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Un 26 de junio de 1541, hace justo 476 años, era asesinado en su palacio de Lima el conquistador trujillano Francisco Pizarro. Aunque parezca increíble todavía hoy casi quinientos años después siguen existiendo incógnitas sobre el mismo.

En la mañana del domingo, 26 de junio de 1541, al grito de ¡viva el Rey y mueran los tiranos! , un grupo de unas veinte personas encabezadas por Juan de Rada, entraron en el reciento palaciego con la intención de asesinarle. Tras el sacrificio de la misa el marqués se había retirado a su palacio, lugar al que no tardaron en llegar los atacantes. Encabezados por el ya citado Juan de Rada, atravesaron la plaza gritando ¡Viva el rey! ¡muerte al tirano!, entrando en el interior de la casa

Aunque recibió cinco heridas en la cabeza, seis en la columna vertebral y tres en las extremidades superiores, el autor material de la estocada mortal fue un tal Martín de Bilbao. Mientras los demás huían sólo una voz -femenina por cierto- se atrevió a acusarlos de traidores; se trataba de Inés Muñoz, esposa de Francisco Martín de Alcántara.

Hay una cuestión que siempre me he planteado: ¿hubo traición por parte del entorno más próximo del gobernador? Vayamos por partes; sorprende que estuviese dentro del palacio Juan Ortiz de Zárate, que había luchado junto a Diego de Almagro en la rota de las Salinas, allá por 1538. Bien es cierto que resultó herido en el asalto al palacio, pero bien pudieron haberlo matado por traicionar su causa y, como escribe Antonio de Herrera, no quisieron. También estaba allí Alonso Manjarrés quien, poco antes de la batalla de las Salinas, se cambió de bando pero que había sido durante años un almagrista incondicional. Otros de los presentes fueron Juan Sánchez Copín y Ramirillo de Valdés; este último se comprometió a dar la señal desde el balcón con un pañuelo blanco en el momento que le pareciese más oportuno. Es decir, no lo olvidemos, la señal de inicio del asalto partió desde dentro del palacio. Asimismo, se contaban entre los traidores dos vizcaínos: el padre Domingo Ruiz de la Durana y Jerónimo Zurbano. El primero era ¡el capellán privado del trujillano!, que ofició la misa en el palacio el día de su asesinato. Su traición era tanto más flagrante cuanto que estaba consagrado in sacris y disponía de información confidencial que obtenía por medio del sacramento de la confesión. El segundo, según Raúl Porras, era otro de los espías, pues mantenía a los disidentes permanentemente informados de todos sus movimientos. Entre los asaltantes estaba también Cristóbal de Sosa, que era caballerizo del gobernador. Es decir, junto al marqués había un núcleo de incondicionales, algunos de los cuales murieron en su defensa, pero también había personas de su entorno que habían estado vinculados en uno u otro momento al bando almagrista o incluso, como Sosa, Ruiz de la Durana o Ramirillo de Valdés, mantenían en secreto su compromiso con éste

No parece que hubiese defección por parte de los propios pizarristas, pero sí una cierta pasividad. Una actitud que en la propia época levantó la suspicacia de algunos cronistas. Sin embargo, está claro que no tuvieron ningún tipo de implicación, pues terminaron siendo víctimas de dicha revuelta. No hubo traición, aunque sí un error de apreciación y una cobardía flagrante que costaron muy caras. Fueron muchos los que en vez de enfrentarse a los almagristas decidieron huir de manera vergonzosa, escondiéndose o escapando por las ventanas. Este fue el caso tanto del doctor Juan Blázquez como del oportunista de Francisco Ampuero, casado con la antigua concubina del marqués. Y digo que era un oportunista porque lo mismo que salvó su vida saltando por la ventana, en 1546, tras la batalla de Añaquito, anticipándose a un fatal desenlace se cambió de bando, traicionando a Gonzalo Pizarro y obteniendo en compensación cargos como el de regidor, alguacil mayor, alcalde de la Santa Hermandad y alcalde de Lima.

Los almagristas después de ver la señal salieron de varias casas del entorno, portando arcabuces, ballestas, espadas, alabardas y otras armas defensivas y ofensivas. Una vez en el patio del palacio, Francisco de Chávez cometió otra nueva imprudencia que le terminó costando su propia vida. La puerta de la sala era recia y fue enviado a cerrarla, pero en vez de hacerlo salió fuera a hablar con los asaltantes. Sabemos que estaba resentido con Francisco Pizarro por el desplazamiento que estaba sufriendo en favor de Antonio Picado, un oportunista que en pocos años había acaparado muchísimo poder. Lo cierto es que tenía buenos amigos entre los insurrectos, entre ellos un deudo suyo llamado igual que él. Las palabras que les dirigió antes de caer herido de muerte no pudieron ser más inquietantes: Señores, ¿qué es esto?, no se entienda conmigo el enojo que traéis con el marqués, pues yo siempre fui amigo. José Antonio del Busto ve aquí un cierto entendimiento con los asaltantes, que era ostensible desde años atrás. Otros cronistas lo ven simplemente como una imprudencia, pues pensó que se trataba de una simple “pendencia”. ¿Es posible que fuese otro de los topos almagristas dentro del palacio? Es difícil afirmarlo, pero parece obvio que mantenía una cierta amistad con ellos, hasta el punto que alojó durante mucho tiempo en su casa a Diego de Almagro el Mozo tras la muerte de su padre. Su amistad era lo suficientemente sólida como para pensar que a él no lo matarían, de ahí su actitud. Lo cierto, es que su errónea decisión le costó la vida casi instantáneamente, poniendo en bandeja la de su paisano Francisco Pizarro. Insisto que de haber permanecido la puerta cerrada, muy probablemente se hubiese truncado el intento de asesinato, bien reorganizando la defensa desde dentro, o bien, esperando refuerzos de fuera.

El asesinato estuvo poco planificado, tratándose casi de un arranque espontáneo, y de no haberse concatenado toda una sucesión de errores por parte del marqués y su entorno pudo haberse desbaratado con facilidad. Pero entre ausentes, cobardes y traidores habían dejado al marqués prácticamente solo. Junto a él, perdieron la vida otras siete personas, a saber: el ya mencionado Francisco de Chávez, los criados de éste Francisco Mendo y un tal Pedro, los pajes del gobernador Juan de Vargas, hijo de Gómez de Tordoya, Alonso García de Escandón y Francisco Gaitán, y Francisco Martín de Alcántara. Otros resultaron gravemente heridos pero se terminaron recuperando, como Gonzalo Fernández, el alguacil Juan de Vergara y Gómez de Luna.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FERNÁNDEZ DÁVILA, Guillermo: El asesinato de Francisco Pizarro: estudio histórico y médico-legal. Lima, 1945.

 

LUDEÑA, Hugo: Don Francisco Pizarro. Un estudio arqueológico e histórico. Lima, Editorial Los Pinos, 1980.

 

----- “Versiones tempranas sobre la muerte de don Francisco Pizarro”, Boletín de Lima Nº 37. Lima, 1985.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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