando este singular aspecto. Aunque no lo dice explícitamente se suma a la tesis de que la conquista de América fue poco menos que una guerra civil entre indios. En cambio en la expansión anglosajona no hubo pactos, según la autora, no porque no fuera posible sino porque nunca hubo voluntad de alcanzarlos. Sería largo rebatir este punto, pero me limitaré a decir que todos los pueblos conquistadores a lo largo de la historia, macedonios, cartagineses, romanos, godos, islámicos, etc., etc., han tratado siempre de alcanzar pactos con las poblaciones nativas. Ningún guerrero quería señorear un territorio vacío; allí donde existía la posibilidad de pacto se hacía, donde no, se eliminaba a la élite dirigente y se colocaba en su lugar a otra sumisa a los deseos de los vencedores. Y esto, como digo, ha sido una constante a lo largo de la historia, incluso en Norteamérica, donde sí hubo acuerdos hasta la brutal conquista del oeste del siglo XIX. En cualquier caso, por si alguien piensa lo contrario, aclara, siguiendo a Inga Clendinnen, que lamentar la desaparición de un imperio sangriento, antropófago y totalitario como el azteca es como sentir pena por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Creo que no es necesario refutar semejante barbaridad.

         No podía faltar la comparación entre la colonización puritana de Norteamérica y la española. Se ensaña con el hispanista inglés John Elliott, a quien dicho sea de paso cita reiteradamente como Elliot, sin la segunda "t" final. Le acusa de "ceguera intelectual", al comparar ambas realidades como si se tratase dos imperios que en realidad no fueron simultáneos sino sucesivos. Y efectivamente, como explica Elvira Roca y desarrolla con mucha más amplitud Jorge Fernández-Armesto, la América Hispana era mucho más rica que la anglosajona y que la súbita divergencia solo ocurrió tras la Independencia, y no por la actitud ante el trabajo de los puritanos como una parte de la historiografía ha defendido. Asimismo, trata de rebatir la idea del hispanista de que en Norteamérica se exterminó al aborigen no por racismo sino porque era imposible de integrar en la cadena productiva. Elvira Roca lo desmiente argumentando que en Norteamérica había pueblos civilizados como los iroqueses, algonquinos o sioux y tampoco fueron integrados. Y que en Hispanoamérica había grupos seminómadas que sí fueron integrados por los misioneros jesuitas y franciscanos. Sin embargo, por mucho que se empeñe, pueblos como los algonquinos o los sioux fueron siempre seminómadas y se asentaban solo temporalmente en las zonas donde cazaban o pescaban; nada parecido a pueblos estatalizados como los mexicas o los incas. En cuanto a las reducciones jesuíticas y franciscanas fueron un verdadero hito, una de esas luces que todavía nos hacen creer en el ser humano. Pero no fue la norma; cuando los españoles se encontraron pueblos nómadas o seminómadas o los exterminaron o simplemente no colonizaron dicho territorio. Si hubiese leído el magnífico libro de Jorge Cañizares-Esguerra, "Católicos y puritanos en la colonización de América" (Marcial Pons, 2008), hubiese podido concluir, de acuerdo con dicho autor, que ambos, puritanos y católicos, "veían el mundo de la colonización en términos bastante similares".

Actualmente, está en plena efervescencia el antiamericanismo, pues se le atribuyen a los Estados Unidos todos los tópicos de la Leyenda Negra: el hecho de ser "una versión degenerada de Europa" y racialmente impuros. Y, como le ha ocurrido a la hispanofobia, también tienen el antiamericanismo dentro de casa, cuya cabeza visible es Noam Chomsky, quien "con sus medias verdades y medias mentiras… no es más que una máquina expendedora de antiamericanismocuyo producto tiene mucha demanda porque proporciona confort y autocomplacencia casi gratis". Y es que, según Elvira Roca, la Imperiofobia encuentra "su acomodo en una clase letrada, con capacidad de captar y manipular el malestar del pueblo". Y ya puestos, todas las críticas al actual Imperio, los Estados Unidos, se deben a la leyenda negra, siendo, a juicio de la autora, una pura invención interesada. Se le critica por lo que son –un imperio- y no por lo que hacen. Por eso está generalizada la idea de que los estadounidenses, "además de medio tontos, son unos ignorantes". Y toda esta crítica a las actuaciones descomedidas del imperio, lo mismo de George Bush que de Clinton o del actual Donald Trump, es negligente por definición "porque vender irresponsabilidad ha sido siempre muy lucrativo. Que la culpa sea de otro es descansado. Alivia el alma y nos evita muchos quebraderos de cabeza y mucho esfuerzo". ¡Increíble que esto lo haya podido escribir una persona medianamente sensata!

           Para concluir, creo que estamos ante un libro inteligente y bien trabajado, pero al servicio de una ideología y de unos valores muy concretos. Además tiene el aliciente de generar debate, algo que puede hacernos avanzar desde el punto de vista historiográfico. Su tesis fundamental está bien demostrada y contrastada, que la Leyenda Negra ha existido y en parte perdura hasta nuestros días. Los imperios siempre han sido criticados e incluso se ha fabulado contra ellos, eso queda bien claro en este libro. Como aspectos más negativos encuentro dos: uno, que impugna muy críticamente los trabajos de grandes maestros, como John Elliott, Henry Kamen, Christiane Stallaert, Joseph Pérez o Marvin Harris. Todos pueden haber planteado ideas discutibles en algún momento pero es injusto y muy atrevido refutar la totalidad de su excelencia académica e investigadora. Y el otro me parece aún más grave; confunde leyenda negra con historia negra. Está claro que eso de los españoles latinos, anti-semitas y comedores de carne cruda es pura Leyenda Negra, pero no es menos cierto que existió un Santo Tribunal de la Inquisición, que no defendía precisamente los Derechos Humanos, que Atahualpa murió ajusticiado después de pagar su rescate y que los moriscos fueron dramáticamente expulsados. Hubo Leyenda Negra y también historia negra, y es muy importante no confundir una cosa con la otra ni olvidarla, especialmente la segunda.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          En este artículo quiero ampliar la reseña publicada en este mismo blog: "Imperiofobia y Leyenda Negra: medias mentiras y medias verdades" a un aspecto concreto. Es posible que los imperios hayan sido víctimas de una mala prensa, pero también que todos los imperios como cualquier estado han narrado su historia oficial. Leyenda Negra y Leyenda Rosa han sido siempre parte de la misma moneda.  El libro de Elvira Roca, “Imperiofobia y Leyenda Negra” (Siruela, 2016), es un ejemplo de publicación en servicio de la historia oficial. Y para ello, no duda en tergiversar los datos a su antojo para seleccionar el más favorable a sus intereses.

          El declive de la población amerindia a la llegada de los europeos. Primer objetivo, establecer cifras muy bajas de población. Escudándose en los desacuerdos entre los demógrafos cita solo dos cifras: las de José Vasconcelos que sitúa la población del continente americano en 6 millones y la de Ángel Rosenblat que habla justo del doble, es decir, de 12 millones. El dato de Vasconcelos es meramente anecdótico ya que el historiador mexicano no realizóun estudio sobre la temática y simplemente hizo una estimación a vuelapluma. Tiene el mismo valor que si yo digo ahora que en América no vivían más de 50.000 personas. Más plausibles parecen las cifras de Ángel Rosenblat que yo he defendido durante años frente a la opinión alcista de otros demógrafos. En cualquier caso aplicando una densidad razonable para la zona de economía agrícola de 4 habitantes por km2 y de 0,5 habitantes por Km2 en las zonas marginales, donde predominaba la caza y la recolección, daría una población para todo el continente de más de 20 millones de personas.

           Lo cierto es que el posicionamiento de la profesora Roca en cifras tan bajas es una constante en la historiografía hispanista. Dado que el descenso de la población indígena se situó entre el 80 y el 90 por ciento, no era baladí situar la población inicial en 6 millones que no en 20 o en 40. Porque, aunque la autora defiende a continuación que la causa del descenso se debió fundamentalmente a las enfermedades y al mestizaje, por si acaso era muy conveniente sostener que la hecatombe fue solo de cuatro millones y no de 18.

Pero, a la cifra más reducida posible de población aborigen había que unir las causas menos lesivas posibles para el imperio. La profesora Roca tiene muy claro que fueron dos las causas de la debacle de la población indígena: una, las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, y continuando por la viruela, la gripe, el sarampión, etc. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, producían niños mestizos, no indios, es decir, pura y simple matemática. Todo lo demás: asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra.

Sin embargo, las causas del descenso indígena han sido bien analizados, desde el mismo siglo XVI, pues los mismos cronistas de la época se las plantearon. Y, en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

          Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de la Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las plagas. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. Parece obvio que el cenobita, bien no percibió la importancia de las epidemias, o bien, interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos.

           Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando entre las primeras las epidemias, empezando por la de la viruela. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

           Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a las poblaciones sometidas. Estas enfermedades nuevas (influenza, viruela, gripe, sarampión, varicela, peste bubónica, etc.) se sumaron a otras endémicas que ya padecían ellos, como la sífilis, la tuberculosis o la disentería. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: uno, su aislamiento durante milenios, es decir, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y otro, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

La segunda de las causas fue el trabajo forzado al que fueron sometidos. Trabajaron hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos y su explotación en las minas. La política de reducir a los nativos a pueblos para poder utilizarlos mejor laboralmente acentuó el daño. Se trataba de auténticos campos de concentración donde se imponía un trabajo forzado, que destruía su estructura social y que facilitaba la propagación de las enfermedades. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en la isla en las primeras décadas de la colonización.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias quedaron paralizadas tras la irrupción. Como ha demostrado Massimo Livi mientras las sustracciones en Mesoamérica y el Área Andina se hicieron sobre los excedentes, en el área antillana se produjo sobre la subsistencia. No eran economías excedentarias, por lo que la ocupación de los agricultores en faenas mineras, y el consumo excesivo de los españoles, que ingerían cada uno, de media, el triple que los nativos, provocó una gran carestía de alimentos. Sin duda, la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias no menos devastadoras que el drama bacteriano.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Hoy está claro que la extinción se produjo no solo por un aumento de la mortalidad por las epidemias sino también por un descenso brusco de la Tasa de Natalidad. El descenso poblacional fue tan brutal porque las altísimas tasas de mortalidad no fueron contrarrestadas por una amplia natalidad. Y ¿a qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores, y la tasa de fecundidad de cualquier grupo humano está directamente relacionada con la disponibilidad de féminas en edad de procrear. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas.

Y la quinta, el propio desgano vital que terminó provocando depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unos credos que estaban adaptados a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Y cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el fin de su mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían.

Con este “reformare deformata”, inicio una serie de post en los que pretendo corregir algunos aspectos que la autora ha manipulado en su obra para supuestamente favorecer la buena imagen de la historia del Imperio. Frente a la opinión de la Dra. Elvira Roca, no creo que la mejor forma de luchar contra la Leyenda Negra sea manipulando la historia.



PARA SABER MÁS

Cook, Noble David. La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo. Madrid, Siglo XXI, 2005

 

Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América. Barcelona, Crítica, 2006

 

Moya Pons, Frank y Rosario Flores Paz (eds.). Los taínos en 1492. El debate demográfico. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013.

 

Rosenblat, Ángel. La población de América en 1492. Viejos y nuevos cálculos. México, El Colegio de México, 1976





ESTEBAN MIRA CABALLOS

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